14-06-2026, 01:42 AM
Todo se sentía pesado a su alrededor. El elemento que lo rodeaba lo obligaba a controlar sus movimientos, a detener su respiración, a mantener sus ojos cerrados y no alterarse. Podía sentir cada movimiento a su alrededor, cada centímetro del mundo que revolvía al completo el espacio aún si no quería hacerlo.
Una onda llegó, leve pero suficiente para denotar la cercanía de algo. Su cuerpo y su cara no se movieron, sus piernas se mantuvieron cruzadas y sus manos entrelazadas. Las ondas se hacían cada vez más fuertes, podía notar como eso se acercaba velozmente, daba vueltas a su alrededor, hasta qué…
Levantó su brazo, más fuerte y a la vez más lento que otras veces, pero aún así atrapando esa cosa que se movía tanto cerca de él. Confirmando que era lo que buscaba, sus piernas se separaron entre sí y lo elevaron, parándose por fin en la arena y dejando que tanto su cabeza como sus hombros salieran desde dentro del agua.
Por fin pudo volver a tomar aire y abrir los ojos. Su mechón de cabello blanco se le metía en el ojo debido a estar mojado, y el pez que había capturado no parecía aceptar que fuera a ser usado como alimento, por lo que avanzó hacia la orilla. Al salir, se acercó a un balde cercano y sacó de este un cuchillo, con el cual acabó rápidamente con la vida del animal, de forma que no fuera dolorosa. Dejó caer el ahora ingrediente en el balde, acompañando a 11 más que habían tenido la misma mala suerte que él, para luego tomar una toalla que había dejado al lado del balde y comenzar a secar su cuerpo.
Otro día de calor en esa isla, incluso con el invierno llegando por fin a ese punto del mundo. El último tiempo no había traído problemas, todo lo contrario, fueron semanas aburridas en comparación a todo el desastre que se formaba a su alrededor en cada isla que pisaban desde que formaron el grupo.
Era cierto que ahora se encontraba entrenando con una persona que supuso que podría ayudarlo a mejorar. Esperaba que el avance sea mayor, asumía que luchar contra alguien que le aventajaba tanto en fuerza lo haría crecer de forma rápida y obligatoria, pero no parecía ser el caso.
Al menos lograba llegar cada día menos lastimado, lo que era un alivio. Así Kiyoshi no se enfadaría tanto con él.
Su entrenamiento diario había terminado, se había asegurado de tener las cosas necesarias para cocinar la comida del día pero algo más pasó por su mente y decidió que sería buena idea conseguirlo: pescado, mucho pescado. Recordó una receta que hacía mucho tiempo que no replicaba, llegando a su mente la posibilidad de transformarlo en otra de las raciones que antes había preparado.
Se había dicho a sí mismo que lo buscaría por su cuenta pese a lo mal pescador que es para ahorrarse dinero, pero lo cierto es que esa forma de entrenar, bajo el agua, se le había ocurrido hace un par de días y quiso ponerla en práctica. Con más tiempo, o más intentos, podría servir para algo, pero por hoy ya había conseguido todo lo que necesitaba.
Dejó que su cabello, torso y pantalón (porque no iba a meterse al agua desnudo) se secaran, para luego tomar el balde y caminar en dirección al que ahora era su hogar: El Black Widow.
Al llegar, comenzó el proceso de preparación. Lo más difícil y tardado sería preparar los pescados para cocinarlos, por lo que comenzó con eso. Colocó los animales muertos en el lavadero y los fue cortando, quitándoles las espinas, escamas y las entrañas, hasta dejarlos solo con su carne útil. Solo era lo que más iba a tardar porque se trataba de 12 pescados, pero lo cierto es que a un cocinero tan experimentado como él no le tomaría más de 40 minutos.
Cuando hubo terminado, tomó su libreta de recetas y le dio un ojo. La preparación del platillo indicaba que el pescado debía cocinarse entero, pero lo cierto era que no estaba buscando un nuevo platillo gourmet, debía transformar la receta para lograr una nueva ración. Pensó un poco, desviando su mirada hacia los ingredientes y de nuevo hacia las hojas una y otra vez, hasta que soltó un suspiro y se decidió por una de las 23 opciones que se le habían ocurrido.
Dejó la libreta a un lado, abierta en la página adecuada para ver los otros detalles del platillo. Tomó la carne y la dejó sobre una tabla de madera, comenzando a cortarla una y otra vez con un cuchillo grande. Entre pasada y pasada del instrumento, echaba un poco de condimentos a las grietas que se formaban en y entre los pedazos de carne, hasta que lo que obtuvo fue una masa para nada estable pero que funcionaba.
