El algodón da pequeños toquecitos sobre una herida gangrenada. El morado infecto se tinta de tonos ocres adornados con pequeñas motas de color verde.
Un remedio. Nada especialmente eficaz ni definitivo pero suficiente como para adormecer el dolor durante un tiempo.
-Aah.. Al fin se fue el dolor… Esta herida no para de dar la tabarra…
El rostro de una anciana, demasiado mayor como para decir sus años, le dedica una sonrisa a la sombría figura que con delicadeza y cuidado sujeta unas pinzas que a su vez portan el algodón.
-Humph… Te dije que no podías trabajar o se pondría peor…- El tono era seco, duro y brutalmente honesto.
-Momia testaruda…- Quizás demasiado honesto.
Cuando terminó agarró el algodón y lo aplastó en su gigantesca mano para después, guardarlo en uno de los bolsillos de su gabardina mientras se ponía en pie.
Ni siquiera llegó a erguirse del todo o, de lo contrario, su cabeza habría atravesado el techo de aquella vieja y maltrecha casa donde vivía la anciana.
-Volveré en un par de días… Adiós.- Se despidió seco y tajante de la anciana que le respondió con una gentil sonrisa mientras agitaba su mano y aquel gigante salía por la puerta (De lado, porque recto simple y llanamente no cabe) con la cabeza gacha y la espalda encorvada.
De la oscuridad de esa vieja choza a un sol deslumbrante. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse al repentino brillo y, cuando podía ver el ligero bullicio de la ribera de Samba. Suspiró con pereza y comenzó su lenta caminata hacia ningún lado en especial.
Dooti ya llevaba un tiempo allí varado.
De tanto en tanto dejaba su agradable casa en ruinas para adentrarse en la zona pobre y tratar a unos cuantos enfermos y a levantar unas cuantas decenas de kilos de cajas con tal de ayudar y de llevarse la comida del día. Una rutina simple y anodina sin muchas intenciones de irse.
Todos los días era la misma cantinela.
Aparece. Los niños empiezan a orbitar, como si tuviera gravedad propia, e incluso trepaban hasta sus hombros sin que este se inmutara ni dijera nada. Se limitaba a mantener el mismo rostro que oscilaba entre la neutralidad y el enfado, mirando a ningún sitio en concreto, y seguía andando hacia adelante mientras se dejaba arrullar por las risotadas inocentes, tirones sin malicia, peticiones y los graciosos bailes de los niños cada vez lo veían.
Debería ir al puerto… Quizás si les ayudo a cargar el barco me vuelvan a dar otro barril de peces en salmuera…
28-02-2026, 07:45 PM (Última modificación: 02-03-2026, 12:41 AM por Dolly Wobblebottom.
Razón: Se duplicò el post lol
)
Esa chatarra era bastante funcional en lo que a dejarse llevar por las olas se trataba. Sobre todo con poco y nada de conocimiento sobre el manejo de velas, pero con la pequeña lógica de que el viento debía inflar esa sábana le alcanzaba como para avanzar… Lento, pero avanzar al fin y al cabo. Avanzó tanto y tanto que, de hecho, cambió rápidamente el medio material por el que se trasladaba: Del oleaje impredecible del mar, directamente a una costa a la que se acercaba peligrosamente con aquella sábana extendida de par en par.
Nunca dejó de avanzar, tanto así que las sólidas rocas destruyeron por completo su invento. Pero, en la mente de la niña al menos, eso había sido un despliegue exitoso: Se arrastró como pudo con sus largos brazos por la arena, toda su ropa y rostro se encontraba tanto empapados como empanizados por aquellos granos. Ni bien pudo ponerse de pie, sacudiendo sus pesadas botas en la costa hasta que saliera — inclusive — un pequeño molusco de ellas, fue que puso sus puños a cada lado de su cintura, en una postura segura y con esa enorme sonrisa reflejando el brillo del tropical sol — ¡Qué trepidante sensaciÓn la de volver a tocar tierra! ¡Tanto que inclusiVE la toquÉ con la LENGUA! — exclama en un tono de voz altísimo, aunque de alguna manera aún hablando hacia sí misma.
Unos pescadores de por allí no solo habían visto el choque, sino que además estaban anonadados de escucharla.
— ¡NyE-HeHehEHeeHE! — carcajeó. Daba todavía más razones para mirarla extrañado.
Sus botas hacían un singular sonido cuando daba aquellos seguros pasos, entre las placas de acero en las plantas y el agua que no había logrado sacar de las plantillas, que se aplastan como esponjas con cada paso que daba — ¡SchlOp! ¡sCHlop! ¡sChLop! — Sí, acentuaba con onomatopeyas el ya clarísimo sonido de aquel calzado. Así fue hasta que el sonido de arena cambió por el de tablones de madera que se tambaleaban ligeramente a medida que su pesado calzado avanzaba. Miró el panorama: Barcos de buen tamaño con cajas en su cubierta, marineros descendiendo por un tablón mercancía, así como muchos puestos tanto de comida como de materia prima. Habitantes del reino se amotinaron allì para abastecer sus negocios, restaurantes o simplemente para comprar cosas frescas para comer en su familia.
