Tras los pasos de un espectro [pasado][Priv.Miyori]
#1
Samba era un lugar en donde la alegría, el baile y el colorido en sus calles eran cosas que hacían resaltar a aquella isla, en donde parecía que la tristeza no existiera o, por lo menos, escondiera aquella miseria entre aquellas vibras festivas que parecían durar todo el año. En este lugar tan particular, había alguien que resaltaba dentro de toda aquella alegría, y es que aquella figura de colores negros y rojizos, adornada con calaveras, que caminaba entre esos ciudadanos llenos de colores destacaba por aquel traje y sombrero de copa que eran por lo menos estrafalarios para la gente de aquel lugar.
Por su parte, caminaba con la mente perdida entre las pistas que había podido recopilar con aquella chica conejo que había conocido hace un tiempo atrás. Desgraciadamente, el rastro que había logrado conseguir de aquel demente que andaba experimentando con gente inocente se había esfumado justo antes de poder acercarse más a comprender las intenciones de aquel hombre.

Hacía ya unos cuantos días que le costaba dormir, pensando en poder encontrar alguna pista que lo llevara en la dirección correcta, algo que por lo menos pudiera darle más espacio para su búsqueda; pero así, tan pronto como se había encontrado en la lejanía con ese hombre, este se había desvanecido junto con cualquier rastro de la droga que estaba produciendo.

En esos momentos se dirigía a un bar en donde normalmente iba a beber whisky y revisar sus apuntes, como si el alcohol pudiera darle alguna iluminación divina que le mostrara un camino entre las páginas del librito de notas negro, donde dibujaba y apuntaba cualquier punto de interés relevante para la investigación.

Una vez llegado ahí, el médico brujo pasó de toda esa alegría y celebración que normalmente había entre los piratas y borrachos de aquel establecimiento, caminando entre la gente hasta llegar a una mesa más o menos alejada del ruido. Le pidió un vaso de whisky al camarero cuando este se acercó, para después seguir la rutina de abrir aquel pequeño cuadernillo lleno de notas, dibujos e información, repasándolo una y otra vez, intentando encontrar algo que hubiera pasado por alto en aquellos momentos.

Golpeaba rítmicamente la parte trasera del lápiz contra su mentón, buscando alguna respuesta inexistente entre aquellas páginas, sin saber que en ese preciso instante su suerte estaba a punto de dar un vuelco inesperado.
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#2
— ¿Crees que puedas tocar una o dos canciones en mi establecimiento?, tu violín hace música muy bella. 

Mis dias en Samba siempre suelen ser muy entretenidos. Me gusta siempre tener la oportunidad de conocer los diferentes sectores de la isla. Actualmente había ido a comprar algunos víveres en el área del mercado central de Samba, en una panadería que me gustaba mucho, más que todo por el relleno de jalea de frambuesa.

Un señor, un tanto viejo con la barba llena de canas, lentes circulares y de marco dorado, estatura algo pequeña. Se me acercó como si me hubiese reconocido de algún lado. Generalmente yo tocaba mi violín en la plaza de Samba cuando recurría a buscar caridad en el corazón de los habitantes. Ganar dinero a base de mi música era un buen recurso.

— Seguro, me encantaría. — Expresé con una sonrisa gentil, en lo que el señor correspondía de la misma manera, no parecía ser un mal hombre en absoluto.

—-Bien, acompáñeme señorita, le prometo pagarle por sus servicios.

Lo seguí obediente mientras me guiaba al local mencionado, en mis manos sostenía una pequeña bolsa de papel y en su interior una deliciosa dona que me hacía sentir agua en la boca. Pero tendría mi merienda para después. Al llegar a la fachada del establecimiento, desde afuera podía escuchar el bullicio de las personas adentro, como si hubiese una gran fiesta. A lo que dudé de poder incorporarme a tal espectáculo. También me acordaba un poco de la noche de mis 17 años cuando conocí a aquel excelente músico rockero: Iggy.

El día de hoy portaba mi vestimenta de siempre, mi vestido blanco hasta por encima de la rodilla, de escote amplio, botas de color cafe, mi sombrero blanco de paja y cinta azul, y por supuesto, traia conmigo mi instrumento y tesoro más importante.

El dueño del bar me indicó y señaló dónde podía acomodarme, había una tarima casi cerca de la barra, con un banquillo de madera alto y almohadilla roja. Asentí con la cabeza con una sonrisa suave, y luego avancé entre las mesas y sus comensales. Todos parecían absortos en sus mundos, en sus risas, apuestas, y su hambre de devorar los platillos del local.

Una vez sentada en el taburete designado, coloque la bolsa de pan a un costado de la silla. Abrí mi estuche de color negro, y ahi estaba, mi hermoso violín azul que siempre que lo miraba me hacia recordar el rostro de mi padre.Procedí a colocar el violín sobre mi hombro, encajando mi menton por sobre encima de la parte inferior de la madera, y con el arco posicionandose sobre las cuerdas, al primer sonido de música. Poco a poco, el ruido se mermó y lo único que iba quedando era una música que transmitía serenidad y tranquilidad.



