19-02-2026, 05:38 AM (Última modificación: 19-02-2026, 05:40 AM por Maria Merlot.)
Narrador / María Merlot
……………………………….
Día 12 de Invierno.
Año 16.
En algún lugar del mar cercano a Whisky Peak.
5:46 a.m.
María observaba el amanecer desde la broa del Flush Royal, el nuevo navío de los Piratas Manos Muertas. Ahí sentada sobre el mascaron con formar en honor a Cara Melo, esperaba el comienzo de un nuevo día. A diferencia de Hyakinthos, a ella le gustaba pasar la mayor parte del tiempo posible despierta, porque sus ensoñaciones eran más fáciles de encausar con la consciencia activa… diferente a la inconsciencia dónde las pesadillas podían hacerse presente sin aviso… y con crueldad.
Con las piernas cruzadas y su parte superior moviéndose con el vaivén de las olas, o más bien como si escuchara una melodía que la hacia danzar, se dejo invadir por la paz y tranquilidad del momento. A la lejanía el sol comenzaba su ascenso, opacando con su brillo a las pequeñas estrellas, que en su imaginación se iban a descansar para estar listas otra vez al anochecer, en un ciclo sin fin de titilar y guiar a los marineros. Aunque según Thrym, no se iban a dormir, siempre estaban ahí, solo que era más difícil verlas.
El cielo, antes del completo despertar del astro rey, se tiño de un leve rojizo anaranjado. Ese color en específico, el rojo, la hizo pensar en el encuentro que había tenido hacia apenas dos días con su Esposo de Mentiras. Sus labios poco a poco fueron formando una suave y tímida sonrisa, que luego se convirtió en una que alumbro por completo sus hermosas facciones, porque recordó aquella risa única y especial “Trehehehe”. Llevo sus manos al rostro, e intento imitarlo en su tonta soledad — Trehehehe Trehehehe — su voz no podía competir con la del masculino, por ende, no se asemejo nada al sonido que ella escucho, pero el simple hecho de saber que se trataba de algo sobre él, la hizo ampliar su sonrisa — Bertram Gaufrid — musito su nombre, uno que luego de su shock, pudo volver a disfrutar… y saborear. Solo su hermano, Jensen Valentine, sabía sobre lo sucedido en el foso… y su peculiar matrimonio con un marine pelirrojo. Él era su secreto, y aun no estaba lista para revelarlo a nadie de su tripulación ¿Por qué? Ni ella lo sabía con seguridad, como tampoco entendió porque le afecto tanto, que la transporto a sus más profundos miedos. Y la verdad fuera dicha, tampoco quería buscarle explicación… tal vez, solo quería tener algo solo suyo, y eso solo suyo era el perfecto marine pelirrojo, o más bien los recuerdos de sus curiosas interacciones. No era atracción ni amor romántico, María no conocía el significado de esa palabra, en su mente era un idioma que no hablaba; lo que sentía era curiosidad genuina por alguien que tenia algo que nunca podría tener: una vida normal. Sí, tenía que ser eso. Solo el capricho y la cotilla de concebir cómo se siente su perfecta existencia… ¿Cierto?
Cuando el sol termino de fascinarla con su presencia, y el cielo azul competía con el tono de su larga cabellera, la joven se levantó, estiro y emprendió una pacifica caminata por la barandilla del barco, con gracia y elegancia, y aunque cayera, sería a su amado mar, un chapuzón siempre le vendría bien. Fue entonces cuando el sonido proveniente de la cocina, llamo su atención, seguido de la hermosa Oni de hebras blanquecina. Estaba hablando sola, ignorando su presencia, tirando de sus cabellos hasta que la vio, y la molestia de antes se convirtió en una sonrisa traviesa…
“María”
Fue el inicio de la cruzada que la llevaría ese día hacia el pueblo de Whisky Peak, una misión de vida o muerte, encomendada por alguien mucho más grande que ella y con cuernos. No podía darse el lujo de fallar, no podía decepcionar a la Cocinera, ni ser la culpable de la inanición de sus nakamas…
Día 12 de Invierno.
Año 16.
En algún lugar del Pueblo de Whisky Peak.
9:27 a.m.
¿Dónde estaba?
Curiosamente, ella si lo sabía.
¡Una tienda de víveres!
¿Por qué?
Una palabra: Bonita (Odeth).
María llevo las manos a su cintura, viendo el lugar dónde su cruzada se desarrollaría. Estaba lista para enfrentar monstruos, pelear contra quimeras, salir victoriosa de su proeza. ¿Cuál era? Hacer la compra de algunos ingredientes que la Oni necesitaba para la cena. Por eso estaba frente al minimarket, luego de evaluarlo, sabiendo que no podía irse sin todo lo anotado en el papel que Odeth le dio, respiro hondo y entro.
Un “Tilín” alerto de su llegada. Detrás del mostrador se encontraba un señor de mediana edad que levanto la mirada y automáticamente sus mejillas se tiñeron de carmesí. María le guiño uno de sus orbes ámbar, al tiempo que tomaba una cesta de mano para proceder a internarse en los pequeños pasillos del lugar. La celeste estaba acostumbrada al efecto que causaba en las personas a raíz de su belleza sin igual, como si hubiera sido tocada por una divinidad. En su cabeza ella se lo atribuía más bien a que heredo lo mejor de sus dos razas: sirena/humana.
La joven saco la lista, se trataba mas que todo de condimentos, así que sin prisas fue observando los anaqueles y metiendo una que otra cosa, algunas ni siquiera eran necesarias, pero por ser llamativas ella las compraría. Así termino frente a un montón de frascos llenos de polvitos de colores, dejo la cesta en el suelo para tomar uno rojo y otro blanco…
— ¿Podría jugar ajedrez con ustedes? ¿Qué son? ¿Reyes, reinas, torres, peones? Defiendes el color rojo paprika, del reino de los pimentones contra el color blanco ajo, del reino de los "no me beses, por favor". Llévame a mi Señorita, no a mi… no a mí. ¡No me llevare a ninguno! Lo siento no están en la lista — la mestiza jugo con los envases un rato, con su locura desapegada de la realidad mientras sonreía con inocencia. Lo cierto es que buscaba algo llamado “Ajinomoto”, pero justo en el lado del anaquel que decía ese nombre estaba vacío. La chica frunció el ceño, era lo más importante de la lista… Odeth lo había encerrado dentro de un círculo.
Ahí, parada frente a los condimentos, con la lista de compras en la mano… como si estuviera descifrando los secretos del mundo azul se quedó pensando qué hacer… ella hasta ese momento solo había metido en la cesta a su lado: galletas veganas, ajo en hojuelas, tres manzanas y una taza con forma de vaca.
¿Cómo llego María a la tienda sin perderse? Un par de simpáticos ancianos la ayudaron, a cambio de que ella los apoyara cargando unas bolsas algo pesadas…
README
Resumen: María mira el amanecer, recuerda al marine pelirrojo. Luego por petición de Odeth se dirige a la tienda de víveres por algunos ingredientes, especialmente Ajinomoto, el cual esta agotado en la tienda para su mala suerte. Se queda parada frente al estante vacío, leyendo la lista, como si eso la fuera a hacer desaparecer ese ingrediente del papel.
20-02-2026, 12:23 AM (Última modificación: 20-02-2026, 02:26 AM por Kibai.
Razón: Correcciones ortográficas menores
)
Joder, aún dolía...
Kibai apretó los dientes mientras el costado izquierdo le enviaba una punzada de protesta cuando se estiró para agarrar un bote en el estante superior de la pequeña cocina a bordo del Royal Quiver. Hacía unos días que su extraña aventura en los Cabos Gemelos había terminado, y el mink seguía despertándose buscando a tientas la empuñadura de Raimei mientras la estúpida risa de Uosan Sakana resonaba en sus oídos.
"Fui demasiado débil.."
Había perdido la cuenta de veces que se había repetido aquella misma frase. Era un Marine, se suponía que tenía que proteger a la gente, pero de no haber sido por aquel chico-topo que le había ayudado, todo se habría ido al traste, y aquel gyojin del demonio los habría matado a todos. La mano de Kibai se crispó alrededor del bote, enviando una chispa azul que hizo estallar el cristal en mil pedazos, derramando las especias secas que contenía. El mink soltó un sonoro juramento, a la vez que se agarraba la mano, que ya empezaba a sangrar. Furioso, cerró la palma lesionada y asestó un puñetazo contra la madera del barco, haciendo temblar la vajilla asegurada en sus anaqueles encadenados para evitar que s erompiesen con cualquier zozobra de la nave.
Desanimado, Kibai recogió todo el desastre, desechando con mala cara las especias. Aunque era un firme defensor de no desperdiciar ni un gramo de comida, aquellas especias mezcladas con la salitre del barco, la suciedad y las astillas de madera no tenía absolutamente ninguna cualidad culinaria. Para lo único que serviría sería para abono si les daba por tener una planta en el Royal, o para quemarlo en los faroles y ahuyentar a los mosquitos.
Tras dejar terminada la cena para aquella noche, el mink subió a cubierta, saludando con un gesto de la cabeza a Stroud que seguía en el timón, y se dirigió a su puesto favorito sobre el bauprés del barco. Por lo que le habían dicho, llegarían al día siguiente a la Isla de Whiskey Peak, dónde sería un buen lugar en el que reaprovisionar su bodega, reparar su equipo y también hacerle algunas chapucillas al Royal Quiver, que si bien continuaba navegando bien tras salir del South Blue, los grandes choques contra el convoy de mercantes y la posterior entrada al Grand Line no eran algo baladí.
Tumbado cuando largo era a lo largo del bauprés, Kibai dejó finalmente caer la cabeza sobre los antebrazos, respirando el aire nocturno, antes de cerrar los ojos. Mañana sería otro día, tendría que ir a reponer las especias que había perdido, y tampoco le haría mal buscar a ver si encontraba algo decente que comprar con los berries que había conseguido.
A la mañana siguiente...
Tras solicitar el oportuno permiso a su superior para ausentarse del barco, Kibai saltó a la orilla del muelle y se dirigió sin más preábulo al interior de la isla. Ansioso por explorar aquel nuevo territorio (la primera isla del Grand Line nada menos!) y poseído por aquella energía renovadora que solamente la emoción era capaz de darle, el mink esbozó una sonrisa mientras avanzaba por las calles de Whiskey Peak.
La gente parecía especialmente amable en aquel lugar, al menos con él. Kibai notaba muchas menos miradas que a lo que estaba acostumbrado en Roshwan. A buen seguro, el Grand Line tenía sus peligros, pero también tenía algo bueno: la diversidad era tan grande que a nadie parecía importarle.
"Eso, o que hay tantos peligros que pararte a considerar si tu vecino es un Mink o un Lunarian es algo que no puedes permitirte" pensó el mink con una sonrisa mientras se detenía en un puesto de fruta para examinar un cargamento de naranjas sanguinas, oler un par de ellas y entregarle al dueño el dinero por una caja y las dirección a la cual llevar su compra en el puerto.
Un par de calles más adelante, las tiendas cambiaron radicalmente de estilo, sustituyendo las viandas y puestos callejeros por escaparates cristalinos con maniquíes de madera lacada. Kibai refrenó su andar, rascándose la cabeza, algo indeciso. En el combate contra Uosan había perdido su gorra, pero no sabía si allí habría algo decente que la sustituyese. Diciendo para sí que no tenía nada que perder, entró al interior de la tienda.
El dueño, un humano bajito y calvo con unas gafas de montura de oro sujetas por una cadena al cuello se levantó de un salto de su silla tras el mostrador al verlo entrar.
— Oh mi buen señor, parece que haya pasado por un vendaval! Como puede ir así por la vida! Vamos vamos, pase por aquí, lo arreglaremos en un abrir y cerrar de ojos!
Antes de que Kibai pudiese siquiera protestar o argumentar que solo buscaba una gorra, el hombrecillo lo estaba empujando hacia uno de los probadores mientras le ordenaba que se fuese desvistiendo. Más por curiosidad que por otra cosa, el mink decidió obedecerle.
Mientras se quitaba la camisa y la capa, con cuidado de no sobreestirar su costado dolorido, escuchó como cajones se abrian y cerraban, mientras el dueño de la tienda murmuraba para si mismo acerca de dónde había metido esto o aquello.
Finalmente, abrió la cortina del probador (importándole muy poco que Kibai estuviese en ropa interior) y depositó un conjunto de prendas en la mesita.
— Esto es lo que te llevarás. Te quedará estupendo. Y ahora dame eso. — dijo echando mano a su uniforme y su capa.
— Eh, qué se supone que hace? — protestó Kibai.
— A callar. En la tienda de Amancicus Ortiga no permito harapos. La lavaré y la coseré, solo dime donde tengo que enviarla.
