Ain’t No Sunshine | Aventura T2 [PA]
#1
Día 65 de Verano, Año 17.

Los peldaños de la música; A veces prometen fortunas incuestionables, un premio reservado para quienes nacen con el don sobrenatural de llegar al oído del resto, y otras, deja a los menos agraciados por el destino en la mismísima deriva, como una balsa naufragando entre olas monstruo, engullida en la hambrienta boca de la indiferencia.

Sin embargo, quienes se arrastran desde las entrañas del pozo donde prima el olvido, a veces se encuentran ante posibilidades especiales, quizás por suerte, quizás por mera voluntad. El caso es que se vuelven visibles, reuniendo mediante un talento al que sólo le falta la atención masiva de los plebeyos, lo poco que unos bolsillos casi vacíos pueden otorgarles, y por eso los platos de comida que esos berries pagan tienen un sabor especial, el doble de sabrosos que si hubiesen sido robados.

Desafortunadamente, para nuestros dos aventureros, los caprichosos peldaños de la música se convertirían en viles cacofonías, pronto encarnadas por el instrumento del culpable. Pero no nos adelantemos a los hechos.

Un mediodía como cualquier otro, entre duelos musicales o sonatas compartidas, se encontraron a la competencia perfecta entre las calles que solían frecuentar, un espacio antaño seguro donde la lección aprendida (show de música= berries) pasó a perder su respectivo significado. Ante la presentación, un saxofón aún más refinado que el de Massimo, e incluso de un sonido más fuerte que el banjo de Dolly, comenzó a llevarse la atención del tumulto de gente hambriento por un poco de música en vivo, con el desafortunado resultado de que en medio de la creciente confusión y el repentino movimiento del gentío, alguien consiguió robarse todos los berries que hasta ese momento habían conseguido.

La historia habría acabado ahí, de no ser porque aquel sujeto fue atrapado, bajo el detalle de que ya no tenía encima el dinero. Pero sí información, y fiel al estilo que los ha caracterizado, consiguieron hacerlo cantar todo lo que el pobre hombre sabía.

Pertenecía a los piratas Coloso, liderados por el saxofonista que comenzó los problemas en la zona, un buccaneer de seis metros apodado King Bulk. Ciertamente, cuando regresaron al lugar, ya no estaba, pero la última pista sugería su ubicación más próxima, y es que esa noche aquel hombre daría un show en un bar cercano de mala muerte llamado "Ripped Throat", y se esperaba que esté junto al botín propio que habían acumulado, y por supuesto, el que recaudaron recientemente. Pero eso significaba que los Coloso estarían como espectadores al completo.

¿Permitirían que su orgullo sea mancillado de esa forma?



King Bulk vestía diferente a la última vez que lo vieron, de pie en el medio del escenario con una banda compuesta de su propia tripulación a la espalda. La formalidad lo era todo en un concierto donde el género mayoritariamente se movía entre blues y jazz, y por supuesto que iban a sentirlo todos los presentes.

—Escuchen bien, porque lo que van a oír esta noche no se repetirá pronto. —el Ripped Throat estaba repleto, nadie en aquel lugar era ajeno a la tripulación de los Pirata Coloso, y un poco de investigación daría luz al detalle de que ellos manejaban aquel pequeño bar en medio de la nada. Otro nido de ratas en la parte pobre de Samba. —Beban, coman y festejen. Por la mañana viajaremos hacia nuestro siguiente destino. —la voz excesivamente grave de King Bulk resuena, y con una señal hacia su banda, la melodía daría inicio.


La música los inunda, incluso quienes no quieren dejarse llevar por el ritmo mueven la cabeza, nadie podía definir si era por la acumulación de alcohol en sangre o genuinamente les gustaba. El eco de las notas bien arpegiadas escapa del bar y llega a oídos de quienes quizás, no deberían estar ahí, pero se aseguraron un motivo para asistir al show de lujo que los atrajo. Por fuera la madera vieja y sucia es adornada por un cartel torcido indicando el nombre del local y poco más, un minimalismo que no intenta camuflar la precariedad.

Aunque no es el artista a quien buscan, sino, su dinero, y el que les arrebató junto a él. Sin embargo, y a pesar del buen tono expresado en cada compás bien afinado que les llega, entrar por la puerta delantera no es la única opción si han investigado lo suficiente. Ventanas rotas en los laterales o la existencia de una compuerta trasera por donde sacan la basura son opciones tentadoras, métodos algo alejados de estilos más directos y frontales.

La noche acompaña al sigilo, o alumbra con una luna llena radiante en un cielo despejado a conductas más arbitrarias, pero algo es muy claro en ese momento.

A la canción que escuchan le hacen falta algunos músicos, y que coincidencia que son ustedes quienes desean ingresar.

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#2
— ¡No pUEDO CREER que nos hayAN dejado sECOS! ¡aYE, AYE! —

Lo que más se escuchaba esa noche eran los alaridos de una Dolly profundamente enfadada. Sus pies embotados chocaban exagerados contra el suelo. Sus brazos imitaban físicamente todo lo que su boca pronunciaba, dibujando una imagen chistosa a pesar de que su mandíbula estaba ligeramente entumecida de lo mucho que apretaba sus dientes. No solo le habían sacado una parte del premio de aquel duelo, sino que la acababan de dejar sin comida. Esa comida que ella sentía ya saboreada en su propia boca. Pero no. Lo único que tenía era aire. Aire y furia. Junto a ella, caminando a un par de pasos detrás, se encontraba todavía aquel saxofonista talentoso con el que habían reunido el dinero. Entre la adrenalina de haber sido robada y el enojo que tenía, su mente hace una rápida conexión equivocada, como la de cualquier niño al que le arrebatas un dulce — ¡SegURO es amigo tuyo! ¿¡QuiÉN más podría tocar ese aparaTOSO instrumento más que tú, gALEÓN MALOLIENTE!? — dice, mientras levanta el dedo índice hacia el contrario — ¡Seguro te ofende la dERROTA y quisiste quedarte con toDO! — dice, sin fundamento alguno.

Como preguntarse en qué momento fue que Dooti podría haber avisado a nadie sobre todo eso.

Su caminata da finalmente frutos. Pocas cosas se habían quedado con ellos, no siendo los berries uno de ellos. Sin embargo, el rostro de aquel saxofonista —igual o más gigantesco que el saxofonista que la acompañaba—  se había grabado en su aparatosa memoria. No era nada buena recordando, pero podría recordar siempre la cara de la persona que le había sacado lo de comer. Arranca ese poster de la pared con su enorme brazo. Se lo acerca al rostro en búsqueda de información, sacando la lengua por un costado en lo que intentaba concentrarse, inclusive considerando que… no sabe leer. Sudaría una gruesa gota de sudor, que se limpiaría en un chasquido de lengua que buscaba quejarse, para luego seguir gritando — ¡Es ÉL! ¡DooTI, es el hombre que NOS ROBÓ! — estiraría su largo brazo, dejando la mano enguantada casi a la altura de la banda andante.

