31-03-2026, 04:23 AM
(Última modificación: 31-03-2026, 11:10 PM por Massimo Dooti.)
Día 64 de Verano, Año 17.
La isla aún seguía dormida para cuando Massimo salió de su casa.
La noche se había ido hace poco, dejando tras de sí un cielo grisáceo y una humedad que se pegaba a la gabardina como si de una segunda piel se tratara. No había dormido. O sí, pero no lo recordaba. Llevaba varios días con la cabeza en otro sitio, dándole vueltas a una idea que no se iba. Una idea que necesitaba cosas. Cosas que no tenía. Cosas que solo se encontraban en la montaña.
No sabía si lo que buscaba existía siquiera. Había oído historias, rumores, cosas que los viejos del puerto contaban cuando el ron los ponía nostálgicos. Minerales raros. Piedras que brillaban en la oscuridad. Metales que no eran como los demás. Massimo no creía en esas historias. Pero tampoco podía permitirse ignorarlas.
Así que se puso en camino. Dejó atrás las casas de madera de la zona pobre, las que se apiñaban cerca del río como si el agua fuera lo único que las sujetara. Cruzó el puente de cuerda que tantos evitaban, el que separaba la miseria de la comodidad, y se adentró en la espesura.
La subida fue dura. Más dura de lo que recordaba. Las piernas le pesaban, la espalda le dolía, y cada paso era una pequeña victoria contra la gravedad. El sendero se perdía entre las rocas, a veces tan empinado que tenía que usar las manos para trepar. Los guantes se le llenaron de barro. La gabardina se enganchó en varias ramas, y en una de ellas sintió cómo la tela se rasgaba. Lo ignoró. La gabardina ya tenía tantos remiendos que uno más no iba a notarse.
A medida que subía, la vegetación se volvía más escasa. La selva Anozama, tan frondosa en el centro de la isla, daba paso a arbustos y piedras peladas. Desde allí arriba, Massimo podía ver el río partiendo Samba en dos mitades, las casas de madera en una orilla y los adosados de piedra y azulejos en la otra. Los ricos, al fondo, rodeados de plantas tropicales. Los pobres, pegados al agua, ahogándose en la humedad.
El aire se volvía más fresco, más limpio. Massimo respiró hondo, sintiendo cómo sus pulmones se llenaban de ese olor a montaña que tanto le gustaba.
A media mañana, encontró lo que parecía una vieja mina abandonada. No era grande. Un agujero en la ladera, medio tapado por derrubios, con paredes de roca oscura que brillaban bajo el sol. Massimo se detuvo en la entrada, examinando el terreno. Había señales de que alguien había trabajado allí, pero hacía mucho tiempo. Herramientas oxidadas, restos de maderas podridas, un carro volcado que las plantas ya habían empezado a engullir. Probablemente era de las minas que abastecían de metal a los artesanos de la zona rica, antes de que se agotaran o de que los dueños decidieran que no valía la pena seguir extrayendo.
Se agachó, las rodillas le crujieron como siempre, y examinó el suelo.
Había fragmentos de roca esparcidos por todas partes. Algunos eran grises, opacos, sin nada especial. Otros tenían vetas de colores: rojizos, verdosos, incluso un azul pálido que le llamó la atención. Massimo recogió uno de los azules, lo sostuvo contra la luz. Era pequeño, no más grande que su uña, pero brillaba de una forma extraña. Como si tuviera luz propia.
Lo guardó en la bolsa. No sabía qué era, pero parecía especial.
Siguió explorando. La mina era más profunda de lo que parecía desde fuera. Un túnel se adentraba en la montaña, tan bajo que Massimo tuvo que encorvarse para pasar. La oscuridad era casi absoluta, tuvo que afinar la visto todo lo que podia y depender de su fino oido para evitar caerse por donde no debía. Incluso llevó sus manos a uno de los bolsillos interiores, en busca de una caja de cerillas que hace poco le dieron. Con calma encendió una, aunque sabía que poco iba a durar su ayuda. La luz amarillenta bailaba sobre las paredes, iluminando vetas de mineral que antes no había visto. Algunas de esas vetas eran anchas, prometedoras. Otras no eran más que hilillos finos y tenues que se perdían en la roca.
Se detuvo frente a una de las anchas. Era diferente a las demás. Más oscura, casi negra, pero con pequeños destellos plateados que parecían moverse cuando la tenue luz del sol incidía sobre ellos. Massimo extendió la mano y tocó la veta. El mineral era frío, más frío que la roca que lo rodeaba, y tenía una textura extraña. Suave, casi jabonosa.