Kibai optó por no protestar y se puso las ropas que aquel tal Amancicus le había traído. Descubrió un par de pantalones de color gris acero y una americana de color marrón claro, que se mantenía suejta por un cordón vegetal del que prendía una rosa dorada. Con una sonrisa, el mink advirtió que su modisto particular no le había traído zapatos.
"Un vendedor observador... Es de apreciar, la verdad."
Cuando se hubo ajustado el conjunto, Kibai se miró al espejo. Lo cierto es que le quedaba bastante bien, hasta se podía decir que iba... guapo?. El mink negó con la cabeza, riendo por lo bajo. Aquel nunca había sido un concepto que habia pensado en decir sobre si mismo.
Vestimenta de Kibai
Saliendo del probador, se encaminó al mostrador, dónde depositó gratamente el dinero, añadiendo a sus ropas unas protecciones para las piernas, por si acaso. Sus garras eran útiles, pero aquello evitaría dolores y le permitiría bloquear mejor ataques, dado el caso.
Tras indicarle donde estaba el Royal Quiver y darle las gracias a Amancius (que lo roció con una nube de un perfume amaderado con olor a sándalo de propina) Kibai se ajustó a Raimei a la cintura y guardó su Den Den Mushi en la americana. Una vez listo, se alisó la prenda y salió de nuevo a la calle, sintiéndose algo raro, pero cómodo.
Unos minutos después, sus nariz captó el inconfundible aroma de las especies, provenientes de una pequeña tienda cuyas estanterías llegaban hasta el techo. Satisfecho de haber encontrado el lugar que buscaba, Kibai entró al interior, haciendo sonar la pequeña campana que colgaba de la puerta.
El interior estaba relativamente vació, con la excepción de una joven de pelo azul que parecía inmersa en jugar con dos botes de colores como su fuesen muñequitos mientras les hablaba. El mink la observó de reojo antes de acercarse al mostrador, apoyando ambas manos en la madera pulida.
— Buenos días. Necesito cardamomo, canela, pimienta negra, y todas las hierbas secas que tengan. Y si venden un molinillo, no descarto llevarmelo también.
La Caja de Pandora
Resumen
Kibai llega a Wiskey Peak y se baja del barco para adquirir algunas provisiones. No obstante, se detiene antes en una tienda dónde le remiendan el uniforme y se compra ropa nueva. Acto seguido, localizando una tienda de especies con una esquiza peliazul dentro, entra para comprar varias de las especias que se le habían agotado
22-02-2026, 03:20 PM (Última modificación: 22-02-2026, 08:29 PM por Maria Merlot.
Razón: Dispense usted xD
)
Narrador / María Merlot
MUSIQUITA
……………………………
Una decisión…
El sabor de la cena…
Oni enojada…
¡Qué difícil!
María observaba la lista de la compra con atención, ella no sabia que era “Ajinomoto”, pero con el encerrado en un circulo y tres signos de exclamación asumió la importancia que Odeth quiso resaltar en el ingrediente. La hermosa Oni no se enojaba fácilmente, siempre estaba tranquila, sus gestos elegantes y sin prisas, la celeste no quería ser la causante de que su roomie de varios metros no tuviera lo que quisiera… y más aún, no quería que sus nakamas pasaran hambre o tuvieran una mala comida, así que debía encontrar ese condimento, especia o lo que fuera, así tuviera que recorrer cada centímetro de Whisky Peak.
Doblo cuidadosamente la lista, y la guardo entre su ropa, justo a la altura de su pecho izquierdo. Dio un paso lateral y quedo frente a más frascos con polvos coloridos, leyó con atención cada uno de ellos. ¿Y si mezclaba varios conseguiría Ajinomoto? Ella no era cocinera, no lo sabía pero era buena en comerciar, por eso la responsabilidad de las compras siempre recaía en sus manos, la única cualidad útil para la tripulación de Ashveil. No sabía dónde estaba él, luego del foso, el capitán había estado “silencioso”. María esperaba que regresará pronto, para seguir con la aventura libertadora que prometió. Aun no sabía por qué él la llevo a los Manos Muertas, pero le gustaba pensar que vio algo especial en ella… algo que ni ella veía, algo más que una simple cara bonita y exótica por genética mestiza.
Ese día la joven iba vestida muy colorida, consistía en un conjunto de falda y top, con terminados en encaje que parecía una obra abstracta: muchos colores, nada de formas. Los grillos en su cabeza eran así, inentendible. Los zapatos blancos aportaban la única sobriedad del atuendo. El largo (mitad de su pantorrilla), ondulado y celeste cabello danzaba a su alrededor como una cascada cristalina mientras que el top dejaba al descubierto sus hombros y nacimiento de sus pechos, lo primero revelaba las preciosas escamas azules tornasol de su herencia sirena.
— Si ustedes dos tienen una cita, luego se casan, van de luna de miel, disfrutan de la convivencia en pareja, se pierden en el deseo una noche cualquiera, quedan embarazados y nueve meses después nace un bebe… ¿Sería Ajinomoto? — pregunto con una sonrisa a dos nuevos frascos entre sus manos agitándolos para ver si tenían algún efecto que los hiciera cambiar de color o que los convirtiera en umami, sea lo que fuera eso.
Tilin
El sonido fue escuchado por María, pero no le prestó atención, estaba demasiado ensimismada en la reproducción condimental que su cabeza trazaba a diestra y siniestra — ¿Alguno se percibe como un ajinomoto? ¡Tu Pimienta Speziato! Habla, habla, aunque sea en Pimentez, o Pequeñez, aunque sé hablar es Gigantez… ¿Dónde está la victima de la ausencia en el segundo anaquel del reino Condimentación? — sus labios se presionaron para evitar una sonrisa en su interrogatorio “especial” (o sea, de especias).
Buenos días, necesito…
Una voz desconocida barítona, profunda y resonante se dejó escuchar en la tiendita. De nuevo, la mestiza no presto atención, estaba muy concentrada en su cruzada y el pequeño gran obstáculo de no encontrar el ingrediente más importante de su lista. Dejando el frasco en el anaquel, llevo la mano a su cintura ideando alguna estrategia que le permitiera salir victoriosa, no conocía otra tienda y bien era sabida su mala orientación… pero confiando en su suerte, y siempre optimista, no podía rendirse. Levanto sus puños y sus ojos brillaron con determinación, pondría esa isla patas para arriba, pero conseguiría Ajinomoto…
Cardamomo.
Para qué esa persona necesitaba Caldo de Gnomo…
Canela.
Caen las Velas… bueno, y lo que fuera eso.
Pimenta Negra.
Y a aquella cosa oscura que le haya mentido, Uy.
Hierbas secas.
¿Las Siervas Huecas para qué?
Venden un molinillo.
¿Por qué quería llevarse mil anillos?
¡No!
Esperen...
¿Ahí vendían anillos?
María totalmente intrigada se giro para ver al causante de esa lista rarísima de cosas, se suponía era una tienda de condimentos ¿no? ¿Por qué parecía que iba a hacer brebajes mágicos, vender esclavos y regalar anillos? ¿Se habría equivocado de lugar? A ella no le parecía. Cuando su cabeza volteo, su cabello bailo con el leve movimiento. Todo estaba en su lugar: el hombre de mediana edad, el mostrador pulido de madera… y el peluche de manchas bordeadas de negro, con un impecable sentido de la moda que Hyakinthos hubiera admirado…
Espera…
Un…
Peluche…
Los orbes ámbar de María se abrieron como plato, y su boca formo una perfecta “O”. No era alto, no era bajo, no era peludo mullido pero tenía pelos, no parecía indefenso, parecía un depredador, aunque sus gustos de compras fueran cuestionables, todo eso quedo en segundo plano. Había visto antes a otros como él pero no exactamente como él: Helena, Paavo y Varo Ganchin. El tema de los anillos se perdió entre los grillos que revoloteaban por ese animal humanoide.
¡Tenía que acercarse!
¡Tenía que tocarlo!
¡Tenía que acariciar sus redondas orejitas!
¿Ronronearía?
La mestiza tomo su cesta, y se dirigió a la caja sin apartar su mirada del espécimen — ¡Tu! ¡Peluche! — lo llamo cuando estuvo apenas a medio metro, dejando la cesta sobre el aparador. Su rostro adornado con su traviesa y encantadora sonrisa, además del brillo curioso en sus orbes, hizo sonrojar de nuevo al hombre detrás del mostrador, algo que ella ignoro porque su mirada estaba sobre esos 1,76 metros de gatunez — Nunca lo he practicado, pero si ha servido con los gigantes, servirá contigo… — hablo con dulzura sin darle chance de reacción a ningún hombre… ¿qué había funcionado con los gigantes? Simple, su improvisación del idioma “Gigantez” ahora hablaría "Gatunez" — Miau mIau miAu miau Miau miua miau Miau mIau miAu miau Miau miua miau — su voz salió como un canto hipnótico bello y etéreo, como la sirena que era. Hizo énfasis en algunas M, I, U y A, como si realmente se estuviera comunicando con él.
¿Qué le estaba diciendo?
Hola, soy María. ¿Puedo tocar tus orejitas?
La chica, en su energía de vendaval extrovertido no se quedó quieta, lo rodeo detallando cada parte de su peluchezco cuerpo. Ella no veía lo bien formado que estaba, o que dentro de los cánones de masculinidad desprendía ese porte de macho alfa, lo que procesaba su cerebro era un lindo gatito con cara de estreñido… ¿normal en los gatos, no? — ¡Eres tan peludito que muerooooooooooooo! — exclamo llevándose una mano al pecho y la otra a la frente, como si realmente fuera a sufrir un desmayo.
De pronto su mirada traviesa cambio, y sus orbes se llenaron de determinación, como si hubiera recordado algo — Te ayudare, Gatito. No se para que quieras mil anillos, ni siervas huecas o caldo de gnomo. Tampoco porque la oscuridad te miente o las velas se caen, pero lo descubriremos, lo encontraremos… y ronronearemos Prrrrrrrr Prrrrrrrrrr Prrrrrrrrrr — le ronroneo llevando sus propias manos a la cabeza como si fueran orejitas y moviéndolas con cada sonido que salía de su boca. El tipo detrás del mostrador llevo su mano a la nariz, la cual empezó a sangrar, después de todo estaba viendo a una mujer, de exuberante belleza y buen cuerpo, imitar a una gatita.
— Rápido amable Señor, díganos donde encontrar todo eso que pidió MI amiguito gatito… y también ajinomoto — se volteo a mirarlo, la chica inclino la cabeza cuando vio sangre en su mano — ¿Está usted bien? — la travesura en su voz se esfumo, ver a alguien “enfermo” no era divertido así que se inclino hacia la barra perdiendo el interés momentáneamente en el gato, y sacando del bolsillo de su falda un pequeño pañuelo — ¿Necesita un médico? — su voz se tiño de preocupación genuina.
— No, estoy bien. Gracias Señorita — respondió tomando el pañuelo y colocándolo en su nariz. El sonrojo aumento, y posiblemente el sangrado, cuando la mirada marrón lasciva dejó de verla a la cara, recorrido su cuello y llego al nacimiento de sus pechos. ¡Qué mujer tan hermosa! Y esa piel que se veía como porcelana fina. El hombre levanto la mirada al Mink, si tan solo él no estuviera ahí. Parecía tonta, hubiera sido tan fácil…
— Uuuummmm — musito María, no paso desapercibida la mirada evaluativa del humano. Siempre le sucedía, así que no le dio importancia — Miau mIau miAu miau Miau miua miau Miau mIau miAu miau Miau miua — se irguió y volvió su atención al gato, contándole en su idioma que todo estaba bien, que no se preocupara, y restándole importancia con la diestra.
— Hay un mercado ambulante de barcos de las islas más pequeñas que circundan esta, en el lado noreste, en el muelle gris. Ahí venden de todo lo que quieran para reponer sus despensas — explico el hombre mientras limpiaba su nariz, el pañuelo olía a mar… tan delicioso como la chica misma — … si quieres puedo llevarte, seguro nuestro amigo mink tiene otras cosas que hacer… — su voz aunque amable, iba teñida de algo más, algo que los humanos tenían muy arraigado en si mismos, una nota de desprecio hacia otras especies pero también, un leve deseo insano por estar a solas con la hermosa, y aparentemente, ingenua, chica…
— ¡Oh! — la respuesta de María fue de decepción, pensar que el peluche se iría tan pronto la hizo dejar de brillar — ¿No iras al mercadillo por tus gnomos? — esta vez la pregunta salió sin usar el gatunez, la emoción de encontrarse con un peluche se fue a pique, hasta sus hombros decayeron… porque ella, aunque quisiera seguirlo por el resto de la tarde, también tenia un deber que cumplir con Odeth, además no podía desaprovechar la oportunidad de que el buen hombre detrás del mostrador la ayudara a llegar al sitio en cuestión, porque ella no sabia orientarse.