— ¡Como diga donde está lo encontraremos! ¡AyE, AYE! ¡Le voy a volar la cabeza a ese ladrÓN! — Exclamó, simplemente sin afirmar que ella quería ser una pirata y que ellos eran, en general… ladrones.


————————————


No tuvieron que pensarlo. Sabían que les tocaba ir ahora o nunca, fuese por haberlo intuido tras la lectura del hombre tuba o porque simplemente iban a ir de todas formas. Pero podían escucharlo desde fuera. El bullicio de un bar se hizo presente. Decadente, como cualquier otro lugar que dos individuos como ellos podrían nunca haber pisado. Las notas de aquel saxofón comenzó a colarse por los oídos de Dolly. Esas notas melancólicas, esa extensión percusiva relajada y que llamaban a chasquear muy lentamente — ¿¡BLUES!? ¿¡TOCA BLUES!? — exclama de un grito, estando todavía a una buena distancia de la puerta como para no ser escuchada desde el interior.

Su boca se ocupó durante varios segundos de fingir sonidos de vómito en lo que se arrodilló al suelo. Con la calidad y el detalle de una verdadera intérprete. Cada arcada se sentía real, como si vomito fuese a salir literalmente por su boca. Pero no, todo era sensorial. Estaba mostrando físicamente lo que su cerebro procesaba de aquel sonido.

Se limpia la boca con el dorso de la mano — ¡El blues es el jazz para los dePRIMIDOS! ¡El JAZZ sin todo lo bueno del JAZZ! ¡AyE AYE! — se sacude un poco el vestido. Cruza sus largos brazos, quedando a una distancia bastante más adelante que su propio torso pero sumando efectivamente a aquella tensión de ira que tenía. Mira a Dooti, dispuesta finalmente a desarrollar un plan. Si entraban por la puerta, probablemente, serían vistos muy rápidamente. No veía el problema con Massimo, se veía exactamente como el tipo de persona que escucha esa música. Sin embargo, ella cantaba demasiado, por lo que le tocaba buscar otra manera — ¡Voy a dar un rodeo! ¡IntentarÉ entrar por arriba, o por cualquier sitio que no me vEAN! — le hace el signo de “Okay” con los dedos, en lo que se la ve salir corriendo aparatosamente para rodear ese pequeño bar de mala muerte. Con suerte, encontraría cajas para subir al techo, o a poder ser, cualquier otra manera de poder ver desde arriba lo que fuese que tenía dentro ese bar.

Con suerte, encontraría alguna viga que destruir para que a ese desgraciado le cayera el techo encima.

Ah. Nunca se puso de acuerdo con su compañero. Simplemente asumió que él también encontraría la manera de entrar.

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#3
Los pasos de Dooti eran pesados. Lentos. Como una marcha fúnebre.

Muchos eran los días que habían pasado sin que el pobre Massimo hubiera comido caliente. Días de pescado seco y pan duro, de cargar sacos para los comerciantes a cambio de un plato de arroz, de atender a los enfermos de la zona pobre con la esperanza de que le dieran algo a cambio. Y ahora que por fin había ganado dinero real —no un barril de conservas, no las sobras de algún trabajo cutre, no. Dinero de verdad. Monedas de verdad que tintineaban en el fondo de su fedora como una canción nueva— aparece alguien y se lo arrebata.

Pero lo que más daño le producía al frío Massimo no era que le hubieran robado. El hambre la conocía bien. La necesidad la conocía desde antes de que le saliera la barba. Podía con eso. Lo que más le hería era el quién.

Otro Buccaneer. Otro de su misma raza. Alguien más grande que él. Alguien que, a primera vista, parecía más fuerte.

Esa era la puñalada. No el bolsillo vacío. La certeza de que alguien que podría haber sido como él —que podría haber pasado por lo mismo, que podría haber entendido— había decidido quitárselo todo sin pestañear. Como si los años de látigos y cicatrices no hubieran servido para nada. Como si la sangre que compartían no valiera ni el peso de una moneda.

Mientras Dolly soltaba su verborrea de insultos y falacias, Dooti se mantuvo en silencio. Ni una sola palabra ante la acusación. Ni un "hm" de esos suyos. Ni un simple y llano "no". Nada. Solo los brazos cruzados, la gabardina inmaculada, el fedora calado hasta las cejas. Una estatua de cuatro metros que respiraba despacio.

Hasta que Dolly arrancó uno de los carteles que había por ahí pegados.

Al grito de "¡Es él!", los ojos de Dooti se abrieron de golpe. Un gesto de sorpresa, raro en él. Las cejas, siempre fruncidas en ese reposo que parecía enfado, se levantaron un milímetro. Los ojos claros, cristalinos, se hicieron un poco más grandes. Dolly le estampó el cartel en la cara antes de que pudiera reaccionar.

-¡Quita, coño, pedazo de-! -bufó, arrebatándole el papel de las manos con un manotazo rápido.

Dolly seguía amenazando al aire, pero Massimo ya no la escuchaba. Se quedó mirando el cartel, con los ojos fijos en esas letras que tantas vueltas le habían dado.

En el Ripped Throat.

Lo releyó otra vez. Y otra. Como si esperara que las palabras cambiaran solas.

Dooti dobló el papel con cuidado, como quien guarda una prueba. Se lo metió en el bolsillo interior de la gabardina, junto al pecho. Donde apenas llegaba el frío.

-Vamos.
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La noche era cerrada, pero dentro del Ripped Throat la música escupía luz por cada rendija.

Massimo llevaba varios minutos con los brazos cruzados, apoyado contra la pared de un edificio vecino, mirando la fachada mugrienta del bar como quien mira un problema que no pidió tener. Las notas del saxofón llegaban hasta él con una claridad irritante. No eran malas. Eso era lo peor. Ese hijo de puta tocaba bien.

-Di lo que quieras.- Murmuró, más para sí mismo que para la cría  -Pero no toca mal.

Y no solo bien. Tocaba con una seguridad que solo dan los años de práctica, los escenarios, la costumbre de que la gente te aplauda. Todo lo que Massimo no tenía.

Apretó el puño. Con decisión, sacó del interior de su gabardina dos guantes que se colocó con rapidez y dureza. Cual cirujano poniéndose un par de guantes de goma esterilizados. Los dedos torcidos se estiraron dentro de la tela, como preparándose para algo que aún no sabían bien qué era.

Observó cómo Dolly se alejaba correteando hacia la parte de atrás del edificio. Él, en cambio, escondió las manos tras la gabardina y se plantó frente a la puerta.

