[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada
#1
Día 48 de Otoño, Año 17.
Corriente Rakusei, Isla de Drum.
Reino Sakura, 9:15am.
 

 


El Reino Sakura amanece sepultado bajo una capa fresca de nieve que la tormenta de la madrugada ha dejado sobre los adoquines de piedra cuyo color original se ha olvidado con el paso de las tormentas de nieve. El viento que desciende de Drum Rockies, el cual se puede divisar varios kilómetros al norte, arrastra ráfagas de viento que levantan un poco de la nieve acumulada de los tejados que cubren casas de ladrillo rosado y rojo de aproximadamente cuatro metros de altura y que se alinean a lo largo de la calle principal del pueblo. Dicha calle principal tiene una envergadura de ocho metros de ancho y aproximadamente trescientos metros de largo de extremo a extremo y es flanqueada por pinos de cinco metros de altura completamente blancos debido a la nieve que los viste de este color.
 
La calle principal se extiende en dirección norte a sur y de ella parten callejuelas laterales de cuatro metros de ancho que conectan hileras de casas la mayoría con las plantas bajas habilitadas como pequeños comercios como, por ejemplo, un puesto de pieles y ropa de abrigo a unos cuarenta metros al norte del centro del pueblo, una herrería cuya chimenea arroja humo negro a unos setenta metros al sur, y una taberna de fachada ancha que mide diez metros, con una puerta de madera gruesa y dos ventanas pequeñas empañadas por el calor interior, situada aproximadamente en el centro de la calle principal. Más al sur, a unos ciento veinte metros del centro, hay un edificio algo más grande que los demás, de unos doce metros de fachada y dos plantas, con una cruz pintada en la puerta, símbolo universal para distinguir al hospital del pueblo. Las ventanas de este edificio están cerradas y no entra ni sale gente del mismo.
 
Hay quizá treinta personas moviéndose por la calle principal en este momento. La mayoría caminan rápido, con las capas ceñidas y la cabeza gacha contra el frío que llega a calar los huesos cuando una ráfaga de viento se destaca sobre la calle principal. El escenario, a pesar del frio, es bastante pintoresco y vivo en la calle principal donde se puede apreciar a algunos hombres que hablan en voz baja frente a la entrada de la taberna muy cerca de la puerta, a un anciano que empuja un trineo cargado de leña avanzando a paso lento rumbo a la herrería, a un vendedor de abrigos de pieles que grita en voz alta las ofertas de su local, y a varios niños que corren y juegan despreocupados de los problemas de los adultos. Desde el grupo de niños se pueden distinguir varios gritos, algunos de aquellos quienes juegan, y otros de quienes piden ayuda tomándose la vida más enserio de lo que a su corta vida deberían. En el centro de la calle se escuchan campanadas metálicas irregulares acompañadas de una voz cuyas palabras no se distinguen a la distancia pero cuyo tono a logrado empezar a congregar a la gente a su alrededor.
 
Dentro de todo este tumulto, tres marines caminan por la calle principal del Reino Sakura sin conocer lo que el destino les tiene preparado el día de hoy. El primero es Stroud Redgrave, un hombre de justicia férrea que ha conseguido llegar al rango de Comandante entre las filas de los marines cuya piel bronceada y cabello rubio contrastan con la blancura del entorno. A su lado camina Kibai, un Mink leopardo cuya musculatura y pelaje arena dorado lo hacen destacar entre la multitud. El tercero, pero no por eso el último, es Bertram Gaufrid, cuyo cabello rojo destaca casi a la par del pelaje de su compañero mink.
 

 
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#2
La nieve crujía bajo las pisadas de las botas de Stroud a medida que avanzaba por la calle principal del Reino de Sakura, en una mañana absolutamente gélida y, por ende, absolutamente normal. Caminaba junto a dos de sus compañeros de División, Bertram y Kibai. Sus manos se entrelazaban tras su espalda, su espalda ejemplar y marcialmente recta, sus ojos grises atentos a todo, como siempre. Era un día de patrulla sin más, lo que debería ser poco más que un paseo por el centro del lugar como una muestra de que la Marina mantenía los ojos bien abiertos, lo que Stroud llamaba una "demostración de presencia" de la institución. Su caminar, aun relajado, era firme, al igual que el resto de su postura, con zancadas medidas y uniformes, que harían pensar a uno que hacía un esfuerzo activo por hacer iguales.

Sabía bien que Drum no era un lugar considerado como problemático, que ofrecía a la mayoría de sus habitantes una vida relativamente tranquila, más allá del frío abrasador que amenazaba con matarlos a todos de hipotermia a todas horas del día. Sin embargo, su preocupación, o, mejor dicho, su inquietud respecto a la constante presencia de elementos criminales en la sociedad empezaba a cobrarse un precio en su mente; nunca había separado demasiado el trabajo de lo personal, pero, desde sus tiempos en Little Garden, ambos habían convertido prácticamente en uno. En rara ocasión, si acaso alguna vez, se permitía a sí mismo un instante de sosiego, de dejar de ser el Marine que había nacido para ser, en aquello que se quería convertir. Para Stroud Redgrave, cada esquina era una potencial emboscada, y cada transeúnte, un potencial malhechor.

