Tocar Cielo | Pasado | Enji
#1
38 de Verano, año 17
Puerto de Baquella

02:00 am.


Mi alma estaba despierta. Desde la primera pisada en el puerto, mi corazón reconoció el hogar antes que mi mente. La brisa del mar me hablaba en un idioma antiguo y familiar, uno que había echado de menos sin saberlo. El sueño no llegaba, tras tanto tiempo lejos… volver era demasiado intenso para permitirme descansar.

Caminaba descalza, como solía hacerlo de pequeña, con las sandalias colgando de una mano mientras la otra se mantenía firme sobre la correa de mi violín. Avancé primero por el muelle, haciendo crujir la madera bajo el leve peso de mi cuerpo. Pasé junto a los puestos ambulantes del muelle, la mayoría estaban cerrados a estas horas de la madrugada, pero algunos permanecían abiertos hasta el amanecer, recibiendo a marineros que encontraban refugio en el alcohol.

De mis labios escapaba el tarareo suave de una canción, apenas un susurro para mí misma, mientras mis ojos azulinos exploraban cada rincón por el que avanzaba. ¿Habría cambiado algo desde que me fui?, no lo sabía, y bajo la luz del anochecer aquel puerto no parecía dispuesto a brindarme la claridad suficiente para confirmarlo, habiendo rincones oscuros que no mostraban su verdadera forma.

Estar en casa se sentía bien y, al mismo tiempo, ya no era lo mismo. Ahora debía caminar con cautela, procurando no meterme en problemas después de los recientes acontecimientos. Por eso, cualquier atajo que me apartara de alguna guardia de la marina me resultaba especialmente útil.

El camino del muelle terminó y decidí avanzar por la costa, dejando que el agua empapará mis pies a cada paso por el que andaba. El viento del mar acariciaba mi cuerpo de manera constante, abrazándome con cariño como si supiera que había vuelto. A lo lejos, en altamar, pequeños relámpagos anunciaban un monzón que no tardaría en arremeter contra las costas de Baquella — Parece que lloverá… — Susurré para mí misma, deteniéndome un instante a contemplar la inmensidad del mar.

—Tantos recuerdos… —- Una sonrisa nostálgica se dibujó en mis labios, estaba lejos del puerto y del pueblo, lejos y a la vez tan cerca de todo lo que conocía y se promulgaba en mi memoria. Sin embargo, me mantenía al margen, con el corazón despierto, deseando y añorando gritar a los cuatros vientos: “Estoy en casa”.

Un poco más, solo un poco más… Continué mi camino hasta llegar a una zona solitaria, casi adentrándome en el bosque y sus manglares, pero permaneciendo en la orilla de la arena y el mar. No había luna ni cielo estrellado, solo un firmamento opaco y nublado que no traía frío consigo, sino, la sensación de una pasadera tropical a punto de anunciar algún cambio en el panorama mientras el sonido del agua y el viento me acompañaban silentes, envolviendo mis pasos y mis pensamientos en memorias del ayer, me sentía pequeña y libre a la vez, absorbiendo cada detalle de aquel regreso a mi tierras.

Al sentirme cómoda y segura, tiré mis sandalias a un costado y saqué mi violín del estuche, con un millón de emociones girando en mi pecho, ¿deber?, ¿culpa?, ¿anhelos?, ¿aventura?, ¿tristeza?, no, no sabía cómo concretarlas ni qué cara ponerles. Coloqué la parte inferior del violín sobre mi hombro izquierdo, posicionando los dedos de mi mano zurda sobre las cuerdas y fijando el mentón sobre su madera para que no se moviera, y fue entonces, al cerrar mis ojos, que comencé a tocar una melodía pacífica y armoniosa, tan perfecta que el ruido del oleaje del mar parecía convertirse en el coro de mi sinfonía.

Un látido, suspiré.

Recordé mis momentos en Samba y a todas las personas que han pasado por mi camino junto a la trayectoria que he vivido. Evocaba los momentos más felices, las aventuras compartidas, a cada una de esas personas que dejaron huella en mi corazón, con sonrisas genuinas y las palabras que se marcaron hasta mis huesos, me permití sentir la libertad con ellos.

Dos látidos, añoré.

Recordé mi familia, mi crianza y todos aquellos maravillosos momentos compartiendo la mesa, las fiestas, las danzas, los festivales y el arduo trabajo de los navíos pesqueros. Evocaba lo admirable que era Baquella y su gente, mi gente. Recordé el taller de mi padre, donde no solo nacieron distintos objetos e instrumentos músicales a mi solicitud, sino que también era mi lugar favorito, donde podía ver un sueño hecho realidad reflejado en el rostro del hombre que me dio a Amphitrite, mi violín.

Tres latidos, el amor no se encuentra ahí.

Mientras tocaba aquella melodía, mis pies y mi cuerpo apenas danzaban al compás de cada entonación, girando suavemente sobre mi propio eje, con movimientos leves y tranquilos. La brisa proveniente del horizonte hacía mecer mi vestido blanco junto con los mechones largos de mi pelo naranja cuál llamas fuego. Estaba sola esta noche, pero… al mismo tiempo, sentía felicidad de estar aquí.

Al terminar la canción, mi mirada azulina se encontró de nuevo con aquel escenario tranquilo y misterioso. El mar de noche podría causar miedo, pero en mí despertaba un sentimiento de amor profundo. En cualquier momento… — Lloverá. 

Cuarto latido, un tesoro.
¿Y el quinto?, Una verdad que podría doler.