Tomó una larga bocanada de aire. Suspiró con pesadez.

Posó la mano en la ajada madera. Empujó.

La puerta crujió con un quejido largo, como si le doliera abrirse. El humo salió primero, denso, espeso, mezclado con el olor a sudor y alcohol barato. Las cabezas se giraron. Algunas. No todas. La música seguía sonando, pesada, lenta, ese blues que la cría tanto odiaba pero que a él le sonaba a algo conocido. Algo que no sabía que recordaba hasta que lo oyó.

Massimo avanzó.

La gabardina barrió el suelo. El fedora le sombreaba la cara, pero no lo suficiente. Alguien silbó bajito. Alguien más soltó una risa corta. Él no miró a nadie. No apartó la vista del escenario.

Ahí estaba.

Seis metros. Más grande que él. Mucho más grande. Con un traje que le quedaba justo, las mangas arremangadas hasta los codos, y ese saxofón dorado en las manos, brillando bajo la luz sucia del bar. King Bulk. El que les había robado el dinero. El que había mandado a su gente a hacer el trabajo sucio mientras él se llevaba los aplausos.

Lo que más ganas tenía de hacer era saltar al escenario y asestarle a ese capullo un fuerte puñetazo en la mandíbula. Pero se contuvo. No era el momento. La cría no estaba. Él solo contra todos ellos era una estupidez, y Massimo no era estúpido. No cuando se trataba de sobrevivir.

En su lugar, se arrastró hacia la barra y apoyó su gran cuerpo en ella. La madera crujió bajo su peso, pero aguantó. Apoyó los codos en la superficie mugrienta, cruzó los brazos, y se quedó mirando el escenario con esa cara de reposo que parecía enfadada.

A su alrededor, los piratas lo miraban. Evaluaban. Calculaban. Uno, el más cercano, dejó la botella que tenía en la mano sobre la barra con un golpe seco. Otro se incorporó lentamente en su silla. Massimo no les devolvió la mirada.

Solo esperó.

En algún lugar, allá arriba o allá atrás, Dolly estaría buscando su momento. Él estaba aquí. Ahora solo faltaba el momento.

Massimo sintió el cartel doblado contra su pecho. Y esperó

Movidas
#4
La música resuena con un apetito voraz, de quien cuenta su historia en simples notas sin letras que se encarguen de ello, una destreza destinada sólo para pocos, y distinguible de cara a otras almas igual de apenadas. King Bulk llegó a donde está gracias a abandonar su empatía y volverse un bastardo cínico, comandando a hombres con poco sentido común que sólo se fijaban en lo evidente, sus músculos, la pequeña fortaleza física reunida gracias a la naturaleza, devolviéndole esperanza a personas destinadas a morir mientras las ratas los masticaban en vida.

Esa crudeza, esa ansia de subsistir transita cada centímetro del Ripped Throat, un espacio de veinte metros de largo y ancho, con la puerta por la cual ingresó nuestro buccaneer protagonista en el centro de una de las paredes, y el escenario (a un metro de altura) ubicado sobre el sector paralelamente opuesto, a una izquierda en perspectiva de Bulk, la barra, desde donde Dooti observaba en silencio el espectáculo que aquel desalmado hombre desplegaba para su gente. Pobres muertos de hambre, malolientes, deseosos por una oportunidad más grande.

Claro que no olvidaríamos a nuestra segunda cara principal de la noche, la pequeña brazos largos que buscaba colarse entre los espacios más recónditos del establecimiento. Una jugada osada, pero claro, el segundo mejor saxofonista del bar se las podía arreglar por su cuenta, ¿cierto?

En tu aventura personal, encontraste una pila de basura por la cual alguien de tus características puede escalar sin problema, hasta toparte con el techo del bar a una altura de quince metros. Hay un segundo piso, pero sólo de escaleras pegadas a las paredes que dan pie a habitaciones varias, quién sabe lo que ocurrirá tras esas puertas. Avanzas por el hueco en el concreto que el tiempo ha dejado en la deplorable estructura, y te mueves por las varias vigas de madera que sostienen el techo, alcanzando una posición ampliamente privilegiada. Ten cuidado de no caerte, incluso una criatura como tú puede lastimarse si se resbala desde aquí...

La situación general sigue movilizándose, avanzando hacia la conclusión natural de la canción, pero algo se cuece en el aire, una tensión particular que no estuvo presente al principio, y cuando Bulk pone los ojos en el gentío que llenaba el bar del cual es dueño, detecta una presencia fácilmente identificable donde no debería estar, y acerca sus labios al micrófono para hacerlo notar a su gente.

—Parece que alguien entró sin pagar la entrada. Eso rompe el código de honor que mantenemos los pirata Coloso. —observa entonces a su banda, totalmente dispuesto a seguir tocando música al momento de dar la orden que se manifestaba en su cabeza. —¿Quieren mostrarle a nuestro invitado no deseado lo que hacemos con la peste de otro pozo? —King Bulk lo reconoció, y le sorprendía no encontrar a la enana que lo acompañaba, por eso, susurró una orden no audible para el resto a su matón más cercano —Busquen a la niña, debe andar por algún lado. —el movimiento empieza a enturbiar el ambiente, y como un fiel amante de la música, la orden de peligro también danzaba entre las notas de su dorado saxofón.

Son una secuencia de notas particular, como si fuese la introducción a una nueva canción, pero en este caso lo que generó es que todos los espectadores del local sacasen sus armas, tomasen objetos contundentes e inclusive preparasen sus puños para apalear al pobre buccaneer que quedó solo en el piso inferior. Desde tu posición privilegiada, pequeña brazos largos, percibirías el movimiento como si el alto hombre que te acompañaba fuese un pedazo de dulce rodeado de hormigas que van a buscar un trozo que robarse para llevarse a su nido. Y no sólo eso, desde las varias habitaciones salían aún más matones, tanto hombres, como mujeres, dispuestos a fungir como refuerzos, todos desalojando sus cuartos antes de que la sucesión de notas finalizase, justo a tiempo para dar pie a la nueva canción.


Podían contar más de cincuenta hombres y mujeres arremolinándose alrededor de Dooti, mientras el groove de la melodía incitaba a lo que parecía ser el inicio de una violencia desmedida, como si el capitán de los pirata Coloso tuviese plena fe en sus camaradas, o el ego suficiente para seguir luciéndose en su propia casa aún y con visitas que prefería eliminar. Más allá del gentío, desde tu posición consigues percibir una puerta detrás del escenario, donde la banda sigue tocando, comandados por King Bulk, ¿será ese el lugar donde reposan las ganancias de estos piratas?

No tiene pinta de que vayan a poder llegar hasta ahí sin derrotar a todos los presentes antes.

Info de la Aventura 2/6
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#5
La música no paró. Esa era la peor parte.

