Tocar fondo | Pasado | Miyori
#1
Verano 3, año 16. Puerto de Baquella.

El peso de la tarde caía poco a poco en hombros de un astro diferente, menos brillante, pero más lúcido. Tras la caída del sol, la luna tomaba el relevo. ¿O lo usurpaba? En cualquier caso, la prefería. Ella traía la noche y la noche traía el fresco, el frío, el alivio. Pero en una isla tropical como Baterilla ese alivio se quedaba corto.

«Son asesinos»

Los tablones de madera rechinaban a su espalda, dónde bullía el mercado y se concentraba el calor de la comunidad. Incluso en el extremo del muelle más largo se hacía sentir, acompañado del eco de las conversaciones, los regateos y los gritos de marineros curtidos disparando órdenes y maldiciones de lo más variopintas. La luz de las antorchas proyectaba su sombra en el mar, sentado en el punto más lejano a esa calidez tan reconfortante para algunos, pero tan cruel para él. Él, que tenía el sol tatuado en la piel y sufría de sus caprichos incluso en la oscuridad. Él, harapiento y barbudo, con la mirada perdida en el vasto azul, allí donde el horizonte besaba las olas y las estrellas sondeaban el sereno. El día se había acabado y ninguno apareció.

Ni un solo barco con el símbolo del Gobierno Mundial en su vela.

Enji suspiró, dió un último trago a su botella de ron y la arrojó al agua.

—Tch, puta mierda. Otra vez. —musitó mientras se levantaba dando trompicones—. Otra vez…

Estaba cansado.

Una vez incorporado, se giró y empezó a caminar hacia el puerto. Tenía el paso tembloroso, lento y desconfiado de un abuelo. Su cuerpo se mecía de lado a lado, escaso de equilibrio después de que media docena de botellas se vaciaran en su estómago. Levantó la mirada y vio las luces del puerto, las antorchas junto a los carteles, y se mareó. Cayó de rodillas y vomitó el alcohol que seguía dando vueltas en su garganta.

—Agh… mierda…

Apoyó las manos en los tablones mientras la bilis se escurría entre ellos. El ardor era terrible, pero no peor que la picazón. Esa que sentía en todo el cuerpo y no lo dejaba dormir.

Como pudo, se levantó.

—¡Es un gran botín, chicos! Muevan rápido los barriles.
—¡Hyajajaja! ¡Somos ricos! ¿Qué será lo primero que hagas con tu parte, bro?
—Comprarme una ensalada. ¡Apresurense!


Se había acostumbrado al bullicio. Lo atravesaba, completamente ajeno y desentendido de una realidad que lo rodeaba, más no tenía nada que hacer con él. Nada en Baterilla le importaba un pomo, con excepción de una única cosa. Un grupo particular de personas que patrullaban la isla.

Algunas miradas perseguían su figura. Recelosos del extranjero, los comerciantes arrugaban la nariz cuando lo veían pasar ataviado en sus remiendos de tela oscura y pegajosa. El cabello negro, largo y enmarañado, junto a su barba andrajosa, terminaban de enmarcar la viva imagen de la decadencia. Todo lo contrario a lo que una zona comercial como lo era el puerto de Baquella quería transmitir. Enji era malo para el negocio. Espantaba a los clientes con su cara de borracho abandonado, su peste a alcohol y cigarros, y la incómoda sensación de que en cualquier momento podía estallar y matar a alguien por mirarle mal.

—¿Qué?

Un pobre hombre caminaba sin prestar atención y por accidente se cruzó en su camino. Al ser increpado, abrió grandes los ojos y después agacho la mirada. De pronto se vio más pequeño de lo que era. Enji solo se quedó parado unos segundos y después siguió caminando, permitiendo que el sujeto respire.

Unos metros más adelante, mientras pasaba por delante de un pequeño local de mariscos, sacó un cigarro húmedo y maltrecho de su bolsillo y trató de darle fuego con su mechero. Las chispas saltaban, iluminaban su mirada sangrante por un segundo y después morían sin que la llama lograse encender.

—No me jodas, venga —dijo, con el cigarro en la boca y un mechero muerto en la mano. Lo agitó un poco y volvió a intentar, pero nada. Se había quedado sin resina—. ¡Carajo!

Frustrado, arrojó el mechero contra el suelo.
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#2
Verano 3, año 16. Puerto de Baquella.


El clima de Baterilla durante el verano me reconfortaba por las noches, se volvía  más fresco y grato al tacto, pues la marea traía consigo una brisa costera capaz de aliviar los infernales calores del día. Mi apariencia era la de siempre, vestido blanco de escote sin mangas, unas botas en color café, sin embargo hoy no traía conmigo ni mi violín ni mi sombrero.

