Seraphine Soyer
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Fecha: Día 28 Otoño del año 16
Colocó ambas manos sobre el suelo y se inclinó un poco hacia adelante, viendo su reflejo en el río, creyendo que se encontraba algo alejada del resto de la población; no obstante, lo suficientemente cerca para ver algún indicio de la civilización, como una casa abandonada y un poco de basura por ahí, pero más allá de eso, nada, no obstante, ya le bastó con lo que veía; no sabía si las personas responsables de dejar las cosas tiradas por ahí volverían, por lo cual decidió tomar el canasto entre sus brazos, seguir caminando y buscar una zona más segura para lavar su ropa, siendo curioso para la chica de largos cabellos que aquella simple acción resultase tan liberadora.
¿Era quizás el hecho de poder moverse por ahí, sin tener que preocuparse demasiado por las normas de la esclavitud?
Probablemente.
Sonrió, pensando en el progreso que hacía, teniendo toda la intención de reportar sus avances a Kazan, quizás escribirlas en una carta no estaría mal, no obstante, dudó si el hombre podría escribirle y, si lo hacía, de seguro que las cartas serían enormes, sin saber qué hacer una vez con ellas cuando las obtuviese, habiendo vívido tanto tiempo en un circo, no sabía hasta qué punto estaba desarrollada la educación del hombre, aunque si sabía leer, también podía escribir, ¿no? Ya más tarde lo intentaría y, con un pequeño escalofrío, hundió su cuerpo en el abrigo al sentir el viento frío impactar contra su cuerpo, sacudiendo un poco sus largos cabellos hacia atrás, despejando su campo de visión, pero también trajo suciedad consigo.
Se quedó quieta, sujetando el canasto con una mano y llevó su palma libre al rostro, quitándose aquella hoja que impactó contra sus ojos, produciendo una sensación de ardor en sus ojos y, sin darse cuenta de lo que hacía, sus pies dieron unos cuantos pasos hacia atrás, impactando contra el agua fría, sumergida por completo.
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Stroud se levantó con calma de la silla, volviendo a colocarla en su lugar y poniéndose en marcha, saliendo de la terraza y dejando algunos berries sobre la mesa, bajo el plato lleno de migajas. Solo estaba en aquella isla de paso, pero le alivió tener algo que hacer; la calma, el calor, el bullicio y el ajetreo constante que se vivían en aquel lugar se le hacían casi antinaturales. La llamada que había recibido había sido protocolaria, una mera orden de patrulla por una zona rural, sin nada demasiado sospechoso teniendo lugar en un principio, pero la recibió con el mismo entusiasmo con el que uno recibe un ascenso. Cualquier excusa para alejarse del estruendo constante de la isla era bienvenida.
Especialmente en lugares como aquel, Samba, en los que el Gobierno Mundial tenía poca o ninguna presencia, cualquier aparición de la Marina siempre era aprovechada al máximo, incluso cuando no había ningún problema en particular que resolver. Naturalmente, para Stroud aquello era poco más que un agradable paseo, pero no era razón para no mantener los ojos bien abiertos; estaba de servicio, al fin y al cabo, y estar de servicio para un Marine implicaba más que detener malhechores. Mostrar a los uniformados por la zona con cierta frecuencia, simplemente haciendo acto de presencia, patrullando, era suficiente para hacer saber a los ciudadanos que el Gobierno Mundial estaba pendiente de ellos, que su ojo vigilante estaba en todas partes, que la Justicia llegaba incluso a donde no se la esperaba.
Manos tras la espalda, en una posición tan firme que cualquiera hubiera pensado que se encontraba frente a un Vicealmirante como mínimo, el joven contramaestre paseaba por una de las zonas más rurales, sus ojos grises observando a su alrededor, mientras caminaba siguiendo el curso de un río. Decir que la zona a patrullar era tranquila hubiera sido quedarse cortos: no había nada, ni nadie. La brisa del mar llegaba hasta él como si estuviese en la misma orilla, lo opuesto a los fuertes olores especiados que abundaban en la ciudad. Era poco más que una zona de arbustos, con alguna que otra vieja hacienda abandonada y repleta de hiedra crecida aquí y allá, y algo de basura repartida entre el follaje. En la lejanía, hacia el interior, se veía lo que debía de ser el comienzo de la densa selva que poblaba el centro de la isla.
