Seraphine Soyer
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23-03-2026, 08:43 AM
(Última modificación: 23-03-2026, 08:44 AM por Seraphine Soyer.)
Entrecerró sus ojos y se le escapó otro estornudo, abriendo y cerrando sus manos, Seraphine, alzó sus brazos sobre su cabeza, estirandolos, escuchando sus huesos tronar, lo que pareció sentirse bien, al quitarse un poco de una invisible tensión encima, casi quedándose sin luces, yéndose hacia atrás, pero consiguió evitarlo, sin duda, despertarse temprano, no era parte de su naturaleza, frotó un poco sus ojos, con la intención del despertar del todo, saliéndose un pequeño bostezo y sonrió, mirando a Kazan directo al rostro.
Se relamió los labios, quitándose las gotas que se escurrían, dudando un poco de sí apartarse o no, quedándose en la cercanía, no queriendo que Kazan interpretase aquel gesto como rechazo, aunque sabía muy bien que quizás aquello no era muy posible, eso sí, no pudo evitar dejar escapar un pequeño gruñido cuando sintió la luz del sol sobre su cuerpo, pareciendo de pronto, más un vampiro que ángel, la palidez de su piel, más notoria, cortesía de pasarse mucho tiempo encerrada hace poco y cubrió sus ojos con la mano, aprovechando los diez metros de hombre, para esconderse en su sombra, sin poder contenerse, sacándole la lengua al sol.
Y al escucharlo hablar, la mujer de cabellos bicolores alzó su rostro, con interés, dándole un par de palmaditas en la superficie más cercana, una parte de Seraphine dudaba que lo sintiese, pero era mejor que quedarse con los brazos cruzados. —Kazan, te quiero— Sonrió, escribió aquellas palabras; después de todo decía la verdad, era una persona importante para ella, estuvo ahí en su primer día de libertad, su primer amigo y lo consideraba una persona cercana a ella. —Eres mi primer amigo y alguien que quiero proteger un montón, también me gusta apoyarme en ti— Lo señaló. —Así que si empiezas con ese mal hábito de sobrepensar todo, ven a mí, ¿vale?— Hizo una mueca. —Joder, hace poco yo era la que estaba haciendo un escandalo— Se sonrojó, colocando su cabeza entre sus hombros.
Aquellas emociones no se fueron del todo, pero era mejor preocupándose por los demás; le servía de distracción.
—No lo sé— Se encogió de hombros. —Según lo que leí, ¿es cuando te diviertes? Nadando, haciendo castillos de arena y eso— Soltó otro estornudo; no tardó demasiado en hacer una mueca cuando se dio cuenta de que su vulnerabilidad era tan visible, así que no tardó demasiado en ir a por su arco y saltó, ya por costumbre, sobre la palma de Kazan, con su largo cabello pegado al cuerpo.
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Cuando los cuatro metros de Seraphine aterrizaron en su palma con el arco pegado al cuerpo y el pelo como alga marina, Kazan cerró los dedos despacio a su alrededor no para apretarla, sino para darle paredes. El peso era casi nada. El gesto era todo lo contrario. Leyó la libreta desde arriba.Kazan, te quiero.Y luego la aclaración inmediata, las razones, el primer amigo, la persona cercana. Él procesó las palabras en orden, pero fue una sola la que se detuvo a mitad del camino y no terminó de bajar. Alguien que quiero proteger un montón. Sus ojos pequeños se posaron en ella, cuatro metros de Skypean empapada, temblando, con el arco apretado contra el pecho como si fuera lo único que no podía permitirse perder, y sintió algo que no supo nombrar del todo. No era extrañeza exactamente.Quiere protegerme. A mí. No lo dijo en voz alta. Así que si empiezas con ese mal hábito de sobrepensar todo, ven a mí, ¿vale?
