[Pasado] La joya y la ladrona (Priv. Dimitri y Choi)
#1
Día 20 de Otoño, Año 9.
01:07 de la madrugada. 
Zona costera del río, cerca de una arboleda.




Jorek solía quedarse dormido mientras le cantaba. Una rutina extraña, pero bien asentada entre nosotros. 

A bordo de aquel navío, nunca volví a pasar hambre. Jorek me obsequiaba con reliquias de tierra firme: un brazalete con zafiros, gargantillas doradas, plumas para que pudiera llenar de tinta mis cuadernos. Lo único que necesitaba era calmar sus humos con susurros almibarados y espantar entre canciones las pesadillas que lo acechaban. 

Otras veces, sin embargo, recordaba. Hacerlo era como despertar de un mal sueño. De pronto me encontraba frotando mi piel con esparto y jabón, desesperado por arrancar de ella el hedor a puros. Solía ocurrir a media noche, cuando Jorek dormía. 

Recordaba que estaba atrapado cuando él desembarcaba, mientras nosotros permanecíamos abordo. «Nosotros», curiosa expresión para un traidor. Nunca hubo un nosotros. Al contrario que al resto de esclavos, mi camarote no lo invadía un cliente diferente cada noche. Jorek no lo permitía y yo... lo agradecía. 

Fingía que todo estaba bien, hasta que el siseo del látigo rasgando carne me despertaba del trance. Aquel sonido desagradable anunciaba el destino que esperaba a todo aquel que osara desobedecer a Jorek. Un cuerpo más por la borda. Él nunca midió bien los castigos. Por las noches, con mi única compañía, maldecía haberse excedido. Siempre susurraba lo mismo: 

«No quería matarlo. —Aquel lamento me recordaba a mi padre—. Joder, con el dinero que me costó». 

Nunca lo carcomió la culpa de una muerte inocente sino la del mal empresario que no gestiona sus bienes. Yo no era diferente para él. Ser el favorito de Jorek tenía sus privilegios, pero ninguno de ellos se asemejaría jamás a la libertad. 

El día que decidí escapar, esperaba haber estado más lejos para cuando Jorek se diera cuenta. Iluso de mí. Apenas había conseguido alcanzar la linde de la arboleda cuando los gritos del capitán irrumpieron la quietud de la madrugada. Debería haber seguido corriendo, igual que el día que me marché de casa, pero ocurrieron dos cosas simultáneas. 

La primera de ellas fue un ataque de tos. Los pulmones me fallaron y el aire me hizo boquear, mientras me arrastraba hasta uno de los troncos para refugiarme en él. La segunda, mientras luchaba por un poco de oxígeno, fue el ramalazo de culpa. Jorek debía haber enviado a sus camaradas a rastrear el perímetro. Deseé que mientras lo hacían no pusieran en riesgo a la gente de los alrededores. Mucho menos, al  carpintero que se había prestado a reparar el barco que yo mismo había dañado para alcanzar esta oportunidad. 

¿De qué había servido, si ahora me fallaba el cuerpo? Cerré los ojos con fuerza. Todavía estaba a tiempo de regresar para fingir que solo había salido a tomar el aire. Estaba convencido de que Jorek me perdonaría, pero entonces me condenaría a una prisión perpetua. 
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#2
¿Conoces la historia de las tres hijas del emperador de Pluto, Wonnie? Te contaré un secreto atronador: Pluto nunca pudo tener hijos, porque los dioses lo maldijeron por su pecado mortal.

—Hmmm… ¿Dijiste que el empleador que te llamó era un hombre asquerosamente rico?
—... No, Wonnie, creo que has entendido mal —La voz rasposa de Wonwick, el viejo, se oyó con bastante desgana—. El empleador es un asqueroso, a secas. Todos los piratas lo son, a fin de cuentas.

Una criatura de quince años no debería haberse relacionado de la manera en que lo hizo Hae-won, con esa clase de gente. Wonwick lo sabía; no tuvo que haberlo mencionado, y menos aún cuando vio el dibujar esa expresión. No pudo evitar maldecir cuando el rostro de la joven se enturbió, sus ojos se abrieron y lo miró con ese claro terror en su semblante, ese que gritaba que por favor no se acercara a ellos. Normal. Hace un año, sus padres estuvieron a punto de llevarla ante ellos contra su voluntad.