Referencia
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#2
La noche se ponía fresca, y, por momentos, disfrutable. Entrada la madrugada los vientos del sur lograban aplacar el calor subyacente, legado de una tarde ardiente en la siempre carismática y tropical Baquella. Por primera vez en todo el día, Enji vio las calles despejadas, libres de pescadores, comerciantes y turistas. Por primera vez, pudo encender un cigarrillo y sostenerlo entre sus dedos sin correr el riesgo de quemar a alguien.

—Que desastre hicieron en este pueblo…

Estaba parado frente a un paredón y la enorme pancarta de invitación pegada al ladrillo lo miraba fijo. New Era Joy Park, una publicidad enorme, culpable principal de que sus turnos de patrullaje se hubieran doblado en la última semana.

—Hijos de puta, más vale que tengan las tacitas giratorias —señaló.

Dió una calada a su cigarrillo, arrojó la ceniza contra el enorme cartel y siguió camino.

Baterilla llevaba días siendo asediada. Los barcos llegaban a docenas y nunca se iban. Los amarres juntaban polvo en el puerto, percebes se aferraban a los cascos descuidados y los locales, encantados por la oportunidad, llenaban sus bolsillos con dinero extranjero. Desembarcaron turistas desde Karate, Sorbete, Samba… desde todas las islas del South Blue. Personas de distinta índole se apersonaron al hogar del comercio de pescado atraídos por el novedoso parque de diversiones y su peculiar anuncio.

«Un parque en los cabos gemelos… —meditó Enji—. Están que se ahogan en dinero para hacer algo así»

Caminaba por la costa, siguiendo el camino natural que acordonaba la ciudad y funcionaba de frontera entre el mar y los edificios. Las botas del marine golpeaban en piedra adoquinada, pulida por el tiempo y las miles, millones de personas que se pasarearon por allí. El pantalón, increíblemente, seguía en su lugar, pero el chaleco blanco se había ido. En el cuello cargaba un pañuelo azul y en la cabeza, una gorra blanca. El símbolo de la marina se apreciaba perfectamente en ella.

Enji encontró una roca demasiado pegada al sendero, pero todavía sobre la arena de la playa. De un salto subió en ella, se sentó en su cima y, con el cigarrillo en la boca, echó la mirada al mar. Llenó sus pulmones de humo y suspiró, evaluando la tormenta que se acercaba. ¿Cuánto tardaría en llegar? ¿Una hora? Quizás menos. El cielo estaba cubierto, los relámpagos se apreciaban a lo lejos y el viento que viajaba desde el sur olía a tierra mojada.

—Hoy me iré temprano —musitó, sonriente, mordiendo el cigarro—. Que suerte.

Cerró los ojos, inhaló humo y se relajó. Dejó que el aire frío lo envolviera, la piel erizada y el corazón tranquilo.

De pronto, escuchó algo.

Algo distinto, peculiar. Una grieta en los sonidos típicos de la noche. Algo se filtró bajo las olas rompiendo en la playa, entre el croar de las ranas y las risas lejanas de pescadores borrachos. Allí, sigilosamente colocada junto al silbido del viento, encontró una melodía. Un soneto agudo. Una canción.

Lo mínimo que podía hacer era ir a investigar.

Enji caminó siguiendo la línea de la playa hasta verla. Un poco más allá, dónde la urbanización se encontraba con lo salvaje, había una mujer frente al mar. Tocaba el violín y se movía con él. Fluía con su música, iluminada bajo el tenue foco de una luna impotente tras el paso de las nubes.

Se acercó, curioso, y la sonrisa en sus labios se ensanchó al reconocer un peculiar tono naranja en su cabello.

«Mira nada más…»

Un calor agradable nació en su pecho, y Enji, sosteniendo en sus labios el cigarro, se colocó en pose, corrigiendo la postura y la posición de sus brazos, para bailar. Bailar un vals al ritmo del violín, sin decir una palabra, pues no quería interrumpirla. Tan sumido estaba en la melodía que no se percató de cuando terminó y sus pies acabaron entrando al agua, cosa que no detuvo su danza.

—Parara… para… tururu…
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#3
Al terminar mi canción, mis ojos se quedaron en el mar, siguiendo cómo las nubes tormentosas comenzaban a cubrir el cielo más y más en un escenario oscuro y tenebroso, pero ese momento fue breve, porque una presencia que no había notado antes llamó mi atención. No fue tanto el verlo, sino el escuchar su tarareo, suave y cercano lo que me hizo girar y seguir con la cabeza todos sus pasos en una danza improvisada, moviéndose con naturalidad, como si él solo siguiera el ritmo que llevaba dentro, y sin darme cuenta, dejé de preocuparme por la tormenta para observarlo a él.

Palidecí apenas mis ojos reconocieron los vestigios de un uniforme de la marina, no necesitó decir palabra, era un oficial. Le faltaba la prenda superior, pero lo demás hablaba por él, las botas marcadas, el pantalón, el pañuelo azul atado en su cuello, y, coronándolo todo, aquella gorra insolente que con simple presencia proclamaba sin titubeos el lugar al que pertenecía.
Lo observé moverse entre giros y cierta gracia, dejando que el vaivén del oleaje mojara sus pies, y no pude evitar pensar que, quizás, se estaba burlando de mí. ¿Estaría borracho?, Tendría sentido, no hacía mucho había visto a otros como él refugiarse en el alcohol de los puestos ambulantes del puerto, ¿Podría alejarme sin problema… no?