"No sé vosotros," dijo, en su voz característicamente monótona, mientras observaba a su alrededor, y dándose por hecho que se dirigía a Kibai y Bertram, "pero me imaginaba las islas del Grand Line como lugares más problemáticos, ¿sabéis? Al menos, las islas como esta," inquirió, jugueteando con sus nudillos tras su espalda. Era el caso. Por mucho que algunos incluso pudiesen calificar a Stroud de paranoico, hubiera sido erróneo pensar que hubiese perdido el contacto con la realidad. Solo era, como le gustaba pensar a él, "más consciente" de lo que los rodeaba, o intentaba serlo. Pero no le faltaba razón; a excepción del pequeño negocio que había descubierto recientemente en lo más profundo y salvaje de la isla, los núcleos urbanos parecían funcionar con plena normalidad. El tiempo tampoco le molestaba en absoluto, cabría mencionar, y en más de una ocasión se le pasó por la cabeza que habría sido agradable tener un cuartel allí. No era habitual ver piratas o criminales, y los pocos que llegaban hasta allí solían tener buen cuidado de pasar desapercibidos, o, al menos, no llamar demasiado la atención. Los efectivos del reino, pese a sus pocos números, parecían hacer trabajo más que satisfactorio a la hora de mantener el crimen a raya. La ocasional presencia de la Marina, claro, cada vez que alguna división pasaba por allí, era más que bienvenida como un pequeño alivio en sus propios esfuerzos, como en tantos otros lugares. Esto, sin embargo, no le había hecho relajarse de ninguna manera visible; sus ojos seguían tan atentos como de costumbre, lo cual no era en absoluto decir poco. De su cinturón colgaban sus guantes tachonados, sus fieles compañeros en todo lo respectivo a destruir las mandíbulas de la injusticia.

Olisqueó el aire; había aromas flotando en aquel gélido aire que le recordaban a su Spider Miles natal, como ese inconfundible olor a pan de centeno, tan aparentemente popular en las islas más frías, que parecía emanar de cualquier establecimiento, fuese o no de comida y restauración. Su mirada fría y entornada viajó de un lado a otro de la calle, deteniéndose momentáneamente en el hombre que había empezado a tañir una campana por no se sabía muy bien qué motivo, para luego ir hasta lo que fuera aquel hospital, a no mucha distancia de los tres Marines, deteniéndose finalmente en el grupito de hombres cuchicheando a la entrada de la taberna. Impertérrito, hizo un sutil gesto a sus dos compañeros, indicándoles discretamente que había algo que quería comprobar de cerca. Aquel gesto implicaba que no necesitaba refuerzos (si bien sus compañeros podían elegir ir con él, si así lo consideraban conveniente), pero que esperaba que mantuviesen un ojo puesto en lo que pudiese suceder, por si acaso. Normalmente, no intervendría en una simple conversación privada entre civiles, pero empezaba a conocer ya aquellos grupitos. En silencio, caminó hasta el grupo como quien no quería la cosa, ciñéndose los guantes y pasando junto a los mismos, su mentón ligeramente alzado, como de costumbre. "¿Todo en orden, caballeros? ¿Qué se cuece últimamente por la ciudad?," preguntó en su habitual tono, sosegado pero firme, situándose frente al grupo. Si querían no actuar de forma sospechosa, era su oportunidad.



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#3
El joven arquero de la marina, fundador de la división 60 y ahora relegado a un puesto inferior por su cargo frente al otro miembro originario, previo a la incorporación de Moja y Kibai, Stroud,  se encuentra en Drum, reunido finalmente con sus compañeros tras dos días de forja intensa y una misión de rescate que se marcó para una joven que perdió a su familia en un secuestro que el propio contramaestre detuvo y se encargó de llevar los culpables ante las autoridades locales para que fueran ellos los que se encargaran de procesarlos y juzgarlos. Tras esas pequeñas incursiones en la isla el joven se limitó a conocer la isla, pasear por la misma a distintas horas del día y por distintas zonas para conocerla mejor por si en algún momento necesita investigar en profundidad la isla o buscar a alguien como parte de su labor, además de ser ya una costumbre en el arquero desde antes siquiera alistarse en la marina, pues como cazador lo primero que hacía cada vez que visitaba una zona nueva era investigarla con calma y atención, fijándose en los detalles, las posibles rutas de escape, los caminos más recorridos tanto por personas como animales y en como se estructuraba la vida en general de la zona. Actualmente el joven arquero pelirrojo se encuentra en el Reino Sakura, el reino presente en la isla de Drum, donde los colores de la primavera y el invierno se mezclan de forma que dibujan un paraje hermoso y poco frecuente, al ver el rosa de los cerezos que llenan la isla y de sus edificios entremezclarse con el permanente blanco de la nieve.

El arquero camina por las calles de la isla junto a sus compañeros Stroud y Kibai, concretamente por la calle principal, estando la isla cubierta de una capa fresca de nieve por la nevada de la noche anterior. El joven marine lleva un abrigo adaptado de cuando era cazador, está hecho para protegerle del frío sin estorbar sus movimientos y está modificado para representar la marina, manteniendo sus características originales y cambiando únicamente la pigmentación y los detalles que se encuentran en la misma. El joven contramaestre había estado preparándose para salir a recorrer la isla, y como se dio cuenta que iba a coincidir con sus compañeros decidió tomar unas cuantas cosas que tiene construidas con un dueño en mente, por lo que el joven pelirrojo toma un par de guantes que se coloca, un par de gafas colocadas en la cabeza, pero sobre su frente sin cubrir aún sus ojos, además de su fiel arco y sus flechas, como un den den mushi guardado bajo su abrigo. Para terminar lleva consigo un par extra de guantes y una espada  atada a su cintura, caminando calmadamente junto a sus compañeros por esa amplia calle, mostrando presencia de la marina y pensando para sí mismo que así al menos la gente verá a la marina interesarse por el bien estar de la isla y los ciudadano, y no solo como soldados que solo aparecen cuando hay que enfrentar algún criminal.