En una olla, echó cebollas (anteriormente picadas en pluma), aceite de oliva y ajo molido. Dejó que la mezcla se prepare a fuego medio mientras él se encargaba de moverla una y otra vez. Cuando pasaron un par de minutos, condimentó con sal, comino y pimienta, pues todo siempre necesitaba un empuje de sabor adicional que la naturaleza por sí sola no podía dar. Revolvió todo unas cuantas veces más hasta que el salteado estuvo listo, por lo que apagó el fuego.
Sobre una mesa, preparó y cortó de forma particular hojas de plátano, dejando que se extendieran en la mesa formando 3 estrellas de 4 puntas. En el centro de cada una, colocó un poco de la carne picada formando rectángulos iguales, les agregó dos rodajas de tomate a cada uno y luego los complementó con una capa del salteado de cebollas que había preparado. Habiéndose guardado un poco del salteado y de la carne, cerró las hojas de plátano alrededor de su preparación, los ató con una cuerda de manera que los ingredientes no intentaran escapar y los metió en el horno.
Teniendo algo de tiempo para que las raciones se preparen, se dedicó a limpiar. No era necesario que Kiyoshi esté o que siquiera lo deje como una orden implícita, pues el cocinero entendía que parte del trabajo también era mantener pulcro y usable su espacio. Guardó la carne y los restos del salteado a un lado, pues lo usaría para algo ese mismo día y comenzó a lavar sus instrumentos, hasta que su cuenta mental le indicó que habían transcurrido los minutos suficientes para que su comida estuviera lista.
Abrió la tapa del horno y, ayudado con unas pinzas, tomó una de las raciones y la puso en un plato. Sin esperar a que se enfríe ni un poco, tomó una de las puntas de la soga y tiró, provocando que se zafara y le permitiera abrir las hojas. La carne tenía buen color, desprendía el aroma correcto pero aún debía probarla. Le dio un bocado a la mezcla, con su boca desprendiendo humo por lo caliente que estaba sin que él se diera cuenta, pero todo parecía correcto, por lo que terminó por apagar el horno y sacar las otras dos raciones para dejarlas enfriar sobre un plato.
El pescado era bueno para las articulaciones, incluso para ejercicio hecho en el mismo día luego de consumirse, por lo que lo primero que se le vino a la cabeza fue que el capitán de la tripulación podría beneficiarse de un platillo así. Su estilo de combate bebía mucho de agarres y golpes potentes sin dar tiempo o espacio a prepararse, una comida que refuerce sus articulaciones y sus músculos parecía lo correcto, por lo que podría probar si su teoría era cierta en cuanto lo viera.
En cuanto pudo, guardó las otras dos raciones y terminó de comer la que ya había abierto para terminar de tirar las hojas de plátano a la basura. Habiendo terminado su labor y dejado todo limpio y reluciente de nuevo, volvió a sentarse junto a la mesa y tomó su libreta. Ojeó unas cuantas recetas más, unas que todavía debía probar o que hacía tiempo que no preparaba, deteniéndose en la que había preparado hace unos minutos y sonriendo.
Se trataba de unos escritos a la mitad de su libreta.
Su padre había sido quien lo inspiró, pero no logró enseñarle muchas de sus preparaciones antes de que todo colapsara, por lo que sus recetas se encontraban en las primeras páginas, sin cambios. Sin embargo, entre más avanzaba por las hojas más podían verse marcas de lápiz y anotaciones sobre mejoras o diferentes intentos con los ingredientes o las cantidades. “Cada uno encuentra delicioso cosas diferentes, y cada uno tendrá distintas recetas que conseguirá que sean excelentes o que no le funcionen”, eso le había dicho su padre una vez, ver esa libreta y sus anotaciones era la mayor prueba de eso y no podía evitar sonreír nostálgicamente.
Aún recordaba cómo había corrido hacia la habitación de su madre en el hospital a mostrar orgulloso como había escrito de manera “perfecta” la primera preparación que su padre decidió enseñarle. Se sentía tan cercano y lejano a la vez, a veces podía ver en su mente esa hoja llena de errores gramaticales y escrita en una letra ilegible, pero que le trajo tanto orgullo a sí mismo y felicidad a su familia.
