Tratado sumarísimo sobre la defensa de Baquerilla med... | Presente R. | Priv.
#1
Otoño, año 17

Sentado sobre un noray del muelle con las piernas colgando hacia el agua, miraba pasar a la gente. Baquella no es un pueblo muy grande, así que la mayoría de caras me eran conocidas. Saludaba, me saludaban; los hijos de la panadera pasaron corriendo detrás de mí y me gritaron aquello de «Hipotecaaado, hipotecaaado».

Condenados críos. ¿De dónde cojones sacan tanta energía? 

—¡Hipotecaaado! —volvió a canturrear el mayor. Eita, lo llamaba su madre.

—¡Eita-chan, como escuche yo un «hipotecado» más, solo uno, te cuelgo de la punta del faro! Por los calzones.

—Hipotecado.

Bueeeno, pues tocaba paripé...

 [Imagen: jvwSEPGF_o.png]
—Tú lo has querido. Ju, ju, ju.

Siempre era igual. Venían los dos corriendo, soltaban a coro un «hipotecado, hipotecado», yo los perseguía y ellos salían escopeteados a esconderse detrás de su madre. Partiéndose el culo, obviamente. Los hechos transcurrían en todo momento en el marco de un sano divertimiento con los chavales. Cosa que agradaba a la progenitora de aquellos dos pillos, una maestra en el arte de las hogazas y los bollos que tenía a bien convidarme de vez en cuando a uno de los suculentos manjares que preparaba.

—¡Alto ahí, patanes! —les gritaba, ajustando mi paso para quedar un poco por detrás.

—¡Corre, que te pilla! —le decía el grande al pequeño, que iba dando tumbos entre las callejuelas de paredes blancas.

Se escurrieron por un caminillo angosto. Yo conocía el callejón, iba a dar a la casa en la que vivían.

«Perfecto, ya es hora de que vuelvan a casa», pensé, al advertir que el sol, moribundo, apenas alcanzaba a fulgurar en anaranjado y pardo. Un color triste de la misma familia que los tejados.

La doña estaba en el recibidor. Al verlos llegar embalados se alertó pero enseguida cambió la expresión cuando aparecí detrás. Para entonces, los rufianes se le habían encaramado a las piernas. Eita sacó la cabeza por detrás de su madre, me sacó la lengua y se volvió a esconder.

—Espero que no te hayan causado muchas molestias, Tsuna.

—¿A mí? Ninguna, mujer. ¿Todo bien por casa? Saluda a Gonta de mi parte. Y dile que se pase por la taberna un día. Dile, textualmente, que te ha dicho Tsunamaro que le digas que se deje ver el pelo.

Gonta es el marido de la panadera de marras, un fulano gordo con bigote, padeciente de una alopecia prematura que, a sus apenas treinta, le ha dejado el cogote liso como una pista de patinaje. Cuando los críos crezcan un poco, pensaba siempre, me vengaré de ellos explicándoles la heredabilidad de los caracteres genéticos. 

—Lo haré. Pero no me hago cargo de lo que responda.

Nos reímos a la vez, uno de los chicos, también, aunque estoy convencido de que no entendió el chiste.

—Últimamente está muy liado, ¿sabes? No dejan de llegar aspirantes a marines a la isla desde hace unos días. Por lo visto, se trata de una cuadrilla que lleva un tiempo preparándose para entrar en el cuerpo. Ocurre a veces, ya lo sabrás, la zona del volcán ha venido ganando fama entre algunos como lugar de entrenamiento o qué sé yo. Cosas de jóvenes, Tsuna, que una ya tiene una edad y estas cosas se le escapan. El caso es que no se comportan como debieran. El otro día uno empujó a la hija mayor de los Miyamoto contra la pared del lavadero. La niña se hizo sangre en el codo. Y cuando su padre fue a hablar con el instructor, el hombre le dijo que eran cosas del entrenamiento, que a ver si la chavala no había estado provocando. Fíjate tú qué respuesta.

Chasqueé la lengua. «Vaya tela.»

—Habrá que hablar con alguien, entonces, digo yo.

—Eso mismo le digo yo a Gonta. Pero ya sabes cómo es: «déjalos, mujer, no hay que meterse con la Marina». Ni siquiera son todavía soldados. Imagínate cuando lo sean.

—Tranquila, mujer. Algo se nos ocurrirá.

«Algo», en la jerga de un tipo criado en el Distrito Gyojin, significa, exactamente, lo que estás pensando. Ella lo captó al vuelo y reculó enseguida:

 —No vayas a hacer ninguna locura, Tsuna. Ten cuidado tú también.

—¡Pero mujer! ¿Acaso me tomas por un golfante de medio pelo? Yo voy piano piano a la tasca, despacho la rubia de las siete, la de las siete y media y las otras quince de arrancadilla y a las veintidós horas en punto estoy ya planchando la almohada con el occipucio, soñando con que me regalas uno de esos panecillos de bombón con crema pastelera por dentro.

«Mis cojones.»

A las siete menos cinco estaba, como un campeón, patrullando las calles. Nadie iba a alterar el orden de la humilde Baquella, que me había acogido como si la llevara en el gentilicio, mientras quedara un apuesto gyojin pez león dispuesto a defenderla.

...

Solo esperaba que no fueran muchos...

Ni muy fuertes...

Joder

Si es que de bueno soy tonto, a ver qué hacía yo si me encontraba con veinte cafres con Haoshoku Haki...

Esperaba, por lo menos, no tener que vérmelas yo solo con ellos. Porque alguien más debía de haber. Vamos, digo yo.

Karmas
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#2
Otoño, año 17

Desde aquel encuentro con la curiosa pirata MM y los posteriores que habían sucedido los pensamientos de Dean estaban desordenados. Pasó casi toda su vida pensando que los piratas eran tan detestables como la marina y el gobierno, que solo eran otra parte del puzle que debía caer para que el mundo pueda acercarse a eso que todos llaman de forma idílica como "paz". 

Sin embargo, en el último tiempo ha conocido a personas que luchan bajo una bandera con calaveras por aparentes buenas intenciones, o al menos eso parecía. No los había visto hacer nada malo o que se pueda considerar como malvado, eso ya era más que suficiente para que su estigma esté presentando sus primeras grietas, aunque aún está lejos de estar roto. 

Aún sin tener del todo claro qué pensar se adentró en la isla de Baquella, aquel pueblo que le hizo temer por su vida por primera vez desde que se unió al ejercito revolucionario. Por suerte, esta vez no tenía ninguna misión que llevar a cabo ni intentar salvar la vida de nadie, un pequeño, pero necesario descanso para poder dedicarse a despejar la mente, aunque eso fuera imposible. 