No tenía miedo, si había decidido tomar un camino que desafiaba la ley, tarde o temprano tendría que enfrentar el riesgo de perder la vida. Ladeé ligeramente la cabeza ante el comportamiento del oficial, aguardando a que dijera algo, a que revelara sus intenciones. Estaba confundida ante sus actos.

No obstante, al permitirme recorrer con la mirada cada detalle de su figura, mis ojos azulinos se detuvieron en una marca inusual, extrañamente familiar, era en el costado derecho de su abdomen, una quemadura que se extendía entre sus costillas y su cadera, como un rastro del pasado grabado en su piel. Mi mente la reconoció antes de entenderla, procesando con lentitud ese hallazgo mientras una inquietud suave, casi íntima, comenzaba a tomar forma dentro de mí.

Y mientras lo observaba bailar, fascinado, tarareando la melodía que antes había tocado con el violín, mi curiosidad no hizo más que crecer, había algo en su presencia que me atraía, que me empujaba a querer saber quién era, y aún así, la imagen de la persona que cruzó por mi mente en ese instante no terminaba de encajar con él.

Empecé a superponer en mi mente una imagen antigua con la que tenía frente a mí, ambos marcados por cicatrices y quemaduras, de estatura y porte semejantes, aunque a este hombre lo percibía más fuerte, más cuidado por el paso del tiempo, y, como un eco persistente de aquellas memorias del pasado, se repetía el mismo patrón de alguien obstinado por el vicio del cigarro. Pero había algo que debía confirmar por mí misma.

Pasé el arco de mi violín a la mano que sostenía a Amphitrite, y con pasos que vacilaban entre la cautela y el impulso, me adentré en el agua y en el improvisado campo de baile que él había creado. Me acerqué lo suficiente para que dejara de moverse, quedando frente a frente, a escasos centímetros para obtener toda su atención. Entonces mi mano libre se elevó hacia su rostro y levanté el ala de su gorra con suavidad, revelando entonces el color de sus ojos, aquellos rojizos profundos que algún tiempo atrás me habían pertenecido a mí entre las llamas y el puerto, este mismo puerto con un presente diferente.

Casi no había dudas, y aun asi algo en él era distinto, su cabello era blanco y no llevaba barba, tan opuesto a aquel recuerdo que permanecía en mí, un hombre de pelo azabache y una barba tupida, marañada, casi indomable. Me detuve a observar con mayor detenimiento cada aspecto de su rostro, descubriendo detalles que antes habían permanecido ocultos, un lunar discreto, una cicatriz en la comisura de su boca, poco a poco esos aspectos iban encajando en una imagen más profunda. Mi mano descendió con suavidad hasta su mejilla, rozando aquella marca junto a sus labios, como si en ese contacto pudiera confirmar lo que mis recuerdos se negaban a soltar, y tras ese instante breve en los que me permití explorar, retiré mi mano en silencio.

Mi expresión, en ese momento, era la de una mujer perdida en una confusión absoluta, no como si hubiera visto renacer a un muerto ante mis ojos, sino porque mis recuerdos comenzaban a transformarse, cediendo su lugar a algo distinto a lo que esperaba, ¿Un Marine?, eso era lo de menos. Con un sentimiento a flote en mi pecho, le regalé una sonrisa serena y dulce, como si en medio de esa incertidumbre mi corazón hubiera decidido reconocerlo de todas formas. Y mis ojos no mentían, un pequeño sollozo intentó hacerse presente pero no me permití dejarlo salir, no ahora que finalmente lo miraba de nuevo.

—- Enji, ha pasado tiempo.
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#4
El ímpetu del baile lo llevó a sumergir los pies en el agua, avanzar en ella hasta que la altura del mar le tapó las rodillas y las primeras señales de debilidad lo forzaron a regresar, siempre al ritmo de la melodía. A cada paso le correspondió un chapoteo. La arena húmeda cedía bajo el peso del cuerpo, las ondas dibujaban figuras en la superficie y el reflejo seguía el movimiento de sus brazos, coordinados en el ir y venir que marcaba la marea. Bailar lo relajaba. Lo descubrió cuando tenía cinco años en el salón del que fuera su hogar, junto a su madre, que era una gran bailarina, y, desde entonces, aunque se le olvidaba por periodos, siempre regresaba al baile. Se convirtió en algo natural en él. Una respuesta física, arraigada como el impulso irrefrenable de respirar.

El ritmo marcaba el paso. Uno, dos, tres, y una vuelta. Uno, dos, tres, y repetía. Lineal, fluido, constante. La música ya no hacía falta. Sentía el compás en la cabeza y los pies se movían solos.

Al cabo de unos segundos disfrutando a ojos cerrados del momento, se detuvo. La cadena de pasos conoció su final cuando sus pies se plantaron frente a la mujer del violín, la joven de cabellos anaranjados y un cielo en la mirada. Miyori, se llamaba. Recordó su nombre como quien rememora la letra de una canción que no pudo escuchar en mucho tiempo.

Enji abrió los ojos, bajó los brazos y guardó las manos en los bolsillos. ¿Allí quería llevarlo la melodía? ¿Cara a cara con aquella mujer? Rojo y celeste se volvieron a encontrar y se sorprendió de ver familiaridad en su mirada. ¿Cómo logró reconocerlo con tanta facilidad? Un año había pasado, además de una afeitada, tinte para el cabello y bastante ejercicio. Eso sin mencionar el diablo que tenía dentro.

Pero eso no hacía falta mencionarlo.

