[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
#41
La presión del ascenso la sintió en el pecho, encarado al frente con determinación; en las piernas, firmes, plantadas en el suelo de madera; la sintió en las manos, aferradas a la baranda, y en el rostro sonriente. Su cabello ondeaba bajo la feroz tutela del viento. Sus ojos, apretados, trataban de encontrar algo más allá de las nubes, pero fueron varios segundos de desconcierto dónde todo lo que podía ver era el color negro de la tormenta que atravesaban, y todo lo que podía escuchar era el canto de los tenores angelicales que les daban la bienvenida. Ya ni siquiera sentía las voces de sus compañeros entonar el himno sagrado con el que proclamaban su ascenso. La “Bikini Azul” había sido silenciada. Sin embargo, esa oscuridad acabó remitiendo ante la llegada de nubes más claras. De negro pasó a ver gris y, de pronto, blanco. Un color puro, absoluto.

Los otros barcos empezaron a colapsar.

—¡Carajo! —gritó, pero ni siquiera se escuchaba a sí mismo. Trozos de naves menos afortunadas empezaron a pasar cerca, demasiado cerca del Ford’s Transit. Nadie lo vio, pero un mástil completo, vela incluida, voló por encima de sus cabezas. Enji apretó su agarre a la baranda—. ¡Vamos, hijo de puta! ¡No me digas que sopla un poco de viento y ya te cagas en los pantalones! ¡Nos falta poco! ¡Aguanta!

Caos, música, nubes… silencio.

Plop.

Remontaron el cielo, emergieron del tifón y, al fin, el sol volvió a aparecer. El Ford's Transit atravesó el suelo de nubes y por un instante flotó en el aire, propulsado por la velocidad de su ascenso, ingrávido, libre. Probablemente una de las experiencias más increíbles que este mundo podía ofrecer. Un segundo de divinidad.

Y después cinco segundos de caída.

Enji se quitó la chaqueta de encima y la sostuvo con una mano mientras, cual jinete, fustigaba con ella al barco.

—¡YEEEHAAAAAAAA!



El impacto de su velero en el mar de nubes lo desparramó por el suelo. Derribado, más no derrotado, Enji miraba hacia arriba, al cielo, y sentía una extraña cercanía. Cómo si pudiera estirar la mano y alcanzar a robarse una porción de celeste. Cuánta paz, cuánta satisfacción después del brutal ascenso.

—¡Eh! ¿Están todos vivos?

Se incorporó, un poco desorientado todavía. El pitido en sus orejas no se iba. Un par de pasos lo acercaron al borde de la cubierta y, mientras la chaqueta de capitán volvía a sus hombros, miró hacia abajo, a las nubes donde, extrañamente, el Ford's Transit podía navegar. No las atravesaba. ¿Qué clase de nubes eran esas? ¿O todas las nubes serían así? Lo meditó por unos segundos, rascándose el mentón hasta que una idea volvió a su cabeza.

Empezó a reír.

—Shiha… shihaha…

Inspirado, subió un pie a la barandilla, levantó los brazos y dejó que el sol bañara su cuerpo mientras cumplía su promesa, y meaba hacia afuera del barco.

—¡SHIHAHAHAHAHA! ¡MIREN, CHICOS! ¡ESTO ES LO MÁS ALTO QUE UN MARINE HA MEADO JAMÁS! ¡SHIIIHAHAHAHA!

Vació la vejiga hasta no echar gota y solo después de eso bajó la pierna. Su sonrisa era la sonrisa de un hombre que había cumplido con su misión, y tachado un importante punto en su lista de cosas por hacer en la vida.

La costa no estaba muy lejos, aunque ciertamente llevaban desventaja frente a otros barcos que emergieron de la corriente ascendente más adelante. Después de cerciorarse de que todos estaban sanos y salvos, incluído Ford, el velero de la GLORIOSA División 80 se dirigió a la única isla que se podía apreciar en el horizonte: una isla cuya playa de arena blanca desembocaba en un bosque —para variar—, y que, enfiladas en un orden premeditado, presumía de una larguísima hilera de caracolas gigantes. Un mensaje empezó a sonar de ellas.

