Choi Hae-won
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C. de Haki
C. de Akuma
Día 29 de Invierno.
Tomar un mate a orillas de la playa en un día frío podría ser un puntazo en lo que respecta a planes, pero también un total inconveniente por el frío del viento. Si vamos al caso, mi querido lector, Hae-won es una persona de planes bastante ortodoxos y ordinarios, con gustos muy comunes y corrientes. Por ponerte un ejemplo: es normal tomar mate en una playa cuando toca la hora del descanso. Al menos lo es para ella, ¿de acuerdo? No vengan a decir que es raro o poco convencional.
Un Marine no tiene posibilidades de aprovechar esos momentos. No. Siempre hay algo en la cabeza que te quita la paz. Ella, por ejemplo, tiene demasiadas cosas en su lista de preocupaciones, desde saber que mañana tendrá que levantarse a las cinco de la mañana para preparar el papeleo y ser transferida a la isla de Samba, o el haber recibido noticias de sus progenitores en la prisión: están calmados y persiguen una reducción de pena por buena conducta.
Y no. Lo segundo casi le produce ganas de tirar el mate por los aires.
Respira. Cuenta hasta diez. Se prepara otro mate para degustar. Bebe del brebaje místico que logra calmar sus sentidos asesinos y retoma su meditación. Contempla con calma y tranquilidad la fuerza del mar mientras come otra factura, de esas que tienen crema pastelera y mermelada, sus favoritas.
—Hmmm… Debí ponerle un poco más de menta al mate, o… tal vez deba buscar otra plantación para probar —Es lo primero que sale de su boca luego de beber un sorbito—. Bueno, ya fue.
Tal vez es demasiado comer sola media docena de facturas, pero sí, se trajo seis de esas y no iba a permitirse a sí misma dejar una sola miguita. La puesta de sol está muy lejos de llegar, pero el reflejo de las luces en la playa, acompañada de un buen mate y el ruido de las olas, le hacen recordar que estar viva es una bendición de los dioses, o lo que sea que haya del otro lado del plano.
Es muy triste que nadie se atreva a probar algo tan sagrado como el mate. Entre sus compañeros no es para nada popular… aunque, bueno, debe ser porque ella lo toma amargo.
Está sentada en una roca, con su comida y su bebida, y sin nadie en el mundo que siquiera repare en su existencia. Ser una bendita don nadie tiene sus ventajas cuando se trata de buscar ese pequeño atisbo de soledad, aunque tomar mate solo es algo un poco triste, ¿no creen?
Sí. Yo, que soy quien relata su historia, me compadezco de esta pobre mujer.
Enji
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Las mañanas frías eran sus favoritas. Por mucho, además. Despertar fresco no tenía precio. Quitarse las sábanas de encima sin que nada se pegue ni enrede. Sentir el aire en la piel y como se erizan los vellos, los sentidos se encienden de golpe y sopetón, arrancándote la pesadez del sueño profundo con una sola exhalación convertida en vaho. La cama, en esos días gélidos, lo soltaba con una facilidad pasmosa. No quería saber más nada de él. Lo empujaba fuera, lo entregaba al mundo y condenaba, por tanto, a conocerlo, recorrerlo, moverse. A vivir.
Después, a él le tocaba elegir cómo. Y ahí es donde todo se torcía.
Las personas que elegían ir a la playa con aquellas temperaturas infernales se contaban con los dedos de una mano. Todos ellos, por supuesto, tapados hasta las cejas con abrigos gruesos forrados de peluche, algodón y pieles. Todos a excepción de uno. Un individuo particular de cabello blanco y largo, ojos rojos, y boxers negros.
—Mierda, Ford, ¿crees que los perdimos? —preguntó a su gato, el pequeño Ford, con quien compartía color de pelo—. Sí, creo que sí.
Ford se asomó desde su hombro. Estaba colgado en su espalda, enterrandole las garras en el lomo pero esto a Enji parecía no importarle. El gato maulló, echó un vistazo al mar y se erizó como solo los felinos hacían antes de moverse al otro lado de su espalda, al otro hombro, lo más lejos posible de las olas que rompían varios metros más allá.
—¿Eh? ¿Cómo que fue mi culpa? Hijo de puta, vos te empezaste a morfar sus atúnes. —Estiró la mano sobre su hombro y tomó al gato del pescuezo—. ¿Te pensas que yo iba a pagar por todo eso?