Donde Dolly vió las primeras pequeñas bolsas con Berries, fue que tuvo su maravillosa idea. Hacer lo que siempre supo hacer. O bueno, ella pensaba que sabía hacer.
Apartando con sus anormalmente largos brazos a la multitud, se hizo un espacio en un sitio libre del puerto. Tiró su sombrero de copa al suelo, boca arriba, como alcancía improvisada — ¡Atentos, desagradables berberechOs del SoUTH BlUE! — las faltas de respeto nunca podían faltar, inclusive en un tono de voz alto y cargado de personalidad — ¡Por tan solo unas cuantas monedas a colBarolación podrán deleitarse con unO de los mejorEs ShoWS musicales de la historiA, AyE AYE! — Metió uno de sus largos brazos bajo su propia falda, tomando lo que era su primordial arma maestra en esas situaciones: Un destartalado banjo, mugriento y ligeramente doblado de tanto uso, pero que de alguna manera mantenía sus cuerdas intactas.
— ¡Y un, dOs… uN, Dos, tres! — Y entonces comenzó.
Sus dedos y brazos eran hiper expresivos. Su cuerpo se bamboleaba mientras las notas salían de aquella especie de tambor que hacía cuerpo del instrumento. Ahora había una de dos: O recibía algunas monedas para poder hacerse con algo de comer, o tendría que recurrir a cualquier otro medio para comer. Como cazar alguna rata, o algo así. Pero era demasiado pronto para pensar en ello, pues Dolly ya se encontraba hipnotizada por su propia melodía.
Sus pasos eran pesados y la madera bajo ellos crujía con un preocupante chirrido, como si, n cualquier momento, fuera a ceder ante el peso de Massimo.
El aboroto y algarabia del puerto eran lo común a esas horas y, con algo de recelo por las miradas inquisitivas y juzgonas de los marineros extranjeros, Dooti se habría paso hasta los barcos que tenía mas cerca.
-¿Hm? ¡Ah, eres tú! ¡Llegas tarde! Ya hemos terminado de cargarlo todo.- Dijo un marinero al que Dooti miraba fijamente, sin mediar palabra.
Miró al suelo con un aire de tristeza pues, no trabajar en el puerto implicaba no comer ese día. Suspiró con pesadez y se dio media vuelta, cabizbajo y algo deprimido.
Entonces, vio como varias personas se arremolinaban alrededor de algo. Algo chillón. Arqueó una ceja y se acerca a ver de que se trataba.
Dado su altura pudo ver de que se trataba sin tener que abrirse paso entre la gente: Una cría, de largos brazos y desparpajo que, de catalogar de algún modo, rozaría lo desagradable. Sucia, mojada y, que se moviera de aquella manera la hacía algo difícil de ver.
Aunque, claro, esto a Massimo no le importa lo más mínimo pues, aunque si, la cría fuera algo… especial, lo que le llamaba la atención era aquel banjo que tenía consigo, el cual, empezó a tocar con cierta soltura una incómoda canción pero que, de algún modo, era pegadiza pese a su naturaleza.
Algunos viandantes se quedaron a escuchar, otros incluso le soltaron alguna que otra moneda, momento en el que, Dooti, tuvo una revelación.
Aparentemente, si te pones en mitad de la calle a tocar algo de música la gente puede llegar a darte dinero. ¡Él no sabía que eso podía pasar!
En ese momento, Dooti estaba ojiplático. Se llevó su mano a su pecho, donde tenía su fiel saxofón en uno de los bolsillos interiores de la gabardina y, comenzó a maquinar algo.
Se alejo unos pasos. No muchos. Lo justo como para parecer ajeno a la cría pero lo suficientemente cerca como para que aquel público repararse en él.
Se colocó de espaldas al cascarón de un navío. No uno cualquiera, necesitaba que tuviera un par de partes de metal accesibles. ¿Para que?
Sacó su saxo del interior de sus ropajes y lo sujeto con su diestra. Mientras el dorso de su zurda se posó sobre la parte metálica. Tomó aire y lo soltó despacio, con calma. Estaba algo nervioso pues, no estaba acostumbrado a tener publico. Por norma general, solía tocar como un hobbie y para si mismo. Pero el hecho de que podía ganar algo de dinero con ese hobbie era algo demasiado tentador como para pasarlo por alto.
Posó sus labios en el saxo y, antes de soplar, comenzó a golpear la parte metalica del casco con ritmo.
Un-Dos-Un-Dos-Un-Dos y…
Una rítmica y alegre melodía. Juguetona y llamativa. Justo lo que necesitaba para que aquel público reparase en su presencia y, con algo de suerte, le dieran algo de dinero para pagarse una cena de verdad.
No lo hizo con malicia. No pretendía quitarle el publico a la cria ni hacerle competencia desleal. Solo quería poner a prueba este experimento que, de algún modo, a ella le funcionaba.
A medida que avanzaba en la canción y su mano izquierda marcaba el compás como un metrónomo, más se motivaba a sí mismo.