“ — Hmm hmm, ¿s-se me escucha? ”

—Mierda, necesito un par de esos —murmuró para sus adentros al tiempo que el mensaje se reproducía. Una bienvenida formal a Skypiea, grabada por… bueno, ni siquiera por el propio rey de la isla. Eso fue un poco decepcionante—. Bah, qué lata. ¡Vamos, rubiales! ¡Quiero ser el primero en pisar esa isla! ¡Masami! ¿Estás viva? O vivo… lo que sea. ¡Juan! —llamó por último—. ¡Tengo hambre!



Unos minutos más tarde.

—¡Un pequeño paso para el hombre! —exclamó a orillas de la playa, listo para saltar desde el barco a la arena. Pero Ford, que no tenía su mismo sentido del dramatismo, ya se había bajado y estaba estrenando Skypiea con una descarga de sus intestinos.

El gato estaba cagando.

Enji suspiró.

—Enano de mierda —masculló, y saltó abajo cargando con dos grandes cajas—. Descartemos esto rápido, vamos.

Tenían la bodega llena, así que tardarían unos pocos minutos si los cuatro se ponían a ello. Estaban descargando su tercera tanda de cajones cuando cierta marine de orejas y cola apareció en la playa y se les acercó. Enji bajó la caja que traía en brazos, se apoyó en ella y miró a Nyra de arriba abajo.

—Eh, te recuerdo de aquella vez. —Las formas del siempre bruto y desvergonzado capitán cambiaron, asumiendo una postura más recta y una mirada interesada—. Afortunados los ojos que te ven. Cómo verás, llegamos bien. ¿Qué puedo hacer por ti, reina?

La memoria de Sigrid lo bajó ligeramente de esa nube, pero no llegó a tumbarlo. Se puso un poco más serio únicamente.

—Ella murió —dijo, y guardó silencio unos segundos antes de aclarar—: ¡Es broma! Se tuvo que quedar en Kyodaina por problemas personales, ¡pero está bastante bien! Alta, fuerte, bella, violenta; ya sabes, así es Sigrid. En fin…

Quería dejar el tema atrás, para lo cual fue afortunada la intromisión de otro marine. Eran muchos los que habían atracado a la vez en esa sección de la playa, junto a la última antorcha, y este parecía el más correcto de todos en cuanto a protocolos. Siempre recto, saludando con ese toque marcial propio de la institución.

Enji le extendió el puño con el pulgar arriba.

—Enji, Capitán de la GLORIOSA División 80 —dijo, cruzado de brazos debajo de su chaquetón blanco. La única prenda, junto a sus boxers azules y sus botas, que cubría su cuerpo, por lo demás completamente desnudo—. ¡Chicos! Saluden al comandante Rana Caballa, y los quiero a todos preparados para entrar en la selva. ¡Si, otra vez la selva! ¡A mí tampoco me hace tanta ilusión! Eh, Ford —llamó al gato, que, por su tono serio, se cuadró en el lugar y se le escapó un gas—. Hijo de… tú te quedarás en el Transit, cuidándolo. Caga en tu putísima caja, ¿okey?

Y así, decididos, recogieron lo necesario, se armaron, e ingresaron en la selva, no sin antes echar una meada en el primer árbol que el capitán encontró.

En palabras de Enji: “La segunda mejor meada de su vida”.

off
#42
La música que en un principio no había podido oír por su falta de atención a nada que no fuese las órdenes que trataba de gritar de proa a popa para sus tripulantes se volvía tan ensordecedora a medida que subían a través de las negras nubes de tormenta que Eros tuvo que cubrir sus oídos por unos momentos, no escuchó los ligeros crujidos que se llevaban consigo una pequeña parte del revestimiento que le había hecho a la Black Widow para poder pasar el control, pero más llamó su atención la cantidad de barcos que, a la distancia, no parecían capaces de sobrevivir el embate de la de Knock Up Stream. A media que veía mástiles, velas y cubiertas enteras cayendo hacia el vacío indistintamente de quienes fuesen solo podía pensar "Podíamos haber sido nosotros" Pero la Black Widow, quizás por azares del destino o quizás por la dedicación fanática de sus tripulantes, poco a poco lograba su ascenso triunfal hacia ese cielo legendario.