Mientras camina el joven arquero se rasca detrás de su cabeza y luego se acerca a Kibai y dice

-Hey compañero, estuve probando algunas cosas en forja y costura y tengo esto para ti, espero te ayuden más adelante sir.-

Dicho eso el joven extiende la espada  y el par de guantes sobrantes a su compañero mink, esperando que tome los regalos que le hace antes de escuchar las palabras de Stroud sobre lo que piensa sobre la isla y decir

-Bueno sir, teniendo en cuenta que en Little Garden apenas nos cruzamos con criminales, y teniendo en cuenta que en esta isla tienen su propio ejército, además de que la fauna no es precisamente afable y sencilla de lidiar. Pero sí, por los rumores que se escucha del Grand Line uno esperaría más retos, aunque creo se refieren más a los peligros de navegar en sí.-

El joven arquero pese a estar hablando e interactuando con sus compañeros no pierde atención del entorno, manteniendo sus ojos atentos y avizores a lo que le rodea así como sus oídos atentos a cualquier sonido o señal de alerta. Ese tipo de islas son distintos a su lugar natal, estando más acostumbrado a bosques verdes y nada de nieve ni frío, pero por fortuna el joven tampoco sufre en el frío, y sabe abrigarse por lo que el clima no está siendo un problema. Además de que sus nuevos guantes le ayudan a lidiar con el frío en sus dedos, evitando que eso le impida disparar con precisión de ser necesario. Los ojos del joven marine guardan todos los detalles, los niños jugando, los hombres conversando en la taberna, vendedores anunciando sus productos y un anciano empujando un trineo hacia la herrería. En un punto el joven observa la señal de Stroud indicando que investigará a los hombres de la taberna, a su vez Bertram esboza una sonrisa calmada y con un gesto de sus ojos carmesíes indica a Kibai que echará una mano al anciano, no puede quedarse viendo a una persona mayor esforzarse y no ayudarle, desde que perdió a su familia se juró ayudar a todo el que pueda.

Bertram se acerca con paso ligero y casi silencioso al anciano, no por pretender sorprenderlo ni no querer ser detectado, es más una vieja costumbre que no se le quita. Podría haber llevado a Rasmussen para ayudar, pero el pobre estaba cansado y el pelirrojo lo dejó dormir tranquilo. Sin dudar el marine se acerca al anciano y empieza a empujar el trineo junto al anciano diciendo

-Yo le ayudo señor, ¿va a la herrería no? Llevo unos días por la isla pero me gustaría que me contara si hay algo que no sea percibido fácilmente por los forasteros y que pueda necesitar de ayuda para resolverlo, o que pueda ser interesante de visitar comprobar para un joven artesano, sir.-

El tono de voz del joven es amable y cercano, como quien habla con su familia con total confianza, pues no busca interrogar o asustar al hombre, quiere ayudarle de forma genuina y aprovechar y conocer un poco mejor la isla.

Pandora's box
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#4
Kibai respiró profundamente el aire helado de Drum. Cada bocanada de vaho que salñia entre sus colmillos formaba pequeñas nubecillas a su paso mientras caminaba junto a a Stroud y Bertram por en medio de la calle, esquivando a las pocas personas que no se percataban del avance del trio de marines.

— Señor, no hace falta que invoque a los problemas antes de que aparezcan... — rio de buena gana el mink. —  Creo que simplemente en estas islas salvo que una tripulación pirata llegue a sembrar el caos, las guarniciones locales se encargan de mantener el orden en la medida de lo posible.

Con un vistoso ademán, Kibai levantó las dos manso enfrente de su rostro, crujiéndose los nudillos con una sucesiónd e fuertes chasquidos.

— Y para lo que no puedan manejar las guarniciones locales, estamos nosotros para sacar la basura.

Unos pasos más adelante, el mink se giró hacia Bertram. Abriendo mucho los ojos, contempló la factura del sable, así como el buen temple de la hoja. Acto seguido, se colocó los guantes, y tras flexionar los dedos, hizo un pequeño agujero en el centro del cuero que recubría la palma, de tal manera que sus insectos pudiesen salir de su cuerpo sin problemas.

— Vaya, es un regalo estupendo, compañero, y además seguro que me será muy útil en el futuro. Gracias

Tras ajustar también la segunda vaina a su otro costado, Kibai observó de nuevo a su alrededor y colocando las manos por dentro de su capa, aprovechó para liberar medio centenar de sus avispas, las cuales, como ya tenían por costumbre, fueron dispersándose a su alrededor discretamente, adoptando la familiar formación de tela de araña alrededor de la División 60.

Curioso por las campanadas que sonaban en la dirección en la que estaban caminando, Kibai terminó de desplegar su particular red de observación y se dirigió hacia allí, prestando especial atención a las palabras que el viento traía entremezcladas con los agudos tañidos.

