26-02-2026, 02:57 AM (Última modificación: 26-02-2026, 03:02 AM por Dharma.)
Reino de Samba | Un muelle solitario
Dia 22 de Verano
Año 17
El reino de Samba había sido muy entretenido, además del particular ambiente que se puede ver en este lugar, Dharma disfruto mucho de la vida salvaje en sus bosques selváticos y sus ruinas antiguas, investigando, leyendo, aprendiendo. Dejar un lugar en el cual has pasado meses enteros, descubriendo un cantidad de cosas únicas, alianzas y reuniones especiales. Además de la incursión repentina que tuvo que llevar acabo, donde logro terminar con la vida de uno de los piratas que mas renombre estaba teniendo en ese momento y en ese lugar. Si bien ahora su nombre era menos que el polvo y por ende eso llevaría al olvido, para el espadachín había sido un tipo de logro haber lidiado con dos enemigos, si bien uno no pudo siquiera meter las manos, el otro de formas muy torpes tampoco pude hacer mucho ante la abrumadora potencia del oriundo de Wano. No había sido regalado tampoco, la duda, la complejidad habían existido y pocos son los que se animan a los retos y muchos los que alardean.
| Vaya el periódico esta vez se lucio Jahjahjah | Decía estando a unos 5 metros del navío en un muelle algo pequeño y oculto a diferencia de los que rodeaban la isla. Sus palabras eran dirigidas hacia Sanemi que como siempre era su aliado mas cercano y compañero de armas desde hace ya un gran tiempo. Mientras estiraba el periódico que había caído del mismo cielo hasta sus manos con una peculiar precisión, Dharma leia todo lo que este contenía, donde se hablaba de sus proezas como "El orador" un nombre que no le complacía. | Uhmm..."El Orador" creo que la ultima vez que ore fue cuando salí del monasterio, el mundo es mas complejo de lo que dicta un libro sagrado, pero no niego que mucho he aprendido de las diferentes religiones, Uhmm... sin embargo la violencia histórica del hinduismo y la sabiduría única del budismo, me cautivaron, además de ser lo mas cercanas de donde yo provengo... | Daba unos cuantos datos dirigidos hacia Sanemi y a quien mas pudiera escuchar, sabiendo que quien lo hiciera seria alguien de su grupo.
De manera rejalada y con el tono característico de su voz, lo suficiente para ser escuchado en un rango medio, no tenia pena nunca en decir sus palabras. Terminaba de leer el periódico mientras leía los wanted destacados y los nuevos "wanted" | Bro parece que todos seremos famosos... bueno al buen Dr. Bones aun le falta un acto estelar al parecer... pero solo es cuestión de tiempo para que nuestro gran medico se vuelva famoso. | Sabia que los demás miembros de los piratas Rakshasa ya se encontraban ahí, cerca del barco o dentro de el. Pues estaban alistándose para partir de esta isla con singular urgencia, pues se entero de lo que le había sucedido a Tensui, algo que no podía remediar por ahora, pero que podría ser una cuenta pendiente. Con el periódico y lo de Tensui, el animo de Dharma no bajaba ni tampoco su ego. Pero eso no significaba que fuese a ser descuidado o infantil y arriesgarse a ser emboscado en este reino que ya había visto bastante de los Rakshasa. Ahora Buda su navío se encargaría de sacarlos de aquí.
OFF ROL
BudaMuelle
Barcos
goleta
Especificaciones
3Tier
0/4500
Puntos de vitalidad
300Res/Pas
11Espacios
300Velocidad
-1Riesgo
No¿Equipado?
Modificaciones(Disponibles 0)
Suelo
Baranda
Espacio
Taller
Descripción: Un navío pirata de tamaño mediano, de colores oscuros, en cual destaca el color negro casi en su totalidad, solamente detallado por una franja ancha de color purpura, que recorre de manera horizontal toda la embarcación, así como otros detalles en color dorado, denotando el nombre del navío "BUDA" en ambos lados de la proa de ese mismo color brillante y a la vez místico. Sus velas de fondo color negro, modelan con vehemencia símbolos grisáceos, extraños respetados y temidos en algunos templos, pero de los varios que poseen dichas velas, destaca de manera más nítida; la figura de la palma de una mano en color dorado, esta de un sabio antiguo respetado y venerado en algunas entidades, por el cual el barco lleva dicho nombre, haciendo alusión a su sabiduría y protección. En lo alto del navío se puede observar la bandera de los Rakshasa, que evoca un respeto más allá de lo natural, como quien teme a la oscuridad o lo desconocido.
