26-02-2026, 07:47 PM
Día 24, Año 17, Verano
Permanecí en Centaurea algunos días más después de recuperarme por completo. Mi cuerpo respondió bien al tratamiento y las heridas cerraron sin complicaciones, pero mi mente estaba inquieta. No era dolor ni cansancio. Era una sensación constante, difícil de explicar, como una presión leve en el pecho que aparecía cada vez que pensaba en el mar. Intenté ignorarla dedicándome a ordenar mis notas y completar los últimos registros de la selva, pero cuanto más trataba de concentrarme en las plantas y en los patrones de lluvia, más clara se volvía esa impresión: debía regresar a Baterilla.No sabía la razón exacta. No había recibido cartas ni rumores recientes. Aun así, mi instinto rara vez se equivocaba. Algo grande se estaba moviendo, y sentía que tenía relación con ese lugar.
Tomé la decisión al amanecer. Doblé mi ropa con cuidado y la guardé en la maleta. Revisé el material de investigación. Mi cuaderno, ya gastado en las esquinas, lo coloqué en el compartimento interior donde siempre lo llevaba. Pasé un paño por la hoja de mi espada y comprobé el filo. La daga, más ligera, la aseguré en su funda.
Antes de dirigirme al puerto, fui a despedirme de Cyan y su familia. La clínica estaba abierta y el aroma de hierbas medicinales llenaba el aire. Cyan fue el primero en verme desde el pasillo y se acercó con una mezcla de sorpresa y entusiasmo.
—¿Te vas? —preguntó.
—Sí. —
Sus padres salieron poco después. El padre asintió con comprensión, como si esperara esa respuesta desde hacía días. La madre, más seria, me agradeció nuevamente lo ocurrido tiempo atrás. No hicieron preguntas innecesarias. En sus miradas había respeto, y también preocupación silenciosa.
—Cuídate —dijo Cyan, intentando mantener firme la voz.
—Sigue estudiando.—respondí.
El niño asintió con una pequeña sonrisa. No añadimos nada más. A veces las despedidas sobran cuando ambas partes entienden lo esencial.
Caminé hacia el puerto de Orchyd con paso constante. La actividad era la habitual: comerciantes descargando cajas, marineros asegurando cuerdas, viajeros negociando pasajes. El olor a sal y madera húmeda dominaba el ambiente. Observé los barcos atracados hasta encontrar el crucero que se dirigía hacia mi destino. Era una embarcación sólida, de tamaño considerable, preparada para trayectos largos.
Me acerqué al encargado y solicité un billete. Pagué sin discutir y guardé el comprobante entre mis cosas. El embarque no tardaría.
Mientras esperaba, apoyado cerca de la barandilla, miré el horizonte. Respiré hondo.
Cuando anunciaron la salida, subí a bordo sin mirar atrás. No por desinterés, sino porque las decisiones deben mantenerse firmes una vez tomadas. Me acomodé en un rincón de la cubierta, dejando el equipaje a mi lado. El barco comenzó a separarse del muelle lentamente, las cuerdas fueron retiradas y la distancia con Centaurea empezó a crecer.
Baterilla me esperaba.
Off
