Hablemos [Pasado | Privado]
#1
Día 77 de Primavera | Año 17

Si hay algo que no puede tolerar, es la falta de información.

Por eso mismo, siempre se ha dedicado a estudiar, a mantener la mente instruida y a meditar en los momentos de mayor calma. Siendo alguien que recuerda de forma memorística, no puede negar que el peso de guardar historias al detalle puede ser algo bastante difícil. Aún así, por más que se queje y varias veces diga lo contrario, no cambiaría jamás su memoria eidética. Es un tesoro que le ha salvado la vida más de una vez ante sus progenitores cuando aún vivía con ellos. Esa memoria le permitió reconocer a Dimitri Saint George cuando lo volvió a ver.

Y es esa memoria la que le obliga a rememorar lo ocurrido en el reconocimiento de terreno del día anterior. La mente le exige buscar respuestas porque, quiera ella o no, se preocupa demasiado por el chico al que le salvó la vida años atrás. Es por mantener un mínimo de privacidad que se mueve de esa manera: citándolo de forma directa en un pequeño bar del Pueblo Baquella para poder hablar sin que nadie los interrumpa. Entregarle la dirección y decirle «tenemos que hablar» con ese característico tono de voz suyo, deja un mensaje marcado en toda esta situación: va a preguntarle cosas y debe prepararse para eso.

Choi no es alguien que se deje llevar por la corriente. Es alguien que solo puede permitirse conocer verdades porque el mundo está lleno de mentiras. No le gusta admitir que esa es la verdad que reina en el plano en el que ella existe. Desprecia saber que, aún entre aquellos a los que quiere, esa verdad parece fluir cual torrente que no se detiene. Mantiene la mirada fija en las decoraciones del lugar mientras lleva un pequeño mechón de su cabello tras la oreja, como siempre lo hace cada vez que tiene que buscar la concentración.

No dice nada. Simplemente espera. Tiene que hacerlo para formular las preguntas con cuidado, sin herir, y con todo lo que implica abrir una vieja herida.
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#2
—¡St. George! —Stanford me palmeó con fuerza la espalda y yo le devolví el efusivo abrazo—. ¡Qué alegría verte de nuevo, viejo amigo! Desde que te has vuelto importante no hay quien te pille.

La suya era una de esas risas profundas, que te reverberaban en el pecho. Una de las pocas que realmente llegaban a resultarme contagiosa, más por la gratitud que profesaba que por otras cuestiones. Después de todo, aquel había sido mi hogar durante bastante tiempo.

—Ya sabes, la vida no da tregua —reí.

Nadie tenía porqué saber qué cada uno de sus bocinazos, aunado al característico ajetreo del ambiente, me estaba destrozando la cabeza. Lo único que me había llevado hasta aquella taberna era la enigmática nota de Hae-won.

—Ahora que me fijo bien, estás horrible.
—Tan agradable como siempre —reí.
Stanford chascó la lengua mientras negaba desaprobatoriamente.
—¿No me digas que te han vuelto a dar una paliza por defender a una dama?
Me rasqué el lunar, en un gesto que pretendía parecer entre abochornado y culpable.
—Bueno, ya sabes cómo soy. —Alcé sendas manos en señal de rendición—. No lo puedo evitar.

Ni de broma pensaba decirle que me había rodado montículo a través en una misión. Todavía tenía el cuerpo resentido, la cabeza me martilleaba y la dignidad se había quedado esparcida en aquel volcán. Él, que no sabía nada de aquello, me contempló con la sombra de un hermano orgulloso y el afecto de un buen amigo.

—¿Qué te ha traído por aquí?
—Una cita con la encantadora señorita de aquella mesa —indiqué con un movimiento de cabeza hacia Hae-won—. Diga lo que diga, hoy invito yo, ¿de acuerdo?

