Memorias en mi corazón [Pasado]
#1
Hace un tiempo corto había llegado al Pueblo de Baquella, dentro de la isla de Baterilla. Era un pueblo pintoresco porque se dedicaba a la pesca y se comía bien. Había muchos platillos de mar de los cuales disfrutaba y las bebidas también era deliciosas. Y si, también tenía el trabajo o mejor dicho, dedicación eterna hacia la historia del lugar y sus hermosos cuentos que cada anciano había pasado de generación en generación. Sólo en esos momentos, es cuando Devon parecía estar callada y no ser como era siempre. Usualmente, alguien que se reía a carcajadas, fuerte y hacía molestar a algunos por ser ruidosa.

Hoy era distinto. Ahora mismo estaba leyendo un libro a las afueras de un barcito, en una mesa solitaria y bajo la luz tenue del establecimiento. Nadie interrumpía, nadie se atrevía. Tenía aspecto de pirata, muchas veces se comportaba como una pero no, no lo era. Podía ser vulgar al hablar, tener esos tatuajes e incluso el parche como la más mala del recinto pero lo que no pegaba para nada, era que estaba con un libro en la mano mientras que con la otra jugaba con su moneda de oro. Bueno, no era “su” moneda de oro, simplemente era una de las tantas que tenía.

Se acomodó en la silla, inclinándose un poco hacia adelante mientras apoyaba el libro abierto a un costado de la mesa y cambiaba de página. Había una historia acerca de un pescado que una vez le fue infiel a su mujer, y esta como venganza, se llevó toda la ropa del hombre al mar para tirarla como una ofrenda a los dioses. Vaya historia más estúpida. Yo que el hombre, me separo y me quedo eternamente en el mar. Cambió de hoja, continuando con la lectura hasta empezar con otra. Al fin una más interesante.

Bebió su cerveza, un trago largo, aprovechando que no había brisa alguna que pueda obligar al libro a cambiar de página por si sólo. Al contrario, hacía calor incluso fuera del bar. Era de esos días de verano pesados que deseas que la lluvia venga pronto o sabes que dormirás mal. Pero aquí no hablaremos del clima, todavía quedan muchas historias por contar.

Entonces, ¿Dónde estaba? Ah, si… El dragón que se convirtió en iguana. ¿Bestias míticas? ¿En serio? Vaya que el mundo tenía mucha imaginación o bien, no había visto nada del mundo. Esta historia se trataba del mundo de los cielos, del reino dónde los dragones del aire y el sol acariciaban el cosmos con sus garras. Eran los dueños de las tormentas, del clima y muchos decían que también de las estaciones. Si alguna estación era muy mala, es porque alguno de ellos estaba “de malas”. Si, así sin más. Ridículo, ¿Verdad? Pero eso no era todo.

La historia contaba que una vez, uno de los príncipes del cielo, robó una nube de agua para crear una increíble catástrofe en un determinado lugar. Como castigo, lo enviaron al mundo terrenal, le quitaron todo su poder e incluso lo convirtieron en una iguana inmortal. Era una iguana pequeña, sin capacidad alguna de pelear, de hacer algún tipo de poder extraño ni nada. Era un animal común y corriente, pero inmortal. Así que pasó vaya a saber cuántos años hasta aprender la lección. Hasta el día de hoy, nadie sabe si la iguana existe. Algunos confirman que está en una isla peligrosa, dónde los animales están locos. Una de esas islas dónde no sabes si vas a volver, pero bueno, estas son todas historias para asustar a los chicos antes de dormir, ¿No? Tal vez la moraleja sea no robar, o por ahí es respetar a tus mayores. Difícil es descifrar la verdad y la historia de algo que es tan viejo pero allí estaba Devi, dándole vueltas al asunto.

Suspiró un poco cansada de leer porque vamos a decir la verdad… Leer con un sólo ojo, era agotador. A pesar de los años, aún le seguía molestando. Cerró el libro y lo guardó en su pequeño bolso al igual que su moneda para luego levantarle la mano a la camarera y pedirle algo para comer, además de otra cerveza. Tal vez luego de aquí se vaya a la bahía a ver los pescadores hacer su trabajo o tal vez camine un poco por los alrededores para cruzarse con algún vago que le cuente de las historias más locas. Nunca se sabía dónde podía terminar.
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#2
Mucho antes de llegar a Sorbet, a inicios de verano del año 16.
Pueblo de Baquella, Baterilla.