Habían pasado meses desde aquella noche. Meses desde que ese maldito okama me arrancó la pierna izquierda como si fuera una advertencia del destino. Meses desde que mi cuerpo cayó al suelo y algo dentro de mí se quebró junto con el hueso. Desde entonces, cada amanecer ha sido una prueba de paciencia que no tengo, de orgullo que me sobra y de rabia que nunca se apaga, porque antes era rápido, letal, preciso, mientras que ahora cada movimiento me recuerda lo que perdí, cada paso asistido, cada ajuste, cada mirada discreta hacia el espacio vacío donde debería estar mi pierna es un insulto constante.
Me he sentido un maldito inútil y no lo digo con dramatismo. Lo digo con la crudeza con la que uno se mira al espejo y no reconoce al hombre que fue. Mis capacidades físicas se redujeron enormemente, lo sé, lo siento, lo vivo día a día. Ya no puedo desplazarme con la misma fluidez, ya no puedo confiar en mi equilibrio como antes, ya no puedo lanzarme al combate sin calcular el doble de lo que antes resolvía en un segundo y eso me carcome porque yo no era solo un hombre que luchaba. Yo era alguien que protegía, que cazaba a los monstruos, que se movía en la oscuridad para que otros no tuvieran que hacerlo. Ahora, muchas noches me quedo despierto, con el corazón acelerado, pensando que soy una carga, una puta carga. El estrés se ha vuelto permanente, vivo con la sensación de que en cualquier momento alguien tendrá que cubrir por mí, esperarme, adaptarse a mi nueva limitación y lo odio, simplemente odio depender, odio necesitar ayuda para cosas que antes hacía sin pensar, odio que mi mente siga siendo la de un depredador mientras mi cuerpo me recuerda que ya no soy el mismo. Estoy más irritable, más oscuro, maldigo más de lo que debería incluso a veces sin razón, a veces por todo, la rabia se volvió mi estado natural, como si la pérdida hubiera abierto una puerta que ya no sé cerrar. No solo quiero justicia ahora, quiero revancha, quiero que el mundo sienta algo parecido a lo que yo sentí cuando caí al suelo aquella noche y sin embargo los Rakshasa no me trataron como un estorbo, no me dejaron atrás, me apoyaron. Me aceptaron. Me curaron. Soportaron mi mal humor, mis silencios largos, mis explosiones repentinas. Me ofrecieron un lugar cuando yo mismo sentía que no lo merecía. Para cualquiera fuera de este grupo, un combatiente mutilado es un riesgo, una debilidad estratégica, una baja inevitable esperando suceder. Para ellos, no, día tras día siguen preocupándose por mí. Ajustan entrenamientos. Buscan soluciones. Me hablan como si aún fuera el mismo hombre capaz de sostener la línea en el frente y eso me duele casi tanto como la pierna perdida, porque no les puedo ser útil aún y esa palabra retumba en mi cabeza, porque no sé cuánto tiempo tardaré en volver a ser una amenaza real. No sé si recuperaré lo que era, pero sí sé algo con absoluta claridad, no voy a quedarme así. No voy a convertirme en una sombra que otros deban arrastrar. Se que hoy zarpamos hacia otra isla, aun asi no tengo ganas de salir de mi taller, agradezco mucho a Dharma por crear mi taller en el barco, puedo pasar días aquí encerrado, pensando, planeando, dibujando planos para armas, artefactos, cualquier cosa que realmente me sirvan, se que pronto nos iremos a otra isla, a otro sitio, pero para mi será igual, me quedare hundido en este cuarto oscuro hasta encontrar una forma de volver a ser el mismo de antes.