El sol le llegó a ella antes de que él terminara de procesar el encargo. Seraphine arrugó la cara entera contra la luz del verano, la palidez de su piel haciendose real.-Nadie me había dicho eso tan directamente desde...- Se interrumpió. Sus dedos fueron al collar, los nudillos tocando las cuentas de madera una por una, sin prisa, y el pensamiento que vino no era de los que se completan en voz alta delante de alguien. El esclavo que murió protegiéndolo tampoco había dado muchas explicaciones antes de hablar. Algunos gestos no necesitan elaboración para pesar lo que pesan. -...mucho tiempo.- Terminó la frase así, sin rellenarla más, y empezó a caminar hacia la orilla.
La toalla de Seraphine seguía donde ella la había dejado al entrar al agua, doblada sobre sí misma, ajena a todo lo que había pasado en el mar desde entonces. Cuando llegaron a tierra seca, Kazan bajó la mano que la sostenía hasta casi el nivel del suelo, dejándola espacio para bajarse, y entonces miró la palma. La suya, no la de él. Señaló el corte con el índice, sin tocarlo, como había hecho antes y luego señaló la toalla.
Mientras esperaba, sacó la pipa del fajón. La sopló sin encenderla, limpiándola despacio, y repasó lo último que había leído antes de salir del agua. No lo sé. Según lo que leí, ¿es cuando te diviertes? Nadando, haciendo castillos de arena y eso. Según lo que leyó. Sus dedos se detuvieron un momento sobre la pipa.Aprendió la playa de un libro. Tocó el cuerno izquierdo con los nudillos, despacio.La diferencia es que ella todavía tiene tiempo de descubrir si la playa real es mejor o peor que la del libro. Eso... eso no es poca cosa. Miró el mar. El sol de media mañana le daba al agua ese azul específico que él asociaba con los días en que no había ningún sitio urgente al que ir. Las gaviotas que su risa había levantado antes habían vuelto a sus rocas. Era un día apropiado de playa. -Yo también quiero protegerte.-
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Casi se podría decir que irradiaba felicidad, pensando que era importante recordarle al resto lo importante que eran para Seraphine, al ser algo que le gustaría que hicieran con ella también, se acomodó contra uno de los dedos, mientras contaba con los suyos a todas las personas que quería: Kazan, Mizuki, Moja… la lista de pronto se volvió más larga de lo esperado, mirando aquellos dedos, sin poder creérselo del todo, y sonrió, con cierta esperanza de poder crear más amigos.
Y fue en ese momento, que lo notó algo silencioso, confusa y temiendo que hubiese cruzado alguna línea, alzó su cabeza, mirándolo directo al rostro, inclinando un poco su cuello, esperando que fuese el mayor que dijera algo al no querer arruinar el momento por su impaciencia, hasta que lo que dijo, le ocasionó que frunciera un poco el ceño, colocó una flecha en el arco y le disparó directo a la nariz, sabiendo muy bien que quizás apenas le pudiese hacer un cosquilleo por la diferencia de tamaño, creyendo que debía de ser igual a un mosquito molestoso.
—Creo que llevo diciéndolo desde hace varios días, una y otra vez— Le sacó la lengua, poniéndose de puntillas. —Que eres mi amigo, que eres importante y que quiero protegerte. ¿Dónde está el brazalete que te regale?— No pudo evitar fulminarlo con la mirada, sacudiendo su arco.
Tuvo que aferrarse a él, aprendió a mantener el equilibrio cuando el wotan se movía, pero tampoco era la persona más segura sobre sus propios pies, no tardando demasiado en dar un saltito y correr en dirección a la toalla, envolviéndose en esta como si fuese un burrito, frotando su mano herida contra esta para limpiarla, alzando su vista cuando escuchó lo último, dando un pequeño saltito de alegría, meciendo su cuerpo de un lado a otro.
—Hay que proteger a Mizuki también.
Asintió, segura de lo que escribía, y miró a su alrededor, algo incómoda por la ropa que se le pegaba. —¿Qué hacemos ahora?— Preguntó, hundiendo sus dedos en la arena.