Repentinamente, vio una silueta cerca de la orilla, enorme, pero grácil, de alguna manera. Arqueando una ceja, continuó su camino, entornando los ojos e intentando distinguir de qué, o de quién, se trataba. Al cabo de unos instantes, sin embargo, vio cómo esa gracilidad se desvanecía en cuestión de un momento, mientras la enorme figura aparentemente perdía el equilibrio y se precipitaba hacia el agua. Corrió hasta el lugar con rapidez, para ver... ¿Alas? ¿Era una patosa Skypiean lo que se hundía en el agua del río? Miró a los lados, quitándose la gorra y arremangándose la camisa del uniforme. Era un problema, sin duda. Siempre había pensado que la debilidad que le causaba haber consumido una Akuma no Mi le haría encontrar un fin prematuro en alguna batalla naval, pero, ¿socorrer a una Skypiean de un puñetero río?
A toda velocidad, se aproximó hacia una planta de grandes hojas, arrancando una de ellas desde su tallo, una suerte de palma. Mientras tanto, pensó en los wanteds que había visto recientemente en el periódico; no recordaba haber visto ningún Skypiean que se ajustase a lo que había alcanzado a ver. Probablemente no hubiese problema con echarle un cable. Rápidamente, acercó la palma hasta el agua, a escasa distancia de la Skypiean. Con un poco de suerte, pese a su tamaño, sería tan liviana como parecía, y podría tirar para sacarla de allí en cuanto ella se aferrase a la hoja. "¡Agárrese, señora!"
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Se tardó un poco en registrar dónde estaba; con el frío calando en sus huesos, Seraphine recién se acordó de la presencia del agua al ver las burbujas delante de ella, agradeciendo haber dejado caer la canasta en tierra firme, encontrándose ahí dentro su libreta y lápiz para hablar con los demás y ahora no llevaba demasiado dinero consigo más allá de lo necesario para comprarse un decente almuerzo, teniendo todas sus cosas importantes en la habitación del lugar donde se hospedaba.
La corriente del río resultó ser algo fuerte, sacudiendo sus largos mechones hacia adelante y atrás, notando en ese momento un pequeño hilo rojo que se manifestaba delante de su campo de visión, llevando una mano a su cabeza, frotándose un poco, lo que ocasionó que el agua se tiñese otra vez de aquel conocido color rojo que indicaba el haberse lastimado, a lo que no pudo evitar hacer una mueca de frustración, para Seraphine aquello no era nada fuera de lo inusual y fue en ese momento que, ante la falta de aire, notó la presencia de un… hombre, ¿joven? Parecía estar hablando, pero no podía escucharlo, aunque parecía tener la intención de ayudarla, con una enorme hoja.
Estiró su brazo hacia él, con la necesidad de expandir sus pulmones, siendo lo que la hizo sacar su cabeza por completo, buscando aferrarse al improvisado salvavidas, cuando se percató de algo, alzando una ceja, se quedó unos minutos en un estado que parecía poder describirse como una estatua, sin miedo, pánico o similar; tal vez se debía a que, al haber interactuado con una enorme raza semimarina, aquel elemento no le daba miedo del todo, pero…
Soltó la hoja y se puso de pie.
Las mejillas se tiñeron de rosado por culpa de la vergüenza, dejando escapar una risita silenciosa; el agua le llegaba hasta la cintura, agradeciendo tener casi cuatro metros, al final, aquella agitación fue para nada… O eso creía cuando la fuerza del agua la impactó otra vez contra el suelo y esta vez apareció en el borde, agarrando uno de los brazos de Stroud para intentar salir de ahí, no confiando en aquella hoja.
Y colocó una rodilla sobre la hierba, no gustándole la ropa mojada que se pegaba a su cuerpo, costandole un poco el moverse, haciéndola sentir que tenía un par más de kilos encima, no obstante, parecía funcionar, al tener la mitad de su cuerpo afuera, ahora solo queda entrenar con mayor intensidad cuando saliera de ahí, su campo de visión siendo obstruido por su largo cabello, con su respiración algo acelerada.
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Stroud apretó los labios, observando cómo la patosa mujer luchaba por sobrevivir en lo que parecía ser, pese a todo, poco más que un riachuelo sin mucha profundidad. Inclinó la cabeza ligeramente, viendo cómo algo de sangre había comenzado a flotar en el agua, para luego perderse entre la corriente como un simple hilillo de tinta. Jamás se hubiera reído de un civil, pero... ¿se había herido de gravedad en un riachuelo como aquel? ¿Alguien de su tamaño?