El tacto de su mano era suave, cálido y destilaba dulzura. Enji hizo memoria, pero no logró recordar la última vez que alguien acarició su rostro con tanto cuidado. Cómo si un mal movimiento pudiera resquebrajarle la piel. Es cierto, ella no había visto su lunar, tampoco la cicatriz del labio. Ella solo vio cansancio, frustración y resignación pintadas en un rostro demacrado.

¿Qué vería ahora? ¿Fuerza? ¿Confianza?

¿Locura?

—Ya lo creo, sí.

Los ojos del marine reflejaban gratitud. Gratitud para quien lo vio en el suelo y en lugar de pasar de largo, se detuvo, le tendió una mano y permitió que descansara de su tormento durante unos minutos. El mundo ardió a su alrededor y ella logró acallar los susurros de las llamas en su cabeza, al menos, por unos instantes.

Los instantes necesarios para volver a levantarse.

—Estuve en la Isla del Karate una temporada —comentó, sin apartarse un centímetro pero tampoco acercarse más—. Regresé hace varios meses pero… no te encontré por aquí, chica. ¿Dónde te habías metido? —indagó, genuinamente curioso al respecto—. A tu hermano creo haberlo topado alguna vez. Él no me reconoció. Parece que a ti no te puedo engañar tan fácil.
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#5
Mi pecho sintió un calor suave, así mismo como un cosquilleo de alivio tras haber confirmado y silenciado todas mis dudas, sí, era Enji, y mi sonrisa ahora era más segura y confiada, tratando de hacerle entender que estaba muy feliz de volverle a ver. Mis ojos lo recorrían con gran asombro al descubrirlo más fuerte, más sano y con una calidez en todo su ser, en su expresión, fuera de ser alguien hostil ahora parecía ser más amable, era como si el tiempo que no nos hemos vistos lo hubiese pulido y convertido en su mejor versión, sí, había cambiado, pero no de una forma que doliera, sino, en aquello que mi corazón, en secreto, había anhelado reencontrar en él en una próxima vez, y aún así, me parece increible que siga siendo él.

Incluso me resultó inevitable imaginarlo viajando, impulsado por el deseo de descubrir nuevos horizontes, como si en esos caminos lejanos hubiera encontrado al fin la fuerza para alzar la cabeza y avanzar sin titubeos, ya indagaría después, porque en ese instante una leve culpa rozó en mi corazón al pensar que él volvió al pueblo y no me encontró, aún cuando yo le había prometido esperarlo y sin embargo ese remordimiento tenue se vió apagado cuando no pude evitar una risa baja al saber que él incluso pasó tan cerca de mi hermano, Takeshi, y este nunca logró reconocerlo. Quizás el destino quería que fuera la única en conocer su versión antigua y ahora conocer su versión actual. 

— Bueno, supongo que mi hermano no es tan observador como yo… — Respondí con sutil sonrisa, señalando con mi dedo índice la marca de su quemadura de su costado. —- Si no hubiese sido por esa marca, no te hubiese reconocido en absoluto.

—-- Antes de conocerte para ser precisos, un año antes… conocí a un joven algo peculiar, de carácter obstinado…. —- mi mirada se alzó hasta encontrarse con la suya, mientras las memorias tomaban forma entre mis palabras, hilando el momento en que Iggy apareció a mi vida, y luego, inevitablemente las palabras que Yuuki me ofreció —-- Siempre he amado la música, pero no tenía el valor de salir a conocer el mundo… no quería dejar a mi familia… — Hice una breve pausa, dejando que mis ojos descansaran sobre mi violín azul, como si en el instrumento aún viviera el eco de aquellas dudas antes de mis comienzos. —- Pero gracias a él, a ese chico, y a otros más, comprendí que incluso el más pequeño deseo merece ser escuchado… que un sueño, por frágil que parezca, siempre vale la pena seguirlo, aunque el camino nos aleje de aquello que amamos por un tiempo. — Reincorporé mi mirada hacía él, sabiendo bien lo que decía o intentar justificarme. 

—- Así qué…salí de Baquella y pasé una larga temporada en Samba, conociendo rostros nuevos, atesorando momentos, y sobre todo, entregándome a lo que más amo… la música. — dejé que una leve sonrisa se plasmara en mis labios, suave, casi suspendida en el recuerdo de todas las personas que he conocido en Samba y que también impulsaron mi sueño de aventurarme a conocer y aprender sobre mi oficio.

Pero un estruendo profundo me sacó de mis pensamientos añorados, un estruendo que rasgó el aire a lo lejos, como un presagio inevitable, la tormenta comenzaba a reclamar el cielo de Baterilla, y el viento, cada vez más insistente e inoportuno, descendía hasta la bahía con una fuerza indomable, obligándome a llevar una mano a mi sombrero para evitar que escapara con las rafagas.

—- Regresé hace poco… hace apenas dos días para ser exacta… — Eso último lo dije en un tarareo, no juguetón, pero si para apartarme de él con pasos tranquilos, dirigiéndome hacia el estuche de mi violín, con cuidado resguardé a Amphitrite, como si protegiera algo más que madera y cuerdas, mientras las primeras señales de la lluvia se acercaban, envolviéndonos bajo la acumulación de nubes oscuras y el reflejo de sus rayos.

—-- ¿Y qué hay de ti…? —- pregunté, dejando que mi voz indicara la curiosidad que ahora sentía, mientras, me colocaba de nuevo las sandalias, estando completamente lejos del mar aunque mi vestido ya estaba empapado en la zona inferior, en las rodillas. —- ¿Qué hiciste en la Isla del Karate?, ¿Cómo es vivir allí?, ¿También guardan alguna música que valga la pena escuchar…? —- quise seguir, dejar que fluyeran todas mis preguntas, pero tuve que callarme al sentir las primeras gotas que comenzaron a caer, suaves, anunciando una llegada que estaba a punto de ser más insistente, no era una lluvia furiosa y tampoco una llovizna, pero sí lo bastante leve y oportuna como para que intentasemos encontrar un refugio antes de quedar a merced de ella.