Finalmente el ascenso se detuvo llegando ellos a un mar de nubes que no hizo más que maravillar al capitán que observaba como era suficiente para aguantar el peso de la Black Widow como si se tratase de agua y podía llevarla navegando hacia las cercanías de una isla de frondosa vegetación. Una isla viva, fuera de la tierra, flotando sobre las nubes. Eros subió corriendo hacia la cofa del barco para poder vislumbrar con sus ojos todo lo que frente a él se cernía, una sonrisa de oreja a oreja, algo poco típico del Sepulturero se dibujó en su rostro de cansada tez nívea para que entonces la campana de la cofa comenzase a ser agitada con todo ahínco para que todos pudiesen oírlo.

› ¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista! ¡SKYPIEA!

Exclamó descendiendo por una de las sogas que colgaban a un costado de las velas del palo más alto de la Black Widow para finalmente saltar cuando la altura fuese suficiente para las rodillas de un taimado hombre de treinta años. Entonces se dispuso a comenzar los preparativos para levar anclas, y llegar finalmente a la Isla del Cielo. Preparó sus guantes, sus garras estaban afiladas y ellos estaban listos para lo que sea.

Fue el primero en saltar a la arena casi perlada e impoluta sin un rastro de sargazo, ignorando prácticamente por completo a cualquier que hubiese atracado junto a ellos para dirigir su mirada sus tripulantes antes de devolver su atención a la voz que hablaba a la distancia. Era la voz del rey, aquel que había organizado los juegos en cuestión y, por supuesto, con brazos cruzados se dispuso a prestar atención.

› ¡S-Sí se oye bien, hola mi nombre es Eros Focalor de los Sepultura!

Gritó el tímido charlatán mientras bajaba la mirada avergonzado en respuesta a las primeras palabra del vocero del rey mono poniéndose las manos alrededor de la boca para poder ser oído con mayor claridad, pero claro estaba que era imposible que éste lo escuchase. Aun asi los modales hacían al hombre, Eros siempre decía. Una vez la voz se detuvo, y haciendo caso a la grabación, Eros comenzó a dar indicaciones con el índice para ir bajando las cajas con provisiones y todo lo necesario antes de dejar el barco bien encallado en la costa. Despues, se juntó con el grupo pudo percibir que los caminos iluminados por las antorchas parecían oscurecidos por la frondosa vegetación. No había forma de saber a ciencia cierta por donde ir.

› Vamos por ahi

Señaló el primer camino que vio, sin dudar, porque todos eran iguales para él. No había debate, el capitán había hablado y sin esperar así como debía ser lideró la marcha. En caso de una emboscada, queria ser el primero en recibir de frente lo que sea que les esperase.


Ataud
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#43
Cuando el Royal Quiver pegó el planazo contra el mar de nubes, a Moja casi se le salen los hígados por la boca. Había estado agarrado al mástil mayor con tanta fuerza que las garras le ardían y tenía astillas clavadas hasta en las almohadillas de los dedos. El brutal bandazo de la caída lo mandó de rodillas contra la cubierta, tragando un buche de ese aire rarísimo, ligero y con olor a humedad limpia, completamente distinto al aire espeso de Arabasta. Tardó unos segundos en reaccionar, parpadeando con fuerza para quitarse el agua de los ojos amarillos. A su alrededor, el mundo se había vuelto extrañamente blanco y silencioso, salvando el goteo constante de las velas empapadas y el crujido de fondo del casco, que se quejaba por el esfuerzo.

Escuchó al Comandante Stroud preguntar si todos estaban enteros. Moja se levantó despacio, sacudiéndose el pelaje mojado con un tic rápido de las orejas. No dijo nada, solo asintió con la cabeza hacia el rubio. Estaba entero, que ya era bastante.

Luego vino toda esa locura de las caracolas gigantes y la voz grabada del tal Zarutsuki. Moja no prestó mucha atención al protocolo del mensaje; su mente de carpintero estaba más ocupada evaluando los daños del barco. Mientras Stroud daba la orden de replegar velas, el mink ya estaba echando un ojo a las amarras y comprobando que la bodega no se estuviera inundando con ese extraño mar esponjoso. Por suerte, el Royal era duro.

Cuando desembarcaron en la playa de arena blanca, Moja cargó con un par de cajas pesadas de víveres sobre el hombro derecho sin inmutarse. El calor del sol de las alturas empezó a secarle el uniforme a toda prisa, acartonándolo. Al avanzar por la orilla hacia donde se concentraban las otras divisiones, el espectáculo era digno de ver. Había una mink o medio mink, Nyra, creyó escuchar, moviendo la cola de un lado a otro, y un capitán de la División 80, un tal Enji, que iba prácticamente en calzoncillos y chillaba como un loco hablando de mear en las nubes.

