Miyori Hoshino
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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24-04-2026, 01:43 AM
(Última modificación: 24-04-2026, 01:44 AM por Miyori Hoshino.)
40 DE VERANO AÑO 15
ISLA KARATE
ZONA COMERCIAL, PUERTO
—-- Miyori, no te alejes mucho.
La voz de mi hermano mayor me alcanzó antes de que pudiera dar un paso más allá del muelle. No necesitaba alzarla demasiado, su presencia bastaba para imponerse entre el bullicio del puerto. Ese era Keita Hoshino. Al girarme, lo encontré exactamente como siempre, erguido, sólido e inquebrantable, su figura tan alta como la de nuestro padre. La piel clara de su rostro contrastaba con los matices tostados que el sol había dibujado sobre sus brazos, como marcas algo silentes de cada travesía de su labor pesquera. Su cabello naranja solo era prueba de que era parte de la herencia de los Hoshinos, sin olvidar su pronunciada barba que llevaba ese día.
—- Voy… —- respondí, siguiendo a Keita con la mirada mientras él se dirigía hacia la zona mercantil del puerto. Sobre sus hombros cargaba un pesado encargo de nuestro padre, una pieza de madera pulida, un tallado personalizado que se debía entregar a un conocido de la familia. ¿Y yo?, bueno, tenía mis propios motivos por estar allí.
Desde Baquella había escuchado historias sobre una jalea de frutos rojos de la temporada, decían que su sabor era imposible de comparar, que tenía un equilibrio perfecto entre lo dulce y lo ácido, algo tan raro que casi parecía un lujo el tenerlo entre manos. En casa, ese tipo de cosas simplemente son difíciles de encontrar, y yo quería probarlo. Quería saber si todo lo que decían era verdadero.
El puerto vibraba a mi alrededor, comerciantes alzando la voz, telas ondeando en los mástiles de los navíos del puerto, pasos apresurados de pasajeros que disfrutaban de su llegada a Isla Karate, el crujir de la madera bajo el peso constante del movimiento a nuestros andar. Todo parecía empujarme más y más hacia el corazón de la zona mercantil.
—- Voy a dejar esto, y aprovecha a comprar tu jalea esa, que conste que dentro de tres horas tenemos que irnos. —- Expresó Keita, mientras me observaba con suma seriedad, probablemente sabiendo que terminará por buscarme desesperado en unas cuantas horas.
—- Si, si.
Ante mis ojos se alzaban montañas casi imponentes, cubiertas por interminables arboledas moldeadas con una precisión casi artística, pero de manera natural, rodeada de plantaciones de bonsais en su altura. Más abajo, en su falda, se extendieron como un manto verde los arrozales reflejantes de luz solar como si fuesen fragmentos de cristal.
En cuanto tuve la libertad, mi cuerpo reaccionó antes que mi razón y con esmero me deslicé entre la gente, ligera, evitando tropezar con alguien en el camino. Dejé atrás el punto de encuentro, tomando el camino contrario al de mi hermano, sintiendo una gran emoción de encontrar un tesoro culinario. ¿Por dónde debía empezar?
Habíamos viajado durante días en un barco comercial, soportando el vaivén interminable del mar, el cansancio acumulado, las noches largas, sabía que no teníamos tiempo, sabía que en cuanto termináramos aquí, tendríamos que irnos, pero tres horas… tres horas eran un mundo entero para las oportunidades y explorar. Y siendo sincera, conocía demasiado bien a Keita. Entregar aquel encargo no le tomaría más de veinte minutos, el resto del tiempo que quede seguramente lo perdería en algún cabaret de la isla, entre música, alcohol y distracciones que jamás admitiría en voz alta.
Así que…me tomaré el tiempo para buscar una buena jalea.
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
Yamaguchi Ryu
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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17
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El mercado era un lugar repleto de vida donde cada curioso podía encontrar lo que buscaba y por eso era un sitio que habitualmente regentaba Yamaguchi, que iba vestido como siempre, solo que esta vez no llevaba la chaqueta negra, iba con su camisa blanca de botones medio abierta y sus mangas subidas su cuerpo esta repleto de sudor que le caía a borbotones , cuando el verano llegaba a la isla karate a veces podía ser demasiado cruel, sobretodo para un hombre que estaba intentando entrenarse con un objetivo a futuro.
Usaba en su zurda el palo negro con el que solía palpar las superficies, moviéndolo de un lado a otro lo cierto es que llevaba más de treinta años de su vida en esa isla por lo que se conocía casi cada palmo de la misma, sí alguna vez se perdía pero esto se debía más a su torpeza habitual mas que al desconocimiento, por suerte un ''ciego'' nunca queda mal si se pierde, ventajas supongo que de haber llevado aquella mentira tan lejos, tampoco podía dar vuelta atrás a eso.
Su camino le llevó hasta la señora Hyang, una señora mayor que vendía todo tipo de hierbas medicinales así como de utensilios para la medicina, y tras tanto entrenar con el bastón tenía ampollas en las manos, heridas que debía subsanar antes de ser un problema mayor. ¿Qué te ha pasado querido Ryu? ¿Por qué tienes las manos así? diría ella con ternura tomando su mano libre entre sus ancianas manos, palpando ligeramente las heridas con una obvia cara de preocupación, una señora tan gentil como comprensiva con los precios.
