05-11-2023, 02:06 AM
Era de noche, llevaba ya unos días en Ohara junto con Irina, aunque esta vez estaba solo. Aquella isla le transmitía cierta tranquilidad, su conocimiento le inspiraba calma y le daban ganas de leer, algo bastante inédito. No es que no le gustara, pero no era una costumbre de la que pudiera presumir. Aquella tarde se había pasado por la biblioteca, era casi obligatorio ir a verla por lo menos una vez si estabas en aquella isla, no hacerlo podría considerarse prácticamente un delito. Paseándose entre las filas y pasillos infinitos llenos de estanterías que alcanzaban el techo, parecía buscar algo pero ni si quiera él sabía el qué. Finalmente se llevó un libro que le había llamado la atención. Era de construcción, de artesanía y de manualidades. Algunos temas y capítulos le eran bastante ajenos, pero llevaba ya un tiempo planteándose la opción de fabricarse un brazo mecánico que reemplazara el lugar de su muñón. Había escuchado que algo así era posible, y seguramente sus posibilidades aumentaban gracias a formar parte del Cipher Pol y tener así una posición privilegiada. Pero... quería informarse bien antes de someterse y comprometerse con algo así. Ya estaba acostumbrado a la ausencia de su brazo izquierdo, habían pasado veinte años desde que se automutiló la extremidad él mismo y había aprendido a vivir sin ella perfectamente. Pero había ocasiones en las que las miradas indiscretas le hacían sentirse mal, le generaban inseguridad y le hacían sentirse como un inútil. Pensamientos intrusivos, opiniones que si alguien se las decía directamente, Daryl no dudaría en cortarlo en dos. Pero a veces las miradas hablaban más que cualquier palabra.
El caso es que estaba en un bar local, solo y de noche, sentado en una mesa esquinada y pequeña. Se encontraba leyendo dicho libro, más bien ojeándolo, pasando las páginas de vez en cuando pero sin prestarles mucha atención. Se fijaba en los títulos de los capítulos e intentaba recordar cuales le podían ser útiles y cuales no, para priorizar y centrarse en ellos. Al fin y al cabo era un libro grandecito, si tenía que leerselo entero para antes de marchar de Ohara, seguramente no le daría tiempo. En la mesa, al lado del libro, se encontraba una jarra vacía de cerveza, podía observarse la espuma blanca en el fondo, esperando a ser rellenada. Daryl ni si quiera tuvo que avisar a nadie, la camarera se acercó a los pocos minutos, recogió el vaso y lo rellenó en un momento. Aprovechó el camino de ida y vuelta para agarrar un posavasos, el cual colocó sobre la mesa antes de dejar la jarra encima. Ya se había creado un surco de humedad en la mesa, mejor no crear otro nuevo. — Gracias. — Fue lo único que dijo Daryl. Estaba centrado en la lectura, se le veía realmente interesado y no parecía querer ser interrumpido. Deseo que no se cumplió, por supuesto. — Te la has bebido muy rápido, me alegro de que sea de tu agrado. — Por primera vez, Daryl levantó la mirada del libro para observar a la camarera, que parecía querer una conversación con él. Era rubia, pelo largo, ojos verdes, figura esbelta... atraía todas las miradas de los hombres del bar, que no eran pocos, y tampoco era para menos. La joven era muy guapa y con una sonrisa perfecta. Aunque Daryl parecía más centrado en las hienas del local, que observaban al hombre con recelo al ver cómo mantenía una conversación casual con la camarera. Parecían maldecirle con la mirada. Si supieran lo poco interesado que estaba Daryl en estos asuntos... enseguida volvió su mirada al libro. — Sí, está muy buena. — La joven le sonrió con dulzura. — ¡Entonces estaré pendiente de tener tu jarra llena! — Y se volvió por donde había venido. Parecía que no le importaba que Daryl activamente ignorase su presencia.