Bolsa de Trucos
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#5
Los tres marines intercambiaron unas pocas palabras, entre preocupaciones y observaciones, mientras avanzan por la calle principal. Después, cada uno tomo se enfocó en aquello que más le atraía. En el caso de Stroud fue su curiosidad; aquella duda que les había expresado a sus compañeros exigía respuesta misma que buscaba conseguir de aquellos hombres que se encontraban cerca de la taberna. Para Bertram lo más importante era ayudar a aquel anciano del trineo a pesar de no pedir ayuda pues el marine pelirrojo era alguien que actuaba noblemente sin importar que se lo pidieran o que le evaluaran. Kibai por su parte se mostró primero precavido, desplegando una red de avispas, y luego curioso siendo atraído hacia el centro de la calle donde las campanadas siguen sonando, atrayendo a más y más gente.
 
Stroud no tarda demasiado en descubrir que los tres hombres apostados frente a la taberna llevan bebiendo desde el día anterior pues la borrachera les delata en su postura, su aroma, su voz y la forma en que arrastran las palabras al hablar. Tras formular su pregunta los tres hombres echan a reír como desquiciados, como si lo que hubiese preguntado Stroud fuera el remate de un chiste perfectamente contado. El más alto de los tres, un hombre de complexión robusta con una cicatriz en la barbilla y el gorro de lana torcido sobre la oreja derecha, es quien le responde primero con una carcajada lenta y condescendiente – “¿y tu quien mierdas eres? niño bonito” – arrastra las palabras con la lengua pastosa, su aliento cargado de alcohol barato – “búscate la vida tú solito.” – los tres empujan la puerta de la taberna y desaparecen dentro sin mirar atrás. Si el marine busca conseguir información, le urgen dotes de amabilidad y mostrarse más alegre para ganarse la confianza de unos extraños que, además, para su infortunio, van más borrachos que una cuba.
 
Mientras tanto, cincuenta metros más al sur, Bertram empuja el trineo cargado de leña junto a un anciano de espalda encorvada y manos curtidas que lo ha mirado de reojo un par de segundos antes de aceptar la ayuda con un asentimiento tranquilo y un – “gracias” – con voz cansada por el arduo trabajo. El trineo avanza con más facilidad ahora hacia la herrería, cuya chimenea humea a unos treinta metros por delante de los dos. El anciano escucha la pregunta de Bertram con calma y al responder lo hace con voz grave y pausada – “Lo raro no se ve, se escucha” – dice de forma críptica, y sin más preámbulo rebusca en el bolsillo de su abrigo y pone en la mano del marine un caramelo de menta envuelto en papel encerado y dice – “gracias” – nuevamente antes de empujar la puerta de la herrería y desaparecer dentro con el trineo. El marine no llega a percibir nada raro en las acciones del anciano ni en lo que esta ocurriendo en la herrería, pero se queda con un sabroso caramelo de menta como pago por su ayuda. Quizás la gente del Reino Sakura le respetarían mas si fuera montado en su mascota oriunda de este país, pero ese escenario lo ha cortado de raíz tras dejarle dentro del Royal Quiver anclado al puerto de Drum.
 
Kibai, por su parte, no avanza tan discretamente como hubiera podido desear. Las avispas que ha liberado a su alrededor son cincuenta razones de peso para que los habitantes del Reino Sakura, acostumbrados a un invierno que mata cualquier insecto antes de que pueda verse, decidan que hay sitios mejores donde estar. Los niños son los primeros en apartarse, luego los adultos, ambos alejándose del zumbido inquietante de aquellas criaturas terroríficas para los ojos de los habitantes de este pueblo. El pasillo que se abre espontáneamente a ambos lados del mink leopardo lo conduce directamente hasta el borde de los veinte civiles congregados alrededor del hombre de la campana en el centro exacto de la calle quienes al ver llegar a las avispas cubriendo 19 metros de distancia en formación de tela siguiendo al Mink escapan despavoridos de la zona. El hombre de la campana está de espaldas a Kibai, completamente envuelto en un abrigo de pieles oscuras que le cubre desde los hombros hasta los tobillos y cuya capucha deja ver poco más que la mandíbula mientras agita la campana con la mano derecha exclamando – “No se vayan ¡Por favor! Necesito su ayuda para lidiar con las hordas de animales salvajes y llevar los suministros hasta el castillo” – sin embargo, rápidamente se queda solo, aun de espaldas a Kibai, sin entender por que la gente ha huido tan rápidamente de la zona. Al darse la vuelta entiende el motivo y, enojado, se dirige a Kibai diciendo – “¿pero que crees que estas haciendo idiota? Trayendo un enjambre de avispas a tus espaldas. Ahora nunca podré hacer llegar mis suministros vitales al castillo.” – termina con voz de urgencia mientras señala por encima de los Drum Rockies hacia donde se encuentra el castillo del reino.
 

 
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#6
Stroud no tardó en percatarse, tal y como se había hecho patente, de que la División había actuado en reseñable descoordinación; en cuestión de unos pocos segundos, mientras él aún se dirigía hacia el sórdido tugurio para interrogar a aquellos parroquianos en evidente estado de ebriedad, tanto como Kibai como Bertram habían optado por disperarse, yendo cada uno a hacer quién sabía qué. No era el tipo de situación de riesgo que requiriese de vigilancia constante, pero sí era el tipo de encaramiento que podía ponerse tenso en cuestión de un instante. Una mala palabra, un mal gesto, y sería necesario intervenir. Por eso les había hecho aquel gesto, sutil pero explícito; no podía permitirse tal error en la cohesión del grupo, que en un contexto distinto podría haber supuesto un precio mayor.