Ford, como todo gato, se quedó indefenso y con las patas caídas cuando lo tomaron por el pellejo. A Enji le hacía gracia la forma en que se resignaba al sentir esa presión, como si estuviera activando alguna especie de botón de apagado para sus extremidades. Lo sostuvo delante de su cara y se miraron a los ojos. Estaba recriminándole sus acciones pero el gato fingía inocencia, desviaba la mirada, no se hacía responsable. El celeste de sus ojos era comprador.
Pero para él no. Él era inmune, así que levantó un poco más alto a Ford y luego, tras un segundo de realización en el que el gato vio su mirada transformada en una de absoluto terror, lo arrojó al agua.
Ford chilló, maldiciendo en su propio idioma gatuno mientras chapoteaba de regreso a la arena.
—Aprende, enano, que una mirada tierna no te va a salvar de todo. —Enji puso los ojos en blanco. ¿Cómo es que se compraba a tanta gente con esos ojos? Cegados por su ternura, al pequeño gato le dejaban pasar todo. Ah, pero él era otro asunto, y tenía que hacerse cargo de las metidas de pata del gato.
«Tarados, cómo si ser lindo te diera potestad para…»
El pensamiento murió a medio concebir, paralizado por un instante al mirar a un costado y encontrarse con algo inesperado: otra persona. La playa se supone debía estar despierta, pero allí estaba ella, sentado sobre una roca, con un cuenco de madera en una mano y el mundo en la otra. Enji miró a un lado y luego al otro: nadie. Estaba sola.
Ford saltó y lo mordió en la pantorrilla a modo de venganza, convertido en un cuadrúpedo de apariencia raquítica pues el pelo mojado se le pegaba al cuerpo y hacía su figura mucho más delgada. Enji lo ignoró.
—Oi, baby —llamó y emitió un silbido de sus labios justo después—. ¿Qué clase de brujería estás preparando en ese cuenco? Porque me tienes charned, cariño.
Y se dejó caer en la arena, de perfil, la cabeza en una mano y una pierna cruzada con la rodilla hacia arriba. Una postura seductora para cualquiera que no estuviera en boxers.
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—... Eh…
Hace mucho tiempo, Susan, una de sus compañeras dentro del propio cuerpo de Marines, resaltó la gran cantidad de personas desequilibradas que forman parte de las filas del orden. Si ella tiene que decir algo en particular, es que nunca pensó en darle la razón a sus dichos. El problema radica, al final del día, en que ha tenido que darle la razón más veces de las que le hubiera gustado.
Entre pitonisas que dicen ser capaces de leer el futuro, y personas extrañas que insultan a la primera alma que ven delante así por los jajas, el grandioso elenco de seguidores de la ley empieza a asustarla de maneras que ni ella puede entender. Eso no tendría que ser así. No. Pero cuando llegó a la propia isla de Kárate para realizar un encargo, se encontró con más y más locuras.
Y ahora: esto.
¿Qué puedo decirles? ¡Es de locos encontrarse con un practicante del exhibicionismo en medio de una playa en pleno invierno! La mirada de la joven se abre casi de par en par. Lo único que puede hacer es parpadear un par de veces, mientras vuelve a darle un sorbito al mate para poner sus pensamientos en orden. Es un compañero de trabajo, jura haberlo visto antes en algún lugar, pero no recuerda dónde… Y, sinceramente, no quiere siquiera pensar en qué clase de encargos podría hallar a alguien así.
—Hmmm…
Mantiene la calma en esos instantes, mientras toma el termo con agua caliente y vuelve a prepararse un mate. No dice demasiado porque, al final del día, Hae-won está empezando a acostumbrarse a las locuras de la gente común dentro de su propia facción. No sonríe porque no siente de hacerlo, sin embargo, ¿por qué no darle un mate para que pruebe?
—Es mate —Es lo primero que dice mientras toma la bolsa con facturas para que él pueda tomar una—. Es un buen antioxidante y muy buen proveedor de hierro. Sirve para fortalecer la mente y es una excelente infusión natural. Es una bebida de tierras lejanas, pero es bastante rico. Yo lo tomo amargo, pero también tiene opción con azúcar —La joven termina de servir el agua y se lo extiende para que pruebe—... ¿Querés?
Porque, por un ratito, podría usar otro acento para hablar. Solo para hacer la gracia, ya que el lugar del que proviene tan maravillosa bebida tiene una manera muy peculiar de conjugar los verbos.
