¿Quién Extorsionó a mi Memoria? [Aventura |T1| Pres. Rel]
#1
¿Quién extorsionó a mi memoria? Y otras preguntas que no deberías hacer si quieres conservar la tuya


Introducción
Durante las últimas semanas en Isla Baterilla, un rumor ha crecido como pólvora en las tabernas del puerto: una banda de bandidos está extorsionando a los pescadores locales, asfixiando el comercio y dejando a la gente más humilde sin su sustento.

Tú, decidido a poner fin a esta situación, has seguido el hilo de los rumores, recopilado información y finalmente te has lanzado a la aventura, recorriendo senderos escarpados hasta llegar al volcán de la isla.

Al llegar, esperabas encontrar guardias armados, trampas y criminales hostiles… pero lo que te recibe es otra cosa: un campamento extraño, donde las estructuras parecen haber envejecido décadas en días, y donde la actividad no tiene sentido aparente.
Aquí, entre lonas raídas y cajas dispersas, alguien dejó un mensaje: «Interior del volcán, hoy a la tarde».
 

29 de primavera del año 17
En la cara norte de Baterilla, donde la falda del anciano volcán se retuerce entre una frondosa maraña de vegetación, se alza un joven asentamiento que exhala una poderosa aura de decrepitud. Allí, las estructuras parecen haber envejecido décadas en apenas unos días, como si el lugar hubiera decidido saltarse directamente la etapa de prosperidad hasta el declive absoluto.

Y es que, poco tiempo atrás, cualquier observador con un poco de consciencia sobre lo que estaba ocurriendo en la ciudad habría identificado ese bullicio de lonas, sudor y madera como el feudo de Don Átivos, un espécimen de avanzada edad cuya única ambición —ganar mucho y trabajar nada— solo es superada por su convincente verborrea.

En otras palabras, aquel era el hogar de su banda a quienes había tenido la ocurrencia de bautizar como F.I.S.C.O. —Fuerza Inmediata de Solicitud de Contribuciones Obligatorias —, un acrónimo tan pomposo como ridículo en un burdo intento por camuflar sus extorsiones bajo la semántica legal, como si cambiar el nombre de la patología bastara para curar el crimen.

Sin embargo, lo que hasta entonces había sido un campamento hostil y ruidoso se reducía ahora a un espacio fantasmal, donde la presencia de hombres amenazantes había transmutado en la de almas en pena deambulando con las pupilas dilatadas, la mirada perdida y un hilo de saliva recorriendo la comisura de los labios como si sus cerebros hubieran sufrido un golpe casi mortal.

¿De verdad podían ser aquellos los extorsionadores que Enji buscaba?

Los barriles con pescado relativamente fresco que rodaban por el suelo parecían indicar que sí. Al fin y al cabo, el modus operandi de los F.I.S.C.O. consistía en reclamar a los pescadores un pago por faenar en su propia área —a no ser que no pudieras afrontar la inmensamente ridícula suma exigida, en cuyo caso podías hacerlo en especies.
Una aplicación creativa —aunque poco ética— de la ley de oferta y demanda, con la salvedad de que solo una de las partes parecía haber sido informada.

Además, por si aquella muestra de culpabilidad no fuera suficiente, todavía quedaban hombres con las ropas del F.I.S.C.O custodiando el campamento de proporciones desmesuradas. Aunque, la verdadera pregunta no era si aquel lugar pertenecía a los bandidos o no. Sino quién en su sano juicio necesitaba tantas tiendas de lona raída y espacios comunes extendiéndose como una mancha de aceite, cuando los informes hablaban de únicamente cuatro hombres y ninguno de ellos  especialmente dado a la vida comunitaria.

Sin embargo, en un gesto de ironía perfectamente innecesario, el día había amanecido con un sol vibrante y un calor asfixiante, completamente ajeno al estado del campamento, y no parecía tener la menor intención de aflojar. Ya que, incluso ahora, a tu llegada a primera hora de la tarde, cuando el sol ya había superado su cenit, la humedad retenida por la selva se adhería a la piel de los presentes como una segunda perlada capa  innecesaria, espesando el aire hasta volverlo casi masticable.

Mas, es una suerte para Enji que el aire esté muerto y que ni una brizna de viento se atreve a cruzar el campamento hoy. Pues, de no ser así el hedor de los barriles, la peste  a mar putrefacto, le habría golpeado como un puñetazo tan solo llegar. Y, si por cualquier motivo eso no le hubiera hecho vomitar, el pestoso perfume de las tiendas, ediondo olor a humanidad sucia y babas —ese rastro viscoso y brillante que dejan los bandidos que han olvidado cómo tragar saliva— quizás lo habría logrado.

¿Definitivamente es una suerte que el silencio atmosférico actúe como una campana de cristal, atrapando los olores en burbujas invisibles, no crees? Porque, de otro modo, cada paso de Enji habría desencadenado un concierto de aromas tan insultantemente precisos que hasta los fantasmas del campamento se habrían apartado con gesto de repulsión. Los cuales, dispersos por el terreno como marionetas olvidadas por un titiritero retirado, se encontraban haciendo todo tipo de actividades sin sentido.

Y si no me crees, basta con mirar al bandido más cercano al marine, posicionado justo a la entrada de una cabaña de lona color verde oliva, inclinado sobre una caja de madera de poco más de un metro de altura; de él apenas se ve la parte inferior, como si el resto del cuerpo hubiera decidido ausentarse por propia voluntad. Y si prestas atención, podrás escuchar manotazos que recuerdan al movimiento coordinado de alguien nadando.

¿Será que tanto tiempo rodeado de peces muertos le ha hecho creerse uno de ellos? Es difícil asegurarlo a simple vista, pero esos pantalones militares de color azul oscuro podrían recordarte perfectamente a la cola de un tritón.

Por el contrario, los dos que parecen inspeccionar la hojarasca con tal ahínco que uno habría jurado que esperaban descubrir algún milagro vegetal escondido en ella, son —aparentemente– de lo más normales. Si tan sólo no fuera por esa expresión infantil e ilusionada, podrías observar lo verdaderamente intimidantes que son.

