El precio de la hiel [Fic, pasado]
#1
[9 de otoño,
año 17,
Isla de Drum]

El precio de la hiel (I)

Stroud salió a la cubierta del Royal Quiver. Apoyó ambos codos sobre el pasamanos de babor, cubierto de nieve, exhalando algo de vaho y mirando hacia el Reino de Sakura. La luna, como un gran farol, iluminaba todo desde detrás de las Drum Rockies, que proyectaban sus sombras sobre la isla. De cada rincón del barco, teñido de blanco, colgaban multitud de carámbanos de hielo. Daba igual con qué frecuencia los arrancasen, en cuestión de horas se habían formado de nuevo, con la misma consistencia, de forma casi virulenta. El habitual mecer del mar era imperceptible; la quilla del Royal Quiver había quedado completamente congelada, fijada al mar de hielo que yacía debajo, sólido como el hormigón. El barco, habitualmente tan veloz y de una movilidad notable, se había convertido en una suerte de torre de madera, inmóvil.

Caminó por la cubierta, pasando la mano por la nieve que cubría la barandilla y haciéndola caer. Disfrutaba del tacto de la nieve en su piel, tan punzante, tan ardiente. Caminó en dirección a la popa, y se encaramó al palo de mesana. Con un pequeño impulso, comenzó a escalarlo. No resultó difícil, ni necesitó echar mano de las habilidades que le confería su fruta; sus manos se quedaban casi pegadas al hielo. Llegó hasta lo alto, agarrándose a la driza para el último impulso, y sentándose sobre el juanete de sobremesana. No era una gran altura, pero la vista se volvía bastante impresionante desde aquel lugar. Pese a ser de noche, y a las gélidas temperaturas, la vida seguía su curso normal en el puerto de Drum, con mercaderes que iban y venían, descargando mercancías de sus barquitos y organizando sus bienes, con marineros preparándose para embarcar o para desembarcar, o incluso con gente que, simplemente, paseaba y oteaba el frío mar nocturno. Todo ello, eso sí, cubierto por una perpetua capa de nieve.

Allí sentado, sus piernas colgando sobre el vacío, con las estrellas como único testigo, se permitió el lujo de relajar su postura, apoyando la cabeza contra el mástil, mientras sus ojos grises se perdían en la cúpula celeste.




"¡Redgrave! ¡Redgrave!," lo despertó una voz. Levantó su cabeza de la mesa de la cantina, buscando alarmado, a su alrededor, quién había sido el artífice de su sobresalto. No era propio de él quedarse dormido así, casi encima de su propio plato, vacío desde hacía rato. A su lado, Reggie lo miraba con una ceja alzada. No había mucha más gente; la hora del almuerzo había terminado hacía un rato, y casi todos habían vuelto ya a sus quehaceres. "No sé qué me ha pasado," dijo el rubio, sacudiendo la cabeza y recobrando la compostura, sonrojándose visiblemente, colocando sus manos sobre su regazo y adoptando la postura intachable que lo caracterizaba. Reggie, de pelo anaranjado, se reía a carcajadas. "¡Te habías quedado sopa!," repitió, para bochorno de Stroud, "¿qué pasó anoche?". Stroud hizo memoria. Nada en particular, realmente. Negó con la cabeza, "ni idea," afirmó.

Ambos caminaban de vuelta al patio de armas 3. El pasillo olía a productos de limpieza, como solía oler a aquella hora, cuando los reclutas se habían encargado de limpiarlo justo antes de ir a devorar cuanto encontrasen en la cantina. Ambos iban armados con fregonas, cubos y algunos trapos. La mayor parte del tiempo que pasaban en aquel patio era, precisamente, limpiando. Reggie pareció mirar a un lado y otro, asegurándose de que no hubiese nadie cerca que pudiese oírlos. "Duort me ha propuesto un trato," masculló, mientras ambos atravesaban el umbral de la puerta del final del pasillo y llegaban al enorme patio, "cinco mil al mes." Stroud arqueó ambas cejas, mirándolo, mientras colocaba el cubo sobre el suelo y remojaba la fregona, preparándose para limpiar. No respondió, esperando a que Reggie se explicase, si eso era lo que quería.
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#2
El precio de la hiel (II)

Stroud cayó al suelo de espaldas, recibendo de golpe la dureza del asfalto del patio de armas sobre la musculatura de su espalda como un castigo por su incompetencia. Frente a él, extenuado, permanecía en pie su rival, Duort. O, al menos, ese era el nombre que él recordaba, con el que él siempre se había referido a aquel joven en sus recuerdos. Puede que hubiese sido solo un alias, o su apellido, o algo que Stroud se hubiese inventado completamente; no había forma de saberlo con certeza. En el cuartel, nombres, apellidos, motes y títulos oficiales se entremezclaban con una frecuencia de vértigo, por lo que, con el pasar de los años, los nombres se emborronaban, y la frontera entre el nombre de uno y cómo lo llamaban los demás se volvía difusa.