Después de lo que a Bai le parecieron siglos —aunque en realidad solo habían sido unos días de larga travesía–, sus pies por fin tocaron el suelo firme. Y, aunque era maravillosa la sensación no estar balanceándose de un lado a otro, en cuanto abrió sus pulmones tragando una magnánima bocanada de aire, el olor a salitre, a mar, a pescado fresco y...

Un joven de escaso metro y medio, cuyo rostro recordaba haberlo visto en el buffet del barco comercial, pasó de repente corriendo por su lado, golpeándole el costado con tanta fuerza que si la física lo hubiera permitido, Bai habría creído que era una bala lo que le golpeaba.

¿Qué estaba pasando? Ugh.

Arrugando el puente de la nariz y parte del rostro en una mueca de absoluto asco, la birkiniana desvió la mirada hacia el lado opuesto de donde el joven se encontraba para borrar aquella imagen de su mente; un maullido iracundo se escuchó al instante y, mientras bajaba de la pasarela del barco arrastrando su maletín, el cual parecía haber duplicado su peso sospechosamente durante el viaje, Bai vio de reojo como un gato salía espantado del barril lleno de pescado fresco en el que el joven se había asomado para vomitar.

«Bienvenida a Baterilla», pensó mientras se hacía a un lado para dejar paso al resto de pasajeros.

BSO de Bienvenida


Sin embargo, su parada poco duraría en aquel rincón donde el olor a rancio empezaba a incomodarle. Y es que, a decir verdad, ella no estaría demasiados días en aquel lugar; de hecho, si no hubiera sido porque el barco necesitaba hacer una escala técnica obligatoria en ese puerto, quizás ni siquiera se le habría pasado por la cabeza detenerse en Baquella.
Sin embargo, el destino suele hacer esa clase de cosas. Y, como consecuencia, te toca tomar decisiones rápidas que pueden llevarte —y nunca mejor dicho— a buen puerto.

Esta era una de esas decisiones.

Bai levantó la vista oteando el muelle. El caos era absoluto. Parecía que en ningún momento hubieran estado esperando a un barco de pasajeros pues, tablas de madera astilladas, redes amontonadas que amenazaban con hacer tropezar a la gente y un enjambre de máquinas de polea destartaladas chirriaban con desgana en medio del lugar. Además, había demasiada gente yendo y viniendo, empujándose sin pedir permiso y transportando cargas que parecían extremadamente pesadas.

—No te quedes ahí, chica —le gritó alguien.

Pero ella no se enteró y continuó cavilando, pensando que en un sitio como aquel muelle no iba a encontrar ninguna posada en la que descansar.

—¡Aparta!

Unas manos fuertes y callosas la empujaron sacándola del ensimismamiento en el que se encontraba.

«Definitivamente tienes que salir de aquí», se dijo presta y dispuesta a dejar aquel dichoso maletín que cargaba en algún sitio que no fueran sus sufridas manos.

BSO del Pueblo


Su paseo por el laberinto de angostas callejuelas, cuyo suelo empedrado de guijarros desgastados zigzagueaba caprichosamente entre fachadas de un blanco deslumbrante, la llevó finalmente hasta una pequeña plaza abierta que, más que una plaza, parecía un mirador natural. Desde ahí, diversos senderos de suave pendiente se bifurcaban para morir en el litoral regalando a la vista la recortada silueta de la zona que dejaba entrever pequeñas calas de aguas cristalinas y barcas de pesca varadas sobre la arena que nada tenían que ver con el muelle por donde había venido.

Incluso, si afinabas un poco el oído, el rumor de las gaviotas hendía el aire con una nitidez casi poética.

Sin embargo, por el hambre que cargaba, lo que más le llamó la atención es que a un lado de la plaza, encajado entre dos fachadas encaladas y ligeramente desgastadas por la sal, había un pequeño local que parecía un bar. Y, en él, en los flancos del portal, un conjunto de sillas de madera albergaba a una clientela variopinta que colmaba casi el total del aforo exterior.

Por suerte para la oharanense, conforme acortaba la distancia con sus enormes zancadas, constató que una última mesa permanecía desocupada, ofreciéndole una buena oportunidad para comer y descansar.

—Que los dioses le sean propicios —anunció, sentándose en la silla, al mink que tenía a su derecha y la mujer de su izquierda pese a saber que posiblemente ninguno de los dos le entendieran.

Después, contemplando la plaza, esperó a que alguien viniera a tomarle la orden.