Tuvo algunas conversaciones con sus superiores sobre qué pensar de los piratas, pero las respuestas de ellos no ayudaban mucho -
Con el tiempo y experiencia sacarás tus propias conclusiones - Eso era algo que ya sabía y era demasiado obvio, pero tampoco iba a discutir con alguien que puede echarlo de la organización en cualquier momento. 

Suspiró para si mismo antes de mirar a todos lados, buscando algún panorama que pudiera despejarlo un poco. Lo que menos quería es pensar en piratas, ya que eso traía consigo recuerdos ingratos que le gustaría mandar al fondo del océano, lamentablemente aquellos episodios solo morirán con él y los pocos que consiguieron salir. 

Otra vez el peliblanco se estaba quedando pegado en momentos que ahora debe usar como motor para luchar por lo que cree justo. Sacudió la cabeza y se puso a caminar antes de que sus dudas lo vuelvan loco o al menos lo hagan ver como un rarito que se queda parado sin hacer nada. 

Recorrió un poco los alrededores del pueblo y si no tan privilegiada vista pudo divisar algo que llamó poderosamente la atención. Una persona de más de dos metros con unos rasgos que nunca en su vida había podido observar. Lo que más le llamó la atención fue lo que parecía ser el cabello rojizo, que a lo lejos parecía un pulpo sobre su cabeza, algo que a su criterio era genial y lo más cercano a estilo que había visto en ese pueblo. 

Iba camino a entablar una conversación con aquel tipo, pues quería preguntarle donde se hizo ese corte de cabello. Lamentablemente ahí fue cuando recordó que sus habilidades sociales son más bien escasas. Nunca iniciaba una conversación y ahora tenía que hacerlo. Su timidez se acentuó al ver que estaba hablando con una mujer, ¿será su novia? interrumpir sería considerado una falta de respeto.

Cuando estuvo a unos escasos cinco metros de distancia se pudo dar cuenta de que aquel tipo era un gyojin. No había tenido la oportunidad de ver a muchos en su vida, menos con aspectos tan peculiares. Era una buena oportunidad para conocer a uno, pues la única referencia que tenía era del tal pez morado que le mencionó MM y no tenía la imaginación suficiente como para recrear su aspecto en su mente. 

Antes poder interrumpir la conversación pudo oír de rebote lo que entendió como quejas sobre la marina. El tema parecía serio por lo que optó por no meterse y seguir de largo, a la espera de que esa conversación termine para poder atraer la atención de aquel sujeto, del cual aún no sabía ni su nombre. 

No pasaron más de 10 minutos antes de que se separaran y fue entonces cuando el peliblanco lo abordó, con la intención de que sus dudas fueran respondidas, pero todo a su tiempo. Se acercó al sujeto de extraña cabellera lo suficiente como para tocarle uno de los codos con la punta de su índice para llamar su atención -
Hola, perdona que te moleste. Va a sonar un poco raro, pero siempre he querido conversar con un gyojin ¿por que lo eres, verdad? - Mientras decía esto mantenía su mano izquierda alzada y meneándola de derecha a izquierda, extendiendo el saludo más de lo debido.

Era una de las primeras veces que iniciaba una conversación, por lo que no estaba seguro de que aquello fuera a funcionar muy bien, pero bueno, de perdidos al río, como solía decir su por ahora extraviada madre.
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#3
[Imagen: NmDGxIZU_o.png]
—¿Hu?
«¿Qué tengo en el codo?»

¡Un dedo! Y pegado a él, un peliblanco curioso al que mi memoria, normalmente fidedigna en lo concerniente al censo de Baquella, no acertaba a localizar en su archivo. Así, tardé en catalogarlo como recién llegado lo mismo que él en disculparse por el atrevimiento y en preguntarme si, como su intuición parecía sugerirle, era yo un gyojin.

Lo cierto es que, en otra coyuntura más propicia, no me habría privado del placer de obsequiarle con un tratado extensísimo acerca de mi experiencia vital como espécimen de pez pedestre, faceta esta en la que un servidor lleva, modestia aparte, un kilometraje considerable. Sin embargo, como andaba con la mosca detrás de la oreja a cuenta del zafarrancho que los aspirantes a marines venían organizando con sus aviesas tropelías, opté por no fiarme del prójimo a la primera de cambio.

Lo primero, entonces, supuse, sería tantearlo un poco para saber de qué palo iba.

[Imagen: vZhkXTid_o.png]
—Je, je...

—¿Molestarme? —pregunté, recorriéndolo de arriba abajo con los ojos—. Para nada, hombre. Molestia habría sido que me saludara usted con una patada en la espinilla. Y por lo de raro no se preocupe tampoco. Así, entre usted y yo, por aquí lo infrecuente es no ser, al menos, un poco extravagante.

El chaval, entretanto, seguía con la mano izquierda arriba, meneándola. Llevaba así desde antes de que yo abriera la boca. Se me cruzó por la mollera la sospecha de que aquello obedecía a algún protocolo cultural propio de las latitudes de su procedencia, hipótesis que vino a reforzar mi diagnóstico inicial de novicio en la isla.

—Puede usted descansar el brazo, hombre. Quien le habla se ha dado ya por saludado —continué—. Tsunamaro, para servirle —me presenté haciendo una pequeña reverencia, digamos, de hechura cortesana—. Y, en lo tocante al menudo asunto de mis atributos ictícolas, ¡le felicito! Ha dado usted en la diana: soy un gyojin. Dicho lo cual, mire qué oportunidad; justo me disponía a darme una vueltita por el pueblo. Si no tiene usted nada mejor que hacer, le invito a acompañarme. Así, por el camino, le voy despejando las dudas que tenga sobre los gyojin, y, si al final queda satisfecho con mis sapiencias, ya cerramos la velada con unos tragos en la taberna del puerto. ¿Le encaja, señor...?

[Imagen: UgQm9avd_o.png]
—...¿cómo me ha dicho que se llama?

Karmas


Resumen
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#4
Para alivio del peliblanco aquel llamativo ¿pelirrojo? no se tomó mal el hecho de un extraño lo salude y de la nada le pregunte su raza. Ha escuchado que algunas veces no suelen ser bien recibidos y que los humanos suelen tener sus reticencias con alguien que se ve tan diferente a ellos, pero como no ha sido testigo de eso aún, supone que simplemente son rumores de pasillo, como tantos otros que se los lleva el viento. 

