Nutshell | Privado [Pasado]
#1
Día 62, Verano. Año 17. Dunas Shura.

Hora: 16:55.

Los días pasaban rápido cuando centraba su mente en objetivos concretos, a corto plazo. Shin había adoptado una rutina tan sagrada que caían memorias de su antigua vida, creciendo en el Reino de Sorbet, sus únicas preocupaciones pasaron a ser entrenar, mantener su Den Den Mushi cerca, listo para recibir alertas sobre misiones o cualquier contacto de marines con un rango superior, y repetir.

Seguía siendo el mismo de siempre, sí, lleno de carisma y una despreocupación que le otorgaba la apariencia de alguien completamente seguro, pero en el fondo de su corazón, donde le permitía habitar a las emociones intrusivas, sabía que durante la última misión asignada no había sido suficiente. Ser vencido por aquel teniente de la marina, un wotan, no es que destruyó su ego, eso era algo imposible, pero le demostró que estaba equivocado al confiar ciegamente en una fortaleza sin pulir, sin cuidar hasta el más mínimo detalle, desde donde se sentiría en completo control de cada variable posible.

Y falló. Si dependía de él, todos estarían muertos. No podía volver a permitirlo.

Desde que se recuperó, con un recambio de uniforme gracias a los marines de Matsuri y se preparaba para avanzar a la siguiente isla junto con la División Setentaicinco, no dejó de entrenar. Mañana, mediodía, tarde y noche, repitiendo el proceso en el mismo lugar de siempre, cercano a la costa donde el Tempestad había sido destruido por el asombroso viaje del que sus compañeros hicieron gala tras haber sobrevivido. Entendió entonces que a eso se refería la Himari de su cabeza, si pudieron atravesar el famoso Reverse Mountain eran dignos de su confianza, aunque no por ello iba a dejar de preocuparse, o evitar ponerse al frente en primer lugar, antes de que los peligros pudiesen llegar a cualquiera de sus cuatro aliados.

En el transcurso de los días, le informaron de su primer ascenso, uno que lo convertía en el superior de todos y por ende, líder provisional a nivel oficial de la división. Pasar de Soldado Raso a Sargento no fue un mérito que recibió con demasiada ilusión, pero ahí estaba la pequeña condecoración, insignificante si se trataba de llenar el vacío que su derrota aún le mantenía en el pecho. Seguía por inercia, con el mínimo esfuerzo posible desde lo mental, y aún rindiendo al máximo físicamente.

Como una cáscara de nuez, increíblemente fuerte cuando se trata de intentar romperla, pero desmoronándose por completo ante la primera grieta.

Esa ocasión no sería diferente. Shin no tenía demasiadas órdenes que dar en una isla prácticamente inhabitada, en donde los lugareños intentaban no salir para evitar cruzarse a nómadas o bestias salvajes y carroñeras, a pesar de que había acumulado los trofeos de algunos monstruos que intentaron acecharlo, derrotados con suma facilidad. Se mantenía en constante comunicación con el resto y estaba más que disponible a cualquier tipo de coordinación de emergencia, con su velocidad podía llegar a casi cualquier punto de la isla en tiempos absurdos, por eso mayormente estaba tranquilo, permitiéndole al grupo existir al menos un rato sin presiones de ningún tipo. A veces la mejor guía, es no dar ninguna.

Hasegawa se mantuvo entrenando, y adquirió el gusto a recoger trozos amplios de madera del Tempestad para probar sus habilidades de precisión, en la última tanda de la tarde preparó un amplio montículo de la susodicha, casi que armando un pequeño muro de dos metros y algunos tantos de ancho muy visibles desde la distancia, y lo hizo para seguir ejercitando el poder de su fruta entrada la noche, aunque tras una ducha se sintió renovado y así decidió volver tres horas antes de lo que le tocaba, con el sol en sus últimos momentos de vida, sin apresurarse a ocultarse, quedando ese mismo tiempo que adelantó su sesión.

A penas y empezaba, acomodando sus cosas en un lateral, luciendo super fresco y vistiendo un atuendo casual, con prendas que lo protegían del sol y la arena, de momento el calor no lo presionaba, aún sentía el frescor de la ducha. Decidió quedarse únicamente con la camiseta ajustada negra y los pantalones holgados blancos, siendo el preciso instante donde estaba por empezar, con los rayos solares enmarcando su silueta y la madera a unos pocos metros de donde estaba. Pero una voz conocida, a su espalda, le hizo abrir los ojos con sorpresa, ubicado exactamente frente al pilar.

No escuchó el momento en que apareció, no lo sintió vía olfato, la destreza de aquel hombre fue total, desplazándose en sigilo como le habían enseñado al propio Shin, un estilo que abandonó con el tiempo.

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—Mira cuánto has crecido, hijo.

Su voz rompió el aparente momento de paz y soledad que transitaba el menor de los Hasegawa presentes. Incluso sin darse la vuelta, los párpados del albino se abrieron en completo estado de shock. Al escuchar esa voz su primer impulso fue ponerse recto y prepararse para acatar órdenes, como lo hizo durante todos los años de su vida hasta abandonar Sorbet, pero por primera vez desde entonces consiguió resistir, dibujando una sonrisa en su rostro cuando por fin reunió las fuerzas para darse la vuelta y ver a la cara a ese hombre. A su padre. Un orgulloso marine de los tantos pertenecientes al clan, aunque no vestía su uniforme protocolar.

—No me fastidies... casi no te reconozco con esos ropajes. —simuló su shock bastante bien considerando lo mucho que le sorprendió la presencia de aquel sujeto. Descartó rápidamente la idea de qué hacía en el Grand Line porque se enteró que los Cabos Gemelos estaban abiertos hace tiempo, pero sí que le intrigó la presencia de un hombre como Ichiro yendo a buscarlo. La gente como él odiaba los reencuentros felices sin motivos de peso en mitad del cariño. —Ahórrate el sermón y dime qué haces aquí. No tengo tiempo que perder. —como muestra de su prisa, observó al montículo de madera bastante amplio a espaldas del contrario, y luego lo observó a los ojos nuevamente.

—Ah, así que sigues con esos modales tan pobres. Pensé que sería bien recibido, con una reverencia y preguntas sobre tu madre. —solemne, se mantuvo estático, sin evadir el contacto visual. Rápidamente fue interrumpido antes de seguir hablando.

—Recorta el relleno, ya nos conocemos, viejo. —con su rebeldía natural, la desgana externa que siempre enfatiza y una sonrisa orgullosa y presumida, se impone en la conversación. La única respuesta a semejante provocación que recibe por parte de su padre es un suspiro profundo, pareciendo silenciar pensamientos intrusivos que buscaban carcomerlo.

—Bien. Al parecer, será la única forma de comunicarme contigo. —sentencia, negando con la cabeza antes de retomar un contacto visual firme. —Pero perdiste tu oportunidad de hacer preguntas. —el menor de los presentes arrugó la nariz durante un instante fugaz, gesto casi imperceptible.

—Me enteré de tu ascenso reciente. También de lo que pasaste en Kutsukku. Es una pena que abandonaras el arte de la espada, invertimos recursos y tiempo en enseñártelo, ibas a llevar el estilo del clan Hasegawa a lo más alto. —antes de ser interrumpido nuevamente, alza la mano. Ese sólo gesto enmudece el suficiente tiempo a Shin para que Ichiro siga su discurso. —Pero he decidido perdonarte, al final, sin importar cómo avances, lo harás con nuestro apellido. —la firmeza no tambalea.

—No obstante... considérate en deuda con el clan. Con ambos clanes, los Hiroshi sienten que rebajaron su honor por nada al colocarte nuestro apellido en vez de el de ellos, y como soy un buen padre, he decidido solucionarte ese problema antes de que comience a afectarte. —entonces baja la mano, entendiendo que tiene la atención de su hijo. —Vas a casarte. Está todo arreglado, tu esposa será Hiroshi Sakura, la segunda hija del segundo matrimonio entre los clanes Hasegawa y Hiroshi. Entiende que de esta decisión depende la estabilidad de ambas familias, y que por ende, no puedes negarte. —ambas manos del hombre se cerraron, transformándose en puños.