—- ¿Te parece bien si buscamos un lugar para resguardarnos de la lluvia?
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#6
La buscó, sí. Negarlo hubiera sido una mentira peligrosa. La buscó durante las patrullas, largas y aburridas, caminando las docenas de senderos que recorrían Baquella. La buscó en las plazas, en las calles y, especialmente, la buscó en el puerto, donde las tablas de madera quemadas marcaban el lugar de su primer y único encuentro. La buscó porque el tiempo fue largo y el esfuerzo fue grande. Quería saber de su boca y ver en sus ojos el cambio, la diferencia entre el hombre que cayó en esas playas y el que se levantó entre las plantaciones de arroz de una isla marcial. No la necesitaba, pero quería esa validación. Se convirtió en su capricho y al mismo tiempo en un paso importante que elegía dar.

Levantó y cruzó los brazos frente al pecho, la mirada tranquila, los parpados pesados, y la creciente curiosidad que los sostenía.

—Samba, eh…

El nombre no le era del todo desconocido. Lo leyó en informes, carteles y páginas del periódico. Samba tenía su reputación, su fama, como la tenían Karate y Baterilla. Unos por sus artes marciales, otros por su pesca, faros y volcanes, y Samba, valga la redundancia, por su centro de baile y el río que atravesaba la isla. Se planteó visitarla en más de una ocasión. La responsabilidad —maldita responsabilidad—, lo dejó atado a Baterilla.

El trueno retumbó a su alrededor poco después del fogonazo blanco que volvió la noche en día por un instante. Vientos arremolinados acosaban la costa, traían hojas desde la selva y querían arrancarle el sombrero a Miyori. Se acercaba la tormenta.

—¿Y te encontré al anochecer del tercer día? ¿Eso no suena como el título de algún libro… extraño y estúpido? —comentó, de forma jocosa y sin esperar ninguna respuesta, mientras seguía a Miyori hasta donde se encontraba el estuche del violín azúl—. ¿Qué te puedo decir? Karate es un lugar tan estirado como lo esperas de su nombre. Muchas piñas, patadas… Eh…

Se detuvo.

En realidad, lo detuvieron. Algo estaba pasando.

Hizo una mueca y extendió el brazo a un costado con la palma hacia arriba. Buscaba confirmación y la encontró pronto en forma de lluvia. El temporal acababa de agotar su paciencia y las primeras gotas empezaron a caer, pequeñas y ligeras. El viento se tornó en una ráfaga rabiosa que trajo montones de hojas desde el bosque, además de polvo y tierra que picaba al pegar en la piel expuesta. Enji, instintivamente, se movió para cubrir a Miyori del golpe de la corriente de aire. La gorra marine voló mar adentro.

—¿Te parece? A mi me gusta aquí, igual nos cae un rayo y la noche se hace aún más interesante. ¡Shihahaha! —La carcajada brotó honesta y los brazos descendieron, al igual que su cuerpo.

Sin pedir permiso ni dudarlo un segundo, abrazó a la artista de cabellos naranjas justo por encima de las rodillas y la levantó, como si no pesase nada, sobre su hombro derecho. La aseguró rodeándole las piernas, abrazándolas con el mismo brazo, mientras el izquierdo sostenía el estuche del violín.

—¡Agarrate bien ese gorro! —advirtió, y empezó a correr en contra de la tormenta—. ¡Nos vamos a mojar un poco!

Y vaya que sí.

Enji podía correr rápido, muy rápido. La lluvia, sin embargo, tenía la ventaja de ser omnipresente. Allí donde pasaba, había agua. Las gotas dejaron de pegarle desde arriba para impactar desde adelante, pues las estaba chocando y pasando por encima en su precipitada carrera de vuelta al pueblo.

—¡Entrené en Karate! —Los truenos replicaban a cada palabra y el temporal arreciaba en la costa, así que levantó la voz—. Por lo que sea, allí saben pelear y son estirados como la mierda, así que, después de enlistarme, me mandaron allá para “Refinar la disciplina y desintoxicar el cuerpo”. Meh. No tienen idea del buen sake que se puede conseguir en Karate.

Dio un gran salto que los elevó seis metros en una parábola prácticamente llana. La elevación sólo sirvió de herramienta de atajo para pasar por encima de las cabezas de otros civiles que corrían apurados en busca de refugio. Eran pocos, pero de todas formas molestaban. Aterrizaron y se deslizaron sobre la película de agua que cubría el suelo adoquinado, hasta detenerse finalmente frente al toldo extendido de un negocio que había cerrado a las corridas y dejado el pequeño techo a su disposición.

Enji se colocó bajo la protección del toldo y bajó a Miyori al suelo. Sobra decir que estaban total y absolutamente empapados, cosa a la que su sonrisa parecía inmune.

—A salvo —dijo, llevándose los puños a la cadera y poniendo los brazos en jarra. Era su pose de victoria, al parecer—. No te voy a mentir, pensé por un segundo en invadir una casa. Hubiera quedado un poco mal ahora que soy la ley.
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#7
La tormenta ya reclamaba la bahía solitaria, envolviéndola en un pulso oscuro donde el viento arrastraba hojas del bosque como si nos indicarán que no éramos bienvenidos. Un rugido contenido vibraba en el aire, no solo en lo alto del cielo, sino profundo del entorno mismo. La arena se elevaba en remolinos ligeros que rozaban la piel, y mi sombrero temblaba inquieto, amenazando con abandonarme sí no lo sujetaba con firmeza.

