[Pasado] Que alguien llame a alguien | Priv.
#1
Día 55 de Primavera | Año 17

Había sido una estadía cómoda y bastante agradable en Samba desde hacía un buen rato ya. Se había divertido apostando y ganando dinero de los que eran demasiado lentos como para caer en los embustes de Yuuki. Y aunque, oficialmente, no había cometido ningún delito de estafa, sí que había abusado de la confianza de más de un taimado. Pero así eran las cosas. Y no es como que ella tuviera otra forma de ganarse la vida; al ser una fugitiva, debía aprovechar al máximo el tiempo en un lugar. Aún había mucho que podía hacer mientras estaba en Samba.

Desafortunadamente, era momento de zarpar a otros horizontes. Quizás a Kárate. No había visitado Kárate nunca y sonaba a un agradable sitio. O quizás volvería a Baterilla. Cuando tomaba el té de la mañana, se estaba debatiendo entre la isla que la vio crecer, o la isla de los luchadores donde la gente iba a mejorar sus habilidades en el combate. Claro que allí ella no podría mejorar demasiado, o al menos no en los dojos del lugar; pues ella no era ninguna luchadora y dudaba mucho de que encontrara sitios diseñados para que tiradores como ella pudieran entrenar.

Al final consideró que lo pensaría luego, cuando el sol se ocultara. Era su último día en la isla de Samba y quería pasearse simplemente. Esta vez no tenía ningún plan de nada. Aunque sí que se llevó las pistolas guardadas para no verse desarmada en caso de que cualquier cosa llegara a pasarle. Partió al pueblo tan pronto se terminó de beber su té de la mañana.

El lugar por el que andaba era relativamente humilde, aunque había varios comercios y sitios que se veía que captaban buenas sumas de dinero. Incluso vio una taberna. Pero Yuuki se contuvo de entrar al lugar y continuó con su paseo entre la muchedumbre, manteniendo sus ojos activos y pendientes de cualquier situación que se presentara. Las puntas de sus dedos tamborileaban sobre la parte de atrás de su cabeza mientras ella se acomodaba el cabello y se hacía la niña bonita mientras caminaba.

Llamaba algo la atención, no era algo que pudiera evitar. Pero lo aprovechaba para su beneficio propio. De vez en cuando algún caballeroso le regalaba algo y esa vez no era la excepción. Ya llevaba consigo unas flores en su otra mano y se estaba relajando con el aroma de éstas mientras seguía acomodando su cabello. Tenía una sonrisa delicada en el rostro y, para variar, se había quitado el parche. Sus alas se mantenían bien plegadas, pero se notaba que estaba relajada.

Allí en la calle por la que transitaba, que era larga y con casas y comercios a cada lado, caminaba Yuuki, hasta que se detuvo al ver que a alguien lo estaban interrogando junto a una carreta pequeña que se había estropeado y tenía una de sus ruedas fuera.

La birkaniana se cruzó de brazos y se fue junto a la multitud, no logrando evitar las ganas de conocer el chisme y de enterarse de la situación.
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#2
En la isla de Samba la presencia de Marines es, cuanto menos, escasa y prácticamente nula. En aquel país festivo, donde prima el jolgorio durante casi todas las horas del día, especialmente en ocio nocturno, hombres como Kael destacan por un millar de ideas. Si bien es capaz de no llamar la atención si así se prepara para ello, lo cierto es que en ocasiones ha de actuar como Marine, ya sea por órdenes explícitas o...bueno, la vida le ha enseñado a no actuar como tal si no está trabajando. Siempre, para descubrir todo cuanto pueda a su alrededor, lo mejor es evitar llevar puesto su uniforme.

Hoy, desgraciadamente para él, no era uno de esos días.

Ataviado con su orgulloso traje bien planchado, y con la firmeza que le destaca como Marine, camina por las calles realizando labores de patrulla indiscreta, mostrando los primeros indicios de presencia de Marines en la zona aún sin tener una base de operaciones en la zona. Incluso ellos deben dejar en claro de vez en cuando que los marines están por todas partes, que pueden llegar allí donde se les necesite, por más que no estén operando directamente en el lugar. Por eso, la división setenta y cinco nació en un primer lugar.

