13-06-2026, 05:24 PM
Día 32 de Invierno año 17 - Saliendo de Baltigo
Aunque apenas había sido una semana, sentía que había vivido meses enteros en Baltigo, había llegado persiguiendo una idea. Me marchaba formando parte de ella, durante aquellos días había escuchado discursos, conocido historias, observado el funcionamiento de la organización desde dentro y, por primera había comprendido que la revolución era mucho más grande de lo que había imaginado desde Briss. No era un grupo de rebeldes escondidos peleando contra el mundo, era una maquinaria gigantesca movida por miles de personas que creían en algo mejor y yo quería formar parte de eso, quería estar en el centro de todo aquello, quería ser útil y crecer.
Mientras descendía hacia el puerto junto al resto de revolucionarios, mis enormes orejas se agitaban suavemente con la brisa marina. No podía evitar girar la cabeza una última vez para observar la isla que había servido como corazón de la causa durante tantos años, había conocido a Elizabeth, había visto a los comandantes y, para mi sorpresa, incluso había tenido la oportunidad de hablar directamente con Kisuke Kageyama, no todos los días un revolucionario recién llegado podía presumir algo así. —Nada mal para una sola semana.— Murmuré con una sonrisa orgullosa mientras acomodaba una mochila sobre mi hombro. Por supuesto, el destino tenía que recordarme que la vida rara vez era perfecta, porque nuestro transporte de regreso seguía siendo el mismo, el mismo barco, la misma bodega, el mismo olor infernal a pescado.
Cuando crucé la entrada del almacén flotante sentí el aroma golpearme directamente en la cara. —Ah, sí, la verdadera prueba de la revolución.— Comenté llevándome una mano al pecho. —No derrotar al Gobierno Mundial. No liberar naciones. No desafiar tiranos. Sobrevivir a este olor durante semanas enteras. — Algunos revolucionarios soltaron pequeñas risas y otros simplemente continuaron acomodando provisiones. Yo avancé entre cajas, redes y barriles hasta encontrar un espacio libre donde sentarme, era curioso, la primera vez que viajé en esta bodega sentía que estaba encerrado, pero ahora no. Ahora sentía que me estaba moviendo, cada milla recorrida me acercaba a nuevas islas, nuevas personas, nuevas historias y nuevos problemas que resolver, porque comprendí con esta asamblea en Baltigo que la revolución no vivía únicamente en su cuartel general, vivía en cada pueblo abandonado, en cada ciudadano explotado, en cada marinero olvidado, en cada rincón donde alguien necesitara ayuda.
Apoyé la espalda contra una caja de madera mientras sacaba una zanahoria de mi equipaje. —South Blue, ¿eh?— Dije observando el techo de la bodega. —Espero que estén preparados. Porque pienso conocer cada isla, escuchar cada historia y dar cada discurso que sea necesario. — Le di una mordida a la zanahoria, mi sonrisa se amplió, para mi Baltigo había sido solo el comienzo porque ahora tocaba salir al mundo y demostrar que no había viajado hasta allí únicamente para escuchar a la revolución. Apoyado contra una de las cajas de la bodega, continué mordisqueando mi zanahoria mientras observaba a los revolucionarios que iban entrando uno tras otro. Algunos cargaban equipaje, otros provisiones, otros simplemente buscaban un lugar donde acomodarse para las próximas semanas de viaje.
Entonces reconocí tres figuras familiares, eran Kasui, Miga y Shiryoku entonces una sonrisa apareció inmediatamente en mi rostro, no porque fueran los revolucionarios más fuertes de Baltigo, ni porque fueran comandantes, tampoco eran famosos, esa sonrisa era porque eran mi gente, mi escuadrón, mi primer grupo dentro de la revolución y todo gracias a un niño, todavía me costaba procesarlo. Durante años había intentado llamar la atención de altos mandos, oficiales y reclutadores. Había imaginado que mi entrada oficial a la revolución estaría marcada por grandes discursos, reuniones importantes o alguna demostración espectacular de mis capacidades.
Y al final había sido Kasui quien terminó uniéndonos, aquel pequeño parecía poseer una habilidad extraña para conectar personas, no importaba de dónde vinieran, no importaba qué tan distintas fueran, simplemente sucedía. Lo observé unos segundos mientras acomodaba sus cosas. —¿Saben qué es lo curioso? — Dije elevando la voz lo suficiente para que me escucharan. —Toda organización necesita líderes, estrategas, combatientes y personas inteligentes, pero muy pocas veces alguien reconoce la importancia de quienes unen a los demás.— Señalé directamente a Kasui con la zanahoria. —Tú deberías cobrar impuestos por eso, pequeño. — Le di otra mordida antes de continuar.
—Lo digo completamente en serio. Yo llegué aquí sin conocer prácticamente a nadie. Ahora tengo un escuadrón. Tengo compañeros. Tengo personas con las que probablemente termine compartiendo golpes, heridas, misiones, victorias y seguramente alguna que otra apuesta terrible. — Mi mirada recorrió a los tres, resultaba extraño lo rápido que podía cambiar una vida, una semana atrás apenas era un revolucionario más llegando a Baltigo. Ahora tenía un lugar al que pertenece y un grupo, un equipo, una responsabilidad que honestamente me gustaba. Porque por mucho que hablara de pueblos, naciones y revoluciones enteras, el cambio siempre comenzaba de forma más simple.