Sobre él, el cielo despejado y azul del North Blue, las gaviotas de la base volando en círculos sobre todos ellos. A su alrededor, seguían transcurriendo otras peleas de entrenamiento. Una mano se acercó, ayudándolo a levantarse. "Arriba, lo has hecho bien," dijo Reggie, mirando a Duort, mientras Stroud se levantaba con dificultad del pavimento. Su espalda sangraba, magullada, formando múltiples manchas rojas sobre el blanco de su camiseta. No le importó; su ropa de entrenamiento estaba en unas condiciones deplorables. "Seguimos," dijo Stroud, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Reggie lo miró alzando una ceja, incrédulo. Duort recogió su alborotado pelo pajizo tras sus orejas, clavando sus ojos en su rival. ¿No ha tenido suficiente?, parecía pensar. Sin embargo, se limitó a asentir, poniéndose en guardia una vez más.

Stroud cerró sus manos encallecidas una vez más, poniéndose en guardia también. Esta vez, se aseguró de lanzar el primer ataque. Pero no podía ir a lo loco; en su estado, gastar más energía de la cuenta le supondría acabar por los suelos otra vez. Ambos se observaron, midiéndose, atentos al movimiento el uno del otro. Stroud supo que su rival estaba a la espera. No debía precipitarse, ni siquiera en su finta. Las jugadas empezaban a superponerse en las cabezas de ambos. Pasaron los segundos, lentísimos, densos, mientras ambos se miraban, haciendo movimientos medidos y posicionándose, recortando distancias en máxima tensión. Podía estallar en cualquier momento.

Finalmente, Stroud comenzó su ofensiva. Comenzó recortando la escasa distancia que los separaba, apenas un par de metros, hasta que se hubo situado a escasos centímetros de su rival. Un movimienzo rápido, ágil, o tan rápido y ágil como podía en su estado. Un chorreón de sangre cayó desde su nariz en el proceso. Entonces, la parte más importante de su plan: la doble finta. En cuestión de un instante, hizo aparentar que golpearía con el brazo derecho de forma muy obvia, pasando entonces al izquierdo, para entonces pasar al derecho. Y entonces... un fuerte rodillazo en su esternón le cortó de golpe el pensamiento. Se desplomó sobre el suelo una vez, sin poder siquiera respirar.

Duort dejó caer su bokken al suelo con un sonido seco y se palmeó las manos, deshaciéndose del polvo, como si hubiera concluido la faena. Stroud intentó levantarse, en vano.




El magullado Stroud, de vuelta en su uniforme de recluta, se sentó frente a una de las mesas de la cantina y, con desgana, comenzó a tomar cucharadas de lo que fuese el mejunje que les daban aquel día. Reggie se sentó a su lado, con una sonrisa de oreja a oreja. "No lo has hecho mal. Era Duort, al fin y al cabo," dijo, aún masticando audiblemente un pedazo de pan. A apenas un par de metros de ambos, Duort, rodeado de su pequeño grupo de admiradores, recibía felicitaciones por su actuación en el entrenamiento de aquel día.

A Stroud le resultaba difícil no admirarlo. Había algo en aquel chico, de su misma edad, que imponía respeto, incluso entre los reclutas más mayores. Peleaba con fiereza, sirviéndose únicamente de patadas y espadazos, en un estilo peculiar, como si no temiese a nada; desarrollaba estrategias complejas sin dificultad, y era capaz de ver a través de los trucos de los demás con la misma facilidad que había visto a través de su burdo intento de doble finta. Había quien decía que se convertiría en el segundo almirante más joven de la historia.