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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#3
Tanto su mirada como su mente permanecían absortas en aquellas páginas extendidas frente a él. El hombre de piel morena y ojos rojizos se refugiaba en el discreto anonimato que le ofrecía una de las mesas más alejadas del bar, como si la penumbra y el murmullo general fueran un velo conveniente tras el cual podía pensar sin ser perturbado. Volvió a llevar el vaso de whisky a sus labios y dio otro trago pausado, sintiendo cómo la intensidad del licor descendía con firmeza por su garganta, dejando tras de sí un calor áspero y persistente.

Entre las hojas que repasaba con paciencia, sus dedos se detuvieron una vez más en uno de los primeros apuntes que había redactado tras examinar la escena del crimen correspondiente al segundo asesinato, ocurrido en las cercanías de la zona comercial norte de la ciudad. Aquel recuerdo seguía tan vívido como el primer día.

Cita:“Sujeto masculino, de unos 34 años. Su atuendo resalta que proviene de una zona adinerada de la ciudad: traje a medida y zapatos de cuero de cocodrilo. Aun así, no parece que el asesino estuviera interesado en el dinero, ya que tanto su billetera como las joyas que adornaban sus dedos y la gargantilla de oro en su cuello no fueron sustraídas.
No existen pruebas de forcejeo o lucha. Quien haya cometido el asesinato fue preciso y rápido, notándose un control de los cortes casi quirúrgico, algo muy poco propio de un psicópata que solo desea matar para satisfacer una necesidad.
Seguiré investigando a detalle.”

La pulcra caligrafía con la que había trazado aquellas líneas le confirmaba algo que no lograba quitarse de la cabeza: aquel asesino no era un hombre común. Había en sus actos una meticulosidad casi clínica, una precisión que no dejaba espacio para errores ni descuidos. Esa certeza, lejos de tranquilizarlo, lo frustraba aún más. Con un leve suspiro contenido, pasó la hoja hasta encontrarse con una página en blanco, observándola fijamente, como si esperara que esta le devolviera alguna respuesta. Sin embargo, solo halló el silencio inmóvil del papel.

Fue entonces cuando el movimiento en la entrada del bar captó su atención. El dueño, un hombre canoso de andar tranquilo, ingresó acompañado por una joven de cabellos pelirrojos y ojos de un azul intenso que resaltaba incluso bajo la luz tenue del lugar. Vestía un holgado vestido blanquecino y un amplio sombrero del mismo tono, creando un contraste armonioso que acentuaba la claridad de su mirada.

La figura de aquella muchacha parecía ser el reverso exacto de la suya. Bones, con su piel morena, su elegante traje negro de detalles rojizos oscuros, los accesorios de huesos y calaveras que adornaban su atuendo, y la pluma de rojo intenso que reposaba sobre su sombrero de copa tan negro como la noche, proyectaba una presencia solemne y enigmática. Sus pupilas rojizas se cruzaron con las azulinas de Miyori en un instante cargado de silenciosa curiosidad.

La joven tomó asiento en un taburete cercano, dejó una bolsa a su costado y, con movimientos delicados pero seguros, extrajo su instrumento del estuche. El violín, de un tono azulino que parecía reflejar la profundidad de sus ojos, fue colocado ceremoniosamente bajo su mentón. Apenas el arco rozó las cuerdas, una melodía suave comenzó a desplegarse en el aire. Poco a poco, las voces de los ebrios que conversaban a viva voz fueron apagándose, sustituidas por una atención respetuosa que duró más de unos segundos.

La música era lenta, pero envolvente; cálida en su cadencia y armoniosa en la forma en que el arco se deslizaba entre los finos dedos de la pelirroja. Cada nota parecía flotar con intención propia, llenando los espacios vacíos del lugar con una serenidad inesperada. Bones, por su parte, dejó que aquellas tonadas lo arrastraran lejos de sus pensamientos sombríos. Cerró el cuaderno y apartó los apuntes con cuidado. Ya no tenía ánimo para escribir conclusiones ni teorías.
En su lugar, tomó el lápiz con una precisión casi automática y comenzó a trazar líneas sobre la página en blanco. No redactaba palabras esta vez; dibujaba. Su mano, acostumbrada al análisis minucioso, se movía ahora con una sensibilidad distinta, capturando en un bosquejo la figura de la joven que se había subido a la tarima para interpretar aquella delicada y cautivadora melodía.
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#4
Cuando mis manos interpretaban la delicada música de mi pueblo natal, Baquella, mi espíritu se transportaba a las bahías mercantiles y sus hermosos edificios, esculpidos de manera hogareñas y tan acogedoras para los isleños de Baterilla. Mi mente y mi corazón me llevaban a soñar con aquellos años en los que amaba caminar descalza por el banco de arena de la costa, dejando que el dulce beso del mar mojara mis pies mientras sus olas irrumpen suavemente sobre los cimientos de la isla.

Lentamente abrí mis ojos a la última entonada de aquella hermosa melodía, y me sentí observaba por las personas del bar con suma atención. No me incomodaba, porque la melodía que tocaba era para ellos, para brindar un hermoso momento. Aunque supongo que el dueño de la taberna únicamente ansiaba un poco de paz.