Y no, no hablo de que sean simios. Sino del tamaño gigantesco te tienen. Sobre todo rubio de cabello en punta que parece tener músculos en los músculos. O de las intimidantes cicatrices que tiene el otro, bulbosas y lilaceas, que sobresalen por todo su cuerpo;  ambos visten con camisetas negras con las letras de F.I.S.C.O. malpintadas luciendo orgullosas de color blanco y unos pantalones del mismo color que su compañero.

A la izquierda de estos hombres se apila una montonera de cajas, dos de ellas dispuestas como mesas improvisadas, con papeles dispersos que demuestran que en esa zona hubo actividad intelectual no hace demasiado tiempo. Un quinqué y bolígrafos completan el caos.

Tras toda esa montonera, otra tienda muestra un manchón que parece letras, aunque por donde llegas no puedes distinguirlas. Tendrás que acercarte. Y si lo haces, verás que, oculto por el ángulo, el tercero continúa removiendo un caldero con gestos torpes, concentrado en su tarea absurda como si fuera el acto más importante del mundo.


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#2
Los rumores eran rumores y solo eso: rumores. Enji no solía darle mucha importancia a los rumores. Entraban por un oído y salían por el otro, los rumores. Había muchos rumores sobre Enji. Rumores sobre su estabilidad mental, rumores sobre sus problemas con la ropa, rumores sobre su salud, rumores sobre su apellido —¡Ni siquiera tenía un apellido!—, y rumores sobre su pito. Rumores sobre su ética y su moral. Rumores sobre su locura. En fin, muchos rumores. Demasiados. Incluso había rumores sobre los rumores, rumores que desmentían rumores y rumores que complementaban rumores. Rumores, rumores y más rumores.

Un rumor lo llevó a patrullar las costas de Baterilla dos semanas atrás, y, culpa de ese rumor, ahora había un rumor sobre que odiaba a los tiburones.

Y ese rumor tenía mucho de verdad.

Algunos rumores podían tener algo de verdad. A veces. Ocasionalmente. Casi nunca… pero, podía pasar. Y, como podía pasar, se tenía que averiguar. Desmentir o confirmar era su trabajo siempre que los rumores implicasen problemas. Después de todo, un rumor sobre la fidelidad de un granjero, aunque jugoso para el chisme local, era inofensivo. Por otro lado, el rumor sobre una banda de crimen organizado que está extorsionando a los pescadores en el puerto de Baquella…

Bueno, digamos que no era un rumor que la marine enviaría a alguien para investigarlo. Era la realidad.

El desolado campamento le dió la bienvenida después de un largo viaje a pie. Su figura apareció delineada por el sol, proyectando su sombra sobre el camino. Estaba parado sobre la rama del último árbol que coronaba la abundante vegetación, justo antes de que el verde muriera y diera paso al marrón de la tierra desmalezada, a las puertas del claro. Dió un paso al frente y se dejó caer cuatro metros hasta el desmedrado suelo, dónde aterrizó flexionando las rodillas para amortiguar el impacto. El movimiento del aire removió polvo y levantó una pequeña nube de tierra de la que Enji salió a mitad de un bostezó.

—Ahhhh, fuck —cerró el bostezó con una maldición mientras echaba un vistazo al panorama—. ¿Dónde está la fiesta?

Parado de frente al deprimente escenario, Enji hizo un paneo de derecha a izquierda. Tiendas derruidas, personas zombificadas, un ligero, tenue, sutil aroma a mierda en el aire, y la irrefrenable sensación de que un gigante había pasado por ahí, asomado el culo y tirado un pedo sobre las cabezas de todos y cada uno de los pocos energúmenos presentes, quemandoles el cerebro además de los pelos de la nariz.

El primer idiota estaba a su derecha, sumergido en un barril de forma tal que parecía una sirena. Claro, una sirena invertida a la que solo se le veían las piernas humanas, y a la que su parte pez se parecia más a… un barril. Un pez barril.

Enji se acercó, asomó la mirada al barril y justo después de verlo, lo pateó.

—Se te va a ir la sangre a la cabeza, idiota —dijo mientras lo hacía rodar dentro de la cabaña—. Y ni hablar de la caca. No tengo ganas de ver eso.

Despues de dejarlo dentro, se llevó las manos a la cintura, puso los brazos en jarra y suspiró. A lo que venía…

Personas locas, pescado iniciando su proceso de descomposición y mucha, mucha saliva goteando fuera de bocas dormidas. ¿Qué estaba pasando en ese lugar?

Caminó por el campamento y las dos moles acabaron llamando su atención. Eran enormes, después de todo, y tenían cara de idiotas. Sí, mucha cara de idiotas. Pero de los idiotas que dan miedo. Esos que balbucean incoherencias mientras te hunden la cara en la tierra. ¿Que estaban buscando en esa hojarasca?

En fin.

Enji olfateó el aire mientras los observaba. Había percibido algo y, cuando pareció reconocer el aroma, salió disparado hacia la tienda más alejada, pasando a un costado de los gigantes y la hojarasca, hasta dar con la olla que había al fuego. En algún momento, a mitad de la carrera que lo llevó desde la hojarasca a la fogata, su ropa se desprendió y se quedó en pelotas. Bueno, en pelotas no. En boxers. Un poco de descencia tenía. Lo que ya no tenía era el uniforme.

—Oi, ¿que se cuece aquí? —dijo en su habitual tono de voz, alto y fuerte, mientras se asomaba a la olla. Tomó el cucharón de la manos del tercer hombre uniformado y se puso a revolver el contenido con ahínco—. No huele mal, eh.

Sacó el cucharón, sopló y después probó lo que se cocía en la olla.

Sabía a mierda.

Pero a él todo le sabía a mierda, así que estaba bueno.

—Le falta un poco de sal —espetó sin saber exactamente a quien mientras seguía revolviendo la sopa. Después se fijó de nuevo en los dos gigantescos de la hojarasca, a quienes silbo para llamar su atención—. ¿Quieren probar, cabezas de termo?

Los guantes en sus manos proveían de un buen agarre, además de protegerlo de lo caliente que se encontraba el metálico cucharón.

—¡Sabe a buena mierda!

Off
#3
Al inicio —como en cualquier inicio de una buena historia que se precie de serlo, o al menos de tener una ortografía decente—, nuestro protagonista no pasó desapercibido.