Caminando durante varios minutos en solitario, prácticamente todos los civiles -y los que en realidad no lo eran- se quedaron observando al joven Marine. Algunos durante más tiempo, otros menos, pero todos de igual forma quisieron observar al hombre que tan tranquilamente se atrevía a caminar con el uniforme. Él hacía mucho que había dejado de prestar atención a esos detalles, pero instantes después, observando al frente de esa misma calle, parecía que había una conmoción que llamaba más la atención incluso que el marine. Lo que se entendía como un miembro del ejército real de Samba, aquellos que conforman la única fuerza de seguridad en todo el país, había detenido a un hombre para interrogarlo. El carro estaba en el suelo, una de sus ruedas perdidas en el suelo, y el pobre comerciante, temeroso en el suelo por no saber como proceder.

Con intriga en su mirada, Kael actuó de la única forma que sabía poder hacer algo. Se acercó hasta el lugar, apartado de su camino con algo de cuidado a todos los que se interpusieran de por medio hasta, finalmente, estar dentro de todo el centro de atención.

—¿Va todo bien, soldado?—preguntó al "agente" dedicado, la figura autoritaria en toda aquella contienda.

—Marine...tú no tienes nada que hacer en este lugar.—Lo miró de reojo, observando con suficiente destreza el rango que sobre sus hombros manejaba como un miembro raso.—Aunque si uno como tú quiere hacer algo, quizás seas útil alejando a toda la multitud. Esto no es ningún espectáculo.

Que le den órdenes suele ser algo habitual que lo obliga a asentir y obedecer sin rechistar, no obstante, parecía que la atención de ese hombre dedicado a la protección del Reino estaba más interesada en el contenido del carro que en asegurar la zona...y eso es algo que, al de cabello azabache le hace preguntarse ¿por qué?

—Puede continuar con su trabajo, soldado, pero no tiene potestad ninguna para dar órdenes a la Marina. Si no le importa, mientras investiga e interroga al hombre, realizaré una investigación a las pertenencias del carro.

Sin embargo, aquella respuesta no parecía ser totalmente satisfactoria para el soldado, quién, según su postura, parecía más dispuesto a generar escándalo y pelear que mantener la seguridad que tan honorablemente debía modelar.

—¿No estará usted dispuesto a...?—Apenas pudo pronunciar la frase...
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#3
Yuuki pudo ver que el acontecimiento era un soldado de la guardia de aquella nación pasándose de abusivo con uno de los locales. Y esto hizo que ella frunciera el ceño. No le agradaba la gente que abusaba de su poder y que se imponía sobre otros que no tenían oportunidad. ¿Dónde estaba la libertad en ello? Si bien los animales cazaban a sus presas, éstas también crecían para que cazarlas fuera lo más complicado posible. Incluso en la naturaleza, había una lucha natural que podría considerarse justa. Pero un sujeto armado e investido con autoridad aprovechándose de esto para pasar por encima de aquellos a quienes había jurado proteger... eso simplemente no estaba bien. Y ella quiso intervenir.

Pero antes de que ella lo hiciera, otro más de uniforme se estaba metiendo. Y esta vez era un marine. Cómo los detestaba. No eran realmente distintos al soldado aquél. Y se notó por encima que el marine tampoco parecía realmente interesado en proteger a nadie. Y Yuuki suspiró, porque, por un momento, ella creyó que ese marine la iba a hacer cambiar de opinión. Así que al ver que él solo hablaba, ella misma entró en la escena.

Recogió unas piedras del suelo y las lanzó con rabia, una piedra a cada uno de los uniformados, y por supuesto, apuntando a la cabeza. No eran más que guijarros, y aunque no causaran daño real, no dejarían de doler.