El suspenso corrompió por completo la paz del silencio. El rostro de Shin mostraba una sorpresa bastante clara, su cuerpo empezaba a emitir calor y creía estar a punto de perder el control, sin embargo, cortó todo de raíz y se dio la vuelta, dispuesto a seguir entrenando, colocando una sonrisa que le devolvía el manejo total de sus emociones y con la respuesta infinitamente clara.

—Olvídalo. Dejé tus políticas de mierda hace mucho tiempo. —las palabras fueron seguidas de una brisa desconcertante, el viento silbaba rellenando el silencio que ninguno de los dos rompía. Era una tensión tan fina, que entre el espacio que los separaba no cabía ni siquiera un suspiro, pero Ichiro no tardó mucho más en mostrar su templanza, aflojando los puños y retomando el control absoluto de sus emociones. Conocía el punto débil de Shin, cómo borrarle la sonrisa de un plumazo, y estaba dispuesto a concertar el matrimonio, incluso si se llevaba por delante el ego e individualidad de su primogénito.

—¿Sabes...? —el menor de los Hasegawa no tenía interés en seguir escuchando, realmente iba a prepararse para seguir entrenando, al menos hasta que cierta combinación de palabras llegaron a sus oídos. —Tu novia, ¿cómo se llamaba esa chica...? —el albino abrió los ojos como platos, sus respiración se cortó de golpe, y los dedos le temblaron en estado de alerta. —Himari. —hacía tiempo que no escuchaba ese nombre en los labios de otra persona. Ese único sonido fue suficiente para ahogarlo, dejarlo a completa merced de las palabras contrarias. —Pasaron varios años ya. Deberías plantearte el superarlo. —exhaló aire, pesaba más que cualquier otra bocanada que haya tomado antes —Fuiste una deshonra por eso, y ahora que pareces tener una carrera prometedora tu nombre se está limpiando. Esta es una buena oportunidad. —un pitido comenzó a sonar en la cabeza de Shin.

No lo escuchaba con claridad. Cerró ambos puños, sus pies permanecían inquietos en el suelo, como si hablara el instinto, forzándolo a atacar, pero contenía los impulsos. Ya no era respeto, sino, miedo, de lo que podía hacerle si seguía por esa línea. —Comienzo a creer que lo mejor que nos pudo haber pasado, es que esa esclava muriese. —en ese preciso instante, decidió que tuvo suficiente. Volteó su rostro, la mirada cerúlea del albino brillaba con fuerza, e hizo contacto visual directo.

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—Repite eso.

Los segundos se contaron con una lentitud desgarradora.

—La esclava. Está mejor mue-

Pero no pudo seguir hablando.

Un destello súbito, completamente dorado, apareció alrededor del marine, absorbiéndose hacia adentro. El efecto visual fue tan repentino que pareció desaparecer por un error del espacio, pero ninguno de los presentes llegaría a percibir lo que realmente sucedió. La velocidad fue tan alta que jugaba en otra liga, volteándose y recortando la distancia que lo separaba de Ichiro en menos que milésimas, dirigiendo un puñetazo en vuelto en luz a la altura de su pecho, al menos siendo lo último que vería aquel hombre, pues la trayectoria real de ese movimiento inició frente al rostro perplejo del mayor.

De la nada, el montículo de madera a espaldas del contrario implosionó, como si un borrador omnipresente le hubiese caído encima. La diferencia, es que múltiples rayos de luz salieron disparados hacia todos lados en un radio de cinco metros, perfectamente calculados para no dañar a su progenitor, lo cual no evitó que a su rostro, lleno de una especie de miedo extraño, desconocimiento absoluto sobre el alcance de las velocidades actuales de Shin, se le añadiera un corte preciso y superficial en la mejilla de su lado derecho, haciéndolo sangrar muy levemente. El marine mantuvo la pose, y notando que el objetivo preparado con antelación había sido borrado con una explosión tan feroz, no pudo hacer otra cosa más que sonreír, sintiendo a su cuerpo descargarse completamente de la tensión, y que la expresión de su padre fue suficiente pago por aquella falta de respeto.

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—Muchas cosas cambiaron desde entonces, viejo. Podría matarte si no cuidas esa lengua.

Tras sus palabras, el brillo comenzó a descender, hasta su eventual desaparición. El menor de los Hasegawa asentó una sonrisa levemente más pequeña en sus labios, y decidió darle la espalda de manera definitiva, no quería volver a ver ese rostro. Por su parte, Ichiro no podía dejarlo ahí, en un intento vago por retomar un dominio emocional perfecto, volvió a abrir la boca —Te has vuelto fuerte, hijo. —titubeó, pero finalizó la frase, y aunque Shin se detuvo, no se giró, ni siquiera de perfil.

—Ichiro Hasegawa. —interrumpió, sin mediar gestos, respeto ni mucho menos el rol político de su padre dentro de los clanes. —No uses esas palabras tan a la ligera. —en aparente paz, volvió a retomar la caminata hacia sus cosas, dispuesto a guardarlas en su bolso y marcharse de allí. —Piérdete. —una orden, prácticamente.

—Bien. —no había mucho más que hablar, y a pesar de todo, insiste. —Tu esposa espera. Está en Matsuri, yo también te esperaré. Y por favor, no faltes. —el chasqueo en la lengua de Shin fue a penas perceptible, pero tras escuchar que se alejaba, por fin pudo terminar de calmarse.

A medida que el hombre tomaba distancia por el camino más visible, se terminó topando con una conocida del albino. Humink pequeña, de voluntad incansable y valores férreos, detalles que no parecían importarle a un Hiroshi completamente amargado por sentir que su dosis más alta de poder, que era controlar al prodigio de los Hasegawa, se había perdido para siempre. En su ironía hiriente, percatándose de que Nyra parecía acercarse a la zona donde estaba Shin, decidió hablarle. —Oh, no me digas que ahora se mezcla con gente como tú... —el desprecio era notorio —No te recomendaría acercarte a él. Parece que está de mal humor. —la sonrisa que le muestra a Kuroshiro prácticamente enseña los dientes, enalteciendo un impulso casi sádico en el fondo de su ser. Latente, depredador.

Por su parte, en el campo de entrenamiento, y ante una brisa menos calurosa de lo que acostumbraba en Sabakun, Shin apoyó el bolso en una roca más alta que la altura del suelo, aún incapaz de voltear la mirada. Sus pensamientos estaban repletos de recuerdos sobre Himari, pero ninguno asociado a algún momento agradable. La veía morir, una y otra vez. Se veía recogiendo lo que quedaba de su cadáver tras volver al campo de batalla. Veía a quienes la enterraban. Los veía a los pocos que quedaban de su lado cuando le rindieron el merecido homenaje.

Y veía la sombra de su padre, creyendo que gracias a esa pérdida recuperaría el control.

En días como ese, sus sueños latían con más fuerza.

Let there be light
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#2
Veinte días.

Veinte días habían pasado desde que Shin se recuperó… y no había hecho otra cosa más que entrenar.

Por supuesto, yo también había entrenado. Había visto el uso de los bo de algunos guardias del desierto y me habían enseñado muy amablemente a cómo utilizarlos de manera correcta y eficaz, además de cómo entrenar con ellos tanto sola como contra ellos.

Aun así, cuando salía, era mi espada la que siempre me acompañaba. Después de todo, de momento era el arma que aún manejaba mejor.

Poco a poco, estaba cumpliendo mi promesa. Estaba trabajando muy, muy duro para volverme más fuerte…, pero el comportamiento de Shin era tan extremo que estaba empezando a preocuparme…

Y más aún tras el anuncio de su ascenso por Den Den Mushi.

Por esa razón, había dedicado la tarde a preparar un picnic para obligarlo a distraerse aunque tuviera que utilizar las bodas de oro como excusa. Además, Melly me había dado una idea para un regalo y no tardé en encontrar el perfecto poco después.

Pero aún faltaría bastante para eso.