Le costó no torcer el gesto cuando olió el aroma agrio de quien lleva horas y horas prácticamente empapado en licor barato. No era un olor nuevo, pero era tan repugnante como de costumbre. No sonrió cuando los hombres se echaron a reír. No era el sociable o la cara amable de la División, ni pretendía serlo. Hacía mucho que había descartado aquella opción. Los borrachos entraron de nuevo en la taberna, algo que el Marine se tomó más como una retirada encubierta que otra cosa. Se planteó qué hacer; no sería difícil entrar en aquel lugar y hacerlos hablar por las malas, ya que tenían ganas de jugar. Si optaba por seguirles el juego, aquello no terminaría bien para uno de los dos. Normalmente, no hubiese tolerado que un despojo como aquel, civil o no, se dirigiese de aquella manera a él, ni a ningún otro agente de la Marina. Sin embargo, había cosas más acuciantes, como reunirse con los miembros de su división. Dio media vuelta, prefiriendo dejar aquello para otra ocasión en la que se sintiese con más paciencia. Tal vez mereciese la pena volver luego.

Observó a su alrededor, buscando con la mirada al mink y al pelirrojo. Uno parecía estar escuchando las proclamas de un hombre con una campana, y el otro parecía estar ocupado charlando con el tipo del trineo. Abandonó, por el momento, la zona exterior de la taberna, pasando del suelo de madera al empedrado cubierto por la nieve. Caminó hasta el Mink, a medida que el resto de la muchedumbre parecía alejarse de él (no era difícil adivinar el motivo), y escuchó las últimas palabras del hombre. Hizo un gesto a Bertram, desde lejos, para que se acercase también, si no estaba ya de camino, a menos que prefiriese quedarse a disfrutar de la compañía del tipo del trineo. "Cálmese, no le van a hacer daño. Son avispas oficiales. ¿Qué suministros necesita llevar hasta el castillo? ¿Quién es usted?," inquirió, situándose junto a Kibai y frente al hombre, y escuchando lo que tuviese que decir. Su tono hacía evidente que esperaba recibir respuestas, y a no mucho tardar.

Esperó a que el hombre se explicase, manos tras la espalda, espalda inquebrantablemente recta, sus ojos grises clavados en el tipo de la campana. Quería hablar tranquilamente con Kibai y Bertram, pero no era el tipo de cuestión que debiese tratarse frente a civiles. Si el hombre necesitaba ayuda, y la guardia real del Reino no estaba disponible, aquel podría ser el tipo de cuestión con la que los Marines estuviesen dispuestos a echar un cable durante su estancia en la isla. La Justicia encarnada en la Marina no solo debía estar presente en cada isla, sino que debía aparentarlo. Los ciudadanos debían ser conscientes de que la Marina velaba por ellos, estuviesen donde estuviesen.



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#7
El joven arquero entiende que dependiendo de la situación separarse de forma tan descoordinada como lo hicieron ahora podría ser letal, sin embargo a ojos  del contramaestre, los tres sujetos en la taberna no están en un lugar que de indicios de que sepan algo de valor, además en el momento que vio al hombre mayor empujando un trineo sin ayuda no pudo evitar ir a ayudarle, siendo su mayor impulso como marine ayudar a quien lo necesite, sin importarle si le están viendo, evaluando o juzgando, se niega a dejar que las decisiones de otros y sus valores se interpongan en su forma de ser y le quiten la razón por la que ha decidido seguir el camino de la justicia y no el de la venganza. El joven arquero no necesita que le pidan ayuda para actuar, si ve alguien que necesita ayuda lo ayudará sin dudar, ni esperar recompensas o alabanzas, para él la verdadera ayuda viene de actos genuinamente altruistas, no de alguien que espera reconocimiento o recompensa.

El joven arquero empuja el trineo aligerando el paso del anciano y el hombre le agradece con un tranquilo asentimiento y un simple y suave gracias, siendo que para el arquero eso es más que suficiente agradecimiento. Normalmente hubiera ido junto a Stroud o Kibai, mantener la formación es importante, pero en algunas ocasiones, el separarse dentro de un rango limitado para recabar información podría ser más crucial. Algunas veces los borrachos delante de una taberna son quienes logran dar la información buscada, pero es complicado lograr que hablen y el alcohol no hace muy fiables los recuerdos. Otras veces, ayudar a la gente sin esperar nada a cambio e interesarte por el lugar y no por simple información es la mejor manera de informarse, más aún si hablas de un tema en común con la persona, por ejemplo de cocina con el dueño de un restaurante o de artesanía con un herrero. El joven marine termina de empujar el trineo hasta la puerta de la herrería, tras escuchar unas palabras de lo más curiosas por parte del anciano, mencionando que lo raro no se ve, se escucha. Bertram no lo entiende del todo, pero como antiguo cazador hay algo que intuye puede estar relacionado y es que muchas veces uno debe dejar de lado el sentido de la vista y pararse a escuchar el entorno para descubrir la verdad, en la caza a veces localizas las presas por sonido más que por vista. El hombre le entrega un caramelo al marine que con una sonrisa amable, y tras escucharle volver a agradecerle dice