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La flecha le dio en la nariz. Kazan no se movió. El impacto fue aproximadamente lo que hubiera esperado si una gaviota hubiese decidido investigar su cara de cerca, una presión breve, un sonido pequeño, y luego nada. Llevó la mano a la nariz despacio. La presionó con dos dedos como si estuviera evaluando daños estructurales, movió la mandíbula de un lado a otro, parpadeó dos veces mirando al horizonte -Devastador.- Luego bajó los ojos hacia Seraphine, que ya corría en dirección a la toalla con el arco en la mano y la expresión de quien ha hecho justicia. La vio envolverse. La vio frotar la palma herida contra la tela con la misma energía con que había arañado su pierna antes, y algo en su pecho respondió con un movimiento que no era exactamente risa y no era exactamente ternura sino algún punto tranquilo entre los dos. Lleva días diciéndolo. Tiene razón en eso.
Bajó la vista a su muñeca izquierda. La pulsera estaba donde siempre había estado ahí, quieta, sin hacer falta demostrar nada. Se acercó hasta donde ella estaba envuelta en su toalla, hundiendo cada paso en la arena seca con el peso acostumbrado, y se agachó lo suficiente para que la distancia entre los dos fuese conversación en lugar de gritos. Señaló la pulsera con un gesto breve. Luego se señaló a sí mismo.-Por las profundidades... tienes razón. Lo escuché. Las dos cosas son distintas escuchar y saber recibirlo. La segunda me cuesta más.- No añadió disculpa. No era lo que la situación pedía. Era una admisión directa de un hecho. Mientras ella seguía leyendo la libreta, sacó la pipa del fajón. La cargó despacio el tabaco primero, luego la llama, luego la primera calada larga que salió en una columna recta hacia arriba antes de deshacerse en el aire de verano. Leyó lo siguiente.
Hay que proteger a Mizuki también. Asintió. -De acuerdo.- Y le dio otra calada.-Aunque proteger a Mizuki y que Mizuki acepte que la protejan... son dos corrientes distintas. La segunda va a necesitar más trabajo que la primera.- Lo dijo sin ánimo de discutirlo, solo depositando el matiz donde correspondía. Seraphine ya sabía eso mejor que él, probablemente.¿Qué hacemos ahora?
Los dedos de ella hundidos en la arena. El sol encima de los dos. El mar detrás, todavía con el arco del entrenamiento y la flecha fallida y todas las palabras que habían pasado en el agua esta mañana. Kazan miró a su alrededor con la calma de quien está tomando una decisión táctica de cierta importancia. Luego se sentó. El impacto de sus quince toneladas en la arena seca fue digno de ver, una sacudida que salió en todas direcciones y levantó una nube de polvo dorado alrededor de sus rodillas. Cuando el polvo se asentó, Kazan ya estaba mirando la arena frente a él con expresión completamente seria. Hundió un dedo del tamaño de un poste en la superficie y empezó a trazar un rectángulo.La base de lo que, con algo de buena voluntad y perspectiva generosa, podría considerarse el inicio de un castillo. Levantó los ojos hacia Seraphine -Según lo que leíste...- Señaló el rectángulo con la pipa. -...esto va primero, ¿no?-
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No pudo evitar sacarle la lengua y se cruzó de brazos, dándole la espalda, jugando a estar más enfadada con él que estarlo en realidad, sin saber del todo por qué aquello se le hacía tan divertido, eso sí, le sorprendía un poco que hubiese tomado aquella reacción de dispararle, cuando en el pasado solo habría entrado en pánico ante la idea de hacerlo, ¿Ocasionar daño a un amigo? ¡Jamás! Y ahora estaba disparando flechas como si fuese cualquier otro lunes para ella; por otro lado, haberse vuelto una Seraphine burrito con la toalla resultó reconfortante; tenía un enorme abrazo rodeándola de los pies a la cabeza.
