Campanas en la noche [Priv] [Pasado] [R16]
#1
42 de Verano, por la madrugada.

Si Hae-won tuviera las alas para volar, hace mucho tiempo habría emprendido viajes inhóspitos y recolectaría miles de historias que se convertirían en refugios altos, esos que podrían aislarla de la verdad. El problema es su propia humanidad, su ser mundano y limitado. Refugiarse en libros para leer es una de esas ideas que podrían hacerle ilusión, mas la realidad indica que su presente es tan fuerte y grita con tanta insistencia, que anula sus propias capacidades de sumergirse en mundos ficticios. Es así como siente sus bloqueos de lectura cuando el estrés la invade, como ahora.

Cuando se enfrentó a la consola de aquel cuarto, cubierta de basura y hostilidad, no tenía ni la más triste idea de qué hacer. Es inteligente y lo sabe, pero lo único que pudo recuperar de toda esa situación es que aquello estaba hecho para hacerla fallar. Ver a esas personas al borde de una muerte sin poder hacer nada más que presionar botones y discutir con criminales, hizo que sus propios cimientos empezaran a ceder.

Aquello que tenía que ser derribado, se fortificó. Lo que debía quedar íntegro, se deshizo en sus manos. Y por eso, en medio de la tranquilidad de la noche, alejada de todo y mirando a la nada, simplemente observa el horizonte con un suspiro ahogado. Mate en mano y una clara sensación de incertidumbre, todo parece ir cuesta abajo y, a la vez, levantarse con la fuerza de una ola de tsunami. Ahora está limpia, ese hedor a basura quedó atrás, pero la insignificancia no se ha ido.

Es en esos momentos donde el peso de todo lo que dejó atrás, en los Blues, empieza a ser más contundente y fuerte. La tumba de su maestro, las noticias de sus progenitores, los amigos pequeños que ha hecho en el camino, los chismes, las amigas videntes y un sinfín de papeleo sin hacer —aunque no echará eso de menos—. Y aún así, agradece haberse marchado para pulirse a sí misma ahora que necesita hacerlo. Agradece con toda su alma no hacerlo sola.

A pesar de todo, no tiene la energía para afrontar lo vivido con buena cara, aún cuando había salido con vida y victoriosa de una situación donde la existencia misma estaba en juego. No quiere molestar a su novio que debe estar descansando. Necesitaría uno de sus abrazos y podría pedírselo, pero él también tiene cosas con las que lidiar. Y ella no se siente digna, porque allí, en ese momento tan intenso y lleno de esquirlas cargadas de cristal empañado,  mostró lo peor de sí.

No es una persona tierna. No es dulce en absoluto. Se da cuenta de que hay un atisbo de frialdad que atraviesa su forma de ser. Supone que es su manera de gestionar las cosas que lleva dentro de su mente, esas que no deja de almacenar y no olvida. No le tiembla el pulso para tomar decisiones difíciles y asumir las consecuencias. No le importa ganarse las miradas reprobatorias de nadie, a pesar de que antes podría haber sido más receptiva.

Y ella se pregunta desde cuándo es tan dura como para mostrar la entereza al punto de ser una maldita insensible, a pesar de que la conmoción interna podría destruirla por dentro.

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#2
Me despertó el crujir del colchón. Nunca he sido una persona de sueño profundo y lo ocurrido en Kutsukku tan solo había incrementado mi mal descanso. Noté a Hae-won abandonar la cama antes siquiera de abrir los ojos. Todavía no habíamos hablado sobre lo ocurrido en Kutsukku ni sobre nada, en realidad. Habíamos sido tan arrastrados como el Tempestad: primero a Kutsukku y después al red line. Después de todo, con la mentira del New York Park confirmada, podríamos haber regresado a Baterilla. Nada nos obligaba a cruzar esa corriente sin retorno. Nada… salvo esa tormenta que nos sacudió como meros títeres bajo sus hilos.

Para mí era casi una fortuna. Toda la vida que siempre busqué enterrar había quedado atrás, sin nadie que pudiera reconocerme. Mentiría si dijera que echaría de menos a Stanford o a John. Ya me había preparado para despedirlos cuando nos encomendaron la misión, antes de saber que todo sería una trampa. Sin embargo, me preguntaba cómo se sentiría Hae-won al respecto. Sobre eso y sobre muchas otras cosas.