Incluso con todos esos recuerdos, pronto recordó que ellos ya no estaban. Ya no podía presumir sus recetas, su forma de cocinar, sus aprendizajes y la sonrisa perpetua en su rostro mientras realizaba eso que tanto le gustaba. Esa era una receta que su padre no pudo probar, como tantas otras que preparó y que preparará.
Una onda llegó, leve pero suficiente para denotar la cercanía de algo. Su cuerpo y su cara no se movieron, sus piernas se mantuvieron cruzadas y sus manos entrelazadas. Las ondas se hacían cada vez más fuertes, podía notar como eso se acercaba velozmente, daba vueltas a su alrededor, hasta qué…
Levantó su brazo, más fuerte y a la vez más lento que otras veces, pero aún así atrapando esa cosa que se movía tanto cerca de él. Confirmando que era lo que buscaba, sus piernas se separaron entre sí y lo elevaron, parándose por fin en la arena y dejando que tanto su cabeza como sus hombros salieran desde dentro del agua.
Por fin pudo volver a tomar aire y abrir los ojos. Su mechón de cabello blanco se le metía en el ojo debido a estar mojado, y el pez que había capturado no parecía aceptar que fuera a ser usado como alimento, por lo que avanzó hacia la orilla. Al salir, se acercó a un balde cercano y sacó de este un cuchillo, con el cual acabó rápidamente con la vida del animal, de forma que no fuera dolorosa. Dejó caer el ahora ingrediente en el balde, acompañando a 11 más que habían tenido la misma mala suerte que él, para luego tomar una toalla que había dejado al lado del balde y comenzar a secar su cuerpo.
Otro día de calor en esa isla, incluso con el invierno llegando por fin a ese punto del mundo. El último tiempo no había traído problemas, todo lo contrario, fueron semanas aburridas en comparación a todo el desastre que se formaba a su alrededor en cada isla que pisaban desde que formaron el grupo.
Era cierto que ahora se encontraba entrenando con una persona que supuso que podría ayudarlo a mejorar. Esperaba que el avance sea mayor, asumía que luchar contra alguien que le aventajaba tanto en fuerza lo haría crecer de forma rápida y obligatoria, pero no parecía ser el caso.
Al menos lograba llegar cada día menos lastimado, lo que era un alivio. Así Kiyoshi no se enfadaría tanto con él.
Su entrenamiento diario había terminado, se había asegurado de tener las cosas necesarias para cocinar la comida del día pero algo más pasó por su mente y decidió que sería buena idea conseguirlo: pescado, mucho pescado. Recordó una receta que hacía mucho tiempo que no replicaba, llegando a su mente la posibilidad de transformarlo en otra de las raciones que antes había preparado.
Se había dicho a sí mismo que lo buscaría por su cuenta pese a lo mal pescador que es para ahorrarse dinero, pero lo cierto es que esa forma de entrenar, bajo el agua, se le había ocurrido hace un par de días y quiso ponerla en práctica. Con más tiempo, o más intentos, podría servir para algo, pero por hoy ya había conseguido todo lo que necesitaba.
Dejó que su cabello, torso y pantalón (porque no iba a meterse al agua desnudo) se secaran, para luego tomar el balde y caminar en dirección al que ahora era su hogar: El Black Widow.
Al llegar, comenzó el proceso de preparación. Lo más difícil y tardado sería preparar los pescados para cocinarlos, por lo que comenzó con eso. Colocó los animales muertos en el lavadero y los fue cortando, quitándoles las espinas, escamas y las entrañas, hasta dejarlos solo con su carne útil. Solo era lo que más iba a tardar porque se trataba de 12 pescados, pero lo cierto es que a un cocinero tan experimentado como él no le tomaría más de 40 minutos.
Cuando hubo terminado, tomó su libreta de recetas y le dio un ojo. La preparación del platillo indicaba que el pescado debía cocinarse entero, pero lo cierto era que no estaba buscando un nuevo platillo gourmet, debía transformar la receta para lograr una nueva ración. Pensó un poco, desviando su mirada hacia los ingredientes y de nuevo hacia las hojas una y otra vez, hasta que soltó un suspiro y se decidió por una de las 23 opciones que se le habían ocurrido.
Dejó la libreta a un lado, abierta en la página adecuada para ver los otros detalles del platillo. Tomó la carne y la dejó sobre una tabla de madera, comenzando a cortarla una y otra vez con un cuchillo grande. Entre pasada y pasada del instrumento, echaba un poco de condimentos a las grietas que se formaban en y entre los pedazos de carne, hasta que lo que obtuvo fue una masa para nada estable pero que funcionaba.