A todo esto, la chica, en su locura, no se dio cuenta que él nunca hablo en “gatunez”, siempre lo hizo en perfecto español. Claro, en su mente se comunicaban en gatunez.
README
Resumen:
Karmas usados en este post. Positivos: Belleza, Toque Divino, Alegre, Extrovertido, Sintonía Natura. Negativos: Sin Orientación, Ignorante, Charlatán, Cotilla.
Kibai tuvo que hacer un esfuerzo sincero por no desenvainar a Raimei en cuanto escuchó como alguien se refería a él como peluche.
No obstante, al ver que la que lo había dicho era la misma joven que había estado jugando con dos botes de especies como si fuesen muñecos, su mano se relajó mientras estudiaba a su interlocutora. La joven era bonita, de eso no cabía duda, vestida con un colorido conjunto de top y falda larga, completado con una melena de color azul celeste que le llegaba por debajo de las rodillas. Mediría unos cuatro dedos menos que él, cuatro de los suyos al menos, y su figura era más delicada que voluptuosa. Sin embargo, Kibai ya se había acostumbrado a no depender de sus ojos para todo, y aquella chica, aunque olía en parte a humano, no lo era del todo. Al igual que la chica mono que había luchado a su lado en los Cabos Gemelos, aquella joven tenía algo más, no sabía exactamente el qué...
La respuesta le llegó a los pocos segundos, mientras la joven daba vueltas a su alrededor sin dejar de parlotear incesantemente en una conversación totalmente sin sentido. A su espalda, un llamativo conjunto de escamas azul celeste, de un tono brillante como zafiros pulidos cubría su piel. Sin duda aquella chica tenía parte de gyojin. O más probablemente, dada su belleza, de sirena.
Aún así, fuese cual fuese su origen, estaba claro que algo no andaba muy bien detro de su cabeza. Cuando directamente comenzó a maullarle, a Kibai se le acabó la paciencia. Alzando una mano, apoyó su palma en la parte superior de la cabeza a la joven, haciendole levantar levemente la mirada para hacerla coincidir con la suya, tratando de no usa un tono demasiado brusco.
— Basta. Creo que sería mejor que siguiesemos hablando en humano, no te parece? Al fin y al cabo, hay uno aquí. Es de mala educación hablar en un idioma que otro no entiende.
En ese instante, el olor de la sangre invadió las fosas nasales de Kibai, que se giró rapidamente hacia el mostrador. El hombre había comenzado a sangrar levemente de la nariz, pero su mirada no abandonaba a la joven de cabello azul. Una mirada que, cuando ella se inclinó sobre el mostrador para ofrecerle un pañuelo, descendió hacia el surco que formaba su busto al alargar su cuerpo por encima del mostrador. El mink había visto esa misma mirada demasiadas veces, y la mano que seguía descansando sobre el pomo de Raimei se crispó ligeramente, dejando salir las garras de manera casi inconsciente.
— … si quieres puedo llevarte, seguro nuestro amigo mink tiene otras cosas que hacer…
Aquello ya fue el colmo.
Respirando tres veces para no saltar por encima del mostrador y darle su merecido a aquel malnacido, Kibai optó por la "diplomacia".
— Pues de hecho, amigo, si tengo algo más que hacer. Verá, por lo poco que he visto, su tienda tiene una calidad de producto bastante por debajo de lo que buscaba. Así que tendré que hacer mi compra en otra parte. Ese mercado portuario suena bastante bien...
Kibai plantó su mano encima del mostrador, con la fuerza suficiente para que sus garras dejasen cinco pequeñas marcas en la madera.
— De modo que ya que la señorita necesita ir hasta allí, me cuadra de camino. Además, no quisiera que tuviese que cerrar su negocio en medio de la jornada.
Kibai sonrió malevolamente, enseñando los colmillos aguzados.
— Y está sangrando demasiado por esa nariz, y tengo que confesar que la sangre me pone... nervioso. Así que será mejor que nos marchemos ya, no cree?
El hombre lo fulminó con la mirada y abrió la boca para protestar, pero un quedo rugido de Kibai, de estos que reservaba cuando tenía que lidiar con rufianes de poca monta en Roshwan pareció amedrentarle lo sufciciente, unido seguramente a que cuando bajó la mirada vio las cinco muescas en la madera del mostrador. Con un leve asentimiento, volvió a taparse la nariz sangrante con el pañuelo. Girándose de nuevo hacia la joven, el mink procuró dulcificar su expresión todo lo que pudo, aunque una chispa de la fiereza seguía anidando en sus ojos.
— Has dicho que buscabas ajimoto? No es muy complicado de encontrar si sabes dónde buscar. Podría echarte una mano con eso. — esbozando una sonrisa se dio un leve toque en la nariz. — Tengo buen olfato para esas cosas. Estoy seguro que lo encontraremos en un periquete.
Recordando sus modales, el mink se enderezó, hinchando levemente el pecho debajo de la nueva vestimenta proporcionada por Amancius Ortiga.
— Y mis disculpas, ni siquiera me he presentado. Me llamo Kibai, es un placer.
La Caja de Pandora
Resumen
Kibai conoce a Maria Merlot, extrañado por su actitud y su locura permanente, percatádnose por su olor que no es del todo humana. Acto seguido ve la actitud del dueño de la tienda hacia ella e interviene, amenazando sutilmente al dependiente y ofreciéndose él mismo para acompañarla a encontrar el ajimoto
En algún lugar del Pueblo de Whisky Peak.
Tienda de víveres.
Basta. ¿Creo que sería mejor que siguiésemos hablando en humano, no te parece?
Ahí estaba, ahora más cerca, aquella voz baritona que ella podía jurar que tenia un fondo ronroneante, su imaginación le ganaba siempre. La mano, o mejor dicho, pata del mink gatuno se posó sobre su cabeza, lo que hizo que se quedará quieta como cuando tocan la trompa de un tiburón. La sutil fuerza aplicada para que ella lo mirara, no se sintió invasiva, más bien como una guía cordial. Los ojos ámbar se fijaron en los amarillos felinos; a diferencia de él, los de ella brillaban con emoción, la emoción nacida de ver un peluche frente a frente… de poder interactuar con alguien que le recordaba a sus queridos amigos Helena y Paavo, y más allá de eso, no iba a mentir, le gustaban los animales… felpuditos.
— ¡Oh! — musito formando una perfecta “O” con sus labios rosados. Entendía las palabras del gato, entonces asintio en el proceso para confirmarle que recibió las instrucciones — ¡Qué sabio eres, Peluche! — su voz salió llena de admiración por el bondadoso corazón, María tampoco quería hacer sentir desplazado de la conversación al buen vendedor que se encontraba detrás del aparador — Solo humano, solo humano. Lo tengo — hablo con una sonrisa amable. Esta vez si se movió, levemente de un lado a otro como un barco siendo mecido por las olas. ¿Qué hizo? Simple, autoacariciarse con la pata acolchadita del gato… ¡Tenía que tocar esos mulliditos cojincitos en sus palmas! Por ahora, se conformaría con que su cabeza lo hiciera.
Pues, de hecho, amigo, si tengo algo más que hacer…
Las palabras del mink la hicieron ladear su cabeza, y hacerla parpadear tres veces mientras procesaba qué había pasado. Ella con su muy buen desarrollado ojo de comerciante pudo percatarse que los productos ofrecidos no eran de la mejor calidad, pero tampoco para semejante afirmación del minino. La joven llevo la diestra a su propio mentón mientras giraba la cabeza de un lado a otro viendo los anaqueles. No, los consumibles eran aceptables… ¿Qué no estaba viendo? Su mirada se frunció, analizando la causa raíz de la sentencia mientras a su espalda un “Pam Zass” la hizo voltear hacia los dos masculinos. Esta vez el gato estaba hablando con un tono… difícil de descifrar. Cuando su mirada ámbar fue hacia el vendedor, la cara pálida (a pesar del pañuelo en su nariz) la hizo pensar que podía estar descompensándose. ¿Sería medico el gatito?
De modo que, ya que la señorita necesita ir hasta allí, me cuadra de camino.
La preocupación que pudo haber sentido se esfumo cuando el gato bípedo pronuncio esas palabras, y más aún se olvido de la cara de terror del hombre cuando le enseñaron las garras — ¡Siiii! — comento a nadie en particular juntando sus manos en forma de aplauso y sonriendo con felicidad, ajena intercambio entrelineas de ambos sujetos. La decepción que sintió cuando pensó que tenia que separarse tan pronto de él, fue reemplazada por euforia y grandes expectativas sobre su aventura felina… después de todo, los gatos y los peces eran amigos ¿no?
Y está sangrando demasiado por esa nariz, y tengo que confesar que la sangre me pone... nervioso. ¿Así que será mejor que nos marchemos ya, no cree?
¿Rugido o ronroneo? No lo sabía, y aunque intento mirar por encima del hombro del gato, sus hombros y altura eran mayores que los de ella; así que fue, cuando se dio la media vuelta invitándola silenciosamente a seguirlo que sus ojos se percataron del aruño sobre la madera, y de la expresión de miedo del hombre… ¿Será que era más de perros? Posible… pero fue su culpa, por sangrar. ¡Lo puso nervioso! Pobre peluche — Puedes quedártelo… te lo regalo — comento pensando que ese pañuelo no lo quería de nuevo, y menos si su nuevo peluche tenia malestar con la sangre.
— Gr…gracias. Lo… lo sien-to — balbuceo detrás de la tela, sosteniéndola con una mano mientras con la otra sacaba una bolsa de papel con asas y metía todo lo de la cesta ofreciéndoselo a María — Llevatelo, son grátis — insistió cuando la chica lo miro con extrañeza, luego le sonrió con su particular encanto tomando la pequeña compra y deseándole una recuperación pronta.
…………………………………………………..
En algún lugar del Pueblo de Whisky Peak.
Calles.
Cuando María salió del recinto el sol la recibió mientras el tilíiiiiiiin se perdía en el espacio. Entrecerró sus ojos, y llevo la diestra a la altura de los ojos para usarla como visera. El cielo estaba tan hermoso como lo había dejado, el día resplandecía al igual que su sonrisa cuando se encontró con el gato esperándola.
Has dicho que buscabas ajimoto? No es muy complicado de encontrar si sabes dónde buscar. Podría echarte una mano con eso.
— O una patita… — le comento sonriéndole, porque de lo que dijo eso fue lo que más llamo su atención, realmente todo él, pero no por algo sexual o romántico, nada más alejado de la realidad. Le llamaba la atención porque era un lindo peluche que hablaba de tamaño real — Ajinomoto. Si eso busco, pero allá adentro ninguna de las especias se identifica con esa en particular, y esperar a que se reproduzcan y tengan hijos llevara como mínimo nueve meses y algunos días… ¿Cuánto es el tiempo de gestación de las especias? — comento perdiéndose en el tejido absurdo de sus pensamientos, luego se calló asimilando la amabilidad del gato — Gracias Gracias… eres Miatastico ¡Tan dulce que moriré de una sobredosis de miauzúcar! — le comento sin vergüenza llevando sus manos a las mejillas, a pesar de la bolsa de papel que cargaba, mientras movía la cabeza de un lado a otro en éxtasis de peluchinidad. Sin contar que combinaba las palabras con el “miau” característico de los gatos, sin ninguna malicia, simplemente ella era así.
Tengo buen olfato para esas cosas. Estoy seguro que lo encontraremos en un periquete.
Por suerte para ambos, especialmente para el mink, María seguía con los ojos cerrados perdida en su euforia cuando hablo de nuevo, porque si lo hubiera visto tocar su nariz, ella no fuese podido soportar la tentación de saltar sobre él y hacer lo mismo — … Por supuesto que lo tienes, eres un peluche gatuno. Tengo buenos ojos también, miralooooos — fue su turno de inclinarse hacia él y abrir hasta mas no poder los parpados, con el reflejo del sol sus ojos ámbar seguro se verían tan claros como un buen whisky.
Y mis disculpas, ni siquiera me he presentado. Me llamo Kibai, es un placer.
¡El Peluche tenía buenos modales! ¿No era lo que había dicho el pelirrojo? "Es de buena educación presentarse", y partiendo de esa premisa, fue que Bertram le dijo su nombre, ese que estuvo intentado adivinar desde el foso y que nunca, jamás, se le habría ocurrido. Si su esposo de mentiras le dio el ejemplo, ella no podía ser menos — … El placer es miau — inclino la cabeza con respeto, haciendo que por la acción la larga cabellera azulada se fuera de lado — … Me llamo María, aunque todos me dicen MM. Puedes decirme así también — le comento dedicándole la misma sonrisa amable que él le dio, aunque la de ella no buscaba dulcificar la expresión, simplemente era risueña por naturaleza.