Aquel hombre no solo no se inmutó con su saludo, sino que parecía estar alegre de intercambiar aunque sea un par de palabras con él. Con ese pequeño intercambio ya se podía ver que era mucho más extrovertido, lo cual era un alivio, ya que no quería pasar uno de sus pocos ratos libres teniendo que liderar una conversación, aún no tiene sus habilidades sociales del todo pulidas.

Sus ojos se abrieron un poco cuando él confirmó su sospecha de que era un gyojin. Había visto a algunos, pero nunca había tenido la oportunidad de hablar con uno, tampoco es que le hubiera interesado, pero Tsunamaro tenía el mejor cabello que había visto en los últimos 5 días, lo cual ya era algo bastante valorable. 

Se ofrecío a dar un paseo mientras respondía a las preguntas de Dean, así que además de bajar la mano asintió de buena gana antes de empezar a caminar. - 
Mi nombre es Dean. un gusto. Y claro que podemos ir a beber, pero te advierto que no soy muy bueno con el alcohol - dijo antes de comenzar a saciar su curiosidad - La verdad es que tengo muchas preguntas pero iré de inmediato a la más importante... eso que tienes en la cabeza son tentáculos o es pelo. - Mientras decía esto le señalaba la cabeza, para remarcar la característica que más le llamaba la atención. - Si es pelo, dime que le aplicas, porque está genial. - Dudaba que fuera posible conseguir un cabello así, pero iba a hacer el intento.

Había muchas cosas que quería saber de aquella raza tan particular, el 90% eran cosas triviales, quizá el 100%, pero no iba a reconocerlo. -
Dime cómo es que respiran bajo el agua y a la vez pueden respirar el aire de aquí ¿Tienen branquias y pulmones? eso es muy interesante. - Se llevó la mano al mentón mientras miraba al frente, a él siempre le gusto nadar, pero ahora por cierta fruta maldita ya no puede acercarse mucho más de lo necesario al agua salada. 

Bajo su mano para luego contarle algo de los humanos, pues debería haber un intercambio equivalente en la información, sería descortés que él cuente todo y el peliblanco no pueda darle nada a cambio - ¿Sabías que los humanos nacemos con 300 huesos y que cuando somos adultos algunos se fusionan para quedar en solo 206? También tenemos nuestras cosas increíbles. - Leyó ese dato en una revista hace algunos días, no tenía forma de comprobar que era verdad, pero le pareció tan sorprendente que por alguna razón la almacenó en algún lugar de su cerebro.

Mientras caminaba recordó lo poco que pudo escuchar de su conversación con aquella mujer que ya ni siquiera podía recordar su silueta. Este intercambió le interesó así que iba a ahondar más en él - He visto a mucho marine por aquí últimamente, qué opinas de ellos ¿te sientes más seguro con su presencia? - Si bien el gyojin le parecía alguien genial, estaba muy lejos de confiar en él, quizá y fuera uno de esos uniformados o quizá algo peor, así que tendrá cuidado a partir de ahora con cada palabra que salga de su boca.

Karmas
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#5
Aquel tipo me aceptó la invitación a compartir unos tragos. También tuvo la honradez de confesar su poco aguante con el alcohol.

[Imagen: WxdiR6wv_o.png]
—Pues entonces beberé yo por los dos, amigo Dean.

Y tanto que sí. Aquella noche iba a tomar como si tuviera un hijo en la cárcel. Aunque, antes, tocaba dejar que el chaval saciara su curiosidad.

Así, aguardé a que hiciera sus preguntas. Cuando hubo terminado, le aclaré que —salvo error por mi parte, y no siendo yo experto en biología marina— la mayoría de los gyojin contábamos con pulmones además de branquias. Él, por su parte, me obsequió con un dato curioso sobre la osamenta humana, del que tomé nota por si me era de utilidad en el futuro. Y le devolví la cortesía con la intuición de que un servidor y los suyos debíamos andar por cifras parecidas, sumados a unas cuantas espinas, amén de los apéndices propios del pez o cefalópodo del que cada cual descendiera. Del mismo modo, me hizo saber que había visto mucho marine por Baquella últimamente y quería saber si me sentía más seguro con ellos por allí. Como la cuestión era peliaguda, me centré en contarle que, hasta donde yo sabía, se trataba en concreto de una cuadrilla problemática de aspirantes a soldado raso y me contuve de opinar acerca de la Marina en general.

Obviamente, me reservé la pregunta estrella para el final.

Para cuando llegó el momento de responderla, hacía rato que paseábamos por las arterias del pueblo, entre el aliento cálido que el volcán derramaba sobre Baquella y el aire frío que soplaba desde el puerto. En nuestras callejuelas, ambas corrientes se encontraban, zarandeando la ropa tendida en los balcones. La brisa puso a bailar mi sobrecamisa y silbó al colárseme por las branquias; mi melena, sin embargo, resistió estoica el envite, prologándome así la respuesta a la cuestión capilar que me planteaba el peliblanco.

—¡Ajá! Así que le gusta a usted mi melena —le dije, pasándome la mano abierta por el flequillo, dejando que algunos tentáculos se me colaran entre los dedos—. Pues mire, esto que ve aquí es, además de mi orgullo y mi alegría, en buena parte, cartílago. Un rasgo peculiar incluso entre los gyojin, ¿eh? Exclusivo de los especímenes de raigambre pez-leonina como quien le habla.

¡Qué me gusta un cumplido, por los barbos de Neptuno! Además, como había mostrado curiosidad por lo que me aplicaba en el cabello, creí haber descubierto en el interés del peliblanco un nicho de mercado. Por lo que me pudo mi vena de estafador. De comerciante, quiero decir.

—Bueno, bueno, a usted no le voy a mentir, estimado Dean. Lo cierto es que tengo un secretillo para mantener frondoso este arrecife —me jacté, haciendo ondear las greñas —que, como todavía no me había bañado, olían un poco a marisco—. Luego miré a ambos lados, me aseguré de que estábamos solos y abrí discretamente uno de los faldones de la sobrecamisa, revelando unos botecitos blancos de cerámica fijados con cinta adhesiva a la tela.—. ¡Voilà! He aquí al causante de mi esplendor.