¿Cómo estar a la altura? El estilo de Stroud era distinto, claro, y no tenía intención ninguna de cambiarlo. Pero había algo en aquella forma de comportarse, en aquella manera de pelear y de idear los propios movimientos que era simplemente sobresaliente, propio de los guerreros naturales. En sus años de peleas callejeras, en los que había luchado por sobrevivir en más de una ocasión, jamás había visto semejante talento natural para el combate. Resultaba difícil no admirarse.
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#3
El precio de la hiel (III)

Stroud entró en el aula de instrucción, sentándose frente al pupitre central de la segunda fila. Varias decenas de reclutas recién alistados se amontonaban en aquel lugar poco a poco, todos con inquietud por recibir sus notas en el último test de Fundamentos navales, el curso opcional que todos los que quisieran dedicarse al noble arte de la Navegación debían superar. El instructor de Protocolos, una vieja gloria tras el timón ya a las puertas de la jubilación, entró en el aula con el silencio marcial que solía acompañarlo. Stroud sujetaba nerviosamente una moneda de un berry en su puño cerrado, sus nudillos blanquecinos. Aquella moneda era lo primero que había encontrado al rebuscar en sus bolsillos en busca de algo que lo ayudase a canalizar su tensión.

El instructor se sentó frente a su enorme mesa, colocando frente a sí un grueso taco de papeles que sonaron como una explosión contra la madera. No era solo su pesadez; aquel anciano aún gozaba de una fuerza envidiable, y que había sido capaz de hacerse cargo del timón en las condiciones de alta mar más espantosas. Muchos decían, incluso, que había navegado por el Nuevo Mundo en sus días de gloria, más allá del Paraíso, en lo más duro del Grand Line. Stroud no sabía si creérselo, pero, desde luego, no le hubiera extrañado.

El instructor comenzó a decir nombres, uno detrás de otro, cada uno seguido de un número. No muchos habían aprobado. Aquel curso (y, de hecho, aquel instructor en particular) era célebre en la Academia por lo duro que podía ser superarlo, y por su énfasis en la teoría tanto como en la práctica. El instructor solía decir que, con tanta práctica y tan poca teoría, a algunos otros instructores se les olvidaba hasta qué estaban enseñando. Nunca dijo nombres, claro, pero todos los alumnos tenían teorías de a quién se refería exactamente.

"Stroud Redgrave," anunció, continuando con la lista, "un 7,6. Esfuércese más la próxima vez," dijo, entregándole el examen sin siquiera levantar la mirada, ya leyendo el siguiente nombre a llamar. Mientras él continuaba con su lista, Stroud se sentó frente a su pupitre, observando las correcciones. Duras, pero justas. Aquella parte del temario, la unidad de Introducción al combate naval, era mucho más difícil que las anteriores, a excepción, tal vez, del de Protocolos en alta mar. Todo el mundo decía que el instructor hacía algunos de aquellos temas muchísimo más difíciles de lo que necesitaban ser, y que en otras academias Marine eran cursos mucho más sencillos.

"... Un 9. Buen trabajo, como de costumbre," dijo el instructor, en mitad de aquella corriente interminable de nombres. Stroud, que había estado demasiado inmerso en su propio examen como para escuchar el nombre que había precedido aquella cifra, arqueando una ceja, levantó la vista. ¿Quién había sacado semejante nota?

Por supuesto. Duort tomó la hoja del examen, antes de volver a sentarse en su sitio. Sus notas siempre habían sido, como mínimo, muy buenas, pero aquella tenía que ser alguna clase de hito histórico. Pese al silencio que se formaba siempre frente a un instructor como aquel, un murmullo de celebración recorrió la clase como una discreta ola, entre cuchicheos de admiración e, inevitablemente, de envidia.



"Buen trabajo", dijo Stroud, tendiéndole la mano con seriedad a Duort al terminar la instrucción, "felicidades." El instructor ya había abandonado la clase (como solía hacer, dado que, como él mismo decía, quería salir a fumar), y los jóvenes reclutas charlaban entre sí. Un corrillo se había formado alrededor del propio Duort. El joven le sonrió con amabilidad, tendiéndole la mano de vuelta, sin hacer demasiado caso a los aduladores que se le acumulaban, como moscas, alrededor. "Gracias," respondió el chico, "aunque creo que fue más cuestión de suerte que otra cosa. Sobre todo en el tipo test," afirmó, esbozando una educada sonrisa. Ambos sabían que no había sido suerte, de ninguna manera. Stroud no dijo nada. Se alejó del corrillo, guardando sus enseres y poniendo rumbo al patio de armas. ¿Tenía envidia?
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