En el centro de la plaza, un bullicioso grupo de infantes acaparaba su atención, enzarzados en una pele donde se golpeaban con rudimentarios listones de madera que hacían chocar con estrépito. A su vez, los niños gritaban entusiasmadls en una idioma indescifrable para la oharanense; no obstante, al observarlos, Bai dedujo que aquellos muchachos jugaban a marines y piratas.

—Disculpe... —una mano pasó por delante de sus ojos.

¿Cuándo se había perdido en sí misma?

Bai sonrió y le hizo un gesto señalándose a si misma.

—Bai — luego miró alrededor buscando las bebidas de los demás y señaló la de la señorita que bebía cerveza —Eso.

A continuación buscó a alguién mád que estuviera comiendo algo que pudiera identificar y señaló a un humano qur parecía comer una sopa.

—Eso.

La camarera, extrañada, trató de dialogar un poco más con Bai pero, al ver que esta solo sonreía, terminó yéndose y murmurando que le iba a llevar lo que fuera pues, al fin y al cabo, sabía que no podía quejarse.

Tras esto Bai volvió a observar a su alrededor y terminó mirando fijamente el libro de la mujer de al lado.

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#3
La noche estaba siendo tranquila, demasiado tranquila para lo que Devon estaba acostumbrada. No había pelea en el bar, ni tampoco apostadores en una mesa riendo, tomando y perdiendo ni señoritas cantando. Estaba aburridísimo pero por alguna razón, siempre encontraba algo con lo que entretenerse o alguien. Y no señores, no me refiero a la cama, sino una buena charla, unas risas y a seguir. Tampoco descarten lo primero. Esta mujer es un peligro.

Y de repente, como si lo hubiese invocado el mar y la sal, lo escuchó. Su cabeza giró en dirección a una muchacha bastante alta de ojos celestes y el cabello de dos colores. Si, exactamente dividido en dos. Uno era blanco como la nieve y el otro oscuro, no sabía si marrón o negro por la luz del lugar pero tampoco importaba. Su interés fue como una flecha que atravesó el aire cuando la escuchó hablar en ese idioma muerto, una lengua lejana que prácticamente nadie entendía.

Se levantó de su asiento con su cerveza en una mano y sus cosas en la otra, el libro de historias y enfiló directamente para la mesa ajena. Se sentó como en su casa, dejando la bebida entre medio de ambas mientras guardaba su lectura en el bolso.

Cerveza - intentó enseñarle aunque ahora se veía como una autentica idiota - "Esto se llama cerveza" - dijo en lengua muerta - Cerveza - repitió en la lengua común.

Levantó la mano para que la vea la camarera, avisándole con algunas señas que se había cambiado de mesa.

"¿Sabes?" - volvió a la lengua muerta - "La gente no sabe una mierda de este idioma, y no entiendo porqué si es muy interesante. ¿Acaso escuchaste la historia de Gnomel y sus tres hijas?" - sonrió mostrando los dientes.

Ahí iba. Su estupidez para tener una conversación y hacer sociales. Poco le importaba la opinión de la gente, luego de tanto caos en su vida, ¿Qué más podía perder? ¿El otro ojo? ¿Algo de dinero? ¿Alguno de sus parches? Daba igual. La vida sólo podía una verdadera aventura cuando vuelva a North Blue a hablar con sus viejos amigos, ¿Verdad? Tal vez algo de todo lo que estaba haciendo como historiadora serviría de algo en el futuro, incluso podía llegar a considerar volverse pirata. No había un camino claro, mucho menos en la cabeza de esta ridícula.

"Dicen que la historia de Gnomel es una un tanto vieja y la usan para que los niños se porten bien. Era una señora muy vieja, le decían “Abuela Gno-Gno”, ¿Te lo puedes creer?" - se rio un poco fuerte, como una burla pero no era así, sólo se reía un poco fuerte. Maldita ruidosa - "Y esta abuela, una vez tenía una ceremonia, así que preparó un festín de comida pero sus hijas querían hacer una travesura, así que pusieron hongos alucinógenos en toda la comida… ¿Sabes cómo terminó eso? Las tres hijas colgadas en la puerta de su casa… Nadie más jodió con la Abuela Gno-Gno. Por eso hay que tener mucho respeto en la cocina y cuando vas a comer, sino… Puede que te cuelguen" - sonrió mostrando sus dientes y bebió de su cerveza.
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#4
Su curiosidad duró apenas un suspiro. No por falta de interés en el libro o en la mujer que lo sostenía, para nada, sino porque la muchacha, de pronto, se levantó dispuesta a cerrar la distancia entre ambas.

