Baile inolvidable
#1





Día 10, Primavera Año 17



El reino de Samba... Climas tropicales, ambientes de ensueño... La primavera, prematura aún, regalaba un momento especial para disfrutar el día de manera única. El atardecer era cálido, despejado, sin nubes tapando el cielo, dejando ver ese tono violáceo, permitiendo que el horizonte regalara el último momento de sol, ya débil en presencia, difuminándose en el firmamento como un fuego naranja que se resistía a desaparecer. La brisa, suave pero presente, daba ese alivio fresco a quienes se encontraban fuera disfrutando esa onírica postal. Las primeras estrellas se asomaban empezando a dar ese brillo como toque final al cuadro pintado en las alturas, como si de una obra de arte se tratara.

Habían pasado ya unos pocos días de haber liberado a la joven esclava en venta en aquel almacén en el puerto. Todavía pensaba un poco en aquella situación, y le remontaba a su pasado, recordando un poco quizás sus raíces, la privación de la libertad de la gente, era un tema que le tocaba muy de cerca, y con lo cual podía ignorar o contenerse, la libertad no se negociaba, era lo único que estaba por encima de bandos, facciones, países, ideales... Nadie merecía dejar de ser un ser libre, lo sabía de primera mano... Mientras recorría las calles de Samba, absorto en sus pensamientos, que se encontraban en un desordenado vaivén de sensaciones casi melancólicas, sus cobrizos ojos se perdían en lo lejos, donde el cielo se mezcla con el paisaje, dibujando esa línea virtual que separa la tierra, mortal, finita, del cielo, inmenso, amplio, infinito... El frío del metal de la cruz en su pecho, le recordaba siempre porque ver el cielo le traía esa sensación de calma... Por momentos, pensaba en aquella joven y si en su fortuna ésta vez le sonreiría más adecuadamente... Una hilacha de humo desprendida de su cigarro iba marcando su trayecto caminado, con alguna otra nube espesa de humo salida directamente de su boca, exhalando luego de dar una buena pitada a éste.

Una repentina calma y sosiego le inundó, fluyendo dentro de él como agua viva. Una sonrisa se dibujó en su rostro, mientras su mente volvía a conectar poco a poco con su cuerpo, tomando más consciencia del aquí y ahora. Se sentía tranquilo, sabía donde estaba, le era familiar, no era su hogar, más allí vivía, y comenzaba a sentirse más ligero, como si toda aquella situación de repente dejó de ser un peso en sus espaldas. Las calles comenzaron a tomar más sentido, marquesinas a reconocerlas, lugares familiares... De pronto, el centro comercial de Samba, a medida que seguía caminando, se iba transformando poco a poco en negocios y edificios menos comerciales, tomando un tinte más cultural, más pintorezco, más vivo. El centro de danza estaba cerca... Los locales poco a poco se transformaban más y más en puestos improvisados, entre tablones, tarimas, y demás. Las calles podía progresivamente escucharse más vivas, con una música que acrecentaba cuanto más se adentraba... No podía negarlo, el pelinegro disfrutaba de aquella zona del reino que cada tanto visitaba para contagiarse de ésta, alejado quizás del humo y bullicio de las tabernas, y antros donde primaba el juego, el azar, caras peligrosas y siempre presente rencillas en donde ir a buscar emociones, dinero fácil... Aquí era diferente, y era algo que también le generaba gusto, la música, el color, el baile, no podía negarlo, era otra forma de sentirse vivo, una que realmente le gustaba.

Lenta y paulatinamente el cigarro se fue consumiendo en sí mismo, cayendo poco a poco en ceniza, para finalmente quedar en la nada, y guardar sus manos en el bolsillo. Los ritmos de los tambores ya llenaban el ambiente, la gente cantando y danzando. Muchas otras personas, aún paseando entre los puestos, comprando artesanías, o simplemente conversando, disfrutando el despertar de aquella vivaz noche.

Para su mala suerte, como si de una maldición se tratara, aquellas emociones y adrenalina que tanto solía buscar, incluso cuando no lo hacía le terminaban encontrando. Entre todo el ruido y ajetreo, logró discernir unas voces que le gritaban... Sabía muy bien quienes eran... Solo unas noches atrás había perdido bastante dinero con ellos, claramente nunca tuvo la intención de pagarles, de hecho, habían enviado un cobrador por él y luego de jugar un rato, solo le rompió la nariz al no dejarle en paz, pero, desgraciadamente la avaricia de algunos puede más que el olvido, o al menos así lo veía el. Lo que fueron gritos, pronto se tornaron en corridas... No había contado bien, solo pudo echar a reír de la situación a carcajadas mientras corría, pero podía aseverar que eran alrededor de unos siete u ocho tipos, que intentaban seguirle el ritmo como podían al ritmo de insultos y amenazas.

—¡Mierda!... ¡Ya les voy a pagar les dije la última vez!— les dijo mirando hacia atrás a la carrera esperando que dejaran de molestar. ~A este paso no me los voy a quitar nunca de encima~ pensaba mientras no podía evitar la risa. De un salto, subió a uno de los techos de la fachada de una de las calles, y empezó a saltar de techo en techo, cortando camino por unos minutos. La risa era incontrolable, no podía más que rendirse ante las carcajadas. Sin dejar de correr, volteó a ver hacia atrás para definitivamente confirmar que los había perdido. Descuidado, improvisado, divertido siempre, casi de forma caricaturezca, al ver hacia delante se dió cuenta que se le terminó el camino, y se encontró cayendo desde ocho metros de altura de aquel techo a lo que parecía un puesto donde vendían joyas artesanales... La altura no era la gran cosa, incluso se reía desde el primerísimo momento que se dió cuenta que ya no podía frenar y caería irremediablemente... La caída fue una crónica anunciada...