Las horas fueron pasando. Daryl se había bebido ya seis jarras de cerveza bien fría y hasta arriba. Al final casi no le había prestado atención a su libro... Se había quedado con el número de algunos capítulos interesantes, incluso empezó a leer alguno de ellos, pero a partir de cierto número de jarras, cada vez que leía una frase nueva, se le empezaba a olvidar la anterior. Se acabó dando cuenta de que estaba haciendo el rídiculo así que finalmente cerró el libro y se centró en el respaldo que le ofrecía el alcohol frío. No tenía nada de sueño, a pesar de que empezaba a ser bien entrada la madrugada, sin embargo el bar cada vez estaba más vacío. Observó cómo la camarera volvía a acercarse a su mesa. Se había acercado tantas veces ya que había empezado a caerle en gracia y todo, la joven e inocente rubia de amplia sonrisa. — Me temo que pronto cerraremos... si quieres puedes pedirte una última. — Era tan amable que al principio le había dado coraje. — Termino esta y me voy. — Ella sonrió, como era ya costumbre. — Perfecto, ¡muchas gracias! — Se alejó con paso acelerado. Lo finjía muy bien, pero seguro que estaba deseando llegar a su casa a dormir la mona, después de una jornada de curro tan larga. Le dio un largo trago a su jarra, terminándose la cerveza que le quedaba del tirón. Se levantó de la mesa, se echó la espada a la espalda como de costumbre y luego agarró el vaso. Caminó hasta la barra del bar, dejando allí el recipiente vacío. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó una generosa cantidad de berries, pues había añadido propina a la suma. Mientras rebuscaba entre las monedas, pudo ver cómo un par de hombres que iban juntos salían a la vez por la puerta, eran los últimos que quedaban aparte de él. Dejó el dinero en su sitio y procedió a irse él también. Ya iba siendo hora de dar por finalizada la noche.
Se quedó unos segundos quieto, a las puertas del local, pensativo. El alcohol había empezado a calentar su cuerpo, no estaba borracho del todo, pero lo suficiente como para poder dormir bien aquella noche. Tenía que rodear el bar por la derecha, pues por aquella dirección se encontraba el hostal. Se mentalizó y comenzó a caminar en la dirección pertinente cuando... — ¡AYUDAAA, POR FAVOR! — Reconoció la voz al momento. Como si aquella llamada hubiera despertado algo primario en su ser, salió corriendo hacia la dirección del grito, sin pensárselo dos veces.
En la esquina opuesta del bar, en plena oscuridad, el par de hombres que habían salido un poco antes que él increpaban a la joven camarera de forma violenta y... asquerosa. Por unos segundos, Daryl se quedó paralizado. Notó como todo el vello de su piel se ponía de punta, cómo la marca de nacimiento empezaba a sangrarle por el cuello, cómo el miedo le había quitado la posibilidad de moverse con libertad. Observó cómo uno de ellos le había roto la blusa y el otro se relamía observando a su presa. — ¿Qué pasa, quieres unirte? — Risas. Carcajadas y un llanto escalofriante que todos parecían omitir. Por un momento sintió que se lo estaban haciendo a él, se visualizó a sí mismo de pequeño, cómo aquel hombre le acorraló contra su voluntad... No, tenía que hacer algo. El miedo se manifestaba en Daryl de una forma muy útil: en pura rabia sedienta de sangre. Agarró su espada y no dudó cuando hundió su hoja en el hombro del hombre que le pillaba más cerca. El arma se había clavado en su carne, en su hueso. La sangre empezó a brotar como si de una cascada oscura y viscosa se tratase. El susodicho no supo ni responder, su cuerpo cayó rápidamente al suelo, debilitado. Pronto se desangraría irremediablemente, el corte era demasiado profundo como para que su destino no fuera la propia muerte. El otro hombre perdió un valioso tiempo, centrándose en colocarse bien el pantalón en vez de haber aprovechado para huir. Craso error. Daryl arrancó la espada de cuajo del cuerpo moribundo de su compañero y rápidamente procedió a clavársela al otro en todo el estómago. La hoja le atravesó por completo de un lado a otro, y era tan ancha en comparación con su cuerpo que casi le partía en dos mitades. Murió en el acto. La rubia no dejaba de gritar, se tapó la cara para no ser testigo de semenjantes asesinatos y se aferró a su chaqueta, protegiendo su pecho descubierto de miradas indiscretas.
La respiración de Daryl era acelerada, nerviosa, errática, había perdido los papeles. Casi parecía que estaba él más al límite que la propia chica. El sudor frío le recorría la frente y si te fijabas lo suficiente, podías notar su temblor. Pero la amenaza había sido erradica, y por suerte, a tiempo. Tenía que relajarse. Respiró hondo de forma costosa. La camarera también intentaba hacer lo propio, obviamente. — Dios mio... gr-gracias, no sé cómo darte las gracias. — La mujer tenía la cara húmeda de las lágrimas, pero sonreía. Aquel hombre la había salvado. Sintió que mientras existieran hombres como él que se enfrentaran a monstruos como esos, habría esperanza y luz en el mundo. La pobre camarera se abalanzó sobre Daryl, buscando darle un abrazo de sincero agradecimiento, buscando protección en aquellos grandes y fuertes brazos. Daryl vio venir su movimiento, y lo que hizo en su lugar fue agarrarla del cuello. No apretó, no como para ahogarla, más bien fue una advertencia. — No te acerques a mi. — Su voz era seca, inexpresiva, carente de emoción. — No soy ningún héroe. — Sus dedos habían empezado a apretar. La posibilidad de ser tocado contra su voluntad había vuelto a ponerle al límite. Cuando se fijó en la cara de puro horror que estaba poniendo la joven, la soltó. La chica cayó al suelo. No entendía nada. Estaba bien, tampoco hacía falta.