El camino hasta la playa fue más largo de lo que recordaba, pero seguramente él lo habría recorrido en un segundo. ¡Qué fácil tenía que ser todo yendo a esa velocidad! Pero ¡¿por qué no piensa un poquito en los demás cuando elige sus sitios de entrenamiento?! ¿O es que acaso no quería visitas a propósito? Bueno, fuera cual fuese el caso, se iba a sorprender con mi visita y no la iba a poder remediar. ¡No estoy recorriendo todo esto para que te vayas a librar de mí, Shin! Menos mal que las ropas del desierto tienen mucha tela pero son frescas por dentro y a estas horas el calor no es tan intenso, porque si no, el ducharme antes de salir no me habría servido de nada…

Pero cuando bajé la cuesta que me lleva por ese camino, fui yo quien me sorprendí por lo que vi al girar tras una pared de roca. No fue sólo por el muro de escombros, sino sobre todo porque Shin no se encontraba solo.


― … perdiste tu oportunidad de hacer preguntas.

Confundida, dejé la cesta en el suelo y permanecí escondida tras las piedras. Observé a ambos con las orejas alzadas, alerta. Shin no parecía muy contento con la presencia del otro albino. Sin embargo, no parecía que fueran a atacarse, y las ropas del otro hombre parecían bastante caras…

«¿Qué está pasando aquí…?».

Por suerte, el viento estaba a mi favor y, con mi buen oído, no perdía detalle de las palabras que pronunciaban, algunas de las cuales empezaban a tener sentido, como la mención del Clan Hasegawa. Claramente eran familia, pero él no parecía preocupado por lo que pasó en Kutsukku… Más bien… ¿había “perdonado” a Shin por no seguir usando una espada? ¿Qué…? ¿Y de qué deuda está hablando?

―Vas a casarte.

Mis ojos se abrieron como nunca al tiempo que una sensación fría recorrió toda mi espina dorsal. Mis puños se cerraron de rabia casi de inmediato. Si no había gritado de rabia, fue sólo porque la sorpresa se adelantó a la indignación. «Está todo arreglado». La ira hacía vibrar cada célula de mi ser. ¡¿Cómo podía hablar de aquello como si fuera un simple contrato?!

Y, sin embargo, no me moví. Shin era perfectamente capaz de librar sus propias batallas, y no iba a arrebatarle la oportunidad de defender su propio honor.

A pesar de la rabia, noté el tirón de una media sonrisa en la comisura del labio ante su respuesta. ¿Qué iba a hacer aquel tipo que se atrevía a llamarse padre? ¿Obligarlo? Si se atrevía a intentar atacarlo, seríamos dos contra uno.

Pero una palabra bastó para paralizarnos a ambos. «¿Novia?». Y hablaba en pasado… ¿¿Qué pasó?? ¿Rompieron? ¿Algo le ocurrió? O…

―Himari.

Un vistazo me bastó para ver en el perfil de Shin una expresión imposible que me hizo odiar a aquel hombre para siempre con todo mi ser.

No tenía ni idea de lo que pasó ni hace cuánto, ni me importaba. Aquel hombre, si es que a un monstruo podía llamárselo así, no tenía el menor derecho de hablar de superar absolutamente nada, y mucho menos de llamar “deshonra” a Shin por haberse enamorado. «¡¿Cómo se atreve a hablar de carreras y oportunidad?! ¡¿Cómo puede…?!». La expresión de Shin me desgarraba por dentro.

Pero lo peor estaba aún por llegar.

Aquella combinación de palabras me paralizó. Deuda, recursos invertidos, expectativa de obediencia, el amor por una esclava, el objetivo de Shin, cómo aquel demonio se alegraba por ello… Demasiadas cosas empezaban a tener sentido demasiado deprisa, y yo sólo era capaz de permanecer como una mera espectadora ante un breve y eterno intercambio que culminó con un destello y la desintegración de aquel muro.

La sentencia de Shin puso punto final, y desprecié la forma con la que ese ser creyó que por un “te has vuelto fuerte” le daba derecho a llamarlo “hijo”, opinión también compartida con el joven albino.

Más aún, cuando insistió en el encuentro con aquella esposa. Un “por favor” no camuflaba la sentencia pendiendo sobre su cabeza, teniendo en cuenta que las corrientes de aquellos mares volvían aquel encuentro ineludible.

A aquel tipo, Shin no le importaba nada.

Tomé la cesta y caminé erguida y con paso firme hacia allí al tiempo que él hacía lo mismo en mi dirección. Lo miré con fiereza mientras nos acercábamos, pero decidí volver la vista al frente e ignorarlo cuando estábamos a pocos pasos de cruzarnos.

―Oh, no me digas que ahora se mezcla con gente como tú…

No supe si se refería a mi raza o a mi aparente debilidad, pero no le dediqué ni la más mínima mirada o expresión. La opinión de aquel hombre sobre mí me importaba menos que la propia nada.

―No te recomendaría acercarte a él. ―No me detuve, pero el agarre sobre la cesta se tensó―. Parece que está de mal humor.

Aquellas palabras activaron un resorte que no pude ignorar.

―¡¿Y le sorprende?!

El pie derecho había trazado un semicírculo perfecto al girarme hacia él, teniéndolo completamente de frente, con los puños hacia abajo temblando de rabia y las aguamarinas ardiendo con la fuerza de un mar en llamas. Su expresión de soberbia, esa sonrisa confiada de quien tiene la certeza de imponer su voluntad… Que tuviera el cinismo de haber utilizado aquel nombre para pretender doblegar el espíritu de Shin era algo que me hacía quererlo matar. Sin embargo, no le daría el gusto de hacerle creer que podría manipularme con la rabia y hacerme perder los papeles, por lo que hablé con toda la calma que el nítido rencor de mi voz pudiera soportar.

―Desprecia a esa chica por haber sido esclava, pero usted no trata a su hijo de distinta forma. No es el material de las cadenas el que define a un esclavo, sino la falta de libertad. ―Observé cada uno de sus gestos, cada pequeña expresión, tratando de ver si él mismo se daba cuenta de la incongruencia de sus actos o si tan siquiera le importaba―. Shin no es un esclavo, no es su propiedad, y jamás voy a perdonarle que haya intentado herirlo, manipularlo y doblegarlo utilizando lo mejor que tiene él y que usted hace mucho que tiró: su corazón. ―No me importaba lo que dijera. No me importaba cómo reaccionara. No iba a callarme aquella verdad―. Independientemente de su poder, él ya es infinitamente mejor de lo que usted será jamás.

Una risotada súbita, con el mismo porte que había recibido Shin desde su llegada.

—Sigue siendo un Hasegawa, en algún momento mostrará su naturaleza.

Con aquellas palabras, dio media vuelta y comenzó a marcharse. Yo hice lo mismo con las mías.

—Sí, pero sobre todo, es Shin.

Mis pasos no se detuvieron, pero sí se ralentizaron al acercarme a él. Lo observé preocupada, con las orejas gachas, sin saber muy bien cómo lo podría apoyar.

—¿Cómo estás, Shin…?
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#3
Progresivamente su cuerpo recuperaba la compostura, las manos dejaban los espasmos de rabia y aquellos ecos tan molestos reducían el volumen de sus cruentos sonidos. Verle siempre lo llevaba al mismo punto, como si su presencia navegase entre todas las capas de protección que juntó y apuntase directamente al niño indefenso que tuvo en su poder durante años, entidad que se mantenía suspendida en el tiempo, sin conocer lo que realmente es tener una infancia común.

Los ojos del albino no se habrían movido de las pertenencias que recogía de no ser porque escuchó a Ichiro hablarle a otra persona, y por acto reflejo desvió el foco de su mirada en esa dirección, presenciando en todo su esplendor el cruce que tenía su padre con... Kuroshiro. Inmediatamente giró todo el cuerpo hacia el sitio donde ocurría la interacción, preparándose para recortar las distancias en un sólo segundo, dispuesto a cortar de cuajo cualquier frase incorrecta que el mayor de los dos pudiese decirle. Sin embargo, las palabras vacías del aspirante a líder provisional del clan no fueron importantes para Shin, quien sólo se limitó a observar a Nyra.