Caminaba sobre la madera del muelle que guiaban a la zona mercantil del pueblo. En mis manos sostenía una canasta cerrada que en su interior guardaba únicamente frutas, como bananas, manzanas y piña cortada. Mientras avanzaba tarareaba una leve canción solo para mi, concentrada en el camino y desviando la mirada cada que podía hacia el cielo nocturno, parecía ser una hermosa noche. Pero, me encontraba ajena a mi alrededor, a los gritos de los marineros y de los mercantes, a las risas y conversación de los habitantes, incluso era ajena a los navíos que atracaban en los puertos y sostenían fiestas clandestinas en su interior. Nada de eso importaba cuando lo único que deseaba era escaparme un segundo de mis obligaciones para tocar música, pero, lamentablemente hoy no podría hacerlo.

Me parece que hoy había más personas de lo usual en el mercado, caminaba entre personas que no conocía, y otras personas conforme iba avanzando me saludaban con sonrisas cargadas de amabilidad, y yo devolvía el gesto. Las antorchas iluminaban mi sendero pero sentía que en cualquier momento el viento las apagaría, no parece que fuera a llover pero el oleaje del mar estaba más inquieto que otras noches.

En el camino, un poco más adelante de mi posición, me percaté de un hombre que vomitaba de forma excesiva, parecía tambalearse cada que intentaba ponerse en pie. Detuve mi andar, y aunque las personas a su alrededor evitaban estar cerca de él por temor a ensuciarse o involucrarse, algo me hizo querer ayudarle. 

—Oye..—Dije susurrante pero en el momento que iba a dar un paso al frente, fui empujada por un grupo de hombres que no tenían cuidado alguno con las demás personas en su camino, ellos gritaban de felicidad y se jactaban de ser ricos, y como si fuera inevitable, caí de rodilla hacia un lado, sin caer al agua, pero parte de la fruta que traía conmigo si cayó directo al mar. — Vaya, es una lástima…— Dije mientras miraba como la fruta se iba flotando, solo me quedaron unas cuantas bananas y manzanas que dispuse rápido a meter de nuevo en la canasta, no sin antes ver hacia el frente en busca de aquel joven que hace poco estaba vomitando, pero, lo perdí de vista. 

Minutos después me reincorporé en mi camino, ya no tarareaba, solamente caminaba en silencio pensando en lo que había ocurrido hace poco. Me encontré con una cara conocida, un señor mercante amigo de mi padre, el señor Fujiwara, caminaba distraído viendo el suelo con una expresión de asustado. —Buenas noches, ¿Se encuentra bien, señor Fujiwara? — Pregunté, en lo que rápidamente el señor levantó su mirada, y como un desahogó, se me acercó ansioso.

 — ¡Miyori querida!, ¡ten cuidado, parece que hay vándalos por el mercado!.  —  Expresó alarmante hacia mi, a lo que yo solo parpadeé.

 — ¿Vándalos?  —  Repliqué con una ceja alzada, y él solo asintió rápido como si intentase asegurarme su respuesta.  — Gracias, tendré cuidado, solo voy a dejarle esto a mi hermano Takeshi.  —  Expresé con una sonrisa, levantando la canasta en señal de prueba. 

 — Bien querida, nos vemos después, saludos a tu padre.

El puesto de mariscos de mi familia no estaba lejos, pero me quedé con la duda, ¿A que se refería con vándalos?, ¿habían robado en el mercado?, seguramente mi hermano me pondría al tanto de lo sucedido. Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando más adelante vi que aquel hombre que antes había vomitado,aparecía de nuevo en mi camino, lanzando con cólera un encendedor frente al establecimiento de mi familia. No le miraba la cara, solo su espalda. Mi hermano miró al sujeto hacer su rabieta y de forma calmada le dijo.  — ¿Necesitas ayuda, amigo?.

 — Ah, Miyori, finalmente llegas… me muero de hambre.  —  Dijo mi hermano en forma de bienvenida, a lo que yo simplemente caminé directo al local, pasando a un lado del hombre de pelo negro. 

 — En el camino unos sujetos me tiraron, así que parte de la fruta se cayó, lo siento.  —  Le anticipé sin verle a los ojos, dejando la canasta en la encimera de madera. Intentaba buscar algo rápido.

 — ¿En serio?, ¿Sabes quiénes eran?, les partiré la cara.

 — Nah, eso no es importante.  —  Expresé sin verle aún, hasta que encontré el encendedor de mi hermano.  — Te lo robo.