Al principio estaba quieto, estático, lo únicas partes del cuerpo de Dooti que se movian eran sus dedos en los pistones del saxo y su mano contra la chapa del barco. Pero poco a poco otras partes comenzaron a unirse. Un pie, imitando el ritmo de la mano. Sus rodillas, flexionandose y estirandose al ritmo. Y su cabeza, en un vaivén igual de rítmico. Para cuando terminó, reparó en que había cerrado los ojos. Los abrió lentamente, esperando alguna reacción.
Un cálido y gentil aplauso fue su recibimiento. Sorprendido, miró a su saxo y, como a sus pies, habían ahí tiradas un par de monedas. Con algo de duda, miró al frente y se llevo una de sus manos a la fedora, la cual, dejó en el suelo boca arriba.
Carraspeó y devolvió sus labios a la boquilla del saxo
Todo iba según lo planeado. Las notas musicales salían de su banjo a velocidades altas y su cuerpo se regocijaba en la musicalidad de esos acordes impactando en sus propios oídos. No, la gente que estaba alrededor de la “pirata” no daba buenas esperanzas, pues el tipo de adefesio físico que era Dolly era complicado de ver, sin mencionar que los había insultado ni bien había alzado la voz. Sin embargo y contra todo pronóstico, había algo en los movimientos y en la canción que tocaba Dolly que resultaba atrapante. No conmovedor ni cualquier otro adjetivo que podría. No daba pena. Era engorrosa… Pero al mismo tiempo había un aura atrapante en su música.
Poco a poco, las monedas iban cayendo dentro de aquel gran gorro de copa.
Mientras veía caer cada vez más y más monedas, pronto sus dedos reaccionaron al subidón de adrenalina. Sus melodías eran cada vez más aceleradas y su cuerpo saltaba cada vez más alto. Sus brazos bailaban casi independientemente de su torso. Sus inmensos ojos oscuros se abrian de par en par, aún dominados por el color negro — ¡AyE, ayE! — decía, mientras tarareaba erráticamente la misma canción que tocaba, inclusive cuando no se trataba de una melodía particularmente acelerada. Dolly ya podía saborear el plato de anchoas que quizás pudiese llegar a conseguir por esa cantidad de dinero. Sin embargo, inclusive en la multitud pudo escuchar como otra melodía comenzaba a sonar. Sus ojos se distraen demasiado con el viaje de falsos estupefacientes que estaba generando su cerebro a esas alturas, pero cuando la gente comenzó a alejarse de su tumulto, sus dedos empezaron a frenar poco a poco — ¡eH, EH! ¿Qué pasó? ¿pOR QUÉ? ¿No les gustó ese acorde? ¡EscUCHEnmE! — No parecía haber una razón real para ese cambio de opinión.
Hasta que vió esa montaña humanoide asomarse entre todos los espectadores. De esa misma dirección comenzó a sonar un vibrante saxofón. Seductor, una melodía acelerada y que terminaba resultando bastante más llamativa que la que tocaba la niña. Eso o que era más fácil verlo a él que a ella. A Dolly se le borró la sonrisa unos segundos. Sus ojos se cerraron ligeramente. Parecía hipnotizada. Atrapada por la habilidad musical de alguien que no era ella misma. Sin embargo, esa misma hipnosis se rompió en cuanto comenzó a ver las monedas caer frente a ese saxofonista. Como si el sonido de las monedas chocando con el suelo o el simple gesto de verlas caer desde sus manos fuese un estímulo directo.
— ¡HEY, HeY!—
La furia se apoderó de un estómago hambriento, joven y con aires de grandeza. Su pesado paso se dirigió directo hacia aquel hombretón, directamente apartando al público con sus largos y escuálidos brazos, casi moviéndolos de dos en dos. Una vez llegó al frente, donde podía dirigir la mirada en un ángulo casi vertical hacia arriba — ¿¡A eSO le quieres llamar mÚSICA, gALEÓN cOn pATAS!? ¿¡¿monTAÑA CON olor a ron BarATO?!? ¡AyE, AYe! — Con su dedo apuntó reprochante al montón de monedas. Su rostro mostraba directo enojo, mientras que su tono chillón de voz rebota en lo que se había vuelto una pequeña sala de ruido cancelada por la propia gente que estaban viendo atónitos la confrontación. Su cuerpo temblaba ligeramente de la rabia, mientras que su puño ahora se levantaba frente a su propio rostro — ¡EsA es mi comida, tE estÁS aprovechando de mi públicO! ¡Aye aYE! — con esos insultos volvió a manotear su banjo de entre sus ropajes, preparándose en una pose de orgullo con su instrumento. Fue a buscar rápidamente su sombrero de copa, recogiendo del suelo y tirándolo justo frente al montón de aquella montaña. Lo mira, mientras resopla agresivamente por su nariz como un toro. Sus dedos se acomodan. Era el momento de darlo todo por el plato de comida. El día que la rata apretó el puño de rabia.