Massimo lo sintió antes de verlo. El cambio en el aire, en la forma en que los cuerpos se tensaban, en cómo las miradas que antes solo curiosas se volvían afiladas. King Bulk había dejado de mirarlo como a un bicho raro. Ahora lo miraba como a un problema que había que resolver.

La voz grave, amplificada por el micrófono, llenó cada rincón del local. Massimo no se movió. Los brazos cruzados sobre la barra, la espalda apoyada en la madera mugrienta, la cara en reposo que parecía enfadada. No dijo nada. No hizo nada.

Solo esperó.

La orden llegó envuelta en notas de saxofón. Una melodía que no era melodía, una señal que solo los suyos sabían leer. Y entonces el bar entero se movió.

Fue como ver una manada despertarse. Los que estaban sentados se pusieron de pie. Los que estaban de pie dieron un paso adelante. De las mesas salieron cachiporras, botellas rotas, cuchillos de mala muerte. De los puños, nudillos dispuestos a partirse contra algo. De las bocas, sonrisas que no sonreían.

Massimo contó. No todos. No hizo falta. Eran demasiados.

Massimo ladeó su gabardina, mostrando sus brazos, hendidos y demacrados. Agarró un pedazo de esta y, de un tirón, se la quitó de golpe, lanzándola. Bajo la gabardina, una camisa blanca con las mangas dobladas a la altura de los codos. En sus manos, sus guantes. Unos guantes que solo utilizaba para apalear a alguna bestia de la jungla cuando tocaba ir a por suministros.

-Venga… -Dijo entre dientes.


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-¡VENID A POR MÍ!

La personalidad de Dooti pegó un volantazo de 180 grados. El calmado y frío hombre que se mostraba siempre, convertido en… bueno.

Sus brazos abiertos de par en par. Su mirada fija en la multitud que se abalanzaba sobre él como si fuera una ola gigante de carne y hierro.

Golpes, cortes, botellazos. La horda le tenía completamente cubierto como una marabunta de hormigas sobre el cadáver de un insecto más grande que ellas. Pero este no era una puñetera mantis decapitada o una cucaracha aplastada. No.

Era Massimo Dooti.

Y no se había pasado los últimos veinticinco años en una mina recibiendo todo tipo de torturas físicas como para hincar rodilla ante una pandilla de piratas, ladrones, borrachos con afán por el blues.

Los cortes cada vez eran más profundos y los golpes comenzaban a hacerle reaccionar. Su cuerpo volvía a recordar el dolor. La reacción más normal sería cubrirse la cabeza, adoptar una posición fetal en el suelo para que el daño se concentrara en las partes más duras. Pero no con Dooti. En cuanto notó la más mínima baja de ritmo, haciendo acopio de sus fuerzas, se zafó como pudo de todos aquellos que colgaban de su gigantesco cuerpo.

Las risotadas de los piratas solo avivaban su fuego interno. Su sangre hervía. Y, bajo la máscara, una amplia sonrisa que podía entreverse en la comisura de sus labios.


Damas y caballeros, con todos ustedes… el maestro:
Massimo Dooti.



BIIIIG
BAND

Un poderoso lariat fue el primer movimiento. Los que aún permanecían con sus armas clavadas acabaron por salir volando hasta la otra punta del bar, mientras los que fueron atrapados por el fuerte brazo de Dooti terminaron en el suelo inconscientes. Después, un paso. Solo uno. Su hombro golpeó al primer pirata en el pecho. El hombre salió volando hacia atrás, llevándose por delante a otros dos. Sus brazos, esos brazos que habían cargado sacos durante años, que habían aguantado palizas, que habían aprendido a no caer, se abrieron como aspas. El primero que intentó flanquearlo recibió un revés en la sien que lo dejó tieso en el suelo. El segundo, una cucaracha que terminó agarrada del cuello y lanzada contra la barra, destrozando los estantes con bebidas que allí reposaban.

Las risas parecieron cesar y en su lugar fueron sustituidas por murmullos, gruñidos y el sonido de pasos reculando.

-¿Qué ocurre?... -dijo mientras se reincorporaba del ataque. Su gran cuerpo parecía haber crecido varios metros más. Dedicó una mirada a todos los presentes.

-¡No estamos ni en el estribillo!

Un salto. El puño en alza y el pobre desgraciado que tuvo la mala suerte de encontrarse en la arbitraria trayectoria de los nudillos de Dooti terminó con su cara incrustada en el suelo de madera. Los golpes volaban mientras Dooti gruñía de satisfacción, dejando escapar alguna que otra risotada. -Tubaba...

El gigantesco cuerpo de Dooti parecía ser una aspiradora que atraía a todo pobre desdichado que se atrevía a acercarse para asestarle un mísero golpe. Cada paso suyo era una advertencia. Cada movimiento, una condena. Los piratas que intentaban bloquearlo rebotaban contra su torso como pelotas contra una pared. Los que intentaban rodearlo se encontraban con sus brazos, largos como vigas, barriendo el espacio a su alrededor.

Uno intentó agarrarlo por detrás, con un trozo de botella rota. Massimo sintió el roce del vidrio en la espalda, se giró, y le estampó la palma de la mano en la cara. El hombre cayó de espaldas con la nariz rota. Massimo ya estaba en otra parte. Un puñetazo aquí, un codazo allá, un hombro que derribaba a tres de un golpe. Los cuerpos caían a su alrededor como muñecos rotos. Algunos se levantaban. La mayoría no. Sus pies dejaban huellas en la madera astillada, en los brazos que intentaban sujetarlo, en los restos de sillas y mesas que se convertían en escombros bajo su peso.

En algún momento dejó de contar. Solo sentía. El impacto de su puño en una mandíbula. El crujido de un hombro al separarse. El peso de un cuerpo contra el suyo, y cómo lo apartaba con un gesto, como quien aparta una cortina.

La música sonaba a lo lejos, pero él ya no la oía. Solo su propia respiración, pesada, rítmica. Y los golpes. Siempre los golpes. Esa era su canción. Una que ensordecía todas las demás. El ritmo de la violencia.

Pasó por encima de los que intentaban levantarse. Un pie aquí, un rodillazo allá. A uno lo agarró del cuello y lo estampó contra la pared. A otro lo levantó del suelo con una mano y lo lanzó sobre sus compañeros. El bar se estaba quedando vacío. No de gente, más bien, de gente consciente. Los cuerpos yacían amontonados en el suelo, entre las mesas rotas y los restos de la barra que él mismo había destrozado sin darse cuenta.

Cuando el último de los que aún podía tenerse en pie intentó huir hacia la puerta, Massimo lo alcanzó en dos zancadas. Lo agarró por el cuello de la camisa, lo levantó hasta ponerlo a su altura, y lo miró a los ojos. El hombre temblaba. Massimo lo sostuvo un momento, sintiendo cómo el miedo le recorría el cuerpo.