—¿Para eso es el uniforme? ¿Para ladrarse como perros cuando no se agradan? Ah, pero al pobre hombre del carro no hay quien lo proteja.

Desplegó sus alas para verse lo más intimidante posible, aunque por su apariencia no era exactamente intimidante. Y la forma en que caminaba, moviendo sus caderas suavemente de un lado a otro conforme sus pasos avanzaban, daban más la impresión de que fuera la hija o familiar de algún noble que una viajera más del montón. Incluso cuando sus ropas decían más de esto último. Y por supuesto, se podían ver las pistolas guardadas en sus fundas. Pero había elegido los guijarros porque no era tonta. Abogaría por la libertad, sí, pero no a costa de la suya propia.

Se acercó al hombre del carro y le ofreció su mano izquierda. La izquierda, no la derecha. Porque quería dejar claro que ella no era ninguna buscadora de justicia u orden. Y luego, con su tono amable, hablaría al comerciante después de sonreírle.

—Levántate. No tienes cadenas que te hagan servir y nunca las vas a tener. Arregla tu carro y vete a lo tuyo. Porque si fueras un delincuente, Ciertamente no estarías solo tu y tu carro.

Y después de que el hombre, confuso, se pusiera de pie y se quedara a debatir entre a quién seguirle el consejo, Yuuki empezaría a tirar todos los guijarros, uno a uno, a los dos uniformados. Esta vez no a la cabeza, pero sí a sus torsos. No iba a herirlos. Y ahora sí que no dolerían. Pero era claro que no estaba alegre.

—Perros. Abusivos. Escorias. Inútiles. —Y por cada etiqueta que les ponía, les tiraba un guijarro—. Corruptos. Sangujiuelas. ¡Desperdicios!

Cuando se quedó sin guijarros, apretó sus manos y se paró en posición firme frente a aquellos dos, desafiándolos claramente. Detrás de ella, algunos parecían estar de acuerdo con la intervención de la pelirrosa y no faltó el que continuó gritándoles a los dos. Podía ser que el marine hubiera llegado allí para mediar en la situación, pero como nadie lo vio hacer nada tampoco por ayudar, era fácil meterlo en la misma bolsa que al soldado de Samba. Después de todo, no es que a los representantes de la ley de ese lugar los quisieran mucho... y eso se extendía a los marines también.

—Uno abusa de su poder y el otro pretende llegar a querer imponerse sobre el que abusa... pero no lo detiene. ¿No se supone que los soldados de Samba defienden a su gente? ¿Y no se supone que los marines van por arriba y por abajo predicando justicia? —Señaló al soldado—. Tu eres un corrupto de mierda. —Y luego al marine—. Y tu un fracasado.

Pateó al aire, aunque levantando polvo y arrojándoselo a los dos. Y en ello el soldado parecía que no iba a aguantarse más las provocaciones de la birkaniana, por lo que luego de gritarle un improperio, le lanzó un golpe con su lanza, buscando darle con el asta de la misma... y logrando darle en el brazo y tumbarla al suelo. Allí fue cuando Yuuki terminó por perder los estribos.

La cara se le puso roja y los ojos blancos, hasta parecía que los dientes se le habían puesto picudos.

—¡Estaba rifando putazos y te compraste todos los boletos, desgraciado! —Encontró una piedra más grande y se la lanzó al soldado, ignorando ahora por completo al marine.
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#4
Kael vió en el hombre un movimiento, o más bien, predijo en él lo que tenía en mente el contrario. Aquella postura, la mirada en su rostro, el aura que denotaba una idea que claramente no iba por buen camino...iba a disparar con el arma.

Desconoce si el fuego era preventivo, disuasorio, o si tenía ganas de entrar en un combate que claramente ahuyentaría a la población. Un simple guijarro en la cabeza terminaría evitarles ese mal trago.