Sin más, comenzaron el camino hacia el mercadillo. La joven semi sirena, tan dispersa como sus pensamientos mismos no iba en línea recta, ni al mismo ritmo que su compañero. Ella flotaba de aquí para allá, en líneas aleatorias. Algunas veces se quedaba rezagada, otras se distraía con las tiendas y estructuras, pero eso si, nunca dejaba de hablarle a Kibai.
Esa casa se vería mejor de verde…
El suelo intenta evitar que mis pies se tropiecen…
¿No te da calor ese blazer?
Entonces el médico quiso obligarme a beber aquel brebaje pero Helena se lo impidió.
¿Puedo tocar tus bigotes? Yo no tengo... ¿Cómo me vería si tuviera?
¿Para que sirve el caldo de gnomo que querías comprar?
Crees que de no encontrar ajinomoto… si coloco arena en un frasco ¿Se daría cuenta alguien?
Mientras ella parloteaba sin sentido, con su suave y encantadora voz sirenezca, la imagen de ambos caminando juntos llamaba mucho la atención: Un mink leopardo con el pecho al descubierto, y una hermosa mujer de larga cabellera celeste. Claro, todos terminaban en la mestiza, cuyo toque divino era difícil de ignorar; la fémina simplemente estaba tan acostumbrada que solo sonreía y saludaba a quien duraba mas de un segundo manteniéndole la mirada.
— … WoW ¿Serás algún día así de grande, Pipi? — se dejo escuchar la voz de una niña pequeña sosteniendo a un gato manchado entre sus brazos mientras veía a Kibai con la admiración juvenil de un infante; seguro esa misma expresión fue la que tuvo María la primera vez que lo vio. La celeste cambio la trayectoria, un par de pasos para detenerse frente a la muchachita mientras se agachaba para quedar a su altura, llamando así la atención de esta.
— … Si Pipi come todos sus vegetales, crecerá grande y fuerte. Y no debe olvidar peinar su pelaje, todas las noches antes de dormir... ¿Verdad, Peluche? — le comento asumiendo que “Pipi” era el pequeño gatito que ahorcaba entre sus bracitos. María le regalo una de las manzanas de la bolsa de papel. La niña le sonrió con alegría, y asintió, siendo ahora la semi sirena el objeto de su admiración con una afirmación que se perdió cuando la chica se levanto para regresar al lado de su colega de aventura: ¡Qué bonita!
…………………………………………………..
En algún lugar del Pueblo de Whisky Peak.
Mercadillo, Muelle Gris.
Al final la joven termino tatareando y perdiéndose en sus acciones aleatorias. A los minutos llegaron a una loma que dejaba ver el muelle gris a los lados de este varios botes artesanales estaban anclados, los mismos servían como puestos ambulantes flotantes a los compradores de Whisky Peak. Para María, por su afinidad hacia el comercio, aquel sitio era simplemente idílico y maravilloso, tan colorido, oloroso y dinámico que supo de inmediato que iba a perderse todo el día entre sus historias da dar y recibir.
— … ¡Es perfecto, Goldie! — comento la chica con una nota de expectativa en su voz y utilizando el apodo que tanto pensó para el peluche. ¡Goldie encajaba con él! Sobre todo, por su pelaje, que, a la luz del sol, resplandecía ante sus ojos como oro.
Cuando ella se quedó tranquila, o más bien, cuando cambio las palabras por el tatareo, estuvo pensando en otro peluche, uno indefenso cuyo wanted estaba colgado en una de las paredes de su recamara. Al ver a Kibai, se pregunto si todos los mink eran así de… indefensos, lo que su cabeza, y quizás el postraumático del foso, le respondió que SI. Además, cuando su mirada bajo a las patas del hombre, su corazón se estrujo: ¡Iba descalzo! Claro, ella podía identificar la calidad del pantalón y del blazer pero… quizás no eran de él, tal vez consiguió esa ropa en la parte trasera de alguna tiendita de Whisky Peak. Además, iba casi desnudo en la parte superior, era evidente que no se trataba de su talla. ¡Pobre gatito callejero! ¿Cómo se resguardaría en las frías noches?
¡No podía permitir que sufriera!
¡Lo ayudaría!
La chica detuvo su andar, y busco con su mirada una solución… uno de los stands que estaban sobre tierra, tenía justo lo que necesitaba — … vamos primero por aquí, Goldie — lo llamo señalando el stand, y comenzando a caminar hacia este. Se trataba de un sitio humilde, con ropa tejida dónde destacaban los ponchos de muchos colores — Señora ¿Tiene ese dorado en talla como para mí, pero más grande y hacia arriba y los lados? Que sea muy abrigador por las noches, y fresco por el día — pregunto haciendo las gesticulaciones correspondientes a cada vocablo.
La viejita que atendía el puesto sonrió ante los gestos, y busco lo que pidió la mestiza, dándoselo en las manos para que evaluara. No era la misma calidad de la ropa de Kibai, pero había arte y corazón en esa prenda. María pago a la anciana dejándole otra de las manzanas, luego volteo con la prenda entre los brazos — … Goldie, no sé cómo decírtelo… aquí se acaba tu desnudez de callejero… — lo dijo sin tapujos soltando un suspiro mientras su mirada destellaba preocupación genuina por la integridad del gato — … por favor, acepta este poncho y cúbrete. Aunque no es de la calidad de tus prendas, es perfecto para este tipo de clima, y lo artesanal siempre tiene un valor único y especial. Te servira de noche y día, y además cubrirá tu pancita. Confía en mi ojo tasador, durara muchos años — comento la chica con alegría explicando las ventajas del poncho, él debía taparse con algo de su talla, luego resolverían lo de los zapatos. Esperaba que le alcanzaran los berrys para también llevar el ajinomoto. Claro, sus nakamas entendería que ayudar a un gato callejero era más importante que esa especia... es más... ¿debería adoptarlo y llevarlo al Flush Royal?
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README
Resumen: María no se entera de las intención del vendedor, se distrae con el peluche (Kibai). El vendedor le regala lo que tenia en la cesta colocandoselo en una bolsa de papel. Al salir de la tienda interatua con Kibai, luego empiezan a caminar con él, aunque ella más bien va en su burbuja de forma aleatoria, como si flotara en un arcoíris, y motivado a su karma toque divino llama la atención de todos. Se detiene a hablar con una niña que se queda prendada por Kibai, ya que ella tiene un gato llamado Pipi, María le regala una manzana. Al llegar al limite entre el muelle y la tierra, la mestiza hace dos cosas: Le coloca un apodo a Kibai (Goldie) y piensa que es un pobre mink indefenso y vagabundo, por eso le regala un poncho, para que se cubra porque el blazer no le cierra y parece que va desnudo. También regalo otra manzana a la viejita del stand.
En la bolsa de papel (2do. post): Galletas veganas, ajo en hojuelas, tres manzanas y una taza con forma de vaca. (Manzanas 1/3).
26-02-2026, 08:51 PM (Última modificación: 26-02-2026, 08:52 PM por Kibai.)
A Kibai le parecía que le iba a estallar la cabeza.
Maldita sea, en qué momento había pensado que era buena idea decirle a aquella loca que él la acompañaría? María o MM como ella misma se había hecho llamar, era peor que tratar de cuidar a una camada de Minks conejo en una tienda de zanahorias. La joven se había parado, sin exagerar, cada seis o siete metros en su camino hacia el mercado de los muelles. Y no una parada simple para ojear una mercancía o preguntar un precio de una tienda, no.
MM se paraba a charlar, hacía comentarios completametne sin sentido y sencillamente paecía completamente sumida en su propio mundo, ajena a todo lo que no despertase su atención inmediata. Más de una vez Kibai tuvo que redirigirla porque paecía empeñada en seguir cada ruta o callejón que se desviaba del camino hacia su destino. El mink, aunque en un inicio había querido protger a aquella chica de cualquiera lo suficientemente miserable para aprovecharse de su bondad manifiesta, se iba sintiendo menos como un escolta y más como alguien que dirigía una corriente de energía caótica, tratando de que esta no se estrellase contra cada puesto o ciudadano hacia los que feuse atraída.
El episodio de la niña fue el más estresante de todos. Kibai caminaba con las manos en los bosillos, mientras Maria cotorreaba sin parar acerca de a saber qué cosa, un batiburrillo de frases que él no podía entender, moviendo casi por reflejos su cabeza cuando ella alargaba la mano a sus bigotes y lamentándose una vez más por su mala suerte, cuando una niña con un gato en brazos alargó una mano señalando hacia él.
— WoW ¿Serás algún día así de grande, Pipi?
Kibai iba a abrir la boca cuando MM intervino, no solo alimetnando las ilusiones de la pequeña, sino que se volvió a referir a él como "Peluche". El mink hizo rechinar los colmillos sonoramente entre si, preguntándose cómo de mal vería Stroud que les sirviese cola de sirena a la parrilla aquella noche para cenar.
Por fortuna, la escena no se alargó más de lo estrictamente necesario. La joven peliazul le regaló una manzana a la niña y continuó su camino dando pequeño saltitos.
Cuando por fin llegaron a la zona que aquel tendero les había recomendado. La zona era bastanta bulliciosa, con multiples puestos de mercancía fresca que los barcos del muelle aún continuaban descargando en el momento en el que Kibai por fin consiguió arrancar a MM de su última parada. El mink pensó que por fin podrían encontrar las especies y el ajinomoto que la chica buscaba. Después podría dejarla en su barco y olvidarse de...
¡Es perfecto, Goldie!
Goldie...
Goldie...
Goldie...
Las garras de Kibai salieron solas.
Se giró bruscamente para encarar a la joven, pero esta ya había abandonado su lado, y estaba en pleno éxtasis delante de una tienda de ponchos, examinando diferentes telas mientras miraba hacia él, descartando prendas una tras otra, formando un montón ante la pobre mirada de la anciana que atendía el puesto.
— Señora ¿Tiene ese dorado en talla como para mí, pero más grande y hacia arriba y los lados? Que sea muy abrigador por las noches, y fresco por el día...
Mientras tomaba aliento para calamrse, Kibai se dirigió a grandes pasos hacia allí, pero antes de que pudiese pronunciar palabra, MM se dio la vuelta y le calzó un poncho directamente por la cabeza.
— Goldie, no sé cómo decírtelo… aquí se acaba tu desnudez de callejero…
El mink se agitó dentro de la tela, tratando de encontrar el agujero para sacar la cabeza. Cuando finalmente lo consiguió, la joven de pelo azul seguía parloteando sin cesar.
Kibai no lo soportó más. Con una mano firme le tapó la boca y le sujetó una de las manos con la otra, acercando su rostro y clavándole una mirada seria que habría usado para tratar con un niño que había hecho una travesura.
— Primero, mi nombre es Kibai, ni Goldie, ni Peluche, ni gatito, de acuerdo? Ki. Bai. Segundo, no soy un gato, soy un leopardo. Para nosotros es muy ofensivo que nos confundan, de acuerdo? Es como si a ti te llamo trucha, o salmonete, o esturión...
Haciendo un gesto a la anciana de que no ocurría nada, el mink soltó a MM y se estiró la tela del poncho. La verdad es que no le quedaba mal, y en aquella isla, hasta encajaba bastante.
— Y tercero, no voy desnudo, es el conjunto que el dueño de la tienda me ofreció. Pero gracias por el poncho, me gusta, en serio. Ahora, si quieres podemos darnos una vuelta por aquí y encontraremos las cosas que necesitas. Después te acompañaré hasta dónde están tus amigos, te parece bien?
Separándose un poco de la joven, Kibai introdujo ambas manos en los bolsillos. Lo cierto es que le dolía enfadarse con un ser a todas luces tan inocente, pero por otro lado, el latido constante en una de sus sienes le decía que si él no se lo decía, aquella joven podía acabar mal. El recuerdo de la mirada lasciva del tendero le hizo crispar la mandíbula. Si el no hubiese llegado a pasar por allí...
— Y perdona si te he asustado, te aseguro que no era mi intención.
Tratando de quitar hierro al asunto, Kibai se echó un paso atrás y dio un giro en redondo que hizo revolotear el poncho, sonrió hacia ella, sacando la cadena con la rosa para que luciese por fuera.
— Venga, dime: Cómo me queda? Ah, y ahora tenemos que comprarte algo a ti, y no pienso discutirlo.
Vestimenta de Kibai
La Caja de Pandora
Resumen
Kibai aguanta los siete infiernos en el periplo de MM desde la tienda de especies hasta el mercado portuario. Cuando llegan a los puestos y María lo tilda de poco menos que indigente poniendole un poncho, Kibai la sujeta y se pone serio por un momento, explicandole que le parece su actitud. Acto seguido, comprende que se ha pasado, se disculpa y le luce su poncho.
10-03-2026, 04:34 AM (Última modificación: 10-03-2026, 04:38 AM por Maria Merlot.
Razón: Un codigo rebelde.
)
Narrador / María Merlot
¿Se podía ser más feliz?