Luego lo dejó caer. El hombre se desplomó en el suelo y no se movió.

Massimo se quedó quieto. La respiración pesada, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. La camisa blanca era un trapo rojo. Los guantes, negros, estaban empapados. Las costillas le ardían. La espalda también. Pero no había caído.

Miró a su alrededor. No quedaba nadie en pie. Cuerpos por todas partes, algunos gimiendo, la mayoría inconscientes. La barra hecha pedazos. Las mesas, también. Las sillas, astillas. El suelo, un campo de batalla.

Massimo levantó la vista hacia el escenario.

King Bulk seguía allí. Su saxofón dorado en las manos. Su banda a la espalda. Y en los ojos, algo que no era sorpresa. Era cálculo.

Massimo dio un paso adelante. Los pocos que aún intentaban levantarse a su paso retrocedieron arrastrándose. Él no los miró. Solo caminó y, a medio camino, alzó su ensangrentada mano, con su dedo índice erguido hacia King Bulk.

-El publico...

Silencio. Paró de golpe. Con su mano libre, retiró la máscara de su rostro, suspirando con alivio al respirar de nuevo el aire de aquel lugar.
Sonrió con confianza y su índice se convirtió en un pulgar que apuntaba con decisión y juicio hacia el mismísimo suelo mientras sus pasos resonaban en el bar, acercándose al mal saxofonista.

-Ha hablado. Tu música es mierda, compañero.


Movidas
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2029 - 350 = 1679
Energia: 1517 - 600 = 917
Espiritu: 360 + 0 = 360
#6
Quizás a costa de un mal olor, pero haber podido subir por aquellas bolsas de basura le aseguraron a Dolly justo lo que ella quería: Poder ver todo desde arriba y con tanta claridad le había dado la panorámica perfecta. Porque desde allí mismo es que pudo ver a los piratas amotinarse alrededor de su compañero. En su interior, lo único que hacía era insultar a Massimo ¿Cómo podía ser que un hombre trompeta teniendo, literalmente, la mayor pinta de oyente de blues, pudiese haber llamado tanto la atención? Quizás en esa pequeña conexión neuronal que acaba por fundir el cerebro de Dolly se saltan algunos detalles: ese hombre ya les había visto. Ya conocía sus rostros y si, por algún casual, recordaba a la niña — tarea no muy compleja debido a su aspecto — quizás todavía intentaba encontrarla. Se mantiene en el inicio de aquella viga, dibujando con sus ojos una posible ruta a tomar mientras espera que apalicen a su compañero. Saca ligeramente la lengua en lo que pone su cerebro a trabajar. Esos ojos profundamente oscuros dibujan sobre el plano de aquel bar una línea punteada acomodada convenientemente sobre todo el espacio, como quien marca un mapa en un dibujo animado.

Sin embargo, un enorme estruendo se encarga de devolverle la cabeza a la tierra.

En lo que parecía un acto de absoluta supervivencia, puede notar como el enorme buccaneer utiliza a aquellos piratas como carnada barata. Los estruja, los toma y los lanza para golpearse entre ellos. El inmueble pierde poco a poco su forma original debido al choque de esos cuerpos contra la madera firme. Recibe los ataques, sí. Pero aún con eso, se mantiene en pie e invita épicamente al buccaneer enemigo, un par de metros más grande que el propio Dooti, a pelear. El cuerpo de Dolly comienza a temblar ligeramente por la adrenalina. Su boca que antes mostraba una incrédula expresión ante la batalla que parecía perdida para el gigante ahora comienza a dibujar unos labios temblorosos que poco a poco comienzan a dibujar esa espeluznantemente detallada fila de dientes sonrientes. Sus ojos se abren como dos negros platos.

No tiene que pensar mucho más: Se deja caer, dando un cómico paso hacia adelante como si hubiera un suelo hipotético allí, desde aquella viga directamente hacia el segundo piso. La caída no es tan alta como lo es hasta el fondo del bar, donde se está dando el combate. Con sus botas por delante, cae estrepitosamente sobre aquel suelo de madera, cerca de la escalera más cercana, por la que baja exageradamente unos buenos pares de metros — ¡EsE ES EL ESTILO DEL CARNAVAL, GaleóN MALOLIENTE! ¡aYe, AyE! — grita, en lo que salta la baranda de esas escaleras antes de llegar al final de las mismas, para acortar el viaje y quedar lo suficientemente cerca de aquel gigante como para poder asestar lo que será su as bajo la manga. De debajo de su falda, saca finalmente a “Bang-A-Bowler”, su fiel escopeta — ¡Te QuedASTE con nuestra COMIDA! ¡robADOS por un maloliente gigante quE usa su estÚpida boca para tocar música DEPRIMENTE! ¡NyeE-HeheHe! — se ríe villanesca mente a toda voz, retumbando en aquella sala que de repente se había quedado con mucha menos gente.

— ¡Pues que sepas algo! aYe, AYE… — agarra firmemente su escopeta, la cual se encontraba cargada con un cartucho sin sorpresa. Apunta directo hacia aquel hombre trajeado, dispuesta finalmente a atacar.


— ¡TU BLUES SUENA A GAVIOTAS PELEANDO POR BASURA! —
[Imagen: f473e3a2-25f0-4d45-a273-b79527d498d5.png][Imagen: 44586e3f-2828-4e19-9809-8ca515623a3f.png]




Entonces, el escopetazo se dirige con enorme fuerza directamente hacia el bucaneer. Dolly sale varios centímetros empujada hacia atrás. Sus botas se despegan del suelo y su sombrero pega un bote sobre su cabeza. Todos los perdigones de aquel cartucho se dirigen directamente hacia el líder de aquellos piratas. El sonido del arma de fuego se deja escuchar por todas partes, como si fuese físico y estuviera dispuesto directamente a chocar contra toda superficie. Aún cuando se reincorpora y se acomoda el sombrero, posa con la escopeta, orgullosa de su propia acción. Con una respiración ligeramente agitada, se prepara para el que fuese que se atreviera a atacar de vuelta a la pandilla.

Era la primera vez que peleaban juntos, y Dolly no podía rechazar un combate cuando se lo cantaban en la cara. Sobre todo si ese combate era la culminación de un robo contra ella misma. Con su nueva posición se encuentra directamente donde está Massimo, al que le habla, ahora viéndolo distinto debido a que no lleva aquella gabardina guardando el secreto de su cuerpo — ¡DecIDAMOS quienes son LOS VERDADEROS mÚsicos, Dooti-AyE! — No le dijo galeón. Ya no había una directa falta de respeto, pues esa pelea tenían que decidirla entre los dos.