—Se trata de una pócima capilar-revitalizante de mi cosecha, una fórmula secreta concebida para transformar cabelleras corrientes en espléndidas melenas voluminosas que dispenso solo a amistades selectas —con sumo cuidado, extraje uno de los botecitos y lo descorché. Olfateé el contenido como si se tratase de los efluvios del paraíso y asentí con una sonrisa, tendiéndole la botellita a Dean—. Con tres tomas de estas ampollas, siempre en la primera noche de luna menguante de cada año bisiesto, convertirá esos cuatro pelillejos lánguidos que le penden del frontispicio en un vergel de tentáculos rojo pasión. Un vergel, créame, capaz de hacer suspirar por sus doscientos seis huesos exactos a cuanta dama respire en un radio de cincuenta metros. La mujer con la que me vio hablando antes, sin ir más lejos, la panadera, lleva semanas pidiéndome un frasco para su marido. Por tratarse de usted, amigo Dean, se lo dejo en... ¿83.400 berries?

Solo era agua; agua de mar embotellada que procuraba tener siempre a mano para despejarme la nariz en épocas de mucho polen. Pero quién sabe, uno nunca puede desaprovechar la oportunidad de intentar saldar sus deudas a base de estafar a algún incauto. Tal vez la fortuna, esa señora veleidosa que tan mal me trataba últimamente, decidía sonreírme aquel día y Dean acababa tragando el anzuelo. Se me hizo la boca agua solo de pensarlo.

En aquellas estaba, afanándome por exponerle al que con toda seguridad sería mi futuro cliente las supuestas bondades de mi brebaje milagroso cuando...

¡GUAAAUUUUU! ¡GUAAAUUUUU!

[Imagen: cvSZwKCQ_o.png]
—¡¿Pero qué coj...?! ¡¿Escuchó eso, rapaz?!
No me ha gustado un pelo.

Sonó como un ladrido quejumbroso, angustiado. Venía de una de las bocacalles paralelas. No estaba muy lejos. Podíamos llegar en menos de dos minutos si atajábamos por la callejuela que teníamos enfrente. Aquello me colocaba en un problema. Podría tratarse de la cuadrilla de aspirantes a marine que un servidor andaba buscando, los mismos por los que había salido a patrullar Baquella esa noche. Pero, claro, no era cosa de meter al peliblanco en un follón sin saber si contaba con él o no...

¡GUAAAUUUUU! ¡GUAAAUUUUU!

Aquel lamento, otra vez. La cosa pedía presteza; no había tiempo para cavilaciones.

Qué diablos. De perdidos, al río.

—Hace un momento me preguntaba si me sentía más tranquilo con esos aspirantes a soldados rasos de la Marina recién llegados rondando por aquí, ¿no es así? —Sin apartar los ojos de Dean, cerré el puño derecho a la altura del rostro; las púas que llevaba ocultas se desplegaron desde los nudillos. Lo miré por entre ellas—. Le seré sincero, amigo Dean: un servidor no tenía formada opinión al respecto. Mucho me temo, sin embargo, que va siendo hora de formármela —ladeé apenas la cabeza con los ojos aún clavados en el peliblanco a través de las espinas—. Llegado el caso, ¿tendría usted a bien echarme una mano?



Mientras tanto, no muy lejos de allí...


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A un par de callejas, junto al brocal de un pozo, un cachorro apaleado temblaba. Era de su pecho de donde salía aquel aullido desconsolado que minutos antes había cruzado los tejados naranja hasta llegar a donde nos encontrábamos.

—¡Toma, perro sarnoso!

El más grandote de los cuatro, un sujeto de aspecto simiesco, escupió al suelo y echó la pierna atrás, con la aparente intención de ir a impulsarla luego contra la cabeza del animalito que le lloraba delante. Reía con una risa gruesa, como si tosiera (jo, jo, jo).

—¡Písale la cabeza, Tetsuo! ¡Je, je, je! ¡La cabeza, Tetsuo, la cabeza! —le jaleaba un fulano alto, de pelo castaño tirando a rubio y facciones de hiena, agitando en el aire una bandera con el logo de la Marina.

—Ji, ji, ji. Hay que tener agallas para colarse en la posada y zamparse nuestra comida mientras nosotros nos partíamos el espinazo entrenando en el volcán… —apuntó el más espigado y esmirriado de los cuatro; a su favor cabe decir que parecía ser el único de la cuadrilla que rozaba las dos cifras de cociente intelectual.

—Qué asco. Hasta los perros son unos pobres muertos de hambre en este pueblo —dijo el cuarto, un sujeto desaliñado, con gafas y el pelo grasiento tapado bajo una gorra blanca que semejaba las oficiales de la Marina.

Ninguna de aquellas basuras merecía llevar el uniforme. Y no porque la moral que se desprendía de sus actos entrara en conflicto con los valores de la Institución, ni con cursilería semejante, sino porque ninguno se lo había ganado todavía. Aún estaban haciendo méritos. Pero ya lo vestían —sobre todo cuando salían, como aquella noche, a cometer fechorías por callejones mal alumbrados—. Muchos en Baquella lo sabían. Los conocían de sobra. Pero nadie se atrevía a decirles nada.

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Karmas
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#6
No había que ser un genio para darse cuenta que Tsunamaro era como mínimo 10 veces más extrovertido y al parecer mejor con el alcohol que Dean, lo cual agradecía, no quería tener hacer un espectáculo en un lugar que no conoce del todo y menos tener que lidiar con las consecuencias que eso conlleva. Además, necesitaba mantenerse en sus cinco sentidos en todo momento, más ahora que estaba interesado en luchar por intereses que van en contra de todo el sistema que rige con mano firme en tierras tan "tranquilas" como las del South Blue. 

Sus pasos mantenían un ritmo sereno y calmado, aunque mucho más frecuentes que los de su interlocutor, ya que un paso del Gyojin significaban dos del peliblanco. Escuchó atentamente cada palabra sobre su curiosa fisionomía propia de una raza de la cual desconoce más cosas de las que le gustaría admitir, por lo mismo todo lo que le estaba diciendo se almacenaría en un rincón de su mente, aunque puede que aquellos datos se quieran escapar de sus recuerdos, así que no descarta tener que abordar a otro de los suyos para que le vuelva a recordar cómo es posible que puedan respirar en tierra firme y en el basto mar.

Solo pasaron como mucho 3 minutos cuando la conversación fue hacía lo que de verdad le interesaba, su cuanto menos peculiar cabellera. Su expresión se tornó de sorpresa cuando mencionó que en vez de pelo era ¿cartílago? aquello lo dejó confundido pues no sabía cómo podría replicar ese pelo sin parecer un bicho raro. Aquello era exclusivo de su especie de Gyojin, sin duda era un bendecido por la madre naturaleza. -
¿Entonces toda tu familia tiene el mismo estilo de pelo? eso si que es una buena herencia - La verdad es que la envidia no era lo suyo, pero en este caso sentía algo parecido, un poquito.
Sus ojos se abrieron un poco más cuando Tsunamaro sacó de su ¿camisa? (prefiere no preguntar) unos botecitos blancos que pronto llamó como su gran secreto para mantener su cartiligosa cabellera.