Había pasado ya un mes desde aquel incidente en el que vio por última vez a su buen amigo Tensei. Desde entonces, el desvelo se había vuelto un compañero constante. No podía evitar preguntarse si había hecho lo correcto al marcharse sin intentar ayudarlo. Sin embargo, en aquel momento sus instintos le gritaron que aquel hombre rítmico estaba muy por encima de sus propias capacidades. Intervenir habría sido un suicidio. Aun así, la duda persistía. Solo esperaba que el gyojin no hubiera perdido la vida en aquel enfrentamiento.
Los días se convirtieron en semanas.
Hasta que, una mañana, llegó un sobre sellado.
No tenía remitente, lo que despertó de inmediato la desconfianza de Bones. Podría tratarse de alguien siguiéndole el rastro. Aun así, decidió abrirlo. Bastó un vistazo a la letra firme y sobria para reconocerla: era de Tensui.
La carta no ofrecía detalles sobre lo ocurrido con el okama. Ni una sola mención al resultado del combate. En cambio, incluía instrucciones precisas para encontrar un barco donde él se encontraba. Decía que necesitaba hablar con él. Asuntos de alta importancia.
Bones sostuvo la carta durante largos segundos. La caligrafía, la forma directa de expresarse… todo coincidía con su serio y estoico compañero. Finalmente, tras meditarlo lo suficiente, decidió acudir al lugar indicado.
No le tomó demasiado tiempo llegar al puerto. Su consulta se encontraba en los callejones más apartados del centro de la ciudad, así que el trayecto no era particularmente largo. Caminó con paso firme, el sonido de sus botas marcando un ritmo constante contra el suelo empedrado.
Tras unos veinte minutos divisó el sitio señalado.
El barco no estaba en el muelle principal, sino más apartado, junto a una pequeña isla rodeada de afilados roqueríos que dificultaban el acceso. Aquello no parecía una coincidencia.
Bones observó la embarcación con detenimiento mientras se aproximaba. Estaba decorada con símbolos religiosos: ornamentos budistas e hinduistas tallados en madera oscura. Había una intención clara detrás de aquella estética.
Una vez a bordo, distinguió a un hombre de camiseta negra que permanecía de espaldas. Hablaba en voz alta sobre el budismo y mencionaba a un tal “Orador”. Bones no alcanzó a comprender el contexto; había llegado en mitad de una conversación.
Sin anunciarse, dejó caer su bolso de cuero al suelo.
El impacto resonó con suficiente fuerza como para atraer la atención de los presentes. Dentro llevaba sus pociones, hierbas y herramientas médicas, cuidadosamente organizadas.
—Muy buenos días… ewa. Perdón por interrumpir su conversación. Mi nombre es Bones… Doctor Bones —dijo con tono profesional, acorde a su elegante frac adornado con huesos y pequeñas calaveras—. Estoy buscando a un buen amigo mío. Tensui. Un gyojin alto, de semblante serio y pocos amigos. Según tengo entendido, debería encontrarse por estos lugares, así que decidí echar un vistazo.
Con gesto refinado, se retiró el sombrero de copa —también decorado con diminutas calaveras— y realizó una leve inclinación a modo de saludo.
Desde que me uní a este grupo de personas hemos tenido unos cuantos encuentros en Samba. Nada demasiado espectacular, conversaciones, planes a medias, risas que siempre parecían esconder algo más, pero esta vez es diferente, esta vez no estamos sentados en una mesa ni refugiados en un bar ruidoso, esta vez vamos a salir. El barco del capitán se mece suavemente bajo mis pies mientras el mar respira alrededor de nosotros. Estoy en cubierta, recostada contra el mástil, dejando que mi cuerpo se balancee con el movimiento natural de las olas. Mis tentáculos se mueven despacio, como si recordaran por sí solos cómo se siente estar cerca del agua abierta, yo no pregunto mucho, prefiero imaginar.
¿A dónde iremos? ¿Una isla llena de mercados descuidados? ¿Un puerto con comerciantes confiados? ¿Algún lugar donde la gente lleve joyas demasiado grandes para su propio bien? Las posibilidades se me enredan en la cabeza como corrientes cruzadas. Mis ojos recorren el barco con calma. Las cuerdas, los barriles, las mochilas de los tripulantes, los bolsillos que sobresalen demasiado, pequeñas promesas flotando por todas partes. No es mala costumbre observar. El mundo está lleno de cosas que nadie protege lo suficiente.