Fue entonces cuando, lejos de agarrar la hoja que el Marine le tendía, la mujer optó, en su lugar, por simplemente ponerse en pie sobre el lecho del río. Stroud, estupefacto, ni siquiera se movió, ni apartó la hoja, simplemente observó el espectáculo, mudo de estupor. ¿Era aquello una trampa, diseñada para atraer a algún incauto de buena voluntad para entonces robarle hasta el último berry? ¿Venía alguien por su espalda, aprovechando la distracción? Por mucho que las apariencias pudiesen engañar, la mujer no parecía ser ninguna pirata, ni uno de aquellos revolucionarios, ni, mucho menos, una bandida. Sin embargo, mientras la mujer permanecía en pie entre las aguas, aparentemente petrificada, Stroud no pudo evitar mirar atrás, sobre su hombro, solo por asegurarse que sus peores temores no estaban a punto de cumplirse, antes de, aliviado, volver a contemplar a la mujer, que había empezado a reír sin hacer ruido, sonrojada.
Stroud arqueó una ceja, la hoja de palma aún en su lugar, esperando a que se agarrase, o a que al joven se le pasase el shock de la absoluta estupidez de la que había sido partícipe. La mujer parecía enormemente divertida por su propia torpeza; era de apreciar que no añadiese más drama del necesario. "Señora, agárrese, no se preocup...," dijo, pero sus palabras se cortaron en seco cuando vio cómo la corriente arrancaba a la mujer de allá donde permanecía en pie, como un viento, antes de volver a emerger agarrándose a su brazo. "¡Eh!," dijo, dejando caer la palma en el agua. Se sonrojó ligeramente, más por lo inesperado que por otra cosa, y, una vez superado el primer instante de shock inicial, sujetó su brazo con ambas manos y tiró con fuerza, sacándola del agua. Era mucho más ligera de lo que su tamaño podría haber llevado a pensar, como si estuviese hueca por dentro.
Fascinado, contempló cómo la enorme mujer, empapada, salía poco a poco del agua, haciendo un último esfuerzo por tirar de ella cuando ya había empezado a tocar la hierba del suelo. Pocas veces había visto a alguien tan grande. Y tenía... ¿alas? "¡Y...! ¡Vamos!," exclamó, en un último esfuerzo, terminando de sacarla del agua y casi cayendo al suelo de culo él mismo.
Resoplando, se incorporó rápidamente, recobrando la postura marcial que lo caracterizaba, y le tendió la mano a la mujer para ayudarla a levantarse del suelo. La estampa era, cuanto menos, paradójica, puesto que ella misma era, aun arrodillada en el suelo, casi de su misma altura. Sin embargo, detalles como aquel no le preocupaban cuando se trataba de ofrecer ayuda. Observó, no sin cierta curiosidad, cómo su largo pelo tapaba su cara, aún chorreando agua sobre el suelo. "¿Está bien?," preguntó, aún tendiéndole la mano y esperando a que se ayudase de ella para levantarse. "¿Está herida, necesita un médico?," inquirió. Pese a su preocupación, su voz era tan indiscutiblemente monótona como de costumbre. Con su otra mano, tocó su cabello, buscando la fuente del pequeño hilillo de sangre. No parecía demasiado grave. "No tiene de qué preocuparse, soy de la Marina."
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28-04-2026, 11:29 AM
(Última modificación: 28-04-2026, 11:43 AM por Seraphine Soyer.)
Una vez sobre tierra firme, Seraphine había quedado sobre sus cuatro extremidades, tosiendo un poco para sacar el agua que se quedó pegada a su boca y pulmones, temblando un poco ante la adrenalina de la experiencia, aunque volvió rápidamente en sí al sentir aquella mano tocando su herida, lo que avivaron en la pelirrosa de cabello multicolor malas experiencias y apartó de inmediato su mano con un ligero golpe, cayendo sentada sobre su trasero, cerca del borde del río, pero evitando caer en este, estando unos minutos a la defensiva hasta calmarse, no pudiendo evitar sonrojarse un poco por su estupidez y llevó ambas manos a su frente, peinando su largo cabello, desde la mitad, como si fuese una cortina, hacia los lados, mirando con cierta timidez a Stroud y tomó la mano que le ofrecía, no tardando demasiado en ponerse de pie gracias a la ayuda del hombre.
Y le devolvió su privacidad, dando un paso hacia atrás, estrujando su largo cabello para peinarlo al final de manera definitiva hacia atrás, junto a un poco de su ropa, buscando quitarle el exceso de agua y colocando ambas manos sobre sus rodillas, la skypean hizo una reverencia, casi acercando demasiado su frente contra sus propias rodillas en una señal de agradecimiento, aprovechando ese momento para ocultar su reacción a cuando escuchó la palabra marine, no pudiendo evitar hacer una mueca y miró a su alrededor en búsqueda de sus cosas, dando con su libreta y lápiz, haciéndole una señal de que esperase un poco, mientras daba grandes pasos para coger sus métodos de comunicación.