Hae-won y yo nos buscábamos como almas heridas condenadas al tormento, que sólo hallaban consuelo en el otro. Una atracción a la que me había enganchado sin saber hasta dónde nos conduciría. Tras la llegada al red line, con el Tempestad en estado crítico, nos vimos obligados a buscar alojamiento. Ninguno de los dos necesitó decir nada para saber que pasaríamos la noche juntos. El problema es que esa ausencia de palabras se asentaba entre nosotros. Una costumbre que no terminaba de decidir la sensación que despertaba en mí.

Ella miraba por la ventana y yo me había acomodado en la cama, con la espalda recostada sobre los almohadones. Las sábanas se escurrieron hasta mi cintura, con el torso descubierto. Dediqué largos segundos a contemplarla en silencio. Supongo que intentaba aprender de ellos. También creo que tenía miedo de que hablar reventara la burbuja que hasta ahora nos había mantenido cuerdos, atrapados en una ilusión.

—Hae-won, —Voz ronca y aterciopelada. Debí de sobresaltarla—, ¿qué pasa por esa cabecita tuya?
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#3
—¿Hmmm?

Cuando escucha la voz de su contrario, ella no puede evitar esbozar una pequeña sonrisa. Es en ese momento que decide mantener los pensamientos anclados, porque sabe que hablarlos podría ayudar bastante. El punto es, ¿de qué serviría, cuando tienes una memoria que recuerda y almacena casi todo lo que pasa por esa mente? Es ese pensamiento el que le hace dudar por unos instantes de responder. El relicario yace colgado al cuello y no se separa de él. La mente de la joven parece haber viajado a destinos lejanos, pero está más presente de lo que le gustaría.

—... ¿Puedo contarte algo? Puede que sea muy juzgada luego de decirte esto, pero es… ¿Complicado?

Hae-won no es alguien que se guarde las cosas. Le gusta lo simple, lo sencillo, lo fácil. Siempre lleva la verdad por delante y la deshonestidad no forma parte de sus hábitos más grandes, y aún así, a veces le cuesta deshacerse de pensamientos complejos. Los guarda todos en un cajón y se olvida de ellos, pero de vez en cuando, simplemente salen de allí sin ella quererlo.

—Durante mucho tiempo, he crecido con una aversión… Creo que lo has notado en Kutsukku, ¿verdad? —Sonríe con algo de amargura, mientras deja caer el agua sobre la yerba—... Por un instante quise creer que, tal vez, ese par sería diferente. Verlos pelear por sus compañeros me recordó a mí cuando, en misiones, tuve que arriesgar el cuello para salvar a mis propios compañeros. Estuve al borde de la muerte varias veces por eso, de hecho.

Bebe un poco de su infusión, mientras voltea para mirarlo. Los ojos de la dama brillan un poco más al pensar en aquellos tiempos, en las misiones navales surcando los mares del sur para neutralizar redadas o incluso para persecuciones.

—Con el paso del tiempo aprendí a ser más fría, a pensar con lógica y no con tanto corazón. Cuando vi a ese par, me recordó a esa vieja yo que apenas estaba empezando en el camino de la marina —Esta vez, no sonríe tanto—. Aprendí a confiar en la fuerza de mis compañeros, en que ellos podrían lograrlo y yo podría continuar con las misiones sin mirar atrás… Supongo que perdí, de alguna manera, ese instinto de sensibilidad y empatía hacia ellos por creer que nada podría salir mal.

Y aún así llora con dolor sordo a todos aquellos que han muerto, y ella no tuvo la fuerza para salvarlos en esos momentos.

—Cuando me enfrenté a esa máquina, me di cuenta de que estaba en esa situación: tenía que descubrir cómo funcionaba, y si hacía algo mal, eso podría repercutir en mis compañeros. Supuse que estaría preparada, o eso supuse… Pero cuando los vi queriendo sacrificarse, me di cuenta de que en algo he fallado —Vuelve a beber de ese mate—: no podía aceptar que lo hicieran, aunque fuese parte del deber como hijos de la ley. Cuando ese pirata los amenazó a Masami y a ti… Simplemente vi rojo y no pude detenerme. Si le apunté al hombro, fue porque la cordura me pidió que lo hiciera. El instinto de visceralidad me exigía apuntarle donde doliera más… Pero lo callé.