Stanford me sonrió, asintió y volvió a palmear mi hombro antes de dejarme marchar. Solo entonces, ya de espaldas a él, me permití cerrar los ojos con fuerza y apretarme el puente de la nariz para calmar el dolor. Con los ojos cerrados podría haber hecho el camino hacia la habitación en la que solía hospedarme, me habría metido bajo las mantas y habría permanecido allí hasta que las migrañas dieran tregua.

—Mira que te gustan las notas —reí, mientras arrastraba la silla para tomar asiento frente a ella—. Admito que si fuéramos una pareja, estaría temblando ante la idea de que rompieras conmigo.

La contemplé con atención, en busca de alguna señal que pudiera indicarme el rumbo que tomaría la conversación.

—¿Ha ocurrido algo?
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#3
Cuando lo mira, abre los ojos con bastante interés. De no ser porque él ya toma asiento, ella se habría levantado para darle un abrazo de esos bien fuertes, de los que tratan de consolar o arropar lo que más se pueda dentro de lo humanamente posible.

El gesto de levantarse se queda en el aire. Le toma tres segundos darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Carraspea un poco, tratando de ocultar el sonrojo de sus mejillas, y mantiene el semblante en la actitud seria que siempre lleva sobre sí para no mostrar que se siente muy avergonzada de sí misma en esos momentos.

—Gracias por venir, Dima —Porque adopta este nuevo recorte de nombre para referirse a él a partir de ahora—... ¿Cómo estás hoy?

Es una pregunta real, una que viene del interés genuino por saber qué es lo que verdaderamente pasa por la mente de ese chico. Sabe de antemano que podría indagar en esos pensamientos de alguna u otra manera, pero no quiere hacerlo con él, ni con ningún miembro de la tripulación a la que pertenece.

—Te preguntarás por qué te traje aquí… Pero veo que conoces este lugar —La sonrisa se suaviza al ver las maneras en las que el dueño de ese lugar le ha saludado anteriormente—... ¿Has estado trabajando aquí todo este tiempo? Si es que puedo saber.

Precisamente, sabe que esos no son los motivos reales por los que ella lo llamó para hablar. La realidad dista mucho de ese tópico, pero la curiosidad real viene de querer saber un poquito más acerca de la vida que ha estado llevando desde que todo aquello pasó. Sin embargo, la sonrisa se borra de a poco, porque el verdadero motivo de aquel encuentro no sería tan agradable.

—Te cité aquí para hablar. Quiero saber qué fue lo que pasó exactamente en el trabajo de ayer —Entrecierra la mirada con un poco más de seriedad—... Hmm... Hoy tampoco te noto en tu cien por ciento, Dima. ¿Qué es lo que ocurre?


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#4
«Adorable».
Imposible pasar por alto el rubor. El carmín contrastaba sobre la pálida piel de porcelana. Por un instante, tuve la sensación de que iba a levantarse y se había arrepentido a medio camino, así que fingí no darme cuenta.

—Gracias por venir, Dima.
—¿Dima? —arqueé la ceja con más curiosidad que molestia—. ¿De dónde has sacado ese apodo?

Sé que si otro hubiera utilizado tal diminutivo, lo habría detestado o puede que incluso me hubiera parecido un insulto, pero con Hae-won era diferente. Ni siquiera me di cuenta de que sonreía, hasta que me vi en los reflejos de la cristalera que había a nuestro lado. «Dima». En sus labios, sonaba demasiado cálido como para no sobrecogerme las entrañas.

—Hoy tampoco te noto en tu cien por ciento, Dima. ¿Qué es lo que ocurre?
—La seriedad no te sienta bien, Ángel —pronuncié con dulzura y una sonrisa suave, que buscaba reconfortarla—. Tienes una sonrisa demasiado bonita para perderla.

Stanford se acercó personalmente a tomarnos nota. Pedí un zumo de naranja con pastel de judías y aguardé a que se marchase para retomar la conversación.