Cuando la última nota se desvaneció en el aire, un suspiro leve escapó de mis labios. No era nostalgía, era la sensación de soltar un recuerdo querido, como quién abre la mano y deja que el viento lo lleve sin tristeza. El silencio quedó suspendido unos instantes, y entonces, alcé la mirada hacia los comensales, ofreciéndoles una sonrisa cargada de gratitud por haberme escuchado. Ellos respondieron únicamente con aplausos y copas elevadas en silencioso elogio, y aquello me hizo feliz… porque por un momento sentí que la música no había sido solo mía, sino nuestra.

Ahora teniendo la oportunidad y la libertad de poder merendar, me levanté decidida de aquel banquillo, no sin antes haber guardado mi violín y su arco dentro del estuche. Lo acomodé sobre mis hombros y tomé ahora aquella bolsa de papel que contenía mi merienda. Fue entonces que ahora se escuchaba nada más que alguna tranquila melodía de la rocola. Pero, ya no había tanto ruido en el ambiente.

—Muchas gracias, jovencita… —- Dijo el señor del bar, el que me había traído cuál niñera que debían cantar una canción de cuna. —- Deja que te invite una bebida, ¿Que te gustaría?.

— Si se pudiera, me gustaría un poco de limonada. — Expresé con cierta timidez, mientras platicabamos de manera informal en lo que recorría el espacio entre mesas y los comensales del lugar.

— Por supuesto, en un segundo te lo doy.

Sin querer en mi torpeza, en la parte media de mi pierna derecha, choqué contra una mesa en específico. Me asusté, y exclamé cierto quejido pues me había dolido un poco. No había tirado nada con mi torpeza, sin embargo, sentí vergüenza con la persona que estaba sentada, sola, pero parecía buscar tranquilidad.

—- Lo siento mucho… — Expresé nerviosa. Era un hombre algo peculiar en apariencia. Vestía con un estilo fúnebre pero único, rayando un poco la moda gótica con lo misterioso. Su piel era morena, su pelo azabache, habían toques rojos no solo en su manera de vestir o en la pluma que reposaba en una cama de calaveras sobre su sombrero de copa. Eran sus ojos, carmesí intenso que casi podría confundirlos con sangre. Y fue entonces, que me di cuenta… que había arruinado un papel que contenía algún tipo de bosquejo a lápiz. Mis nervios aumentaron a flor de piel. — ¡¡Lo siento, lo siento, lo siento!!


¿Era mi día de mala suerte?, O simplemente encontré un interesante gato negro en mi camino.
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#5
La música continuaba marcando el compás de sus trazos sobre el papel. Ni siquiera sabía con certeza por qué estaba dibujando; tal vez era el cansancio acumulado tras días persiguiendo a aquel demente lo que lo llevó a buscar refugio en ese instante de calma. La melodía que brotaba del violín de la chica pelirroja envolvía el bar con una dulzura inesperada, conquistando miradas y silencios.

Lo que al principio eran apenas unos pocos oyentes dispersos, terminó por convertirse en un público atento. Incluso el grupo de piratas y borrachos, que minutos antes reía y gritaba sin pudor, guardó silencio ante aquella tonada cargada de nostalgia. La música parecía arrastrar recuerdos dormidos, ecos de un ayer que muchos preferían no mirar de frente.
Cuando la canción terminó, el bar estalló en aplausos y vítores. La joven sonreía sobre el escenario, iluminada por la cálida reacción del público. Bones también aplaudió, aunque su atención estaba más bien fija en la hoja que reposaba frente a él: un retrato trazado con líneas rápidas y precisas, capturando la esencia de la violinista.

Sin embargo, la tranquilidad se quebró cuando la muchacha descendió del escenario y, en medio de la conversación que comenzaba a formarse cerca de su mesa, tropezó accidentalmente con ella. El movimiento brusco hizo que la mano de Bones desviara el lápiz, rayando el dibujo. La hoja se arrugó bajo la presión involuntaria.
Por un instante, el silencio se volvió incómodo. Pero él reaccionó con rapidez. Antes de que ella pudiera ver el retrato, arrancó la hoja, la convirtió en una bola de papel y la dejó caer despreocupadamente al suelo.

—No te preocupes, solo eran garabatos para matar el tiempo —dijo con ligereza, mintiendo sin el menor titubeo mientras la observaba con una sonrisa serena—. Tocaste bastante bien ahí arriba. El que estuvo antes que tú intentó tocar la gaita… y lo recibieron con una lluvia de vasos y sillas.

Una risa baja escapó de sus labios al recordar la escena.

—Diría que el público encontró una forma bastante directa de dar su opinión.

Mientras hablaban, otra banda subía al escenario y comenzaba a preparar sus instrumentos. Ajustaron el micrófono, probaron el bajo y, tras unos minutos de organización, el maestro de ceremonias regresó para hacer la presentación.