En el aire solo pudo intentar acrobáticamente acomodarse de frente mientras reía... No llegó a divisar bien, todo fué muy rápido, pero se dirigía a lo que parecía ¿Una gran mujer alada?...

—¡¡CUIDADO AHí!!—

alcanzó a gritar entre risas mientras parecía inminente de frente contra aquella mujer
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#2
El aire de Samba a esa hora tiene gusto dulce, como fruta abierta al sol. La primavera todavía duda, pero ya empuja: la piel lo sabe antes que la cabeza. Me acomodé detrás del tablón que había conseguido —dos cajones, una tela clara y paciencia— y dejé que la tarde hiciera su trabajo. Las joyas siempre brillan más cuando la luz está cansada.

No era un puesto elegante pero sí funcional.

Colgué los collares más finos en una cuerda tensada entre dos columnas: las pulseras, ordenadas por sonido antes que por precio; los anillos, en una bandeja de madera que había pulido con arena hasta que las vetas parecieran agua quieta. A mí me gusta vender así: primero el reflejo, después el peso, recién al final el valor.

La música venía por oleadas. Un bombo lejano, risas, pasos que no sabían si bailar o caminar. Samba siempre se mueve incluso cuando está quieta.

— Pasen, miren tranquilos — le dije a una pareja que apenas se animaba a acercarse— Las alhajas no muerden… salvo si lo piden, pero eso viene con precio extra. Es todo un tema.

Se rieron. Compraron un aro torcido que había dejado torcido a propósito. La imperfección bien puesta convence más que cualquier discurso.

El cielo se volvió violeta. Ese instante preciso en que el día baja la guardia y la noche todavía no tomó el mando. Ahí todo parece posible, incluso vender de más.

Me incliné sobre el tablón para acomodar una cadena rebelde. El metal frío contra los dedos me centraba; casi meditativo. El mundo podía hacer ruido alrededor, pero yo contaba eslabones.

Uno.
Dos.
Tres.

Entonces el ruido cambió.

No fue fuerte primero; fue direccional. Gritos que no pertenecían a la música. Pisadas que no querían ritmo sino distancia. Miré de reojo: gente apartándose, algunas cabezas alzándose como si un pájaro raro cruzara el cielo.

Después la risa.
Esa risa venía cayendo.
No supe todavía desde dónde, pero el cuerpo lo entendió antes que los ojos. Levanté la vista y apenas distinguí una sombra desordenada arriba, contra el violeta del atardecer. Una figura bajando demasiado rápido para ser decisión.

— ¿Eh…?

El tiempo, cuando decide hacerse el gracioso, se estira.

Vi los collares balancearse sin viento.
Vi a una señora guardar monedas en cámara lenta.
Vi mi propia respiración inflar la tela del vestido.

Y recién entonces escuché:

—¡¡CUIDADO AHí!!—

No era una advertencia.
Era una confesión de impotencia contrarreloj.

No tuve tiempo de mover el puesto. No tuve tiempo de apartarme. Apenas tiempo de entender que alguien venía directamente hacia mí desde varios metros arriba con la convicción absoluta de la gravedad.

El sobresalto no fue elegante.

Mi eje se aflojó como cuerda mojada, la espalda cedió apenas hacia atrás por reflejo y el impulso se concentró adelante. No pensé; reaccioné. El cuerpo eligió la solución más inmediata, más absurda… y más efectiva.

— ¡Kyaah! —

Grité cerrando los ojos, encogiendo instintivamente los hombros y girando el rostro en un reflejo inútil de defensa.

No fue un choque violento sino amortiguado, casi absurdo: un pom profundo, suave pero contundente, como caer sobre un almohadón divino diseñado específicamente para detener hombres voladores. La fuerza de su descenso quedó absorbida entre gravedad, impulso… y mi pecho.

Hubo silencio...

Después, un tintinear colectivo: mis joyas cayendo alrededor como lluvia cara.

El tablón crujió.
Las pulseras aplaudieron.
Un aro describió una parábola perfecta hasta incrustarse en una fruta abierta de un puesto vecino.

Quedamos así un segundo eterno: él detenido contra mí, yo sosteniéndolo por pura física celestial improvisada.

— … — parpadeé.

La multitud estalló en carcajadas.

Mi rostro tardó exactamente medio latido en comprender la escena completa. El segundo llegó con el calor subiéndome por las mejillas.

— Bueno — dije con calma cuidadosamente construida — Podrías haber pedido testeo primero.

Mis alas se acomodaron solas, irritadas, como si también sintieran pudor.

Miré alrededor: pulseras en el suelo, collares colgando de un cajón, un pendiente balanceándose del borde del tablón como si dudara de la realidad.

Suspiré.
No era tragedia.
Era espectáculo.

— Si era una demostración de caída libre — continué — te aviso que acá cobramos por uso del mobiliario.

El tipo seguía demasiado cerca para fingir normalidad… y mi cuerpo todavía no decidía qué hacer con eso.



Cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
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