Ya sabes como soy señora Hyang, quise dar un paseo y me caí, me quedé sujeto por horas a lo que yo creía que era un acantilado y resulta que solo era el hoyo para un pozo de tan solo dos metros... la mujer dejó su preocupación y la sustituyó por una carcajada, el arte de mentir se había vuelto una necesidad y no es que estuviera orgulloso de ello pero ¿Con que cara le decía que era por usar una espada durante muchas horas?, prefería que la anciana no se preocupase tanto, se agachó tras su puesto rebuscando entre materiales y al ascender tenía una bolsa con varios ingredientes, cosas que solía pedir. Ahí tienes lo de siempre y te he añadido un ungüento que te ayudará a sanar esas manos, cuidado con esos paseos tuyo joven, no queremos que el médico más noble de la isla fallezca pronto. no pudo hacer otra cosa que agachar la cabeza y agradecerle, le dejó el dinero en las manos como solían hacer, ella tocaba su mano y el soltaba el dinero, y entonces se giró para marcharse, con su bastón en la zurda y la bolsa con medicinas en la diestra.
Sin embargo ese giro fue catastrófico por que impactó de llleno con una muchacha de caballeros anaranjados, pelirroja como suele decirse, y su bolsa de medicinas acabó desparramada por el suelo, Ryu miró hacia el infinito para fingir ceguera en lugar de su torpeza habitual. Di-disculpa, siempre me muevo más rápido de lo que debería ¿Le he hecho daño está bien? con su mano libre palparía el aire intentando buscar a la joven para ayudarla en caso de que se hubiera caído.
Miyori Hoshino
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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112
63
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Mi aventura por el puerto se tornó cada vez más interesante, como si cada paso que daba me acercaba a un rincón distinto de la isla, aunque fuesen locales pequeños. Me encontraba con todo tipo de artesanías que parecían exóticas a simple vista. Algunos objetos con matices orientales que parecían traídos de otro continente, también, habían todo clases de banderolas ondeando suavemente con la brisa del puerto, incluso llegué encontrar tablas de madera finamente trabajadas con el tallado de alguna escritura que invocaba al buen ánimo. Lemas de disciplina muy simbólico de aquella isla donde el carácter se forja a puño y esfuerzo.
Con cada paso me adentraba entre los locales vecinales, dejándome arrastrar mi curiosidad en cada uno de ellos, casi hipnotizada por las maravillas que se aparecían ante mis ojos, entre artesanos y puestos coloridos, surgían algún que otro puesto de infusiones, tés aromáticos, golosinas o platillos típicos de la isla, sin embargo, la tan famosa jalea seguía sin aparecer. Cada vez que preguntaba por ella, las personas me devolvía miradas extrañas, confundidas, como si hablara de algo que no existía.
A pesar de que mi búsqueda no tenía éxitos por los momentos, al menos puedo agradecer por el excelente clima que hoy se proclamaba en el cielo, uno despejado y con brisa fresca recorriendo el puerto a pesar del verano sofocante de otros días. Había una multitud desplazándose constantemente de un lado a otro, comerciantes, viajeros y marines. Sus uniformes blancos destacaban entre la gente, y sus miradas siempre atentas a cuál águilas vigilantes a cualquier anomalía que apareciera, e incluso logrando que algunos apartasen la vista o incluso cambiarán su andar hacia otro rumbo lejos de ellos.
—- Buenas tardes. —- saludó uno de ellos, con una sonrisa galante dirigida a una joven que atendía un puesto de comida en pinchos. La mujer era innegablemente hermosa, y su vestimenta ligera dejaba poco a la imaginación. Aquella escena me distrajo lo suficiente como para descuidar mi propio paso. El golpe de algo llegó sin aviso.
Mi cuerpo chocó contra otro y, en un instante, perdí el equilibrio. Caí al suelo acompañada por el sonido seco de frascos y bolsas desparramándose a mi alrededor, hierbas, medicinas, pequeños tarros rodando fuera de control. Un quejido escapó de mis labios al sentir el golpe, mientras el mundo parecía tambalearse por un segundo. Reaccioné casi de inmediato, cerrando las piernas y acomodando la tela de mi falda con rapidez, asegurándome de que mi ropa interior no quedará expuesta. Alcé la mirada y mis ojos azules recorrieron el desastre a mi alrededor hasta encontrarme en su rostro.
Era un joven de pelo azabache y vestimentas formales, se disculpaba con cierta prisa y preocupación, preguntando incluso si yo me encontraba bien, fue entonces cuando noté el bastón en su mano y su mano derecha palmeaba el aire como si intentara localizarme. No tardé demasiado en extender mi mano izquierda para encontrarla con la suya, entrelazando incluso mis dedos en los suyos. Su piel estaba tibia, algo áspera quizás pero me parecían suaves a la vez. Fue entonces que tuve la oportunidad de incorporarme, cerca de él, para evitar preocupaciones. —- No, ha sido mi culpa, lo lamento tanto.
Mi tono de voz reflejaba preocupación, observando detenidamente el físico del hombre ciego quién además de portar un bastón, su ropa era formal pero a la vez holgada, tonalidades oscuras, y su calzado una sandalias casuales. Luego mi mirada retomó los objetos del suelo, al sentirlo más tranquilo soltaría su mano. Uno a uno, fui metiendo las hierbas y las medicinas nuevamente dentro de esa bolsa.
—-- ¿Se encuentra bien? — pregunté más calmada, deseando escuchar una respuesta positiva de su parte.
Cerca de nosotros, aquel grupo de Marines y personas alrededor, comenzaron a repartir risas entre ellos, ya sea por mi torpeza, o porque simplemente les daba comedia el ver como dos personas tropezaban en medio de la calle.
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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