”Cositas”
꩜ HabLA ꩜ Piensa (Más bien poco) ꩜ Narra ꩜


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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 502 + 0 = 502
Energia: 598 - 113 = 485
Espiritu: 336 + 0 = 336
#7
La música abarrotaba por completo el local, King Bulk observaba con atención y de reojo a medida que sus hombres iban cayendo, definiendo que el destino de los débiles era desaparecer antes de seguir abasteciendo de fracaso su camino como pirata. La molestia y el miedo empezaba a invadir a los músicos del hombre, quienes poco a poco iban fallando en las notas a ejecutar, pasando de una mezcla jazzera movida y precisa a una suerte de cacofonía desafinada para los oídos experimentados, y vaya que el capitán de los Coloso tenía ese sentido desarrollado.

Siempre prefirió perder antes que sonar mal, pues un blues o jazz mal tocados era idéntico a morir de la manera más humillante posible.

En cuanto había iniciado el lento descenso hacia la inexactitud absoluta, Bulk dejó de tocar su saxofón, cerrando un puño cual director de orquesta en una clara señal de finalizar con la canción, acorde al tiempo en que Massimo Dooti acabó en soledad con todos sus hombres. Fue sorprendente, pese a que no se notaba en la expresión de absoluto póker viviente en el rostro del capitán, apoyando su valioso instrumento en un rincón con sumo cuidado, aparentemente inexpresivo ante la repentina provocación de su contraparte buccaneer, y no fue hasta ese momento que decidió hablar. Con un bar vacío, no necesitaba el micrófono, y así se hizo notar con el peso grave de su voz.

—Competencia deshonesta, dirás. —sentenció, e iba a replicar con algo más, desarrollando un punto que revirtiera la presunta humillación sufrida ante los pocos hombres bajo su mando que aún quedaban, pero escuchó un disparo, y repentinamente varios perdigones de escopeta agujerearon su costoso traje negro ajustado, algo que lo ofendió de tal manera que lo decidió de inmediato.

El diálogo se había cerrado definitivamente. La única música que resonaría en el Ripped Throat serían los huesos de sus oponentes crujiendo contra el suelo.

King Bulk se volteó breves segundos hacia sus músicos antes de lanzarse al ataque, y los mismos entendieron el mensaje, escondiéndose en la sala detrás del escenario que parecía tan importante. Desde donde estaba, lo separaban once metros del dúo, y los recorrió en un abrir y cerrar de ojos desde la perspectiva contraria, cayendo en el suelo al mismo tiempo en que su amplio brazo derecho sujetaba a la altura del pequeño cuello a las brazos largos culpable del disparo que ejecutó, cortándole la respiración súbitamente y dejándola sin habla. La alzó a la altura de su propia cabeza, suspendida seis metros, y se dirigió al hombre que la acompañaba.

Una energía atípica se desprendió de Bulk, la misma que parecía guiar a sus hombres hasta el fin del mundo, el motivo por el cual tantos borrachos y drogadictos encontraban la esperanza en sus acciones, llevándolos a obedecerlo como si fuese una religión. Desde esa misma esencia emergieron unas palabras repletas de poder —Tu amiguita morirá si siguen intentando vencerme. ¿De verdad creen que pueden hacerme algo? Están ante el capitán de los piratas Coloso, King Bulk, y ustedes, sucios vagabundos, no están a la altura de mi poder, ni mucho menos, mi música. —sentenció, apretando con fuerza a la portadora del banjo.

—Pero tú... a lo mejor tienes potencial. Si matas a esta mocosa insolente quizás te de una oportunidad de unirte a nosotros. Al fin y al cabo acabaste con todos mis hombres, sería estúpido no ofrecerte un trabajo. —extendió a Dolly hacia Massimo, quien estaba a una distancia total de tres metros, esperando que tome su oferta, de lo contrario, no tendría piedad.

Info de la Aventura 3/6
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#8
Una sonrisa chulesca adornaba el gesto de Massimo.

No era usual en él, pero después de aquel despliegue no podía evitar que cierto júbilo le recorriera el cuerpo. Los nudillos le ardían, los brazos le temblaban, y la respiración le salía a borbotones, pero joder, qué bien se sentía.

Observó con cuidado cada movimiento de King Bulk. Cómo dejaba el saxofón dorado en un rincón, con ese mimo que solo se le da a las cosas que de verdad importan. Las cejas de Dooti reaccionaron. Algo muy sutil, una simple subida y bajada. Un tic. Un gesto que delataba más de lo que quería mostrar.

-¡TU BABAHAHA! - Soltó, con una carcajada ronca que le salió del fondo del pecho. -Lo que hay que oír. Se ve que eliges los géneros musicales como las peleas.

Se encogió de hombros y negó con la cabeza. La cría seguía arriba, moviéndose entre las vigas, buscando su momento. Massimo no la miraba, pero sabía que estaba ahí. La sentía. Como se siente una tormenta antes de que caiga.

Entonces ella cayó.

Escopeta en mano, con esa puntiaguda y afilada sonrisa que la caracterizaba, vació un cargador sobre King Bulk. Massimo abrió la boca un momento, la ceja arqueada, el cuerpo tenso. Sorprendido. Pero al escuchar sus palabras, al ver cómo se reía mientras disparaba, no pudo evitar sonreír.

Se ajustó la fedora. Un gesto automático. Iba a moverse, iba a hacer algo, pero entonces la enorme mole de King Bulk se movió. Un poderoso impulso, un desplazamiento que no debería ser posible para alguien de su tamaño, y para cuando Massimo quiso darse cuenta, las manos de aquel hombre tenían aferrada a Dolly por el cuello.

La cría pataleaba en el aire. Sus pies no tocaban el suelo.
Massimo se quedó quieto. Demasiado quieto.

King Bulk habló. Algo sobre un trato. Algo sobre vender a la niña. Algo sobre salvar el pellejo. Massimo escuchó cada palabra, las dejó reposar en su cabeza un momento, las sopesó como quien sopesa una piedra antes de tirarla.

No lo pensó dos veces.

No diría que la idea de vender a Dolly no cruzó su mente. Sería mentira. Massimo Dooti era muchas cosas, pero nunca se había hecho ilusiones sobre sí mismo. Sabía lo que era. Sabía lo que había hecho para sobrevivir. Sabía que, en otras circunstancias, quizá habría considerado la oferta.

Pero no esta noche.


Suspiró con pesadez. Un suspiro largo, hondo, como el que suelta la gente que ha tomado una decisión y ya no piensa mirar atrás.

-Mistah Bulk.

Dijo, con una elegancia y un decoro que no sabía que tenía.
Se llevó los dedos índice y pulgar al ala de la fedora. La inclinó ligeramente, tapando su mirada del enemigo que tenía enfrente.