Ciertamente era extraño —y quizás incluso rocambolesco—; sin embargo, el aura que emanaba la recién llegada la desarmó de inmediato. Había en ella tal naturalidad, una extroversión tan genuina, que incluso un acto tan invasivo como lo es el abandonar la propia mesa para abordar a una desconocida, cobró un aire de absoluta legitimidad para Mudan.

—Oh... —dejó escapar Bai, mientras bajaba la mirada hasta su mano.

Acto seguido, movió su silla intentando no arrastrarla por el suelo y le hizo espacio a la forastera.

—No... No sé quién es ese tal Gnomel —respondió con cierta timidez.

No es que fuera tímida por naturaleza sino que, desde que había escapado de su isla, se había sumido en una especie de solipsismo que la hacía rozar la introversión hasta el punto de que se le hacía extraño mediar palabra con los demás.

Abrió la boca para contestar, pero su mente, ligeramente entumecida por tanto tiempo de soledad, tuvo que esforzarse para procesar que, finalmente, alguien no solo la estaba escuchando, sino que esperaba una respuesta.

—Un castigo... demasiado severo para una travesura tan pequeña, ¿no crees? —se aventuró a decir en un hilo de voz, mientras extendía la mano, pidiéndole el libro en un gesto despreocupado—. Aunque entiendo el punto. Supongo que es una forma efectiva de asegurar el respeto.

A decir verdad, la birkiniana, por mucha hambre de conocimiento que tuviera, apenas conocía el pasado de su propio pueblo y un puñado de relatos que los suyos habían traducido de la lengua común a la suya. Sin embargo, su memoria rescató un viejo manuscrito.

—Aunque... me recuerda un poco al mito de Erisictón. Es una fábula que se le cuenta a los niños para que no sean glotones y respeten la comida que da la tierra —Bai hizo un breve silencio, sopesando la crueldad de sus propias palabras—. Vaya... Creo que es un final incluso más terrible que el de tu abuela Gno-Gno. Al final, maldito por un hambre insaciable, Erisictón terminó devorándose a sí mismo en un ataque de locura.

Se llevó la mano al mentón uy achicó los ojos meditando sobre lo que acababa de decir.

—Pero bueno, no hay nada que temer. No es como que yo estuviera maltratando la comida.

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#5
Movió la mano de un lado a otro, como si esa terrible historia no fuese la peor. Y la verdad, no lo era. Había muchas más atemorizantes, severas al punto que en algunas partes estaban prohibidas. Algunos incluso creían que la persona que lo contase estaría maldito por contarlas pero Devon no creía eso. Si en las historias, en las maldiciones no.

Puede que sea respeto o puede que sea otra cosa - comentó mientras se acomodaba en la silla ofrecida y se inclinaba un poco hacia adelante como si fuese a contarle un secreto - Pero hay historias que realmente te darían pesadillas, mucho peor que la de Erisictón… Ni siquiera sé si esa es apta para niños, así como la de Gno-Gno pero bueno, supongo que cada pueblo cuenta las cosas que quiere - sonrió y se tiró hacia atrás en la silla, reposando la espalda.

Bajó la vista a la mesa y luego observó a la chica. Se asomó por el costado para mirarla bien y luego asintió un par de veces mientras volvía a su posición más cómoda.

Y también voy a suponer que no estaremos en problemas mientras no rompamos nada, ¿Verdad? Digo, no es como si yo tuviese las mejores pintas pero si llega a pasar un Marine por aquí, creo que habrá fuego cruzado y no me apetece - se ríe mientras niega con la cabeza - Digo porque yo parezca una maldita pirata y tu, bueno, es un crimen que tan bella mujer vaya por ahí andando por la vida. Debería ser ilegal tanta belleza reunida en un sólo lugar - sonríe y bebe de su cerveza.

Tras unos pocos segundos, la camarera llegó con dos porrones de cerveza fresca, una para cada una. Hizo fondo con el que tenía en la mano y le entregó el vaso vacío a la chica para luego ver cómo se retiraba y volvió a ocupar la mano en el vaso lleno. Alzó este mientras sonreía cual idiota mientras la miraba.