—- ¿Qué caiga un rayo sobre nosotros hará la noche más interesante? — pregunté, con una ceja apenas alzada, mientras lo observaba inclinarse hacia mí, su silueta recortándose entre el viento y la penumbra, como si fuera a recoger algo perdido en el suelo, eso pensé.

No esperaba que me levantara como si fuera un costal de papas, ligero como una pluma, como si sostener mi cuerpo fuera apenas un juego para él. Por la sorpresa, mi sombrero casi se escapa al suelo, y él afianzó mis piernas con su contra brazo sobre su pecho. Instintivamente, coloqué mi brazo izquierdo alrededor de su cuello, deslizándose por su clavícula hasta alcanzar el otro hombro, encontré el soporte adecuado, y con mi otra mano sujetaba con fuerza mi sombrero. No podía ver su rostro por completo, solo el perfil lateral, difuminado entre la penumbra de ese lugar solitario y la luz blanca de los rayos—¡¡¿Enji, qué haces?!! ¡Espera, Espera, Espera!

Entonces comenzó a correr con una velocidad sorprendente, como si sus pies apenas rozaban el suelo, ligeros, casi ajenos al peso que en ese momento cargaba. Me aferré a mi sombrero con una mano, sin aflojar el agarre con la otra. Mi cuerpo se balanceaba al compás de sus pasos bruscos, sacudido por cada cambio de ritmo, y de vez en cuando escapaba de mí un leve quejido cuando su hombro golpeaba mi estómago. El agua comenzaba a impregnarme, mi espalda, mis piernas y mis brazos se iban empapando con cada trazo que él dibujaba entre la lluvia y el viento. Las gotas no caían únicamente del cielo, sino que parecían envolvernos desde todos los ángulos, marcados por nuestro avance entre la tormenta. — E-Enji…

Intenté llamarle, pedirle que se tomara las cosas con calma, podíamos simplemente caminar. Sin embargo, en ese instante entre los truenos que estallaban y los destellos repentinos que rasgaban la oscuridad nocturna, su voz, o lo que alcanzaba a escuchar entre el viento, me llevó a prestar atención a sus días en la Isla de Karate. Comencé a comprender que aquel lugar no solo lo había obligado a alzar la cabeza, sino que también había moldeado su carácter. Lo había templado, pulido en silencios y disciplina, aunque, incluso así, resultaba evidente que no había dejado del todo atrás ciertas manías que aún lo acompañaban como una sombra persistente.— Parece que fue una estadía maravi…

Y ocurrió algo que pocos logran en mí, grité, un grito desenfrenado, como de una mujer loca aterrada por algo, grité justo en el instante en que él dio un gran saldo. Ambos nos desplazamos en el aire, él cargándome como si nada, sorteando las cabezas de personas que buscaban refugio bajo la tormenta tropical. Al tocar el suelo, la lluvia se detuvo de repente. Sobre nosotros, un toldo nos protegía del agua y mi mirada se desplazó a los laterales. Un negocio cerrado, y estábamos justo en frente de su fachada. 

Luego miré de nuevo a Enji, erguido en aquella postura que evocaba a un héroe que, en apariencia, acababa de salvarme de algo. Luego mencionó que había estado a punto de invadir una casa si no hubiéramos encontrado aquel toldo a tiempo, o mejor dicho, que su condición de marine lo había detenido. Intenté recomponer en mi mente todo lo ocurrido, la carrera bajo la lluvia, los truenos, el ruido, lo que hace unos minutos estuvimos hablando, hasta que, poco a poco, fui comprendiendo el motivo por el cual me había llevado cargada de esa manera.

Un minuto de silencio se creó entre los dos, aproveché ese instante para observar mi reflejo en el ventanal del negocio, y si, estaba completamente empapada desde el sombrero hasta los pies. 

Algo surgió dentro de mí, un movimiento en mis comisuras, intentando reprimir la risa que quería salir, pero, al verme así, no pude, realmente no pude evitarlo, comencé a reírme totalmente con libertad y sin pudor, cerrando incluso mis ojos y agarrandome del estómago, poco a poco iba faltandome el aire. — Gracias, estoy a salvo ahora. — Dije, finalizando con una sonrisa abierta, gentil, dulce hacía él, la intención era lo que contaba más que nada.

—- Solo terminé algo… — murmuré a penas, mientras tomaba parte de la falda de mi vestido, no alzandola por completo, pero al tener la tela entre mis manos procedí a exprimir toda la húmedad de la tela. — mojada.

— Tienes pensamientos curiosos para ser alguien de la Marina... —- Dije sin verle a la cara, me dediqué más que nada a quitarme, o que al menos, escurriera el agua sobre mi cuerpo. Mi vestido ya estaba totalmente ceñido a mi cuerpo, me quité el sombrero para empezar a moverlo de lado a lado y así quitar las gotas de lluvia. 

—- Por cierto… —- En medio de la luz blanca acompañada de un estruendoso sonido eléctrico que surcaba el cielo. Lo miré nuevamente, no curiosa, pero si necesitaba comprender la razón de su nueva vida —- ¿Qué te hizo unirte a la marina?.

