[Aventura T4][P.A] Una nueva generación, una nueva usurpación [Dharma]
#1
Día 74 de Otoño | Año 17
En la densa selva Oki...


Hace muchos años, un niño nació. El segundo hijo del Juramentado. El mundo se partió y empezó una época de complots. Peleas por el poder y pactos estratégicos elevaron la tensión y el conflicto no hizo más que crecer. Pero Su tiempo llegaría. Fue separado de su hermano y el odio se volvió su día a día. Esa es parte de la historia de aquél hombre, quien no muestra nunca su rostro a nadie que no sea su hermano. Por supuesto, muchas cosas más pasaron y actualmente los dos hermanos cumplen sus labores para la secta que los vio nacer, crecer, volverla añicos y reconstruirla. Uno de los hermanos sería conocido por ser el Penitente Sin nombre. Y el otro, el Verdugo eterno. Condenados los dos a ser llamados por el castigo que se les designó.

La iglesia de Naidirem Doolb ha logrado expandirse casi por todo el mundo; y en uno que otro lugar tienen una que otra congregación. Si bien no son un grupo grande y suelen reunirse en comunidades muy pequeñas y ajustadas, su hermetismo y desprecio por todo lo que no es humano los ha hecho volverse un tanto... radicales. En el pasado, nuestro protagonista ya había tenido la oportunidad de encontrarse con estas gentes, quienes incluso llegaron a considerarlo un aliado y un enviado por su deidad para liberarlos de los demonios. En ese entonces, contó también con la ayuda del Penitente; y aunque las palabras del padre Holden volaron rápido a otras congregaciones, en Kyodaina la situación era un tanto peculiar.

La llegada de Dharma a Kyodaina no pasaría desapercibida. Y podía ser que la isla fuera un entorno salvaje y sin una civilización; pero esto no significaba que no tuviera ojos encima. Pasaba que, precisamente, una pequeña comunidad de la iglesia Naidirem Doolb empezaba a sembrar raíces allí. Cuando algunos de sus exploradores notaron la presencia de Dharma, se iniciaron preparativos para poder dar bienvenida a aquél aliado, o al menos eso hasta que el padre que llevaba dicha congregación falleció en circunstancias sospechosas y su sucesor, Justin Case, asumió el poder.

Justin Case era un hombre que gozaba del mismo rango que el padre Holden, pero al tomar el liderazgo de la secta en Kyodaina, ahora sería conocido como Obispo. A diferencia de su antecesor, Justin Case era más radical y apegado a las enseñanzas de su iglesia. Y en lugar de dar una bienvenida a quien fue antes el aliado de los suyos, decidió que había que probarlo primero. Pues los desafíos que enfrentaba Naidirem Doolb ahora serían mucho más peligrosos que los que se podrían ver en cualquiera de los cuatro Blues.

—Vas a buscar al pirata. Y vas a ponerlo a prueba. Tu decidirás si ese guerrero es suficientemente fuerte para el Ritual. Si logra pasar tu evaluación, habrás de traérmelo. Y si no logras traerlo tu mismo, harás que venga. ¿He quedado claro?


El Verdugo eterno asentiría y marcharía en busca del guerrero Dharma, deambulando por días en la espesa selva Oki. Era un cazador que no buscaba otra presa más allá que ese hombre. Pero luego de haber pasado tantas jornadas sin éxito, el Verdugo recurrió al ingenio. Enfrentaría a criaturas y bestias de la selva, dejándolas siempre muertas y dejando pistas en el lugar para que, en caso de ser encontradas, llevaran siempre al mismo lugar.

El lugar era un trono antiguo de piedra en medio de la selva. Allí esperaría el verdugo la llegada del pirata. Parecía ser una antigua iglesia destruida, rodeada de zarzas espinosas y abarcando un área total de ciento veinte metros cuadrados, teniendo diez metros de largo y doce de ancho. Justo en el medio de dicha área, estaría sentado el verdugo en el trono. Sostenía un pergamino en sus manos, escrito por el mismísimo Obispo Justin Case, y cargando el mensaje para el pirata, en caso de que aprobara la puerta del hombre enmascarado.