—A ver, estoy entero, ¿no? —Abrí los brazos en una demostración. De los moratones que tenía bajo la camisa y los pantalones, no era necesario hablar—. Así que todo está bien.

Salvo el dolor de cabeza, que me tenía más debilitado de lo que hubiera deseado admitir. A ella no podía mentirle. Ni siquiera quería intentarlo. Mi mirada se suavizó, perdida en la de ella.

—Lo de ayer… fue un desliz. Padezco de migrañas desde hace años. Hoy estoy teniendo otro episodio. Cada vez es diferente: a veces me molesta la luz, otra los sonidos fuertes, algunas veces vienen acompañada de un aura y otras son simples punzadas. —Desvié la vista hacia la ventana—. No es nada importante. Estoy acostumbrado. Lamento haber fastidiado el trabajo de ayer.

Fui una jodida carga, pero no tuve el valor de admitir eso en voz alta. Stanford regresó con nuestras comandas y le dedicó una sonrisa cómplice a Hae-won.

—Aquí tiene su casa para lo que necesite, señorita. Trátala bien, St. George.
—Que me fusilen antes de hacerla sufrir —respondí. Stanford se marchó con su risa estridente y yo volví mi atención hacia Hae-won—. No solo trabajé en este local. Viví aquí una temporada antes de entrar a la Marina.
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#5
Las historias de vida pueden llegar a ser bastante complejas dependiendo del prisma con el que se las mire. Y es por eso que ella, un tanto sorprendida y por la situación, no puede evitar mirar a su compañero con un poco de pesar.

—Así que has estado sufriendo de migrañas todo este tiempo...

No es necesario preguntarle si ha ido al médico o se ha hecho tratar, porque es obvio que lo habría intentado y no hallaron una solución que pudiese aliviar ese dolor, no una solución sencilla, al menos. Aún así, esa latente preocupación por su bienestar no deja de ser real en su propio semblante. Sabe a la perfección que no se trata de lástima, mucho menos de pena; ese dolor es solo una prueba de que está haciendo todo lo posible por vivir a pesar de todo lo que lleva encima.

Es bastante loable si uno se pone a pensar.

—Entiendo —Su respuesta nace de la más tranquila de las resignaciones—. ¿Tienes algún método paliativo que te ayude a soportarlo con mayor facilidad? ¿Hay alguna indicación que se deba tener en cuenta a la hora de pasar por ese tipo de episodios? Porque no es sencillo, y estoy preocupada.

Preocupada y enojada al mismo tiempo. Es terrible que haya tenido que cargar con eso porque no ha podido cuidarse. No se sabe si es un dolor producido por factores físicos o procesos de trauma. Al menos, ella no tiene idea al respecto. Pero lo que sí sabe, y lo sabe muy bien, es que hará todo lo posible por ayudarle a aliviar esa carga, o al menos, tendría que intentarlo. Tal vez, y solo tal vez, podría estudiar algo de medicina para ayudar en el barco, y al resto de sus compañeros.

Quiere decir algo más, pero cuando llegan con lo pedido y escucha la conversación de ambos, vuelve a abrir los ojos un poquito más… ¿Acaso piensa que están saliendo? No quiere volver a sonrojarse. Mantiene un semblante tranquilo.

«Que me fusilen antes de hacerla sufrir».

Saint George, eres todo un bendito caso.

—¿En verdad has estado por un tiempo aquí? Entonces tengo que agradecerle al dueño de este lugar —La sonrisa de la dama es genuina, aún en su picardía—. Han cuidado muy bien al grandioso chico que tengo delante, ¿verdad?

Una pequeña carcajada nace de su garganta, en contraste con la seriedad que siempre la ha caracterizado.

—Pero bueno… Volviendo al asunto… No vuelvas a decir que fastidias nada, ¿de acuerdo? Es algo que tú no puedes controlar, y quiero que tengas esto presente. La próxima vez que te sientas mal, me lo dices, antes de que el cuadro empeore y vuelvas a hacerte daño.
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