Cuando levanta la mirada hacia arriba, lo hace con bastante pesar.

—Sé que era eso o morir… Pero… ¿Era realmente necesario llegar a esa situación para salir? ¿Por qué nos traicionaron? Lo primero que se me vino a la mente es “los piratas son así, no esperes otra cosa de esa basura”, y aún así, ha dolido. Tengo muchas cuestiones, como la de ¿qué he hecho mal como para no descubrir del todo cómo funcionaba esa cosa? ¿Por qué solo pude manipular botones y manivelas, en vez de ir por ellos y ayudarlos? Maldición, me siento una completa inútil que no ha sabido qué hacer.


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#4
Ante un dolor tan sordo como el suyo, no debería haber sonreído, pero lo hice. Fue una mueca débil. Nació de la misma sensación cálida que me llenaba el pecho. Estoy bastante convencido de que su origen estaba en la honestidad que Hae-won compartía conmigo, conocer un poco más de sus engranajes y comprender todo lo que la había instado a actuar en aquella prisión. Esa frialdad de la que hablaba a mí me resultaba extremadamente familiar. Solo que jamás habría imaginado que ella la sintiera igual.

—Has hecho lo que has podido con lo que has tenido.

Admito que reconfortar a la gente nunca había sido mi punto fuerte. Quería ofrecerle a Hae-won el consuelo que su corazón pedía a gritos, pero era de los que opinaban que las palabras se las llevaba el viento. Las heridas del alma se asemejaban a las físicas. Un puñado de dichos bonitos no podían remendarlas. En las contadas ocasiones en las que había tenido que ofrecer mi hombro a alguien, había sido para escuchar y acompañar hasta que esa persona alcanzaba una conclusión.

—Habrá muchas incógnitas sobre ese lugar que probablemente no descubriremos jamás. ¿Por qué pulsaste botones y manivelas? —Me encogí de hombros—. Solo tú puedes saberlo. Por salvar a gente, por intentar detener la máquina, por ansia de conocimiento, por el estrés del momento… ¿Importa ahora? Quiero decir, pensarlo solo te va a llenar la cabeza de y si… —Frené al darme cuenta de que había empezado a rascarme el lunar—. En mi opinión, los y si… no son más que un cementerio de posibilidades en el que la gente tiende a caer atrapada.

Por eso intentaba mirar lo mínimo posible hacia atrás. Por eso, también, Kutsukku me había dejado la piel en carne viva, despellejando cada recuerdo hasta entonces enterrado. Al cruzar el red line los había empujado todos al fondo de un arcón. Por desgracia, echar la llave solo resultaba posible mientras permanecía despierto.

—Además, dices que eres una persona fría, pero no es lo que me has demostrado. —Crucé los brazos sobre el pecho—. Te preocupaste por todos nuestros compañeros nada más despertar, te atormentas sobre lo ocurrido porque deseas haberlo hecho mejor, te sientes culpable por haber deseado disparar a ese pirata en un punto más crítico… La gente te importaba. —Me humedecí los labios—. Yo no pensé en nadie, Hae-won. Solo en ti. Si me hubieran dicho que te dejarían marchar a cambio de todas aquellas vidas, incluso la mía, las habría entregado antes de darme cuenta de que eso no es lo que tú desearías.

Y esa era la verdad detrás de St. George. Un absoluto egoísmo que anhelaba proteger tan solo lo que era importante para mí. Me habría vuelto loco de perderla. Por un sinfín de razones y no todas nobles, bonitas ni románticas. Noté la fuerza de cada latido: señal de que temía la reacción a mis palabras. Creí, no obstante, que la honestidad merecía ser pagada con honestidad.

—La única persona ahí dentro que de verdad me podría haber dolido, fue Kuroshiro. —Alcé la vista al techo, pensativo—. La vida está llena de grises. Tu aversión a los piratas es válida. Nadie puede decirte cómo debes sentirte ante las situaciones que has vivido.

Y yo tampoco me consideraba un moralista como para abogar por ese par, por mucho que pudiera entender aquello que los impulsaba a actuar así.