 — Oe, Oe.  —  Me expresó en regañó, sabiendo muy bien lo que haría con él, pero fue inevitable detenerme.

Me acerqué al chico, ahora teniendo la oportunidad de finalmente verle a la cara. Era demasiado alto, tanto que tenía que elevar un poco mi cabeza para poder verle a los ojos, y aún asi, él podría fácilmente usar mi cabeza para descansar su mentón. Su pelo negro estaba enmarañado, despeinado y totalmente alborotado, tenia una barba tupida de días, y su aspecto parecia sucio, como si hubiese pasado todo el dia trabajando. Me recordaba a mi padre y a mis hermanos después de un día completo en alta mar, pescando. Extendí mi mano hacía él, con el encendedor que le había robado a mi hermano, el cuál se preocupó más por devorarse la fruta. No entiendo porque las personas lo miraban con desagrado, incluso parecia ser alguien muy atractivo.

 — ¿Te encuentras bien?... —  Pregunté con una sonrisa gentil, viéndole directamente a sus ojos carmesí.  —  Te ví hace unos minutos vomitando, ¿necesitas algo?, ¿quieres tomar algo de aire fresco?, te puede sentar bien.
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#3
Observó el mechero en el piso, hecho pedazos. Con el impacto las piezas se habían disparado en todas direcciones. Encontró la rueda dentada por un lado y el trozo de pedernal por otro. La mecha colgaba entre dos tablones, seca, y la tapa metálica se había incrustado en la madera de uno de ellos. Del cuerpo del mechero no quedaba nada, mucho menos de los pequeños tornillos, tuercas y bisagras que lo juntaban todo. Había desaparecido. Ya no existía como lo que era, sino como las piezas esparcidas y pérdidas por el puerto de lo que una vez fue. Trozos que no hacían un todo.

Enji lo vio y se preguntó si ese día había pasado algo parecido. ¿Dónde estarían perdidas las piezas que le faltaban?

—¿Ayuda? —replicó cuando alguien trató de acercarse. Enji reaccionó arisco, posando su mirada rabiosa en el muchacho—. Métete en tus asuntos, imbécil.

Chasqueó la lengua, escupió a un costado, justo frente a los pies del chico que trató de ayudarlo, y se acuclilló. No tenía dinero para comprar otro mechero. Lamentablemente, si quería fumar —y realmente lo necesitaba—, tenía que volver a armarlo.

Recogió la tapa metálica, plateada, de un pequeño tirón que la arrancó de la madera y se la guardó en la ropa. Asió la mecha y después la rueda dentada. Eran las partes principales, lo “grueso” del mecanismo, pero todavía faltaban muchos pequeños tornillos, tuercas, piezas diminutas que probablemente habían caído al mar. Buscarlas y ensamblar de nuevo el mechero era una tarea imposible. O, quizá, no imposible, pero sí muy lenta y tediosa. Toda una tortura.

En una mano fue colocando todos los pequeños trozos que con la otra recogía del suelo, uno a uno.

Patético.

Después de unos segundos, Enji sintió otra presencia, otros pasos que se aproximaban en lugar de rodearlo. Una figura se acercó desde la misma dirección en la que había aparecido la primera, la del chico, y se detuvo a su lado. Por el rabillo del ojo pudo ver una mancha blanca y naranja.

—No molestes —advirtió.

Logró encontrar la bisagra de la tapa, también la pieza que sostenía el pedernal, pero tenía muy poca luz y estaba forzando mucho la mirada. Suspiró, cerró sus manos en torno a las piezas que ya había recogido y sintió la derrota en sus hombros. Otra vez. ¿Qué estaba haciendo? Tardaría horas en recogerlo todo y nadie le garantizaba poder montar el mechero de nuevo. Pero necesitaba el mechero, necesitaba fumar. Lo necesitaba.

—¿Y no te pareció que era buena idea no acercarte al tipo que está tirado vomitando? —Enji se incorporó, renunciando a la idea de reconstruir y abocado a seguir destruyendo. Tenía la voz más gruesa de lo habitual a causa de la quemazón del vómito—. Métete tú también en tus putos asuntos.

Se limpió una mancha de saliva que tenía en la barba con el dorso de la mano, carente de vergüenza, higiene o un mínimo de decoro.

Un sujeto lo empujó.

No fue un choque directo, sino la poco fortuita coincidencia de sus hombros lo que lo llevó de nuevo al suelo. Las piezas que había recogido volvieron a perderse. El cigarrillo que tenía en la boca cayó en una charca y se hundió, mientras Enji, masticando rabia, hacía lo posible por levantarse, pero estaba débil y torpe. Se enredó en su propia andrajosa capa y tuvo que luchar para sacarsela de encima, lo que le valió la risa de algún marinero.