Y es que el bandido pez-barril, pese a nadar en aquel angosto mar de aire con la convicción de quien se cree un experto oceanógrafo de secano, todavía conservaba un instinto medianamente operativo. Así que, cuando aleteó de forma espasmódica —exactamente como si una anguila eléctrica le hubiera rozado, ignorando la nula probabilidad estadística de que una anguila nade en un barril de pescado podrido—, fue porque la hojarasca acababa de crujir bajo el peso del marine. Después, como si algo en él hubiera predicho el futuro, se quedó inmóvil. Y… luego no pasó nada interesante. Al menos no por su parte. Pero, por suerte, el universo, que a veces tiene la cortesía de rellenar los silencios, decidió esta vez que Enji se encargara de ello.

¿Habían sido las paredes cubiertas de arañazos o el extraño brillo, vagamente oculto por el propio cuerpo del bandido, lo que desencadenaron la escena que ocurrió a continuación? Sólo Enji lo sabía porque eso fue lo que vió.

Y de repente…
¡Bam!
¡Cataplam!

Lo brillante voló. Voló y volvió a volar, mientras el hombre rodaba, rodaba y rodaba. Y, al final, rodó tanto que Enji tuvo tiempo suficiente para apreciar lo que había dentro de la tienda antes de que el bandido terminara de estabilizar su nueva posición geográfica.

Al entrar, lo primero que el marine pudo notar fue que el suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra pardusca cuyo objetivo original —amortiguar el ruido de las pisadas— era incapaz de cumplir. Sobre la tela, un colchón de documentos descansaba sobre el pisoteado y viejo suelo, formando clapas blancas que parecían un intento fallido de decoración abstracta.

El espacio era relativamente angosto.

En el centro, un escritorio portátil sostenía más papelería, una brújula abierta y una jarra de metal con agua tibia que, a juzgar por su aspecto melancólico, había sido abandonada por su dueño hacía poco.

Lo único que no parecía estar deteriorado eran las «paredes» interiores, reforzadas por estacas con una solidez de dudosa eficiencia. En los laterales no había nada interesante pero, al fondo y a la vista de todos, se alzaba un cartel que explicaba demasiadas cosas.

Neuroburocracia Aplicada: Cómo evitar responsabilidades mediante la gestión creativa de la memoria.

Poster


El título del cartel, escrito en una gama cromática de blancos clínicos, cubría la mitad del cuerpo de un hombre ilustrado que señalaba al espectador e invitaba a apuntarse al evento. A su izquierda, integrado en un bocadillo como si se tratara de un personaje de cómic, se leía una máxima legal de dudosa ética: «Si no recuerdas un crimen, técnicamente no puedes haberlo cometido en términos declarativos».

¡Plam!

El brazo del hombre-barril cayó de lleno sobre un montón de papeles, haciéndolos volar por todo el lugar con la energía de un archivo que se sabe libre. Consecuentemente, entre la ventisca de folios, Enji pudo distinguir títulos que habrían hecho llorar a cualquier ser con un mínimo de conciencia: «Seguro Anti-Testimonios», «Cláusula 3.1: El firmante renuncia a cualquier recuerdo que pueda resultar perjudicial para la organización» y la siempre pragmática «Cláusula 3.2: En caso de duda, olvidar más».

—Gloo, gloo, gloo… dona, dona —expulsó el hombre-barril mientras se retorcía como un pez fuera del agua, tratando de nadar en aquel mar de negligencia legal—. Gloo, gloo, gloo… ¿Don Átivos? — Y tras esas palabras, su mirada se perdió en algún punto del vacío infinito para librar una batalla intelectual contra el descubrimiento del secreto del universo.
Contienda que, dicho sea de paso, iba perdiendo.

Pero eso, Enji, no lo tuvo que ver. Pues para cuando el hombre del barril alcanzó el éxtasis de la idiotez, el marine ya se encontraba a medio camino de su siguiente desastre.

¡Y no era para menos!

Porque si algo parecía tener en contra ese día el joven marine, eran la lógica y la física; dos entidades que, por lo general, suelen llevarse mal con los protagonistas de las buenas historias. La lógica porque... Bueno, ¿acaso hace falta explicar más a estas alturas? Y la física por el simple hecho de que, en algún punto del trayecto, mientras Enji corría flanqueando a los gorilas, uno de ellos se tambaleó hacia atrás.

Al hacerlo, desplazó una caja que descansaba a su espalda —una de esas cajas que alguien ha forrado con gomaespuma en un intento desesperado por evitar esquinas punzantes—, provocando que los pantalones de Enji se rasgaran y salieran despedidos con la coreografía ensayada de un stripper profesional. Ante tal desplante, su parte superior, poseída por un súbito ataque de envidia textil, decidió imitar la maniobra.

Así, el uniforme, que ya había decidido por contrato no cumplir más función alguna, se rindió a la gravedad; al caer, removió el aire viciado del campamento describiendo una parábola poco elegante antes de aterrizar sobre uno de los hombres, que en ese preciso momento señalaba el suelo.

Un gusano moribundo se retorcía en la tierra.

Así, el uniforme, que ya había decidido por contrato no cumplir más función alguna, se rindió a la gravedad; al caer, removió el aire viciado del campamento describiendo una parábola poco elegante antes de aterrizar sobre uno de los hombres, que en ese preciso momento señalaba el suelo.

Un gusano moribundo se retorcía en la tierra.

Después, tan pronto como sintió la prenda, el moreno giró la cabeza despacio. Sus músculos se tensaron y las cicatrices bulbosas de su cuerpo parecieron contraerse.

—Ahora soy yo el capitán —anunció, recolocándose el pantalón a modo de capa, profundamente satisfecho con la solución.

Un segundo después, el resto de la ropa terminó por caerle encima al gorila rubio, cubriéndole la cabeza con la precisión de un telón de teatro barato con olor a humo.

—Y yo, el rey.

Ambos se quedaron mirando por un momento, lo suficiente como para darse cuenta de que la escena se había transformado en ese tipo de momento que suele preceder a una gran revelación… o a un estornudo exageradamente inoportuno. Pero ninguno de ellos estornudó. En realidad, lo que ocurrió fue que ambos se pusieron en pie y, por un instante de lucidez traumática, parecieron recordar algo fundamental: no eran amigos.