-Como ya he dicho... -Su voz grave, pausada, resonó en el silencio que había dejado la música. -Eliges tus géneros como las peleas.

Una pausa. La cría se debatía en el aire. King Bulk la sostenía como quien sostiene un trapo sucio.
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-Como el culo. Y sin pensar.

La fedora volvió a su sitio. Massimo dio un pequeño salto, un impulso que no parecía propio de alguien de su tamaño, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba a rango. Los puños a la altura de la cintura. Los dedos torcidos, apretados dentro de los guantes. La respiración contenida.

Un derechazo directo a la cara.

No esperaba que soltara a Dolly con solo un golpe. Eso habría sido un milagro, y Massimo no creía en milagros, en lo que si cree es en su habilidad. Así que asestó otro. Y otro. Y otro. Y otro.

Los puños no paraban.

Una ráfaga que empezó en algún lugar de su cintura y explotó hacia adelante como un fuelle descontrolado que, aun con todo, hacía lo posible para evitar golpear a Dolly. Hizo todo lo que pudo para no tener ni que rozarla. King Bulk, por su lado, a pesar de su tamaño, a pesar de su fuerza, a pesar de todo, recibió el ataque de lleno. Massimo no le dejó tiempo para recuperarse. El brazo derecho, el izquierdo, el derecho otra vez. Una sinfonía de nudillos que no seguía ningún compás conocido, que no se regía por las normas del blues ni del jazz. Era caos. Era ruido. Era la única música que Massimo sabía tocar cuando las palabras sobraban.

La cara de King Bulk se movía con cada impacto, hacia un lado, hacia el otro, como un muñeco de trapo en manos de un niño enfadado. La sangre le brotó de la nariz en algún momento, pero Massimo no lo vio. No miraba su cara. Miraba sus manos. Las manos que aún tenían agarrada a Dolly.

La cría seguía ahí, colgando, pataleando. Massimo apretó los dientes. Los nudillos le ardían. La piel de los dedos bajo sus guantes comenzó a levantarse y sangrar, esos dedos torcidos, llenos de cicatrices, que apenas podían cerrar el puño del todo, empezaba a sangrar.

No importaba.

Los golpes llovían como una tormenta de verano: intensos, rápidos, sin avisar. Sus brazos se movían solos. No pensaba. Solo golpeaba. Una y otra vez. El ritmo se aceleraba, se volvía frenético, casi inhumano. Los impactos sonaban como disparos de ametralladora, secos, contundentes, cada uno con el peso de todos los años de silencio acumulado.

La velocidad era absurda. Los brazos de Massimo ya no eran brazos: eran borrones. Manchas de color que se movían más rápido de lo que el ojo podía seguir. King Bulk dejó de retroceder porque no podía. Las paredes del bar le impedían seguir. La madera crujía a su espalda, agrietándose bajo el peso de su cuerpo y la fuerza de los impactos.

Dolly seguía agarrada. ¿Cómo coño seguía agarrada? No importa. En la mente de Massimo solo había un objetivo. Moler a ese hijo de puta a hostias.

¡¡¡¡TUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBA!!!!

Dio un paso al frente. Un paso que astilló la madera a sus pies. Massimo rugió. No fue un grito de dolor ni de rabia. Fue algo más primitivo. Un sonido gutural que le salió de algún lugar muy profundo, de ese pozo donde llevaba años enterrando todo lo que no quería sentir. Y con ese rugido, la velocidad aumentó todavía más.

La sangre salpicó la camisa blanca. Massimo no lo notó. No podía notarlo. Estaba en otro sitio. En ese lugar al que solo se accede cuando el cuerpo se mueve más rápido que la mente, cuando los puños hablan por ti porque las palabras se quedaron atrás hace mucho tiempo.

El sonido era ensordecedor. Los piratas, los que aún seguían en pie, se habían apartado. Miraban con los ojos abiertos como platos, sin atreverse a intervenir. Nadie quería meterse en medio de eso. Nadie quería ser el siguiente. Massimo notó cómo algo cedía. No los nudillos. Algo en King Bulk. Un hombro que se hundía. Un costado que se ablandaba. La guardia que por fin se rompía.

¡¡TUBAAAAAAA-RRAGEEEEE!!

El grito salió de él como un animal enjaulado que por fin encuentra la puerta abierta. Ronco, grave, imposible de ignorar. Y con él, un último golpe. Un puñetazo sin contener, sin medir, sin pensar. Directo al rostro de King Bulk.

El suelo tembló.

Massimo se quedó quieto, con los puños aún levantados, la respiración rota, la sangre goteándole de los nudillos. La fedora había volado a algún rincón. La camisa blanca empapada en sudor y manchas rojas.

Y en el silencio que siguió, solo se oía su respiración. Pesada. Irregular. Viva.

-A esto... Se le llama sincopar. Gilipollas.

Movidas
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1679 + 0 = 1679
Energia: 917 - 84 = 833
Espiritu: 360 + 0 = 360
#9
Aquella alegría había durado una cantidad fugaz de tiempo. Vió aquella metralla que había disparado impactar directamente en el perfectamente meticuloso traje del buccaneer enemigo. Esa perfección en las ropas que traía habían logrado sacarla de quicio inclusive esa vena de Dolly. No era una niña con un particular afán hacia lo formal, se podía ver en sus propias pintas inclusive cuando ella pensaba que estaba bien vestida. Pero sabía elegir a sus compañeros por lo particularmente distintos que eran al resto. Esa fachada le olía a todo lo que un pirata no debía de parecer: Un ególatra con aires de no pertenecer al mismo pozo de basura que todos los demás, así como ella. Se había animado lo suficiente con ese concepto como para molestarle aquellos que niegan su propia naturaleza. Ese saxofón reluciente, ese traje bien apretado en un cuerpo perfectamente construido, sus expresiones. Todo olía a absoluta mierda dentro de un bar como ese. Olía igual de mal que todos los demás, pero quería no aparentarlo. Ese pequeño espacio en el que parecía comunicar palabras hacia sus compañeros, inundado de insultos — ¡Y EsPERA A VER lO que tengO GUARDADO para tÍ, MiERDA DE TReinta y QUINCE METROS! ¡AyE, AYE! — gritó, rellenando ese espacio. No sabe contar, le cuesta bastante.

No pudo seguir su línea de diálogo, el eco de sus palabras fue atrozmente interceptado, la velocidad que tomó aquel buccaneer fue la suficiente como para perderlo de vista inclusive cuando se dirigía directamente hacia ella.

Sintió esa musculosa y bruta mano rodear tanto su cuello como sus hombros, tomando casi toda la parte superior de su torso con una sola palma. Su garganta se vió igual de interrumpida que su seguridad a la hora de pelear. Sus ojos casi se salen de sus cuencas como un dibujo animado, mientras que sus dientes se apretaban con fuerza en lo que intentaba patalear con sus cortas piernas. Su mano libre intentó tomar los dedos del gigante. Era nulo, su fuerza triplicaba cualquier intento de la muchacha por zafarse.

