17-06-2026, 02:16 PM
Gyasta, Isla de Drum.
Día 65 de invierno del año 17
Primera hora de la tarde.
Bai abrió la puerta de la habitación con una ansiedad que rozaba la agonía. En el fondo del zurrón, las piezas de metal tintineaban en un suave murmullo amortiguado por el cuero. Los planos de su —convengamos— invento, por su parte, sobresalían de uno de los bolsillos exteriores, amenazando con deslizarse al suelo en cualquier momento.
Suspiró.
El vaho escapó de sus labios y se condensó frente a ella como una pequeña nube invernal antes de disiparse lentamente en el aire helado de la habitación.
—Debí dejar encendida la estufa... —se recriminó mientras empujaba la puerta con el tacón.
La misma que se cerró tras ella con un golpe seco resonando por toda la estancia.
—Chst —. Chistó por molesta por el ruido que acababa de hacer.
Al mismo tiempo permaneció inmóvil unos instantes, esperando que nadie acudiera a reprenderla por el ruido.
Pero ahí no ocurrió nada. Ni una voz. Ni un murmullo. Ni un crujido.
Así que, complacida, avanzó hasta aquella híbrida estructura de madera situada a medio camino entre mesa de estudio y banco de trabajo. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza y un fino sudor comenzaba a perlarle la frente pese al frío.
«Flush».
Su antebrazo barrió la superficie de la mesa, empujando hacia una esquina papeles, plumas y cuadernos desperdigados sobre ella. Después se quitó el zurrón, lo volcó y dejó que su contenido se derramara sobre la mesa.
Una placa de metal.
Retales de cuero.
Estaño.
Hilo.
Todo ello formaba un conjunto heterogéneo de materiales que brotó de la boca de la bolsa como las entrañas mecánicas de una máquina aún por terminar.
—Perfecto... —murmuró mientras sacudía la tela—. No me he olvidado de nada.
A continuación, extrajo entonces los planos, sujetos a presión en el bolsillo exterior, y dejó caer el zurrón al suelo como una cáscara vacía.
«Cachivache». Así había decidido llamar a aquella invención.
Aunque, para ser honestos, la palabra en realidad carecía de significado para ella. Y es que, Bai, la había escuchado días atrás en algún rincón de Drum mientras buscaba materiales y, desde entonces, se le había quedado adherida a la memoria como un persistente chicle al zapato. Sin embargo, no había ocurrido solo porque sonara torpe y simpática a partes iguales, ni porque resultara sorprendentemente cómoda para su lengua pese a destrozar por completo la pronunciación original, sino porque había algo más. Algo que, en aquellos sonidos, le resultaba extrañamente agradable.
Por eso, aunque supiera que lo pronunciaba rematadamente mal, para ella siempre sería «K'tzibatxe».
—Bien, bien, bien... —murmuró mientras extendía los planos sobre la mesa—. Pero qué belleza tenemos aquí...
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Bai ladeó ligeramente la cabeza mientras observaba el resultado. Ahora que lo contemplaba con calma, la modificación le parecía absurdamente simple; casi que le costaba creer que hubiera dedicado tanto tiempo a los cálculos, bocetos y planos para llegar a algo tan... Tan sencillo.
Entonces, ¿por qué se había molestado en tomarse tanto tiempo aquella vez? La respuesta era obvia: ilusión. Una ilusión que rozaba lo infantil, tan honesta y tan difícil de racionalizar que incluso se le antojaba extraña.
Durante un breve instante, la comisura de sus labios se torció en una sutil sonrisa que delataba las ganas que tenía de conocer el verdadero placer de trabajar con las manos. Mas no duró demasiado pues, sintiéndose impulsada por la impaciencia, pronto tomó asiento frente al banco de trabajo.