En una olla, echó cebollas (anteriormente picadas en pluma), aceite de oliva y ajo molido. Dejó que la mezcla se prepare a fuego medio mientras él se encargaba de moverla una y otra vez. Cuando pasaron un par de minutos, condimentó con sal, comino y pimienta, pues todo siempre necesitaba un empuje de sabor adicional que la naturaleza por sí sola no podía dar. Revolvió todo unas cuantas veces más hasta que el salteado estuvo listo, por lo que apagó el fuego.
Sobre una mesa, preparó y cortó de forma particular hojas de plátano, dejando que se extendieran en la mesa formando 3 estrellas de 4 puntas. En el centro de cada una, colocó un poco de la carne picada formando rectángulos iguales, les agregó dos rodajas de tomate a cada uno y luego los complementó con una capa del salteado de cebollas que había preparado. Habiéndose guardado un poco del salteado y de la carne, cerró las hojas de plátano alrededor de su preparación, los ató con una cuerda de manera que los ingredientes no intentaran escapar y los metió en el horno.
Teniendo algo de tiempo para que las raciones se preparen, se dedicó a limpiar. No era necesario que Kiyoshi esté o que siquiera lo deje como una orden implícita, pues el cocinero entendía que parte del trabajo también era mantener pulcro y usable su espacio. Guardó la carne y los restos del salteado a un lado, pues lo usaría para algo ese mismo día y comenzó a lavar sus instrumentos, hasta que su cuenta mental le indicó que habían transcurrido los minutos suficientes para que su comida estuviera lista.
Abrió la tapa del horno y, ayudado con unas pinzas, tomó una de las raciones y la puso en un plato. Sin esperar a que se enfríe ni un poco, tomó una de las puntas de la soga y tiró, provocando que se zafara y le permitiera abrir las hojas. La carne tenía buen color, desprendía el aroma correcto pero aún debía probarla. Le dio un bocado a la mezcla, con su boca desprendiendo humo por lo caliente que estaba sin que él se diera cuenta, pero todo parecía correcto, por lo que terminó por apagar el horno y sacar las otras dos raciones para dejarlas enfriar sobre un plato.
El pescado era bueno para las articulaciones, incluso para ejercicio hecho en el mismo día luego de consumirse, por lo que lo primero que se le vino a la cabeza fue que el capitán de la tripulación podría beneficiarse de un platillo así. Su estilo de combate bebía mucho de agarres y golpes potentes sin dar tiempo o espacio a prepararse, una comida que refuerce sus articulaciones y sus músculos parecía lo correcto, por lo que podría probar si su teoría era cierta en cuanto lo viera.
En cuanto pudo, guardó las otras dos raciones y terminó de comer la que ya había abierto para terminar de tirar las hojas de plátano a la basura. Habiendo terminado su labor y dejado todo limpio y reluciente de nuevo, volvió a sentarse junto a la mesa y tomó su libreta. Ojeó unas cuantas recetas más, unas que todavía debía probar o que hacía tiempo que no preparaba, deteniéndose en la que había preparado hace unos minutos y sonriendo.
Se trataba de unos escritos a la mitad de su libreta.
Su padre había sido quien lo inspiró, pero no logró enseñarle muchas de sus preparaciones antes de que todo colapsara, por lo que sus recetas se encontraban en las primeras páginas, sin cambios. Sin embargo, entre más avanzaba por las hojas más podían verse marcas de lápiz y anotaciones sobre mejoras o diferentes intentos con los ingredientes o las cantidades. “Cada uno encuentra delicioso cosas diferentes, y cada uno tendrá distintas recetas que conseguirá que sean excelentes o que no le funcionen”, eso le había dicho su padre una vez, ver esa libreta y sus anotaciones era la mayor prueba de eso y no podía evitar sonreír nostálgicamente.
Aún recordaba cómo había corrido hacia la habitación de su madre en el hospital a mostrar orgulloso como había escrito de manera “perfecta” la primera preparación que su padre decidió enseñarle. Se sentía tan cercano y lejano a la vez, a veces podía ver en su mente esa hoja llena de errores gramaticales y escrita en una letra ilegible, pero que le trajo tanto orgullo a sí mismo y felicidad a su familia.
Incluso con todos esos recuerdos, pronto recordó que ellos ya no estaban. Ya no podía presumir sus recetas, su forma de cocinar, sus aprendizajes y la sonrisa perpetua en su rostro mientras realizaba eso que tanto le gustaba. Esa era una receta que su padre no pudo probar, como tantas otras que preparó y que preparará.
Libro de recetas

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