Lo dudaba.
Luego de perder al peluche marrón.
Encontró uno dorado.
Al gato callejero, ella iba a cuidarlo como no pudo cuidar al hurón. Antes lo pensó, en llevarlo al Flush Royal, darle un hogar, alimentarlo con leche caliente, buscar bolas y bolas de lana, y quizás una caja, una vez vio a un minino jugar con una simple caja de cartón. Él no se podía imaginar, lo mucho que la emocionaba cultivar su amistad, porque luego de esa larga caminata dónde vieron tantas cosas de Whisky Peak, y sobre todo, dónde él detenía sus pasos para esperarla, o directamente iba a buscarla, no podía llamarse de otra forma que amigos… ¡Justo como sucedió con Helena y Paavo! Aunque ellos eran lobos, pero todos tenían pelos, eso los hacia iguales ¿no? Loca.
El poncho le quedo increíble, ya no estaba desnudo del pecho, ya no pasaría frio en las noches. Ella le sonrió con su particular encanto, que alumbraba todo su rostro haciéndolo aún más hermoso, siempre ajena a la batalla interna que enfrentaba el masculino. Antes de poder continuar con sus palabras, y en un movimiento curiosamente ágil, él le coloco una pata sobre la boca, y con la otra sujeto su diestra. Los ojos ámbar se abrieron, más por la sorpresa que por miedo, no había dolor en su agarre ni intenciones ocultas, aunque si enigmáticas; María conocía muy bien cuando alguien la tocaba para… cosas malas, ese, por supuesto, no era el caso. Aunque eso sí, la mirada prometía tormentas. Por lo que espero expectante la explicación. Si todo iba bien hasta ese momento.
Primero, mi nombre es Kibai, ni Goldie, ni Peluche, ni gatito, ¿de acuerdo? Ki. Bai.
María entendía, le estaba dando instrucciones y su nombre, además de todos los apodos por los que le llamaban; era obvio que no sería la única en decirle así, debería ser más original para el futuro. La mestiza, inclino un poco su cabeza, aunque la sujeción del mink le impedía hacer mucho, mientras lo miraba directamente a los ojos verdes, tan verdes como un bosque… o como la flema cuando estaba enferma ¿Tendría los ojos tan verdes por comerse los mocos? Aunque no era tan importante como otra cosa, antes lo había pensado, en tocar los mulliditos cojincitos de sus patas, y ahora estaban sobre sus labios…
— Mmmph phphphpmm mmmphphph — intento decir, pero la mano sobre su boca impidió que saliera algún sonido entendible. “¿Tus ojos son verdes por qué te tragabas los mocos de chiquito?”. Cuando abrió la boca para hablar, aprovecho y lamió la palma, no sabia a nada, aunque estaba suavecito, justo como lo imagino.
Segundo, no soy un gato, soy un leopardo. ¿Para nosotros es muy ofensivo que nos confundan, de acuerdo? Es como si a ti te llamo trucha, o salmonete, o esturión...
¿Un leopardo? Ante esa mención sus ojos brillaron aun más, ella no sabía de fauna silvestre, pero sí que habían gatos más grandes, y él era uno de esos gatos. ¡Las manchas eran la clave! No había visto gatitos con ese patrón, aunque si ropa… como la bandana del Capitán Uva, pieza de tela que reposaba en su camarote; claro, no estaba hecho con piel de verdad, ella jamás lastimaría a un animalito por moda, placer, hambre o gusto. ¡No, Enfoque! Él intenta decirle algo… ¿Ofensivo? ¿Lo ofendió? Los ojos de la chica se apagaron, no quería hacer sentir mal al minino, ella solo… siempre lo hacía, poner motes a todo lo que se movía, para recordar mejor... no lo hizo por mal. A María no le importaba que le dijeran atún, tonta, o cualquier otro adjetivo, aunque nadie la llamaba así, solo la Valquiria Besada por El Sol; el resto le decían MM y ya.
— Mmmph phphphpmm mmmphphph — la voz no se escuchaba, el sonido amortiguado era inentendible, aunque la entonación… no fue risueña, y por supuesto que debía ser así, porque se trataba de una disculpa por incomodarlo. “Lo siento, no volveré a llamarte como un animal que no eres. ¿Prefieres las frutas? ¿Los dulces? ¿Las estaciones?”
Las personas que pasaban se quedaban viendo la escena, una hermosa joven de larga cabellera celeste siendo… intimidada por un enorme mink, bueno, uno más alto que ella. Hasta la viejecita de los ponchos se levanto para intervenir, pero la mirada alfa y el gesto para que no se preocupara la detuvo. Era cierto, no había de que preocuparse, ella lo podía sentir, él no emanaba ninguna amenaza, y sus ojos no estaban vacíos, había vida en ellos, una vida que no denotaba maldad… María conocía la maldad de primera mano, siendo la victima favorita de un asqueroso tritón desde los trece años.
Y tercero, no voy desnudo, es el conjunto que el dueño de la tienda me ofreció. Pero gracias por el poncho, me gusta, en serio. Ahora, si quieres podemos darnos una vuelta por aquí y encontraremos las cosas que necesitas. ¿Después te acompañaré hasta dónde están tus amigos, te parece bien?
Comento, su voz sonó menos fiera, en especial cuando le dijo que le gustaba el poncho, a ella también. Cuando se alejó, y por consiguiente la mano dejo de estar en su boca, la joven siguió con su lengua las almohadillas… buscando darle una última lamida en vano — ¡Mi voz! ¡He recuperado mi voz gente! — comento sonriendo y levantando sus manos al aire, mientras giraba 360 grados, no una, sino dos veces, para quedar otra vez frente al felino y quien adopto una pose con las garras dentro del poncho — ¡Jamás había conocido un leopardo! — su voz vibro con euforia, y por segunda vez en el día, dio vueltas alrededor de él — Mi hermana me dice Atún, y Atún tonto otras veces, pero no es ofensivo si viene de alguien que te quiere, ella me quiere mucho, y yo a ella; aunque ahora mismo no estamos juntas, Unnie esta con sus nakamas y yo con los míos… — volvió a hablar, con su suave y preciosa voz. Luego de tres vueltas alrededor de él se detuvo — … si te relaciono con algo, no te olvidaré jamás… no quise ofenderte, Ki… Ki… Ki…Kiwi— lo ultimo lo dijo casi en un susurro, sonriéndole expectante ante el nuevo apodo — … las frutas son saludables… y esa en particular se parece a ti: doradito por fuera, verdecito por dentro… ¿Yeehei? — apunto con sus dedos índices cada ojo del felino, pero en vez de clavarlos solo molesto sus mejillas acolchadas mientras su expresión, mostraba los nervios ante la aprobación del nombre con el cual lo recordaría. No existía malicia en las intenciones de María, ella solo necesitaba llevar la realidad a su mundo, sino se sentiría perdida… como le paso con el perfecto marine pelirrojo.
Y perdona si te he asustado, te aseguro que no era mi intención.
— No pasa nada, Kiwi— susurro lo ultimo. Lo vio dar un paso atrás. María llevo sus propias manos a la espalda (con la bolsa de las compras colgando de su muñeca) alejándolas para no volver a tocarlo. ¿Asustado? Su reacción fue… comedida, hasta bondadosa en comparación con los amos que tuvo en el pasado, él no la asusto… porque nunca percibió señales de peligro en su actuar, solo quizás… cansancio, lo normal. No todos podían llevarle el ritmo. A la joven mestiza se le olvidaba que la mayoría de las personas no la escuchaban, no la entendían, no… lo intentaban — Realmente, quien debe disculparse soy yo. A veces me cuesta controlarme cuando me emociono… — suspiro, luego le sonrió, una media sonrisa de redención.
Él dio un giro mostrando el poncho.
La sonrisa, alegre de la joven, volvió a apoderarse de sus labios. Y el brillo regreso a sus orbes ámbar, aunque en menor intensidad que antes.
— ¡Bellísimo! Te queda bellísimo, combina con tus ojos, y el movimiento hace que parezcas un ave colorida surcando los cielos azules en busca de pareja para tener crías. Los machos más llamativos consiguen a las mejores hembras en el mundo animal... — aseguro guiñándole, asintiendo con su cabeza tres veces, lo que hizo que la larga cabellera bailara con ella. Claro, no fuera ella sin un comentario random que aprendió de Algodón de Azúcar.
El gesto de exhibición no se lo espero, eso le demostró y reafirmo, que el michi tenía buen corazón, justo como el suyo — Me gustan que me regalen cosas lindas, no rechazare su oferta señor… Ki…ki…ki…wi pero eso si… — se inclino hacia delante, iba a contarle un secreto. Aun le costaba decir su nombre —… déjame regatear a mí, lo conseguiré con descuento, al igual que tus gnomos, velas, siervas y anillos… te lo prometo — ella aun no entendía esa extraña lista de las compras del leopardo, sin embargo, iba a ayudarlo.
Sin dilatar más el camino, la chica paso a su lado siguiendo la marea de personas. Esta vez no le hablo, no quería aturdirlo más, no era tonta, aunque su hermana le dijera así. Lo que si no pudo evitar fue su caminar aleatorio, flotando de un lado a otro del muelle, empapándose con cada comerciante y sus productos únicos, soltando: “Wow” “Ah” “Mira” “Uuuh” ante los descubrimientos. Y por supuesto, no controlaba las miradas de las personas, que se quedaban embobados viendo a la hermosa sirena nadar entre ciudadanos de rostros comunes. María se detuvo frente a un puesto particular, vendían bisutería, no parecían de buena calidad… pero tenían anillos.
¡Anillos!
Ella debía conseguir un par de anillos a juegos para su falso matrimonio, dudaba seriamente que el serio pelirrojo los comprará, no por tacaño… sino porque, y aunque le siguiera el juego, era solo eso: un juego. Además, él no la volvería a ver, era María quien conocía como ubicarlo, cualquier cuartel de la marina seria suficiente para dejar la postal con el anillo adentro. Por primera vez, desde que emprendió esa aventura de especias con Kibai, se quedo quieta, pensativa y callada. Estaba evaluando cual sería el mejor…
— ¡Qué buen gusto, Señorita! — la voz del vendedor la hizo levantar la mirada de los anillos — … ese rojo que estas viendo es de los mas vendidos, a todos les gusta. Ese es diseño masculino, tengo el diseño a juego femenino — se apresuro a rebuscar y extendió ambos hacia la peliazul, quien los sujeto entre el índice y el pulgar de cada mano.
— Ummmmm — musito levantándolos al cielo, dónde la luz daba mejor… si, su ojo comerciante le decía que eran baratijas… no serviría para dárselo al marine, seguro lo echaría a la basura cuando viera esa calidad… aunque, ella no desecharía nada que él le diría, claro, nunca pasaría, porque no se volverían a encontrar… nunca; ya fue mucha casualidad encontrarse con él en esa isla — … no es lo que busco — dijo soltando un suspiro entre frustración y… esa cosa rara que le hacia sentir el pelirrojo. Dejo los anillos y volteo a ver al gato — ¿Alguna vez te has enamorado? — le pregunto sin anestesia, ella no estaba enamorada de nadie, pero se suponía era el paso previo al matrimonio… el paso que ella se saltó por un bien mayor, un bien… que, evito una muerte, pero que ahora le trajo a alguien en su vida que la hacia sentir… ¿desconcertada?
María espero pacientemente la respuesta del mink, no sabia que buscaba cuando soltó esa pregunta, pero no tenía a nadie más… su hermano no entendería, Hyakinthos era muy frio, Ashviel estaba desaparecido, Odeth solo cocinaba y Thrym… él no sabría guardar un secreto.
README
Resumen: María no siente ninguna amenaza o peligro provenir de Kibai. Por eso se queda quieta cuando él tapa su boca y sujeta su mano. Entiende que, como la mayoría, no puede seguirle el ritmo, así que se disculpa... y se toma con más calma el paseo en el muelle. Se detiene frente a un comerciante de bisutería, mirando los anillos de compromiso, para luego preguntarle al mink si alguna vez se ha enamorado.
En la bolsa de papel (2do. post): Galletas veganas, ajo en hojuelas, tres manzanas y una taza con forma de vaca. (Manzanas 1/3).
Karmas: Los del post antes anterior.
Nota: El soundtrack... así se siente María... cuando le bajan las revoluciones xD.
14-03-2026, 02:26 AM (Última modificación: 14-03-2026, 02:40 AM por Kibai.)
La situación, desde luego, no podía ser más caótica…
Kibai caminaba al lado de MM, que al menos parecía haberse calmado “minimamente”. Al menos lo justo para comportarse y poder seguir buscando los ingredientes que necesitaba de manera más o menos normalizada.
No obstante, mientras la joven peliazul salia disparada hacia un puesto de anillos, el mink se miró la mano con la que le había tapado la boca. Aquella chica definitivamente estaba loca si lo primero que se le había pasado por la cabeza había sido lamerle la mano cuando la había obligado a cerrar el pico.