—¡Dejen de holgazanear viendo a ese pobre diablo y vuelvan al trabajo! Tenemos que cargar otros veinte barriles de aceite de ballena. ¡Vamos, chicos! ¡Quiero hasta el último berrie en aceite montado en el barco para las doce!

—Carajo… —masculló Enji. ¿A dónde se había metido el sujeto que lo empujó? No llegó a verlo, no podía reconocer su rostro y la mayoría de las personas estaban mirando a otro lado. Nadie quería inmiscuirse.
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#4
Sentí cierta electricidad en mi pecho, o quizás en mi estómago, no, era todo mi cuerpo. Cuando escuché su voz cargada de hostilidad mi cuerpo vibró de cierta ansiedad, ¿miedo?. Me cuestionó por el hecho de haberme acercado a él, me rechazó por completo y se encerró en su propio mundo al cuál no se podía entrar con palabras amables. Solo me limité a mirarlo, parecía estar esmerado en reconstruir aquel mechero que él mismo decidió hacer añicos. Y como cereza al pastel, me mandó al carajo.

Me sentí pequeña, y también sentí cierta impotencia, puesto que en verdad deseaba poder ayudarle aunque sea un poco. En mi mente se repetía la escena de antes, cuando parecía que su mundo se caía a bajo por los efectos del alcohol.

—Miyori, recuerda lo que dice el viejo — Dijo mi hermano que también había sido rechazado por el chico de apariencia escuálida. Me habló con una voz de advertencia— No se le puede tender la mano a quién no quiere ser ayudado. 

Le sonreí de manera suave y solamente me limité a negar con la cabeza, en señal de desaprobación. Mi padre era un hombre estricto, muy astuto, pero si algo saqué de él, fue su terquedad. 

En ese momento, un señor caminó por el costado de nosotros, chocando contra el cuerpo del hombre que me rechazó antes, quizás el señor no lo hizo a propósito, pero logró que el joven cayera de nuevo al suelo. Estando derribado, se enredó con su ropa que al parecer estaba sucia por el sudor, el vómito, y quizás en su momento el arraigo del polvo. Y maldijo con enojo su situación, pataleaba, arrancaba, luchaba y sobre todo gruñía. Como un niño, pensé.

Quizás mis oídos estaban sordos, porque no escuché en absoluto las risas, o las conversaciones a mi alrededor, mi atención estaba únicamente fija en él. Me incliné minutos después para estar a su altura, en el suelo, ya cuando finalmente estaba libre de la atadura de su ropa. Y sin pedirle permiso, comencé a recoger algunas piezas del encendedor antiguo, supongo que si rechazó el que le estaba regalando es porque el otro era más importante para él. Quiero creer que fue por eso…

—No me pareces que seas un mal chico…— Recordé la conversación que tuve con el señor Fujiwara sobre que habían vándalos en el mercado, ahora supuse que hablaba de este chico. Mis ojos ya no hacían contacto visual con él, mi atención estaba más en observar el suelo en busca de las demás piezas faltantes, parecía un rompecabezas sin instrucciones, ¿realmente se podría armar de nuevo?. — Únicamente pareces cansado.

Ya con algunos fragmentos del antiguo mechero en mi mano izquierda, con temor, acerqué mi mano derecha para intentar tomarle el antebrazo, con la intención de ayudarle a ponerse en pie. Aunque me lastimase, lo intentaría de nuevo.
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#5
Quería estar solo.

Abrazaba la soledad como solo puede hacerlo quien realmente la desea. O quien realmente cree que la merece. Quien ya no conoce otra cosa más que su cobijo. La soledad era fría, silenciosa y flagelante. Desgarraba desde dentro de forma lenta y progresiva, con la paciencia de quien se sabe dueño y señor de lo que depara el mañana. Una tortura primigenia, tan elegante como efectiva. ¿Quién merece ese castigo? ¿Qué pecado lo amerita? Enji lo sabía, y nadie más podía saberlo. Un crimen imperdonable. Incluso su reflejo en la mirada de los otros parecía darle la espalda, avergonzado. Cobarde.

¿Cuánto podía odiarse uno sin odiar el mundo?

Luchó para quitarse de encima la capa, húmeda y andrajosa. Cuando lo logró, observó la prenda un instante, sostenida de sus pliegues con ambas manos. Estaba vieja y gastada, sí. También era su único abrigo cuando el frío —no sin esfuerzo—, lograba calarle los huesos. Sopesó ese detalle por un instante y después la arrojó al mar. ¿Cuánto podía abrigar una capa rota?