—Nunca dejaste de pensar en Ji-won, ¿cierto?

La mirada de la adolescente vagó por diferentes partes, desde las paredes de aquel cuarto que poco a poco se volvían más cercanas, hasta el techo que amenazaba con aplastarla.

—Choi Hae-won.

Wonwick no dudó en traerla a tierra, llamándola por nombre completo cuando vio que su mente empezó a crear escenarios cargados de violencia y muerte. La miró como quien exigía una completa atención, y buscó anclarla a la realidad que importaba: una en la que ella era libre de los pecados de sus padres, una en la que tenía la fuerza suficiente para abrazar su nueva concepción de existencia.

—No quiero que te acerques. Tienes que estar fuera de la vista de ese hombre y, por sobre todas las cosas: no te acerques a sus joyas —El caballero, tan corpulento como severo, llevó ambas manos al rostro de su alumna—. Ya he perdido tres hijas; no quiero perder otra más.

En aquel momento, la palabra de su maestro era misa y ley absoluta. Mantuvo su perfil con clara tranquilidad; siguió las instrucciones de su mentor y ella logró observar desde lejos. Le bastó ver una simple imagen para entender que aún no estaba preparada para enfrentar a sus demonios. Una imagen que, hasta su actualidad, tenía grabada en sus retinas.

Ese maldito… Y ese pobre cordero encadenado en oro y joyas preciosas. Le provocó más pena que enamoramiento, porque su belleza era sinónimo de yugo, estaca y una cifra. Si tan solo los Hasegawa estuvieran aquí, tal vez, y solo tal vez, podrían sacarlo de allí. Sin embargo, en aquel momento, simplemente suspiró. Agachó la mirada como quien sabía que no podía meterse, y tragó en silencio las muchas palabras que florecían en su propio corazón. 