'Sí, pero sobre todo, es Shin'

Entrecerró los ojos y frunció el ceño. ¿Realmente creía conocerle? El simple concepto de que aquello fuese real le enervó la sangre durante breves instantes, soltando la irascibilidad en un suspiro cargado de emociones negativas. Quizás seguía a la sombra de lo que buscaba su padre. Quizás, realmente era otro Hasegawa más, obsesionado con el poder y el estatus, refugiándose en ideales diferentes para tratar de convencerse de su propia humanidad. Sin Himari, a veces le costaba distinguir los verdaderos colores del mundo, aunque mantendría las certezas que siempre defiende como si su vida dependiera de eso, lo único que necesitaba hacer era deshacer esa absurda jerarquía. Lo que tanto daño les hizo.

No sabía que hacía Kuroshiro allí, pero verla cargar una cesta y los ropajes que eligió le hacían creer que no era casualidad, y conociéndola un poco como lo hacía, eso no auguraba algo precisamente bueno si los planetas no se alineaban considerando el estado emocional del marine. Menos al ver sus orejas caídas, la preocupación en las iris y el tono con el que le hizo aquella pregunta.

De manera instantánea asumió que llegó a escuchar la conversación con Ichiro, pero no podía permitirse abordar ese tema o siquiera confirmarlo. Abrir la caja de Pandora no traía nada bueno.

—¡Yō, pequeña Nyri! —olvidó todo, al menos durante el rato en que ella estuviese delante. Su cabeza volvió al saludo al cual la acostumbró, dibujó una sonrisa ya característica en sus labios, elevó la diestra a la altura del mentón y cerró los ojos durante breves segundos, regalándole el mismo gesto radiante de siempre. —No sé por qué lo dices. A uno no le viene mal conocer a sus fans de tanto en tanto. Aunque interrumpió mi entrenamiento. —sacó la punta de su lengua en un lateral de la boca, rascándose la mejilla como si haber fallado a la disciplina auto-impuesta hubiese sido el peor pecado de todos.

—Pero si debo responder a tu pregunta, ¡estoy estupendamente bien! —se señaló con el dedo, sin mostrar ningún tipo de titubeo en la actitud. Hace escasos instantes estaba atravesando quizás, el momento en que más rabia y frustración sintió desde la muerte de Himari, y con una facilidad aterradora consiguió cambiar su actitud. Una rutina emocional nada extraña en Hasegawa, algo que muy pocos conocían realmente.

—Pero... reconozco que quien está verdaderamente bien, eres tú, Nyri. ¿Cuándo compraste esa ropa? Te sienta tanto que empiezo a replantearme si vale la pena ligar contigo. —asiente múltiples veces, recortando las distancias con la chica breves segundos, antes de volver a alejarse, esta vez el doble que la distancia inicial que los separaba.—¡Tienes el cabello más rubio y largo que he visto en mi vida! —alza los brazos, intentando magnificar la inmensidad de sus palabras poco antes de mirarla a los ojos y volver a sonreír. Tenue, algo cansado.

—Por cierto, ¿me estás siguiendo? Dime que no entramos en esa fase de nuestra relación... —mantuvo la broma, el porte y el control sobre sus gestos, colocándose recto otra vez. Obviamente se refería a la toxicidad, los celos y demás, aunque Kuroshiro no le daba esa imagen, simplemente exageraba los detalles más minúsculos que se le ocurrían.

Evitaba volver a los pensamientos de su familia, las supuestas responsabilidades que lo esperaban cuando llegara a Matsuri, los recuerdos más amargos sobre Himari y claro, la sonrisa de su padre. Nada de eso lo definía, porque su poder había rebasado a cualquier miembro que recordaba de ambos clanes, eso permitía que su destino fuese únicamente suyo. Y dentro de ese curso inevitable, estaba ella. Kael, Hae-won, Dimitri. Los miembros de la División Ochenta. Cada persona que alguna vez confió en que sus palabras repletas de grandeza iban a cumplirse gracias a su esfuerzo. No podía desmoronarse con fantasmas del pasado, y por eso era mejor volver a ser el de siempre.

Al final, sólo él podía lidiar con esa carga.

Sólo él podía torcer lo que otros quisieran imponerle mediante el poder.

Era lo único que importaba.
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1871 + 0 = 1871
Energia: 2292 - 183 = 2109
Espiritu: 468 + 0 = 468
#4
Mis orejas se alzaron con sorpresa ante el saludo de siempre. Su sonrisa, sus gestos, su mirada, cada entonación… Una punzada helada se clavó directa en mi pecho. Lo había visto. Lo había visto quebrarse y no encontraba ninguna diferencia a cuando jugaba como siempre lo hacía. Una pregunta cruzó mi mente, inevitable:

¿Había visto a Shin realmente feliz alguna vez?

Mientras él hablaba de fans, yo sentí un nudo en la garganta al revivir en mi mente aquella primera cita y la verla como una mera actuación más. Intenté bloquear el pensamiento, o podría habérseme reflejado en el rostro. Ante la mentira de que se encontraba bien, quise creer… que realmente en ese momento él simplemente necesitaba fingir y que no había nada más detrás.

Por eso, cuando elogió mi ropa, me obligué a sonreír.

—¿Verdad que sí~? —exclamé con la voz de siempre, alzando los brazos y dando varias vueltas sobre mí, utilizando aquel movimiento para cambiar mi estado mental agarrándome a una sensación física—. ¡Lo vi el otro día y me encantó! ¡Y también he comprado un nuevo champú para el cabello!

Jugueteé con mis mechones, presumiéndolo, solo por retrasar un poco más el momento de mirarlo a los ojos. Por suerte, la mención de “nuestra relación” terminó de traerme al presente como para continuar una fachada que con la que ya había jugado antes.

—Vaya, ¡me has pillado! —exclamé sonriente, extendiendo ambos brazos a los lados—. ¡Y yo que había venido hasta aquí esperando pillarte con una amante! —Esta vez no hubo risas contenidas, pero moví mi cola a propósito para compensarlo—. Pero lo más importante, ¡espero que no te hayas olvidado de nuestra cita! ¡Hoy son nuestras bodas de oro! ¡Y mira qué hora es! —Aquella parte no era mentira. ¡Realmente había pasado más tiempo del que tenía previsto!—. ¡Shin, no nos da tiempo! ¡¿Me vuelves a llevar como la otra vez de vuelta hasta la puerta de la ciudad?! —exclamé agarrando la cesta con ambas manos, distrayéndolo con urgencia y una verdad—. ¡Hay un sitio que te quiero enseñar!

Esa se había convertido en una conversación pendiente, pero aquel no era el momento ni el lugar.
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#5
No sintió alivio cuando observó las orejas contrarias alzarse en señal de sorpresa, ni mucho menos algún atisbo de amargura condicionándole el juicio. Sólo asumió a una velocidad relativamente rápida cualquiera de las dos opciones posibles; O ella decidió formar parte de la mentira, o sencillamente se equivocó al creer que es demasiado perceptiva, aunque en ninguno de ambos casos la posición de Shin cambiaría. Porque al final, de eso se trataba, tenerlos tan cerca como para creer que realmente lo conocen, y al mismo tiempo establecer un muro invisible entre él y el mundo, que lo termina aislando mucho más de lo que puede percibirse a simple vista.

Se centró en ella, la apariencia vinculada a la isla Sabakun y cayó en la cuenta del enorme atractivo físico que posee. Kuroshiro hacía gala de un estilo elegante, reforzando los puntos fuertes de su apariencia desde un estilo auténtico, y pudo reconocer mucho mejor cuando se le dio por dar esa vuelta entera mientras lucía su nueva ropa, algo que parecía muy ligado a la chica. Indudablemente le seguía el juego, esas dos respuestas no eran casualidad.

Al final, lo que le dijo en Baterilla estaba al revés. Nyra era inteligente en sus tonterías.