—Límpiate los ojos, niña —dijo, sorprendido de que la muchacha hubiera regresado. ¿Es que no tenía una pizca de sentido común? ¿O acaso la lástima le ganaba?

En cualquier caso, Enji suspiró.

—Deberías hacerle caso a tu hermano y largarte. El mar no es lugar para buenas personas —advirtió, y se quedó observando cómo la muchacha de vestido blanco se disponía a recoger los trozos faltantes de tu destruido mechero. Pieza por pieza. Lo que, visto en otra persona, se le antojó tan estúpido. Tan inútil. El mechero estaba perdido y recoger las piezas era solo una tortura más. Así que cuando ella le ofreció la mano en ayuda, Enji le dió un manotazo con el dorso de la mano y se levantó por su cuenta.

No tenía ningún sentido.

—Deja de perder el tiempo —dijo, y tomó su propio consejo. Arrojó las piezas que había logrado juntar y se olvidó de ellas—. Solo estás molestando.

—¡Cuidado!

Enji lo sintió en los pies antes de verlo. Un peso importando acababa de golpear en los tablones de madera, rebotar y volver a caer, transmitiendo su vibración al suelo. Cada vez más cerca. Un enorme barril se había escapado de las manos resbalosas de dos marineros y rodaba en su dirección. El aviso, sin embargo, era exagerado, puesto que por su peso y envergadura el barril se movía lento. Lo suficiente como para que Enji diera un paso atrás y lo dejase pasar, seguidos de dos desesperados idiotas que maldecían su suerte.

Un tercer desesperado idiota, un poco menos idiota, los insultó desde el barco por arriesgar el botín de la última caza. Enji dejó de prestar atención en ese momento y suspiró.

—Pero te voy a aceptar ese mechero —dijo, resignado. Necesitaba fumar. El bichito de la abstinencia lo estaba devorando por dentro y el último de sus cigarros, aunque maltrecho, todavía estaba vivo, descansando entre los dedos índice y corazón de su mano derecha.
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#6
Siempre he pensado que el ayudar no era pecado. Siempre he pensado que la compañía es mil veces mejor que estar solo. Siempre…yo siempre…  creí que no hay nada de malo en sonreír y querer hacer sentir mejor a las personas. 

No conocía a este hombre, ni de dónde venía, pero tampoco creo que haya razones para hacer de la vista gorda y dejarlo morir en su soledad. ¿Qué tiene de malo querer ayudarle?, pensé, en lo más profundo de mis sentimientos, había algo punzante en sus palabras que lograban apuñalarme directo en el pecho. Le escuché en silencio, solamente le escuché sin decir una sola palabra. ¿Se supone que debo creerle?, ¡¿Se supone que con eso tengo que resignarme?!, esa idea me molestaba. El mar era inmenso, y había mucho peligro, lo sé, pero también he conocido de la bondad estando en el mar.

¿Qué tiene de malo querer ayudarle? 

Un segundo bastó para que el rechazo me lastimara, como fuego sentí su golpe sobre mi mano, y de nuevo pensé, ¿Que tiene de malo querer ayudarle?, cerré mis ojos y lo escuché de nuevo, ahí estaba otra vez, mostrándose como un hombre insano, negándose a todos mis intentos de acercarme, encerrado en ese caparazón al cuál no me permitía entrar. Ahora finalmente me encaró, solo para decirme que estaba siendo una molestia para él.  Y mis labios sutilmente se presionaron entre sí, como si quisiera llorar y querer regañarle, pero, me sentí confundida,  ¿Estaba equivocada?,¿Realmente estaba haciendo algo malo?.

Alguien gritó, había jurado que alguien advertía sobre algo, pero sentí que me sujetaron de la muñeca, haciéndome retroceder hacia un costado. Dos fuertes manos me tomaron de los hombros, y en mi cara, me gritaron en reclamo.

—-¡MIYORI!, ¡¿Qué supones estás haciendo?! —- Dijo mi hermano, enojado por todo lo que estaba presenciando. Enojado por el golpe que yo había recibido, pero él no podía culpar al chico, yo era la entrometida —- Es suficiente, deja de insistir, este pobre diablo no quiere tu ayuda.

¡¿Pero, qué tiene de malo querer ayudarle?!, mi corazón estaba inquieto, ¿estaba decepcionada?. Me sentía confundida, y quizás un tanto enojada, este chico era tan terco como yo.