Y cuando vio la pulsera, el pulso de Seraphine subió un poco, buscando acercarse para verla, una parte de ella no esperaba que Kazan la vistiese, al no pensar que tenía la obligación de ello, naciendo desde la profundidad de su corazón al ser algo que quería hacer solo para él, siendo una emoción electrizante el tener a alguien que hacerle el primer regalo decente de su vida, o al menos eso creía la mujer de cabellos bicolores. —¿Qué crees que le gustaría a Mizuki?— Se rascó un poco el mentón, ahora habiendo agarrado una ramita suelta para poder escribir en la arena, de pronto, infló sus mejillas, lanzándole una pequeña roca contra su pie. —Te toca empezar a saber recibirlo o empezaré a sonar como loro roto cada vez que te lo diga— Entrecerró sus ojos, apuntando con su dedo índice; parecía estar regañándolo.
Al verlo fumar, otra vez no pudo evitar hacer una mueca, frotando un poco sus nudillos entre sí, eso no podía ser bueno para su salud, ¿debería arrastrarlo quizás al médico para que viesen sus pulmones? Aquello siquiera era posible; arrugó la nariz, cruzándose de brazos durante unos minutos y movió su pie contra el suelo, dando unos golpecitos, pareciendo ser una liebre. —Ya lo intentaré yo— Colocó una mano sobre su pecho, mientras que con el otro, seguía utilizando aquel palito para escribir en la arena. —Le haré saber que si no puedo hacerlo, me pondré triste— No mentía, quería proteger a sus amigos y si no podía, más de una vez tendría un escenario feo danzando en su cabeza.
De haber podido, Seraphine habría gritado, pareciendo de pronto casi una avestruz al lanzarse contra el suelo, buscando protegerse de la nube de arena, sin embargo, resultó tarde, de pronto, su cuerpo se encontró debajo de una pequeña montaña, batallando para salir y sacudir toda la arena que tenía encima, estuvo a punto de quejarse, cuando vio la línea.
—¿Qué estás haciendo?— Ladeó la cabeza. —¿Vamos a construir algo?— Se acercó con interés. —¿Ahora qué?
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La observó salir de la arena. Seraphine emergió de la nube con la determinación específica de alguien que no va a admitir haber sido sorprendida, sacudiéndose el pelo, los hombros, la toalla, con movimientos rápidos y precisos que iban perdiendo eficiencia a medida que encontraba más arena de la esperada en más sitios de los anticipados. Kazan siguió todo el proceso con la expresión de quien contempla el horizonte un día sin nubes. No tenía nada que ver con lo ocurrido. La piedrita le dio en el pie. Bajó los ojos. Luego los subió hacia ella. Luego volvió a bajarlos hacia la piedrita, que descansaba en la arena junto a su dedo gordo sin haber dejado evidencia física de su paso por el mundo. Leyó lo del loro roto. Loro roto. Cuarenta y cinco años. Dos décadas en una arena. Siete como revolucionario. Y la amenaza que más directamente había aterrizando en su pecho esta mañana venía de cuatro metros de Skypean con arena en el pelo y un palito en la mano. Asintió Una vez. El tipo de asentimiento que en otros contextos hubiera firmado un tratado.
Luego dio una calada larga y deliberada a la pipa. El humo salió despacio, tranquilo, hacia arriba. Seraphine hizo la mueca que esperaba. Kazan mantuvo la pipa exactamente donde estaba, con la serenidad de un hombre cuyos pulmones habían tomado sus propias decisiones hace aproximadamente tres décadas y no mostraban interés en abrir el tema a debate. La vio frotar los nudillos. La vio cruzarse de brazos. La vio mirar la pipa con la expresión específica de quien está calculando la logística de arrastrar diez metros de Wotan a una consulta médica. -Ga-ha-ha-ha-ha.- Salió solo. No pudo evitarlo. La imagen de Seraphine intentando convencer a un médico de que tenía cita con quince toneladas de paciente era demasiado concreta para no producir ese efecto.