El verdugo eterno aguardaba en la selva, y aunque era de día, y aunque el ambiente en general era cálido, en ese sitio específico, la luz era bastante tenue. Las zarzas cubrían el alrededor, era cierto, pero los árboles habían crecido fuera y sus hojas cubrían el lugar; era como si la selva misma quisiera franquear a las zarzas y finalmente consumir el lugar. Y con ello, también tapaban gran parte de la luz que podía entrar. El entorno en ese lugar era más bien fresco, llegando a frío. Pese a estar todo cubierto de maleza, no se veía ni se sentía natural.

Una nueva generación, una nueva usurpación
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#2
La gran selva Oki, y no solo quizá por sus proporciones considerables, sino por su fauna y flora de gran envergadura, era algo insólito; el observar bestias que triplicaban el tamaño natural y usual que habitaba en la mayoría de las otras islas e incluso en los Blues. Pero el encanto de esta región era ese mismo: sus grandes bestias. Dharma ya había pasado varios días, casi semanas, dentro de la isla, investigando lo mayor posible relacionado a su oficio como erudito y también incrementando sus conocimientos como médico. Poco a poco, a paso firme, sus habilidades mentales iban en aumento, casi tan diestras y afinadas como las habilidades de batalla. De eso no había duda: él tenía la disciplina de mantenerse en esa línea de la curiosidad y el conocimiento. Los grandes árboles selváticos rodeaban la espesa selva, donde el calor podía abundar.

La hora del día era incierta a veces en esta isla y en esta selva, pues el astro rey se solía mostrar con fiereza la mayoría del tiempo dentro de este lugar. Un concentrado espadachín deambulaba por las veredas casi vírgenes de esta isla, marcadas por algunos animales que transitaban en el día a día, mismos que a veces tocaba eliminar, competir o disuadir; pues tampoco se trataba de un exterminio por parte del oriundo de Wano, simplemente él sobrevivía de buena fe ante la naturaleza que se alzaba sobre la isla. Algo curioso llamó la atención del espadachín. Su inteligencia y su perspicacia le eran siempre herramientas naturales de gran ayuda, así como su temple y sabiduría, pues le permitían elegir de la mejor manera lo que podía hacer. ¿Pero qué era aquello que llamó su atención? Las bestias solían moverse de forma impredecible, como lo que son, pero de unos días para el presente, notó cómo estas mismas comenzaban a manifestarse en cierta región, no solo llamadas por su instinto sino quizá por algo más, algo diferente, algo que por ahora no venía a la memoria del pelinegro.

Tras una caminata en el actual día, Dharma siguió el rastro demasiado evidente de lo que parecía ser un camino de sangre: un culto, un tributo, una ofrenda. Alguien quería llamar su atención y ese alguien no tenía miedo de derramar dicha sangre solo porque sí.—Hmmm... bro... la sangre sin control me causa una extrañeza... rara.— Como si hablar consigo mismo fuera de lo más natural, era su manera de comunicarse con su propio espíritu, con su propia divinidad. Conforme se introducía en lo profundo de la selva, lugar donde no había estado hasta ese momento, guiado por el rastro de muerte, pudo notar que en lo profundo se alzaba una construcción de lo más extraña; extraña para el lugar, claramente.—Templo... Iglesia... Monasterio... todos encierran lo mismo... límites —decía sus palabras en dirección a la figura extraña sentada en un trono de piedra: un hombre con una armadura un tanto extraña, parecía antigua, parecía eclesiástica, le recordaba a otro tiempo.—Y tú... ¿Quién eres?—

Su voz gravosa, con un sentido frío y despiadado, se mostraba en dirección a aquel que yacía en el trono. El ambiente del lugar hacía esa situación un tanto diferente: la luz tenue intentando atravesar las enramadas, las zarzas rodeando aquella iglesia o construcción antigua. El clima, aunque cálido, se sentía menos bochornoso de lo usual. Dharma, que portaba sus ropajes usuales (camiseta negra, pantalones grises de lo más cómodos para la batalla, su calzado del mismo propósito y, en una serie de sujeciones de cuero que se ajustaban en su torso, portaba su par de espadas a los costados de él), parecía un explorador, parecía un pirata, parecía un guerrero... ¿Quién querría encontrarse con alguien como él? La gran duda, una afirmación certera. El de orbes esmeralda estaba expectante a una distancia cercana a los 10 metros; detrás de él, árboles y más árboles; al frente y de forma recta, una figura extraña con una armadura interesantísima.