—¡Muchas gracias por tu ayuda!— Sonrió, enseñándole lo escrito. —Me llamo Seraphine y estoy bien; respecto al médico, no lo sé— Sacudió su cabeza, colocando una mano sobre su herida, notando como en efecto, había dejado de sangrar. —Esto… es algo que me sucede a menudo— No pudo evitar dejar escapar otra risita silenciosa. —¿Estás bien tú?— Ladeó un poco su cabeza, mirándolo directo a los ojos, desviándose en alguna pequeña ocasión directo a los pies y el resto de su cuerpo para asegurarse de no haberle arañado. —¿No te importaría… mirar la zona donde me dañé? Quizás sea solo un simple rasguño— No tardaría demasiado en sentarse, apartando sus largos cabellos, y dejó escapar un estornudo.
Hacía frío.
—¿Me podrías hacer un favor?... ¿El no contárselo a nadie lo que sucedió?— Giró su rostro hacia él, habiendo estado dando la espalda, sin darse cuenta que estaba utilizando el poder de sus verdosos ojos para imitar la cara de cierto gato famoso. —Ya me basta con que me vean como la chica patosa, con esto va a empeorar— Sintió desinflarse como un globo, palideciendo un poco. —¿Cómo puedo agradecerte por tu ayuda?— No podía dejar pasar algo así por alto, las cosas buenas tenían que agradecerse bien para que se repitieran o eso creía.
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El manotazo no pilló desprevenido a Stroud, que, precisamente por aquel tipo de reacciones, solía seguir una estricta política de no entablar contacto físico con civiles durante su servicio a menos que fuese absolutamente necesario. Normalmente, aquello hubiera podido ser tratado como una agresión a la autoridad, pero no detectó malicia alguna en aquello. Optó por permanecer en silencio, observándola mientras se peinaba una vez se hubo puesto nuevamente en pie; se volvió a bajar las mangas de la camisa, ajustándose los puños meticulosamente, y colocó ambas manos tras su espalda, esperando.
Entonces, para su sorpresa, la enorme chica hizo una exageradísima reverencia. La mayoría de la gente, incluyéndolo a él mismo, consideraba que algo tan elemental le iba en el sueldo. No vio su mueca, claro. Stroud levantó ambas manos en un ademán de quitarle importancia y fue a decir algo, pero, de nuevo para su sorpresa, ella hizo una señal para que esperase, y pareció ir a buscar algo a unos metros de allí. Al arco dibujado por su ceja se acentuó cuando se percató de que la chica había empezado a escribir sobre una libreta. Ahora que caía, no había pronunciado una palabra en todo aquel rato, ni siquiera para pedir ayuda. ¿Era muda? ¿Tímida? Se agachó sobre el suelo un instante, tomando la gorra que él mismo había dejado caer. Con sumo ciudado, la sacudió contra su propia pierna, quitándole el polvo, y asegurándose de que volviese a estar pulcra antes de ceñírsela en la cabeza una vez más.
Leyó con atención el texto que la chica le señalaba en su libreta. La letra era grácil y patosa a la vez, como hubiese cabido esperar. "¡N-no se preocupe! ¡Yo estoy bien!," dijo, alzando un poco la voz, aun manteniendo lo inmutable de su tono. Se dio cuenta entonces de que probablemente no hiciese falta gritar. Se le hacía un poco raro tratar con alguien en aquella tesitura. Vaciló por un instante. "Esto... ¿Que le sucede a menudo? ¿Esto mismo?," inquirió. Optó por callarse, y, una vez la chica se hubo sentado, se acercó y examinó su cabeza. En efecto, no parecía nada grave. "Creo que ha sido más un susto que otra cosa, yo no me preocuparía si fuera usted," afirmó finalmente. Sus conocimientos de medicina eran, cuanto menos, limitados, pero suficientes como para cerciorarse de que su vida estaba lejos de correr peligro.
"No se ofenda, pero no creo que nadie tenga excesivo interés en que se haya caído al riachuelo este, no se preocupe. No es algo que vaya a ir contando por ahí," afirmó, terminando de examinar los pequeños rastros de sangre seca entre los mechones de su cabello. "Pero, si le pasa a menudo, no me extraña que cargue con esa fama," admitió, ajustándose la gorra adecuadamente. "No tiene nada que agradecerme. Sea cortés con el próximo agente de la Marina que se encuentre, con eso basta," afirmó. "Yo me llamo Stroud, Contramaestre Stroud Redgrave, por cierto. ¿De dónde ha salido y cómo ha llegado hasta aquí, si me permite preguntárselo?," inquirió con curiosidad, sentándose en una roca a escasa distancia de la skypiean. No todos los días se encontraba uno con gente alada.