Dejo escapar una pequeña sonrisa mientras apoyo la mejilla contra el mástil, viajar con piratas tiene sus ventajas, quién sabe a qué sitio iremos, pero si el mar nos lleva a algún lugar interesante, estoy bastante segura de una cosa, volveré con menos preguntas y con bastantes cosas que, técnicamente, no eran mías.
El viento marino me trae olores conocidos, sal, madera húmeda, algas lejanas y ese perfume metálico de monedas que han pasado demasiado tiempo en manos equivocadas. Cierro los ojos un momento y dejo que el barco crujiente me arrulle. Por un segundo casi puedo imaginar que estoy de vuelta en el océano profundo, flotando entre corrientes tranquilas donde nadie espera nada de mí, pero el balanceo del mástil contra mi espalda me recuerda que ahora mi mar es distinto, más seco, más ruidoso y lleno de bolsillos.
Abro un ojo apenas, mirando al nuevo intruso que subió al barco y moverse por cubierta. Mis dedos se mueven solos, como si saludaran a la posibilidad. No digo que vaya a robarle a mis propios compañeros, bueno, no mucho, pero si algo pequeño se pierde por accidente, si una moneda cambia de bolsillo sin hacer ruido ¿realmente alguien puede culpar a una pobre gyojin curiosa? Ladeo la cabeza y sonrío para mí misma, después de todo, los viajes largos pueden ser muy aburridos si una no encuentra maneras de entretenerse.
El Reino de Samba terminó siendo particularmente aleccionador. Fue uno de esos lugares en los que pudo pelear, aprender y, sobre todo, conocer a un grupo de personajes particularmente distintos, Rakshasa. Las cosas, al conocerse, fueron un poco caóticas y con un marco resaltante. Sanemi, por su lado, tuvo una aventura bastante peculiar de la cual salió más que satisfecho al poder medir el nivel de poder que hasta el momento tiene, entendiendo que la brecha por mejorar es bastante grande, algo que, sin duda, piensa remediar a medida que pase el tiempo. Lo de vicecapitán aún no le terminaba de encajar, algo a lo que debería acostumbrarse con el pasar del tiempo.
El peliblanco se encontraba escuchando a Dharma, con quien tenía más tiempo de amistad sobre la forma en la que el periódico del día se lució al presentar ciertas noticias con respecto a su persona. Le llamaban “El Orador”, nunca le ha visto orar o algo parecido, puede ser por su forma de vestir, sus creencias o alguna comparación que, de momento, lo lograba encontrar -Hasta para eso la Marina es un chiste, pero te pega en algo ¿no? -Dijo con una sonrisa grande, enseñando los diente- ¡Gahahahaha…! -Una carcajada siguió sus palabras.
De pronto, nuestro protagonista, se percató que tenía su primer cartel de “Se busca”, en el momento perfecto, para abandonar Samba en todo lo alto -Dado el momento todos tendremos precio por nuestras cabezas… esto lo hace emocionante -De nuevo esa mirada en sus ojos, la de concentración, la que busca cumplir sus objetivos llenos de ambición. Tras estas últimas palabras, los otros actores se presentaron, cada uno con su particular escena.
Rakshasa estaba unido en un mismo navío. Cinco piratas que se comenzaban a labrar un nombre, unos más conocidos que otros, unos sanando heridas interiores, reflexionando o simplemente viviendo. Sanemi se puso delante del timón y comenzaría a dar las instrucciones para y salir de Samba. El viento se prestaba, apacible, pero el mar comenzaba a dar tirones, esto acrecentaba la emoción, el sonido rompiendo contra Buda era como la tonada previa –Oe malditos… ajusten la vela mayor, no quiero que se abra demasiado hacia babor, otro revise la tensión en las estocas -Ordenó como si ello fuera lo más natural del mundo.
Un silencio pareció inundar el ambiente durante un memento hasta que la voz ardiente de Sanemi volvió a escucharse -¡Suelten amarras! ¡Mantenga el ritmo! -Manos al volante y mirada enfocada en el viaje. El puerto comenzaba a quedar atrás.