OFF ROL:
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#3
El verdugo eterno miraría al pirata entrar a lo que él consideraba su dominio sagrado. Y cuando habló, el pirata notaría que la cabeza del hombre enmascarado no se movía ni un solo centímetro, pero sí que lo hacía el dedo índice de su mano izquierda. El dedo se movía de forma rápida y hacía círculos y figuras en el aire mientras el resto de la mano se mantenía quieta. Hubo bastante silencio mientras el movimiento del dedo se daba. ¿Qué podía estar pasando por la mente del verdugo eterno? Quizás no mucho. Pues tampoco es que fuera una persona que hablara mucho o que pensara mucho. Era un verdugo. Alguien con un solo oficio. Y el Obispo Justin Case le había dado una orden que no distaba mucho de lo que normalmente hacía para la Fe.

Luego de unos veinte o treinta segundos de completo silencio, el verdugo se pondría de pie. Pondría el pergamino sobre el trono de piedra y soltaría un suspiro que sería audible para Dharma. Se podía sentir que había alguien vivo bajo la armadura, y por la forma del suspiro, parecía ser alguien fuerte. Y bueno, para portar una armadura como la que llevaba, no podía darse el lujo de tener debilidades notorias.

—El pirata Dharma. Por su cabeza, el Gobierno Mundial ofrece una recompensa de ciento treinta millones de berries. —Dijo en un tono neutro—. Ese eres tu. Te presento en este sacro lugar, ya que has pedido mi nombre. No pides nombre sin haber dado el tuyo primero... pero tienes suerte de que te conozcamos, Dharma.

Era lo más que iba a decir en conjunto. Se sentía agotado de hablar tanto, incluso. Pero le era necesario para la misión que el Obispo le había encargado. Ahora mismo se arrepentía de no haber llevado consigo alguno de los monaguillos, para que se encargara de hacer toda la introducción ante el pirata aquél. Pero luego recordaba que no era por el entendimiento de Dharma por lo que lo buscaban, sino por su habilidad con la espada y su potencia en el combate. Así que iba a hablar de otra forma.

—Serás probado. El Penitente dijo que eras fuerte... yo, el Verdugo, tendré que comprobarlo.

Y dicho aquello, tomó su propia espada que estaba a un lado. Era una pieza de metal enorme, de su propio tamaño, pero el hombre aquél parecía poder manejarla sin problemas. Empuñándola entonces con ambas manos, no quiso dar más tiempo a Dharma, pues ya antes le había dado un discurso largo como para que tuviera la oportunidad de desenvainar por su cuenta. Atacaría entonces, avanzando primero con un tajo descendiente de su espada en una diagonal que iba desde la izquierda a la derecha; y mientras el filo bajaba, detrás de este movimiento iba el acercamiento, con pasos largos. El ataque iría a gran velocidad, a todo lo que podría dar el verdugo con un tajo sin más. Pero, por supuesto, era el movimiento de prueba.

Y luego de lograr dañar a Dharma con este ataque cortante, el Verdugo lanza un segundo ataque inmediatamente. Aunque este no es un tajo. Rapidamente suelta la mano izquierda de la espada y agarra el escudo que lleva en su espada, lanzando ahora un ataque con este, empujando al frente un metro como si fuera una embestida, aunque sin soltar el mandoble de la mano derecha. Este ataque era mucho más complejo que el anterior, y a diferencia del primero, parecía que cargaba con la verdadera intención de dañar a Dharma.

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#4
Cada segundo cuenta, la presencia con aquella peculiar armadura, se tomaba su tiempo, un tiempo que no será regalado por Dharma, pues durante esos 20 o 30 segundos que el Verdugo estuvo jugando al interesante, el espadachín continuaba su andar quedando muy cercano a la posición de aquel enigmático personaje. La distancia había sido recortada a menos de 5 metros para cuando el misterioso portador de la armadura se ponía de pie y dejaba sobre el trono de piedra un pergamino a la par que soltaba un suspiro bastante audible, cosa que le interesaba en lo mas mínimo al pirata.

| Aja... | Contestaba con un desdén notorio, la superioridad de Dharma se mostraba en su propia actitud, esa dualidad entre la solemnidad y la arrogancia. | Bro... como has dicho mi nombre es muy caro... no lo voy a malgastar.|  Expreso tras las ultimas palabras del verdugo y su pequeña presentación, pasaron los segundos, el pelinegro ya había posicionado sus manos en las empuñaduras de sus espadas que yacían en los costados de su torso, listas para actuar, su pose era alerta, más no tensa, estaba tranquilo, listo. Pues sabia lo que se avecinaba, no tenia que ser un genio para eso y aun más tras la ultima frase. | Serás probado. El Penitente dijo que eras fuerte... yo, el Verdugo, tendré que comprobarlo.|