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Parpadeó, no esperando que el hombre tartamudeó de pronto y temió por unos instantes, que fuese a desmayarse por culpa de la presencia de la sangre, no sería la primera vez que se encontrase en una situación así, aunque en el pasado, al principio fue ella a quién le ocurrió, durante sus primeros años de cautiverio, pudiéndose decir que con el paso del tiempo, Seraphine se volvió más resistente, pero tampoco le gustaba decir aquello en voz alta, ya que nadie debería de pasar por eso, ladeó un poco su cabeza, manteniendo una amplia sonrisa, mirándolo directo a los ojos con un poco de calidez, estando de verdad agradecida por que le ayudase, además de gustarle el hecho de tener un testigo, pues aquello se convertía el recuerdo en algo que reírse junto a alguien, no en un recuerdo donde Seraphine escondiera la cabeza dentro de la tierra como una avestruz por culpa de la vergüenza.
Ante su pregunta, miró el agua del río y se dio cuenta del posible malentendido; sacudió su cabeza con rapidez, escribiendo con ánimos para aclarar aquello, solo para ver que su letra no quedó legible y tuvo que borrarlo, para comenzar con calma, a veces, era una persona que se dejaba llevar demasiado por sus emociones y le jugaba en contra. —No me caigo todos los días en ríos, pero… más de una vez, me caigo de cara contra el suelo, puertas, me corto un dedo, caigo escaleras— Se detuvo, contando con sus dedos y de pronto, se percató de que necesitaría un millón de manos para seguir contando. —Caerme dentro de algo líquido… uh, si te tranquiliza, hace tiempo que no me caigo en la ducha— Dejó escapar una risita nerviosa, silenciosa, mientras pegaba su cabeza entre los hombros, soltando aquellas letras como si fuese lo más natural del mundo, con una falta de enfado, ya aceptando hace mucho que eso sería su vida por largos años.
Los labios de Seraphine formaron un “o” y soltó un suspiro de alivio, llevando su mano a la zona herida, más aliviada. —Pues, me gusta que nadie le pueda tener interés en eso, pero a veces, me gustaría dar una imagen más segura de mí misma o fuerte— Sonrió con cierta tristeza. —Aunque, creo que ese barco ya zarpó hace mucho, después de lo que viste— Aunque lo siguiente llamó su atención, dibujando una expresión confusa. —¿Cortez? ¿Te insulté de alguna forma?— Se imaginó varios signos de interrogación apareciendo sobre su cabeza, haciendo memoria de las cosas que hizo hasta ahora. —¿Fue lo de… apartar la mano? ¿Eso lo consideras descortés?— Desde su punto de vista, aquello no debería de ser un problema, de pronto se preguntó si Stroud no sería un marine algo sensible, aunque considerando que ella misma también lo era, quizás no era la mejor para hablar de ello.
Cerró sus ojos, contando hasta diez, y volvió a escribir.
—No soy demasiado buena con el contacto físico con personas que no conozco— Levantó su mano a su cuello, dando unos golpecitos en la cicatriz. —Fui… por unos largos años una esclava contra mi voluntad, así que a veces, no soy buena lidiando con… cuando me pillan desprevenida al tocarme— La expresión de Sera fue dolorosa, delineando la cicatriz que le quedó del día que le arrebataron la voz y frotó sus nudillos entre sí, para calmarse.
Metió la mano en la canasta, sacando una camisa.
—Pues, tengo la intención de quedarme un par de días para conocer la isla y lavar ropa— Sonrió, como si fuese lo más obvió. —¿Y tú… o usted?
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(Última modificación: 05-05-2026, 11:41 PM por Stroud Nanashi.)
Pese a ser otoño, el día resultaba enormemente cálido, especialmente en comparación con lugares como Roshwan, o su natal Spider Miles. El cielo estaba cubierto de nubes, y amenazaba lluvia en cualquier momento. Sin lugar a dudas, aquel era uno de los lugares más tropicales que Stroud hubiese visitado jamás. Aquella temperatura, en aquella estación, se le hacía de una extrañeza casi hostil, casi nauseabundo. Era como si algo no encajase. Parecía ser el único al que aquello le inquietaba tanto, sin embargo. Arqueó una ceja mientras la chica volvía a escribir con letra apresurada. No terminaba de entender por qué le daba tanta importancia al asunto.