Eran, de hecho, rivales por el puesto de Director Especialista Jefe de Asuntos de Desgracias Ajenas, también conocido como D.E.J.A.D.A. No conviene confundirlo con el verbo dejar, como en: «Me voy a sentir dejada», frase que pronunció la novia del grandullón cuando este le informó de que el jefe le había pedido ejecutar el protocolo anti enemigos.

Y, entonces, tan pronto como lo recordaron, el moreno, aún envuelto en su capa-pantalón, señaló al rubio con una uña sucia que poseía más autoridad de la que cualquier hombre —con o sin pantalones— debería poseer jamás.

Paralelamente al desarrollo de esta escena, a pocos metros de ahí, Enji parecía haber entablado una breve conversación con el bandido de la sopa. Lamentablemente, el bandido se encontraba ligeramente conmocionado para articular palabra; verás, Don Átivos tenía una muy mala costumbre que siempre solía tener contacto con él. Y no, no era precisamente la de donar.

Bueno… aunque si entendemos por «donar» el acto de asfixiar —en sentido figurado, aunque siendo justos, en ocasiones también literal— a otros hasta dejarles sin absolutamente nada, entonces sí: Don Átivos era extraordinariamente generoso. Poseía una pésima costumbre con vocación filantrópica y un talento innato para ejercerla sobre cualquiera que se cruzara en su camino el tiempo suficiente.

Así que no resultó especialmente sorprendente que, en cuanto el bandido del caldero vio a Enji probar la comida, reaccionara como si su columna vertebral hubiera decidido tomarse el día libre por asuntos propios. Haciéndole a Enji ver que, en cualquier momento, las piernas del bandido iniciarían una huida unilateral.

—¡Señor! —gritó el hombre con un entusiasmo desmedido, impropio de alguien que llevaba horas removiendo un caldero con la mirada perdida—. ¡Señor, ahí están los libros de contabilidad! —añadió señalando con desesperación a la nada—. ¡Señor, he hecho la soppa como a usted le gusta!

Justo en ese instante, uno de los dos bandidos que estaban a punto de entrar en un conflicto armado —o, al menos, en una discusión muy acalorada sobre quién llevaba mejor el uniforme de Enji—, habló.

—Tú… —gruñó el moreno, y su voz sonó como un archivador oxidándose en medio de la humedad selvática—, tú no tienes el pase de nivel volcánico. El jefe fue muy claro: solo los que saben nadar en seco entran hoy en la chimenea.

El rubio, cuya cabeza seguía asomando por el cuello de la camisa del marine como un periscopio confundido, soltó una carcajada que no tenía nada de gracia y sí mucho de eco cavernoso.

—¿Pase? —metió la mano en el bolsillo del pantalón que ahora le servía de accesorio real, y sacó un pequeño papel arrugado de color marfil. Lo sostuvo frente a los ojos del otro y se lo restregó por la cara con un desprecio puramente administrativo—. La oficina de Don Átivos se ha mudado al Interior.
Y, justo en ese instante, es donde todo se torció hasta doblarse sobre sí mismo y vomitarse.

Y es que el hombre del caldero se tensó de inmediato ante las palabras de Enji, llevándose una mano al cuello con un gesto espasmódico, como si intentara evitar ser estrangulado por una corbata invisible o por su propio sentido de la responsabilidad.

—E-eh… señor… ¡la sopa de piedras ya tiene el IVA incluido! —gritó de repente, con la voz quebrada por un terror puramente administrativo.

Entonces, lo invocó.

—¿¡IVA!? ¡Voy! —bramó el Rey de amarillo recientemente coronado, cuya lealtad al protocolo fiscal parecía ser lo único que sobrevivía en su maltratado cerebro.

Con una urgencia que solo un auditor del F.I.S.C.O. en plena campaña de recaudación podría comprender, el rubio ignoró por completo su disputa territorial con el Capitán —y el hecho de que llevaba una camisa por sombrero— y se abalanzó hacia el grupo.

—¡Aquí tiene el pase! ¡No nos multe, por el amor de Don Átivos! —suplicó, deteniéndose en seco frente a un Enji que seguía sosteniendo el cucharón.
Pero el Capitán —el moreno envuelto en los pantalones de Enji— no estaba dispuesto a permitir que una auditoría externa arruinara su plan de carrera.

—¡Falsificación documental! —bramó, lanzándose al ataque de cabeza con la sutileza de un rinoceronte con un doctorado en contabilidad.

Stats Capitán

Stats Rey


El impacto fue inmediato y geométricamente improbable. El Capitán placó al Rey justo cuando este iba a soltar la carta, provocando que ambos colisionaran contra el caldero de sopa de piedras. El recipiente, que ya sufría de una presión fiscal insostenible, voló por los aires derramando su contenido grisáceo y salado sobre el cocinero, quien interpretó el baño caliente como una "retención de activos" y empezó a repartir puñetazos al aire por puro pánico.

En un abrir y cerrar de ojos, el campamento se transformó en una melé de músculos, cicatrices y prendas de vestir ajenas. El Rey intentaba ponerse en pie tras el golpe. el Capitán rodaba adolorido por el suelo y el del caldero... había lanzado un puñetazo a Enji.
Hombre caldero


De repente, entre el remolino de polvo, sopa y gritos sobre el IVA, la carta de marfil salió despedida una vez más, planeando sobre el caos como el único documento legal que nadie quería firmar, pero que todos estaban dispuestos a matar por poseer.


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#4
El sabor del guisado de rocas acarició su paladar, gris y apagado. Sabía a quemado. A carbón, humo y ceniza, como masticar los restos de una fogata recién extinguida. Esas notas de sabor, irónicamente, las percibía bastante bien. Eran una burla. Una burla con saña punzante, pues cuando algo delicioso llegaba a su boca, algo dulce, ácido o picante, que cualquier otra persona disfrutaría, lo único que Enji podía percibir era una sombra del sabor original. Una leve pincelada. Un resquicio deprimente, aguachento, y diluido. Por otro lado, cuando el sabor era deleznable, sus papilas gustativas decidían revivir durante unos minutos y brindarle la preciosa impresión de estar masticando heces. Heces de caballo. Claro, si los caballos comieran piedras.

Dió un segundo sorbo al cucharón, aún así. Igual la cosa mejoraba.