Daryl recogió su espada, se la echó a la espalda y se alejó caminando de la escena, escuchando a sus espaldas una llorera llena de incomprensión y soledad. Había vuelto a hacer daño a alguien, aún cuando intentaba hacer lo correcto. Aquella noche no pegaría ojo, pensando en lo fácil que habría sido su vida de haber experimentado otras circunstancias, de haber hecho otras elecciones, de haber elegido otro camino.
El caso es que estaba en un bar local, solo y de noche, sentado en una mesa esquinada y pequeña. Se encontraba leyendo dicho libro, más bien ojeándolo, pasando las páginas de vez en cuando pero sin prestarles mucha atención. Se fijaba en los títulos de los capítulos e intentaba recordar cuales le podían ser útiles y cuales no, para priorizar y centrarse en ellos. Al fin y al cabo era un libro grandecito, si tenía que leerselo entero para antes de marchar de Ohara, seguramente no le daría tiempo. En la mesa, al lado del libro, se encontraba una jarra vacía de cerveza, podía observarse la espuma blanca en el fondo, esperando a ser rellenada. Daryl ni si quiera tuvo que avisar a nadie, la camarera se acercó a los pocos minutos, recogió el vaso y lo rellenó en un momento. Aprovechó el camino de ida y vuelta para agarrar un posavasos, el cual colocó sobre la mesa antes de dejar la jarra encima. Ya se había creado un surco de humedad en la mesa, mejor no crear otro nuevo. — Gracias. — Fue lo único que dijo Daryl. Estaba centrado en la lectura, se le veía realmente interesado y no parecía querer ser interrumpido. Deseo que no se cumplió, por supuesto. — Te la has bebido muy rápido, me alegro de que sea de tu agrado. — Por primera vez, Daryl levantó la mirada del libro para observar a la camarera, que parecía querer una conversación con él. Era rubia, pelo largo, ojos verdes, figura esbelta... atraía todas las miradas de los hombres del bar, que no eran pocos, y tampoco era para menos. La joven era muy guapa y con una sonrisa perfecta. Aunque Daryl parecía más centrado en las hienas del local, que observaban al hombre con recelo al ver cómo mantenía una conversación casual con la camarera. Parecían maldecirle con la mirada. Si supieran lo poco interesado que estaba Daryl en estos asuntos... enseguida volvió su mirada al libro. — Sí, está muy buena. — La joven le sonrió con dulzura. — ¡Entonces estaré pendiente de tener tu jarra llena! — Y se volvió por donde había venido. Parecía que no le importaba que Daryl activamente ignorase su presencia.
Las horas fueron pasando. Daryl se había bebido ya seis jarras de cerveza bien fría y hasta arriba. Al final casi no le había prestado atención a su libro... Se había quedado con el número de algunos capítulos interesantes, incluso empezó a leer alguno de ellos, pero a partir de cierto número de jarras, cada vez que leía una frase nueva, se le empezaba a olvidar la anterior. Se acabó dando cuenta de que estaba haciendo el rídiculo así que finalmente cerró el libro y se centró en el respaldo que le ofrecía el alcohol frío. No tenía nada de sueño, a pesar de que empezaba a ser bien entrada la madrugada, sin embargo el bar cada vez estaba más vacío. Observó cómo la camarera volvía a acercarse a su mesa. Se había acercado tantas veces ya que había empezado a caerle en gracia y todo, la joven e inocente rubia de amplia sonrisa. — Me temo que pronto cerraremos... si quieres puedes pedirte una última. — Era tan amable que al principio le había dado coraje. — Termino esta y me voy. — Ella sonrió, como era ya costumbre. — Perfecto, ¡muchas gracias! — Se alejó con paso acelerado. Lo finjía muy bien, pero seguro que estaba deseando llegar a su casa a dormir la mona, después de una jornada de curro tan larga. Le dio un largo trago a su jarra, terminándose la cerveza que le quedaba del tirón. Se levantó de la mesa, se echó la espada a la espalda como de costumbre y luego agarró el vaso. Caminó hasta la barra del bar, dejando allí el recipiente vacío. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó una generosa cantidad de berries, pues había añadido propina a la suma. Mientras rebuscaba entre las monedas, pudo ver cómo un par de hombres que iban juntos salían a la vez por la puerta, eran los últimos que quedaban aparte de él. Dejó el dinero en su sitio y procedió a irse él también. Ya iba siendo hora de dar por finalizada la noche.
