Reencarnación [Fic de Akuma] [P.Abs]
#1
Dia 34 de Verano del año 17, Pueblo de Baquella, Isla de Baterilla en el South Blue

El trigésimo cuarto día del verano del año 17 fue el día en que mi vida cambió por completo, tesoro y lo curioso es que amaneció como cualquier otro. El cielo despejado, el mar respirando con calma, la brisa jugando con mi falda gris oscuro mientras mis botas de tacón marcaban un ritmo firme sobre el muelle, aquella mañana salí a dar mi paseo de rutina, porque sí, tesoro, incluso los agentes de la ley necesitamos caminar con gracia mientras vigilamos. Mis alas blancas se desplegaban ligeramente a mi espalda, brillando bajo el sol como si el cielo mismo me alabara. Mi cabello negro con ribetes rojizos caía liso hasta rozar mi espalda, y el brillo labial rojo capturaba cada destello de luz como si el mundo hubiera sido diseñado para iluminarme.

El puerto era tranquilo, como casi siempre, tesoro. Nadie en su sano juicio se atrevería a irrumpir en una isla donde la Marina respira en cada esquina, donde el uniforme blanco no es adorno sino advertencia, la sola presencia de tantos agentes de la ley mantiene a los piratas a prudente distancia y a los delincuentes con las rodillas temblando, algunos de mis propios compañeros marines me miraban de reojo mientras que los civiles, tesorito, los civiles me sonríen porque yo no inspiro miedo, inspiro confianza para toda esta gente soy su hermoso ángel de la guarda.

Tan sensual, tan perfecto y tan armonioso como atravesé el muelle, giré con elegancia hacia el mercadillo local. El aroma a especias, pescado fresco y frutas maduras flotaba en el aire, mezclándose inevitablemente con mi fragancia de lavanda. Sí, lo sé soy imposible de ignorar, ruidoso al caminar, oloroso al pasar porque simplemente el sigilo no es lo mío, y tampoco pretendo que lo sea tesoro. Entré en el mercadillo con la cabeza en alto, saludando con una sonrisa radiante. —Buenos días, corazones, espero que estén vendiendo productos dignos de mi exigente paladar porque no pienso conformarme con cualquier cosa mediocre — dije con claridad, asegurándome de que mi voz recorriera cada puesto sin ser interrumpida. —Fufufufufu— Mi risa salió estruendosa de mis labios. —Es broma tesoritos, es broma. — No soy quisquilloso por capricho, tesoro. La disciplina empieza por los pequeños detalles, y mi cuerpo merece lo mejor si va a servir a la justicia con todo su esplendor.

Mientras avanzaba entre los puestos, mis ojos azules, ligeramente caídos pero atentos, analizaban cada movimiento. Mi oído captaba conversaciones en susurros, monedas mal contadas, un cuchillo colocado con demasiada torpeza, no porque sospechara algo grave sino porque siempre estoy listo, me gusta estarlo porque ser optimista no significa ser pendejo tesoro, una anciana dejó caer una cesta de frutas cerca de mí, y antes de que tocaran el suelo ya me había inclinado para recogerlas, mi cuerpo es ligero y ágil cuando hace falta, las sostuve con cuidado, alzando el rostro hacia ella con una sonrisa suave. —Tesoro, nadie debería cargar solo con lo que pesa más de la cuenta, y mucho menos cuando hay alguien dispuesto a tender la mano con gusto y estilo, hay muchos marines por aquí, pídenos ayuda —le dije con total sinceridad. El Okama Way me enseñó que la fortaleza no está en endurecer el corazón, sino en expandirlo hasta que nadie quede fuera y yo llevo el mío abierto de par en par, incluso si eso significa que algún día alguien intente herirlo.

La anciana, con las manos temblorosas pero con una sonrisa sincera, me regaló una manzana como agradecimiento y yo la tomé con delicadeza, inclinando apenas la cabeza para que supiera que realmente estoy agradecido. —Ay, tesoro, no hacía falta, pero jamás rechazaría un gesto nacido del corazón, y mucho menos si viene acompañado de tanta gratitud honesta y hermosa como tu—le dije, llevándome la fruta al bolsillo con cuidado de no arrugar mi falda y honestamente lo que decidí en ese momento fue acompañarla y no por protocolo, ni mucho menos por un deber escrito en un reglamento, sino porque algo en su voz pesaba y me es imposible ignorar ese tipo de peso, porque se como se siente estar sólito en el mundo.