—¡Un fuerte aplauso para la banda "Alleyway Kids" y su canción "Stray Cat Strut"! (El trote del gato callejero)



El bar volvió a llenarse de sonido, esta vez con un ritmo suave de rock/blues que encajaba perfectamente con la atmósfera nocturna. El bajo marcaba una cadencia envolvente, haciendo vibrar el ambiente con una elegancia casi felina.

Bones, vestido de negro y adornado con detalles de calaveras y huesos, volvió a dirigir su atención hacia la violinista.

—Por cierto, no alcancé a escuchar tu nombre cuando te presentaron —comentó con una sonrisa apenas insinuada—. Supongo que mi mente estaba ocupada en otros asuntos. ¿Cómo te llamas?
En ese momento, el dueño del bar apareció con una limonada fresca, cuyos hielos tintineaban suavemente con cada paso del hombre mayor.

—Aquí tiene su limonada —anunció con cortesía, lanzando una mirada curiosa al hombre del sombrero de copa—. ¿Es amigo suyo?

Bones desvió brevemente la atención.

—Buen grupo —añadió, señalando el escenario—. ¿Son de aquí?

—Sí, son chicos de los alrededores —respondió el dueño—. Les ha ido bastante bien tocando en bares y plazas.
El médico brujo asintió con calma. Entre sus dedos comenzaron a aparecer cartas, girando con destreza antes de desaparecer con la misma facilidad, como si la realidad obedeciera a su voluntad. El gesto era casi inconsciente, un hábito refinado por años de práctica.

La música continuaba fluyendo, pero en aquella mesa el verdadero espectáculo parecía desarrollarse en silencio.
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#6
De alguna manera, sentí alivio al saber que mi torpeza no había escalado a algo más serio. Incluso le dediqué una sonrisa tenue mientras le escuchaba hablar de garabatos sin importancia. Entonces, cuando comenzó a contarme sobre la persona que había tocado la gaita antes de mi llega, una desastrosa presentación, y lo mal que fue recibida por el público, no pude evitar reír suavemente junto a él. La escena, reconstruida en mi mente, resultaba entrañablemente cómica. —- Gracias, supongo que tuve algo de suerte. — Respondí al final, con un dejo de modestia sincera. Aún no me considero una experta músical, apenas alguien que intenta, nota tras nota, encontrar su propio lugar entre los sonidos.

En ese momento anunciaron la llegada de una banda nueva, y el leve eco del micrófono captó de inmediato mi atención. Sobre el escenario ya se distinguían las siluetas de un bajo, una guitarra eléctrica y una batería perfectamente dispuesta a hacerse presencia. En mi pecho se encendió esa chispa inquieta que siempre despierta la música en mí. La amaba en todas sus formas, sin excepción, la música era mi mundo. ¿Qué clase de sonido traerían los Alleyway Kids?

Entonces comenzó el repertorio. La primera oleada fue una mezcla precisa de rock con tintes de blues. No era ruido estridente ni desordenado, si no, una corriente totalmente envolvente, que generaba un ambiente tranquilo pero a su vez animado. El público volvió a perderse en esa atmósfera vibrante que aquellos chicos  sabían construir con tanta naturalidad… e inevitablemente yo también quedé inmersa en ellos.

Mi mente empezó a correr más rápido que mis propios sentidos. 
¿Era un compás rítmico constante o una estructura progresiva que mutaba sobre la marcha?
¿Cuántas notas sutiles habrían deslizado al inicio antes de afirmarse en la melodía principal?
¿Sobre qué nota sostenían ahora la tensión sonata?
¿Hasta qué punto los amplificadores modulaban la vibración de la guitarra eléctrica para lograr ese matiz tan particular?
Cada acorde abría una nueva pregunta, cada golpe de batería desataba otra hipótesis. No solo quería escucharlo, quería adueñarme de la verdad, comprenderlo en su arquitectura interna, quería algún día emplearla por mi misma y transformarla en algo propio de mis manos.

Pero entonces volví a escuchar la voz del joven de aura sombría, y mi atención descendió hasta encontrarse con su mirada. Había en él una una elegancia oscura, casi arcana, vestía de negro como si la noche misma lo hubiese elegido como su mensajero, y su presencia tenía algo de hechicero silencioso. Él tenía razón, había llegado solo a tocar el violín que se me olvidó presentarme, aunque eso era lo de menos, no suelo ponerle rostro a mis acciones, a veces, dejo que hablen por mí mientras yo permanezco en la hermosa realidad músical.

—-Mi nombre es Miyori Hoshino, ¿Y el tuyo? — Dije al fin, regalándole una sonrisa suave y completamente dulce. Amaba conocer personas en cualquier sitio al que fuera.

— Muchas gracias por la limonada… – Le expresé al dueño del bar que apareció con la limonada de fresas que pedí antes, y lo tomé entre mis manos para después dar pequeños sorbos a través de la pajilla. — Lo acabo de conocer de hecho. — Mencioné respecto a su curiosidad de mi relación con el joven.

Mi mirada nuevamente se desvió a la banda, y otra vez, me quedé sumergida en las millones de preguntas que me dejaban intrigada. — Son geniales, Si.