Sacó la piqueta y empezó a golpear. El sonido resonó en el túnel, apagado, sordo. No era el mismo ruido que hacía el hierro cuando lo golpeaba. Era diferente. Más profundo. Como si el mineral no quisiera soltarse.
Golpeó una vez. Otra. Otra. Un fragmento se desprendió y cayó al suelo.
Massimo lo recogió. Era pesado. Más pesado de lo que parecía por su tamaño. Sacó una de las cerillas, posó su uña sobre la base de la cabeza, de un rapidó movimiento, la encendió. La tenue luz impactó contra el mineral, haciendo que los destellos plateados brillaran con más intensidad, como si el mineral estuviera vivo. Lo guardó con cuidado, envuelto en un trapo para que no se mezclara con los demás.
Pasó horas en la mina. A veces encontraba algo que valía la pena. Otras, solo piedra. Pero no se desanimaba. Sabía que esto era así. Que para encontrar algo bueno había que pasar mucho tiempo buscando. Que la paciencia era la única herramienta que nunca fallaba.
La bolsa se fue llenando poco a poco. El mineral azul, el plateado, un par de trozos de un metal verde que no supo identificar, algunos fragmentos de hierro común que podían servir para otras cosas. Nada espectacular. Pero era un comienzo.
Cuando la luz del sol empezó a filtrarse por la entrada del túnel, Massimo se dio cuenta de que llevaba horas dentro. La espalda le dolía. Los brazos le temblaban. Los dedos, dentro de los guantes, le ardían.
Guardó la piqueta, estiró su espalda y brazos, y salió.
El sol estaba bajo, casi tocando el horizonte. Massimo parpadeó varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz. Se sentó en una roca, cerca de la entrada, y vació la bolsa. Extendió los hallazgos sobre la piedra, clasificándolos con los dedos torcidos.
El mineral azul era el que más le llamaba la atención. No sabía qué era, pero algo le decía que era especial. Quizá podía servir para lo que tenía en mente. Quizá no. Pero lo guardó igualmente.
El plateado también. Ese pesaba más de lo normal. Y tenía una densidad extraña, como si fuera más pesado de lo que parecía. Massimo lo sostuvo un momento, sintiendo su peso en la palma de la mano. No sabía si serviría. Pero era la única opción que tenía.
Guardó todo en la bolsa, se ajustó la gabardina, se ajustó el fedora y empezó a bajar.
El camino de vuelta fue más fácil. La bajada siempre era más fácil que la subida. Las piernas le pesaban menos, aunque la bolsa seguía tirando de su hombro. El sol se ocultó tras las montañas, y la oscuridad empezó a envolverlo todo. Massimo caminaba despacio, con cuidado, probando cada pisada antes de apoyar todo su peso. No quería caerse. No con la bolsa llena.
A lo lejos, veía las luces de la zona rica, los adosados de piedra iluminados, las plantas tropicales recortándose contra el cielo. Más cerca, las casas de madera de la zona pobre, algunas con velas encendidas, otras a oscuras. El río, partiendo la isla en dos, brillaba bajo la luna como una cuchara de plata oxidada.
Cuando llegó a su casa, la luna ya estaba alta. Entró, dejó la bolsa en un rincón y se sentó en el suelo soltando un largo suspiro como culmen. La espalda apoyada en la pared. Los ojos cerrados. La respiración pesada.
La bolsa estaba ahí. Llena de cosas que no sabía si le servirían. Pero era todo lo que tenía.
Mañana empezaría a trabajar, o al menos, a intentarlo. A ver si con lo que había encontrado podía hacer lo que tenía en mente. Y si no, volvería a la montaña a buscar más. Siempre había más. Solo hacía falta buscarlo.
No sabía lo que el futuro le deparaba, pero los minerales que llevaba en la bolsa, esos que había sacado de la tierra con sus propias manos, con la paciencia de quien no espera nada a cambio, cual madre sosteniendo a su recién nacido por primera vez, le daban una pequeña esperanza. La esperanza de que, quizá, las cosas podrían empezar a cambiar. La esperanza de que, quizá, después de todo el esfuerzo, la música que llevaba dentro podría por fin tomar forma. A darle un nuevo ritmo a su vida.
-Ahora solo necesito a alguien que sepa construir eso…
Eso se puede apañar, compañero…
Todo se puede apañar.
Cerró los ojos y, antes de dormirse, pensó que al día siguiente solo quería tocar un rato junto al río. Sin más pretensiones. Solo él, el saxofón y el agua. Un día tranquilo. Eso era todo lo que pedía.