Leyó la pregunta sobre Mizuki. La consideró con genuina atención no la descartó ni la respondió de inmediato, que era su forma de indicar que se la estaba tomando en serio. -No la conozco suficiente para darte algo concreto.- Pausa. Otra calada más corta esta vez.-Pero tú la conoces mejor que yo. Dime qué viste tú y opino sobre lo que vi yo. Entre los dos igual llegamos a algo útil.- Lo del loro roto volvió a su cabeza un momento. Sus dedos fueron a la pulsera en la muñeca no al collar, esta vez a la pulsera, el gesto más pequeño y más reciente y la rozó con el pulgar antes de volver a la arena. -Por las profundidades... y lo que dijiste antes. Lo del loro. Llevas razón.- Lo dijo hacia la arena, no hacia ella. Como si la arena necesitara saberlo también. Señaló el rectángulo trazado con la pipa. Luego señaló a Seraphine. Luego la arena alrededor del rectángulo, que en su escala era aproximadamente el tamaño de un campo de entrenamiento pequeño.
-Tú los detalles finos. Yo el movimiento de tierras.- Empezó a mover arena con las manos. Sus palmas recogían cantidades que para Seraphine habrían requerido una pala y media hora de trabajo, acumulándolas con cuidado relativo en los bordes del rectángulo para formar lo que, con suficiente buena voluntad arquitectónica, podría empezar a parecerse a una muralla.
El sol de media mañana les caía encima a los dos, sin prisa, como si también hubiera decidido que no había ningún sitio más urgente al que ir.
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Llevó las manos a la espalda y giró en círculos, intentando quitarse la arena de las alas, pero resultó algo difícil y no pudo evitar gruñir de manera silenciosa, gracias a la toalla, la arena no pudo entrar en zonas sensibles, sin embargo, seguía siendo una molestia, manteniéndose algo alejada, por si se le ocurría hacer hacer algo similar, tomó la toalla entre sus manos, sacudiéndola para quitarle toda la arena, con un pequeño bostezo y tras asegurarse de que todo estaba en orden, no tardó demasiado en volver a meterse dentro del agua, sumergiéndose y llevó las manos a su cabeza, intentando quitarse la arena de allí.
Y asegurándose que su cuerpo no era visto por el contrario, aunque ya la hubiese visto con su ropa interior, se quitó el vestido, moviéndolo un poco dentro del agua, para limpiarlo y se sumergió, para volver a ponerselo, eso sí, una vez quiso salir, se percató de haberlo hecho al revés, así que devuelta al agua por unos segundos, teniendo esta vez, todo en orden, salió más segura de sí misma, dejando escapar un pequeño estornudo, no envolviéndose en la toalla, mirándola con cierta sospecha de tener todavía arena.
Entrecerró sus ojos, segura de que Kazan se reiría hasta de una simple brisa, y se rascó la garganta, sosteniendo el palo otra vez en su palma, si no fuese por un par de cositas, sería idéntico al día que se conocieron, imitó el movimiento de estar tocando algo en el aire con el palo. —La interrogaré de la forma más insospechada posible— Sonrió, sin entender muy bien por qué mentir se le daba muy bien, a veces. ¿Tenía razón? Lo observó con curiosidad; tener razón se escuchaba bien, asintiendo, Seraphine se acercó a la creación de Kazan, con sus dedos tocando las zonas que parecían requerir una pequeña intervención para mantenerse bien, dibujando, a veces, pequeñas ventanas o una puerta, con una sonrisa, distrayéndose de vez en cuando en búsqueda de objetos para poder decorar.
—¿Tienes cositas que contar de los días que no nos vimos?
Con curiosidad, tomó una concha entre sus dedos y le echó un vistazo adentro.