A Moja todo ese descontrol le ponía de los nervios. El desorden y las excentricidades le recordaban demasiado al caos de los piratas que destrozaron su infancia. Por eso, en cuanto Stroud se cuadró ante los otros oficiales para presentarse con la rigidez habitual, Moja no dudó. Dejó las cajas en el suelo con un golpe seco, se colocó firmemente a la izquierda y un paso por detrás de su comandante, y clavó los talones en la arena húmeda.

Llevó la mano derecha a la sien con una precisión marcial absoluta, realizando el saludo oficial de la Marina. La espalda recta, los ojos amarillos fijos al frente, sin mirar al tipo desnudo ni a la chica de la cola. Su saludo era su propio muro de disciplina en mitad de aquella playa de locos. Un recordatorio, sobre todo para sí mismo, de por qué llevaba ese uniforme.

En cuanto Stroud terminó las formalidades y recogió sus cosas para enfilar el camino de la jungla tras las antorchas, Moja no tardó ni un segundo en deshacer la postura. Agarró sus cajas de provisiones de nuevo, ajustándose la gorra blanca con un movimiento rápido de la mano izquierda, y se colocó justo detrás del comandante. Caminaba en silencio, con paso pesado y rítmico, ignorando el follaje gigante que empezaba a cerrarse sobre ellos y los ruidos extraños del bosque. Stroud avanzaba, y él iba detrás.

Información

*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#44
Chocar de frente con las nubes oscuras supondría un problema en cualquier situación normal. Lamentablemente, esta no lo era.

El capitán hizo caso a las palabras de Uker, momento en el que las velas se extendieron y la velocidad del navío aumentó solo un poco. Era suficiente, suficiente para no temer al momento de comenzar su trayecto a través de la propia tormenta. El navegante realizaba un esfuerzo increíble para poder mantenerse en el timón y no ser arrastrado por la gravedad hacia un destino incierto. Aún así, sonreía como un niño, escuchando apenas las palabras de sus compañeros entre el gran caos que significaba acercarse cada vez más y más a esa música atronadora. - ¿Uno no puede pedir un recibimiento algo menos… caótico? -. Incluso queriendo mostrar algo de su actitud pasada, lo cierto era que la sonrisa que portaba en su rostro era imborrable.

Estaba emocionado, demasiado quizá.

Pero el destino no podía ser tan amable. Las nubes que lo cubrían en ese trayecto que ya parecía durar horas no le permitían ver nada fuera de la Black Widow, por lo que fue grande la sorpresa cuando un trozo de madera chocó de pronto con la proa y rebotó alocadamente hasta acercarse como una bala hacia donde se encontraba el cocinero. En un solo parpadeo ya tenía ese objeto a solo un par de metros de su rostro, amenazando con golpearlo, pero él no iba a permitirlo. Su cabeza se movió a la izquierda, el material volador pasó a centímetros de él y no hizo más que dejarle una pequeña marca roja en su mejilla derecha.

Miró hacia atrás unos segundos, el objeto ya se había perdido entre la tormenta luego de fallar en su objetivo. Algo muy similar sucedió en los Cabos Gemelos, una caja golpeando contra su cabeza lo hizo soltar el timón por solo un momento. Demasiadas coincidencias, tal vez el destino intentaba advertirle de que este nuevo paso del viaje terminaría igual que esa noche.

Lo aceptaba con gusto, Unos 100 millones de recompensa más sonaban perfectos para Rackham Uker.

Pero el trayecto debía llegar a su final. Fue abrupto, pero traspasar esos nubarrones que no le permitían ver fue liberador. Sintió mucha presión en su cuerpo por un momento, pero en cuanto la Black Widow aterrizó por fin en el hermoso mar de nubes ya no había nada que le impidiera disfrutar el momento. En ese instante de relajación, tomó aire y suspiró. Se permitió soltar el timón un segundo, sus nudillos se habían puesto blanco por la fuerza del agarre contra la madera y sus brazos estaban entumecidos luego de esforzarse por tantos minutos.