Después se inclinó hacia el cajón inferior de la mesa y extrajo un ladrillo de cerámica ennegrecido por antiguas quemaduras; una pieza que algún artesano local había descartado por su mal estado ya que, en realidad, se encontraba tan gastada que apenas conservaba sus aristas originales. A continuación, sobre él colocó la placa metálica cuadrada culpable del tintineo que había acompañado todo su camino y, para evitar que se desplazara durante el proceso, la aseguró firmemente con un sargento.
«Rack, rack, rack».
El último fragmento de metal cayó sobre la mesa con un leve golpe seco.
Ocho piezas en total.
Bai aflojó entonces el gato mecánico y apartó el sobrante hacia un lado. Después, con la paciencia digna de un anciano —o lo que es lo mismo, una que rozaba la obsesión—, comenzó a limar, raspar y corregir cualquier clase de imperfección hasta obtener exactamente las formas que necesitaba. Una vez hubo terminado, recogió el dial que siempre llevaba consigo y lo depositó con cuidado en el centro de la superficie pulida. Luego tomó un trozo de carboncillo y marcó alrededor del artefacto los puntos exactos donde debían colocarse las piezas recién trabajadas.
Era hermoso.
No físicamente bello —de hecho, se parecía más al esqueleto de algún mecanismo olvidado que a una belleza—, sino hermoso por haber nacido de una idea que durante semanas había habitado únicamente en su cabeza. Hermoso porque representaba el tránsito entre lo imaginado y lo tangible. Porque era la prueba de que sus manos estaban aprendiendo a materializar pensamientos y que había crecido.
Una vez hecho esto, retiró los objetos y dejó el espacio frente a ella vacío. Entonces, tras rebuscar en un cajón, desenrolló otro pliego, uno mucho más fino y semi translúcido, sobre el que había dibujado a tamaño real las piezas de cuero que compondrían el brazalete. Comprobó las medidas una vez más y, tras confirmar que todo encajaba, comenzó a recortar y separar el patrón pieza por pieza.
Mientras tanto, las horas iban transcurriendo.
El frío persistía en la habitación, pero sus manos, calentadas por la fricción constante del trabajo, hacía rato que habían dejado de percibirlo. Las yemas de los dedos, en cambio, empezaban a resentirse por los pinchazos de la aguja y la presión repetitiva del hilo tensándose contra la piel.
Por suerte, ya casi estaba terminado.
Solo quedaban un par de pasos más.
Lo primero era encajar el dial en el alojamiento metálico preparado para él. Después, utilizando una fina herramienta curva de hierro, comenzó a presionar uno a uno los bordes del metal hacia el interior hasta fijarlo por completo. Lo sacudió, comprobando que quedara completamente agarrado pero con la suficiente holgura como para que, ejerciendo mucha fuerza y presión, saliera si era necesario.
Luego colocó la pieza en el hueco que había preparado en el brazalete y comprobó el ajuste.
Entraba justo.
—Perfecto —murmuró.
Y, sin perder tiempo, colocó la cubierta de cuero endurecido sobre la estructura y volvió a empuñar la aguja.
Datos creación
Varios minutos después, la pieza yacía terminada frente a ella. Y, aunque las costuras serpenteaban en pequeños zigzags irregulares, algunas zonas habían quedado demasiado tensas y los parches de cuero de distintos tonos delataban su improvisación, Bai no pudo evitar sentirse orgullosa de lo que acababa de crear. Cosa que, sus alas, con ese suave batir tan característico de las aves, lo remarcaban.
Así pues, sin perder tiempo, introdujo la mano en el brazalete y la deslizó hasta el fondo. El dedo corazón encontró el anillo de sujeción casi al instante y, una vez encajado, ajustó las correas con firmeza hasta inmovilizar la pieza sobre el antebrazo.
Luego, abrió y cerró la mano para comprobar que el anillo estuviera perfecto. Después alzó el brazo izquierdo y lo sacudió varias veces. Nada. Ni holguras, ni crujidos extraños, ni ningún ápice de sensación de que algo fuera a desprenderse en cualquier momento.
—Ahora ya solo queda recargarlo — se dijo.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
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