Los sentidos de Dharma se agudizaron instantáneamente y mientras el verdugo decidía tomar su gran y santa espada de tamaño formidable, el espadachín actuaria, no era de los que mostraban honor, tregua, calma, misericordia, al menos ya no, no después de lo que ha vivido y transcurrido para llegar al Grand Line, nadie esta a salvo y si alguien pide muerte el le dará ese regalo, el descanso eterno. La agilidad para mover sus manos por parte de su rival era notoriamente lenta, quizá la extraña armadura, quizá la pose de estar cargando con un deber, quizá solo quería morirse, pero eso no lo podía determinar tan rápido el ex monje, tocaba esperar un poco y ver que tan resistente podía ser.

Dharma desenvaino sus espadas y al tiempo que el Verdugo hacia por levantar la propia las espadas gemelas del oriundo de Wano salieron de sus fundas, el violento silbido del aire siendo cortado, no era ni siquiera suficiente, para un verdugo poco avizor. | Anjali mudra | Recitaba con su voz gravosa y una agilidad vocal invariable daban origen a su ritual sagrado de muerte, el inicio del fin. Sus espadas se movían con violencia y potencia tanto así que sus músculos del cuerpo, se tensaban durante el ataque, resaltando la bestialidad de su técnica, un corte que iba en diagonales de derecha a izquierda con una espada y de izquierda a derecha con la otra atravesando el torso de su rival, esa armadura que poco o nada podría cubrirle, parecía ser más de estética que utilidad. Tras el corte generado en forma de "X" Dharma no dio un ápice de tiempo extra para el siguiente ataque.

La tensa calma del templo en ruinas, llegaba a su fina con las exhortaciones de la violencia y caos que el pelinegro otorgaba generosamente a su rival . Dharma, cuyos orbes esmeralda no habían perdido un solo detalle desde que el Verdugo se puso en pie, reaccionó con la velocidad que solo un guerrero destinado a la batalla, podía poseer y un entrenamiento riguroso podían otorgar. No había espacio para la duda frente a un rival que deseaba probar su fuerza. Pero de un momento a otro sin poder notarlo sintió como de su cuerpo la sangre broto, un corte poco profundo se genero sobre su torso, el cuerpo grande y fuerte de Dharma no parecía resentirlo pues había logrado ejecutar su técnica anterior con efectividad, notando que a diferencia de él, su rival se había quedado un pestañeo quieto e indefenso, confundido y desorientado.

| Vishnu Mudra |

Así pues como lo había pensado, lo ejecutaría. Sus armas se posicionaron de forma inmediata en una posición horizontal y  sosteniéndolas con fiereza, el pirata ejecuta un ataque transversal con sus dos espadas, los tajos gemelos generarían daño en el torso frontal del Verdugo de izquierda a derecha, utilizando de forma rauda su destreza y capacidad de herir. Al tiempo que se podía escuchar el segundo paso de su ritual de muerte. Sus palabras serias y su tono sin variaciones demostraban que Dharma no estaba para jugar, pues cuando se trataba de utilizar su poder, no había tiempo para titubear.

El pelinegro de cuerpo prominente, no se quedaría quieto y tras ejecutar esa técnica se movería hacia el costado izquierdo del Verdugo, buscando sorprenderlo una vez más, utilizando un movimiento de pies con toda su velocidad y fortaleza que le permitirá colocarse a un costado a no más de 3 metros de distancia, aun no decidía si le daría muerte a su rival, pero si era una prueba, Dharma la habría pasado con creces y sin titubeos.

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Energia: 2795 - 461 = 2334
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#5
El Verdugo esperaba que Dharma pudiera estar a la altura de sus propias capacidades. Sabía que el Penitente no era precisamente débil, pero lo superaba él mismo por un margen alto y aunque se había contenido un poco al inicio contra el pirata, tampoco había ido suave. Sus ataques debían de ser efectivos. O eso pensaba él. Lo que no esperaba era que el pirata hubiera aprovechado el tiempo que le dio para preparar una contra ofensiva de esa capacidad. Para el Verdugo todo sucedió casi que inmediatamente y solo pudo reaccionar cuando ya estaba en el suelo y en un lugar distinto al que estaba cuando terminó de atacar con el escudo.