—Y deja de llamarte inútil. Nos salvaste la vida una vez más, Ángel. —Fruncí ligeramente el ceño—. Dime, ¿hay algo que creas que puedas aprender de esto?
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#5
—Yo no pensé en nadie, Hae-won. Solo en ti. Si me hubieran dicho que te dejarían marchar a cambio de todas aquellas vidas, incluso la mía, las habría entregado antes de darme cuenta de que eso no es lo que tú desearías.
—... Hmmm…

Decir que en ese momento abrió los ojos es decir bastante. Tal vez porque ella no piensa del todo de ese modo, pero no puede culparlo. La mirada que le dirige a él es completamente clara y desprovista de hostilidad o reproches; sí le ha sorprendido, pero no le ha provocado ningún sentimiento ajeno, contrario o negativo hacia él. Sus reflexiones son interesantes. Escucharlo hablar y expresar aquello que tiene dentro de su mente le permite comprender un poco más el espectro que compone a St. George.

—Bueno, si en algo nos parecemos, supongo que es en el hecho de que somos capaces de dar la vida por el otro —Le sonríe, esta vez, un poco más aliviada—. Si algo me motivó a dispararle a ese pirata, fue impedir que tú salieras herido. La verdad es esa —Suspira, para volver la vista al horizonte que se presenta ante ellos, por la ventana—... Por un momento, pensé que te enojarías o espantarías por verme así de violenta o reactiva. No sé, en realidad a la gran mayoría de los hombres les desagradan las mujeres que sabemos disparar. No porque me haya pasado, pero lo he visto.

¡Sí, hay hombres que huyen de las mujeres fuertes, los muy cobardes!

La sola idea le arranca una sonrisa divertida y una pequeña carcajada. Cuando se acomoda el cabello hacia atrás, de manera inconsciente, aprovecha ese instante para volver la mirada a su pareja. Es cierto que le había salvado la vida… Y no había sido la primera vez, de hecho.

—Aprendí varias cosas de mí misma que se reafirmaron, así como otras que cayeron por su propio peso y yo di por sentada. Entre estas últimas, la idea de que lo volvería a hacer es recurrente —La joven no se levanta de su lugar, pero sí lo confronta—. Soy capaz de disparar y arruinar una vida si alguno de los míos está en peligro. Lo haría una y mil veces sin importarme las consecuencias que eso pudiese traer.

Es la mentalidad más egoísta que tiene: saber que es capaz de lo que sea por lo que es importante para ella. Afila ligeramente la mirada al comprender que no siempre será una persona honrada.

—Puede dar un poco de miedo esa afirmación, pero esa es la verdad. Soy una persona vengativa, y en extremo rencorosa. Me di cuenta de que no puedo perdonar una traición, aunque esa es una de las posturas que se ha reafirmado gracias a esa maldita experiencia —Vuelve la mirada a la ventana, ligeramente sonrojada al pensar en lo siguiente que dirá—... y tampoco podría escatimar en esfuerzos por ponerlos a ustedes a salvo, en especial a ti.

Pueden llamarla de muchas maneras: niña mimada, mosquita muerta, falsa e incluso cruel y mentirosa, pero le da muy igual. Ella entiende que hay una rectitud que seguir para transitar por el sendero correcto… Pero ningún sendero es uniforme e intachable. Hae-won tuvo que recurrir a la trampa para deshacerse de sus padres, por la venganza y el egoísmo. No dudó.

—Aún así, espero que no te espantes por mi lado feo.

Y esta vez, sonríe, aunque no lo mira directamente.
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#6
Hubo un tiempo en el que creí que Hae-won se parecía a alguien. La conversación que mantuvimos aquella noche me hizo comprender que me equivocaba, que no era ese recuerdo lejano lo que lograba captar mi atención. Por eso me deslicé fuera de la cama. Los pies descalzos contra el frío suelo. Me resultaba reconfortante descubrir que compartíamos ideas. Ni siquiera concebía que hablara de un lado feo, cuando para mí no había acto más humano que el de anhelar proteger a los tuyos. Puro instinto animal.

—¿Estaría terriblemente mal que dijera… —La rodeé por detrás, pasando los brazos sobre sus hombros, agachado para dejar mis labios a la altura de su oído—... que ese lado tuyo me excita?

Tal vez la palabra adecuada era alivio. Solo que en aquel entonces todavía no había logrado comprenderlo. Ese fuego que despertaba en mí nacía de la certeza de que era capaz de protegerse a sí misma. Una mujer así, tenía menos probabilidades de morir y dejarme de nuevo… solo. Besé la piel de su cuello, justo tras la oreja. Cerré los ojos e inspiré profundo. Nuestros aromas estaban entremezclados. Llevaba el suyo en mis cabellos, tanto como a ella se le había adherido el mío al pijama.