—Pff… —Escupió todo al suelo—. Sí, sigue sabiendo a mierda. ¡Qué consistencia!

Un traguito más se llevó al gaznate.

¡Señor!

Y lo volvió a escupir.

—¡¿QUÉ?!

La detonación de entusiasmo en el pobre bandido del caldero, a quien había arrebatado su trabajo y toda su identidad haciéndose con el cucharón, lo tomó por sorpresa. El susto envío un espasmo a todos sus músculos, tembló y tiró algo de sopa fuera de la olla.

El calderero —como acababa de bautizarlo en su cabeza—, señaló a la nada. Enji miró esa nada. La inspeccionó con ojo clínico, aguzando la mirada y apretando los labios.

—¿Y están bien contabilizadas los libros de contabilidad? ¿Cuántos ves ahí, empleado? ¡¿CUANTOS?! —Señaló al mismo lugar, sumido en el mismo delirio, solo que él lo hacía de puro gusto—. ¡SESENTA Y TRES, INUTIL! Y TE PEDÍ SESENTA Y CUATRO.

Agitó la cabeza, desaprobando la falta de profesionalidad en ese descerebrado empresario de la extorsión. Después suspiró y siguió batiendo el guisado. Por el olor —inexistente—, faltaba muy poco para que estuviera listo.

Esperaba tener más comensales a la hora de servir, pero, cuando levantó la mirada en su búsqueda, vio que grandulón uno y grandulón dos, ahora bautizados Rey y Capitán, además de hacer un cosplay decente de sus pelotas, también estaban empezando a chocar como ellas. Enji inclinó la cabeza a un costado y arrugó el puente de la nariz. «¿Nadar en seco? —pensó—, Nada bueno sale nunca de ahí», y, en efecto, nada bueno salió de esa conversación. Rey y Capitán se estaban insultando. O, al menos, eso intuyó de sus expresiones e idioma corporal. De sus palabras no entendía ni la mitad.

Mucho menos del próximo grito del calderero, siempre tan acertado a la hora de elegir cuándo soltar un rígido administrativo de esos.

—¿IVA? —replicó, carente del vocabulario necesario para comprender lo que significaba, pero sobrado de lucidez para inventarse uno.

Lo que seguía, sin embargo, lo comprendió bien y sin necesidad de delirar. Vio al gigante correr, al otro gigante correr detrás de él y algo en el fondo de su mente le susurró que diera un paso atrás. Enji lo hizo. Lo próximo que vio fue a Rey siendo placado por Capitán. Una embestida brutal que hizo temblar la tierra cuando ambos cuerpos se encontraron, cayeron y se llevaron en su camino el caldero entero, dejándolo con el cucharón en la mano y una sopa desperdiciada.

Se le infló la vena de la frente.

«Respira, Enji. Respi…»

—¡LA SOPAAAAAAA–! —bramó, pero el calderero le dió un puñetazo, lo que cortó su grito en seco. Su cabeza se tambaleó en el lugar y quedó estática, sus labios apretados y una expresión cansina en el rostro. Con los ojos muertos del asco, se giró de forma lenta hacia su atacante, tomó aire—. (...)¡CABROOOON! —Y le soltó una patada en las bolas.
»¡Rey! ¡Capitán! Mírenlo, ¡está tratando de ahorrar en papel moneda! ¡Dinero no registrado! —vociferó mientras daba unos pasos atrás y señalaba al pobre calderero.

Con un poco de suerte se golpearían entre ellos y podría seguir explorando la zona mientras tanto.

Off
#5
Caldero lanzó un rodillazo reflejo hacia la cara de Rey en cuanto sintió el impacto en sus perlas doradas; un acto de autodefensa testicular que partió la nariz de su compañero con un crujido seco, sorprendentemente parecido al de una grapadora atascada. A su vez, Rey salió despedido hacia atrás por el impacto, mientras Capitán, que había rodado medio metro más allá, intentaba incorporarse con la dignidad que le permitía su capa-pantalón.

Pero, por desgracia para él, no llegó muy lejos. La mole del Rey cayó sobre su abdomen, aplastándolo contra la tierra.

—¡Uagh! —gritó mientras su cuerpo se deformaba y el dolor lo inundaba; con espasmódicos movimientos trataba de forcejear bajo el peso del otro.

Eso era una ventaja para Rey. Tras varios segundos dedicados a recuperar la consciencia y el rencor, en un movimiento que nadie habría imaginado —principalmente porque requería una coordinación motriz de la que carecía en aquel instante—, trató de estrangular al Capitán usando las piernas del pantalón que este portaba como capa.

El Capitán, en un espasmo de pura supervivencia, dio un bandazo errático que desestabilizó al Rey, enviándolo directamente contra una de las estacas maestras de la tienda de lona que tenía justo detrás.

Así, la tienda de campaña, que ya sufría de fatiga estructural crónica, se vino abajo con un suspiro de pura resignación.
¡Pluf!
El Rey manoteó desesperado al sentir que la luz desaparecía y que su vista sólo lograba captar el color de la tela.
Tchhhh.
La lona se tensó con cada movimiento del grandullón.
Flap.
El resto del tejido cayó al suelo, atrapándolo en un sudario que amenazaba con convertirlo en una oruga gigante y confusa.
Shrrrak.
Algo rasgó la tela y lo empujó a caer de nuevo contra el suelo.

Mientras tanto, Caldero permanecía arrodillado, protegiendo sus dos canicas doloridas y balanceándose como si estuviera rezándole a un dios de la fertilidad que lo había abandonado.

Sin embargo, pese a que la escena continuaba desarrollándose, al desplomarse la tienda, el escenario se abrió ante el Marine, revelando una nueva zona.

Ahí, frente a él, se dibujaba un pequeño y claustrofóbico claro. El suelo, continuamente pisoteado, se había fundido en una costra de tierra hundida, y la hojarasca, víctima de un tráfico incesante de pies nerviosos, se había transformado en polvo grisáceo. Si alguna hoja lograba sobrevivir en aquel rincón, lo hacía en forma de esqueleto amarillento, una reliquia marchita de lo que alguna vez fue naturaleza.