Mientras caminábamos alejándonos del mercadillo y del murmullo del puerto, ella me habló de su esposo. Un viejo al que muchos en Baquella preferían evitar y no quiso entrar en detalles, y yo no presioné, yo soy un chico honesto pero también soy respetuoso. Si alguien no desea abrir una herida, no soy quien para forzarla, pero se fue abriendo y me dijo que cambió después de un viaje a otra isla, que volvió distinto, que volvió más frío y que aveces parecía un animal, que jamas había vuelto a tocar el agua del mar desde ese viaje. Mi oído captaba los matices en su respiración al hablar, no era miedo, era tristeza acumulada, esa que no grita, pero desgasta. —Escúcheme con atención, porque lo que voy a decirle no es un consuelo, sino una verdad que sostengo con todo mi ser, oiga nadie cambia sin razón, y si su esposo regresó diferente, entonces algo ocurrió que merece ser comprendido antes que condenado —le afirmé con voz firme y clara.

Caminamos varios minutos fuera del pueblo. El paisaje se volvió más árido, más silencioso, mis botas resonaban sin pudor contra el suelo seco y entonces la vi, una casita casi en ruinas, inclinada como si el viento la hubiera estado empujando durante años, pintura desgastada, madera quebrada y sobre todo soledad. Mis alas se tensaron ligeramente a mi espalda y entramos, el interior olía a enfermedad y tiempo detenido y allí estaba él. El viejo, pálido, delgado y respirando con dificultad, como si cada bocanada de aire fuera una negociación con el mundo.

Lo observé sin juicio, yo no odio a quien el pueblo decide odiar, me gusta mirar todo primero, entonces la anciana se acercó a su lado con una ternura que desmentía cualquier rumor, sus dedos arrugados rozaron el rostro del hombre como si aún viera en él al joven que fue y yo me acerqué un paso, lo suficiente para que mi sombra lo cubriera suavemente. —Tesoro, nadie merece partir sintiéndose un monstruo ante los ojos de su propia gente, y si hay algo que pueda hacerse antes de que el último suspiro llegue, entonces será mejor que lo hagamos ahora —dije con calma, sin adornar la verdad.

El viejo abrió los ojos apenas un instante, como si hubiese estado esperando exactamente ese momento para hacerlo. Su mirada, opaca pero consciente, se clavó en el techo antes de descender lentamente hacia su esposa y luego hacia mí. No dijo mucho, apenas un susurro áspero que se rompía entre respiraciones irregulares. Alcancé a oír un ¨lo siento¨ tan frágil que casi parecía un pensamiento escapado. Su pecho subió una vez más, tembloroso, y después nada. El silencio llenó la habitación con una solemnidad que ni el viento se atrevía a interrumpir. Cerré los ojos un segundo, incliné la cabeza con respeto y murmuré con voz clara y firme —Que el mar se lleve tus errores y conserve lo poco o mucho que tu corazón haya amado, porque incluso el más perdido merece partir con dignidad, tesoro. —

Acompañé a la anciana hasta la puerta, sosteniéndola mientras su llanto era bajo, contenido, como si ya hubiera llorado todo lo necesario antes de ese día. No hice promesas vacías. No mentí. Solo le aseguré que nadie hablaría mal de su esposo mientras yo estuviera presente, porque la muerte no es espectáculo para bocas ociosas. Cuando salí de la casita casi en ruinas, el sol me golpeó el rostro con crudeza. Metí la mano en mi bolsillo y saqué la manzana que ella me había regalado… pero ya no era igual. Su piel mostraba patrones extraños, espirales irregulares que no recordaba haber visto antes, y el color parecía más intenso, casi antinatural, qué curioso. Le di un mordisco y el sabor era raro, pesado, como si la fruta dudara en ser fruta. Hice una mueca elegante. —Ay, tesoro esto no sabe precisamente a verano fresco y perfecto —murmuré tras varias mordidas. Pensé en tirarla. De verdad lo pensé, pero mi conciencia, testaruda y brillante como yo, no me permitió desperdiciar un regalo nacido del agradecimiento sincero de una mujer que acababa de quedarse sola en el mundo. Así que suspiré, alcé el mentón con dignidad y me la comí entera, hasta el último bocado, aunque aquel sabor extraño se quedara conmigo como un presagio que todavía no comprendía, qué caprichoso puede ser el destino.
[Imagen: xFGuWOj.jpeg]
#2
ACTIVANDO PX-6...
  • El tema cumple con el mínimo de palabras requerido para una fruta de Tier 1
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TEMA: CERRADO

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