—Mientras no te consuma y te vuelva loca, no veo el problema en tu determinación.

Me aparté despacio. El cristal de la ventana, cubierto por el manto nocturno, nos devolvía la mirada con nuestro reflejo. Le sonreí a través de él. Puede que no comprendiera lo que teníamos, pero me gustaba la calma que me hacía sentir.

—Así que, ¿cómo te hace sentir eso?, ¿qué quieres hacer con tus pensamientos?

La contemplé en silencio a espera de la respuesta. Eso era todo lo que me importaba. Hae-won debía elegir el modo en que quería transitar sus emociones y, en especial, creer en su convicción lo suficiente como para aceptar la consecuencias de cualquier decisión que tomase.
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#7
—¡...!

Es imposible evitar el sonrojo al escucharle hablar. Cuando es consciente de sus palabras, Hae-won parpadea un par de veces, muerta de la pena por la falta de costumbre a ese tipo de comentarios. La gran mayoría de las personas a su alrededor reaccionan negativamente a su frialdad y dureza, sin embargo, la realidad es que Dimitri ha aprendido a leerla aún cuando ella no lo hace.

—Hmmm... No es malo. No. En absoluto —Ella se lo había dicho incluso antes de que empezaran a salir—. Sabes muy bien qué pienso de ese tipo de emociones, y más aún si vienen de tu persona.

Cuando recibe ese beso en su cuello, la joven esboza una sonrisa que le devuelve a través del reflejo del vidrio de la ventana. Deja lo que tenía en mano a un lado, y simplemente se recarga un poquito sobre él. Atravesarlo todo y abandonar sus ataduras en los Blues le permite ver con renovados ojos la realidad detrás de todas las decisiones tomadas.

—A mí me fascina cuando te pones en modo protector conmigo —Puede ser raro, pero es instintivo—. Me desarma por completo, cuando ese lado de tu ser sale de manera inmediata. No lo voy a negar ni lo voy a esconder.

Ella, que hace preguntas extrañas a veces, trata de pensar en una respuesta adecuada para lo que él ha presentado en esa última frase. Cuando se separa de ella, la dama simplemente se relaja y le devuelve la mirada a través del espejo. La tranquilidad de su semblante le dan a entender que exteriorizar todo aquello que lleva dentro le permite deshacerse de la amargura.

Es más sencillo ser sincero con uno mismo, aunque no puedan serlo con el resto de las personas por el temor al qué dirán.

—... Simplemente quiero ser yo misma —Esa es la realidad que la hace a ella tan imperfecta como a cualquiera—. Me siento rara, porque no había sido cien por ciento consciente de esas emociones dentro de mí, pero una vez las identifico… solo me queda aceptarlas como lo que son: una parte de mi persona que quiero conocer.

Deshacerse de ellos es antinatural.
Cuando es consciente de esa realidad y la tiene fija en sus pensamientos, es más sencillo lidiar con ello. Una vez más repuesta, ella simplemente se aleja del alféizar de la ventana y se da vuelta para mirarlo directamente.

—¿Y tú? ¿Cómo te encuentras? —Se acerca con calma, rodeando el cuello ajeno con sus brazos—... ¿Has aprendido algo de toda esa extraña experiencia? Hay que admitir que ha sido un comienzo bastante fuerte para nosotros dos como pareja y equipo.

Una que, a ojos de Hae-won, logró fortalecer todos los cimientos que tenía en cuanto a sus sentimientos hacia él se refiere.

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#8
—A mí me fascina cuando te pones en modo protector conmigo.

Le devolví una sonrisa a través del cristal. Creo que, como todas las que solía esbozar, estaba algo rota. Solo que con Hae-won no necesitaba disimular los sentimientos agridulces. No vi necesario explicar la impotencia que se hallaba tras el instinto protector, porque fueran cuáles fuesen las razones, al final todo confluía en el mismo punto: me asustaba perderla.

Guardé silencio para permitir que pudiera expresar todo lo que necesitase. La calma había alcanzado su mirada. Asentí cuando habló de aceptación, porque aquel era el único camino posible y me alegraba saber que había llegado a la conclusión por sí misma.