Cerraron los ojos ambos al primer impacto. ¿Un rechazo por parte del pueblo? Claramente no parecen estar en contentos con la situación actual. La marina es la ley, pero en esta isla, el regente es el rey, y su guardia real quiénes se encargan de hacerla cumplir. Kael mantiene las formas y la tranquilidad a pesar de todo cuando comprueba que tan solo una persona parece descontenta con la situación.

Vió las pistolas en su cintura, y aunque ha optado por las piedras, parece que la situación puede llegar a descontrolarse en cualquier momento si no se tiene cuidado suficiente. Por dentro, Kael se estaba preparando para un combate, y planeando como se actuaría al ver que, tras varios flancos, los enemigos y las posibilidades de un mal resultado acechan.

—Señorita.—Las palabras del marine no llegaron a nada. Tan pronto levantó la voz comenzaron a lloverle insultos a ambos cuerpos de seguridad. ¿Es esto lo que buscan? ¿Qué se actúe con presteza? El azabache toma los pasos con detenimiento, analizando la situación para comprobar que nada se le escapa, pero parece que la gente prefiere más velocidad de actuación.

El marine no perdía los ojos de vista en el carromato. A pesar del acercamiento de la birkaniana, él intuía algo más. ¿Tal vez colaboraba con él? ¿Verdaderamente es inconsciente de la realidad de la situación? No tiene ninguna capacidad de intuir cual de las dos opciones era, al menos hasta que la analice con más detenimiento.

Para su desgracia, el soldado no es que fuera a entregarle tiempo alguno.

El ataque a una civil era indigno, cruel e improcedente. Es cierto que lanzar piedras a la cabeza del cuerpo de seguridad puede estar penado y seguramente castigado, ¿pero usar una lanza? Eso era abuso de fuerza y poder.

—Se acabó.—Kael se acercó al soldado, tomando la lanza cerca del filo por la parte de madera. Apretó con fuerza hacia arriba como si estuviera descorchando una botella con la misma mano, y rompió la lanza con una fuerza que ni sabía que tenía. O la lanza estaba desgastada, o definitivamente la madera no era tan gruesa ni de buena calidad como aparenta.—Atacar a una civil en presencia Marine sin justificación está penado por ley. Como soldado real debería saberlo, y su falta de temperamento habla mucho de su forma de comportarse.

—¡¿Pero quién te has creído, soldaducho?!—Gruñó con fiereza el ahora desarmado hombre hacia él.—Si quieres que te arree a ti también...

Pero no le escuchó. Ofreció una mano de ayuda a la Birkaniana, a sabiendas de que esta seguramente la rechazaría, pero aún así queriendo actuar como debió haberlo hecho desde un principio, preocupándose por la gente de la isla.

—Gracias por levantarte en favor de la gente. A partir de ahora, yo me encargo. Espero que tengas a bien permitírmelo.

SI podía entrar más en furia, seguramente ni el propio soldado mismo lo sabría. Estaba a punto de explotar cuando el azabache le devolvió la mirada, seria, tranquila, y firme al mismo tiempo.

—Amenazar a la gente que juró proteger es inmoral y vergonzoso. Revise el cargamento del comerciante, y si todo está en regla, dejele marchar. Esta gente no merece que usted, por su apetencia, los trate menos que como respetuosas y honradas personas de esta isla.

Por alguna razón, a pesar de la tensión en su mirada, sus palabras mostraban una calma que no calza en absoluto con su rostro. Una pelea de egos solo los llevaría por el mal camino, y con su capacidad disuasoria, prefiere evitar un conflicto directo que involucrar a una persona de la calle con armas de fuego en lugar de ocuparse alguien bajo el mando del gobierno mundial autorizado para actuar.

Aún así, eso no significa que él esté de acuerdo en todo.
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#5
El soldado recibió la pedrada y Yuuki se sonrió con cierta picardía. Podía entretenerse lanzándole cuantas rocas se encontrara por allí, y como ya había usado la lanza, luego podía echar mano a las pistolas y darle una buena lección. Después de todo, ¿Porqué no hacerlo? Ella ya era de por si una criminal... aunque no una reconocida. Cuando el guardia quiso lanzarse nuevamente contra ella con su lanza, fue detenido de inmediato por el marine que estaba allí observando la situación y que, hasta el momento, nada más estaba haciendo.