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La arena seguía cayendo de sus manos cuando Seraphine volvió del agua por segunda vez, con el vestido en el orden correcto y la expresión de quien ha ganado una batalla que nadie más sabía que estaba librando. Kazan no dijo nada sobre el proceso. Siguió moviendo tierra, sus manos recogían y apilaban con la cadencia lenta normal en el los muros del castillo ganaban altura con cada pasada, irregulares en la escala de Seraphine pero razonablemente sólidos para lo que el proyecto requería. La pipa humeaba entre sus dientes mientras trabajaba, y el sol de media mañana le calentaba la espalda. Leyó lo de Mizuki.La interrogaré de la forma más insospechada posible. Sus ojos pequeños se movieron hacia ella, los dedos de Seraphine ya trazando ventanas en los muros, buscando conchas en la arena con la concentración de quien ha encontrado un proyecto que merece toda su atención. La forma más insospechada posible. Ga-ha...
La risa no salió, no quería interrumpir el momento. ¿Tienes cositas que contar de los días que no nos vimos? Dejó de mover arena un momento. Apoyó las manos en las rodillas y miró el castillo los muros, las ventanas pequeñas, la puerta que ella había dibujado con el palito en un lateral como si estuviera tomando inventario de algo más. -Por las profundidades... poco y mucho, según cómo se mire.- Recogió una palada más de arena, la depositó en la esquina noreste del castillo, que amenazaba con ceder. -Estuve en Samba. Isla de karate no sé si la conoces. Hay una cascada que lleva cayendo desde antes de que ninguno de los dos naciéramos y un maestro que lleva enseñando desde antes de que cayera la cascada, o eso parece.- Una pausa. Otra calada. -Aprendí Gyojin Karate. O los primeros pasos, que no es lo mismo que aprenderlo, pero es el principio.- Sus dedos tocaron el cuerno izquierdo brevemente no por reflexión profunda sino por el hábito de tocar algo cuando las palabras van tomando forma. -Y conocí a alguien. Kelvin. En Samba también, el gigante del que os hable y nos dejara su barco.- Lo dijo sin preámbulo especial, con el mismo tono con que había descrito la cascada. -Buen hombre. De los que escuchan antes de hablar, que no abundan.- Señaló con la barbilla la concha que Seraphine sostenía en los dedos.-Esa va bien en la torre. Si el castillo va a tener torre.- Miró la construcción con ojo crítico. Luego a ella.-¿Tiene torre?-
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Le sorprendía un poco la rapidez con que el hombre hacía su trabajo, apoyando su cabeza y cuerpo contra la extremidad más cercana, sintiéndose una garrapata, sorprendiendo un poquito que Kazan no se cansara de ella, creyendo que quizás a estas alturas estaría un poco cansado de la actitud de la Skypean, pero no daba indicio alguno, abrazándose a sí misma para protegerse un poco del intenso calor, ocasionando que su piel comenzara a tornarse algo roja.
Se quedó así, quietecita durante unos minutos, hasta que se movió, utilizando ambas manos para alisar algunas zonas, con intención de perfeccionar un poco el trabajo mientras apoyaba su lengua en la comisura de sus labios, una señal de encontrarse concentrada, dibujando pequeñas espirales y, de vez en cuando, haciendo un poco de contorsionista cuando llegaba a la base; casi cuatro metros no le servían de mucho cuando debía trabajar cerca del suelo.
Sacudió un poco su cabeza, los largos mechones se le pegaban a la piel, revoltosos, creando pequeñas ondulaciones por su espalda, el peinarlos por la mañana, era a veces un pequeño dolor por los nudos que se formaban, tendía a dormir como una pelota, hacía cualquier lado, despertando a veces, con las manos detrás de su cabeza, pareciendo estar tomando el sol, resultaba, de vez en cuando una posición cómoda al estirar los músculos de la espalda, mientras lo escuchaba soltar aquella típica frase suya, se le acercó, dando saltitos y colocó sus manos sobre el dedo más cercano, casi amasando, pareciendo un pequeño gatito y apoyó su mentón sobre este, delineando su forma, sin entender del todo el motivo de sentirse tan segura con él.