—¿Y tú? ¿Cómo te encuentras? —preguntó, sus brazos sobre mis hombros desnudos. Posar las manos en su cintura me resultó un gesto de lo más natural.
«Estoy bien» estuve a punto de responder.

No habría sido mentira. Solía desprenderme de las vivencias desagradables con pasmosa facilidad. Poco importaba cuán incandescentes estuvieran las heridas del pasado, si el presente me otorgaba lo que en ese momento quería. A ella. No obstante, no llegué a pronunciar palabra alguna. Su siguiente frase me dejó rígido en el sitio.

—Hay que admitir que ha sido un comienzo bastante fuerte para nosotros dos como pareja y equipo.
—¿Pareja? —No me separé de ella. Hasta yo fui consciente de cuánto se abrieron mis párpados. Perdí el aliento—. ¿Me ves como a una pareja?

No hubo acritud alguna ni tampoco rechazo en aquella pregunta. Más bien, se hallaba repleta de curiosidad, de cierta incredulidad ante la idea de que alguien pudiera interesarse en mí de un modo tan profundo, y del oculto deseo de adentrarme en ese sendero desconocido. Las pupilas bailaron en mis ojos pendidas a las de mi ángel personal.

—Yo… —Me humedecí los labios sin saber bien qué decir. Incapaz de ordenar el sinfín de imágenes que azotaba mis pensamientos—. No es que no quiera, ¿vale?

Apenas fui consciente de que mis dedos presionaban con más fuerza su cintura, buscando en ella el ancla que me mantuviera en tierra. Desvié la vista un instante.

—Es solo que…

Que llevaba toda la vida huyendo de la gente, de las relaciones, de la posibilidad de perder algo importante, del compromiso y la posibilidad de sentir en mi pecho algo más allá del vacío. Hasta aquel momento, había creído que buscaba protegerme del dolor. Mis ojos regresaron a los suyos. Ese fue el momento exacto en que comprendí que, en realidad, puede que temiera no ser suficiente. Por eso St. George era perfecto, porque Dimitri carecía de todo eso.

—Siento que voy a fallarte y entonces te irás.

Fallaría en protegerla y la perdería. Fallaría en atender sus necesidades y me abandonaría. Fallaría en… Y es que había demasiadas formas de fallar a una persona.

—Nunca he tenido pareja. —Porque la única persona a la que amé, acabó en las profundidades del mar—. Pero en realidad enloquecería si te viera con otro hombre.
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#9
—...

Este chico es una caja de sorpresas en sí mismo. La sonrisa de la joven se desvanece un poquito.

—... No seré condescendiente contigo, Dima —La mirada de la dama se vuelve un poco más firme—. No creo que sea lo que tú quieras.

Si se pone a pensar, no puede culpar en absoluto. El solo hecho de nacer en una isla tan hostil como lo es Kutsukku ya dice muchísimo del pasado de Dimitri. Verlo afrontar la situación de estrés en tierras hostiles ha hecho que comprenda más aún su situación. A todo eso, tiene que sumar su salud, su antigua condición de esclavo y la nueva identidad que debió construir para borrar la marca de aquel pasado atroz.

Sí. Hae-won puede entender de dónde vienen sus inseguridades: de haber tenido y perder constantemente. Seguramente perdió familiares, normal sería por la tierra en la que se ha criado. Perdió su libertad al ser tomado como esclavo. Perdió la plenitud de su salud por el maltrato al que fue sometido tiempo atrás. Perdió sus metas y tal vez muchos de sus sueños se truncaron en el camino.

Tuvo que sacrificar su identidad para labrarse una vida diferente.

Choi presta atención a sus facciones y busca entenderlo: Dima tiene miedo de perder más, e impotencia por no saber cómo proteger lo poco que logra conservar, al punto de rechazar de manera inconsciente los tesoros que le da la vida.

—No eres el único con errores. Yo tengo muchos asuntos también sin resolver —Acaricia su mejilla con suavidad—. Tampoco tuve pareja. Sé que voy a ser muy torpe aprendiendo, pero quiero caminar a tu lado, si me dejas hacerlo.

Ella no es el mejor ejemplo de estabilidad. Tiene cuentas que nunca se han saldado, pesadez y dolor no resuelto, una búsqueda que no parece acabar nunca, y un dolor punzante de culpa y vergüenza por no haber sido suficiente para las personas que se fueron de su vida.