-Garacias a usted, sir.-

Una vez el anciano se adentra en la herrería el arquero se lleva el caramelo a la boca, reajusta el arco a su espalda y adopta una postura más erguida con la espalda más recta, reajustando su columna para empezar a buscar con sus ojos, siempre atentos, a sus compañeros de división, y recordando lo que dijo el anciano, también agudiza el oído para estar atento a cualquier sonido extraño y peculiar, aunque por ejemplo va a resultar complicado poder guiarse de pisadas con la nieve. El joven arquero y artesano de la división 60 camina con cuidado, tomando la nieve de la misma manera que tomaba el barro y las zonas fangosas, donde un mal paso podía provocar una caída en un lugar podo recomendable, y dependiendo de la situación, sería como una muerte segura. Los ojos del arquero dan primero con Stroud, quien parece no haber tenido mucha suerte con los borrachos por lo que empieza a caminar hacia él y rumbo a Kibai, quien agradeció sinceramente los regalos, pero es lo menos que el joven arquero puede hacer para apoyar a sus compañeros, darles nuevas armas y facilitarles un poco futuros enfrentamientos. Los ojos del pelirrojo ven como la gente se aleja de Kibai, aunque teniendo en cuenta la isla donde están el propio arquero tiene sus sospechas del motivo, pero no dirá nada al respecto.

Los pasos del contramaestre son calmados y seguros, a la vez que firmes para evitar resbalarse y caerse sobre su arma rompiéndola. El mink parecía haberse acercado al hombre que agitaba la campana, por lo que allí es donde parece que se reunirán todos los marines. Bertram se acerca rascándose tras la cabeza mientras observa el gesto de Stroud indicando que se acerque, y llega justo para escuchar las palabras del comandante hacia el hombre, y mantiene la mirada en el hombre, pero sus oídos los destina a escuchar no solo lo que diga el hombre, pero procura fijarse en el tono, posibles variaciones en sus palabras que puedan indicar intenciones ocultas o lo que realmente siente en el momento, además de no descuidar el entorno, manteniendo parte de su atención en ruidos cercanos y posibles voces, aunque su audición no es demasiado potente si se concentra puede que logre captar algo. El arquero observa a sus compañeros, y al hombre delante, al parecer parece preocupado por algo, pero Bertram no llegó a tiempo de escucharlo todo, solo que parece necesitar llevar suministros al castillo, pero deberían tener preparada alguna forma de lidiar con estos problemas teniendo en cuenta que el castillo está en lo alto de las montañas y que habiendo animales salvajes alrededor de las montañas sobre las que se encuentra el castillo, cualquiera habría pensado en medidas preventivas y de actuación en caso de emergencia.

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#8
Betrug, que así dice llamarse el hombre de la campana, responde a las preguntas de Stroud con el hastío de quien lleva días intentando conseguir voluntarios sin demasiado éxito, pues su propuesta de escoltar un cargamento de suministros hasta el Castillo de Drum choca siempre con el mismo problema. El camino que asciende por Drum Rockies lleva semanas bloqueado por varias manadas de animales salvajes que han bajado de las cumbres y que convierten el trayecto en algo imposible para cualquier grupo sin la capacidad de hacerles frente. Stroud y Kibai se encuentran a unos dos metros de Betrug en el centro exacto de la calle principal, con Bertram caminando desde el sur a cincuenta metros de distancia, lo suficientemente lejos para no poder escuchar las palabras del hombre – “El castillo lleva semanas sin recibir suministros y si no llegan pronto las consecuencias serán irreversibles, necesito gente capaz de abrirse paso por Drum Rockies y no encuentro a nadie en este maldito pueblo que se atreva.” – dice mirando a Stroud directamente a los ojos y percatándose de la inmovilidad de Kibai. Las palabras de Stroud sobre las avispas oficiales reciben de Betrug una mirada corta y sin demasiada impresión, pues un hombre que opera en territorio donde el ejército real tiene la última palabra y no la marina tiene pocos motivos para dejarse intimidar por títulos institucionales.
 
Sin embargo, los tres son interrumpidos por treinta civiles que un rato antes formaban parte del paisaje cotidiano de la calle principal y que han decidido, antorchas y lámparas de aceite en mano, que las avispas de Kibai son algo que no pueden seguir ignorando por ser tan antinatural. Luego de escapar otrora diez minutos atrás, ahora avanzan desde el norte en un frente compacto de ocho metros de ancho cubriendo los ocho metros de la calle principal de extremo a extremo, a una distancia inicial de veinte metros respecto a Kibai y por ende a unos veintitrés metros de Stroud, gritando – “¡Quemen a esas abominaciones!” – y – “¡Son esos bichos o nosotros!” – entre otras incoherencias que el miedo les hace vociferar mientras las antorchas iluminan sus rostros con una luz anaranjada que contrasta con la blancura de la nieve. Si el mink leopardo busca evitar que la mañana en el Reino Sakura tome un rumbo considerablemente más violento de lo previsto, le conviene tomar una decisión antes de que esa marabunta de gente comience a generar destrozos.
 