En el centro, dos troncos mal tallados, carentes de estabilidad, se miraban entre sí, formando un banco improvisado para conversaciones que nadie quería tener. A un par de metros, clavado con una saña innecesaria en un poste torcido, un tablón de madera rezaba con letras descoloridas:

«TABLÓN DE ASUNTOS URGENTES, SEMIURGENTES Y ABSOLUTAMENTE PRESCINDIBLES».

Bajo él había varias cajas de suministros comunitarios. Si Enji decidía asomarse, descubriría que estaban perfectamente selladas, y sobre ellas reposaban un mapa de la zona y un par de manuales.

Si decides investigar el tablón

Si decides investigar la zona este

Si decides investigar el la zona norte


Definitivamente, se trataba de un cruce de caminos.

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#6
Enji dió dos pasos hacia atrás y asió un cigarrillo, único y solitario, que hasta entonces había estado oculto en el mínimo espacio entre el elástico de sus calzones y el hueso de su cintura. El maltrecho rollo de papel y tabaco estaba torcido, arrugado y había perdido buena parte de su relleno. Un cigarro triste y depresivo. Enji lo miró de arriba abajo con dolor en su mirada. ¿En que momento había pasado? Su último cigarrillo...

—Hijo de puta… bueno, todavía sirve —dijo, luego se encogió de hombros y se palpó la cadera del lado contrario a dónde tenía oculto el cigarro.

Nada.

—¿Eh?

Se palpó de nuevo, nada; estiró el elástico hasta hacerlo llorar, miró y, otra vez, no encontró lo que estaba buscando. Extrañado empezó a tocarse en distintas partes del calzoncillo largo. Primero se tanteó entre las nalgas, después las caderas y por último el paquete —se esmeró en la búsqueda entre sus piernas—, pero seguía sin dar con eso que estaba buscando. Bufó con el cigarrillo entre los dientes, apagado.

—¿Dónde carajo…?

¿Dónde se había metido su mechero?

Mientras tanto, en un mundo tan ajeno como cercano, la escena se degeneraba de una forma cada vez más alevosa. Calderero había golpeado a Rey, lo que desencadenó una serie de curiosas interacciones, golpes y caídas, que, a groso modo, nacieron del mismo gesto: la patada en las pelotas que le había dado al Calderero. Fue la primera pieza que cayó y disparó el dominó que ahora se cerraba con el colapso de una carpa sobre el cuerpo de dos gigantes atontados, un pobre diablo tirado de rodillas a un costado, y su mechero perdido saltando fuera del desastre tras un mal movimiento del grandote que tenía su pantalón como capa. Enji lo vio aparecer como quien presencia el descenso de un ser angelical. Se acercó a la maraña humana que era esa tienda desplomada, se puso de cuclillas y levantó el zipo del suelo con un cuidado ceremonial.

—Aquí estás, hijo de… —Se cortó en la maldición para hacer girar la rueda dentada. Para su alivio, saltaron chispas. Estalló un fogonazo y la mecha se encendió, dando a luz al fuego. Una llama pequeña, tímida. Con ella encendió su maltrecho cigarro.

Enji inhaló humo, finalmente, mientras se rascaba el cuello. El tacto del tabaco en sus pulmones siempre lo relajaba.

—Ah, sí, ahora sí… —murmuró para sus adentros mientras exhalaba una espesa humareda.

Sorteó la tienda de campaña, o lo que quedaba de ella, y con curiosidad se acercó a la nueva zona que se había revelado. La tienda resultó ser una especie de telón y los dos grandotes se habían encargado de levantarlo. O, en este caso, de tirarlo contra el piso. A efectos prácticos era exactamente lo mismo. Enji se paró justo en el extremo de la tienda caída y se quedó mirando unos segundos los amplios tablones, los bancos de madera y la hojarasca triturada, prueba inequívoca del movimiento constante y multitudinario que ocurría en esos suelos.

—Bueno —dijo, y se sacó el cigarrillo de la boca—. Supongo que tocará leer. Puta madre, con lo que odio leer… ¿Por qué no mandaron a Sigrid? —se preguntó mientras volvía a capturar el cigarro entre sus dientes.

Quería tener las manos libres para poder arrancar, de hacer falta, cualquier papel importante que fuera a encontrar en ese enorme tablón. ¿Que tantos anuncios podían llegar a colgar en un lugar así? Pronto lo descubriría.

«Ojalá diga dónde puedo conseguir un poco de lo que se meten esos dos mastodontes»

Off
#7
El campamento seguía oliendo a sudor y testosterona barata —una fragancia que no figuraba en ningún catálogo de perfumes, pero que parecía ser el uniforme oficial de la banda– cuando Enji, tras mucho batallar, consiguió por fin encender su cigarrillo. Y con ello, permitiendo que, todo lo que había pasado, se perdiera en el aire junto a la primera bocanada de humo.
Era un triunfo pequeño, insignificante para el universo, pero única y exclusivamente suyo.

Así que cargando con esa diminuta victoria —y con muy poca ropa, para ser sinceros—, Enji avanzó hacia la Zona de Transición.
Una vez ahí, mientras se acercaba al centro, descubrió que el volcán había decidido responder a la pelea de los gigantes con una vibración tan suave como un suspiro imaginario; una exhalación inaudible que provocó que la roca bajo los pies, apenas perceptible, latiera con la fuerza del corazón de un animal herido.

En respuesta, la polvoreda que había en el suelo también vibró.
Era como si el volcán estuviera escuchando, procesando la estupidez de los intrusos en su superficie y preparándose para una expulsión inmediata.

Era eso o que alguien estaba jugando con maquinaria pesada. Y por «jugar», entiéndase ese optimismo suicida consistente en intentar operar un mecanismo que no has diseñado, que no comprendes y para lo cual tu única cualificación profesional es la de saber pulsar botones al azar con la esperanza de que nada explote de inmediato.

La duda quedaría flotando en el aire junto al humo de su cigarrillo. Al menos hasta que recordara que el volcán dormía o, en su defecto, aceptara que justo ese día, en este rincón del mundo y a esa hora, la improvabilidad de discernir entre  entre un fenómeno tectónico y una excavación no autorizada era prácticamente imposible.

Por fortuna, aquel tablón se erguía allí como un monumento a la distracción que Enji necesitaba, ofreciéndole la oportunidad de centrar su mente en asuntos triviales en lugar de intentar comprender qué clase de desastre —mecánico o geológico— estaba ocurriendo bajo sus pies.