El peliblanco ladeó un poco la cabeza y tomó su mentón entre su pulgar e índice izquierdo, mientras le daba los detalles de cómo se supone que funcionaba el producto y sus posibles clientes, aunque había algo que tenía que preguntar antes de considerar esa oferta -
Pero si te funciona a ti, quiere decir que es un producto para cartílagos más que para pelo... ¿no? - Seguramente también funcione en pelo, pero tenía que estar seguro, después de todo era toda una inversión, por que como dicen por ahí hay que ser bello para ver estrellas... algo así era. 

Mientras pensaba en si la inversión valdría la pena, una especie de ladrido se escuchó por casi toda la zona, lo que tomó por sorpresa a ambos e hizo que detuvieran el ritmo de sus pasos. Dean miró para todos lados intentando adivinar de dónde venía aquel quejido - 
Sí que lo oí y no suena para nada bien ¿es común que se escuchen estas cosas por aquí? - Quizá por alguna razón que desconoce los perros se suelen quejar a ciertas horas del día, pero por la reacción del gyojin, descartó por completo ese intento de teoría.

El lamento se repitió y fue cuando su compañero provisional tomó la palabra, indicando que los nuevos marines que llegaron a la isla podían ser los responsables. -
No me sorprendería, pero tampoco descartaría a algún grupo de bandidos o piratas. Sea lo que sea, te echaré una mano - Tras ofrecerle la ayuda fue que su mente se iluminó por unos segundos con una de las ideas más brillantes que había tenido en la última semana. - Siempre que pueda pedir a cambio un poco de esa crema mágica de cartílago/pelo. - Dijo con una sonrisa mientras lo seguía en busca de encontrar a los responsables de aquellos ladridos quejumbrosos. 

No tuvieron que andar mucho para encontrar a los culpables, cuatro caras desconocidas para él, pero el uniforme era más que reconocible. Lamentablemente, su compañero tenía razón y los nuevos cadetes eran los culpables de golpear a un perro. Aquello no era un teoría pues lo vio con sus propios ojos, lo que le produjo una sensación rara en el estómago que oscilaba entre la rabia y el asco, a pesar de eso respiró profundo antes de caminar hacia ellos y tomar acción. - Veo que se están divirtiendo muchachos, gran manera de pasar una tarde, digno de jóvenes admirables que aspiran a defender la justifica. - Mientras se acercaba se metía la mano en su hakama para tomar a Shinso y preparar su ataque, pues ya tenía decidido que ellos como mínimo iban a sufrir lo mismo que aquel perro. 

Para su suerte, estaban en un callejón ajenos de la vista de los transeúntes, por lo que no deberían levantar mucha sospecha, aunque quizá sea mejor que todos pudieran ver lo que hacen estos reclutas. Antes de lanzar su primer ataque miró a Tsunamaro, por puro prejuicio concluyó que él era mucho más impulsivo, así que esperaba que actuara primero y quizá con más fuerza de la debida. - Déjame a dos a mi y por favor no te pases, esto nos puede traer problemas. - No sabía si lo iba a escuchar, pero quien avisa no es traidor. 

Shinso
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#7
Primero, la panadera, con aquello de «No vayas a hacer ninguna locura, Tsuna. Ten cuidado tú también». Y ahora, Dean, con su «por favor no te pases, esto nos puede traer problemas». Dos avisos en menos de veinticuatro horas, despachados por personas de aparente juicio razonable, configuran lo que en círculos académicos se conoce, si no me falla la memoria, como una tendencia. Y un servidor, que se tenía por sujeto apacible, de cordura acreditada y vocación netamente conciliadora, no acababa de explicarse de dónde brotaba tan unánime sospecha sobre su incapacidad para contenerse y no partirle la cara a alguien...

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—No se preocupe, mi insigne adlátere pelipobre, que no me excederé —repuse, algo fanfarrón, porque las circunstancias lo ameritaban—. Viéndoles de cerca, además, me asalta la convicción de que son de los que se amedrentan con un sustillo.
 
Dicho aquello, di un paso hacia el único farolillo que seguía encendido; quería que aquellos cuatro zoquetes vieran bien mis púas. Quedé entonces a la altura de Dean, que acababa de llevarse la mano a algo oculto bajo el hakama. Por la forma que se marcaba en la tela, mi socio iba armado, lo cual me tranquilizó bastante... o eso, o su señora debía de ser la mujer más venturosa de los siete mares.

—¡C-cuidado, van a-armados! —tartamudeó el de la gorra, apresurándose a buscar amparo en algo semejante a una cartuchera que le colgaba del cinturón por un costado.

¡Por fin alguno reaccionaba!

Aunque, bien mirado, era entendible el pasmo. Aquellos botarates llevaban tiempo haciendo el cabra en Baquella sin que nadie les plantara cara, y los acabábamos de pillar con la guardia baja. La callejuela por la que habíamos atajado desembocaba en aquel callejón a través de un codo cerrado, lo bastante cerrado para que ninguno nos viera venir hasta que ya estábamos sobre ellos. Para cuando se giraron, ya tenían a Dean en la cara, soltándoles aquello de la gran manera de pasar la tarde, y a un servidor un paso por detrás, afilando las espinas.

Precisamente, había sido nuestra puesta alevosa en escena lo que había hecho al grandullón, el tal Tetsuo, bajar la pierna antes de estamparla contra el cachorro. El animalito, todavía rodeado por aquellas bestias, seguía ovillado cubriéndose con sus patitas delanteras la cabeza.

—Le tomo el guante, amigo Dean —dije, sin despegar la vista del de la gorra, que ya estaba sacando una pistola de cañón corto de la cartuchera—. Me está haciendo ojitos ese flamante trabuco. Y, si no le importa, déjeme también al esmirriado que le flanquea. Los otros dos se los regalo. ¿Podrá con ellos? Más le vale, ¿me escucha?, porque le recuerdo que me he comprometido a obsequiarle con un frasco de mi pócima capilar si nuestras humanidades logran coronar la velada con la cabeza alta. Además, mire qué tarde es, y yo todavía sobrio. Aprisa, aprisa.