Soy Devon, mucho gusto - si llegaba a levantar para brindar, sería ideal pero en caso contrario, sólo se dignaría a beber un largo trago y luego apoyar su bebida a un costado mientras la miraba - Entonces, ¿Te gustan las historias? Por ahí si me cuentas la tuya pueda hacer una y esparcirla por los mares cuando viaje. Por ahora no termino de recorrer South Blue, me falta mucho camino pero lo bueno es que siempre encuentro gente interesante. Como te digo, la historia de Gno-Gno, está la del calamar bailarín, el caballo sin pezuñas, el niño que se cayó del acantilado y muchas historias más - iba enumerando con ayuda de una de sus manos hasta terminar por mirarla - O bueno, también puedo contarte cosas de mi pero seguro te aburrirías en seguida - rio - Entonces, cuéntame mejor de ti, no quiero que esto termine sólo en cosa de una charla. Podríamos salir otro día, te invito a comer o bueno, si tienes un lugar, podría ir a cocinar. Te prometo que no soy de las malas - le guiñó con el único ojo que tenía y se quedó con esa sonrisa que la hacía verse estúpidamente bien y relajada.
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#6
Bai atendió a las palabras de Devon en silencio, mientras pensaba en lo mucho que le habría gustado poseer ese tipo de libros en su maleta. De hecho, ahora que lo pensaba, lo primero que haría en cuanto tuviera oportunidad sería inspeccionar alguna librería autóctona que tuviera libros, ya fuera con ilustraciones o escritos en su lengua.

—¿Fuego cruzado? —preguntó Bai, antes de dejar escapar una risa breve y meliflua—. No entiendo por qué deberíamos iniciarlo —contestó con completa honestidad—. Supongo que, mientras no llames demasiado la atención, estaremos bien. Los Marines suelen fijarse primero en quien parece más sospechoso. Pero si no te fías, podemos fingir que somos dos ciudadanas ejemplares tomando cerveza en paz.

Tras aquellas palabras hubo un breve silencio.

—Espera, ¿estás coqueteando conmigo? —Bai volvió a reír, incapaz de contenerse—. Lamento decirte que ese tipo de comentarios no suelen tener efecto sobre mí.

Tras aquello sonrió y se reacomodó en la silla.

—Aunque debo admitir que ha sido un intento interesante —añadió, observando a Devon con una atención serena—. La mayoría de la gente suele recurrir a cumplidos mucho menos elaborados.

En aquel momento, cuando se acercó la camarera, Bai agradeció con la cabeza que le trajera la bebida, tomó el porrón y, al ver a Devol alzar el vaso, alzó también el suyo aceptando el brindis.

—Bai —respondió —. El gusto es mío, Devon.

Tras ello sus ojos se afinaron con interés tan pronto como la otra comenzó a enumerar historias.

— Así que coleccionas historias —dijo al final, antes de beber un pequeño sorbo—. Es una forma curiosa de viajar... Aunque la mía no es para nada interesante. Provengo de una isla llamada Ohara y esta es la primera vez que piso otro sitio que no sea mi hogar.
En aquel momento dejó el vaso sobre la mesa y lo observó durante un instante antes de volver a hablar.
—¿Sabes? La mayoría de la gente solo recuerda lo que le resulta útil pero tú, en cambio, recuerdas calamares bailarines, caballos sin pezuñas y, me aventuro a decir, que incluso a cada una de las personas que te han gustado.

Se inclinó un poco hacia adelante y continuó.

—Pareces interesante, así que no, no creo que me aburras contando cosas de ti. De hecho, sospecho que eres de esas personas que dicen tener historias insignificantes y luego terminan hablando de algo que no pueden olvidar.

Tras decir aquello, volvió a relajar el cuerpo dejando que su espalda reposara en el reposaespaldas de la silla. Después, miró hacia la plaza y suspiró como si estuviera viendo lo más bello del mundo.

—Yo... Apenas estoy empezando a buscar mi propia historia. No soy nadie —. En ese momento su mirada se volvió un poco más cálida, aunque conservando ese brillo inquisitivo que parecía atravesar su ser —. Lo único que quiero es conocer el mundo y crear la mayor enciclopedia de la historia.

En aquel momento levantó la cerveza y le dio un suave trago antes de volver a hablar.

—Si no he entendido mal, salgo hacia Sorbet el jueves. Sinceramente, no iba a parar por aquí. Pero resulta que el capitán no se encontraba demasiado bien y hemos tenido que parar forzosamente en Baterilla —se llevó una mano al mentón y pensó durante un rato —. Sospecho que podríamos habernos quedado en el barco, ahora que lo pienso. O al menos reclamar de alguna forma pero... La verdad es que no estoy muy segura de ello ya que no los entiendo —sentenció encogiéndose de hombros para restarle importancia al hecho.

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