Por supuesto, ahora estaba el marine ofreciéndole la mano a la pelirrosa para ayudarla a levantarse. Y puede que no esperara que ella aceptara su ofrecimiento, pues Yuuki tampoco le notó verdadero interés en ayudarla sino que, en la forma que ella interpretaba las cosas, más parecía estar interesado en quedar bien. Así que ella se puso de pie por su cuenta y luego miró a los dos, aún furiosa.

—¿Cómo que revisarlo? ¿Acaso debe asumirse que ese pobre hombre es un criminal? ¡Mírenlo! Está asustado y yo en su lugar incluso me sentiría traicionada. Ciertamente. Para empezar, ¿Porqué permite la marina que cualquier gobernante o sus perros falderos hagan lo que quieran?

Saltó entonces sobre el carromato y agarró las pistolas. Sonreía de forma confiada y ahora apuntaba ambas armas contra el soldado de antes.

—Eres muy grande cuando los que te topas son personas que no piensan siquiera en defenderse. Pero me pregunto qué harás cuando tengas dos piezas de plomo alojadas en el pecho. O en las rodillas. O en los hombros... —Y mientras mencionaba aquello, parecía que los cañones de las pistolas se movían ligeramente, apuntando a cada parte del cuerpo que ella mencionaba.

—Nadie va a revisar a nadie. Vamos a arreglarle las ruedas del carro a este buen hombre... o simple y sencillo: Los lleno de plomo. ¿Quedamos claros? Es lo más justo. Ya luego, si quieren, pueden intentar atraparme. Pero sus agujeros se los hago donde lo intenten.

El comerciante, más que asustado, ahora estaba dando un par de pasos atrás. No sabía qué hacer y lo que menos deseaba era meterse en algún problema con el gobierno de ese país. Sin embargo, notaría que ahora habría una multitud de curiosos alrededor y que le sería imposible salir de ese lugar sin tomar posición. Tenía, por un lado, a una mujer armada que abiertamente amenazaba tanto al guardia como al marine, pero que a su vez era la única que realmente estaba dispuesta a hacer algo por él. Luego estaba el marine, que se notaba que quería llegar a una solución más "civilizada", pero que al mismo tiempo se notaba ignorante de los deseos egoístas del guardia. Y por último, el guardia, a quien si obedecía calladamente, iba a poder irse de allí luego de tener que sobornarlo por lo que fuera que pidiera.

La pistolera, por su parte, se mantenía con las armas apuntando fijamente. El soldado entonces agarró el palo de la lanza que le había quedado luego de que el marine la rompiera, miró al azabache a los ojos y después a la pistolera, parecía que, silenciosamente, estaba indicándole que había que neutralizarla a ella antes de seguir con cualquier cosa. Y por supuesto, esto a una ya irritada Yuuki no le gustó nada.

Acostumbrada ya a los problemas, suspiró y apuntó directo a los muslos del guardia, soltando sus disparos sobre éstos. Un proyectil de cada pistola fue disparado, uno a cada muslo. Y por supuesto, causaría suficiente daño sobre le guardia como para que éste cayera al suelo y empezara a quejarse del dolor. Yuuki se reiría con especial crueldad.

—JRAH JRAH JRAH JRAH —Se reía cual chancho—. Un poco de daño y ya chilla de dolor. ¿Qué hará el marine ahora? —Dijo finalizando en un tono claramente despectivo mientras las pistolas seguían fijas en el guardia, aunque sus ojos azules miraban al marine desde arriba del carromato.

La gente alrededor se escandalizó al escuchar los disparos y varios empezaron a huir de allí. Mientras tanto, el comerciante ahora se llevaba las manos al pecho, asustado y aterrado por lo que podría pasarle ahora por culpa de aquella pirata.
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