La montaña había sido generosa, y esa noche Massimo durmió mejor de lo que lo había hecho en semanas.
La isla aún seguía dormida para cuando Massimo salió de su casa.
La noche se había ido hace poco, dejando tras de sí un cielo grisáceo y una humedad que se pegaba a la gabardina como si de una segunda piel se tratara. No había dormido. O sí, pero no lo recordaba. Llevaba varios días con la cabeza en otro sitio, dándole vueltas a una idea que no se iba. Una idea que necesitaba cosas. Cosas que no tenía. Cosas que solo se encontraban en la montaña.
No sabía si lo que buscaba existía siquiera. Había oído historias, rumores, cosas que los viejos del puerto contaban cuando el ron los ponía nostálgicos. Minerales raros. Piedras que brillaban en la oscuridad. Metales que no eran como los demás. Massimo no creía en esas historias. Pero tampoco podía permitirse ignorarlas.
Así que se puso en camino. Dejó atrás las casas de madera de la zona pobre, las que se apiñaban cerca del río como si el agua fuera lo único que las sujetara. Cruzó el puente de cuerda que tantos evitaban, el que separaba la miseria de la comodidad, y se adentró en la espesura.
La subida fue dura. Más dura de lo que recordaba. Las piernas le pesaban, la espalda le dolía, y cada paso era una pequeña victoria contra la gravedad. El sendero se perdía entre las rocas, a veces tan empinado que tenía que usar las manos para trepar. Los guantes se le llenaron de barro. La gabardina se enganchó en varias ramas, y en una de ellas sintió cómo la tela se rasgaba. Lo ignoró. La gabardina ya tenía tantos remiendos que uno más no iba a notarse.
A medida que subía, la vegetación se volvía más escasa. La selva Anozama, tan frondosa en el centro de la isla, daba paso a arbustos y piedras peladas. Desde allí arriba, Massimo podía ver el río partiendo Samba en dos mitades, las casas de madera en una orilla y los adosados de piedra y azulejos en la otra. Los ricos, al fondo, rodeados de plantas tropicales. Los pobres, pegados al agua, ahogándose en la humedad.
El aire se volvía más fresco, más limpio. Massimo respiró hondo, sintiendo cómo sus pulmones se llenaban de ese olor a montaña que tanto le gustaba.
A media mañana, encontró lo que parecía una vieja mina abandonada. No era grande. Un agujero en la ladera, medio tapado por derrubios, con paredes de roca oscura que brillaban bajo el sol. Massimo se detuvo en la entrada, examinando el terreno. Había señales de que alguien había trabajado allí, pero hacía mucho tiempo. Herramientas oxidadas, restos de maderas podridas, un carro volcado que las plantas ya habían empezado a engullir. Probablemente era de las minas que abastecían de metal a los artesanos de la zona rica, antes de que se agotaran o de que los dueños decidieran que no valía la pena seguir extrayendo.
Se agachó, las rodillas le crujieron como siempre, y examinó el suelo.
Había fragmentos de roca esparcidos por todas partes. Algunos eran grises, opacos, sin nada especial. Otros tenían vetas de colores: rojizos, verdosos, incluso un azul pálido que le llamó la atención. Massimo recogió uno de los azules, lo sostuvo contra la luz. Era pequeño, no más grande que su uña, pero brillaba de una forma extraña. Como si tuviera luz propia.
Lo guardó en la bolsa. No sabía qué era, pero parecía especial.
Siguió explorando. La mina era más profunda de lo que parecía desde fuera. Un túnel se adentraba en la montaña, tan bajo que Massimo tuvo que encorvarse para pasar. La oscuridad era casi absoluta, tuvo que afinar la visto todo lo que podia y depender de su fino oido para evitar caerse por donde no debía. Incluso llevó sus manos a uno de los bolsillos interiores, en busca de una caja de cerillas que hace poco le dieron. Con calma encendió una, aunque sabía que poco iba a durar su ayuda. La luz amarillenta bailaba sobre las paredes, iluminando vetas de mineral que antes no había visto. Algunas de esas vetas eran anchas, prometedoras. Otras no eran más que hilillos finos y tenues que se perdían en la roca.
Se detuvo frente a una de las anchas. Era diferente a las demás. Más oscura, casi negra, pero con pequeños destellos plateados que parecían moverse cuando la tenue luz del sol incidía sobre ellos. Massimo extendió la mano y tocó la veta. El mineral era frío, más frío que la roca que lo rodeaba, y tenía una textura extraña. Suave, casi jabonosa.