La canción ya no era una melodía agradable destinada al entretenimiento. Estaba dotada no solo de un carácter alegre y vivaz, como una canción que estaba reinada por la personalidad. Ahora, en lo que los dedos enguantados de Dolly apuraban las cuerdas y los acordes, en lo que su cara se transformaba de una sonrisa de diversión a una de desafío con el ceño fruncido, esa melodía tenía un tono de batalla. Estaba tocando, en un banjo, un himno de guerra contra la persona que estaba por arrebatarle la comida del día. O las comidas del día, dependiendo de cuánto pudiese conseguir con los berries que les lanzaban. Era una declaración de intenciones. Una declaración a la que la gente parecía sumarse con asombro. Ya no era simplemente una niña deforme y difícil de ver tocando el banjo. Ahora era una niña deforme y difícil de ver tocando SORPRENDENTEMENTE BIEN el banjo.
Era increíble.
Una tímida lluvia de monedas caían en el interior de la fedora. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Bueno, eso es facil de contestar. Dooti, puede parecer muy estoico y duro por fuera, pero en realidad es que ese exterior tosco no es más que producto de una personalidad suave y tranquila. Por lo que, el simple hecho de ponerse a sí mismo en la tesitura de que una o más decenas de personas estén no solo atentas si no disfrutando de aquel intento sonoro que él llamaba “música” era un hecho insólito.
Al menos, por el momento, parecía ir bien. Si todo marchaba a ese ritmo podría comer caliente esa noche. SI no fuera, claro, por el pequeño detalle de que le había quitado el público a una persona.
La cría se acercó y, a grito pelado, le llamó cosas que no había oido en su vida.
-¿G-Galeón?- Trastabilló con sus propias palabras, cesando así la música. Su tono era molesto y maleducado y, su colérico intento de recobrar su dignidad, se tornó gracioso y algo tierno a los ojos de Dooti.
¿Que esperar? Le sacaba como 3 metros y, de haber estado andando por la calle, la habria aplastado sin darse cuenta.
La niña recupera su instrumento y lanza su sombrero junto al de Dooti, en, un intento de chantaje para con el público. Como si aquel iracundo gesto quisiera decir “Dad dinero a quien mejor lo haga”.
El sonido inaudible de los cuchicheos molestaba a Dooti, al punto de que, estaba a punto de recoger su sombrero e irse por donde había venido. Pero, entonces, comenzó a tocar el banjo.
Sus pupilas se dilataron con los primeros acordes y, atónito, dejó que terminara su canción. No era normal que Dooti se enfadara. De hecho, era algo raro. Podía molestarse, si. Podía llamarte algo poco apropiado pero nada muy grave. Era alguien que, a su manera, sabia guardar las formas y no permitir que sus opiniones ni reacciones salieran a la luz. Pero…
-¡Enana zarrapastrosa!-
Gritó con genuino enfado.
-¡Esa canción es mía! ¡Ladrona del demonio!- Hacía muchísimo que no levantaba la voz de esa manera. De nuevo, un hecho insólito. Bufó y pateó el suelo con rabia, haciendo que los tablones que los sostenían crujieran con violencia. Apretó los dientes y, de golpe, suspiró con fuerza por sus fosas nasales mientras cerraba sus ojos, en un intento de calmar su ira.
Miró directamente a la niña, literalmente, por encima del hombro. Soltó una burlona risa y se llevó el saxo a la boca.
-Venga… Inténtalo… Sígueme.- Dijo tajante y dominante.
Empezó a marcar un ritmo con el pie con sorprendente soltura, golpeando el suelo con su talón y luego con su puntera en un ritmo de swing.
El sonido que arranca del instrumento no es una caricia, es un mordisco. Notas cortas, afiladas, que cortan el aire como cuchillas. Es un diálogo feroz, una pelea de perros amigos. Pero Dooti sonríe. Sus mejillas se inflan y desinflan, sus dedos corren por el instrumento con una velocidad que hipnotiza. No mira las notas, las siente. Está en otro lugar. Su pie izquierdo no descansa. Marca un compás de hierro que nunca flaquea. Chic-chic-chic. Su cara es una máscara de concentración absoluta, salpicada de gotas de sudor que empiezan a formarse en su frente.
Dooti separa rápidamente sus labios del instrumento y sus manos sacan en una exhalación dos pequeños bastoncillos metálicos. Los mismos que usa para aplicar algodones y ungüentos a sus pacientes. Dooti, con una agilidad sorprendente para su tamaño, comienza a aporrear todo aquello que encuentra con sus dos improvisadas baquetas, partes metálicas, madera, incluso la boca de su propio instrumento, improvisando así, una bateria gigante que acompaña a la perfección todo lo que había ido tocando hasta ese momento.