Mis aprisas iban dirigidas al peliblanco, pero, no sé, el de la bandera debió de sentirse depositario de mis apremios, porque empuñó el no tan honorable estandarte con las dos manos y nos embistió bramando un marcial «¡Os vais a enterar, hijos de putaaa!».

Aquel pobre se enfiló hacia nosotros con el palo de la bandera por delante, a modo de lanza. Y el grandullón, no queriendo ser menos, fue detrás. Debían de ser los dos valientes.

Como un servidor es generoso, cumplí mi palabra y se los dejé a Dean. Así que, para esquivarlos, brinqué hacia la pared más cercana, tomé impulso y los rodeé en el aire, aterrizando justo detrás, donde me esperaban el esmirriado y el portador de la pistola.

Al de la gorra, sin pensármelo, le retorcí la muñeca en cuanto tuve oportunidad. El arma se le escapó del puño antes incluso de que aplicara fuerza en la torsión, cayó al suelo y rebotó contra los adoquines hasta quedar fuera de su alcance. El sonido alarmó al perrito, que apartó un instante las patas con las que se cubría para ver qué ocurría.

Mientras tanto, me pareció escuchar que el esmirriado intentaba decirme algo. «Mi padre es abogado», me pareció. O algo sobre que aquello atentaba contra el artículo no sé cuántos de la ley de no sé qué. Sinceramente, le pasé el brazo izquierdo por el cuello y desplegué la espina del pulgar contra su nuez antes de que pudiera terminar de impartirme su clase de Derecho Mundial I.

Después hice lo mismo con el de la gorra, que estaba masajeándose la muñeca y, juraría, llorando.

En fin...

Finalmente, quedé con ambos angelitos sujetos contra el pecho, con los brazos cruzados por sus cuellos. Como una gallina con sus polluelos. Cada uno con una espina impregnada en veneno amenazándole la tráquea. Y, de aquella guisa, me giré a ver cómo le estaba yendo a mi compañero.

Karmas
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#8
Suspiró un poco al ver que Tsunamaro no era de esos que se volvía loco al más mínimo indicio de violencia o conflicto. Al parecer podrían darle una lección a estos intentos de marines, sin levantar un escándalo, era de agradecer, pues aún no tenía intenciones de llamar la atención y hacerse famoso por ir en contra de la justicia, quería disfrutar de la tranquilidad que aún tenía al no ser una persona buscada o señalada como criminal. 

A penas nos vieron se alarmaron, pues no pasó mucho hasta que el gyojin dio el primer paso mostrando sus armas, tal como el peliblanco hizo al sacar a Shinso de su escondite y desenvainarla. Desde aquel problemático encuentro con la marina en el puerto de Baquella que no tenía que utilizar su arma, siempre es esta organización la que le obliga a pelear. 

Antes de pensar en atacar echó una mirada rápida al pequeño animal victima de la frustración de esas bestias en potencia. Aún se podía sostener en sus cuatro patas, aunque a la distancia era imposible determinar qué tan herido estaba la pobre criatura. 

Cuando su improvisado compañero le confirmó que cada uno se tendría que encargar de dos reclutas abrió sus ojos y los observó a todos para elegir a quien tendría que "educar", lamentablemente no pudo seleccionar a nadie, ya que uno de ellos se abalanzó hacia adelante con un palo que ocupaba como lanza, aunque de manera muy torpe, detrás de él, venía otro tipo desarmado, pensando que sus puños serían suficiente para derribar al peliblanco, tenían confianza, eso se lo daba. 

Pudo ver como Tsunamaro los esquivó yendo hacia la pared con un salto, tras eso se fijó sobre todo en sus adversarios. En milésimas de segundos tuvo que decidir cómo quería derribarlos, así que mientras esquivaba al tipo de la lanza moviéndose hacia su izquierda, entonces con el mango de shinso golpeó unas cuatro veces en la cabeza del hombre armado. Todos los golpes fueron en distintos puntos. Uno cerca de su ojo derecho, otro en la mandíbula, otro cerca de la nariz y el último sobre la ceja derecha.

Al segundo que venía detrás de el le dio el mismo tratamiento, aunque fueron más golpes y alrededor de todo el torso de su cuerpo y dos en su mandíbula para dejarlo inconsciente o cuanto menos mareado. Soltó una pequeña risa cuando vio al gyojin estrangular a sus dos adversarios, uno con cada brazo, era una escena cuanto menos, bizarra.

Volvió a centrar la mirada en sus oponentes ya caídos y por un momento pensó en cortarlos con el filo de su daga, pero no sabía si podía contenerse y evitar darles algún corte que pudiera comprometer sus vidas o alguna hemorragia que requiera una ayuda rápida, la cual sabía que no llegaría, por eso optó por solo darles golpes con el mango de Shinso. A pesar de que aborrecía lo que estaban haciendo y a la organización que representaban, no quería acabar con simples cadetes, eso solo iba a incrementar la sensación de inseguridad de Baquella y sabía de primera mano, las horribles consecuencias que ese tipo de tempo puede traer.

Luego de terminar con esos proyectos fallidos de marines suspiró profundamente e intentó relajar los hombros. En ese momento se acordó de algo, así que inmediatamente se llevó una mano a su pelo y la revolvió, pocos segundos después puso la palma frente a si mismo y la abrió, para su buena fortuna no encontró un rastro de cabello.
- Oye no tendré esa melena cartilagosa tuya, pero aún no me estoy quedando calvo... creo - Alguna que otra vez ha visto algún pelo albino sobre la almohada, por lo que es un tema que ya empezaba a rondar por su cabeza de manera un tanto constante. - De todas formas, acepto ese pócima o lo que sea - Era mejor prevenir que lamentar, claramente.

Luego de asegurarse de que no se le cayó ningún pelo, miró con un poco de asco a los marines que abatió. El confirmar que desde el comienzo de su carrera militar, ya actúan de esa manera, le hizo reforzar su pensamiento de que es una organización que ya no tiene ninguna salvación posible. Deben caer. 