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#8
Enji se plantó frente al gran tablón de madera. De brazos cruzados y mordiendo el filtro de su último cigarro, el marine inspeccionó de arriba abajo los carteles, anuncios, notas y anexos varios que empapelaban la zona. Arrancó algunos, los ojeó y descartó sin darles mucha importancia, guardando el justo cuidado para no quemarlos con la brasa del pitillo.

—Normativa de convivencia… derechos como trabajadores… —Leyó en voz alta y con la mitad de la boca, pues la otra mitad tenía los labios apretados alrededor del filtro del cigarro—. Sinónimos… sombra… ¿Cómo mierda es la simetría invertida?

Pasó una página detrás de otra, como quien ojea distraídamente una vieja revista de chimentos o la portada de un diario de la semana pasada. Se quedaba con palabras, datos particulares y específicos que pudieran servir a su causa y nada más. Después de todo, muchas de las normas dictadas en esa normativa parecían salidas del imaginario de un niño. Un niño con mucho vocabulario.

Con gesto aburrido descartó la última de las hojas y su atención acabó recayendo en la base del tablón, dónde encontró algo más de información en unos manuales.

—Ugh… ¿“Trabajo de verdad”? Soy marine, hijo de puta, no quiero saber nada de eso —espetó trae arrojar el manual por detrás de su hombro—. Esta gente está loca.

A paso tranquilo y con las manos en los costados del boxer, metidas entre el elástico y sus caderas como si fueran bolsillos, Enji se dirigió al norte. Había mucho terreno que explorar todavía. Esta vez, uno mucho menos modificado de sus raíces naturales. Exhaló humo mientras analizaba el claro y se dirigía al único punto de interés evidente: una mesa de madera, rústica como choza de barro, a la que no le vendría nada mal una buena pasada de lija y barniz.

Se paró a un lado y tomó la nota que descansaba entre las descuidadas herramientas, con cuidado de no llevarse una astilla. La levantó a la altura de sus ojos y leyó en voz alta, fuerte y claro, palabra por palabra lo que allí decía. Para cuándo terminó de leer, la confusión en su rostro era más que evidente.

—No entiendo ni “J” de lo que dice esto —musitó mientras se rascaba la cabeza.

El mensaje se activó un segundo después. Enji dió un paso atrás, tenso y en guardia, hasta que localizó el origen de la voz y se asomó bajo la mesa para escuchar el final del mensaje. ¿En verdad habían hecho eso? ¿Desmemorizarse para salir impunes? Los carteles de la choza lo daban a entender, pero de la teoría a la realidad había un trecho importante. ¿Qué tenían en la cabeza para probar algo así? ¿Y como carajos lo hicieron en primer lugar?

Después de encogerse de hombros, regresó sobre sus pasos un buen tramo. Para ser precisos, regresó exactamente hasta la tienda caída debajo de la cual se debatían los gigantes. ¿Se habrían cansado ya de pelear contra la asfixiante tela? Echó un vistazo rápido, pero se concentró especialmente en sus alrededores. Aguzó la mirada y, tras unos segundos, dió con lo que estaba buscando.

Arrastrándose de forma muy, pero que muy lenta fuera de la maraña de tela y piernas, había un caracol.

Un Den Den Mushi.

—¡Ja! Sabía que me lo había dejado en el pantalón. ¿Cómo estás, viejo? —Levantó al caracol mientras este lo fulminaba con la mirada por haberlo abandonado a su suerte en ese bolsillo. Enji le sonrió, cínico, y se dispuso a marcar al cuartel de la isla—. ¿Hola? Pizzería, estamos afuera.

Le cortaron.

Marcó de nuevo.

—¡No me cortes, imbécil! —explotó mientras empezaba a caminar—. Tengo al grupo de imbéciles estos que estaban intimidando a la gente del puerto. Soy Enji, sí. Necesito una pequeña cuadrilla para moverlos, también médicos. Parece que se lobotomizaron el culo…

Mientras hablaba, andaba, y, mientras andaba, miraba. Levantó un poco la carpa para ver si seguían vivos los idiotas de abajo. Después la dejó caer de vuelta encima suyo.

Y entonces lo vio.

« Interior del volcán, hoy a la tarde »

¿Podría ser?

Enji sonrió. Una de esas sonrisas que no auguraban nada bueno.

—Vengan rápido, que yo tengo cosas más importantes que hacer.

Cortó la llamada presuroso y, tras echarse al hombro el Den Den Mushi, salió a la carrera rumbo al volcán.

Off
#9
Atrás queda la jungla húmeda donde los bandidos han levantado su campamento, un reducto salvaje perdido entre la espesura que te ha ofrecido sus historias sabiendo que tú serás el último en conocer lo que realmente ocurrió ahí. Quizás, por el magnetismo intrínseco al misterio, o quizás por el simple hecho de que no te importa en absoluto, es que ignoras por completo cuánto tiempo ha transcurrido desde que escapaste de aquel hediondo lugar. Y, ahora, lo único que eres capaz de notar es que el sol — inclinado hacia el horizonte— parece haber descendido lo suficiente como para que el aire se alce y baile con un murmullo cálido y atrevido.

Así, en el aire encontrarás una mezcla inquietante de fragancias envolviéndote: el olor a ceniza prehistórica, antigua como el volcán mismo, se entrelaza con la esencia vibrante y terrosa de la selva de Baterilla, formando un perfume denso que parece adherirse a la piel, cabello e incluso al mismísimo pensamiento.

Es la respiración de un moribundo que se niega a morir.

Tus botas —si es que aún permanecen en tus pies— se han ido empapando lentamente del arenoso néctar que es la tierra. Y, sin que te dieras cuenta, hasta se han convertido en una masa marronosa que absorbe cada paso con un viscoso quejido. Si intentas recordar el instante exacto en el que el sendero dejó de ser firme para transformarse en un lodazal traicionero, tu memoria solo sería capaz de aferrarse al momento en que un zumbido creciente anunció la llegada de enjambres diminutos de insectos, temblando en el aire como motas vivientes buscando el calor de tu desnuda piel.