Y en ese instante, la orquesta de un solo hombre vuelve a caer sobre la música. Pero ahora es más feroz. Es una estampida. Dooti ya no vuela, galopa. Su saxo lanza notas desesperadas, alegres, frenéticas. Lo que previamente tocaba, empuja por detrás a las notas siguientes como un vendaval. El saxo grita y…
El refunfuño así como el grito de aquel enorme hombre fueron como una melodía en el sistema de Dolly. No porque su objetivo haya sido que se enfade, sino porque quizás, con la suficiente suerte, eso sería un motivo más que válido para dejar en paz el lugar que se había ganado con arduo trabajo y esfuerzo. En aproximadamente quince minutos. Pero había tocado acordes en su banjo con la suficiente velocidad y fuerza como para sentir que merecía estar ahí más que nadie. El reclamo llega a sus oídos y su cara de enojo se convierte rápidamente en una siniestra sonrisa, con sus naturalmente afilados dientes saliendo a resplandecer directo hacia aquel hombre enmascarado — ¡LaS canciones son de quiENES las SABEN TOCAR meJOR! ¡AyE, ayE! — Afirma, como otro intento de puntada hacia el ego de aquel músico misterioso. Aunque, con el pasar de los segundos, se daría cuenta que quizás no era la mejor forma de quedar bien parada.
Nuevamente lo ve retomando su saxofón, ahora el aire que salía por su boca no era apacible y tranquilo. Así como el de la niña buscó en su momento un enfrentamiento, demostrar que era mejor que él, ahora las notas tan agresivas y vibrantes de aquel instrumento de viento eran una respuesta perfecta. Un contraataque. Era la melodía de un hombre dispuesto a demostrar que los derechos de su creación valen más que cualquier niña “zarrapastrosa” dispuesta a molestar. Sin embargo, en un intento por distraerlo, Dolly comienza a abrir de más la boca — ¡Y dALE con el saxofÓN! ¡Ya a nadie le importA ese instrumento aÑEJO! — recrimina, en un tono que se le pierde en una ligera risotada — ¡Por muchO QUE SOPLES no vas a lograr NADA! ¡nYe-heHeEHeHe! — se ríe apuntándolo con su mano enguantada. Pocas eran las pistas que daban a que aquel hombre terminaría por cerrarle la boca mientras tocaba su música.
No pudo ni percatarse. En un abrir y cerrar de ojos, aquel hombre se estaba volviendo una banda andante. Percusión, vientos, melodía, inclusive un pie marcando el ritmo. No había ninguna clase de hueco en toda su composición. El cuerpo de la pirata se erizó, se le borró la sonrisa en lo que aquella pieza tomaba todo lo que le faltaba. A cada acción que una parte del cuerpo de aquel hombre hacía, se escuchaba un nuevo sonido que aportaba fielmente al resto de la canción. Era perfecto. Tanto así que en los pocos minutos de canción que quedaban a la pelirroja no le quedó de otra que simplemente ver con los ojos bien abiertos lo que estaba pasando.
El público aplaudió. Fuerte. Se escuchaban murmullos y comentarios positivos sobre aquel hombre que en cuestión de segundos se había vuelto un grupo musical en un solo ente. Dolly, cuando cayó de su propia nube, sacudió su cabeza para entrar en razón. Su rostro volvió a tomar un tono de enojo y su voz se estaba por volver incluso más chillona que de costumbre. Era el capricho de una niña que no quería perder — ¡NO SE VALE! ¡Te estAS aprovechando dE que eRES GIGANTe! ¡NO es JUSto! ¡aYE, AyE! — Sus pies patalean contra el suelo, las chapas que tiene en la suela repimpinean como hojalata contra aquella madera. Toma su banjo con aún más apego. La gente a su alrededor ahora ya no miraban con sorpresa, ya no miraban con impresión a sus imágenes. Ahora ese enfrentamiento se había vuelto el show principal. No aquel hombre saxofón o la niña del banjo. Ahora las monedas iban para el mejor apostado. Quién parecía que fuese a ganar, quién parecía que demostraría ser el mejor músico. Y con su última actuación, el hombre de Fedora había dado un brinco bastante importante. Pero era momento de demostrar que Dolly era mucho más que una niña que tocaba el banjo.
Ella daba para más. Para mucho más.
Acomodó sus dedos en un acorde de su banjo. En su rostro, a través de esa infantil furia, se podía leer la determinación pura y dura. Fuego dentro de esos oscuros ojos y presión constante sobre sus dientes triangulares — ¡nO NECESITO seguir a naIDE, solo a MI mismA! — Tomó un respiro profundo. Sus pequeños pulmones se llenaron de aire, sus brazos alargados se destensan mientras sus dedos mantienen la fuerza. Y, en lo que suelta el aire… Arranca un sonido veloz como un barco a toda vela.
"Canción"
La habilidad de sus manos y la velocidad de su cerebro para procesar la canción. Era perfecto. Cada cuerda, más grave o más aguda, cada nota. Cada patrón. Todo iba en perfecto tiempo inclusive a pesar de la aceleración. Decidió que era momento de contrarrestar el inmenso poder de aquel hombre banda. Sus pies dejan de marcar los tiempos y, en un segundo y aprovechando las placas de metal bajo sus botas… Comienza a bailar. Como si de claqué se tratase, ahora sus pies también seguían ese acelerado ritmo. Daban un toque percusivo particular. No podía competir en cantidad ni en potencia, pero sabía que si en algo era buena era en su velocidad. En ser inquieta. En que la hiperactividad se apodere de ella. La canción se va generando cada vez con más fuerza y, en un momento de extrema concentración, el tempo sube a tal magnitud donde la mano que rasguea ya casi no tenía sentido de ser. Casi todo eran punteos imperceptibles, sus pies tocaban el suelo y casi inmediatamente se levantaban. Sudor corría de las raíces de su cabello hasta la punta de su mentón. La adrenalina se apoderó de ella completamente.