Yacía en el suelo, con la armadura hecha trizas y con los brazos extendidos a ambos lados. Las piernas le pesaban y la cabeza le daba vueltas. Reconocía, de puro milagro, el techo de hojas y ramas que había sobre el extraño templo. El dolor le invadía el cuerpo por completo y tratar de levantarse fue un esfuerzo completo para aquél hombre.

Se apoyó sobre su espada con la mano derecha para finalmente ponerse sobre ambos pies y luego se llevó la mano izquierda al torso, en donde había recibido todo el daño. Pudo sentir la armadura destrozada y también sintió que había un líquido allí, su propia sangre. Había sido un golpe que realmente solo podía considerar que había tenido la fortuna de sobrevivir. ¿Y se suponía que debía probar al pirata aquél? El obispo se la había jugado bastante bien esta vez. El maldito.

Una risa cargada de dolor y humillación salió del Verdugo, quien caería luego sobre su rodilla izquierda, pero se mantendría tan alto como podía sosteniendo la espada con la mano derecha.

—Ja, ja, ja, ja, ja... —Si tan solo pudiera quitarse el maldito yelmo—. Me dicen que soy un monstruo, pero es que no te conocen, Dharma. Aprobado... supongo.

No sabía ni dónde estaba el pirata. Es más, era posible que estuviera lanzando un segundo asalto para terminar lo que empezó. Pero hablaría de todas maneras. Porque si esas iban a ser sus últimas palabras, entonces las pronunciaría para maldecir a aquél que lo había puesto en esa situación. Y no, no era el pirata el recipiente de su odio. Sino el obispo Justin Case.

—Toma el pergamino que está en el trono —No quedaba trono, lo había destruido cuando salió disparado luego del ataque de Dharma. Pero el documento estaba frente a este aún—. Puedes leerlo si quieres. Pero no deberás creerlo. Al menos no si tu interés no es terminar siendo algún otro sacristán de esta iglesia. Te traicionarán igual que a mi cuando vean que ya no podrás serles útil. ¿Te gustan las máscaras? Porque un yelmo como el mío, o el de mi hermano, el Penitente, es lo que te espera. Ja, ja, ja. Aunque seguro no me vas a querer creer. Me da igual. Haz lo que quieras con lo que te he contado...

Luego de ello, se quedó inmóvil. No es como que pudiera ponerse en guardia para poder pretender atacar nuevamente al pirata; había logrado hacerle algo de daño antes, era cierto, pero su error fue el de no haber ido con todo cuando bien lo pudo haber hecho. Se preguntaba si lo había hecho por bondad, por debilidad, o simplemente porque ese era el final que quería para la vida que había llevado. Para la vida en la que lo habían metido aquellos locos desde que tenía siete años y fue adoctrinado y utilizado para satisfacer a los líderes de aquella secta. Si vivía o moría realmente ya no dependía de él.

Si Dharma decidía leer el pergamino que se le había dejado, encontraría un texto en el que el Obispo Justin Case lo elogiaba de manera prematura por haber pasado la prueba del Verdugo... no parecía hablar de éste último como alguien que viviera, pero tampoco como alguien muerto. La carta continuaba el Obispo haciendo una pequeña reseña personal sobre las acciones de Dharma en el South Blues y sobre cómo había inspirado a su propia persona para continuar con la labor sagrada de su credo y cómo se quería ocupar de todas aquellas aberraciones de la sangre que desafiaban el diseño divino. Finalizaba, entonces, el escrito con instrucciones para poder llegar al Santuario de Kyodaina y, por supuesto, una invitación para hacer parte del plan del Obispo para la nueva era.

Si Dharma decidía unirse a la iglesia, solo necesitaba seguir las instrucciones. Aunque aquello no dejaba de ser sospechoso. Más aún considerando lo que había dicho el Verdugo antes. Y en caso de que el Verdugo continuara con vida, podría responder a preguntas que le hiciera el pirata. Algo parecía estar sucediendo -y no era de sorprenderse- en el culto de Naidirem Doolb.