Luego mi atención fue de nuevo hacia el joven galante de ropa oscura. Y por primera vez, creo que ví magia. Aunque de cierta manera esto me recordaba un poco a Yuuki en Baquella, de su trucos con cartas. Mis ojos estaban puestos en sus manos, siguiendo cada movimiento con una fascinación difícil de disimular. Sin darme cuenta, me incliné hacia adelante, lo suficiente como apoyar una de mis manos sobre la mesa, casi acortando la distancia entre los dos, entonces alcé el rostro y encaré su mirada rojiza, regalándole una sonrisa amplia, luminosa, como si acabara de descubrir un secreto que ansiaba comprender.

—- ¡¿Eres mago?!
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#7
Aquella chica parecía tener la alegría en el alma, reflejada en la manera tan amistosa en que había respondido a sus palabras. Normalmente, muchos intentarían salir del paso ante una conversación así, sobre todo por el peculiar atuendo de aquel chico moreno que ahora reía junto a ella por la cómica anécdota del sujeto al que habían tenido que dar un baño de sillas y empujones antes de que ella subiera al escenario.

La música comenzó a sonar con ese Jazz/Rock-Blues que llenaba el ambiente del bar, invitando a más clientes a entrar. Algunas personas se acercaron al escenario para escuchar mejor, mientras Bones permanecía sentado con su naturalidad peculiar, asintiendo con una sonrisa apenas insinuada antes de responder:

—Mucho gusto, Miyori. Puedes decirme Doctor Bones o simplemente “Bones”, para abreviarlo.
Lo dijo de corrido, como si ya tuviera mentalizada aquella presentación.

El anciano aún se mantenía en el lugar, observando a los músicos unos segundos antes de volverse hacia la chica.
—No es nada, no sienta pena por pedir algo para beber.—dijo amablemente el dueño del local el cual respondió otra vez cuando Miyo le dijo que recién se habían conocido—. Pues quién lo diría, pensé que al verlos tan animados ya llevarían bastante tiempo siendo amigos.

El hombre rió, pero algo los sobresaltó tanto a él como al médico brujo. En el momento en que Bones sacó sus cartas y comenzó a hacerlas girar entre sus dedos con esa naturalidad tan representativa suya, la chica dio un golpe en la mesa que habría sobresaltado incluso a los músicos, de no estar tan concentrados en sus instrumentos. Po parte del dueño del lugar también dio un pequeño quejido de sorpresa al sentir el golpe de Miyo. 
 
—¿¡Eres mago!?

Bones no pudo evitar sorprenderse ante aquella pregunta, sobre todo viniendo de alguien que parecía compartir su amor por los trucos de cartas. Un breve recuerdo cruzó su mente: la primera vez que intentó hacer magia frente a sus primos.


[spoiler=Flashback]
En la aldea, muchos de los hombres más respetados eran los médicos brujos por su sabiduría ancestral y su conocimiento de los caminos espirituales, más allá de la simple medicina. Se trataba de rituales serios, por lo que cualquier otro tipo de “magia” no era bien visto

En ese entonces, el pequeño Bones no tendría más de seis años. Era una época en que las cosas marchaban bien en la tribu. Sin embargo, para él no todo era sencillo. Sus primos, Lou y Kai, solían burlarse porque quería ser mago. Aunque para ellos fuera una broma inocente, a Bones le dolía no estar aún a la altura de un médico brujo, sabiendo que le quedaba mucho camino por recorrer.

A eso se sumaba el amor especial que sentía por el ilusionismo, aprendido gracias a un mago viajero que realizaba espectáculos por el mundo y que se había perdido por Centaurea. Aquel hombre solo le enseñó algunos trucos, pero fueron suficientes para encender una chispa. Desde entonces, Bones caminaba con un sombrero de copa improvisado con pieles y una capa cosida por su madre con telas sobrantes, imitando al artista que tanto lo había maravillado.

—Oye, enano, ¿qué son esas ropas tan ridículas? ¿Quieres que todos se rían en las reuniones de médicos brujos? —dijo Lou.
—¿¡Qué diablos llevas puesto!? ¡Bwahahaha! —añadió Kai, casi llorando de risa.

El pequeño Bones entrecerró las cejas con una actitud tan intimidante como la de un cachorro con sombrero y capa. Su largo colmillo derecho lo hacía parecer un pequeño vampiro enfadado.

—¡NO SHE RÍAN! ¡ESH UN DISFRAZ PARA HASHER TWRUCOS DE MAGIA, EWA! —gritó molesto, con esa pronunciación afectada por su colmillo.

—¿Y qué “twucos” puedes hacer, enano? —preguntó Lou, cruzándose de brazos.
Ante la presión, el pequeño se puso nervioso. Intentó ordenar las cartas, pero se le cayeron de sus torpes dedos de seis años. Las risas de sus primos fueron inevitables.

Corrió a casa intentando que no vieran sus lágrimas. Se lanzó sobre la cama de su abuela apenas llegó. La puerta se abrió con violencia, alertando a la anciana que estaba en la cocina y se apresuro a verle.

—¡Ebawa! ¿Qué te sucedió, pequeño mío? —preguntó al verlo abrazado a la almohada, sollozando.