—Conviertes hasta los harapos para la arena del desierto en un look favorable, ¿no pensaste en ser modelo o algo? Te iría de maravilla. —con su dedo índice moviéndose como si estuviese enfatizando ese punto, le regala el halago, estableciendo que en realidad la ropa de esa isla no le gusta demasiado, aunque reconociendo que a ella sí le quedaba bien. De todas formas, una prueba viva de ese ejemplo era la propia elección de vestuario de Hasegawa.

Ideas rápidas que rellenaban su cabeza, reemplazando que su padre había trazado una grieta muy difícil de cubrir, y el hecho de que Nyra estaba retrasando el contacto visual.

Pero no por eso iba a dejar de sonreír, menos cuando decidió regalarle ese mismo gesto al reconocer que la atrapó, más incluso reclamándole por amantes. —Lo siento, lo siento. Para tus instintos detectivescos, eso es algo que ha quedado en el South Blue. —asintió, mientras observaba de reojo la madera destrozada por su técnica. ¿Cómo volver a perderse en esos vicios prácticamente autodestructivos? Cuando quizás, por el tiempo que perdió así, se explicaba su derrota contra Curok. No se lo podía permitir.

Los ojos de Shin, sin embargo, mostraron un deje más neutro con lo siguiente. Observó la canasta, escuchó los motivos y las bromas siguiendo la idea de que en realidad estaban casados. Algo no encajaba del todo, un detalle que no le gustaba, y lo limitaba a la hora de sencillamente asentir entre risas, cargarla en sus brazos y llevársela a donde le pidió haciendo uso de su velocidad. Fue entonces que ciertas palabras que no le remarcó aquella noche resonaron con fuerza en su cabeza, los mismos ecos de antes, pero encarnados en la melodiosa voz que estaba rellenando el silencio en ese preciso instante.

'La verdad es que estaba un poco preocupada por que pudiera haber causado accidentalmente algún tipo de malentendido o que alguien sintiera que estoy priorizando a unos por encima de otros...'

Instantáneamente dudó. No sólo porque pretendía seguir entrenando tras un respiro merecido por la situación que acababa de vivir, sino también, por lo que realmente quería Kuroshiro. ¿Era preocupación genuina? ¿O una prueba que reforzase la teoría del equilibrio? El temple de Hasegawa se mantuvo sereno, incluso con una sonrisa, pero el tono se enfrió, la alegría dulce y ligera parecía ser consumida por la mentalidad del albino, un impulso que buscaba cerrar el vínculo con la pequeña humink, mostrarle que en realidad no quería estar ahí, o enseñarle que...

Pertenecen a mundos distintos.

—Lo que dijiste en Baterilla... —una de tantas cosas, Kuroshiro lo detectaría casi de inmediato. —No necesito que nadie me priorice. —inmediatamente, a la curva de sus labios se le sumó una pequeña risa de un único sonido, fugaz. —Tampoco necesitas hacer retribuciones. La vida es muy fácil en realidad, las cosas sencillamente pasan. —recogió el velo blanco para colocárselo sobre los hombros y proteger un poco más su piel, sin ponerse la parte de la capucha aún.

—Quizás debas entenderlo pronto, pequeña Nyri. Aunque esperaba que lo supieras tras cincuenta años casados... —de perfil, su sonrisa luce más triste. Algo en su interior quería sencillamente aceptar, pero las mil trabas de su cabeza no se lo permitían, menos tras recordar los motivos por los cuales sigue luchando. —Debo seguir entrenando. Tengo la sensación de que pronto seguiremos nuestro viaje, y no puedo permitir que vuelva a suceder algo como lo de Kutsukku. —observándola aún desde la misma posición, aunque con el rostro completamente girado a ella, le ofreció unas palabras que esperaba, fuesen las últimas durante esa tarde.

—Soy el más fuerte entre nosotros. Sólo véanme brillar.

Su manera de decirle que dejen todo en sus manos.

Otra vez.
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#6
—¡Gracias! Pero según LinLin, tú serías un modelo mucho mejor.

Una nueva sonrisa...

—Bueno, ¡supongo que tendré que seguir practicando!

… una nueva mentira en el teatro.

Una mirada distinta en un rostro que parecía ser el mismo

—Lo que dijiste en Baterilla…

Y, así, cayó el telón.

Ya no hubo más sonrisas, no por mi parte. Me había cansado de fingir, aunque no entendí a lo que se refirió hasta que mencionó lo de priorizar. Los puños se me cerraron.

Simplemente, recogió su velo. Anunció el fin de una broma que demasiado había durado.

De nuevo, a seguir entrenando. De nuevo, alejándose. De nuevo, la sombra de Kutsukku.

—Soy el más fuerte entre nosotros. Sólo véanme brillar.

Ya era tarde. Las luces del ocaso tardaron dos segundos en tocar tierra y morir.

¿Y ya está? ¿Eso era todo? ¿Se suponía que tenía que dar media vuelta y regresar, como si no pasara nada?

La arena siseó tras el suave ruido seco de la cesta al caer sobre ella.

—Esta conversación no tenía que darse así.

Avancé un par de pasos, colocándome justo ante él. Iba a verme. Y lo haría muy bien.

—No te estoy priorizando, Shin. —Mi voz sonó suave, casi fría—. Que pienses eso me ofende, porque yo no priorizaría a nadie.

Eso fue, exactamente, lo que dije en Baterilla.

—Ya no quiero seguir mintiendo, Shin. Y tampoco quiero que tú lo hagas. —La gravedad de mis palabras terminó en quiebre, y tuve que esforzarme para contener el inicio de unas lágrimas aún por nacer—. Lo he escuchado todo. He visto cómo ese hombre ha utilizado lo que más has querido para herirte, lo he odiado por ello y ver cómo te afectó me ha hecho más daño que ninguna cosa que pudiera haberme hecho a mí. Pero casi tanto me ha dolido el modo en el que has vuelto a ser el de siempre, con una facilidad que da miedo porque ya no sé si existió algún momento en que disfrutases mi compañía de verdad.

Rabia, impotencia y dolor mezcladas en aquellas últimas palabras con dos suaves gotas que cayeron hermanas por mi rostro. Aun así, ni un segundo aparté la mirada, permitiéndole mirarme a los ojos.

—No he venido para priorizarte, sino porque tenía miedo. Miedo de que te estuvieras alejando, de que quisieras quedarte solo. Todo el día aquí entrenando, siempre bajo la sombra de Kutsukku, ¡¿y para qué?! —Algo en mi interior desgarró la pregunta—. ¿Quieres brillar, Shin? ¡Mira un momento las malditas estrellas! —Alcé la zurda cuanto pude, mostrando las que ya estaban sobre nosotros, con mis iris imantados en los suyos—. Míralas enfrentando la oscuridad. Míralas encarnando las almas y nombres de grandes héroes. Míralas siendo admiradas por todos y niños pequeños pidiéndoles deseos como si fueran a hacer magia. ¡Míralas, qué solas están!

Bajé el brazo con la respiración agitada y la lluvia ya imparable en mi rostro.

—Y hasta las estrellas mueren, Shin. Ya sea mañana o en millones de años, ellas también mueren. Porque por más fuerte que seas, no podrás salvar a todos siempre simple y llanamente porque existe el tiempo. ¿Y para qué tanto entrenar si al final no vas a pasar tiempo con los mismos a los que quieres salvar? ¿De qué te sirve vivir a ti, o a nosotros, si no pasamos ese tiempo con nuestros seres queridos? ¡Si eso es lo que significa ser una estrella, no esperes que consienta que para mí lo seas!

La fuerza mi voz se perdió, quedando apenas un tenue murmullo.

—¿Por qué te cuesta tanto entender… que ya eres suficiente? No tienes… nada que demostrar.
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#7

La actitud de Nyra era un reflejo de lo que él le estaba demostrando, y lo supo tan pronto como la burbuja terminó por estallar. Shin, creyéndose en una posición privilegiada, capaz de observarlo todo desde la altura que tanto imaginaba, falló interpretando las palabras que ella le dijo aquella noche, en donde la conexión entre ambos pareció filtrarse en los recovecos más escondidos que su inexpugnable muralla había mostrado. Quizás, un deterioro por mera acumulación de años. En el peor de los casos bajo su evasiva perspectiva, gracias a méritos de la propia Kuroshiro.