Se quedó unos segundos quieto, a las puertas del local, pensativo. El alcohol había empezado a calentar su cuerpo, no estaba borracho del todo, pero lo suficiente como para poder dormir bien aquella noche. Tenía que rodear el bar por la derecha, pues por aquella dirección se encontraba el hostal. Se mentalizó y comenzó a caminar en la dirección pertinente cuando... — ¡AYUDAAA, POR FAVOR! — Reconoció la voz al momento. Como si aquella llamada hubiera despertado algo primario en su ser, salió corriendo hacia la dirección del grito, sin pensárselo dos veces.
En la esquina opuesta del bar, en plena oscuridad, el par de hombres que habían salido un poco antes que él increpaban a la joven camarera de forma violenta y... asquerosa. Por unos segundos, Daryl se quedó paralizado. Notó como todo el vello de su piel se ponía de punta, cómo la marca de nacimiento empezaba a sangrarle por el cuello, cómo el miedo le había quitado la posibilidad de moverse con libertad. Observó cómo uno de ellos le había roto la blusa y el otro se relamía observando a su presa. — ¿Qué pasa, quieres unirte? — Risas. Carcajadas y un llanto escalofriante que todos parecían omitir. Por un momento sintió que se lo estaban haciendo a él, se visualizó a sí mismo de pequeño, cómo aquel hombre le acorraló contra su voluntad... No, tenía que hacer algo. El miedo se manifestaba en Daryl de una forma muy útil: en pura rabia sedienta de sangre. Agarró su espada y no dudó cuando hundió su hoja en el hombro del hombre que le pillaba más cerca. El arma se había clavado en su carne, en su hueso. La sangre empezó a brotar como si de una cascada oscura y viscosa se tratase. El susodicho no supo ni responder, su cuerpo cayó rápidamente al suelo, debilitado. Pronto se desangraría irremediablemente, el corte era demasiado profundo como para que su destino no fuera la propia muerte. El otro hombre perdió un valioso tiempo, centrándose en colocarse bien el pantalón en vez de haber aprovechado para huir. Craso error. Daryl arrancó la espada de cuajo del cuerpo moribundo de su compañero y rápidamente procedió a clavársela al otro en todo el estómago. La hoja le atravesó por completo de un lado a otro, y era tan ancha en comparación con su cuerpo que casi le partía en dos mitades. Murió en el acto. La rubia no dejaba de gritar, se tapó la cara para no ser testigo de semenjantes asesinatos y se aferró a su chaqueta, protegiendo su pecho descubierto de miradas indiscretas.
La respiración de Daryl era acelerada, nerviosa, errática, había perdido los papeles. Casi parecía que estaba él más al límite que la propia chica. El sudor frío le recorría la frente y si te fijabas lo suficiente, podías notar su temblor. Pero la amenaza había sido erradica, y por suerte, a tiempo. Tenía que relajarse. Respiró hondo de forma costosa. La camarera también intentaba hacer lo propio, obviamente. — Dios mio... gr-gracias, no sé cómo darte las gracias. — La mujer tenía la cara húmeda de las lágrimas, pero sonreía. Aquel hombre la había salvado. Sintió que mientras existieran hombres como él que se enfrentaran a monstruos como esos, habría esperanza y luz en el mundo. La pobre camarera se abalanzó sobre Daryl, buscando darle un abrazo de sincero agradecimiento, buscando protección en aquellos grandes y fuertes brazos. Daryl vio venir su movimiento, y lo que hizo en su lugar fue agarrarla del cuello. No apretó, no como para ahogarla, más bien fue una advertencia. — No te acerques a mi. — Su voz era seca, inexpresiva, carente de emoción. — No soy ningún héroe. — Sus dedos habían empezado a apretar. La posibilidad de ser tocado contra su voluntad había vuelto a ponerle al límite. Cuando se fijó en la cara de puro horror que estaba poniendo la joven, la soltó. La chica cayó al suelo. No entendía nada. Estaba bien, tampoco hacía falta.
Daryl recogió su espada, se la echó a la espalda y se alejó caminando de la escena, escuchando a sus espaldas una llorera llena de incomprensión y soledad. Había vuelto a hacer daño a alguien, aún cuando intentaba hacer lo correcto. Aquella noche no pegaría ojo, pensando en lo fácil que habría sido su vida de haber experimentado otras circunstancias, de haber hecho otras elecciones, de haber elegido otro camino.