“No sé que demonios te habrá pasado para ser así, chica, pero no ha tenido que ser nada bueno…” pensó mientras negaba con la cabeza y se dirigía hacia dónde su improvisada compañera de compras ya estaba examinando la mercancía del puesto.
Mientras MM miraba las piezas que el vendedor le ofrecía, Kibai dejó pasar la vista por las diversas joyas y bisutería que se exponían en las bandejas de madera, aunque sin quitarle ojo al vendedor, atento a si su expresión con respecto a la joven cambiaba de la mera profesionalidad. Después de lo ocurrido en la tienda de especies, y visto que MM tenía el sentido del peligro de un ladrillo, más valía prestar atención a cualquiera que hablase más de treinta segundos seguidos con ella.
— Si quieres mi opinión, y estás buscando dos anillos, el anillo de él no debería ser muy grande ni elaborado. — intervino el mink. — Las joyas así tienden a engancharse en el peor momento, y molestan para usar guantes y armas. Escoge algo sencillo para él, le gustará porque vendrá de ti. El resto es completamente secundario.
De manera casi automática, Kibai giró la vista a su alrededor, controlando el entorno, a la vez que deslizaba una hoja de lechuga dentro de su bolsillo dónde el Den Den Mushi continuaba dormitando. Varios de sus compañeros también habían abandonado el barco para reabastecerse, reparar su equipo y hacer algunas mejoras de cara a continuar su viaje, pero su olor no estaba por aquella zona, así que era factible que le reclamasen dentro de poco.
— ¿Alguna vez te has enamorado?
Los ojos del mink se abrieron, mientras las pupilas se le contraían, a la vez que se giraba hacia MM, que lo miraba expectante, balanceando la cabeza de lado a lado con una expresión inocente y curiosa en el rostro. En un acto reflejo, Kibai posó una mano encima de su pecho, dónde debajo del poncho, en el bolsillo de la americana, asomaba un trozo de fina tela, blanca como el alabastro, compuesta de un delicado encaje.
Enamorado? Aquella era una muy buena pregunta...
El mink miró hacia el mar que se extendía más allá del mercado. Su cabeza voló tras el horizonte, superó la Reverse Mountain, de vuelta hacia el South Blue. Casi como si pudiese volver a sentirlo, un aroma de azucar quemado llenó sus fosas nasales. Aunque era solo un recuerdo, lo sentía tan vívidamente como si la tuviese al lado.
— No díría que estoy enamorado, sería mentirme a mi mismo y a ella. Enamorarse requiere tiempo, conocer a esa persona, enfadarte con esa persona, y comprender que vuestro enfado no vale la pena si eso os mantiene alejados el uno del otro.
Kibai volvió a enfocar a la joven de pelo azul con la mirada, con los ojos brillando de una determinación absoluta.
— Pero hay una persona a la que he prometido volver a ver. No sé cuando, y no sé muy bien siquiera si será posible por mis obligaciones. Pero que algo sea imposible deja de tener importancia si estás lo suficientemente decidido a ello.
Tras el súbito arranque de honestidad, Kibai desvió la mirada hacia el resto del mercado, sintiéndose muy estúpido de repente.
“La has visto dos veces, Kibai. Y ya estás con demasiadas cosas en la cabeza. Ella está en el South Blue, y tú eres un maldito marine… La División 60 no va a detenerse a que te vayas de escapadita feliz cuando hay deberes que cumplir”
Sacudiendo levemente la cabeza para quitarse los nubarrones de encima, el mink aguardó pacientemente a que MM acabase de parlotear con el vendedor antes de, con ya algo de experiencia en lo que era acompañar a la joven, engarzó su propio brazo con el suyo, mientras se adentraban en el mercado.
— Has dicho que necesitaban ajinomoto, no es así? No debería ser muy complicado pero la mejor manera que tienes de encontrar algo así es siempre usar tu olfato. — dijo dándole un toque con el dedo en la nariz a MM. — El ajinomoto se emplea para darle gusto a los caldos y salsas, así que…
Kibai detuvo su paso, cerrando los ojos y aspirando profundamente por la nariz, hinchando su ya de por sí voluminoso pecho, antes de dividir mentalmente todos los aromas que su olfato iba percibiendo: el agradable olor corporal de MM (aunque nada tenía que ver con el de ella), sal marina, redes mal limpiadas, pescado, mariscos… Finalmente, el mink abrió los ojos con una sonrisa. Ahí estaba lo que necesitaba: el inconfundible aroma del humo y el carbón.
— Por aquí.
Casi de manera automática, como siempre que seguía un rastro, Kibai condujo a su acompañante entre varios puestos de mercaderes, hasta llegar a un pequeño carro estacionado al lado del borde del muelle, donde un hombre con delantal y un pañuelo atado alrededor de la cabeza removía el contenido de dos ollas, una de un color lechoso y otra de un profundo color rojizo. El mink tomó asiento en uno de los taburetes delante del carro, cuya cubierta desplegada servía de improvisado techo y un tablón encajado entre los palos como barra.
— Buenos días jefe! Mi amiga y yo estamos muriéndonos de hambre. Si las ollas ya están a punto, nos gustaría comer algo.
El hombre se giró, y Kibai puedo notar de inmediato como su sudoración se incrementaba ligeramente al ver a la joven semi sirena, dando pequeños saltitos de emoción en la silla.
— Oh por supuesto por supuesto señores clientes. Hoy tengo un tonkotsu que he empezado a cocinar al amanecer y también Mafo Tofu, si gustan.
Tras olfatear el ambiente una vez más, Kibai señaló hacia la olla con el contenido de color rojo.
— Dos raciones del Mafo Tofu, por favor.
El cocinero asintió y sirvió rápidamente dos boles humeantes sobre la barra de madera. El Mapo Tofu llegó acompañado de un aroma intenso a especias y que inundó el pequeño puesto.
El plato consistía en una base de arroz blanco cocido sobre la que reposaba un guiso de salsa roja y espesa. Los cubos de tofu, blancos y de corte limpio, estaban mezclados con soja seca y trozos de judía negra fermentada. Un chorro de aceite de chile teñía el conjunto de un tono anaranjado, mientras que un poco de cebollino picado y pimienta molida remataban la superficie. El vapor que desprendía el bol era denso, cargado con el olor picante y terroso característico de los fermentos.
Kibai observó cómo las burbujas de aceite se asentaban en los bordes del recipiente antes de coger sus palillos, le pasaba otro par a MM y juntaba las manos inclinado levemtne la cabeza para agradecer la comida.
— Cuidado, MM —advirtió el mink, tomando las paletas de madera y pasándole una a la joven. — Si lo comes muy rápido, el picante te hará olvidar hasta cómo te llamas.
Pero, conociendo a su acompañante, Kibai sabía que aquel aviso era probablemente una invitación al desastre. Mientras él soplaba con paciencia su primera cucharada, el aroma a ajo frito, jengibre y chiles fermentados ya había invadido cada rincón de sus sentidos.
— Bon appetit!
Mafo Tofu sabrosón
Mientras comía, el mink miraba entretenido como la joven engullía el tofu con ansia.
— Venga, venga, despacio, que no se va a acabar! Notas ese regusto que te llena la boca?. Eso es el ajinomoto. Oiga jefe? Sabes de alguien de por aquí que venda ajinomoto? Mi amiga necesitaba comprar un poco para su cocinera.
El hombre les señaló hacia la zona sur del muelle.
— El viejo Svensson lo vende. No tiene pérdida, es el puesto con el cartel de color verde brillante. Os venderá lo que necesitéis.
Tras acabar los cuencos y darle las gracias al amable señor, mink y semisirena se levantaron y se dirigieron en la dirección indicada. Con el calor del tofu llenando su estómago, Kibai le pasó un brazo por encima del hombro a MM, acariciando su brazo en un gesto de ánimo.
— Ves? a veces no hace falta ir a toda prisa de lado a lado, sino simplemente sentarse a disfrutar de un buen plato de comida, y la solución aparece sola.
Si quieres mi opinión, y estás buscando dos anillos, el anillo de él no debería ser muy grande ni elaborado.
María aparto los ojos de los aros que sostenía entre sus dedos, esas piezas que percibía con su ojo de comerciante baratas y burdas. La voz del Leopardo atrajo su atención. Si, ella buscaba dos alianzas matrimoniales. Los tipos rudos y románticos de hace dos días le comentaron la importancia de llevarlos a juego con su esposo. Necesitaba encontrar algo que pudiera enviarle junto con las postales, pero esos no cumplían sus expectativas, debía ser algo único y especial, aunque fuera un matrimonio falso… ella quería hacerlo bien, y cumplir con su palabra de la mejor manera posible.
Las joyas así tienden a engancharse en el peor momento, y molestan para usar guantes y armas.
— Hmmp… — musito apenas audible. Kiwi hablaba con una serenidad mezclada con autoridad que la hacía sentir… como si conversará con alguien muy sabio, curtido por la vida, justo como Thrym-sama. Su comentario fue muy acertado, ella no lo pensó antes. El perfecto marine pelirrojo usaba un arco, podría molestarle al momento de tirar de la cuerda, o lo que hicieran los arqueros. En su caso propio, ella usaba guantes, algo muy elaborado podría lastimarla. Eso la hizo evaluar sobre conseguir unas sencillas piezas, unas bandas doradas como el primo que los unió en el foso, fue lo que dijo en esa oportunidad.
Escoge algo sencillo para él, le gustará porque vendrá de ti. El resto es completamente secundario.
¿Le gustará por que vendrá de ella? Ese comentario la hizo bajar la mirada al suelo, y sonreír de manera traviesa. Si el Leopardo supiera, que era muy evidente que “ÉL”, su esposo, no soportaba a los piratas, y ella, sin proponérselo realmente, resultaba ser uno. Aun no entendía porqué Bertram Gaufrid le seguía el juego, porqué a pesar de la indudable brusquedad en su voz, también había amabilidad. No sabía que pasaba por la cabeza del pelirrojo… pero, si sabía una cosa: el agua y el aceite no se mezclaban, como tampoco el día y la noche se encontraban...
La confusión en sus pensamientos, que no tenia nada que ver con el corazón, la hizo hacer la pregunta al Mink. Ella quiso retractarse luego de formularla, con un comentario random, estuvo a punto de hacerlo aprovechando la sorpresa inicial… pero cuando lo vio procesando, con esa tranquilidad que parecía ser su insignia, la pregunta para darle una respuesta, y más aun llevar la mano al pecho, justo por encima del órgano responsable de bombear sangre y no del amor, supo que no podría retirarse. Así que solo lo miro expectante, inclinando un poco su cabeza…
No diría que estoy enamorado, sería mentirme a mí mismo y a ella.
La atención del Leopardo fue a todos lados, hasta perderse en el horizonte cuando comenzó su elocución. La vena cotilla de María se encendió, sus chismes favoritos eran los de la prensa rosa. Había un ella… ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¿Por qué no era enamoramiento? Tantas preguntas, pocas respuestas. Sus ojos ámbar brillaron, dando un paso más hacia el felino para prestarle toda la atención posible. El ruido del muelle se perdió, solo existía la voz de Kiwi.
Enamorarse requiere tiempo, conocer a esa persona, enfadarte con esa persona, y comprender que vuestro enfado no vale la pena si eso os mantiene alejados el uno del otro.
¿Enamorarse requiere tiempo? ¿Conocer a Bertram Gaufrid? ¿Enfadarse con él? ¡No, no, no! No con él, sino con quien sintiera el enamoramiento, pero si hipotéticamente fuera el pelirrojo, entonces estaba aun más complicado todo. Comenzando porque no estaban separados porque estuvieran enfadados el uno con el otro, sino porque literalmente pertenecían a bandos contrarios y rivales. María mordió su labio inferior, un hábito que cada vez imitaba mas de Hyakinthos mientras con sus manos tomaba un mechón de su largo cabello celeste y lo acariciaba. Luego estaba el hecho de conocerse, se conocían por… ¿Cuántos minutos? ¿60, 90, 100? Y eso si contaba el encuentro con el pato dientón. Solo sabía que se llamaba Bertram Gaufrid, que era marine, que tenía un peluche llamado Rasmussen, usaba el arco, y claramente odiaba a los piratas.
Pero hay una persona a la que he prometido volver a ver. No sé cuándo, y no sé muy bien siquiera si será posible por mis obligaciones. Pero que algo sea imposible deja de tener importancia si estás lo suficientemente decidido a ello.