Miró alrededor mientras se tomaba un tiempo para agitar los brazos. Trozos de barcos desperdigados por las nubes, cajas de recursos rotas o en perfecto estado pero que se encontraban inaccesibles a ellos. Así que el camino no eran simple, parecía algo obvio pero ver todo eso lo hizo volver a centrar su atención en el barco que había conseguido llevarlos hasta ese lugar. - Eres genial, Black Widow -. Lo que tampoco pudo evitar fue notar la potencia del sol en ese punto. Estando tan arriba en el cielo, y sin la protección de las nubes, el poder de esa estrella era tanto como para que el navegante maldijera para si mismo. - Calor, siempre debe hacer calor -.

Sin más que decir, se encargó de llevar el barco por el corto trayecto que les restaba para llegar a las costas de esa isla en el cielo. Eros fue el primero en abandonar el navío, el cocinero dejó que los otros tripulantes se fueran mientras el terminaba de acomodar unas cuantas cosas. Se dirigió a la cocina y tomó sus dos katanas que se encontraban expuestas y aseguradas en la pared. Tomó una y la sacó solo unos centímetros de su vaina, confirmando gracias al reflejo del metal que la herida que había recibido ni siquiera sangraba y ya estaba comenzando a curarse. Sin perder más tiempo, tomó un poco de cuerda y ató ambas armas a su cintura, dejándolas descansar dentro de su vaina al lado derecho de su cuerpo. Antes de irse, abrió el refrigerador y tomó algo envuelto en varias servilletas, y lo fue descubriendo mientras salía del lugar y se dirigía a donde se encontraban todas la provisiones que ese día habían decidido "transportar".

No era su obligación real dejar todas esas cosas en la costa, bien podrían dejar todo eso en su barco y no hacerse cargo de las preguntas, pero su intuición siempre le decía que era mejor no meterse en líos innecesarios. Además, en esa isla la marina no tenía poder, ¿verdad? Tal vez podrían ganar alguna clase de ayuda si en verdad habían transportado suministros.

Para cuando saltó de la cubierta y aterrizó en la arena blanca, del sándwich que había comenzado a comer solo quedaba un bocado, el cual fue rápidamente a parar a su boca y desapareció como si la comida nunca hubiera existido. Dejó la gran cantidad de pesadas cajas que se había echado a los hombros en la arena, con el suficiente cuidado para que no se rompan pero no para que le interesase el contenido. Podía agradecer a la gran fuerza que había ganado durante su estadía en el Grand Line el poder mover la mayoría de las cajas sin mayor problemas. Además, así liberaba de más trabajo pesado al propio capitán, o a Varo y Kiyoshi, quienes no poseían ese portento físico debido a sus entrenamientos diferentes.

Se limpió los labios con las servilletas que antes guardaban el alimento, las dobló por el lado sucio y las guardó en su bolsillo para no ensuciar el lugar. - Claro, no tenemos mucha más idea de qué hacer -. Solo había que escoger un camino y seguirlo, y ellos escucharían a su capitán. - Varo, ¿te encuentras mejor? Esa tormenta fue una locura -. Se acercó al mink para caminar a su lado, siendo el último en la “fila” que habían formado como grupo. Sabía de la poca resistencia de Kiyoshi y era mejor tenerlo vigilado antes que dejarlo atrás por accidente.

Sin nada más que decir, siguió a Eros para adentrarse por el camino de más a la izquierda.

Libro de recetas
[Imagen: nxACuAB.png]
#45
Caos. Terror. Locura.

Kiyoshi se aferra con fuerza a la baranda, mientras que su cabeza comienza a doler debido a todo lo que ocurre a su alrededor. Ruido, destrucción, lluvia, música; es demasiado para él. Sin embargo, su mente… No, su corazón le indica que todo saldrá bien. Se necesita mucho más para derribar el espíritu de los Piratas de la Sepultura. Mantiene la cabeza en alto y el cuello estirado. No se centra en los barcos que son destrozados y caen los quién sabe cuántos metros que hay hacia abajo, sino en el objetivo final: el cielo. Llega un punto en el que parece que chocarán de frente contra la tormenta, esperándoles un final en donde sus vidas acaban electrocutados y empapados. Pero, como mencionamos en el capítulo anterior, una etapa debe cerrarse para comenzar otra. Este cielo oscuro es justamente eso.