—Recuerdas lo que te dije en la taberna del hombre que te dio trabajo, ¿verdad? —Le sonríe y se separa un par de pasos—: tú haces que quiera guardar cosas de mí que sean solamente para ti. No lo dije porque sí. Lo dije porque es la verdad —Toma un poco de aire—. Las tienes en tus manos, si las deseas. La vida es una constante de inseguridades y la estabilidad, en un mundo como el nuestro, es una especie de meta casi imposible. Por eso quiero que sepas algo, y que lo tengas siempre presente.

Es entonces que ella mantiene la firmeza en su voz y su postura. Borra la sonrisa para reemplazarla por una clara pero extraña determinación.

—Cuento contigo. Confío en ti. Sabes que puedes pretender lo mismo de mí, porque siempre me esfuerzo en retribuir por el mismo valor de lo que pido —Lo mira a los ojos con seguridad—. En vez de pensar en perderme, piensa en disfrutar lo que tenemos, y en hacerlo crecer. No podemos prometer que viviremos cien años o más, pero podemos hacer que todo lo que vivamos valga la pena. Quiero estar contigo y quiero asumirlo porque, para mí, no hay nadie mejor que tú… Pero no puedo quererlo yo sola, y no quiero que te sientas presionado a aceptarlo por lo que te digo.

Es entonces que se cruza de brazos y desvía un poco la mirada.

—Quiero que seas feliz y que vivas en plenitud. Yo te saqué de allí confiando en que lo lograrías, y esa confianza no se ha ido.

Y sabe muy bien que no se irá.
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#10
—Las tienes en tus manos, si las deseas…

Las deseaba. Por supuesto que lo hacía. El anhelo era tal que estremecía mi cuerpo con intensidad febril, porque todo lo que Hae-won representaba era un futuro. Y eso, para alguien que solo se permitía vivir el presente, resultaba más tentador que el bocado a una fruta del diablo. Ella era esperanza; una promesa.

Entonces, ¿por qué dolía tanto?
Creí que la habitación se había llenado de fantasmas y, por primera vez, espantarlos no me resultó sencillo. Las manos sobre mis mejillas me devolvieron el aliento. El tiempo me ha enseñado que tenía un mecanismo de defensa muy definido para cuando todo amenazaba con desbordarse y ese día quise activarlo, acallar la quemazón entre besos y mordiscos. Ahogarme en ella. Olvidar todo. Sin embargo, todo lo que hice fue apretar la mandíbula.

—En vez de pensar en perderme, piensa en disfrutar lo que tenemos, y en hacerlo crecer.

Porque sabía que Hae-won tenía razón. Yo, que tanto me había jactado de despreciar a las personas que vivían ancladas a su pasado, me encontraba de pronto acosado por el mío. Aborrecí aquella certeza. El deseo de hablar y la incapacidad de hallar las palabras.

—Pero no puedo quererlo yo sola, y no quiero que te sientas presionado a aceptarlo por lo que te digo.

Sentí que un abismo crecía entre nosotros en cuanto sus manos abandonaron mi cuerpo. Las piernas me temblaron, se movieron solas. La envolví en un abrazo contra mi pecho sin importar que siguiera de brazos cruzados. Quizás así podría escuchar todo lo que era incapaz de pronunciar, no por falta de ganas sino por aquella fuerza invisible que todavía pesaba más de lo que me atrevía a admitir.

—Quiero que seas mi futuro. —Hundí la nariz en la cabellera plateada—. Eres todo lo que me he permitido querer.

Apreté los ojos con tanta fuerza como la estreché entre mis brazos, temeroso de que soltarla hiciese que se esfumara. Una amplia bocanada de aire me instó a reunir el valor suficiente para retroceder un único paso, con mis dedos sobre su mentón para que nuestras miradas pudieran reunirse. La mano izquierda había bajado hasta su cintura y descansaba en ella. La necesitaba cerca. Su cuerpo era el ancla que mi mente necesitaba.

—Está bien. Si vamos a hacer esto, quiero que te sientas libre de preguntar absolutamente todo lo que quieras, porque soy consciente de que hay muchas cosas que no conocemos el uno del otro y a mí, en particular, hay muchas cosas que me cuesta expresar. Pero si voy a apostar por nosotros, no quiero tener reservas contigo.
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