“Pero te voy a aceptar ese mechero”, Lo escuché decir, y eso me sorprendió, no por el hecho de escucharle solicitarme algo, si no, porque finalmente le escuchaba decir algo sin nada de hostilidad en sus palabras. Mi hermano suspiró con enojo reprimido, como si estuviera en una situación interminable. Se rascó la nuca y con resignación me soltó, dándome permiso para acercarme de nuevo.

Y si que me acerqué de nuevo, con cuidado, a la expectativa de sus reacciones, y al estar a unos centímetros, le extendí la mano de nuevo, con el mechero que antes había rechazado. Bajé la mirada por unos segundos, a pesar de lo ocurrido, yo no sentía pena por él, solamente quería ayudarle, y casi susurrante, sin poder evitarlo, de mi corazón finalmente le cuestioné. —-¿Qué tiene de malo querer…ayudarte?.
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#7
Un mechero, finalmente. Enji lo acogió entre sus manos y atesoró por un segundo el tacto frío de la carcasa metálica. Con un golpe de la punta de su dedo pulgar destapó la mecha y con el mismo movimiento, pero inverso, activó la rueda dentada que ocupaba el lateral. Los dientes mordieron el pedernal y brotaron chispas en represalia. Chispas que encendieron la resina y le dieron vida a una llama pequeña, anaranjada, que iluminó su rostro y acentuó las profundas ojeras debajo de sus ojos. Bolsas oscuras de varios días durmiendo poco y mal. Las marcas de su tortuosa vigilia en los puertos.

El calor que transmitía ese pequeño fuego trajo reminiscencias a su cabeza, pero la necesidad lo abstrajo. La necesidad de humo y tabaco. Acercó el cigarro a esa cálida luz, sorbió del filtro y quemó el papel, inhalando ese aire falso y espeso que engañaba a sus pulmones y aplacaba su ansiedad.

—¿Que tiene de malo querer ayudarte?

Digirió la pregunta junto a la primera pitada. El humo removió las asperezas de su genio, suavizando una pizca su carácter, reduciendo en un tono su podrido humor. No quería pensar que la adicción al tabaco lo había vuelto completamente dependiente de su efecto para poder funcionar, pero las pruebas estaban ahí y eran contundentes. Con nicotina en el cuerpo, la mente se le despejó y pudo escuchar un poco más a través del ruido blanco. A través de la nube de dolor y vergüenza.

Lo que encontró al otro lado fue una mano que se entendía en su ayuda y, aún así, la rechazó.

—Supongo que no tiene nada de malo —dijo—. Puedes hacerlo. Puedes tratar de subir el nivel del mar echando cubos de agua de río —Exhaló el humo que retenía en el pecho con un largo suspiro mientras se quitaba el cigarro de la boca—. Pero nada cambiará, solo habrás perdido el agua que podías beber. Gracias por el fuego, niña.

Lo último lo dijo con honestidad, con verdadera gratitud. Después extendió la mano izquierda con el mechero para devolverlo y golpeó el filtro de su cigarrillo con la derecha, en pos de descartar la ceniza acumulada. En su lugar, toda la brasa se desprendió del cuerpo del cigarro. Enji la vio descender en cámara lenta hacia los tablones de madera del puerto y ahogó una maldición en su cabeza. Tendría que volver a pedir prestado algo de fuego. O, de plano, robarse una antorcha de la calle.

«Un segundo…»

Reparó en algo extraño, algo peculiar pero que no había llamado su atención hasta que no bajó la mirada para observar la ceniza caer. ¿Desde cuándo estaban mojadas las tablas? Enji se giró hacia el mar y revisó, en un rápido paneo, los barcos más cercanos a su posición. Los veleros, las goletas, y un barco en particular, al que no paraban de cargarlo con barriles sellados, que llamó su atención. A aquel barco acababa de llegar un último barril, rodando.

Rodando.

Justo como el que había pasado entre medias de él y la muchacha hacía solo un minuto.

Enji abrió grandes los ojos.

La brasa tocó el suelo y el aceite se encendió.
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#8
El olor a tabaco nació con la primera calada y, sin notarlo, también entró en mis pulmones. Tal sensación no me era ajeno; en casa el humo siempre había sido un huésped más. Solo qué…yo no practicaba tal vicio.

Observé a detalle su rostro, y pude notar que en su rostro se plasmaba el cansancio, dejando sombras hondas bajo sus párpados. Ya lo había pensado antes y ahora lo confirmaba, no veía en él maldad, si no, el peso de alguien que llevaba demasiado tiempo sin descanso.

