11-05-2026, 04:45 PM
Día 32 de Otoño - Año 17
Mocktown, Isla de Jaya
16:00
Mocktown, Isla de Jaya
16:00
Llegar a aquella isla había supuesto un frenazo a nuestras aspiraciones. Aquella maldita brújula, que hasta ahora parecía haber marcado nuestro camino, ahora se había convertido en una loca aguja que señalaba de manera errática el cielo. Pero no solo nuestro viaje se había detenido. Esta isla parecía estar fuera del alcance de todo interés cultural. Apenas había podido conseguir un par de libros nuevos. Y en lo que se refiere al arte... Bueno, lo más parecido a una pintura que había podido encontrar por aquí eran las manchas de sangre que cubrían el suelo de las cantinas tras las múltiples peleas. Sentía que la isla me había arrebatado algo.
Estaba convencido de que mis compañeros se sentían igual. Desde que habíamos llegado no había podido encontrar ni un solo establecimiento que sirviera una comida decente o una bebida cuyo envase no prometiese dejarte ciego. Tampoco abundaban las carpinterías de prestigio. Y qué decir de lo difícil que era encontrar una simple botica con los ingredientes para poder crear algún ungüento o medicina. Luego estaba la extraña enfermedad que había tenido a nuestro capitán fuera de combate. Todo en esta isla parecía frenar nuestras pretensiones, sea cuales fuera que fuesen.
Por ese motivo me había citado aquella tarde con Uker en una de las plazas de la ciudad. No podía permitir que siguiésemos perdiendo el tiempo en aquella maldita isla. El tiempo es oro, solía decir mi padre. Y yo no estaba dispuesto a derrochar esa fortuna que teníamos por delante. Si aquella isla no resultaba ser más que un callejón sin salida, al menos debía ser un lugar dónde pudiésemos acercarnos a nuestros objetivos, ya fueran proteger a alguien, encontrar nuevas recetas, la venganza o encontrarse con el pasado. Simplemente, no podíamos quedarnos impasibles.
Me encontraba sentado en el brocal de la fuente que presidía la plaza. Todas las plazas de aquella ciudad parecían ser iguales. Cada una decorada de una manera distinta, pero todas pequeñas y ruidosas. Resoplé y me giré hacia Uker, mi mirada asomando por debajo del ala de mi sombrero.
—¿Qué opinas de esta ciudad? —comencé a llevar mi mirada de un lado a otro de la plaza, como si estuviera juzgando algo—. Yo estoy... cansado. Siento que no hay más que brutos.
Observé a mi compañero, mis labios apretados. No podía dejar de pensar que, aunque la isla tenía una gran cantidad de terreno que aún no había explorado, ya había visto más que suficiente para saber qué tipo de personas la habitaban.
—¿Tú entiendes cómo me siento, verdad? Claro que sí —continué sin darle tiempo a pronunciar palabra—. Tu eres un buen cocinero. La cocina es un arte y toda persona que tenga amor por el arte sabe a lo que me refiero. Aquí parece que no haya nada más que piratas con interés por los tesoros, las peleas y el ron malo.
Los días en esta isla eran largos, más aún en mi cabeza. La parte buena de que las horas pareciesen eternas, es que daba mucho tiempo para pensar. Pensar en cómo podríamos salir de aquella isla, si es que era posible, trazar planes de futuro, idear nuevas formas de combate... e incluso descartar las peores ideas sobre cómo poder encontrar gente con gustos un poco más refinados en aquella isla.
—Se que no hemos hablado mucho —dije con una sonrisa mientras rascaba mi nuca—. El caso es que... —proseguí dubitativo— creo que tú eres el más indicado para ayudarme con esto.
Extendí mi mano y le mostré un cartel al cocinero.
—He estado pensando en cómo poder encontrar gente con algunos intereses similares a los nuestros. Parece que vamos a estar un tiempo en esta isla, así que pensé que tal vez podríamos buscar alguna actividad que nos hiciese crecer el algún aspecto. Y si nos genera algunos ingresos, bienvenidos sean.
Fijé mi vista de nuevo en Uker, mis ojos bien abiertos, clavados en los suyos, llenos de ilusión.