Aunque apenas había sido una semana, sentía que había vivido meses enteros en Baltigo, había llegado persiguiendo una idea. Me marchaba formando parte de ella, durante aquellos días había escuchado discursos, conocido historias, observado el funcionamiento de la organización desde dentro y, por primera había comprendido que la revolución era mucho más grande de lo que había imaginado desde Briss. No era un grupo de rebeldes escondidos peleando contra el mundo, era una maquinaria gigantesca movida por miles de personas que creían en algo mejor y yo quería formar parte de eso, quería estar en el centro de todo aquello, quería ser útil y crecer.
Mientras descendía hacia el puerto junto al resto de revolucionarios, mis enormes orejas se agitaban suavemente con la brisa marina. No podía evitar girar la cabeza una última vez para observar la isla que había servido como corazón de la causa durante tantos años, había conocido a Elizabeth, había visto a los comandantes y, para mi sorpresa, incluso había tenido la oportunidad de hablar directamente con Kisuke Kageyama, no todos los días un revolucionario recién llegado podía presumir algo así. —Nada mal para una sola semana.— Murmuré con una sonrisa orgullosa mientras acomodaba una mochila sobre mi hombro. Por supuesto, el destino tenía que recordarme que la vida rara vez era perfecta, porque nuestro transporte de regreso seguía siendo el mismo, el mismo barco, la misma bodega, el mismo olor infernal a pescado.
Cuando crucé la entrada del almacén flotante sentí el aroma golpearme directamente en la cara. —Ah, sí, la verdadera prueba de la revolución.— Comenté llevándome una mano al pecho. —No derrotar al Gobierno Mundial. No liberar naciones. No desafiar tiranos. Sobrevivir a este olor durante semanas enteras. — Algunos revolucionarios soltaron pequeñas risas y otros simplemente continuaron acomodando provisiones. Yo avancé entre cajas, redes y barriles hasta encontrar un espacio libre donde sentarme, era curioso, la primera vez que viajé en esta bodega sentía que estaba encerrado, pero ahora no. Ahora sentía que me estaba moviendo, cada milla recorrida me acercaba a nuevas islas, nuevas personas, nuevas historias y nuevos problemas que resolver, porque comprendí con esta asamblea en Baltigo que la revolución no vivía únicamente en su cuartel general, vivía en cada pueblo abandonado, en cada ciudadano explotado, en cada marinero olvidado, en cada rincón donde alguien necesitara ayuda.
Apoyé la espalda contra una caja de madera mientras sacaba una zanahoria de mi equipaje. —South Blue, ¿eh?— Dije observando el techo de la bodega. —Espero que estén preparados. Porque pienso conocer cada isla, escuchar cada historia y dar cada discurso que sea necesario. — Le di una mordida a la zanahoria, mi sonrisa se amplió, para mi Baltigo había sido solo el comienzo porque ahora tocaba salir al mundo y demostrar que no había viajado hasta allí únicamente para escuchar a la revolución. Apoyado contra una de las cajas de la bodega, continué mordisqueando mi zanahoria mientras observaba a los revolucionarios que iban entrando uno tras otro. Algunos cargaban equipaje, otros provisiones, otros simplemente buscaban un lugar donde acomodarse para las próximas semanas de viaje.
Entonces reconocí tres figuras familiares, eran Kasui, Miga y Shiryoku entonces una sonrisa apareció inmediatamente en mi rostro, no porque fueran los revolucionarios más fuertes de Baltigo, ni porque fueran comandantes, tampoco eran famosos, esa sonrisa era porque eran mi gente, mi escuadrón, mi primer grupo dentro de la revolución y todo gracias a un niño, todavía me costaba procesarlo. Durante años había intentado llamar la atención de altos mandos, oficiales y reclutadores. Había imaginado que mi entrada oficial a la revolución estaría marcada por grandes discursos, reuniones importantes o alguna demostración espectacular de mis capacidades.
Y al final había sido Kasui quien terminó uniéndonos, aquel pequeño parecía poseer una habilidad extraña para conectar personas, no importaba de dónde vinieran, no importaba qué tan distintas fueran, simplemente sucedía. Lo observé unos segundos mientras acomodaba sus cosas. —¿Saben qué es lo curioso? — Dije elevando la voz lo suficiente para que me escucharan. —Toda organización necesita líderes, estrategas, combatientes y personas inteligentes, pero muy pocas veces alguien reconoce la importancia de quienes unen a los demás.— Señalé directamente a Kasui con la zanahoria. —Tú deberías cobrar impuestos por eso, pequeño. — Le di otra mordida antes de continuar.
—Lo digo completamente en serio. Yo llegué aquí sin conocer prácticamente a nadie. Ahora tengo un escuadrón. Tengo compañeros. Tengo personas con las que probablemente termine compartiendo golpes, heridas, misiones, victorias y seguramente alguna que otra apuesta terrible. — Mi mirada recorrió a los tres, resultaba extraño lo rápido que podía cambiar una vida, una semana atrás apenas era un revolucionario más llegando a Baltigo. Ahora tenía un lugar al que pertenece y un grupo, un equipo, una responsabilidad que honestamente me gustaba. Porque por mucho que hablara de pueblos, naciones y revoluciones enteras, el cambio siempre comenzaba de forma más simple.