Mis ojos azules descendieron un poco más, recorriendo su figura, y entonces encontré rasgos que había pasado imprescindible, cicatrices antiguas, trazos ásperos sobre la piel que hablaban de días difíciles mucho antes de este. ¿Que era vomitar en comparación con perforaciones en tu cuerpo?, también, observé en sus costados cierta marca aparente de quemaduras. Me pregunté, si el alcohol y los vicios no eran más que la superficie de algo más hondo. Frente a mí, estaba un hombre casi desnudo, portando nada más que ropa interior y un cigarrillo entre los labios…y, aún así, parecía bastarle para mantenerse en pie ante las miradas de desaprobación.

Mi mirada volvió a su rostro, y…pese al vacío frío que arrastraban sus palabras, sentí que en realidad solo intentaba convencerme de que todo esfuerzo era inútil si se trataba de acercarse a él.

—-Bueno… dices que nada cambiará. —- mi voz salió suave, cuidando de no herir ni de provocar su enojo. —- Pero aceptaste mi ayuda con el encendedor.

—-Y para mí, eso no es perder.

Extendí la mano una vez más para recuperar el encendedor de mi hermano, y esta vez sí me atreví a mirarlo directo a sus ojos carmesí, esbozando una sonrisa triunfante; no de burla, sino de orgullo por haberme salido con la mía. Quizás aquel instante pasó desapercibido, pues él parecía estar inquieto por alguna razón, casi asombrado, escudriñando el suelo con la mirada y luego a su alrededor como si estuviese buscando algo perdido. Volví a mirar el suelo, pensando que tal vez quería recuperar de nuevo los fragmentos de su antiguo encendedor. Pero sólo noté humedad bajo nuestros pies. 

Sentí la calidez del fuego bajo nuestros pies, cómo la llama cobraba vida sobre las tablas empapadas de lo que parecía ser un aceite translúcido. ¿Cuándo había sucedido aquello? Apenas unos segundos habían bastado para que la pequeña llama entre nosotros se empezará a convertir en un incendio creciente. Reaccioné antes, mis piernas me obligaron a correr hacia adelante, arrastrándo al chico conmigo en la dirección opuesta, casi obligándolo a retroceder pasos fuera del nacimiento de fuego. Pero las lenguas de fuego se extendían voraces a tal manera de que parecía iba a consumirlo todo.

Una oleada de gritos sacudió el muelle mercantil aquella noche, gritos de angustia de los comerciantes y visitantes cercanos al incendio. ¿Cómo podía el infierno manifestarse con tanta rapidez. Mi hermano se encontraba al otro lado de las llamas, y un nudo de preocupación se formó en mi pecho, todo parecía complicarse más de lo que mis ojos azules alcanzaban a percibir.
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#9
El tiempo a su alrededor se detuvo, su reloj se atrofió, y, por la décima parte de un instante, el mundo entero se congeló, como se congela el rocio sobre las hojas en una mañana de invierno. ¿El motivo? Una inyección de adrenalina pura, gota destilada del peligro, directa a su sistema. Las pupilas se le dilataron al enfocar las terribles fauces del averno, las llamas nacientes. Su corazón se aceleró y golpeó desbocado en su pecho. Contuvo el aliento, y tensó todos y cada uno de los músculos en preparación a lo que venía. Lo que estaba por llegar.

La sensación subió desde el centro de su estómago, debajo del esternón, y erizó su piel de camino al pecho. Detrás suyo dejó un nudo y en su corazón, un dolor, un intenso dolor. Enji lo comparaba a la sensación de estar siendo ensartado lentamente con una aguja del grueso de un dedo humano. Una tortura apropiada para el mayor de los sádicos.

Sudó frío y, junto al tiempo, se congeló. El mundo a su alrededor se cayó a pedazos y de los escombros brotaron nuevas paredes, inmuebles y cuadros. Una habitación entera. Un salón. Había una chimenea, un gran ventanal que daba al frente, un amplio sofá y una alfombra gris. Enji lo reconocía todo. Era el país de sus pesadillas.

Después vio los cuerpos.

Y gritó.

Se agarró la cabeza, tratando de borrar la imagen con el dolor de sus uñas incrustándose en su cuero cabelludo. La sangre empezó a correr por su sienes mientras el calor subía por sus piernas, estómago y hombros. Lo abrazaba, una vez más, ese calor mordaz. Y, otra vez, se sintió aprisionado. Aplastado por una tonelada de escombros. Enterrado en el incendio.

El terror lo ahogó, pero algo lo empujó fuera de esa nube de humo. Un par de manos pequeñas, menos curtidas que las suyas, menos fuertes, y aún así mucho más poderosas. Poderosas para atravesar su umbral de horror y devolverlo a la realidad en un momento de desesperación.

Abrió los ojos y vio el caos.