—¡AaaAaAAAaAaAaAAAAAAH! —
Un grito de guerra y, con un punteo final y deslizándose hacia delante como una estrella de rock…finaliza su obra. Su pecho se eleva y desinfla aceleradamente. Sus ojos están puestos en los del músico contrario. Mientras tanto en esa pequeña multitud que se había formado se escuchan aplausos y vitoreos. Las monedas caen, ya ni siquiera en un gorro o en otro. Caen al suelo en el espacio de ambos. Como si no fuese una recompensa individual, sino un agradecimiento general a todo lo que estaba sucediendo. Pero Dolly no lo había percibido, estaba demasiado ocupada deshaciéndose de aquel galeón con olor a ron barato.
El grito de guerra de la cría le atravesó los tímpanos como un punzón.
Massimo parpadeó. Una vez. Dos veces. El sudor le corría por la frente, pegándole mechones de pelo a la piel, y su pecho subía y bajaba como un fuelle después de aquella locura de improvisación. Los bastoncillos metálicos aún humeaban un poco entre sus dedos (bueno, no humeaban, pero él necesitaba creer que sí despues de ese despliegue de percusión.).
La cría había terminado su número.
Y vaya número.
Massimo la miró. De arriba abajo. Esa enana zarrapastrosa, con sus dientes de tiburón, sus pataletas y su banjo, había soltado una pieza que... bueno. Que no estaba nada mal. Los pies, las cuerdas, esa velocidad endiablada que hacía que sus propios dedos, torcidos, viejos y doloridos por años de maltrato, sintieran una punzada de envidia.
El público aplaudía. Las monedas llovían al suelo, mezcladas, revueltas, sin dueño. Massimo se quedó quieto. Su cara, esa máscara de reposo enfadado, no se movió. Pero por dentro...
Por dentro estaba haciendo cálculos.
La cría respiraba acelerada, con los ojos clavados en él, desafiante. Esperando su respuesta. Esperando su reacción. Esperando, seguramente, que él se rindiera o se enfadara o se fuera con el rabo entre las piernas.
Massimo resopló por la nariz. Un sonido ronco, como de animal grande que no sabe si reírse o echarse a dormir.
-No está mal.
La voz grave, plana. Como siempre.
Guardó los bastoncillos en el bolsillo de la gabardina, con la misma parsimonia con la que otros guardan un pañuelo y el saxofón en el bolsillo mas cercano a su pecho. Luego se agachó con cuidado y empezó a recoger monedas del suelo.
Las suyas. Las de ella. No discriminaba. Todo fue a parar al interior de la fedora, que sostenía con una mano mientras con la otra rastrillaba el suelo como un recolector de setas.
-Tocas bien.- Añadió, sin mirarla. -Para ser una enana chillona.
Otra pausa. Otra moneda.
-Pero eso no significa que la canción sea tuya.
Se incorporó. La espalda le crujió. Se ajustó la fedora con el gesto automático de siempre. La gabardina le pesaba en los hombros, empapada de sudor.
Miró a la cría. Directamente a los ojos. Los suyos, claros y cristalinos, no tenían ni rastro de la furia de antes. Solo cansancio. Y algo parecido a... ¿respeto?
-La próxima vez que quieras un duelo... Avisa antes.- Y con un giro de muñeca, dejo caer una buena cantidad de las monedas recogidas en la fedora sobre el sombrero de Dolly, desembocando en una pequeña catarata de oro.
Dio media vuelta. No para irse del todo, solo para recoger las últimas monedas que habían rodado hasta un rincón. La gente empezaba a dispersarse, comentando entre risas lo que acababan de presenciar. Dos músicos callejeros peleándose como dos ratas por un churro. Buen espectáculo.
Massimo se enderezó. La fedora ahora pesaba. Bueno, pesaba más. Pues ahora portaba en su interior dinero para comer caliente unos cuantos días.
Miró a la cría otra vez. Esa furia contenida, esa determinación, esa forma de tocar el banjo como si le fuera la vida en ello. Le recordaba a algo. A alguien. A sí mismo, quizá, en esos raros momentos en que la música le salía del alma sin pedir permiso.
-Oye...
Esperó a que ella lo mirara.
-¿Cómo te llamas, rata?
No era una pregunta amable. Tampoco era un insulto. Era solo... una pregunta. Porque después de compartir trinchera musical con alguien, lo mínimo es saber su nombre. Aunque solo fuera para acordarse de no volver a cruzarse en su camino. O para buscarla y repetir...
El sol caía sobre Samba. Las monedas brillaban en el fondo de la fedora. Y Massimo, por primera vez en mucho tiempo, había conocido a alguien que tocaba tan mal los cojones como bien el banjo.