Escuchó cada palabra que decía Bulk. En algún punto, su concentración por salir de ese agarre se interrumpió por el repentino trato que le hizo a su compañero. O quizás, a quien ella consideraba su compañero. Con esas palabras, dudaba en su cabeza sobre la decisión de Dooti. Apenas se conocían, la mayoría del tiempo la había estado siguiendo y honestamente lo único que parecía moverlo era recuperar el tesoro. Nada de lo demás realmente parecía conmover. No era un hombre muy comunicativo, tampoco. Sus ojos, flamantes y llenos de rabia e ira seguían puestos en aquel amarronado rostro que la sostenía como si fuera un trapo. No lo iba a seguir permitiendo.

Pero parecía que su compañero tampoco.

No tardó nada en que el brazo de Bulk comenzara a menearse ligeramente. Puñetazo tras puñetazo, sus ojos se entrecierran inconscientemente ante la ligera corriente que generaban esos puñetazos con tanto poder. La fuerza de Dooti estaba sobrepasando cualquier expectativa, algo que nunca hubiese imaginado venir de un hombre tan calmo y que toca la trompeta en sus tiempos libres. Mucho menos con un tono de voz como el que él tiene. Ya iban dos veces que la sorprendía. Comienza a analizar la situación, mientras los golpes impactan en aquel rostro tiene tiempo para cerrar un par de ideas y darle tiempo finalmente a su cerebro de hacer algún trabajo, antes de seguir pataleando y perdiendo energía — ¡Plank! ¡Plank! ¡Plank! ¡Plank! — ¿Eso es un mono con platillos en las manos? ¿Por qué eso está ocupando toda la materia gris de Dolly? Ni ella lo sabía. Pero oye, fue gracioso pensar en eso mientras veía como un rostro perfecto era apaleado y deformado por los puñetazos de un cantante de jazz. Sin embargo, de una manera o de otra, ese cerebro había logrado hacer una conexión neuronal, como si un mono hubiera visto una banana a la distancia. Miró su propio cuerpo de reojo, incapaz de mover el cuello para verlo realmente.

Quizás, por primera vez, le iba a encontrar una función realmente útil a sus propios brazos.

Mientras aquella paliza tomaba lugar, intentando no levantar sospecha, Dolly comenzó a mover sus alargados brazos hacia la escopeta que nunca había soltado. Con la mano izquierda dirigió una munición a la recámara. Recargó, no iba a esperar ni un segundo más pues lo mismo que tenía para vivir al límite, lo tenía de ansiosa — ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom! — su cabeza seguía pensando monosílabos. Onomatopeyas. Cosas que con suerte podían llegar a ser útiles más allá de la destrucción y lo afirmativos que sonaban esos sonidos.

Dirigió la escopeta, apuntando desde debajo y sosteniéndola con ambas manos.  El último golpe de Dooti fue la señal para que aquel gatillo disparase directamente al rostro de King Bulk. Los perdigones se dispersaron en ese corto rango, el suficiente como para hacer daño directo al objetivo y no a todo a su alrededor. La distancia era demasiado corta como para esperar ese tipo de efecto. Con suerte, haciendo daño en el mismo sitio que su compañero lo había hecho lograría zafarse. O quizás lograr algo en sus sentidos.

Lo que fuera sería útil. Hacer sangrar a ese hijo de puta era el mínimo de recompensa psicológica que ella esperaba a cambio de la verguenza que la hacia pasar el simple hecho de no moverse.

”Cositas”
꩜ HabLA ꩜ Piensa (Más bien poco) ꩜ Narra ꩜


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#10
Con la pequeña sujeta, como si fuese un trapo sucio con el que no quiere tener demasiado contacto, pero es obligado a ello, mantiene su atención fija en el buccaneer que ya ha probado ser un peligro andante, mientras espera que su respuesta sea positiva ante la cantidad de hombres que demostró, puede tener, y por supuesto, las propias riquezas acumuladas gracias a robárselas a pobres diablos como ellos. ¿De qué otra forma se puede convencer a un pirata, sino? Desde luego, King Bulk se movía bajo una filosofía estricta y concreta: Fortaleza, y no iba a huir de su naturaleza principal.

Sin embargo, y tras un pequeño suspenso que creyó, era el preludio del asesinato de la brazos largos, como un puente silencioso antes del jam explosivo en una sinfonía de jazz, aquel hombre logró sorprenderlo, repitiendo la frase que le dijo cuando aún estaba en el escenario y lanzándose al ataque a una velocidad que no pudo seguir de ninguna forma, ¿en qué momento recortó las distancias? ¿Desde qué segundo exacto empezó a sentir una inmensa cantidad de golpes sobre su cuerpo que lo hicieron retroceder escasos centímetros antes de quedarse firme como una roca?

El intento del sujeto fue admirable, pero el físico de Bulk aguantaba más de lo que el contrario imaginaba, y pasó a observarlo quieto en su lugar con una sonrisa que ocultaba el dolor que atravesaba. Y eso fue suficiente para que tras una severa explosión, un daño equiparable al que sintió sobre su carísimo traje borronease su visión tras sentirlo directamente en el rostro, haciéndolo sacudir el susodicho pero sin moverse del lugar. Seguía siendo una mole física envidiable, y lo demostraba a cada segundo de combate que transcurría.

—Son una bola de mediocres, ¿realmente creen que pueden vencerme? —cuestionó, furioso —¿¡A King Bulk!? —entonces, de manera súbita, los músculos de su brazo derecho, el que sostenía a Dolly, incrementaron su potencia, soltándola a la altura de su hombro, por lo que la brazos largos no tendría piso sobre el cual mantenerse de pie. Y en el aire, recibió un golpe descomunal que la envió a volar dos metros enteros hacia atrás en línea recta, alejándola parcialmente del combate, nuevamente desechada como basura a ojos del imponente buccaneer más alto de la sala, quien la golpeó con la misma diestra que mantuvo el agarre.

—Es un adelanto de lo que voy a hacerte a ti. —bufó, sus músculos tomando una forma mucho más densa, rasgando el traje caro que llevaba puesto, tanto en el torso como en sus piernas. La piel oscura del tipo se empezaba a percibir a más detalles, infinidad de venas recorriéndolo y enmarcando su prominente silueta. Perdió todo deje de formalidad que su género favorito emanaba, luciendo unos shorts hechos de la tela finísima de lo que supo ser un pantalón, y exponiendo por completo el torso. —Morirán en el Ripped Throat. —afirmó, solemne.

Info de la Aventura 4/6
[Imagen: vEBNZb3.png]


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