La mujer era un extraño amasijo de nervios y paz; parecía ansiosa por explicarse, por contarle a cualquiera por qué hacía lo que hacía, y, al mismo tiempo, no parecía el tipo de persona que se preocupase en exceso por las cosas del mundo. Era una mezcla poco común. La forma en que había comenzado a contar con sus dedos, quedándose rápidamente sin suficientes dígitos como para seguir la suma, no le pasó desapercibida, aunque no comentó nada al respecto. Sentado sobre la roca, negó con la cabeza, arqueando ambas cejas cuando la muchacha sugirió haberlo insultado de alguna manera. Nada más lejos de su intención. Hizo un ademán con las manos, restándole importancia. "¡En absoluto!," dijo, respondiendo a su pregunta, "me refería simplemente a que lo sea con el próximo que vea, es pago suficiente," afirmó. No había ningún doble sentido, ningún reproche oculto en sus palabras. ¿Cómo podía explicarlo? "Me refiero a que el mejor pago a la Marina es tratar adecuadamente a sus miembros. El resto nos va en el sueldo, ¿sabe?," intentó explicarse, tal vez haciéndolo algo más confuso que antes. Se detuvo a pensar un segundo, colocándose una mano sobre el mentón. "A menudo la gente se empeña en pagarnos como agradecimiento y cosas así, pero, cuando trata con otro Marine, su agradecimiento parece habérsele olvidado. Queda en palabras vacías, es a lo que me refiero," concluyó, asintiendo con la cabeza reflexivamente. "Tampoco tiene importancia, creo que me explico."
Frunció el ceño, sin embargo, al leer lo que decía acerca del contacto físico, asintiendo. "No se preocupe, reacciones como esa son normales. Yo mismo tampoco me lo hubiera tomado bien, si le digo la verdad," admitió, haciendo un gesto para restarle importancia, y prefirió dejarlo ahí, sin explayarse más de la cuenta. Era habitual reaccionar de forma adversa a algo como aquello, y más en momentos de estrés y tensión como los que la patosa chica había vivido. No parecía el tipo de persona que hubiese sido esclava. Supuso que la mayoría de esclavos liberados no debían aparentarlo. No lo sabía con certeza; no estaba seguro de haber conocido a otros ex-esclavos. "Siento leer eso," se limitó a decir. Prefirió no indagar más de la cuenta. Cuando sucedía algo como aquello, a menudo era estúpido decir nada más allá de una disculpa. Entornó los ojos, viendo cómo la mujer escribía algunas palabras más, inclinándose ligeramente hacia el lado, aún sentado sobre la roca para leerlo con calma.
"¡No es de aquí, entonces!," exclamó con sorpresa, aun manteniendo el tono imperturbable de su voz, observando la camisa que mostraba la chica. No corrigió ni el "tú" ni el "usted", ni dio señales de molestia ante ninguno de ellos. "Estoy de viaje, en poco partiré con los míos hacia Cabos Gemelos. Asuntos oficiales, ya se imagina," dijo, haciendo un ademán e intentando que no sonase como si se estuviese dando más importancia de la cuenta. Le era difícil no quedar como un pedante cuando hablaba de trabajo. Echó otro vistazo a la mujer, escudriñándola de arriba a abajo. Cualquier sospecha de criminalidad que pesase sobre ella se había esfumado ya de su cabeza; estaba claro que no había nada en aquella chica que indujese a pensar que pudiese ser una pirata o, peor aún, una revolucionaria. Sin embargo, no era nada habitual que los civiles anduviesen pasando por Samba solo por unos días.
Stroud siempre había sido enemigo del concepto de bajar la guardia alrededor de otros. No porque creyese que había que estar siempre en tensión, en permanente alerta; aquello solo llevaba a la paranoia y a la incapacidad de confiar en otros. Era partidario de que nadie nunca lo pillase a uno desprevenido, sin más, en un mundo en que, a excepción de la Justicia y sus hijos, todo parecía moverse por intereses particulares. Sin embargo, Seraphine era el tipo de persona que producía una presencia, de alguna manera, reconfortante, tranquilizadora, pese a su evidente y abundante propio nerviosismo. Tomó una rama del suelo con la misma mano con la que había ayudado a subir a Seraphine, aún mojada por algunas salpicaduras de agua, y comenzó a garabatear sobre el suelo. "¿Doy por hecho que usted también está de paso, entonces? Estas aguas están más peligrosas que nunca. Nunca se sabe qué lo espera a uno," masculló, sonando casi como un padre, pese a que, sin él saberlo, ella lo superaba ampliamente en años. "¿Va a algún lado?"
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(Última modificación: 06-05-2026, 08:32 PM por Seraphine Soyer.)
Se llevó unos cuantos nudillos a su mente, pensativa, concentrándose en su respiración, las reacciones de Stroud no le parecían del todo… de acuerdo a la edad que el chico parecía tener, ser mucho menor que Seraphine o eso parecía, pero al mismo tiempo, tenía unas facciones más definidas, desarrolladas, a la pobre skypean le estaban fallando un poco las neuronas por su manera de sobrepensar las cosas. —Disculpa— Alzó una mano. —¿Cuál es tu edad?— Optó por tratarlo como tú, pues eso le resultaba más sencillo; lejos de esas celebraciones donde se necesitaban etiquetas, la pelirrosa aspiraba a ser libre en todos los aspectos.