Una nueva generación, una nueva usurpación
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#6
La densa selva y las enrredaderas que abastecían de sombra y propiciaban un ambiente más místico, servían de escenario para la situación tan peculiar que vivía Dharma en ese momento. El el crujido de las piedras destruidas comenzaron a asentarse en el templo en ruinas, como soportando el poder que generaba en cada ataque el oriundo de Wano. Desde su posición, a escasos tres metros de distancia sobre el flanco izquierdo, Dharma observaba la patética escena con sus fríos orbes esmeralda. Sus espadas gemelas  seguían desenvainadas, goteando la sangre del Verdugo, mientras que en su propio torso, la línea roja de su herida superficial apenas si manchaba su vestimenta. Para el pirata, aquel rasguño no era más que un recordatorio de que en el Grand Line un pestañeo te puede costar la vida, pero el resultado final demostraba quién era el depredador en ese lugar. Una mueca que bailaba entre el desdén y la diversión sombría se dibujó en el rostro del pelinegro al escuchar la risa rota de su oponente. El Verdugo, aquel que se jactaba de ser un juez implacable, ahora no era más que un hombre de rodillas, suplicando respuestas a su propia existencia que dependía de la poca bondad de un ser que se hizo así mismo para el poder y su ejercicio eficaz. 

—¿Aprobado? —

La voz gravosa de Dharma resonó en el eco de las ruinas, cargada de una superioridad aplastante —.  Sigues vivo... me causa mucha curiosidad todo lo que vociferas... es como ver una novela — Suspiraba tenuemente, acercándose a la posición del desvalido guerrero y su armadura rota — No tengo necesidad de servirle a nadie. —  Sus armas se encontraban aun manchadas de la sangre de su enemigo y en un elegante movimiento demasiado veloz, las limpiaba usando al viento como un tejido tangible. Ahora la sangre manchaba el piso, el pirata estaba a escasos 3 metros de su enemigo aun al costado izquierdo de este, sus pasos habían sido agiles y sin titubeos, aprovechando las dolencias de su rival, preparado para cualquier sorpresa, si este intentaba un último y desesperado movimiento. 

— Hmm... — 

Con paso firme y calmado, ignorando la debilidad del hombre de la armadura destrozada, Dharma caminó hacia los restos del trono destruido. Sus espadas perdonaban la titubeante vida del verdugo ¿era piedad? no, simplemente ya no era una presa y si el verdugo era inteligente, desistiría de malgastar el tiempo de Dharma y de él mismo. Sus ojos divisaron el pergamino intacto entre los escombros. Lo levantó con una sola mano, desenrollándolo con parsimonia mientras sus ojos devoraban las líneas escritas por Justin Case. Elogios vacíos. Menciones a su pasado en el South Blue. Una invitación para ser el títere de una "labor sagrada". Dharma soltó una carcajada seca, un sonido áspero que cortó el aire tenso del templo. — Jahjahjah... bro...  — comentó, doblando el pergamino y guardándolo entre sus ropas y sujeciones de cuerpo donde solía resguardar algunas cosas importantes, eso sí, con total despreocupación y naturalidad —. Santuario de Kyodaina... — El pirata se giró lentamente, quedando frente al agonizante Verdugo. La dualidad de su ser se hizo presente: la solemnidad de un hombre que ha aprendido una filosofía única en este mundo, que comprende el peso de la vida, mezclada con la implacable arrogancia de un capitán pirata. Se acercó un paso más, la punta de su espada casi rozando el suelo destruido, después de dudarlo un poco, el de orbes verdes oscuro, terminaba envainando sus armas, pero eso no significaba que no estuviera atento o alerta.

— Tu amo... te quería quitar del camino... ¿sabes algo que no quiere que otros sepan? es momento de confesar tus pecados verdugo... para que tengas una nueva vida  y claro... dime que es lo que depara el ir a ese Santuario... ¿Cuántos más hay como tú? — 

Dharma bajó la mirada, clavándola en el yelmo de su rival. El pelinegro esperó, con sus expresiones distantes y frígidas, pero expectante, con los sentidos agudizados por si el culto de Naidirem Doolb tenía más sorpresas preparadas en los alrededores.

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#7
Ante las palabras de Dharma, el Verdugo guarda silencio, incluso luego de que el pirata lo hubo interrogado de forma directa. Sentia la sangre aún correr por la herida que había recibido y no podía evitar pensar en que esa conversación que estaba teniendo iba realmente a ser la última que tendría nunca. Y le dolía pensar aquello. Le dolía, más no podía llegar a sentir ninguna emoción. Había sido despojado de la capacidad de sentir y eso no estaba bien, pero, ¿Qué podía hacer? La máscara miró a Dharma de manera fija y prolongada; estuvo un buen rato considerando todo lo que iba a decir. Si no tenía la oportunidad de decirlo nunca más, iba a hacer que contara todo lo que podía. Así que luego de un silencio que se sintió más largo de lo que realmente fue, el Verdugo habló.