Pasaron unos segundos antes de acercarse al pobre perro, que como es natural estaba a la defensiva ante cualquiera que se le acerque. Seguramente ya tiene un trauma que difícilmente pueda borrar y lamentablemente él no tenía la estabilidad ni el tiempo para poder arreglar lo que causaron esos tipos. -
¿Y ahora qué hacemos con este cachorro? dudo que se deje ayudar y si nos vamos sin más, ambos quedaremos con cargo de conciencia... o quizá no, pero estaría bien ayudarlo. - Nunca tuvo una mascota, así que estaba cuanto menos perdido sobre el cómo proceder en una situación como esta. Esperaba que al menos Tsunamaro tuviera alguna remota idea de cómo actuar.
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#9
Me giré con mis dos rehenes embridados, uno a cada costado, justo a tiempo para ver cómo el peliblanco le propinaba al portaestandarte cuatro mangazos repartidos por la geografía facial con la empuñadura de su arma, empezando por el ojo derecho —¡por las branquias de Neptuno!, no me cabía la menor duda de que el caballero iba a estrenar el alba con un ojo de cromática berenjenil—, siguiendo por el maxilar —se me escapó una risilla canalla, lo confieso, al verle entrar en espasmos con este segundo—, el tabique nasal —un clásico—, y rematando con el arco superciliar —a criterio de quien suscribe, una cicatriz partiendo la ceja queda de lo más resultón; así que le estaba haciendo un favor, en realidad—.

Finalmente, el tipo colapsó. Ver caer a su compañero provocó un tembleque en las rodillas al fulano de la gorra.

—No me diga que tiene miedo, hombre. ¿Adónde fueron a parar los arrojos castrenses con los que aleccionaba al perrito hace un momento? —le pregunté, socarrón. A lo que él respondió, entre sollozos y para asombro del esmirriado que tenía sujeto al otro lado, que por favor, que él solo miraba, que él no había tocado al animal, que los otros tres tenían toda la culpa y que él, juraba y perjuraba, había estado a punto de decirles que paras...

—¡Mentira, todo mentira, cabrón! —le gritó, interrumpiéndolo, el flacucho.

—¡Es verdad, señor gyojin, se lo juro! ¡Y este es el peor de todos, fue idea suya lo del perro! —contraatacó el más cobarde.

—¡Y una mierda! ¡Si fuiste tú el que lo persiguió hasta el callejón, mamonazo!

—¡Porque a ti te daba miedo que te mordiera, pero no le toqué ni un pelo!

—¡Serás canalla, siempre que se tuercen las cosas tú te escabulles y nos dejas vendidos, canalla, gallina más que gallina!

—Eres... —se sorbió los mocos— eres un sinvergüenza, Tsuneo, eso es lo que eres. Señor gyojin, este fue el que le birló la caja al frutero del mercado la semana pasada, se lo fundió en el burdel del puerto, El Twaterdeep, señor, y le echó la culpa a un mendigo cojo.

Sus voces sonaban alteradas, agudas, destempladas. Un esperpento. Era insoportable.

Decidí, en aquel preciso momento, que un servidor había escuchado suficiente. Así, retraje inmediatamente las espinas, saqué los brazos de detrás de sus cuellos y, de un tirón, los aferré por el cogote desde atrás. En aquello, la gorra del llorón salió volando y reveló una calva incipiente en mitad del cráneo que le otorgaba un aspecto, si es que cabe, todavía más desangelado. Ambos cesaron en el acto su intercambio de majaderías bufonescas para dedicarme una mirada de auténtico pavor.

—Vamos, vamos, caballeros, no sean así. Les ruego depongan inmediatamente las desavenencias, hombre, por la entrañable amistad que se nota que se procesan, y reconcíliense, como hermanos de armas, en un fraternal ósculo de paz. Hagan las paces, que se les va a quedar el alma más liviana, ya verán; orillen la hostilidad, ámense los unos a los otros y, como buenos aspirantes a pretorianos del Gobierno Mundial... —El flacucho me hizo pucheritos—. ¡Dense un besito!

Y, sin más, con sus pescuezos firmemente prisioneros de mis manazas, uno a la altura de cada bíceps, propulsé con rabia sendas testas la una contra la otra.

¡POOM!

Fue maravilloso —qué leches; glorioso, apoteósico, sublime, homérico, ¡orgásmico!— contemplar cómo aquellos dos mentecatos fundían sus respectivas estampas en un potaje de mocos, dientes y babas para luego rebotar y, ya inconscientes a medio vuelo, poner los ojos en blanco justo antes de desplomarse cada uno hacia un lado hasta quedar derramados sobre los adoquines de Baquella.

Simultáneamente, el cuerpo del grandullón, de Tetsuo, se desplomó pesadamente un par de pasos por delante de donde habían quedado mis víctimas. Dean se lo había ventilado con la misma facilidad que al primero, a juzgar por el hilillo de sangre que le goteaba desde la comisura de la boca. Aquel pobre había recibido en el torso, además de en la cara, como delataba la postura encogida con la que había caído.

—Vaya, ya intuía yo que era usted fuerte, amigo Dean, pero jamás se me hubiera ocurrido imaginar tal despliegue —le dije, acercándome.

Él, entretanto, parecía andar enfrascado en algún recuento capilar, según deduje por los ojos que clavaba en su propia palma tras haberse estado hurgando el cabello. Acto seguido, me hizo saber que no tendría aquella melena cartilaginosa mía, pero que no se estaba quedando calvo.

«Angelito...»

Supuse que aquello venía a cuenta del apelativo de pelipobre con el que me había referido a él un rato antes.

—¿Lo dice por lo de pelipobre, amigo Dean? Entiéndame, hombre, cuando tiene uno estas greñas el resto del orbe capilar parece ralo por contraste. Déjeme ver, a ver...

Me acerqué a su cabeza y, con disimulo, fingiendo que le revisaba a ver si, en efecto, se quedaba o no pelón, desplegué un milímetro la púa del nudillo de mi dedo índice y le rebané unos pocos pelillos blancos del centro de la cabeza. Hecho lo cual, los exhibí ante sus ojos con expresión de espanto.

—¡Por los barbos de Poseidón! ¿Conque no se estaba quedando calvo, eh? ¿Y esto qué es, estimado camarada?

Sin darle tiempo a responder, le tendí uno de mis botecitos blancos, que, recordemos, no era sino agua de mar embotellada. Tal como habíamos pactado.

—Tome, hombre, tome. Mi elixir milagroso. La primera toma es gratis, faltaría más, que no se diga que un servidor no cumple con sus amistades. Eso sí, tenga usted en cuenta que el efecto no empieza a notarse hasta la tercera, y que las dos restantes, si se acoge el comprador a la modalidad promocional de la primera ampolla gratuita, le saldrán a 47.500 berries cada una. Una bicoca, si me permite la apreciación.

En aquellas estaba, perorando con vocación de estafar al peliblanco, cuando un lloriqueado al fondo del callejón me devolvió a la realidad. El perrito seguía allí. Y Dean, tras dedicarles una justificadísima mirada de asco a los cuatro patanes todavía inconscientes, planteaba ahora la cuestión de qué hacer con el cachorro.