—Lou y Kai she rieron de nuewo porque quiero hasher twrucos de cartas… Ellos dishen que es una tontería, pero yo sé que no es shierto, “Grann”.

La mujer sonrió con ternura, sentándose a su lado para acariciar su cabello negro y limpiar las lágrimas que caían por sus mejillas de esos grandes ojos de pupilas rojas.

—No les hagas caso, cariño. Las cosas se logran intentándolo y fallando. Nada cambiará si sigues llorando. Solo cambiará si practicas y les demuestras que están equivocados.

Esas palabras le llegaron al pecho. Su abuela siempre había sido su inspiración para no rendirse.

—¡Grashas, Grann!

La anciana lo abrazó con la calidez que solo una matriarca puede ofrecer.

—He visto que estás muy interesado en la magia. Con algo del dinero que me sobró, le pedí al sastre del pueblo que te hiciera un traje más apropiado para el gran ilusionista que va a ser mi nieto.

—¿¡En sherio, Grann!? ¡Grashiash! ¡Iré a pwacticar mis trwucos para cuando tengash listo el trwaje!

Esa tristeza desapareció tan rápido como habia aparecido, haciendo que la sonrisa de su abuela se ensanchara al ver a aquel chico con tanta dedicación por aquellos juegos de cartas ya que era normal que lo mimara de sobremanera.
Dos semanas después, regresó decidido. Vestía un traje similar al que usaría en el futuro, viéndose como un pequeño gato montés con sombrero de copa y aquel colmillo asomando con orgullo.

—¿Otra vez aquí, dientes mágicos? Veo que te la abuela te hizo un traje nuevo. Aunque eso no ayudara a lo mal que.... —empezó Lou.

Fue interrumpido cuando Bones desplegó un abanico de cartas sin explicación ni presentaciones.

—¡Shaca una carta! ¡Métela en el mazo shin yo ver!

Sus primos lo hicieron entre risas, barajando exageradamente.
Bones tomó el mazo, lo barajó con mayor habilidad que antes y sacó una carta.

—¿Esh eshta tu carta?

Mostró un Joker. Lou y Kai estallaron en carcajadas.

—Le erraste de nuevo, dientes largos. Rio Kai.

Entonces giró el mazo mostrando que todas las cartas que se habían convertido en Jokers.

—Puesh no she qué pasho… cuando ustedes tocaron lash cartash, todas se volvieron unos payashosh como ustedes. Pero es sholo cosha de golpear aquí…

Golpeó suavemente una carta y esta cambió al 8 de corazones, la carta que habian elegido ambos hermanos.

— Ambos primos gemelos se tomaron la cabeza sin entender como habia hecho eso, viéndose en sus ojos la clara sorpresa del acto de magia. ¿Q-qué? ¿¡Cómo!? Dijo Lou mientras que Kai solo reía y aplaudía con honesta diversión por la habilidad de su primo pequeño

Los chicos quedaron boquiabiertos.

—Oye, Baltazar… tienes talento —dijo Kai, llamándolo por su nombre.

—Al parecer nos equivocamos contigo Balti —añadió Lou con ese apodo cariñoso mientras le revolvía el cabello juguetonamente.

El recuerdo se desvaneció, y Bones volvió al presente, encontrándose con los ojos brillantes de la chica y su emoción por ver sus trucos de magia. Aquella memoria le arrancó una sonrisa más amplia de lo habitual, dejando ver sutilmente su colmillo mientras sonreía ahora ya mas expresivamente.

—Así es, soy mago. Y uno muy bueno, si se me permite decirlo.
Realizó algunos trucos más elaborados, dejando caer las cartas con destreza antes de hacerlas desaparecer con un giro de dedos y reaparecerlas en la otra mano.

El dueño del lugar sonrió al verlos conversar animadamente y acercó una silla.

—Debo revisar la cocina. Los dejo, disfruten del show.

Se alejó, dejándolos solos bajo las dulces notas de la banda y las luces del escenario.
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#8



Y como una chispa explosiva, deslumbró una sonrisa tan maravillosa que fue imposible no contagiarme de su emoción. Si antes él tenía la guardia en alto, en ese instante lo vi derribar su propio muro de aislamiento, y lo contemplé tan vivo como un niño.

Lo observé inflar el pecho con orgullo al declararse, sin titubeos, un mago extraordinario. Claro que mis expectativas crecieron como humo ascendiendo del fuego, y no pude, no, simplemente no pude evitar quedarme boquiabierta cada vez que sus manos danzaban con las cartas en trucos ingeniosos y bien manipulados.

¡¿Cómo era posible?!, Estuve a punto de gritar de emoción cuando las cartas aparecían y desaparecían en un parpadeo de mis ojos, como si obedecieran únicamente la voluntad del enigmático mago. 

Aplaudí en silencio frente a él, completamente asombrada por sus habilidades mágicas. Luego, mi mirada se posó en el dueño del local, quien me acercó una silla e inmediatamente le sonreí de manera amable y dulce. —- Muchas gracias.