Estaba esperando una rendición de rodillas, una manera en que aquel gigante se ponga a su altura. Que se entregue completamente al talento innegable de la muchacha y que las monedas de aquella fedora terminen por llenar su propio sombrero. Pero no. Lo único con lo que se encontró fue con una reacción totalmente contraria. Un resoplido grave y meditado. Comenzó a guardar sus instrumentos mientras Dolly todavía no se había puesto de pie, simplemente observaba todo en lo que aquella agresiva sonrisa empezaba a tornarse en una expresión de duda. Sus cejas y sus ojos empiezan a abandonar esa perplejidad y comienzan a llenarse de preguntas. El halago que cayó sobre ella le vino como una respuesta incompleta, como si hubiese esperado mucho más de lo que estaba escuchando. Como si aquella “enana zarrapastrosa” que había rebotado en todo el ambiente se hubiese perdido completamente en aquella gabardina.
Abandona ligeramente esa posición, quedando de rodillas — …¿Eso es todo?— es de las pocas veces que Dolly había acertado a no gritar. Tenían una definición muy distinta de lo que era que te pertenezca una canción. El hombre se veía como un músico más clásico. Como si la autoría fuese algo con mucho honor y renombre. Para la pirata, acostumbrada a que su vida debía tratarse de robos y acciones que pondrían en duda cualquier norma o ley vigente.
Comienza a ponerse de pie, aparatosamente se golpea el vestido con la mano que no sostiene el banjo, sacándose el polvo que había levantado deslizándose. Guarda el banjo justo debajo de este, como si se perdiera en su propia anatomía. Lo ve dejando caer las monedas en su sombrero, lo único que faltaba para que la adrenalina típica de su edad se apodere nuevamente de su cuerpo. Esa explosividad, esa fuerza casi tan destructiva como una escopeta — ¡PerO QUÉ duelo! ¿¡AhoRA me vas a dar limosnas!? ¡EsAS MONEDAS SON MIAS! — se revuelve, en lo que manotea el sombrero de copa y se lo pone, haciendo que su propia cabeza sostenga las monedas dentro de él.
Obviamente, en ningún momento rechazó las monedas. Más bien las aceptó agresivamente.
Su rostro se convierte de puro enojo a un resoplido donde cruza los brazos. Cuando pregunta su nombre, se obliga a sí misma a abandonar un poco de ese capricho y ese orgullo que carga siempre — …Tampoco estas TAN mal, GalEÓN, ayE AYE. — Lo mira directamente, mira esa espalda sudorosa que es casi como pararse frente a una pared. Había que reconocerlo, un hombre que podía formar una banda con su propio cuerpo y nada más era algo totalmente admirable. Sobre todo para una pirata que veía un encanto inigualable en tocar el banjo. Se para con los puños a la altura de sus caderas, dejando dos astas formadas por sus brazos exageradamente largos — Me llamo DOLLY, DolLy WobblEBOTTOM, para tí, nYE-HeheHE. — se ríe cómplice.
— ¿Y tú? No planeo llamarte gALEÓN toda la vida, aunque me guste la idea, Aye aYE. — Le pregunta, como para tener alguna forma de referirse a él. Quizás era alguna manera de respeto, si se quería ver así. Sin embargo, no podía negar que hasta ahora era el acercamiento a otro individuo más grande que había tenido en un largo rato. Sobre todo considerando que la mayoría de reacciones de los civiles a ella eran de rechazo. Sea por su aspecto, por su personalidad explosiva o por cualquier otra razón. Inconscientemente, Dolly acababa de encontrar a la primera persona que le decía algo positivo, a pesar de estar rodeado de insultos. Entonces, antes de dejar que de pasos para alejarse lo interrumpe — ¡O-OyE! ¿¡Conoces alGÚN sitio donde poder ComPRAR algo para comer!? ¡EsTOY cansada del BACALAO, Aye AYE! — quizás asumía que el hombre banda había pasado más tiempo que ella. Tampoco era muy difícil.
Considerando que había encallado hace un par de horas en la isla.
El chaparrón de preguntas le cayó encima como un segundo duelo.
Massimo la miró por encima del hombro, con esa parsimonia de quien tiene cuatro metros y puede permitirse el lujo de no darse la vuelta del todo. La cría se había puesto su sombrero y ahora llevaba las monedas en la cabeza como si fuera un cerdito hucha con patas.
Un cerdito hucha con banjo, coletas y una expresión que iba del enfado a la curiosidad en menos de un suspiro.
Las aceptó.
Eso había que reconocerlo. Las aceptó mientras se quejaba, que era su forma de aceptar las cosas.
Massimo conocía a gente así. Gente que no sabía recibir sin poner pegas, que necesitaba envolver la gratitud en una capa de malos modos para que no se notara demasiado. Él mismo era un poco así, aunque no lo reconocería ni con un cuchillo en su cuello.
-No son limosnas.-Dijo, con la voz grave y plana. -Es una inversión.
No explicó más. No hacía falta.