Betram termina por acortar la distancia quedando tres metros por detrás de Stroud, y por lo tanto 6 por detrás de Kibai, cuando nota un tirón en la manga de su abrigo el cual proviene de una niña de unos ocho años con un gorro de lana que le queda claramente grande y los ojos enrojecidos de quien lleva un buen rato llorando en silencio antes de armarse de valor para acercarse al marine pelirrojo que, a diferencia de los otros dos, fue el único que ayudó al anciano del trineo sin que nadie se lo pidiera. La niña se encuentra a apenas medio metro de Bertram cuando sin levantar la vista del suelo extiende hacia él una mano pequeña que sostiene un caramelo de menta envuelto en papel encerado y le dice en voz muy baja – “señor marine, mi mamá no se levanta de la cama desde hace tres días y no sé qué hacer, por favor ayúdeme, le prometo que le pagaré bien, tengo más caramelos en casa” – antes de apretar los labios con fuerza decidida a no llorar.
 
Los tres marines se encuentran en una encrucijada de decisiones las cuales, para bien o para mal, cambiaran el curso de los acontecimientos del día.
 

 
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Horda

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#9
Stroud escuchó la explicación del tal Betrug, no pudiendo evitar arquear una ceja. Lo que solicita responde a una cierta lógica, innegablemente: una serie de animales salvajes complican la subida de suministros desde las zonas bajas de la isla hasta el propio castillo. Hasta ahí, todo tenía pleno sentido. Sin embargo, ¿cómo era posible que nadie se hubiese ofrecido? Drum debía de tener guerreros más que capaces de abrir una ruta ante un puñado de alimañas silvestres. ¿Y qué había del ejército de Drum? "Creo que es algo con lo que podríamos lidiar, pero tengo algunas preg...," Fue a preguntar por sus inquietudes, pero una multitud indignada parecía haberse comenzado a arremolinarse. Una treintena de civiles, ni más ni menos.

Los ojos grises de Stroud observaron la situación, comenzando a medir distancias y a hacer cálculos, como tendía a hacer, de forma casi involuntaria, cada vez que una situación como aquella se presentaba. Se volvía indispensable para el Marine el control del espacio, la capacidad de asegurar las distancias y de mantener a la multitud bajo cierto control. Bloqueaban la calle en cuestión, exigiendo la quema de los insectos de Kibai. Stroud suspiró. No se les podía quitar la razón; Kibai traía consigo lo que, a ojos de cualquiera que no estuviese familiarizado con sus poderes, era toda una plaga, y más en un lugar como Drum, en que el frío habría evitado tradicionalmente que proliferasen los insectos. Aquella gente rara vez habría visto una mosca en su vida, por lo que el choque debía de ser, como mínimo, asombroso. A unos metros a su espalda, una niña parecía haberse aproximado hasta Bertram para pedirle algo, susurrándole. Su cerebro bloqueó aquella información, y deliberadamente evitó procesar lo que fuese que estuviese diciendo la niña; no era relevante en aquel momento. En aquel instante, una multitud de decisiones se enmarañaban en su mente, a medida que nuevas prioridades aparecían y se reorganizaban conforme los mecanismos de su cerebro giraban con pesadez. Por hostil que resultase la situación, no era algo que debiese pillar completamente por sorpresa a ningún Marine; las muchedumbres son peligrosas, y una muchedumbre indignada se calienta mucho más rápido que un individuo indignado. Se pierde la perspectiva. La gente se envalentona, y los acontecimientos se precipitan. Lidiar con multitudes, si bien lejos de su especialidad, no era un tema que le resultase completamente desconocido. Había que reconducir la situación antes de que se fuese de madre.

Era fundamental que tomase el control antes de que cualquiera, de un lado o de otro, tomase otra decisión estúpida. Se adelantó unos pasos, situándose delante de Kibai y poniéndose de cara ante la muchedumbre. Hizo un gesto a Kibai, dándole a entender que guardase sus dichosos insectos, con ánimos de apaciguar. A continuación, se dirigió a la multitud, mostrándoles las palmas de sus manos enguantadas en un gesto de afán pacificador. Su lenguaje corporal era sereno, pero firme y marcial, como de costumbre. Buscaba imponer su presencia física, interponiéndose entre ambos bandos. "Señoras y señores, tranquilícense. Soy el comandante Stroud Redgrave de la Marina, capitán de la División 60. Estamos aquí de misión. Nadie va a quemar nada," dijo. No era estrictamente cierto que estuviesen allí de misión, realmente, pero en términos prácticos poco importaba; sí que estaban, de forma estrictamente cierta, de servicio. Lo fundamental era reflejar que no estaban hablando con civiles cualesquiera. Por mucho que dispusiese de su propia guardia, Drum no dejaba de ser un reino al amparo del Gobierno Mundial y, por ende, de la Marina. Lo primero era la demostración de autoridad y calmar los ánimos. "Estamos aquí para ayudar," afirmó, su voz monótona, tranquila y firme, pero alta en volumen, proyectada hacia la multitud. "Los insectos están con nosotros, no harán daño a nadie. Mi compañero los hará desaparecer y no tendrán de qué preocuparse," dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia el mink. "Pueden disperarse. Si hay alguna cuestión con la que necesiten ayuda, acérquense al Contramaestre Gaufrid, al soldado Kibai o a mí mismo, y veamos qué se puede hacer. Vayan uno por uno."