Coloqué mi violín a un lado de la silla junto con mi sombrero blanco estilo playero. Segundos después, mis ojos azulinos se encontraron con el ardor rojizo de los suyos. Seguía sorprendida y feliz ante las maravillas de sus trucos.

— Eso fue impresionante —- Confesé, mientras mis dedos jugaban con la pajilla del vaso. En ese instante, creo que olvidé por completo la maravillosa música de antes, ahora mi cabeza se llenó de dudas, no sobre instrumentos de banda, si no… sobre… ¿Qué otros trucos guardaba él bajo la manga? — ¿Cómo lo haces… Dr.?

—-¿Dr. Bones? . —- No era su nombre real, era un apodo. —- Hmmm….

Coloqué mi dedo índice sobre mi mentón, y comencé a reflexionar un poco sobre su “nombre”, No era justo el juego, yo había sido honesta con mi nombre, él no.

Mi mirada se desvió hacia la banda que llenaba el lugar de un ambiente animado de jazz. Las trompetas incitaban al baile, el piano era un deleite para el oído, por un instante, mis pensamientos se perdieron en la diversión efímera del momento, y el tan jugoso símbolo del baile.

Pero inevitablemente, mis ojos volvieron a él… a “Dr. Bones”.

—- Debo decirte la verdad.  —-- Mi cabeza se movía al ritmo de la música, era pegajosa y muy dinámica, y bajo la luz reflectora de las lámparas del bar, le sonreí anímica con aires de entrar al juego. — No me llamo Miyori…— No, no, no me llamo Miyori esta noche.

— Puedes decirme, Lady Swing.
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#9
La sonrisa de Bones parecía casi permanente, pero se volvía aún más evidente cuando se encontraba frente a alguien que compartía su misma pasión por la magia. Había algo profundamente satisfactorio en ver el brillo de curiosidad en los ojos ajenos, esa mezcla de intriga y fascinación que solo un buen truco podía provocar. Claro que, junto a ese placer, también estaba su inevitable rasgo egocéntrico. Cada elogio que escuchaba hacía que su pecho se inflara ligeramente, como si aquellas palabras fueran pequeñas corrientes de aire alimentando el orgullo de un artista que sabía perfectamente lo que valía.

Aun así, el médico brujo intentaba mantener cierta compostura. Cuando alguien lo alababa demasiado, solía disimularlo con una risa baja o con una sonrisa ladeada. Pero era imposible ocultarlo del todo: cuando aquel colmillo asomaba despreocupadamente entre sus labios, era señal inequívoca de que algo había tocado una fibra profunda de su ser. Y aquello no sucedía con frecuencia.
Cuando la chica le preguntó cómo había hecho el truco anterior, Bones simplemente negó con la cabeza, con una calma casi ceremoniosa.

—Un mago nunca revela sus trucos. Después de todo, el secreto siempre está en la técnica.
Mientras hablaba, levantó la mano lentamente, acomodando la palma en una posición precisa sobre la mesa. Sus movimientos eran suaves, elegantes, como si cada gesto estuviera cuidadosamente ensayado. La mesa de madera estaba llena de monedas, algunas cartas sueltas y dos jarras de cerveza que aún conservaban espuma en la superficie.
Sin embargo, esta vez las cartas que aparecieron entre sus dedos no eran parte de una baraja común. Eran más pequeñas, más ligeras, y parecían deslizarse entre sus manos con una velocidad casi imposible de seguir. Bones las dejó girar entre sus dedos con una naturalidad asombrosa, como si formaran parte de su propio cuerpo.
Entonces ocurrió el truco.

Al moverse tan rápido entre sus manos, las cartas comenzaron a formar una pequeña secuencia animada. Una tras otra pasaban frente a los ojos de la chica, revelando una serie de ilustraciones que, vistas en movimiento, contaban una diminuta historia. En ellas aparecía un pequeño muñeco vudú, caricaturesco y travieso, que se inclinaba ante el público antes de sacar un conejo blanco desde un sombrero de copa.

Era una animación improvisada, un pequeño espectáculo escondido dentro del simple movimiento de las cartas.
La música del bar acompañaba el momento con una energía agradable. Desde la tarima, un grupo de músicos tocaba un jazz animado, marcando el ritmo con trompeta, contrabajo y piano. El ambiente estaba lleno de risas, conversaciones y el tintinear de las jarras chocando entre sí.

Durante un momento, Bones parecía disfrutar de todo aquello: la música, el espectáculo, la magia.
Pero entonces la atención volvió a la chica frente a él.
Ella le confesó algo que cambió la dirección de la conversación.

Miyori, como él la había llamado hasta ahora, negó suavemente y le explicó que en realidad no se llamaba así. Su verdadero nombre —o al menos el nombre que usaba— era “Lady Swing”.
Por un instante, Bones se quedó en silencio.
Luego estalló en carcajadas.

No era una risa burlona, sino una mezcla de sorpresa y diversión genuina. Había algo encantadoramente absurdo en aquel nombre, algo que sonaba tan teatral como el propio ambiente del bar.

Imagen de Bones y Miyori en el bar "Sirena Espumosa"


—Ewahahaha… haaay, Dios… —murmuró entre risas mientras se llevaba una mano a la frente.
Finalmente logró calmarse, aunque la sonrisa seguía presente.