Quizás una zanja difícil de cruzar.
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#8
La tormenta arreciaba en la pequeña ciudad costera de Baquella, lo más parecido a una capital que se podía encontrar en la pequeña y modesta isla de Baterilla. El viento frío, proveniente del sur, galopaba desbocado por las calles de la ciudad, azotando a los desprevenidos. La violenta ráfaga tumbaba todo lo que no estuviera firmemente sujeto al suelo, como los carteles de tiendas y bares, o los accesorios de algunos turistas distraídos. De aquellos se han conseguido muchos últimamente.

El peso del agua replicaba en la piedra, una y otra vez, formando un murmullo permanente en el aire. Nubes negras encapotaban el cielo y los relámpagos iluminaban por momentos, brevísimos instantes, facciones de viejos conocidos. O no tan viejos. El tiempo se comportaba extraño en ocasiones, haciéndote creer que años transcurrieron en el espacio de unos meses. Sucedía cuando esos meses trajeron consigo tantos cambios que resultaba hasta difícil de creer.

—¿Qué es un poco de agua? Piensa que podría haberte caído un rayo encima si seguíamos en esa playa. —Llevó la mano derecha a la frente y se echó el cabello hacia atrás—. O peor: podrías no estar conmigo en este momento.

Un guiño, una sonrisa y se acercó a la reja que cubría la fachada del local. Allí abajo estaban a salvo de las inclemencias del clima, sí, y, al mismo tiempo, atrapados por su capricho. Salir implicaba volver a mojarse.

Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer, lentamente, hasta llegar al suelo.

—Parece que estaremos por aquí un rato. —Sacudió la cabeza y roció de agua a su alrededor. Agua que hasta entonces había estado goteando de sus largos cabellos blancos—. Ponte cómoda, en breves debería llegar el mayordomo con la bebida y unas aceitunas para picar algo… ¿Te gustan las aceitunas?

Extendió un grueso mechón de cabello a un costado y, de forma similar a como Miyori había estrujado su vestido, Enji lo hizo con su pelo, lo que produjo la caída de un último remanente de agua. Después extendió las piernas, se llevó ambas manos a la nuca y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en la reja.

¿Por qué un marine? ¿Por qué no un pirata? Su actitud, la mayor parte del tiempo, coincidía con los ideales anárquicos de la piratería. El hacer lo que quieras, cuando quieras, porque quieras. ¿Qué lo llevó a enlistarse?

—Supongo… que fue la paga. —Se llevó la mano al mentón, meditabundo. Después de unos segundos arrugó el ceño y chistó la lengua—. No. ¿Qué carajos digo? La paga es una mierda —admitió, exasperado—. Podría ganar más y mejor dinero trabajando en este cochambroso muelle.

Podría, por supuesto. Tenía la fuerza necesaria para ser útil en muchos de los exigentes trabajos que una ciudad portuaria podría ofrecerle. Y sabía que, así fuera a fuerza de obstinación, acabaría consiguiendo un trabajo donde la paga fuera decente.

Lamentablemente, tenía planes en mente que le impedían conseguir algo tan irreal y fantasioso como un trabajo normal en una isla pacífica como Baterilla.

—Tengo unos objetivos muy concretos. Unas ambiciones —confesó. Era la primera vez que hablaba abiertamente de ello—, que son muy difíciles de conseguir. La marina es el único lugar donde tengo una oportunidad real de conseguirlo. Digamos que… —echó un vistazo al estuche que había dejado en el suelo, donde el agua no lo alcanzaría—. Aspiro a ser músico y la marina es el instrumento perfecto.

Dejó salir un suspiro y después sonrió.

—Claro que ayudar a la gente y todo eso también está bien. –Se encogió de hombros—. Una viejita me regaló un pan casero ayer. Eso es un bono bastante digno.
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#9
El cielo parecía venirse abajo sobre nosotros, los relámpagos eran fugaces, encendidos antes del trueno, proclamaban el dominio en aquellas brisas que azotaban todo a su paso. Los rayos se dibujaban en la lejanía, rozando la costa, aunque era claro que la verdadera tormenta desataba su furia en alta mar, y aun así, la falda de su ciclón se extendía implacable, dispuesto a devorarlo todo a su paso.

Mi mirada permanecía fija en aquel escenario nocturno, resguardados bajo la fachada de ese negocio que, por un instante, nos alejaba del mundo. Gota a gota el agua se deslizaba por mi cabello empapado, escurriéndose con la misma paciencia por sobre mi cuerpo y mis prendas.

—- Bueno, admito que me alegra mucho volver a verte… —- Respondí a su comentario sobre que casi nos alcanzaba un rayo en la playa, aunque recuerdo haberle escuchado que eso sería algo fascinante, también me dió un poco de risa sobre que hubiese sido una lástima no estar juntos en este momento, era irónico, porque jamás pensé que estar empapados sería una idea grandiosa. 

Como Enji, busqué sentarme junto a él, compartiendo el silencio mientras nos acomplabamos al tiempo que terminase esa tormenta, podría durar horas. Apoyé mi espalda y mi cabeza contra la reja, dejando escapar un suspiro de resignación. Una madrugada algo loca, ¿estaré soñando?,  mis dudas fueron contestadas en ese preciso momento cuando me vi empapada con agua en mi cara a consecuencias de que el joven Marine decidió sacudir su cabeza para desprenderse de la humedad de su cabello. —- Sip… en verdad que me alegra volver a verte, jajaja.