Sus pequeños dedos, comparados con los del Wotan, se hundieron en cada cicatriz, grieta que pudiese encontrar, y apartó la arena que entorpece su camino, comparando el color de ambas pieles, sin comprender del todo por qué era azul. ¿Sería su parte gyojin? Confusa, lo miró. —¿Te gustaría seguir aprendiéndolo?— Un montón de dudas se formó en su interior, ¿ella debería aprender algo? Le vendría bien, o eso creía, pero no sabía qué. —¿El profesor fue muy severo?— Kazan de alumno, arrugó su nariz cuando lo imaginó con uniforme, asintió a sus palabras de Kelvin, sin estar muy segura de si confiar en ese otro gigante o no.
—¿Wotan… era un híbrido de gyojin y gigante, no?— Confusa, sintió un enorme signo de interrogación sobre su cabeza. —¿Por qué tienes cuernos y qué pez eres?— Quería aprender un poco más de él. —Va a tener torre— Asintió, con entusiasmo.
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El dedo que ella usaba como almohada era el índice derecho. La dejó amasar. Sus dedos pequeños recorriendo cicatrices que él ya no recordaba de dónde venían algunas del circo, algunas de los siete años siguientes, algunas de antes de que tuviera edad para llevar la cuenta. El contraste de pieles era obvio desde cualquier ángulo: cerúleo oscuro contra blanco de Skypean.
Leyó las preguntas en orden. -¿Seguir aprendiéndolo?- Recogió una palada de arena para el lateral que empezaba a ceder, casi de forma automática, mientras consideraba la respuesta.-Sí, sin duda.- Lo dijo con brevedad. -El maestro era severo en el sentido correcto. No gritaba. No humillaba. Solo esperaba.- Le dio una calada lenta-¡Pero tuvo mucha paciencia!.- Sus ojos pequeños bajaron hacia donde ella seguía explorando su mano con los dedos, comparando texturas, deteniéndose en cada grieta. La pregunta sobre los cuernos llegó mientras él depositaba arena en la torre que iba a tener torre, había quedado establecido con toda la seriedad que el asunto merecía. -Wotan es lo que ocurre cuando un Gigante y un Gyojin tienen un hijo.- Lo dijo con la naturalidad de quien lleva cuarenta y cinco años siendo exactamente eso. -De los Gigantes viene el tamaño. La resistencia. La forma del cuerpo. De los Gyojin viene el agua la capacidad de respirar bajo ella, de moverse en ella de forma distinta al resto. El Karate que estoy aprendiendo pertenece a esa parte.- Tocó el cuerno izquierdo con los nudillos. Despacio, considerando cómo explicar algo que nunca había necesitado explicar antes porque nadie se lo había preguntado con esa cara específica de querer entenderlo de verdad. -Los cuernos...- Una pausa más larga de lo habitual. -No son Gigante ni Gyojin. Son de una tercera cosa que no tengo nombre claro para darte. Algunos Wotans los tienen. Otros no. Los míos aparecieron cuando tenía doce años y me pasé tres meses convencido de que algo iba mal.- La risa que siguió fue breve y sin estruendo el tipo de risa que sale cuando el recuerdo ya no duele.-Luego aprendí que lo que va mal no siempre es un problema. A veces es solo lo que eres.-
Señaló la torre en construcción con la barbilla. Sus manos empezaban a dar forma al cilindro que remataba la esquina noreste del castillo una columna de arena apretada que a la escala de Seraphine quedaría aproximadamente a la altura de su rodilla. -¿Y el pez?- Calada larga.-Nunca lo pregunté. Quizás es mas difícil identificarlo cuando tienes mezcla.-
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