Comenzó a ignorar la máscara de la chica, entendiendo cómo se sentía el truco tan vil que siempre aplica de cara al resto. La diferencia estaba en que Hasegawa podía permitirse omitir esos detalles y escudarse en la fortaleza, una filosofía que rige su vida. Sin embargo, tras equivocarse con su lectura, desorientado por culpa de la enorme carga mental que lo agobiaba, una frase dicha por Nyra atravesó la distancia que los separaba como una flecha, súbita.

No llegó a girarse nuevamente en su dirección, ella se tomó el trabajo de colocarse frente a él, observándolo directamente a los ojos. Alrededor de ambos volvía a asomarse un nuevo cielo oscuro, en una parte diferente del mundo, alejados de las luciérnagas en forma de recuerdos y sueños, del faro que casi los mete en problemas, y de la cercanía cómplice en donde se podían permitir estar uno al lado del otro.

Ahora había frontalidad. Rostros que expresaban tristeza, cansancio y una resignación inamovible hacia la naturaleza que creía justa. Shin no se había rendido, luchaba desde donde sabía, dispuesto a romper todos los marcos que se le topasen en el camino, enseñándole al mundo que no había ningún tipo de problema en reconstruir las bases de la sociedad que conocían. Algo que compartían, y al mismo tiempo, podía separarlos de manera absoluta.

Sus ojos cristalinos por unas lágrimas que aún contenía chocaron directamente con el gesto solemne de Hasegawa, manteniendo el contacto visual como si supiera previamente qué iba a decirle, o a donde llevaban momentos similares a ese. El miedo lo asfixiaba aún y si no dejaba pistas al respecto, porque una sonrisa que se borraba de manera gradual podía expresar un millar de cosas antes de caer en ese resultado final.

Nyra confesó, y a pesar de que Shin se lo intuía, las palabras seleccionadas impactaban como un puñal en la estabilidad sobrante del albino. No sólo por mencionarle "lo que más quería", sino, por ejercer un reclamo lógico visto desde perspectivas laterales, porque si acababa de comprobar en primera persona el funcionamiento de su actitud típica, todo lo demás se caía como una torre de naipes. Y a pesar de todo, entendiendo que sí existieron cosas reales, decide no interrumpirla, manteniendo la misma actitud totalmente serena.

Incluso si sus lágrimas le ardían.

Ninguna sombra sobrevivía a la noche, a la luz tenue de las estrellas, capaces de iluminar sin trazar esas siluetas oscuras que parecían perseguirlo todo. Shin no pudo observarlas, ni seguir la mano de Kuroshiro, en lugar de ello mantuvo la vista fija en esos orbes aguamarina, en pleno llanto por su culpa. Cada palabra parecía aprisionarlo aún más en su propia lógica, quitarle un poco de razón y llevárselo lejos de la filosofía que tanto lo mantuvo cuerdo durante los años más difíciles de su vida, pero si algo consiguió quedarse en su cabeza, ser el hilo conductor más poderoso por el cual finalmente abriría los labios, fue lo que él creyó, era una muestra clara de conformismo.

'¿Por qué te cuesta tanto entender… que ya eres suficiente? No tienes… nada que demostrar.'

Esas palabras se hicieron eco nuevamente en su cabeza, y sólo pudo responder con otro igual de ruidoso.

—Himari.

Tras unos segundos, ese nombre vuelve a arrasar con sus pensamientos.

Nunca la nombraba frente a quienes no llegaron a conocerla. La sola idea de pronunciar su nombre era un desafío en sí mismo, capaz de quebrarlo y ubicarlo en espacios de su cabeza que lo derruían con una facilidad escalofriante. Los miedos de Nyra cobraban forma en la expresión sombría que lo atrapó, la falta de brillo en sus ojos, los dedos temblando con una sutileza cruel, pero a pesar de todo, y tras haberla escuchado, creía que merecía escuchar un poco más. Iba a esforzarse por hacerle llegar esas palabras.

—Una vez le dije que sería el mejor marine de la historia. —en esa pausa, finalmente desvía la mirada hacia el firmamento, notando como las estrellas se iban haciendo más visibles, en la extraña soledad que enmarcaba Kuroshiro. Le pareció gracioso, pues las luciérnagas que supieron rodearlos se materializaban en esas luces lejanas, sobre ellos, como si hubiesen escapado a un plano en donde eran incapaces de seguirlas. Únicamente pudo terminar la frase tras rememorar el momento donde finalmente fue reconocido por ella, apareciendo una leve sonrisa en sus labios.

—Sólo lo aceptó cuando me hizo ver que la obediencia al sistema no es la única forma de hacer justicia. —tras unos instantes, bajó la mirada, reencontrándose con los ojos de Nyra. —Pero ese sistema es peligroso, y es la fuerza lo que mueve al mundo. Por eso debe estar del lado correcto. —sus palabras resuenan claras, como si Hasegawa estuviese en paz con esa idea, con el concepto que estableció en su cabeza.

—La asesinaron frente a mí. —su sonrisa no se borra, enfrenta el recuerdo con el rostro que a Himari le hubiese gustado haber visto al partir. Con la paz que no tuvo, sabiendo en el fondo de su corazón que quien más miedo tenía, era Shin. —Algún día, todo lo que haya hecho será suficiente para honrar la promesa que le hice. —recorta la distancia que lo separaba de Nyra, levantando la cesta que dejó caer, y con su mano libre dándole una suave caricia en una de sus mejillas, intentando borrar parte del trazo que dejaron sus lágrimas.

—Hasta entonces, ¿me recuerdas a dónde querías ir?

Acercó la cesta hacia ella.

—Las estrellas no son tan brillantes sin nadie que las mire.
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#8
—Himari.

De nuevo, aquel nombre, esa vez de sus labios.

Sombras en nosotros y silencio entre ambos.

—Una vez le dije que sería el mejor marine de la historia.

Iris cerúleos y aguamarina se encontraron de nuevo. Mis gemas seguían acuosas, pero el rastro que dejaron había comenzado a secarse.

Aún, esa leve sonrisa traída por el recuerdo. Un ideal compartido con ella en un mundo opuesto.

—La asesinaron frente a mí.

Mis ojos se abrieron al tiempo que procesaba la nueva información. Recordé su expresión de hacía un momento, mientras miraba el firmamento, y creí darme cuenta: Himari era su estrella.

De nuevo, el honor. De nuevo, el ser suficiente. Ahora, por una promesa.

Por primera vez, su mano en mi rostro. Una caricia que arrastró la humedad, pero no se llevó consigo mi inquietud.

—Hasta entonces, ¿me recuerdas a dónde querías ir?

Había recuperado la cesta. Me la ofreció mientras yo no apartaba mis pupilas de las de él.

No la tomé. Hacerlo, habría significado fingir que todo estaba bien.

—Las estrellas no son tan brillantes sin nadie que las mire.
—¿Cómo puedo hacerte entender que yo no quiero mirarte?

Sostuve su mirada un par de segundos. Suspiré.

—Shin, entiendo lo que dices. Entiendo que para cumplir nuestro objetivo tienes que ser fuerte y poderoso, que todos te miren y que tu brillo llegue más alto que el de ningún otro. Todo eso lo sé. Lo entiendo. Y hasta lo comparto. No me importa si quieres ser una estrella para el mundo, si hace falta haré lo que esté en mi mano para convertirme también en una si así puedo seguir tu estela, pero ya no sé cómo decirte...

Me detuve al volver a írseme la voz, desviando la vista hasta el suelo, alejando su mano si aún no lo había hecho él. No. Si quería que me entendiera, tenía que hacerlo bien.

Llené de aire mi pecho y volví a mirarlo con un nuevo intento.