Pensó en Ji-won; pensó en sus progenitores; pensó en su vida y todo aquello que creyó real, pero resultó falsedad absoluta. Y viendo a ese hombre, ese sentir que poseía hacia los piratas, se reafirmó y grabó en piedra.

~~~

¿Qué podía hacer?

El cordero encadenado clamaba a la luna en medio de la noche. Joya partida en dos, flor que empezaba a marchitarse; bordeó los límites de su realidad y cayó del alhajero que lo guardaba con celo delirante. La joya que se rompió, empezó a desintegrarse y a perder su brillo.

Grande fue el impacto de la luna cuando uno de sus hijos suplicaba por aire y rogaba en favor de una nueva oportunidad para ser una persona. Hae-won palideció; no debía acercarse a las joyas. No debía permitirse tocarla. No podía o se convertiría en una vil ladrona. Pero sus pisadas no perdieron el ritmo cuando, encapuchada hasta la cabeza, y cubierto su rostro, avanzó sin pensar. Debí llevar esta joya a su mejor orfebre. Un catalejo, monedas y un mapa la acompañaron en esa travesía contra el tiempo.

—Oye, muchacho —Le entregó una hoja de menta amarga para que mastique—. Mastica esto y escúpelo. No lo tragues —La frescura de la menta aclararía su aire—. Trata de moverte. Levántate y no mires atrás.

Wonnye no era una orfebre. Wonnye no tenía la capacidad para evaluar joyas ni ponerles un precio. Ella solo sabía que un alma valía más que todo el oro del mundo, y eso bastaba para entender que el ser encadenado, la joya partida, tendría que volver a formarse con un nuevo dolor a cuestas, pero con su valor intacto. Y ella haría todo lo que esté a su alcance para que pudiera lograrlo.

—Tienes que salir de aquí así sea lo último que hagas —La máscara oscura cubrió su boca; la capa negra resguardó sus vestiduras y las botas a sus pies lograron silenciar sus pasos—. Vamos.

Así tuviera que arrastrarlo, ella nunca dudó. Saldría de allí.
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#3
Pensé que iba a morir.
Creí ser alcanzado por una de las manos de Jorek e imaginé aquella fuerza bruta arrastrarme hasta las profundidades del barco. El ramalazo de pánico me hizo revolverme. Asesté, sin éxito, un par de manotazos al aire.

—Oye, muchacho…

No. Aquella voz no pertenecía a Jorek ni a ninguna que hubiera escuchado. Ante mí se hallaba un ángel hecho de noche. La máscara y capas de tela distorsionaban la voz dotando a aquella figura de un aura irreal. Me pregunté si, en efecto, había empezado a delirar. El tacto, sin embargo, fue absolutamente sólido y firme cuando me aferré a su brazo y alcancé lo que me ofrecía.

Mastiqué la menta con ganas, sabiendo que me iba la vida en ello. La inflamación ya se había mitigado para cuando escupí las hojas, pero todavía sentía el cuerpo exánime. Lejos escuchaba el rugido colérico de Jorek. Me estremecí. No por miedo sino de asco hacia el único pensamiento que anidaba mi cabeza: «Regresa».

—Tienes que salir de aquí así sea lo último que hagas.

Alcé la vista. Lo único que alcanzaba a distinguir de aquella figura eran las pupilas veladas en sombra. Al amparo de la madrugada y la vegetación ni siquiera distinguí la tonalidad de sus iris.

Tomé una bocanada de aire. Aún aferrado a aquel brazo, lo utilicé de impulso para ponerme de pie. Fue entonces cuando percibí que el ángel de la guarda era considerablemente más menudo y pequeño que yo. Temí por aquel ser. Temí haberlo arrastrado al mismo destino al que arrastré a madre cuando intentó protegerme.

—No deben verte conmigo. —Fue todo lo que pude decir.

No reconocí mi propia voz. La tos la había dejado áspera y rasposa, además de que era la primera vez en años que no necesitaba emplear aquel tono dulzón que a todos parecía encandilar.

Ojalá hubiera podido salir corriendo en ese preciso instante, pero si lo hacía el ataque de tos regresaría. Mi vista traspasaba al ángel, fija a sus espaldas y al riesgo de que los hombres de Jorek aparecieran en cualquier momento.

—Veté. Resguardate. —Traté de soltar su brazo para buscar el apoyo en el árbol—. Me haré cargo.

Callé a la voz que me rogaba volver al camarote de Jorek, callé la que lamentaba haber cometido tal imprudencia, callé la que decía que no se estaba tan mal. Apagué aquel ruido y me aferré al asco, al miedo, a la rabia y a la sensación de la tierra húmeda bajo mis botas tras tres largos años en alta mar.

El ángel llevaba razón: tenía que salir de ahí.
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#4
—Hmmm...

Hae-won tomó esas palabras con calma. No buscó hacer mucho, más allá de lo que sabía que podía. Estaba frustrada, un tanto atemorizada y con muchísimas preguntas en la cabeza. El peso de la realidad la invadió cuando fue capaz de entenderlo. Ella logró robar una joya de alto valor, y no se arrepentía de ello en ningún momento.

—Ten —Le entregó la bolsa con el dinero, el catalejo, las hojas de menta y un mapa—. Aquí hallarás la respuesta a lo que deseas hacer en esta vida. Y no lo olvides…

La dama boqueó. Tomó aire para hallar en él la fuerza para ver qué decirle. Podía escuchar patrullas, pero aún estaban lejos y sabía que hasta allí no llegarían. Su temor más grande estaba en el propio maestro que, seguramente, debería estar buscándola.

Llevaría en el alma este secreto: el encuentro entre una joya y una pequeña ladrona de almas.

—Protégete —sentenció—. Trata tu salud. Dignifica cada paso que des y, por sobre todo —Su tono se volvió mucho más severo, más propio—, no olvides que fuiste, eres y siempre serás una persona. Las joyas están destinadas a perecer algún día, en el silencio de la nada…

Trató de contener las lágrimas. Buscó mantener el temple y la profesionalidad de quien no se vinculaba con nada. Después de todo, sabía que nunca se volverían a ver.

—Pero las personas aún podemos gritarle al vacío, porque no importa si nadie se halla a nuestro lado, nosotros mismos somos nuestros propios oyentes —Dejó las cosas en sus manos y se separó un par de pasos—. No te desearé suerte, porque sé que la tendrás. Sólo te pido que vivas por encima de todo. No regreses. Valórate.

Luego de dichas esas palabras, el espectro volvió a sumirse en la oscuridad de la noche. Guardaría a lo lejos su partida, para que el alma que clamó a la luna pudiera alcanzar sus tan necesarias respuestas.
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