Y cuando estuvo a punto de asentir respecto, puesto que comprendía el querer respeto a sus arduos trabajos, siendo algo que la más alta podía entender, sintió de pronto su cuerpo tensarse, la sonrisa manifestarse en su rostro, manteniendo aquella expresión que tanto la caracterizaba de chica buena; no obstante, en su mente, casi se podía decir que Seraphine había entrado en modo de supervivencia y el rostro de Stroud fue reemplazado por el de su antiguo amo, siendo las uñas enterradas en su palma lo único que evitó el desplomarse otra vez en aquella oscuridad que la perseguía y se negaba a soltarla.
Era como estar en aquella celda, frente a su captor.
¿Cómo… podía?
¿Se estaba quejando de palabras vacías?
¿Qué se les pareces haberse olvidado?
Ejerció fuerza en su mandíbula, agradeciendo el no poder hablar, agradeciendo ya haber estado en más de una situación donde el destino parecía burlarse de ella y poder manejarlo, más o menos. ¿De verdad un marine se estaba diciendo que no recibían el reconocimiento que merecían, cuando ellos hacían oídos sordos a los lamentos que venían de otro ángulo y parecían preferir perseguir las faldas de sus queridos amantes, los piratas? ¿De verdad merecía reconocimiento alguien que apartaba la mirada y era eso casi como entregarla a aquel hombre que buscó despedazarla y, lo peor de todo, lo consiguió durante largos ocho años?
Largos ochos años donde hubiese preferido morir y de cierta forma lo consiguió, olvidando quién era, qué recuerdos la componían; el acceder a los recuerdos de esos días eran demasiados dolorosos mientras tenía la suela del zapato de aquel hombre sobre su rostro, arrebatándole todos sus derechos.
Se mordió el labio inferior, buscando guiar sus pensamientos por otro lado, sin saber muy bien en qué momento se vio envuelta en aquella espiral, resultando ser demasiado para ella; solo asintió, sin responder, para dar a entender que lo entendió. —Lo comprendo— Se acercó a la canasta de ropa sucia, doblando un poco la ropa para tener algo que distraerse y supuso que la lavaría otro día, ya que de seguro la destrozaría por pura rabia y no pudo evitar morderse el labio inferior, agradeciendo el estar dándole la espalda, para que su expresión dolida se mostrase cuando el otro hombre mencionó que lo sentía, como si no fuese otro peón complaciente del sistema.
No entendía del todo por qué fue en especial aquellas palabras, contrario al resto de marines que interactúo, fue la que más le caló, se sintió de pronto algo tonta, queriendo hacerse amigos con Kibai, dejándose llevar porque el hombre le parecía buena persona.
—¿Hubieras apartado mi mano también?— Escribió y sacudió la cabeza. —No, ¿de dónde eres tú?— Se rascó un poco la mejilla. —Si me lo dijiste antes, creo que lo olvidé por la agitación de haberme caído al agua— No pudo evitar reírse un poco, debía de aparentar que todo era normal, sin darse cuenta que volvió a meterse en aquel papel de bella bailarina. —¿Asuntos…? Dime, ¿No están siendo demasiado duros contigo?— Se inclinó un poco hacia adelante, invadiendo un poco el espacio personal del hombre. —Tendrás musculatura de la que alardear, pero me preocupa un poco que no estés descansado lo suficiente, parece como si estuviese delante de un abuelo.
Se dio un golpecito en su mentón.
—¿Conoces a Moja o Kibai?— Ladeó la cabeza con curiosidad, colocando un mechón detrás de su oreja. —Por ahora, ningún lado fijo, tras pasar ocho años siendo la esclava de alguien, yo solo quiero…— Se alejó de la cesta de ropa sucia y levantó ambas manos, utilizando de pronto la naturaleza como escenario, su corazón latiendo de alegría mientras sentía la luz sobre su piel, sus pies siguiendo un ritmo músical imaginario de la orquesta que la música de los animales, el viento y el movimiento de los árboles podían conjurar, casi tratandolo con una travesura inocente de un baile privado donde Seraphine se olvidó del rubio presente delante de ella, donde bailó hasta saciar su amor, su pasión, no siendo algo demasiado intrincado, simple, pero vivo, un paso, se volvió dos, tres, cuatro y por último cinco. —bailar en cada isla que llegue a conocer.
Sonrió, sus mejillas sonrojadas por el ánimo, apoyando su palma contra el pecho.