—¿Qué te parece la idea de abrir un café exposición? Tú podrías preparar nuevas recetas y yo me encargaría de encontrar obras de arte para atraer la mejor clientela. Nada de brutos, borrachos ni holgazanes. Solo gente interesante.
Quedé allí, agitando el cartel de un lado a otro. Expectante por la respuesta. Deseando que fuera afirmativa.
Estaba convencido de que mis compañeros se sentían igual. Desde que habíamos llegado no había podido encontrar ni un solo establecimiento que sirviera una comida decente o una bebida cuyo envase no prometiese dejarte ciego. Tampoco abundaban las carpinterías de prestigio. Y qué decir de lo difícil que era encontrar una simple botica con los ingredientes para poder crear algún ungüento o medicina. Luego estaba la extraña enfermedad que había tenido a nuestro capitán fuera de combate. Todo en esta isla parecía frenar nuestras pretensiones, sea cuales fuera que fuesen.
Por ese motivo me había citado aquella tarde con Uker en una de las plazas de la ciudad. No podía permitir que siguiésemos perdiendo el tiempo en aquella maldita isla. El tiempo es oro, solía decir mi padre. Y yo no estaba dispuesto a derrochar esa fortuna que teníamos por delante. Si aquella isla no resultaba ser más que un callejón sin salida, al menos debía ser un lugar dónde pudiésemos acercarnos a nuestros objetivos, ya fueran proteger a alguien, encontrar nuevas recetas, la venganza o encontrarse con el pasado. Simplemente, no podíamos quedarnos impasibles.
Me encontraba sentado en el brocal de la fuente que presidía la plaza. Todas las plazas de aquella ciudad parecían ser iguales. Cada una decorada de una manera distinta, pero todas pequeñas y ruidosas. Resoplé y me giré hacia Uker, mi mirada asomando por debajo del ala de mi sombrero.
—¿Qué opinas de esta ciudad? —comencé a llevar mi mirada de un lado a otro de la plaza, como si estuviera juzgando algo—. Yo estoy... cansado. Siento que no hay más que brutos.
Observé a mi compañero, mis labios apretados. No podía dejar de pensar que, aunque la isla tenía una gran cantidad de terreno que aún no había explorado, ya había visto más que suficiente para saber qué tipo de personas la habitaban.
—¿Tú entiendes cómo me siento, verdad? Claro que sí —continué sin darle tiempo a pronunciar palabra—. Tu eres un buen cocinero. La cocina es un arte y toda persona que tenga amor por el arte sabe a lo que me refiero. Aquí parece que no haya nada más que piratas con interés por los tesoros, las peleas y el ron malo.
Los días en esta isla eran largos, más aún en mi cabeza. La parte buena de que las horas pareciesen eternas, es que daba mucho tiempo para pensar. Pensar en cómo podríamos salir de aquella isla, si es que era posible, trazar planes de futuro, idear nuevas formas de combate... e incluso descartar las peores ideas sobre cómo poder encontrar gente con gustos un poco más refinados en aquella isla.
—Se que no hemos hablado mucho —dije con una sonrisa mientras rascaba mi nuca—. El caso es que... —proseguí dubitativo— creo que tú eres el más indicado para ayudarme con esto.
Extendí mi mano y le mostré un cartel al cocinero.
Cartel
—He estado pensando en cómo poder encontrar gente con algunos intereses similares a los nuestros. Parece que vamos a estar un tiempo en esta isla, así que pensé que tal vez podríamos buscar alguna actividad que nos hiciese crecer el algún aspecto. Y si nos genera algunos ingresos, bienvenidos sean.
Fijé mi vista de nuevo en Uker, mis ojos bien abiertos, clavados en los suyos, llenos de ilusión.
—¿Qué te parece la idea de abrir un café exposición? Tú podrías preparar nuevas recetas y yo me encargaría de encontrar obras de arte para atraer la mejor clientela. Nada de brutos, borrachos ni holgazanes. Solo gente interesante.
Quedé allí, agitando el cartel de un lado a otro. Expectante por la respuesta. Deseando que fuera afirmativa.

![[Imagen: fg1iNLa.png]](https://i.imgur.com/fg1iNLa.png)