—Ya has visto de lo que son capaces los líderes de nuestra iglesia. Ya viste lo que sus enseñanzas hacen, e incluso tu has participado en ello. El Penitente. Yo... somos solo sacristanes de la iglesia. Y es posible que el Monseñor, Justin Case, pretenda usarte. Le interesa tu fuerza y tu capacidad para aniquilar lo que se te ponga en frente. Hazte un favor: Mátalo.

Aquello último lo diría con frialdad. Y podría decirse que había odio en lo que decía el moribundo Verdugo, pero siendo desprovisto de cualquier capacidad de sentir, era más probable que solo pensaba de manera pragmática.

—Naidirem Doolb no debe propagarse. Si los ayudas, el mundo como lo conoces dejará de ser... interesante. Justin Case tiene una ambición más grande que su propia imaginación. Toma lo que quiere y a quienes quiere. Y si consigue a alguien que le pueda ser útil, lo empalagará de todo lo que desee. Te dará tantas batallas como quieras, te premiará y te alabará hasta que te vuelvas adicto a su influencia. Y cuando ya no le sirvas, créeme, estarás en mi posición. Creas o no en lo que la iglesia dice, no debe estar en manos de alguien como Justin Case...

Se miró las manos ensangrentadas y luego caminó a tumbos torpes hasta el trono, sentándose en las ruinas de este y mirando al suelo. De repente se sentía con sueño y hacía frío.

—Te encontrarás con los monaguillos. Desconozco su fuerza, pero siempre fui yo el puño de Monseñor. Quizás no eran tan fuertes como para ocuparse de los... trabajos... o quizás los trabajos no eran suficientes para ellos. Los reconocerás de inmediato; pero no olvides que tu objetivo debe ser el Obispo Justin Case. Destrúyelo y protege tu libertad, pirata. O únete a él y vuélvete su nuevo Verdugo... yo... ya... estoy cansado.

Y tras aquellas palabras, el Verdugo suspiró y se entregó al cansancio. No hablaría más ni se movería de allí, guardando la poca energía que le quedaba para poder recordar sus acciones y buscar paz consigo mismo antes de ir al infierno que le deparaba por la eternidad en el más allá. Había hecho tantas cosas por las que no podía sentir orgullo ni pesar, y tan solo en ese momento llegó a extrañar a su hermano, ¿Qué sería del Penitente?

Ahora bien, para Dharma las cosas podían ser más sencillas. El Verdugo le había advertido ahora de que la iglesia pretendía ponerlo a su servicio por algo más que solo un trabajo. Y a cambio le ofrecían combates, tantos como quisiera. ¿Qué precio tiene la libertad? Es complicado ponerle valor a algo tan abstracto, los hay incluso quienes niegan por completo la posibilidad de que tal concepto como la libertad exista, que todo está atado al destino. Pero entonces, si no se es amo de su propio destino, ¿Qué sentido tiene buscar cualquier objetivo? Aquello lo pensaría también el Verdugo en sus últimos momentos.

La selva de Kyodaina se mantenía silenciosa ahora en aquél lugar, Dharma ahora tenía la posibilidad de seguir el camino hasta la sede de la iglesia en aquella isla, o podría ignorar por completo lo que el Verdugo le había dicho e irse por su cuenta. Aunque antes de que pudiera tomar cualquier decisión, un sonido bastante peculiar se hizo audible en medio de la nada.

Pere. Pere. Pere. Pere. - Pere. Pere. Pere. Pere.

El Verdugo sacaría el Den Den Mushi y luego se caería de sus manos.

—Parece que ha pasado suficiente tiempo, Verdugo... ¿Verdugo? ...¿Hola? Hm... esto no pasa. Supongo que mi Sacristán no fue suficiente para ti, ¿Verdad? Espero que te haya dado la instrucción de leer lo que he escrito para ti. Enviaré a mis monaguillos para que te guíen. Los irás encontrando en el camino. No serán conversadores, pero te llevarán por el camino hasta nuestro templo aquí en Kyodaina. El padre Holden me contó suficiente de ti y de lo bien que combates. Te necesito, Dharma. Y te aseguro que los oponentes estarán a tu altura. Son todos una amenaza para nuestra fe, fe a la que has demostrado un gran servicio en el pasado.