¡Y suerte de ellos! Porque, de no haberse aferrado a tu piel con la devoción de un amante tímido —y con el mismo sentido de la oportunidad— jamás habrías descubierto el rastro de papeles que Don Átivo y esos cobardes que huyeron han ido dejando a su paso. Una especie de «camino de migas», salvo que, en vez de migas, son documentos que desean ser archivados… y en lugar de ser dejados con intención, lo más probable es que se les cayeran por puro pánico o, peor aún, por pura torpeza.

Y es que, por lo que has podido ver, si algo caracteriza a Don Átivo y su troupe de fugitivos, además de su dudoso sentido del honor, es su absoluta incapacidad para mantener papeles dentro de los bolsillos.

Así que sí: benditos insectos. Molestos, ruidosos, pegajosos… pero gracias a ellos has avanzado un trecho más en esta absurda persecución selvática que, como casi todo en la vida, parece estar escrita por un autor con un sentido del humor particularmente retorcido.

Doc. Nº17

Doc. Nº20

Doc. Nº5



En el subcielo verde habitan dinosaurios, serpientes arbóreas titánicas y muertos vivientes que rondan templos devorados por la vegetación.

Una jungla húmeda que se alza sobre colinas volcánicas activas, donde la ceniza se mezcla con el aire tropical. El terreno es traicionero: puentes naturales de raíces cuelgan sobre precipicios y fumarolas ocultas liberan gases tóxicos. 

Estando ahora a quince metros del volcán, a la izquierda, observas un pequeño túnel natural. A la derecha, una fisura en la estructura rojiza.

Si te aproximas al túnel, descubrirás que se trata de un complejo sistema de ventilación natural, formado por una sucesión de cámaras irregulares esculpidas por lo que, en tiempos remotos, fue un turbulento flujo de magma. Desde su boca oscura —una abertura que parece engalanada con dientes pétreos— emanan ráfagas periódicas de aire ardiente que ascienden con un bramido profundo, impregnando el ambiente de un sofoco casi palpable y de ecos distorsionados que evocan los lamentos del averno.

La roca que recubre las paredes es de un negro quebradizo, surcado por vetas rojizas que palpitan como brasas extinguidas.

Por el lado opuesto, la fisura irregular que se abre en la pared es angosta y profundamente claustrofóbica, aunque conserva el tamaño justo para permitir que una persona se deslice de costado. Es posible que debas contener la respiración, o al menos dominar el impulso natural de inspirar demasiado, para poder atravesarla sin sentir que la roca te oprime.
Si solo te asomas y acercas el ojo, distinguirás un tenue resquicio de luz: un halo suave, casi imperceptible, que emana desde algún punto del interior y que invita —o advierte— a continuar.

Para cualquiera de las dos opciones que escojas, comprobarás que, antes de alcanzar la negrura absoluta o la luz —que más que un destello parece un reflejo esquivo—, aún te separan varios metros de incertidumbre.

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#10
Atrás quedaron los locos, la tierra desmalezada y la luz del sol que pegaba como un baño de agua hirviendo. Lo último, por supuesto, fue un alivio para Enji. Con la llegada de la noche el calor mermaba un poco, lo que hacía más pasable, aunque para nada cómoda, su tendencia a los sofocos. Trató de tirarse de una corbata inexistente mientras atravesaba la maleza, pero ya se había quitado toda la ropa. Solamente restaba sobre su cabeza la gorra de marine y el caracol de comunicación, ofendido, por supuesto, descansando en su hombro derecho. Los desgastados boxers pedían a gritos la jubilación.

De pronto y de la nada, el marine se dió un cachetazo en la mejilla derecha. El silencio de la selva se interrumpió por el tronar de su palma contra el blando moflete, y el Den Den Mushi lo miró de reojo.

Enji tenía la mirada puesta al frente y una de sus cejas estaba temblando.

—Puta madre… —murmuró, mientras, a la vez, un insecto pequeño zumbaba en su vuelo pasando a un lado de su oído. De alas negras y cuerpo dorado, tenía toda la pinta de ser venenoso y acababa de picarle en la mejilla con su largo aguijón.

La extraña combinación de mosquito con avispa se paró en el aire justo frente al rostro de Enji y lo miró con sus esferas de mil lados. Esperaba algo. Algo que, para su primitiva e instintiva sorpresa, no sucedió.

Enji lo aplastó con un aplauso.

—Mejor suerte la próxima, amiguito —dijo y siguió adelante dándose de palmadas en las piernas, los brazos y el pecho—. Lo que sea que me hayas inyectado no puede ser peor que lo que vomito.

A medida que avanzaba, impulsado en parte por la curiosidad y en parte por los insectos, empezó a encontrarse papeles regados por el suelo. Documentos varios relacionados al procedimiento que, al parecer, todo el grupo se había sometido para olvidar los crímenes cometidos. Enji no conocía en detalle la ley ni los huecos que se podían explotar de ella, pero pensar que alguien se podía librar de su crimen por haberlo olvidado le parecía estúpido.

¿O no?

—Bueno, en teoría es culpable de lo que hizo. —Se puso a debatir con sigo mismo en voz alta—. Pero si no lo recuerda, se creerá inocente y que lo están castigando por algo injusto. Ugh... —Arrugó el ceño, apretando la nariz—. Menos mal no soy abogado.

Colocó los documentos en orden, los doblo y se los guardó en el boxer, entre la pierna izquierda y el elástico.

Un calor intenso lo golpeó poco después.

Enji levantó la mirada de la maleza y se encontró con un gran hueco, la entrada a una cueva. Enorme, hirviente y peligrosa. Podía sentir como, en intervalos regulares, aire caliente manaba del hueco en la ladera del volcán, como si se tratase de una especie de respirador. Se acercó por el borde, con cuidado pues, con su historial, un soplido fuerte de aquellos en la cara lo dejaría tonto. El calor lo embotaba y debilitaba demasiado fácil, demasiado rápido.

—Tch… ¿Estos imbéciles se mandaron por aquí? —preguntó al aire, y, como una repuesta divina, reparó poco después en la grieta.

Asomó la mano dentro para corroborar que no manase el mismo tipo de aire caliente y después se dispuso a, de perfil, internarse en la abertura de la piedra. Pasito a pasito, avanzando de costado como si fuera alguna especie de extraña ave sin alas y adaptada a los climas helados.

Por eso mismo también sudaba que daba miedo.


Off


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