Si la cría quería entender, entendería. Si no, pues no. No era su trabajo educarla.
Ella siguió, presentandose: Dolly Wobblebottom.
Nombre de payaso de circo, pero bueno, él no era quién para juzgar nombres raros, pues, el suyo tampoco era normal que digamos, asi que... Calladito esta mas guapo.
Massimo se giró del todo. La miró desde las alturas, con esa cara de enfado perpetuo que, en realidad, estaba en reposo. La cría tenía los brazos en jarra, formando dos astas con esos brazos larguísimos que no pegaban nada con su tamaño, haciendola parecera un bicho enfadado.
-Dooti-Dijo.
Seco. Tajante. Helado. Una palabra. Su apellido. Nada de apellidos, nada de títulos, nada de historias. Dooti. Con eso bastaba.
-Y no me llames galeón. No me gusta...
Hizo una pausa. Miró hacia el interior de la isla, donde el sol empezaba a teñirlo todo de naranja. Las calles de tierra, las casas de madera, el olor a comida llegando desde algunas puertas. La vida en la zona pobre seguía su curso, ajena al duelo musical que habían montado estos dos desconocidos.
-El bacalao es caro aquí.- Añadió, sin venir a cuento. -Los pobres comen pescado seco. O arroz con lo que encuentren. Eso con suerte...
Lo dijo sin afán de dar lástima. Era un hecho, como decir que el agua moja o que el sol calienta.
En Samba, como en tantos sitios, la parte buena y la parte mala estaban separadas y no solo por un rio cargado de mierda.
Otra pausa. La cría había preguntado por un sitio para comer. No era una pregunta estúpida. En Samba, la zona pobre no tenía restaurantes con manteles y camareros. Tenía puestos callejeros, fogatas improvisadas, gente que vendía desde su propia casa si había suerte. Y si no había suerte, pues a buscar entre las sobras del mercado.
Massimo conocía bien ese paisaje. Lo había vivido.
-Sígueme.
Hizo un gesto con su cabeza para que le siguiera, dio media vuelta y empezó a caminar. No se paró a comprobar si ella lo seguía. No era su problema y si quería comer caliente, que fuera detrás. Si no, que se buscara la vida. Él ya había hecho más de lo que solía hacer con desconocidos. Había compartido escenario, había compartido público, había compartido monedas. Todo lo demás era voluntario.
La gabardina se movía con cada paso, barriendo el polvo del camino. La fedora, ahora más cargada que nunca, descansaba en su cabeza como siempre. El saxofón, guardado cerca del pecho, no sonaba, solo estaba ahí.
Como un testigo mudo de lo que acababa de pasar.
Pasó junto a una mujer que cerraba su puesto de verduras. La mujer lo saludó con un gesto y Massimo asintió en respiesta. Pasó junto a un grupo de niños que jugaban con una pelota de trapo. Lo miraron un segundo, soltaron un par de risitas y siguieron a lo suyo. En la zona pobre, el gigante con gabardina era solo uno más.
-Hay un puesto al final de la calle.- Dijo sin mirar atrás. -Una señora mayor. Vende pescado frito y plátanos. No es bacalao, pero está caliente.
La señora llevaba treinta años con el mismo puesto, vendiendo a los pobres lo poco que podían permitirse. No era rica, pero nunca había visto a nadie irse con hambre de su puerta. Massimo la conocía bien. A veces le guardaba las sobras cuando sabía que había tenido un mal día. Otras veces, él le dejaba unas monedas de más sin decir nada. Así funcionaban las cosas entre los que no tenían nada.
Se detuvo un momento. Giró ligeramente la cabeza, lo justo para que ella viera su perfil. La luz del atardecer le marcaba las arrugas, las cicatrices, esa barba de tres días que nunca terminaba de crecer del todo.
-Y no acepta peleas cerca del local.- Añadió. -Así que si quieres montar otro número, tendrá que ser después..
No era una amenaza, era un aviso. La señora era buena gente, pero tenía un carácter de mil demonios. Si la cría se le ponía chula, la señora la echaba de allí con la misma facilidad con la que su marido descabezaba los peces.
Siguió caminando. El sol seguía cayendo, pintando las nubes de colores que no solían verse en la zona rica. Las monedas tintineaban dentro del fedora con cada paso, un sonido ligero y constante que le recordaba que hoy había sido un buen día. Un día raro. Un día en el que un duelo absurdo le había llenado los bolsillos y, de paso, le había recordado que la música seguía siendo lo único que le hacía sentir vivo.
-Vamos, rata... -Dijo, con un dejo de cansancio en la voz. -Tengo hambre.
No esperó respuesta. Siguió andando, calle abajo, hacia el puesto. Hacia el pescado frito y los plátanos. Hacia una cena caliente después de un día de locos.
Detrás de él, si la cría quería, podía oír el tintineo de sus propias monedas en su propio sombrero. Y el eco de lo que acababa de pasar.
Un duelo. Un empate. Y una invitación a cenar envuelta en insultos.
Bien pensado, no era el peor final para una tarde en Samba.