—Bueno, lavar será otro día— Gruñó. —Ahora estoy de humor de seguir bailando— Dio un par de saltitos, moviendo las alitas en su espalda. —¿Qué te parece si te doy algunas clases?— Juntó sus palmas, dejando caer su lápiz y libreta contra el suelo, necesitaba distraerse de sus emociones negativas de aquel entonces y el baile era su forma predilecta de hacerlo.
También reconocía que era una chica demasiado sensible y que eso podía llegarla a malinterpretar cosas.
Y una parte de ella quería que no conociera a Moja, ya que aquello confirmaba sus sospechas de que fuese un marine.
![[Imagen: RlTqH6C.jpeg]](https://i.imgur.com/RlTqH6C.jpeg)
—[#FF69B4] Escribe | Piensa | Actúa
Stroud Nanashi
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
185
149
48
48
210
166
109
140
44
140
A Stroud no le pasó desapercibida la forma en que Seraphine se había tensado repentinamente; por mucho que se encontrase de espaldas a él, se le hizo evidente, de un instante a otro, cómo había parecido entrar en alguna especie de dilema, pese a su esfuerzo por ocultarlo. Su lenguaje corporal era obvio. Sin embargo, optó por no comentar nada al respecto. Sentía un profundo respeto por quien decidía no exhibir sus emociones a la primera de cambio, y aquella chica no era ninguna excepción. Más aún, sentía un profundo respeto por aquello que cada cual prefiriese guardarse en una conversación. Esperó en silencio, aún sentado sobre la roca, entrelazando sus dedos, a que Seraphine volviese a escribir.
Daba por hecho, naturalmente, que no había tocado ninguna fibra sensible. No tenía ni idea, claro, aunque tampoco pretendía tenerla. Nunca había sido esclavo, ni sabía qué se sentía. Había tenido una infancia miserable, pero, al fin y al cabo, en libertad, bajo sus propios términos. Stroud Redgrave jamás había sido propiedad de nadie más que de sí mismo: un don nadie, nacido en la nada y con todo por delante, que no se debía a nada ni nadie más que a la Justicia. Pero en su mente siempre pesaba la concepción de que todo el mundo libraba batallas de las cuales él no sabía nada; aquellos mares eran difíciles, y cualquiera que llevase un puñado de islas de viaje a las espaldas, con toda probabilidad, cargaba con su propia mochila de problemas. Ser civil no la eximía de aquello, como no eximía a nadie.
Repentinamente, sin embargo, Seraphine había comenzado a escribir de nuevo, y parecían amontonársele las preguntas en una torre de curiosidad. El repentino cambio de actitud tampoco pasó desapercibido, si bien Stroud, como antes, pareció preferir optar por respetar la forma en que redirigía su propia conducta. Había algo que encontraba, si no admirable, encomiable en aquello. Arqueó, eso sí, una ceja con incredulidad cuando la chica escribió algo sobre su musculatura. Viendo que se disponía a seguir escribiendo, respondió, aunque obvió la primera cuestión, que la misma Seraphine había parecido preferir evitar. No le hubiera gustado responder, y a ella probablemente no le hubiese gustado su respuesta. "Soy de Spider Miles, un estercolero en el North Blue," dijo sin pudor alguno, "aunque aún no me ha dicho de dónde es usted," señaló, observándola inquisitivamente. "Qué abuelo ni qué leches. Creo que sí que descanso lo suficiente," dijo, pareciéndose parar a pensar por un instante, como si aquella pregunta le hubiese hecho plantearse algo que jamás había cruzado su mente, "más que de sobra," concluyó tras unos segundos.
"¿Moja, Kibai...?," preguntó, entornando los ojos repentinamente. "Suenan a nombres de gato, ¿no?," inquirió, fingiendo seriedad. Por un instante, dio la impresión de que aquellos nombres simplemente le sonaban. Era difícil decir si le estaba tomando el pelo. "Claro, son mis compañeros de división. Con ellos me dirijo hacia Cabos Gemelos," acabó afirmando, esbozando una sonrisa. "¿No le gustaría llegar al Grand Line un día?," preguntó. Repentinamente, sin embargo, la chica se había levantado, para su sorpresa, y se había ofrecido a enseñarle a bailar. Qué horror. ¿Qué le pasaba?
Stroud pareció genuinamente horrorizado por un instante, aunque, tras un instante de vacilación, se levantó cautelosamente de la roca. "No se confunda, no soy ningún bailarín. ¿Qué es eso de querer bailar en cada isla que conozca?," inquirió con curiosidad, observando a la chica con atención. "¿Es algo de su isla?," preguntó, buscando sonsacarle sin demasiada sutilidad de dónde era.
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