Una nueva generación, una nueva usurpación
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#8
El silencio del moribundo ejecutor no incomodaba al pirata; al contrario, le resultaba un espacio idóneo para analizar las variables de su entorno. Escuchó cada palabra con una quietud sepulcral, procesando el pragmatismo desprovisto de emociones que dictaba el discurso del Verdugo. ¿Matar al Obispo? ¿Una ambición desmedida que pretendía consumirlo? Una sutil y casi imperceptible mueca de desprecio se asomó en los labios del pelinegro. La idea de que un clérigo radical creyera poseer la astucia necesaria para doblegar su voluntad o volverlo «adicto a su influencia» rozaba lo ridículo. 

Dharma no era un instrumento moldeable; era el artífice de su propio camino.— Hmm... — El murmullo de Dharma vibró en su garganta mientras observaba al coloso arrastrar sus pasos torpes hacia los escombros del trono, entregándose finalmente al letargo de la inconsciencia o de la muerte misma. — Demasiados participantes en esta historia donde el final será el mismo para todos ellos... le gusta hablar del descanso eterno, según recuerdo... bro... yo les daré ese regalo. — 

Para el oriundo de Wano, el concepto de la libertad no era una abstracción mística ni un regalo del destino; era una propiedad privada que se defendía con el filo del acero y el peso de la propia voluntad. Si el destino existía, él ya lo había cortado a la mitad hace mucho tiempo. Justo cuando el ambiente de la selva Oki parecía recuperar su calma natural, un sonido metálico y rítmico quebró la atmósfera lúgubre del templo derruido.

Pere. Pere. Pere. Pere... Pere. Pere. Pere. Pere.

Los orbes esmeralda del espadachín se posaron sobre el caracol de comunicaciones que resbalaba de los dedos casi inertes del guerrero enmascarado, quedando sobre la maleza ensangrentada. Al escuchar la voz altiva y altiva que emanaba del dispositivo, la voz del mismísimo Obispo Justin Case, Dharma guardó silencio por unos instantes. Dejó que el hombre al otro lado ompletara su monólogo, deleitándose con la arrogancia prematura de quien cree tener el control absoluto de la situación.— La propuesta es interante, pero quizá deberias ver la mia — respondió Dharma.


Su voz gravosa y gélida brotó con una parsimonia aplastante a través del Den Den Mushi, desparramando una solemnidad que contrastaba con la hostilidad latente de sus palabras —. Tu Verdugo  ahora esta con tu creador —.  Dijo el oriundo de Wano, con su estilo de voz invariable y una calma digna de alguien con su confianza, sin importar si era escuchado o no. El pelinegro estiró el brazo y, con un movimiento firme, recogió el caracol del suelo, acomodándolo en la palma de su mano mientras acomodaba con la otra el pergamino guardado en su torso. Una sonrisa ladeada y peligrosa se dibujó en su rostro. Las promesas de batallas dignas y enemigos a su altura eran lo único que realmente capturaba el interés del espadachín pirata. Si Justin Case quería ofrecerle un banquete de sangre y acero bajo la fachada de una guía sagrada, él aceptaría la invitación con gusto.

Pero no como un siervo, sino como el verdugo de la propia iglesia.— Despreocúpate por tus guías. Iré al Santuario, bro... pero no porque tus monaguillos me lleven — sentenció Dharma, con una tranquilidad pasmosa que denotaba su absoluta falta de temor. — Quiero saber qué tan resistente es tu propia fe cuando mis espadas toquen a tu puerta, quiza sabes negociar mejor — Sin esperar una réplica o una justificación por parte del jerarca de Naidirem Doolb, Dharma cortó la comunicación del Den Den Mushi con un chasquido seco. Dejó caer el caracol de regreso a la vegetación y clavó una última mirada en el cuerpo inmóvil del Verdugo. El juego había comenzado. Ajustó las sujeciones de cuero de su torso, ignorando deliberadamente el leve ardor de la herida superficial de su pecho, y comenzó a caminar con paso firme y ágil hacia la espesura de la selva, siguiendo la ruta que el destino o su propia ambición le demandaba.

OFF ROL:
| D e v i l s | N e v e r | C r y |
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3122 + 0 = 3122
Energia: 2350 + 16 = 2366
Espiritu: 745 + 0 = 745
#9
✘
TEMA: CERRADO

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