—Shin, toda mi vida he viajado de isla en isla. Incluso de mar en mar, cuando era posible. —Hablé despacio, como quien camina sobre hielo fino que cruje pero lucha por que no se quiebre—. Cada lugar al que llegábamos, era volver a empezar. Era volver a encontrar nuevos nombres, nuevos rostros y nuevas personas a las que sabía, desde el principio, que en cuestión de una estación, no volvería a ver jamás. Probablemente, ninguna de ellas me recordaría siquiera pasados un par de años. Toda mi vida me he esforzado por que me vean por miedo a ser un fantasma. —Incapaz de sostener su cielo, desvié mis gemas abrazando mi propio cuerpo—. La única constante en mi vida fue la persona que me crió. Por eso, cuando al fin me asignaron a una tripulación, estaba emocionada, pero también sentí terror. Me asustaba pensar que me tocaría con gente que solamente viviera para el trabajo y se desvaneciera así la única oportunidad que había tenido, en toda mi vida, de crear unos vínculos sin fecha de caducidad concreta.

Inspiré hondo, tratando de controlar una respiración que comenzaba a agitarse y tratar de mantener cerrado un embalse que estaba empezando a desbordarse.

—Y os encontré a vosotros. Unas personas maravillosas e incluso un amigo del pasado que no me había olvidado. Y luego estabas tú. Fuimos a comprar ropa y se te ocurrió soltar como si nada un deseo que yo llevaba años anhelando en silencio. Por primera vez en mi vida, podía compartir con alguien una de las partes que a lo largo de los años más había mantenido oculta en mi pecho. Por primera vez, sentí que alguien me comprendía, que podría…

Un pequeño sollozo por un fallo irreprimido. Me sequé las lágrimas con la mano, fingiendo que no había ocurrido.

—Y ahora vuelvo a tener miedo. Porque te he visto mentir y ahora no sé cuánto de lo que creí verte sentir era cierto. Porque una parte de mí que no quiero escuchar me grita que solo estás siendo condescendiente para mantenerme contenta y que termine de una vez este berrinche por ser una molestia. —Quizás, las bromas envenenadas tenían un fondo de verdad.

Una nueva inspiración y las uñas clavadas en los brazos. Aunque tuviera que forzarme, quería continuar.

—Shin, sé que te importan las promesas. —Al menos, las que le hiciste a ella—. Y yo no quiero que me prometas nada con lo que no te sientas cómodo, pero necesito… Necesito saber cuánto de todo lo que hemos pasado es cierto y que no habrá mentiras en lo que vivamos en adelante.

Un nuevo suspiro. Volví a limpiarme el rostro, ahora enrojecido, por precaución, antes de atreverme a buscar de nuevo su brillo cerúleo.

—No me malinterpretes. Sí quiero poder ayudarte a distraerte cuando necesites despejarte, pero no me basta sólo con eso. —Hasta cierto punto, no sabría decir cómo de diferente me haría sentir aquello de todas esas veces que los hombres quisieron ligar conmigo para ver si me convencían de disfrutar a mi costa un rato—. Quiero conocer tus problemas, tus preocupaciones. Quiero ofrecerte soluciones, pero también darte un abrazo cuando no pueda hacer nada al respecto. Quiero conocer tus emociones reales. Quiero poder estar ahí para ti, Shin. Pero quiero poder estar de verdad.

Resiliencia en la mirada. Una súplica en la voz.

—Yo no quiero una estrella, Shin… Sólo quiero un amigo…
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#9
'¿Cómo puedo hacerte entender que yo no quiero mirarte?'

Bajó la cesta, pero no la dirección a la cual apuntaban sus ojos. Entendió entonces que nada sería suficiente para Kuroshiro, no buscaba explicaciones que le hicieran entender el motivo de sus acciones y la filosofía que siempre lo movió hacia el futuro, porque ella quería vivir en ese preciso instante. El segundo único en que ambas miradas se cruzaban, iluminados por las estrellas, bajo la promesa de repetir la cita que durante tantos días anticiparon.

Quería verdad, y cada palabra nueva empujaba esa necesidad.

Su mano se aleja del rostro contrario, y la voz de Nyra cortándose por sus emociones comienza a sentirse como un puñal en el pecho. Había confesado cosas que no dijo ante nadie, y seguía pidiendo más, intentando llevarlo a puntos que no entendía, ni se había planteado. No, eso era mentira. En algún momento supo ser esa persona, alguien libre de ataduras, mirando hacia un mañana nunca visto, pero sintiendo la calidez del presente, junto a la única persona con quien quería pasar el resto de sus días. Quizás por eso la nombró, intentando explicarle con las palabras que sus propias heridas le permitían el motivo por el cual era incapaz de darle lo que necesitaba, y a pesar de sentirse el tipo más apto en el mundo, dudaba conseguirlo algún día.

Ese breve fragmento de espacio lo ayudó a juntar sus partes desparramadas en el momento, inhalar aire con sutileza, exhalar la densidad mental que el recuerdo de Himari sostuvo en él durante los difíciles instantes en los cuales verbalizó lo que le pasó.

Y así como él explicó desde un minimalismo absoluto trozos rotos de su pasado, ella iba a hacerle el mismo regalo.

Viajes constantes, y la preocupación recurrente de volverse un fantasma en los recuerdos de las personas con quienes interactuaba. Kuroshiro temía terminar sola, o quizás, profundizando, encontrarse en algún punto de su vida encima de un precipicio, sin caminos que la siguieran ayudando a disfrutar de la vida desde los pequeños momentos. Cosas tan simples como lo que hicieron juntos, comprando algo de ropa.

'Sin fecha de caducidad'.

Le dio vueltas al concepto. Las ideas se difuminaban cada vez que su voz resonaba, hilando el discurso a pesar de los sollozos y las lágrimas. Ella estaba entregando la realidad tras lo feliz que siempre se veía, en otra prueba de que quizás, junto a Himari, era la persona más emocionalmente receptiva que había conocido. Irónicamente él podía ubicarse en esa misma línea, con la diferencia de construir una fortaleza gigantesca cubriendo lo que creía, era debilidad, un riesgo de volver a derrumbarse como ya lo hizo una vez.

Vio a través de sus mentiras, comenzó a temer que todo desde el día en que se conocieron haya entrado como capítulo en la obra de teatro, y pretendía bajar el telón, desmotando cualquier libreto que pudiera estar siguiendo para lidiar con ella. Se sintió incómodo, una especie de asco inundando su pecho, rechazo sobre sí mismo, y buscando los motivos, no le gustó el resultado.

Nyra estaba empezando a importarle, de verdad.

'Yo no quiero una estrella, Shin… Sólo quiero un amigo…'

Era tarde para retroceder sobre esa emoción, aún recordando lo que sucedió tras la muerte de Curok Odail. Sin darse cuenta, empezó a ocupar un espacio inaccesible, donde nadie más había estado además de Kael, o Himari, y no supo identificar el momento exacto en que sucedió, porque de alguna manera, durante todas las veces que estuvieron juntos, realmente disfrutó del presente que ella le estaba mostrando. Aún y si seguía reflejándose en sus días felices.

Pero no los estaba reviviendo.

Reinventaba lo que estar bien durante un rato significaba.

Suspiró. Largo, sonoro, borrando cualquier tipo de sonrisa o gestos afables. —Te odio, idiota. —siendo sincero, no sabía seguir a partir de ahí, supo desestructurar todas sus excusas, obligándolo a enfrentarse a la realidad. Incluso si el no saber era su única respuesta.

Aunque había algo más. Ese mismo recuerdo como prueba de que sí vivieron momentos reales.

—Realmente espero que algún día dejes de ser tan pesada. —intentaba ganar tiempo, usando un tono cálido como indicación de que no hablaba en serio, y era más un reclamo por, de cierta forma, ser tan asertiva. —O quizás no. Creo que si dejas de ser así, te odiaría más. —pero de verdad.

Otro suspiro, no sabía si era angustia o frustración, pero a pesar de la sensación constante de incapacidad, necesitaba explicarle las cosas como verdaderamente las creía. Entendía que ocultarse de esa confrontación, sólo escapar o aislarla a la fuerza sería caer en una debilidad mucho más profunda, una que hasta ese momento lo había asolado constantemente, y esa sensación tan repugnante le hizo encontrar el camino, el principio por el cual debía comenzar.