La criatura en cuestión se había erguido sobre las cuatro patas, mantenía el rabo entre las piernas y sangraba ligeramente por una mella en la oreja izquierda. Pobrecillo.

—Coincido con usted, amigo Dean; no creo que se deje ayudar de primeras —secundé, bajando la voz a un tono que pretendía ser sosegado—. Es probable que, si nos acercamos, al menos en una primera instancia, nos reciba con cierta hostilidad. Pero ¿sabe qué? Me da a mí la sensación de que van a hacer ustedes muy buenas migas en cuanto se le pase el susto. Así, en confianza, hay en sus pupilas un je ne sais quoi, un algo, que las hermana con las de ese cánido apaleado.

Uf. Me estaba poniendo intenso. Necesitaba urgentemente un trago.

—Y, sobre quién se lo queda, no se preocupe usted. Bunzo, el dueño de la taberna a la que pienso llevarle ya mismo, es un enamorado de los perros. Tendrá como... no sé, ochocientos. Gánese usted el afecto de ese pequeñín, mi querido socio, y nos lo llevamos esta noche de farra.


Karmas
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#10
Dean observó en silencio cómo aquellas dos cabezas chocaban con un sonido seco y desagradable. Instintivamente hizo una pequeña mueca de dolor, no por empatía hacia los reclutas, precisamente, sino porque estaba bastante seguro de que eso dolía más de lo que parecía. - Bueno… definitivamente tienes una forma muy particular de unir a la gente. - comentó mientras guardaba a Shinso en su hakama con tranquilidad. - Aunque debo admitir que se merecían eso como poco. -

Los cuatro cuerpos quedaron esparcidos por el callejón como basura abandonada tras una mala noche de fiesta. El peliblanco los recorrió con la mirada unos segundos, asegurándose de que ninguno intentara levantarse nuevamente. Dudaba mucho que fueran a hacerlo pronto, de verdad que esperaba que fuera así. Cuando Tsunamaro se acercó para "examinar" su cabello, Dean se quedó quieto, algo expectante a lo que fuera a hacer aquel tipo con una melena envidiable. No tenía demasiados motivos para desconfiar todavía, después de todo, aquel sujeto parecía extraño y exagerado, pero no particularmente malintencionado... aquello fue uno de los tantos errores que suma a la lista de su vida.

Sus ojos siguieron los pequeños mechones blancos que el gyojin exhibió entre los dedos como si acabara de descubrir una enfermedad terminal. Había leido que tanto humanos como animales, sufren de caída de cabello cuando una enfermedad grave los carcomía por dentro... - ¿Eh…? - parpadeó una vez, luego otra, y otra más. Lentamente se llevó ambas manos a la cabeza, palpándose el cabello con expresión genuinamente preocupada. La calma despreocupada que había mantenido casi toda la jornada se quebró durante unos segundos.

- No puede ser… - murmuró para sí mismo, pues siempre que ha pasado alguna de sus propias manos por su cabello, nunca encontró un rastro de este… Aquello debía mentira, quizá una especie de truco, pero ahora mismo no estaba tan seguro. Tomó el botecito blanco apenas Tsunamaro se lo ofreció y lo observó como si sostuviera un tesoro nacional. - Cuarenta y siete mil quinientos… - repitió en voz baja, haciendo cálculos mentales imposibles. - Eso son como… muchísimos billetes.-Suspiró al entender los ingresos que puede costar una reparación de su cabello blanco. Luego guardó cuidadosamente el frasco entre sus ropas.

- Voy a pensar que no me estás mintiendo porque honestamente, prefiero vivir con la duda antes que descubrir dentro de diez años que tenías razón... Si es que llego hasta ahí - Lo peor de todo era que parte de él hablaba completamente en serio, no pensaba que en este lugar y a esta edad, el pelo fuera una de sus preocupaciones. Una más a la lista.

La conversación volvió a desviarse hacia el cachorro. Dean agachó apenas la mirada al escuchar el lloriqueo del animal y observó cómo seguía temblando incluso ahora que el peligro estaba "descansando", aunque entendía que no había desaparecido del todo para él. Los perros no entienden conceptos como "salvado" o "rescate". Solo entienden dolor, miedo… y qué manos los golpean, tal como él hace varios años atrás.

El peliblanco soltó el aire lentamente antes de ponerse en cuclillas a cierta distancia del cachorro, procurando no invadir demasiado su espacio. No intentó tocarlo. Ni acercarse más. Simplemente apoyó un brazo sobre su propia rodilla mientras lo observaba en silencio. - Tranquilo… ya no volverán a hacerte daño. - dijo con una voz mucho más suave de la habitual. El cachorro reaccionó apenas, tensándose al escucharle. Dean ladeó apenas la cabeza. - Bueno… supongo que eso no significa mucho viniendo de otro humano. - Se detuvo un segundo - Tienes suerte de no lucir como nosotros... me avergüenzo de nuestra especie más veces de las que me gustaría - Dijo aún arrodillado, pero esta vez girando la cabeza para poder mirar al gyojin.

Aquella frase salió casi sin pensar. Sus ojos descendieron un instante hacia los reclutas inconscientes antes de volver al perro. Por un momento, recordó demasiado bien otras miradas iguales. Gente escondiéndose. Temblando. Esperando que la violencia terminara mientras hombres armados decidían qué vidas valían y cuáles no. Su sonrisa habitual regresó apenas, pequeña y cansada. La siguiente frase salió mientras volvía a mirar al pobre perro. - ¿Te pasa seguido esto de meterte en problemas por ayudar a otros? -

Tras unos segundos más, Dean rebuscó entre sus ropas hasta sacar un pequeño trozo de pan algo aplastado que había comprado antes de comenzar a caminar por el pueblo. Lo dejó en el suelo y lo empujó suavemente hacia el cachorro. - No pienso robártelo ni pegarte. - murmuró para que el perro y quizá su compañero puedan oírlo. - Pero tampoco puedo obligarte a creerme. - Y honestamente entendía perfectamente eso.

Lo único que podía hacer era al menos dejarle claras sus intenciones al perro. Por su conocimiento en la flora y fauna, sabe que la comida es una método disuasorio muy efectivo en animales como los perros. Le gustaría ser capaz de ayudarlo, pero por el momento solo debería confiar en esa persona que mencionó el gyojin y que el perro esté dispuesto a llegar hasta él, luego de eso, dejará en manos del destino qué es lo que pase... Tal como su madre hizo con él al escapar de Sorbet.
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