Enji
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El toque de la arena era molesto, se pegaba en la piel aferrándose a las microscópicas gotas de sudor, causaba picazón y, con el roce, irritaba, enrojeciendo la zona hasta generar ampollas. Las ampollas crecían y explotaban, la herida se infectaba. Fiebre. Supuro, necrosis, amputación…
Y toda una serie de cosas a las que Enji se arriesgaba por el simple motivo de querer posar en el suelo.
—¿Mate? Pero yo lo que quiero es be mates with you, cariño. —Movió la cejas de forma rápida e insistente mientras, de fondo, su gato maullaba. Un maullido desesperado después de tener que escuchar sus increíbles habilidades de cortejo, rezando que fuera la primera y la última vez.
Enji se levantó del suelo y, como sospechaba, tenía el cuerpo tapado de arena. Una segunda piel dorada lo cubría desde los hombros hasta las rodillas. Se palpó la piel un par de veces, sobre el pecho, los brazos y el abdomen, pero la arena se aferraba con fuerza. Suspiró y lo desestimó con un gesto de la mano. De cualquier forma, más tarde tocaba bañarse.
Entonces se acercó a la roca y subió un pie encima, doblando la rodilla para apoyar sus antebrazos en ella e inclinarse hacia la mujer de la extraña infusión.
—Hmmm, ya veo, sí… —masculló, teatralizando su interés. A las mujeres les gustaba eso—. ¿Se bebé? ¿En serio? Pero si son un montón de palos ahí metidos.
Inclinó la cabeza a un costado mientras recibía el cuenco. Lo inspeccionó desde arriba, se acercó a olerlo —Olía a yuyos—, y después posó sus labios en el filo de la madera. Lo inclinó, convencido de que era la forma correcta de consumirlo, y bebió.
Bebió yerba, y al instante la escupió a un costado.
—Pff, que asco. —Se frotó la lengua con la mano libre para quitarse los restos del mejunge—. ¿Y tú te tomas esto?
Devolvió el mate a Cho mientras se hacía con una factura y, lejos de ir precavido por la mala experiencia, la mordía con confianza, saboreando la masa dulce con marcado placer.
—Hmm, bueno, esto sabe mejor.
Una mentira piadosa, pues su sentido del gusto estaba atrofiado por el cigarrillo. Aún así, sabía distinguir entre algo que debía ser rico y algo completamente asqueroso, como lo había sido ese ‘mate’.
Ford se acercó y, curioso, saltó para robarle el pedazo restante de la medialuna. Luego se alejó para poder comerlo tranquila mientras Enji lo miraba con mala cara. Maldito embustero. Maldito embustero velos y sigiloso, además de empapado por el mar.
—Shihe… ¡Te vas a poner gordo! —recriminó a su mascota en lo que metía su mano a la bolsa en busca de otra factura—. ¿En qué tierras lejanas y caóticas esa bebida es rica?
Choi Hae-won
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Oh, dioses. La risa...
¡No! ¡Esa no es la manera correcta de tomar un mate! La mirada se abre de par en par al verlo probar de la bebida como si fuera algo normal. Abre la boca con clara impresión, anonadada, sorprendida. Había quedado mínimo, común, múltiplo. Había quedado aguda, grave y esdrújula. Estaba paralizada, con mucho miedo, y no se podía mover.
—Hmmm...
Se mantiene quieta mientras observa al caballero escupir la yerba, tomar algo de las facturas e interactuar con su gato. Basta decir que ver a la criatura la enterneció, mas no le gustó que su compañero le gritara. Se mantuvo seria ante eso, pero baja la guardia un poco luego de que le es devuelto el mate. Mantiene el semblante estoico; este señor escandaloso es un miembro del cuerpo de marines y sabe que no es necesario llevarse mal con él.
—Es que lo tomaste mal —Se mantiene tranquila mientras pone un poco más de yerba en el mate, para reponer la que se perdió por las acciones de ese sujeto—. Se bebe de la bombilla justamente para filtrar la yerba del líquido, que es lo que realmente gusta —Señala la varilla de metal—. Pero si no te ha gustado así, entonces el mero líquido podría llegar a ser igual de amargo. No pasa nada; no es una bebida hecha para todo el mundo y, la verdad... a mi tampoco me gustaba en un principio.
Para Hae-won, había sido más una costumbre que luego se convirtió en pasión. Lo sabe muy bien. El mate es un sentimiento, un amor y una verdad dentro de su vida; no podría vivir sin tomar aunque sea uno al día. Si en algún momento ella tuviese que viajar a la Grand Line, extrañaría el beberlo de manera regular como hasta ahora.