María levanto la mirada mientras asimilaba las palabras, lo hizo porque sintió la de Kibai sobre ella. El gato sonó diferente, a los ojos de la mestiza su postura cambio, su voz adquirió un matiz más dulce y suave, diferente a todo lo que divisó de él hasta ahora ¿Seguro que no estaba enamorado? — … las promesas siempre deben cumplirse, Kiwi — comento dedicándole una sonrisa afable — … me gusta eso, de hacer lo imposible posible… si estas lo suficientemente decidido. No sé quién sea ella, pero es afortunada de tenerte… y de que la… respetes de esa manera tan… arcoíris — soltó al final, porque para María sus vocablos, y expresiones, fueron un despliegue de colores hermosos... que guardaría en su memoria, pero por si acaso, también los escribiría en su bitácora, para no olvidarlos.
Ella no era una experta en el amor, pero la conversación le abrió los ojos a dos importantes puntos: 1. Él estaba, sin miedo a equivocarse, enamorado... lo que sería en idioma animal… ¿En celo? 2. Ella no estaba enamorada de Bertram, y él tampoco de ella; porque no se conocían, porque no se trataban como el felino a su mujer misteriosa. Él, a pesar de ser amable, tenía esa tonalidad tosca cuando hablaba con ella; siendo un perfecto marine, dudaba profundamente que les hablará así a los ciudadanos comunes. No es como si fuera su culpa ser pirata, considerando que fueron los únicos que la ayudaron de verdad, sino seguiría en la pecera del asqueroso proxeneta… o peor aún, Pedro ya hubiera regresado por su Kassandra.
El pequeño silencio entre ambos solo sirvió para que María continuara sus cavilaciones. ¡Si tan solo no hubiera hecho esa estúpida promesa de escribirle! Cada vez que escribía una postal contándole cosas sobre ella, la hacía sentir más cercana… diferente a cuando hablaba con el Wanted del peluche hurón. Su mente siempre fue su único refugio, su mente no pudieron quebrarla o ultrajarla… entonces, cuando se sentaba a escribirle… era como si tuviera a alguien que realmente la viera… ahora que conocía su sonrisa y su risa, se lo imaginaba con esas expresiones al leer sus postales… aunque la realidad fuera otra, tal vez de desagrado porque una pirata lo molestaba, y terminaban arrugadas, desechadas o en la hoguera. Ese pensamiento pincho su corazón, sus hombros decayeron. Soltó un suspiro resignado, quizás ella si estaba cautivada, solo un poquito, por él. Daba igual, porque nunca se volverían a ver, el océano era tan basto que no los cruzaría por casualidad otra vez. Así que solo sería una ilusión bonita de su cabeza, como cuando pensaba en su padre muerto.
— … nosotros nos vamos. Gracias Señor — dijo saliendo de su trance, aceptando la realidad. Ella era muy buena aceptando y siguiendo adelante. Aferrarse a lo que no podía controlar, era suicidio, depresión, ansiedad. Los grillos volvieron y su sonrisa también — … ¿Tiene nombre tu chica? — pregunto curiosa cuando él engancho su brazo al suyo. Esa acción la hizo chillar de la emoción. ¡El minino la estaba tocando como si fueran amigos! María solo pudo dedicarle su sonrisa mas radiante olvidando por completo cotillar sobre el romance de los gatitos.
Has dicho que necesitaban ajinomoto, no es así? No debería ser muy complicado pero la mejor manera que tienes de encontrar algo así es siempre usar tu olfato.
La risa, tan hermosa como ella, floreció con alegría cuando sintió un dedo de la pata del Leopardo sobre su pequeña nariz — ¡Ooooh! — musito totalmente encantada con el peluche moteado — … Bonita hace salsas muy ricas, con razón… ¡Es su secreto! — le respondió levantando su nariz para intentar olfatear pero nada relevante llego hasta ella, si en algo podía confiar era en su vista; y su vista le mostró como el felino si confiaba mucho en su sentido del olfato… él estaba rastreando.
Por aquí.
Fue como verlo encontrar las respuestas sin mover una garrita. Luego la guio entre la multitud, sin soltarla. Si María fuera de las que analizaba de mas las cosas, esa habilidad del felino, sin duda la etiquetaría como aterradora. ¿Podría rastrearla a ella? ¿Importaba? ¿Por qué su amigo experto en el amor la rastrearía? La apariencia de María no dejo de atraer miradas, su cabello celeste bailando al viento mientras era arrastrada por Kibai hasta un puesto de comida. Lo vio tomar asiento, ella lo imito; aunque no muy convencida, porque su dieta era algo especial, casi no comía nada de lo que ofrecían en la mayoría de los restaurantes. La joven dejo la bolsa de la otra tienda a un lado.
¡Buenos días jefe! Mi amiga y yo estamos muriéndonos de hambre. Si las ollas ya están a punto, nos gustaría comer algo.
Ante ese comentario, la mestiza volteo a mirar al masculino. Sus ojos abiertos como platos y su boca abierta formando una perfecta “O”. ¿Escucho bien? ¿MI AMIGA? ¿Al fin tenía un amigo peluche de este lado del mar? María llevo sus manos a cada mejilla propia, y la “O” paso a ser una sonrisa muy amplia. Si sus sentimientos pudieran exteriorizarse se verían como estrellitas a su alrededor — ¡Yeeheiiii! Si, tenemos mucha, mucha hambre, tanta que podría comerme todo una isla con mi amigo— comento feliz, haciendo énfasis en la última palabra y mirándolo como si tuviera una aureola y alas blancas, como si fuera un ÁNGEL en la tierra.
Kiwi y el vendedor intercambiaron palabras, María estaba flotando en una nube. Lo que pidiera el peluche estaría bien, aunque tuviera animales muertos. No sabía cómo iba a tragárselo pero se lo tragaría, su amigo peludo le estaba ofreciendo un plato de comida, ella no iba a rechazarlo. ¡Un amigo peludo! ¿Podría ser mas dichosa? — Sapo Soso, suena espectacular para mi — comento entendiendo mal el nombre del platillo mientras se balanceaba de un lado a otro sin borrar su preciosa sonrisa desbordante de júbilo — … es un gran día, me alegro de haber sido emboscada por Bonita para hacer sus compras. Lo marcaré en mi calendario como el Día del Ajinomoto Moteado. Escribiré sobre ti en mi diario, sobre lo increíble que eres,amigo— inclino la cabeza hacia él, mirándolo como un niño miraría a su ídolo.
El cocinero de pronto puso un plato burbujeante delante de ella, con unos palillos. Se veía curioso… ¿esos trozos serían carne? ¡No importaba! ¡SU AMIGO LA ESTABA ALIMENTANDO! No podía ser tiquismiquis, se tragaría la carne sin vomitar… por la fuerza de la amistad peluchistica.
Cuidado, MM. Si lo comes muy rápido, el picante te hará olvidar hasta cómo te llamas. Bon appetit!
¿Picante? Cada vez sonaba peor el asunto, pero no podía acobardarse, así que le dedico su sonrisa sirenezca, un guiño y procedió a… comer. Despego los palillos y tomo el primer bocado — … ¡Quema y pica! — comento tomando otro bocado, no sabia a carne… realmente no sentía que estuviera comiéndose a alguien, así que eso le dio mucha mas convicción para engullir todo ese plato.
Bocado.
Quema.
Pica.
Soplo.
Venga, venga, despacio, que no se va a acabar! Notas ese regusto que te llena la boca?. Eso es el ajinomoto. Oiga jefe? Sabes de alguien de por aquí que venda ajinomoto? Mi amiga necesitaba comprar un poco para su cocinera.
¡SU AMIGA!
Bocado.
Quema.
Pica.
Soplo.
Lo repitió varias veces, pero no se detenía, no podía, no cuando le decía AMIGA el peluche moteado. Uso su mano menos hábil para abanicarse, el tipo que atendía el local también la estaba ayudando con un cartón al ver sus mejillas rojas, y sus ojos llenarse de lágrimas no derramadas, pero no la detuvo porque vio la convicción en ella. ¡Una señorita muy hermosa y decidida! — … Esta… cof… muy… cof… bueno… cof… gracias… cof… amigo cof cof — intento decir, pero la tos y su expresión solo reafirmaban que la estaba pasando mal con el picante y lo caliente del plato — ¿Agua? Cof — pidió en un chillido al buen comerciante, quien enseguida se la dio y ella pudo refrescarse — … Cof… ¿qué… cof… es…cof? — pregunto cuando ya iba por la mitad, tampoco comía mucho, esta llena para ese momento, pero no podía dejar nada que su AMIGO PELUCHE le invito.
— … arroz, tofu, soja, judías fermentadas… — recito el hombre mientras María limpiaba algunas lágrimas no derramadas de sus ojos — … ¡Mi mejor plato vegano! — finalizo con la confianza del que ha hecho un gran trabajo.
— ¿No cof tiene nada cof vivo en su cof preparación? — cuestiono la celeste, esperando con mucha expectativa la respuesta.
— No — respondió llanamente, dándole otro vaso de agua.
— Cof es cof lo mejor cof que he comido cof desde que cof llegue a esta isla cof — dijo con total honestidad, aunque el picante y lo caliente le estuvieran destruyendo las papilas gustativas, la faringe, el esófago, el cardias y por ultimo el estómago. ¡No quería ni imaginar cuando saliera de su cuerpo!
Con ese comentario, y escuchando que ya tenían dónde buscar el ajinomoto, la semi sirena volvió al ataque del cuenco, que, aunque ya estaba un poco menos caliente, aun picaba como el demonio — Cof gracias… cof… Kiwi — le agradeció a su nuevo amigo.
— ¿Esta llorando, Señorita? ¿Se siente bien? — pregunto con evidente preocupación el cocinero, quien le paso una servilleta.
— Cof… no, no estoy llorando cof, estoy muy feliz cof me siento cof muy bien cof increíblemente bien cof de haber cof comido con cof Mi Amigo— comento tomando la servilleta y limpiando las lágrimas. Sus mejillas estaban rojas, otorgándole un plus adorable a su belleza.
Ves? a veces no hace falta ir a toda prisa de lado a lado, sino simplemente sentarse a disfrutar de un buen plato de comida, y la solución aparece sola.
— Cof cof lo veo, amigo, lo veo cof cof — le respondió María intentando sonreírle pero aun estaba mal por aquel plato de comida, debió tomárselo con calma, hacerle caso al felino pero en su euforia solo se dejo llevar — Cof… anotare cof ese consejo también cof — miro como el brazo musculoso descanso en su hombro, y la caricia la hizo relajarse. El carraspeo iba quedando atrás, aunque su cuerpo estaba… empezando a pasarle factura — Cof Amigo Kiwi cof te gusta mucho el cof ¿picante? — le pregunto, si su amistad dependía de ese alimento infernal… ella necesitaría que Hyakinthos le preparada muchos antídotos.
María respiro, inhalando y exhalando. La tortura de la amistad mink leoparda iba quedando, aunque su boca aún se sentía pesada, y su estomago extrañamente prensado. Llegaron sin perderse hasta donde el tal Svensson, porque SU AMIGO estaba guiando esa travesía, si lo hacía María, seguro estarían yendo al otro lado del muelle.
— ¡Por las olas del mar del Este! ¡Una hermosa mujer en mi humilde puesto de especias! — el viejo salió de detrás de stand, haciendo una reverencia y tomando la mano de María para plantarle un beso — Pide lo que quieras, Señorita, te lo daré a ti con un enorme descuento — le soltó la mano, no hubo realmente connotación negativa, solo pura admiración ante la belleza delante de él — Eres un hombre afortunado. Cuídala amigo, en estos mares lo único y hermoso es muy bien valorado… — musito lo ultimo entrecerrando los ojos hacia las escamas en sus hombros — Entonces… ¿qué es lo que buscan? — dijo con entusiasmo sonriendo con su cara curtida por la vejez, como si nunca hubiera dicho algo tan extraño.
— ¡Ajinomoto! — soltó María sin pensarlo, era lo que buscaban luego metió la mano en su pecho derecho, dónde guardo la hoja con el resto de ingredientes, y la extendió hacia el hombre que con un sonrojo la tomo — … y cof… todo lo de esa lista por favor cof — solicito con su sonrisa amable, aunque su faringe continuaba protestando y su panza retorciéndose — … la afortunada soy yo, cof de tener un amigo tan cof caballeroso peludo — comento respondiendo a lo anterior que había dicho el sujeto, ella no había entendido que él los relaciono como “pareja” — … Amigo Kiwi… ¿también buscabas especias? — lo miro de reojo, llevando su diestra al propio estómago, no se estaba sintiendo nada bien.
— ¡Aquí tiene todo lo de la lista, Señorita Hermosa! — estiro una bolso hacia ella, ella le dio unas monedas pero no logro agarrar los ingredientes comprados.
La brisa soplo, removió sus cabellos celestes, y trajo consigo el olor del Mofo Tofu. María sintió arcadas, escalofríos en su cuerpo, se llevo la mano a la boca — … l-lo si-siento — apenas alcanzo a decir, antes de ponerse una mano en la boca y salir corriendo. ¿Hacia dónde? ¡Hacia donde pudiera vomitar!