Sacó la piqueta y empezó a golpear. El sonido resonó en el túnel, apagado, sordo. No era el mismo ruido que hacía el hierro cuando lo golpeaba. Era diferente. Más profundo. Como si el mineral no quisiera soltarse.
Golpeó una vez. Otra. Otra. Un fragmento se desprendió y cayó al suelo.
Massimo lo recogió. Era pesado. Más pesado de lo que parecía por su tamaño. Sacó una de las cerillas, posó su uña sobre la base de la cabeza, de un rapidó movimiento, la encendió. La tenue luz impactó contra el mineral, haciendo que los destellos plateados brillaran con más intensidad, como si el mineral estuviera vivo. Lo guardó con cuidado, envuelto en un trapo para que no se mezclara con los demás.
Pasó horas en la mina. A veces encontraba algo que valía la pena. Otras, solo piedra. Pero no se desanimaba. Sabía que esto era así. Que para encontrar algo bueno había que pasar mucho tiempo buscando. Que la paciencia era la única herramienta que nunca fallaba.
La bolsa se fue llenando poco a poco. El mineral azul, el plateado, un par de trozos de un metal verde que no supo identificar, algunos fragmentos de hierro común que podían servir para otras cosas. Nada espectacular. Pero era un comienzo.
Cuando la luz del sol empezó a filtrarse por la entrada del túnel, Massimo se dio cuenta de que llevaba horas dentro. La espalda le dolía. Los brazos le temblaban. Los dedos, dentro de los guantes, le ardían.
Guardó la piqueta, estiró su espalda y brazos, y salió.
El sol estaba bajo, casi tocando el horizonte. Massimo parpadeó varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz. Se sentó en una roca, cerca de la entrada, y vació la bolsa. Extendió los hallazgos sobre la piedra, clasificándolos con los dedos torcidos.
El mineral azul era el que más le llamaba la atención. No sabía qué era, pero algo le decía que era especial. Quizá podía servir para lo que tenía en mente. Quizá no. Pero lo guardó igualmente.
El plateado también. Ese pesaba más de lo normal. Y tenía una densidad extraña, como si fuera más pesado de lo que parecía. Massimo lo sostuvo un momento, sintiendo su peso en la palma de la mano. No sabía si serviría. Pero era la única opción que tenía.
Guardó todo en la bolsa, se ajustó la gabardina, se ajustó el fedora y empezó a bajar.
El camino de vuelta fue más fácil. La bajada siempre era más fácil que la subida. Las piernas le pesaban menos, aunque la bolsa seguía tirando de su hombro. El sol se ocultó tras las montañas, y la oscuridad empezó a envolverlo todo. Massimo caminaba despacio, con cuidado, probando cada pisada antes de apoyar todo su peso. No quería caerse. No con la bolsa llena.
A lo lejos, veía las luces de la zona rica, los adosados de piedra iluminados, las plantas tropicales recortándose contra el cielo. Más cerca, las casas de madera de la zona pobre, algunas con velas encendidas, otras a oscuras. El río, partiendo la isla en dos, brillaba bajo la luna como una cuchara de plata oxidada.
Cuando llegó a su casa, la luna ya estaba alta. Entró, dejó la bolsa en un rincón y se sentó en el suelo soltando un largo suspiro como culmen. La espalda apoyada en la pared. Los ojos cerrados. La respiración pesada.
La bolsa estaba ahí. Llena de cosas que no sabía si le servirían. Pero era todo lo que tenía.
Mañana empezaría a trabajar, o al menos, a intentarlo. A ver si con lo que había encontrado podía hacer lo que tenía en mente. Y si no, volvería a la montaña a buscar más. Siempre había más. Solo hacía falta buscarlo.
No sabía lo que el futuro le deparaba, pero los minerales que llevaba en la bolsa, esos que había sacado de la tierra con sus propias manos, con la paciencia de quien no espera nada a cambio, cual madre sosteniendo a su recién nacido por primera vez, le daban una pequeña esperanza. La esperanza de que, quizá, las cosas podrían empezar a cambiar. La esperanza de que, quizá, después de todo el esfuerzo, la música que llevaba dentro podría por fin tomar forma. A darle un nuevo ritmo a su vida.
-Ahora solo necesito a alguien que sepa construir eso…
Eso se puede apañar, compañero…
Todo se puede apañar.
Cerró los ojos y, antes de dormirse, pensó que al día siguiente solo quería tocar un rato junto al río. Sin más pretensiones. Solo él, el saxofón y el agua. Un día tranquilo. Eso era todo lo que pedía.
La montaña había sido generosa, y esa noche Massimo durmió mejor de lo que lo había hecho en semanas.