—Al menos me alegra que te gusten las facturas —La joven mantiene la mirada puesta en el caballero, ¡solo le está mirando la cara! No necesita ver más—. Mis progenitores eran comerciantes. Una vez, se encontraron con otro comerciante de tierras lejanas y los estafó vendiéndoles un paquete de yerba, diciendo que era una especie de esencia aromática de gran valor. No les gustó; yo le vi potencial y probé qué onda. Luego me enteré de cómo se consumía y desde entonces lo vengo probando. No es algo tan glamoroso de contar, pero eso sería, más o menos. Por otra parte...
La dama lleva la vista al gato con curiosidad. Sonríe al notar que el michi, tal y como ella llama a los felinos en general, está comiendo un pedacito de factura, todo feliz y contento.
—¡Que. Belleza. De. Michi! —Sus ojos brillan un poco, teniendo en cuenta que una de sus grandes debilidades, de esas que en realidad busca no mostrarle a nadie, son los gatitos—... ¿Puedo jugar con él un rato? ¡Es que está muy bonito!
Aunque parece fideo sin colar de lo mojado que está.
Enji
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Despojos del sabor original del brebaje permanecían aferrados a su boca, recordándole por momentos, entre mordiscos que daba a la masa dulce de la media luna, ese amargor. Una pésima primera experiencia y probablemente la única que tendría con esa alquímica bebida: el mate
Por otro lado, estaba sumamente encantado con las facturas. Entusiasmado, incluso. El azúcar penetraba en su lengua adormecida y le brindaba unos instantes de goce, unas notas de sabor, breves pero demasiado relevantes para una persona a la que la mayoría de las veces todo lo sabía a mierda. El cigarro había atrofiado su sentido del gusto años atrás y desde entonces, los dulces parecían ser la única opción para que su lengua sintiera algo. Además de los ácidos, razón de su predilección por las manzanas verdes.
—¿Ah? ¿Se toma por ahí? —replicó con la mirada puesta en el pequeño sorbete metálico—. ¿Y por qué no lo filtras a un vaso? ¿No es más fácil? Que manera de complicarse la vida.
Era la primera vez que veía una cosa así. Era como… como que alguien se sirviera un vaso de cerveza directo del tonel dónde fermentaban la cebada y le pusiera un sorbete con filtro. Se estaban saltando un paso.
Arrugó la nariz, pero, antes de que pudiera expresar nada más, el gato se le adelantó. Ford, que era todo menos tonto, pareció sonreír con los bigotes mientras se acercaba a la mujer y sus facturas. ¿Un interesado? Por supuesto. Ford hacía lo necesario para llenarse el buche y ahorrar alimento, que, con el régimen de ahorro que tenían últimamente, valía su peso en oro.
—No te fíes de su cara, es un embustero que te compra con esos bigotes —advirtió, aunque ya era demasiado tarde. Ford se acercó a la marine y de un salto se subió a su regazo—. ¿Lo ves? Ahí viene….
Cómo todo gato que se precie, Ford dió una vuelta en círculo sobre el regazo de Choi, después levantó la cabeza, miró a su alrededor y después, y solo después de haber revisado las inmediaciones, se acomodó, escondiendo sus patas en su gordo cuerpo para convertirse en un pan de gato. O, bueno, eso intentó, pues con el pelo pegado al cuerpo era muy difícil ocultar esas patitas. Maulló, se giró y acabó tumbado panza arriba, con la cabeza colgando en el vacío mientras sus patas se movían lento dando pequeñas braseadas hacia atrás. Parecía querer nada en el aire. Y de cabeza.
Enji se acercó y le dió un toque en la nariz usando su dedo índice.
—Que perro que eres, eh. Solo para dar envidia.
Ford lo miró y pareció burlarse al sacar la lengua para lamerse la nariz. Después soltó un bostezó, uno de esos largos y aterradores bostezos felinos que te dejaban ver hasta su estómago de lo amplio que abrían la mandíbula.
Por último, de un zarpazo rápido, se engancha la bolsa de facturas en una garra y la tiró hacia él.
—¡Eh! Desubicado —reprendió Enji al momento de verlo tratando de arrastrarse fuera de las piernas de Choi para poder caer dentro de la bolsa. Literalmente adentro—. Disimula al menos.
Enji le dió otro mordisco a su factura y tomó asiento en la roca.
—Quehijode…
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