La ciudad era un sitio tan absurdo que a veces, pocas veces tenía sentido, donde los rezos y el sudor podían convivir y entre los locales, estaba ahí por una razón, habia venido porque necesitaba hablar con alguien que estaba dentro, no era alguien tan importante, más que nada era alguien a quien le debía un favor y me necesitaba ver cara a cara, con el cuerpo presente y el orgullo a su voluntad para cuando quisiera pedirme lo que quería que quisiese. Me había citado en la mañana, que porquería es molestar a alguien tan temprano, ¿quien se levanta a las 10?
Para esa persona me dejé el pelo suelto y me vestí… porque al fin puedo vestirme sola sin ayuda de las monjas, con un vestido rosado que llegaba arriba de mis rodillas y la tela caia pesada sobre las caderas, marcándome la cintura y también estaba usando zapatos con altura, eran limpios, demasiado limpios para estar aquí , con toda la cochinada que hay en el suelo, las botellas desparramadas, las personas desparramadas y el barro … si es que era barro.
Estaba parada frente a un local, viejo, con mal olor, luces cálidas y se escuchaba apenas la musica de adentro, como tambíén se escuchaban las risas y no era un local cualquiera, se podía tomar, bailar, era un lugar que imitaba la exclusividad de los lugares más lujosos, pero aquí, donde está la humildad, y yo estaba intentando al menos, convencer a la puerta de la entrada al local, sin embargo, un hombre fortachón y alto apareció, su cuerpo era más ancho que la puerta y era desagradable. —Buenas noches, señorita, ¿De nuevo usted?— dijo cruzándose de brazos.
—Buenas pelotas, voy a entrar— lo saludé y… como dije, intentaba convencerlo. No comprendía a que se refería con “de nuevo usted” y el guardia ni siquiera se molestaba o se enojaba conmigo. —Miau. ¿Te parezco un problema, cariño?—. No me miró con desprecio, solo sonrió, casi como que se quería echar a reir, ¿algo no sabía que él si? —Justamente por eso, dejas siempre la cagada en este lugar, ya no te quieren aquí— No me gustó su respuesta y solté un suspiro. La confusión de que yo siempre dejara la cagada en ese local me parecía una locura. Imposible que haya sido yo. —Míreme, soy solo una señorita que viene a juntarse con alguien importante— dije con un tono de voz más suave, mostrándole mi vestimenta, para que viera que no soy una amenaza. ¿Cómo lo sería, si soy tan delgada, tan débil?
—¿Una señorita? Sí, puede ser, pero no siempre. Nos caes bien, pero no puedes entrar porque ya entraste antes y rompiste mesas, dañaste personas, ¿recuerdas a la chica con quien estaba? Seguro que no, porque la dejaste abandonada— Dijo ahora sin con más seriedad. ¿Acaso era verdad? ¿Había abandonado a alguien aqui? Eso me hizo sentir culpa, más porque no lo recuerdo, no recuerdo quien es la mujer y si le pregunto a este hombre ¿que le paso? ¿Si volvió bien a su casa? quedaré como una tonta. Si esto seguía así iba a buscar la manera de entrar, aunque sea usando la fuerza.
Para esa persona me dejé el pelo suelto y me vestí… porque al fin puedo vestirme sola sin ayuda de las monjas, con un vestido rosado que llegaba arriba de mis rodillas y la tela caia pesada sobre las caderas, marcándome la cintura y también estaba usando zapatos con altura, eran limpios, demasiado limpios para estar aquí , con toda la cochinada que hay en el suelo, las botellas desparramadas, las personas desparramadas y el barro … si es que era barro.
Estaba parada frente a un local, viejo, con mal olor, luces cálidas y se escuchaba apenas la musica de adentro, como tambíén se escuchaban las risas y no era un local cualquiera, se podía tomar, bailar, era un lugar que imitaba la exclusividad de los lugares más lujosos, pero aquí, donde está la humildad, y yo estaba intentando al menos, convencer a la puerta de la entrada al local, sin embargo, un hombre fortachón y alto apareció, su cuerpo era más ancho que la puerta y era desagradable. —Buenas noches, señorita, ¿De nuevo usted?— dijo cruzándose de brazos.
—Buenas pelotas, voy a entrar— lo saludé y… como dije, intentaba convencerlo. No comprendía a que se refería con “de nuevo usted” y el guardia ni siquiera se molestaba o se enojaba conmigo. —Miau. ¿Te parezco un problema, cariño?—. No me miró con desprecio, solo sonrió, casi como que se quería echar a reir, ¿algo no sabía que él si? —Justamente por eso, dejas siempre la cagada en este lugar, ya no te quieren aquí— No me gustó su respuesta y solté un suspiro. La confusión de que yo siempre dejara la cagada en ese local me parecía una locura. Imposible que haya sido yo. —Míreme, soy solo una señorita que viene a juntarse con alguien importante— dije con un tono de voz más suave, mostrándole mi vestimenta, para que viera que no soy una amenaza. ¿Cómo lo sería, si soy tan delgada, tan débil?
—¿Una señorita? Sí, puede ser, pero no siempre. Nos caes bien, pero no puedes entrar porque ya entraste antes y rompiste mesas, dañaste personas, ¿recuerdas a la chica con quien estaba? Seguro que no, porque la dejaste abandonada— Dijo ahora sin con más seriedad. ¿Acaso era verdad? ¿Había abandonado a alguien aqui? Eso me hizo sentir culpa, más porque no lo recuerdo, no recuerdo quien es la mujer y si le pregunto a este hombre ¿que le paso? ¿Si volvió bien a su casa? quedaré como una tonta. Si esto seguía así iba a buscar la manera de entrar, aunque sea usando la fuerza.