Un mural de fuego se levantó en medio del puerto. Se levantó en una linea recta que empezaba en el final de la calle principal, bajaba por la costa y llegaba al barco, dónde desesperadamente trataban de apagar la cubierta empapada antes de que las llamas llegasen a la bodega. Sonaban gritos a su alrededor y el fuego, cuyas llamas eran demasiado altas, hacia poco por amortiguar esos llamados de pánico.

—¡Agua! ¡Traigan agua!
—¡Alejen los barcos!
—¿Cómo pasó esto? ¡Salven la carga! O vamos a volar todos por los aires.


Enji cayó al suelo tras el empujón y cuando sus ojos volvieron a enfocar el fuego, su instinto lo llevó a arrastrarse hacia atrás, alejarse todo lo posible del fuego, jadeando de miedo. Huyó arrastrándose hasta llegar a la arena de la costa y de allí, siguió hasta llegar al mar, dónde se hundió buscando alivio. Buscando perdón. Temblaba y gimoteaba, abrazándose a sí mismo, mientras temblaba de frío pero sintiendo calor.

El fuego.

El fuego lo perseguía.

Karmas pertinentes
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#10
El muelle de comerciantes de Baquella ardía con ferocidad, devorando cuanto encontraba a su paso los puestos, pasarelas y cargamentos que jamás alcanzarían la cubierta de los barcos. Las voces humanas se mezclaban con el crepitar de la madera, cada quien intentando rescatar algo… o simplemente rescatarse a sí mismo. La preocupación me oprimía el pecho; mi hermano estaba al otro lado de aquel muro incandescente de fuego vivo, y cada avance de las llamas obligaba a mis pasos a retroceder. ¿Debía cruzar el fuego y alcanzar la otra parte del muelle?, pero… ya no quedaba sendero alguno por donde avanzar, solo un límite ardiente que parecía negarse a dejarme elegir.

—-*¿Qué hago?.* —- Pensé, con cierto miedo reflejado en mi cuerpo, puesto que temblaba ante el pánico y ansiedad colectiva. Y yo también, me consumí en la desesperación, y no pensé con claridad ante lo que mis ojos estaban viendo, ni me percataba del terror de las personas.

Volví a la realidad al escuchar su grito. Era él, otra vez atrapado en su propio abismo, el chico de los ojos carmesí, consumido por el pánico y el miedo. Logró sacarme de mis pensamientos y de mis dudas, fue mi anclaje de nuevo a la realidad. Se encontraba en el suelo, arrastrándose con torpeza, intentando huir del cerco de fuego, como si el fuego no solo quemara la madera, sino, también aquello que habitaba dentro de él.

—¿Que suced…? — No terminé de preguntar porque en ese momento lo vi más temeroso que antes conforme la llamas del puerto crecían más y más, extendiéndose a las embarcaciones. Huyó a rastras,con una prisa desesperada que en segundos lo arrancó de mi lado. A la distancia alcanzó la desembocadura de la costa, y sin dudarlo, se dejó caer dentro del manto oscuro del mar, dejándose cubrir por la superficie del banco de arena y el agua.

Mis pies avanzaron hacia él, asombrada de su reacción. ¿Le temía al fuego?, ¿A los gritos?, ¿Se había herido?, ¿Porque tenía sangre?. Apresuré el paso casi sin darme cuenta, la urgencia de encontrarlo me empujaba. Tenía que ayudarle…—- Oye… —- Músite cuando finalmente lo alcancé. Estaba débil, deshecho, como si el mundo hubiese pasado por encima de su realidad. Jadeaba con miedo, temblaba, aferrándose a sí mismo en un intento de alejarse de todo esto. Sentí que, si lo tocaba sin cuidado, podría detonar un sentimiento aún más profundo.

El incendio continuaba creciendo, pero ahora los gritos los escuchaba más lejos, diluidos por la distancia.  Pero mi atención y mi mirada le pertenecían a él. Me arrodillé a penas tuve la oportunidad de colocarme a su lado, dejando que la falda de mi vestido se empapará con la fría temperatura del agua. —-¿Estás bien?.

Pregunté pero sabía que no habría respuesta alguna. No pertenecía a su mundo. Traté de consolarle, de llamarlo y tratar de hacer contacto visual, quería calmarlo con hacerle sentir mi presencia. Pero no creo que nada de eso surta efecto. Guarde silencio, y estando ahí, a su lado, no supe qué hacer.

Así que simplemente, como si ese fuera la única manera de darle consuelo, y cura a su alma, intenté abrazarle. Su dolor no era mio, pero me importaba más sacarlo de ahi. De ese mundo hecho ruinas. — Ya pasará, todo lo malo…ya pasará.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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