La estructura en la forma en que Stroud se dirigió a la multitud era evidente: primero, pacificación bajo la amenaza implícita de la represión física; la Marina demandaba calma, pero podía exigirla bajo amenaza si así lo requería la situación. Era una forma de no escalar el asunto. Lo siguiente era dar una solución: las avispas eran inofensivas, pero, además, desaparecerían (o, al menos, desaparecerían en cuanto a ellos concernía) para no causar problemas. Y, finalmente, Stroud finiquitaba la cuestión ofreciendo la ayuda de la institución para quien lo requiriese. Determinar que lo hiciesen uno por uno no fue un capricho dialéctico, sino, más bien, una forma de desviar inconscientemente la atención del grupo hacia cómo debían pedir ayuda si la querían, dando por hecho que no pacificarse bajo la autoridad de la Marina estaba ya fuera de la cuestión. Una sutil jugada psicológica. Se reajustó correctamente la gorra de la Marina, ciñéndose la visera adecuadamente, y observó a la multitud, esperando a ver cómo reaccionaban, mientras volvía a colocarse las manos tras la espalda, sin moverse del sitio. Suspiró, una fuerte voluta de vaho saliendo de sus fosas nasales.



Off
#10
“¡Quemen a esas abominaciones!”  “¡Son esos bichos o nosotros!”

Aquella palabras a espaldas de Kibai, unido al olor del humo que inundó sus fosas nasales en el momento que las mechas prendieron, fue suficiente para hacer que sus colmillos asomasens mientras el hombre le relataba sus necesidades acerca de un equipo que llevase sus provisiones al castillo.

— Creo que podremos echarle una mano con ese asunto, amigo. Al fin y al cabo, somos la Marina, estamos aquí para servir a los ciudadanos en todo lo que nos necesiten. No obstante, le pediría que aguardase un segundo, tengo algo importante de lo que ocuparme.

Cuando se giró hacia la multitud, Kibai no pudo sino sorprenderse ante la gran multitud que habían convocado sus avispas al salir de su cuerpo. Aquella respuesta era casi fanática. Sin embargo, viendo sus caras más asustadas que furiosas, refrenó su impulso inicial de dejar treinta cuerpos inconscientes durmiendo una siesta reparadora en las calles empedradas.

Casi al unísono, Stroud, que se había posicionado por delante de él, extendió las manos a ambos la dos en una postura pacificadora, informando a la muchedumbre de su identidad y de la presencia de la División 60, asegurando que np había ningún peligro.

Aún sin tener todas consigo, Kibai alzó la mano y chasqueó tres veces los dedos. Las avispas que seguían en el cielo a diecinueve metros a la redonda captaron la señal, dirigiendose de nuevo hacia su señor. Con un suave zumbido, fueron colándose por sus mangas, disimulándose en el amarillo y negro de su propio pelaje, hasta llegar a su posición habitual cuando ya habían surgido de su cuerpo y no estaban de patrulla: camuflándose en el forro de pelo de la capa del mink, asi como en el kanji de Justicia pintado en grandes caracteres negros que cubría toda la parte trasera de la prenda blanca.

— Parece que esta gente tiene los animos muy soliviantados, señor... — susurró a Stroud. — Mis disculpas, creo que llevamos demasiado tiempo en Little Garden, me he acostumbrado a soltar a nuestra red de vigilancia por defecto en cuanto entramos en una zona con angulos muertos. Le aseguro que no volverá a ocurrir.

Alzando de nuevo su mano derecha, Kibai esbozó la sonrisa más inocente que pudo a la vez que saludaba a la multitud que tenía enfrente.

— Lo siento amigos, les aseguro que no tienen nada de lo que preocuparse. Mis guardianas solamente persiguen a los malhechores, los criminales y los piratas. Nunca han hecho daño a ningún humano ni animal pacífico. Pueden estar tranquilos con ello.

Tras rematar su saludo, Kibai se colocó en posición de firmes durante un instante a la derecha de Stroud, antes de girarse de nuevo hacia el hombre que les había solicitado su ayuda para llevar los suministros al castillo, aunque su oido permanecía atento a si la multitud se acercaba más, y sus manos, aparentemente posadas de manera distraída sobre los pomos de Raimei y Arashi, estaban listas para desenvainar el acero. En estos momentos lamentaba no tener consigo el bokken que había empleado contra Moja en su entrenamiento, ya que si la multitud no lograba tranquilizarse y les atacaban, el mink no tenía ninguna intención de causarles daños serios.

— Bien amigo, por dónde iba... Esa ruta por los Drum Rookies, cómo de larga es? Tiene algún tipo de mapa de la región para poder estudiar el camino y elegir el mejor curso de acción?. Y lo más importante, por qué nadie de este pueblo se atreve a hacerlo? Si la tarea es llevar suministros al castillo, y más con urgencia, no dudo que la recompensa que pueda ofrecer a esta gente será cuantiosa, como poco. Y aún así no hay nadie que ose intentar una tarea tan aparentemente baladí?

Los ojos del mink se entrecerraron, estudiando cuidadosamente el rostro del hombre.

— Quizás es porque la ruta no es precisamente un camino de rosas, no es así? Cuénteme, se trata de una razónd ela propia ruta o de los peligros de atañe? Es un problema de la fauna local, o acaso de una naturaleza más.... humana?

El mink se tomó el lujo de remarcar brevemente el concepto de humano en su frase final, mientras aguardaba a que aquel hombre les diese las respuestas sobre la tarea que pretendía que realizasen. A su espalda, el suave zumbido de un par de sus avispas entre el pelo del cuello de su capa le informaba que, por el momento no se había iniciado un ataque.
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La Caja de Pandora
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