Sus ojos rojizos volvieron a encontrarse con los de ella, observándola con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Pues entonces, desde ahora serás Lady Swing. Debo admitir que es un nombre bastante lindo. No tengo idea de cómo se te ocurrió tan rápido… pero para llevar un nombre así, supongo que debes tener verdadero swing.
Dicho eso, Bones se puso de pie lentamente.

La silla de madera se deslizó hacia atrás mientras él extendía la mano hacia ella con elegancia, como si estuviera presentando el acto final de un espectáculo.

—¿Qué dices? —añadió con una sonrisa ladeada—. Muéstrame si ese nombre te queda bien.
La invitación era clara.

Entre la música del jazz, las luces cálidas del bar y el murmullo de los piratas alrededor, Bones estaba invitándola a bailar. Un pequeño desafío, pero también una oportunidad perfecta para descubrir si Lady Swing realmente tenía el ritmo que su nombre prometía.
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#10
Quedé maravillada ante aquella simulación teatral de cartas contadas por un muñeco vudú dibujadas en las caras de las mismas. No podía dejar de observarlo, ¡Esto es maravilloso!, ¿Cómo lo hace?, ¿Cuál es su truco?, me preguntaba, sin encontrar respuesta alguna.

Dicen que la magia solo existe para quienes ignoran la mecánica de la ilusión, pero por más que intentara comprenderlo, me resultaba imposible encontrar la lógica detrás de esto.

Sus manos enigmáticas eran capaces de hacer y deshacer con las cartas, aparecían a su antojo y desaparecían a su voluntad, siempre conforme a sus deseos.

Al escucharlo reír ante mi confesión, no pude… no, no pude resistirme, y pronto mi risa se unió a la suya. Incluso a mí me resultaba gracioso cómo se me había ocurrido de pronto tal apodo.

—- Debo decir… —- mi cabeza seguía moviéndose al son de la música del jazz, me animaba, me hacía sentir cosquillas en el estómago. ¡Y claro que sabía cómo bailar!, No me pondría un saco de cincuenta varas si no pudiera aguantarlo. —- Simplemente llegó a mi cabeza, jajajaja.

Entonces miré a Dr. Bones levantarse de su asiento, y detrás de él, un fondo de personas estaban danzando, riendo y festejando, frente a mis ojos lo vi extender su mano invitándome a ir a ese mundo al cuál por los momentos no estábamos inmersos. Bajo la luz que caía sobre nuestra mesa, su invitación me sabía más a desafío que a pura cortesía.

Di un último sorbo a mi limonada y, al igual que él, me levanté dejando que la silla se deslizara tras de mí con un suave roce sobre el suelo. No dije nada, mi sonrisa ladina lo decía todo: “acepto el reto”, y yo marcaba las reglas, claro, porque entre los dos, yo era la dama. 

Apoyé mi diestra contra su pecho y sin apartarla, lo empuje con cuidado, obligándolo a retroceder mientras yo lo guiaba, prácticamente le hice caminar de espaldas. Mi mirada azulina no se apartaron de sus ojos rojizos, y paso a paso, lo llevé hacia el centro de la pista de baile. Mi control era absoluto, y mi mano permanecerá allí hasta que estuvieramos donde yo quería. Bajo las luces que iluminaban cuál escenario de una función a punto de comenzar.

El sonido del piano invitaba a esperar el estribillo inicial de la canción, y cuando la trompeta comenzó a hacerse presente, no dudé ni un instante. Tomé con gran entusiasmo su mano izquierda y lo atraje hacía mí, guiándolo hasta que nuestros cuerpos quedaron casi pegados, su rostro estaba a apenas centímetros del mío, por lo que fácilmente podrá ver que mi mirada brillaba cuál euforia divertida imposible de ocultar y a su vez una sonrisa que mostraba mi emoción infantil, era el momento de bailar. La música llenaba la sala, las luces parpadeaban sobre nostros y, a nuestro alrededor, la multitud seguía celebrando, ajena a la intimidad que habíamos creado en el centro de la pista. Cada movimiento que hacía lo complementaba con los suyos, armonía perfecta.

Mi cuerpo fluía al compas del swing, siguiendo cada acento de piano y trompeta, nunca solté su mano, si él se apartaba un instante, sabía que pronto tendría que atraparlo entre los giros y vaivenes de nuestro baile. Movía las caderas, doblaba las rodillas, arqueaba los brazos, cada movimiento estaba calculado pero se sentía natural, libre, vibrante, ¡Era divertidísimo! La música nos arrastraba, los pies golpeando el suelo con ritmo, los giros inesperados y los cambios de dirección hacían que cada instante fuera impredecible y emocionante. Me recordó a mi primer baile con Seraphine, fui torpe, pero esta vez me sentía en completo dominio y libertad. Esta vez mi compañero era un joven mago con habilidades curiosas, y cada salto y giro que hacía parecía tener su toque de magia.

No existía nada más que la música, Bones y yo.
[Imagen: miyoocheja.png]
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
[Imagen: file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png]
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