Corrió, evitando personas, tropezando a otras más, que cuando la veían la molestia inicial desaparecía. No quería vomitar a nadie, pero no aguantaba más, al dejar el muelle y sentir la arena, fue hacia dónde no veía personas…
Su voluntad se rompió, las arcadas ganaron, su estómago devolvió aquel rico, pero mal habido platillo vegano.
¡Blaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaargh!
¡Blaaaaaaaaaaaaargh!
¡Blaaaaargh!
Su cuerpo convulsiono con cada regurgitar, si tragarse el picante y lo caliente había sido difícil, la salida no estaba siendo mejor. ¡La amistad con el Leopardo la estaba matando! Y moriría feliz de ser el caso… solo debía sacarlo todo, ya estaba en eso ¿No?
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Resumen: María procesa las palabras de Kiwi sobre el amor, y llega a la conclusión de que tal vez este un poco enganchada con el marine pelirrojo pero que se le pasara porque no volverá a verlo nunca jamás. Cualquier pensamiento racional se esfuma de su cabeza cuando Kibai la llama amiga, entrelaza su brazo con el de ella y le toca la nariz. La mestiza esta tan feliz de tener un nuevo amigo peludo que no le importa que hay en el tazón (es vegana), no le importa quemarse al comerlo ni que el picante este destrozando todo su sistema digestivo. Cuando se dirigen al puesto del ajinomoto empieza a sentirse mal. Paga las especias pero no logra agarrarlas porque las arcadas ganan, necesita vomitar. Así que corre lejos, a cualquier lugar vació y devuelve todo lo comido antes.
En la bolsa de papel (2do. post): Galletas veganas, ajo en hojuelas, tres manzanas y una taza con forma de vaca. (Manzanas 1/3).
Kibai observó extrañado como MM ponía una cara de todo menos saludable antes de disculparse y salir corriendo. La joven peliazul saltó del muelle y empezó a correr por la arena.
— Vaya…— comentó el anciano que el dueño del puesto de comida había identificado como Svensson. — diría que su amiga no se encuentra muy bien.
El mink se dio un leve golpe en la frente. MM había devorado el plato de tofu casi sin pararse a respirar. A él mismo, que tenía una gran afición por el picante, aún le ardía la boca tras la parada técnica que habían realizado. A buen seguro, la sacudida que había recibido la pobre semi sirena en el estómago entre el caldo hirviente, el picante y el medio litro de agua que se había embuchado de un trago habían sido el equivalente a una andanada de un acorazado de la Marina.
Tras recoger la bolsa de MM y la suya propia, así como un pequeño molinillo que pudo adquirir, Kibai se dirigió hacia el muelle, rastreando el olor de MM, que aunque no era especialmente destacable, si había estado a su lado el tiempo suficiente para distinguirlo. Sin embargo, apenas tuvo que esforzarse ya que un sonido llegó claramente hasta sus oídos.
¡Blaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaargh!
¡Blaaaaaaaaaaaaargh!
¡Blaaaaargh!
Tras aquello, una ráfaga de viento trajo hasta Kibai el olor del tofu que se habían comido hacía un rato, junto con el ácido aroma de la bilis y el punto acre de la comida apenas digerida. Kibai observó a MM durante un segundo, o más bien, observó el desastre en el que se había convertido la joven. Los efectos del Mapo Tofu habían sido inmediatos y devastadores. La chica estaba prácticamente ovillada en un rincón del muelle, con la cara roja como un tomate y soltando pequeños quejidos ahogados mientras intentaba, sin éxito, abanicarse la lengua con la mano. El picante de de aquel plato desde luego no perdonaba, y menos a alguien con su ímpetu.
Arrugando la nariz ante el espectáculo, el mink soltó un suspiro de resignación. Sabía que el agua que llevaba con él en la cantimplora por sí sola no serviría de mucho; necesitaba algo sólido para limpiar el desastre y algo dulce para aplacar el incendio que MM tenía ahora mismo en la boca. Se ajustó el poncho y cambió bruscamente de dirección, dejando atrás el puesto del viejo Svensson para internarse de nuevo en el bullicio de la hilera de comerciantes.
En primer lugar, se detuvo frente a un puesto de telas y suministros generales. El toldo estaba raído por el salitre y el dueño, un hombre de mediana edad con los dedos manchados de tinta, ni siquiera levantó la vista de un libro de cuentas cuando Kibai se acercó. El mink empezó a examinar la mercancía expuesta sobre el mostrador: había rollos de lona pesada para velas, cuerdas de cáñamo y una pila de retales de diversos tamaños.
Kibai alargó la mano y palpó un trozo de tela de algodón crudo. Era áspera, demasiado basta para lo que buscaba. Pasó a la siguiente pila y sacó un pañuelo de cocina cuadrado, de un color blanquecino con una sencilla raya azul en el borde. Lo estiró entre sus manos, comprobando la resistencia del tejido y su capacidad de absorción. Era sencillo, funcional y, lo más importante, estaba limpio.
— Oiga, amigo, ¿cuánto por este trapo? —preguntó Kibai, dejando caer el pañuelo sobre el mostrador.
El vendedor levantó la vista finalmente, entornando los ojos para evaluar al mink. Sus ojos se detuvieron un momento en el el poncho antes de responder con desgana.
— Trescientos berries. Es algodón de buena calidad, aguanta lavados con sosa.
Kibai soltó una risa seca, sin rastro de humor. Sus dedos tamborilearon sobre la madera de la barra.
— Es un retal sobrante con un dobladillo mal hecho, jefe. No me cuente historias. Le doy ciento cincuenta y me lo llevo ahora mismo, así puede volver a sus cuentas.
El hombre cerró el libro con un golpe seco y se cruzó de brazos.
— Doscientos cincuenta. No voy a perder dinero hoy.
— Doscientos — replicó Kibai con voz plana, dejando las monedas sobre la madera una a una, haciendo que el metal tintineara—. Y no me haga perder el tiempo, que tengo a una emergencia médica esperándome en forma de sirena de pelo azul y poco o ningún sentido común.
El vendedor miró las monedas, luego la cara inexpresiva del marine y, finalmente, refunfuñó algo ininteligible mientras barría los doscientos berries hacia su cajón. Kibai guardó el pañuelo en su bolsillo sin añadir nada más, hizo un breve gesto con la mano a modo de despedida y se marchó.
Su siguiente parada fue un puesto de frutas cercano. El olor dulce y atrayente de las frutas de hueso maduras flotaba en el aire, compitiendo con el aroma a pescado del mercado. El mink optó por tomarse su tiempo aquí, en vez de apresurarse. No podía llevarle cualquier cosa a MM si quería que el picante remitiera. Se acercó a una cesta de mimbre llena de melocotones y nectarinas que brillaban bajo el sol.
Con movimientos precisos, Kibai tomó una de las piezas. La presionó ligeramente con el pulgar cerca del tallo para comprobar su madurez; no debía estar ni demasiado dura ni excesivamente blanda. La olió, buscando ese rastro floral que indicaba un alto contenido en azúcar. Repitió el proceso hasta seleccionar cinco piezas de buen tamaño, todas con la piel tensa y sin magulladuras.
— Póngamelas en una red, por favor — le dijo a la frutera, una mujer anciana que lo observaba con curiosidad.
Tras pagar el precio estipulado por la fruta sin discutir, ya que al menos en este caso la calidad del producto no admitía regateos, Kibai se encontró cargando con todas las compras. El pañuelo, la red de frutas y las especias que ya traía de antes formaban un bulto considerable, pero se movía con la agilidad propia de su especie.
De un salto ligero, el mink bajó de la plataforma de madera del muelle a la arena de la playa baja, donde el agua apenas lamía la orilla. Comenzó a caminar tranquilamente, con el paso firme de quien ya ha cumplido con su deber, hacia el lugar donde MM seguía convulsionando de forma dramática. La joven peliazul parecía un pez fuera del agua, intentando recuperar el aliento en un rincón sombrío.
Kibai se detuvo frente a ella, proyectando su sombra sobre su figura encogida. Con un movimiento fluido, sacó un melocotón de la red y lo limpió rápidamente con el pañuelo nuevo.
Sin decir una palabra, Kibai le alargó el trozo de tela para que se limpiase la boca, antes de dar una patada al suelo para cubrir el mejunje rojizo que había salido de las tripas de la joven con una nueva capa de arena.
— Te dije que no comieses tan rápido. Anda, enjuágate la boca con esto, ansiosa.
Tras darle el odre, Kibai la miró de arriba a abajo. Quizás el acto de vomitar no fuese estrictamente por la comida en si. Viendo lo inconsciente que era aquella chica, habría sido capaz de haber pasado todo el día al sol, y todo aquello fuese un principio de insolación galopante. El mink no era ningún médico, pero había pasado el suficiente tiempo en alta mar apra saber los peligros de la exposición al astro rey.
Recordando las lecciones del capitán Seijuru, dejó todas las bolsas en el suelo y se sacó el poncho por la cabeza y sin darle opción a protestar se lo calzó a MM de un solo movimiento. Tras sacar una de las frutas de la ed y ponérsela en las manos, Kibai tomó las bolsas por el asa y las deslizó hasta su antebrazo antes de agarrar a la joven por debajo de los brazos y las rodillas y levantarla en vilo en posición horizontal y volver a la madera del muelle de un salto.
— Ni media palabra de protesta, jovencita.— le dijo mientras comenzaba a caminar en dirección a la salida del mercado. — Ya tienes todo lo que has venido a buscar, y es posible que estés mala, por eso la comida te ha sentado mal. Cómete la fruta poco a poco, te aliviará el estómago con su zumo. Y ten cuidado, que el centro tiene hueso.
Mientras continuaba caminando, casi indiferente al leve peso de MM en sus brazos, a Kibai no pudo evitar dibujársele una sonrisa. La última vez que una mujer había estado en sus brazos, dudaba mucho que siquiera hubiese podido recorrer diez pasos.
“Al fin y al cabo, cuatro metros son cuatro metros” pensó mientras ajustaba un poco la posición de MM para agarrarla mejor. Por suerte, al haberla cubierto con el poncho, evitaba que al andar o al moverse ella levemente, parte de sus piernas o de su busto quedasen algo más expuestas de lo que deberían ante la curiosa mirada de los transeúntes.
— Ah, y tengo una buena noticia. Ya no tienes por qué preocuparte por tu encargo. Ya me he encargado de recogerlo todo, así que tu amiga podrá volver a cocinar esas salsas tan ricas de las que me hablabas. Además, también he encontrado todo lo que necesitaba yo, hasta el molinillo, ¿te lo puedes creer? El dueño del puesto de comida tenía razón, el viejo Svensson tenía de todo y más.
Viendo que al menos la frescura de la fruta parecía en apariencia ir calmando el estómago de MM, Kibai decidió seguir hablando, atento a las indicaciones y carteles que señalaban el camino de vuelta hacia los muelles. Si lo que le había dicho la joven era correcto, seguramente su barco estuviese en aquella dirección.
— Antes, en la tienda de especies, me di cuenta de algo. Tienes que procurar tener más cuidado, vale? Aquel hombre… supongo que no te enteraste pero no tenía buenas intenciones, quería hacer algo malo contigo. Claro que tú estabas distraída porque te dio pena verlo sangrar, pero cuando trató de deshacerse de mi, fue porque no quería que nadie pudiese ayudarte. Y yo no estoy de servicio, ni destinado a la base de la Marina de esta isla, así que no hubiera podido detenerle sin pruebas, tampoco iba a dejar que te hiciese daño, as que elegí comportarme como un civil y dejarle claro que estabas bajo mi protección.
Kibai se detuvo un momento, manteniendo a la joven semi sirena entre sus brazos, aunque la urgencia de su voz hizo que la estrechase un poco más contra él.
— Pero yo no voy a estar siempre presente para cuando alguien quiera hacerte algo malo, ¿comprendes? Así que tienes que procurar estar un poco más atenta a quién te habla y cómo te habla. Si ves que son muy amables y pretenden quedarse contigo a solas enseguida, seguramente no sea para nada bueno.
Tras aquella última frase, el mink continuó su camino hacia la zona dónde numerosos barcos estaban atracados. Recorriendo la fila con la vista, localizó el Royal Quiver en un extremo, ya reparado tras los acontecimientos de la Reverse Mountain.
— Vale señorita, ya hemos llegado a la zona de los muelles. Dime cuál es tu barco y te acompañaré hasta él.
La caja de Pandora
Resumen
Kibai se percata del desaguisado que tiene montado MM, así que le compra unas frutas para que se quite el sabor de la boca y un pañuelo para que se limpie. Después, pensando que su malestar puede ser debido a una insolación, le pone su poncho y la lleva en brazos al muelle, dándole algunas lecciones de vida en el proceso.