—En Kutsukku, luego de que nuestro enemigo murió tras atacarme a mí, se escucharon unas voces diciendo que debíamos elegir al menos apto de los presentes. Imaginé que era algún tipo de sacrificio, y como creía que iba a morir de todas formas, que no fui lo suficientemente fuerte, me ofrecí. —no le daba vergüenza hablar sobre ello —Le dije a Kael que los encuentre y se encargue de organizar el escape. La liberación de todos. —mantuvo la vista fija en sus iris aguamarinas, quería que esas palabras se le grabasen en la cabeza.

—También le dije que te diga a ti que te hicieras fuerte. Porque de otra forma, no podrías cumplir nuestros sueños. —su sonrisa no titubeó, suaves retazos de cariño la adornaban. —Esa noche fue real. Y a pesar de que seas una debilucha insoportable, quiero creer que si me pasa algo, serás tan pesada con el resto del mundo como conmigo. Algunas cosas se consiguen por insistencia. —el agarre se hizo firme sobre el asa de la cesta.

Tenía más cosas guardadas en el pecho.

—Pero... —no todo era positivo, esa pausa lo indicaba. —No sé cómo hacer lo que me pides. —desvió la mirada hacia un costado, girando el rostro de manera total, eludiéndola. —No pretendo usarte. No necesito que me distraigas de nada, quítate eso de la cabeza. —de perfil, negó con la propia, y sólo ahí volvió a mirarla a los ojos.

—¿Sabes? No siempre quise salvar esclavos, o reformar la marina. Mi familia me educó para ser tan estricto y rígido como ellos, pero Himari... —las manos le tiemblan, un nudo en la garganta lo interrumpe —Ella era hija de esclavos. Gente que había nacido en esas condiciones, pero que pudieron liberarse. Me enseñó una parte del mundo que todavía no conocía. —la sonrisa se le borra, está hablando más de lo que tolera —No tenía apellido. Soñaba con llevar el mío. —confesó por simple inercia.

—Yo no soy la clase de persona que necesitas. Creo que la realidad es esa. —vuelve a sonreír, como si no le afectara aceptar ese hecho —Deberías asumirlo cuanto antes. —entonces vuelve a ofrecerle la cesta, recuperando gradualmente la compostura, a una velocidad tan vertiginosa que su coraza parecía regenerarse en tiempo real.

—Pero si todavía quieres esa cita, estoy dispuesto a contarte más. Tómalo o déjalo, no habrá otra oportunidad. —su tono intenta volver a ser el de siempre, una prueba de que sus palabras son ciertas. Tiene como instinto vivir de esa máscara —Sólo tendrás que besarme a medianoche. —dictaminó con toda la seriedad del mundo.

Sólo para romperla a los segundos, sacándole la lengua.

—Es broma. —echó a reír, negando con la cabeza y cerrando los ojos —Si no te ha quedado claro, me importas. Y haré una excepción sólo por esta noche, pienso que lo vales. —vuelve a mirarla a los ojos, sus iris cerúleas recuperan algo de brillo —Pero no te acostumbres, pequeña Nyri. Vives a un ritmo que yo no puedo seguir, incluso siendo la persona más rápido que conozco... —con su mano libre se tapó el rostro, resignado y echando otro suspiro, aunque ese sonaba más a frustración actuada que algo genuinamente negativo.

Tanto arrinconamiento tenía que servir de algo.
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#10
Un suspiro. Largo, sonoro y pesado.

—Te odio, idiota.

Las unas se clavaron en los brazos en un acto reflejo cuando aparté la mirada.

«Te lo dije. Te llamó cursi, dijo que no llegarías a nada si seguías así
y que para alcanzar la cima serías una carga
».

—Realmente espero que algún día dejes de ser tan pesada.

«Él fue sincero desde el principio. Fuiste tú la que quiso creer
en una esperanza más que en sus palabras
».

Si las lágrimas no abandonaron la comisura de mis ojos, fue por fuerza de orgullo. Su tono demostró que sí que todo era un juego, solo que no como yo creía que era.

—O quizás no. Creo que si dejaras de ser así, te odiaría más.

La confusión apartó aquellos pensamientos y me hizo buscar sus iris buscando confirmar la verdad.

Suspiró, y yo esperé pacientemente.

Me intrigó la mención a Kutskukku, y mi mirada se amplió ante cada nueva información. ¿Seguía despierto cuando hicieron el anuncio? ¿Él se ofreció? Nada de eso estaba en la versión que me contó Kael, como tampoco lo estuvo el hecho de que quiso que me recordara nuestra promesa. Mis gemas se humedecieron de nuevo cuando llamó nuestros aquellos sueños.

El recuerdo de aquella noche sonó cálido en su voz, y sus bromas me despertaron la misma sonrisa que aquella vez, más al depositar en mí aquella esperanza. El aviso de unas lágrimas no se había marchado, pero había cambiado todo su significado.

Una pausa precedida por un “pero”. Al principio me asusté, mas…

—No sé cómo hacer lo que me pides.

«¡Yo te puedo enseñar!», gritó mi pecho, aunque yo no me atreví a interrumpir por mi deseo de escuchar.

—No pretendo usarte.

Me sorprendió aquella respuesta a uno de los miedos que expresé y no creí que hubiera notado antes. ¿Ya tanto me conocía?

Mis iris ya los esperaban cuando los suyos me buscaron. Una verdad en un nuevo atisbo de su pasado. Uno que había intuido en parte pero cargado de otros misterios, como la historia de Himari y el inicio de nuestro sueño. El corazón se me encogió cuando escuché el que había tenido ella. Aquello no debía de haberle ocurrido…

—Yo no soy la clase de persona que necesitas.

Fruncí ligeramente el ceño ante aquella afirmación. Sin embargo, mi gesto se suavizó hasta desaparecer cuando vi su sonrisa...

—Deberías asumirlo cuanto antes.

… porque me pregunté si no sería él quien quería engañarse.

Vuelve a ofrecerme la cesta y esa vez sí la tomé en mis manos. Una mención más a la cita me hizo sonreír de nuevo. No era lo único para lo que aún había una oportunidad.

—Sólo tendrás que besarme a medianoche.
—¡¿Qué?!

El pulso se me aceleró ante la nueva confusión. Me había estado hablando muy en serio hasta hacía un momento, ¡pero ¿y todo lo de Himari?! ¡¿Se estaba burlando de nuevo o…?!

Lo empujé jugando en cuanto me sacó la lengua, riendo ante sus ocurrencias.

—¡Oye, no me hagas eso!

Con una genuina sonrisa en los labios, lo observé cuando afirmó que le importaba. Incluso si él decía que la excepción sería sólo por esa noche, eso estaba aún por ver. Reí con suavidad cuando añadió que yo vivía a un ritmo que él no podía seguir.

—Creo que esa queja debería ser mía después de la montaña emocional que me has hecho pasar~.

Acto seguido, eché andar en dirección a la orilla, deteniéndome cuando quedaban aún bastantes pasos para llegar a donde la arena se humedecía. Dejé entonces la cesta en el suelo y saqué de ella una sábana blanca que, con ayuda del viento, extendí suavemente ante los dos.

—Ven, ¡siéntate!

Yo hice lo sugerido, desatándome primero las sandalias para dejarlas fuera antes de pisar sobre la tela y esperar a Shin, para quedar ambos sentados en el centro.

Cuando lo hiciera, buscaría sus manos para sostenerlas entre las mías y buscar con mis iris su característico brillo cerúleo.

—Shin, por favor te lo pido… —hablé con suavidad—. No vuelvas a asumir lo que necesito. Deja que sea yo quien lo decida. Pero… —mi sonrisa amable dejó paso a una mirada de comprensión— entiendo que tengas tus dudas. Entiendo que pienses que lo digo porque hay aún muchas cosas que no sé. Por eso, quiero que sepas que atenderé a todo lo que tengas que decir.

Mi sonrisa se amplió de nuevo con un brillo confiado en las aguamarinas.

—Tú ya has calmado mis miedos. Ahora, déjame hacer lo mismo con los tuyos.
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