Su respuesta sobre por qué se había enlistado en la Marina despertó en mí una curiosidad inesperada. No lo imaginaba como alguien que se mueve por dinero, pero al escuchar cómo cambió su explicación por otra cosa, sentí, que quizás no estaba siendo del todo honesto conmigo. No, no se trataba de dinero, ¿Entonces qué podría motivarlo de verdad?, claro, que no tendría nada de malo querer ganar un sueldo fijo en la marina, pero nunca pensé que Enji fuera alguien de seguir órdenes, no lo recuerdo así, pero viéndolo a como es ahora,totalmente diferente en apariencia y personalidad, quizás podría cambiar mi parecer.

Su mirada se posó en el estuche de mi violín, y claro, yo también me quedé observando aquel estuche mientras lo escuchaba hablar. Su declaración, su analogía, de algún modo logré comprenderla. Su última frase sobre ayudar a las personas me pareció más un añadido que un verdadero plan. Sin embargo, había un trasfondo de sus palabras que me parecían rozaban el borde del caos.

— Dices de querer ser un músico, y qué la Marina será tu instrumento… —- Mi mirada me obligaba a tener la cabeza elevada debido a la diferencia de estaturas, sin embargo, siempre intenté ver en sus ojos carmesí la verdad de sus palabras.  —- Pero… ¿Qué tipo de música es la que deseas tocar?.

—- Te vi bailar en la bahía hace unos minutos, ¿No sería mejor, tratar de bailar con la Marina?, dependiendo del género que toque la música, serías tú llevando el ritmo, en lugar de querer manipular la melodía. —- Mi mirada volvió hacia la danza de luces blancas que de vez en cuando se hacía notar.

— Es curioso… —- Murmuré suave, amable, tranquila, casi sumergiéndome en una idea de la cuál me hice consciente al vernos atrapados en esta situación—- Nos conocimos cuando había fuego, y ahora nos encontramos cuando hay agua. —- Aunque también recuerdo que estuvimos sumergidos en la orilla de la playa cuando eso pasó, sin embargo, el incendió era más latente en mis recuerdos. — ¿Qué pasará la próxima vez?, ¿un tornado?.

Un reflejo más iluminaba nuestro entorno y tras su aparición el estruendo sonoro que con autoridad callaba a cualquiera. Mis ojos permanecían fijos en el cielo gris, el mismo que no me dejaba ver más la luna ni las estrellas de esta noche. — Dependiendo de sí tocas música o sí bailas… —- mi corazón tenía inquietud de sus razones, pero confiaba en que no pasaría nada malo. — espero que ese objetivo no te haga daño. Incluso creo que podrías recibir muchas recompensas en el camino si tus motivos son buenos, ¿no?.

— Imagina recibir un lote completo de pan, ¿no sería eso maravilloso?. — Devolví la mirada hacía él ahora con una muestra de cariño contenido, esperando que su camino siempre encuentre razones para hacer el bien y nunca el mal. ¿Ser Marine era malo?, no lo puedo determinar aún, puesto que ante mis ojos solo figura un color neutro, matices grises.

¿Y qué pensaría de las personas piratas?.
[Imagen: miyoocheja.png]
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#10
Bailar con la marina.

Alzó una ceja. ¿Qué implicaciones tenía aquello? Hasta entonces, la analogía del músico y su instrumento había servido para graficar su relación con el brazo armado del gobierno. Planeaba usarlo, como quien usa unas escaleras, para llegar al lugar que necesitaba llegar y hacer lo que tenía que hacer. «Hmm…», pensándolo bien, eso no era lo que un músico hacía. Lo acababa de presenciar con Miyori. Ella no “usaba” el violín, sino que el violín se volvía parte de ella y los dos fluían juntos para concebir la melodía. ¿La marina tenía que ser otra cosa para él? ¿Una pareja de baile a la que marcar el ritmo? Enji se sorprendió pensándolo, meditando la cuestión, incluso acariciándose el mentón.

¿Podía salir ileso de un baile tan peligroso como ese?

Por supuesto que no.

—¿La próxima vez? —repitió.

El cataclismo parecía tener una obsesión con sus encuentros, sí. Un incendio, una tormenta… ¿Qué sería lo siguiente?

—Una ventisca —teorizó—. Una tan fuerte y fría que congelará la mitad del South Blue, así podremos ir caminando de isla en isla. —Un trueno lejano pareció responderle y el relámpago jugó a deslumbrarle los ojos por la fracción de un segundo, lo que tardó en apartar la mirada—. La otra opción es que el volcán deje de estar dormido. No es mi opción favorita.

En algún momento entre el fogonazo de luz y el retumbar de la tormenta, los pantalones de Enji desaparecieron. El marine no se percató de ello. Sentado como estaba, quitárselos de encima sin llamar la atención de Miyori parecía tarea imposible. Un acto de magia. Pero así fue, en efecto, y no reparó en ello por estar muy concentrado en el temporal que hacía fuera de ese pequeño lugar seguro. Tenía esa facilidad para disociarse de la realidad.

—No sé si mis motivos son buenos —confesó, y se encogió de hombros—. Pero son motivos. Todos tenemos motivos para hacer cosas, ¿no? Uno come porque tiene hambre y duerme porque tiene sueño. Esto es algo parecido. Busco esto porque lo siento así… En fin, ¿no tienes calor?

Increíblemente, pese a haberse quedado solamente en ropa interior, el marine declaraba con honestidad estar sintiendo frío. No era un chiste, ni se apreciaba ninguna voluta de sarcasmo en sus palabras.

—Entonces.. ¿qué? ¿Te has dedicado a ser una hippie que vive de su música este último año entero? —Estiró una pierna y mantuvo la otra retraída, con la rodilla en alto para descansar sobre ella el brazo izquierdo—. No tienes pinta de haber estado tocando debajo de un puente por algunas monedas.
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