Así, se hizo la luz.

Como si se hubiesen transportado a un mundo completamente distinto, las nubes oscuras ahora son un sol que parece estar a punto de quemarlos. — ¿Vamos a…? — No, afortunadamente no. El Black Widow se encarga se aterrizar en lo que parece ser un nuevo océano, uno que se encuentra en las alturas. Claro, aún Kiyoshi se mantiene mirando hacia arriba, no arruinando la sorpresa que se encuentra debajo de ellos, ni siquiera el frente. — ¿Llegamos? — ¿Será? No suena muy convencido. — ¿Hemos llegado al cielo, tontos? ¿Pero vivos? — Kiyoshi no cree en la vida después de la muerte, ni en el cielo o en el infierno. El hecho de que haga esta última pregunta se debe únicamente a lo impactado que está por lo que acaban de vivir.

Ost de ambientación


La respuesta debe encontrarla el propio Kiyoshi, no escucharla de parte de sus compañeros. Ver para creer, como dicen. Procede a girar su cuerpo para quedar paralelo a la baranda, apoyando su cadera en la misma e inclinándose hacia el frente, encontrándose no con agua, sino con nubes, auténticas nubes en las que su barco está navegando. — Es imposible… — Créelo, Kiyoshi. — No era una leyenda. No era una tontería. Realmente estamos aquí arriba. — Ambas manos se las lleva a la cabeza, presionando con sus dedos y luego revolviendo el cabello, despeinándolo. Es demasiado para procesarlo de un momento a otro. Pero tanto él como sus compañeros necesitan que no pierda la cabeza. — Relájate, Kiyoshi… Eres un hombre que crea burbujitas, todo es posible. — Respira profundo varias veces, de forma lenta y controlada. Aplica todos los trucos médicos que conoce para volver a ser el de siempre.

Pasados los segundos, se voltea y se encuentra con sus compañeros. Durante este tipo de asimilación, el barco ha seguido su curso y los ha llevado hasta la costa en la que se detiene. — ¿Se encuentran todos bien? Si alguno se siente indispuesto, puedo darles algún medicamento. — Aunque, hasta ahora, el que se ve en peor estado es él, pero intenta mantener su imagen como médico. Primero está la salud del resto, luego la suya.

Menos mal porta aquella mascarilla que oculta gran parte de su rostro, pues tal como Eros, él también sonríe. Desconoce que son varios los que han llegado hasta esa isla, pero en su mente, acaba de lograr algo que ni en sus mejores sueños imaginó. No es el Kiyoshi adulto el que reboza de alegría por dentro, sino aquel Kiyoshi infante. Uno más inocente, con sueños, con ilusiones, que escuchaba cuentos fantásticos que le contaban sus padres. Ese muchacho es el que hoy está gozando por el sitio al que llegó. Sin duda, en este momento, se da cuenta que haberse convertido en pirata fue la mejor decisión de su vida. Durante mucho tiempo tuvo dudas, quiso retirarse, regresar a su vida anterior. — Gracias… — No lo dice en voz alta, pero se siente extremadamente agradecido con sus compañeros, pues son ellos los que han estado en todo momento a su lado, impulsándolo a ser mejor y a seguir adelante.

Nuevamente, durante este periodo de emoción, Kiyoshi quedó atrás, pues el resto se encuentra escuchando al hombre que habla a través de las caracolas. — Quizás de ahí sonaba la música antes. Qué loco. — Se acerca hasta la zona delantera del barco, sin descender aún, pues las caracolas eran bastante grandes, demasiado, como para escuchar claramente lo que se dice. — No seas tonto, topo. Dijo que es una grabación, no te está escuchando. — Con estas palabras, en las que insulta un poco a su capitán, podemos entender que Kiyoshi ya se encuentra mejor.

— Conque Skypiea. Realmente no conocíamos nada acerca de adónde podía llegar el mundo cuando estábamos en el South Blue. — También significa que puede haber mucho más que descubrir conforme sigan en su aventura. — Eros, no solo des órdenes y ayuda a descargar. Hay que dejar todo limpio antes de ir a explorar. — Durante los siguientes minutos, el médico de la tripulación se pone en la labor de dejar las provisiones fuera del barco. Quizás alguien pase por ellas luego. Quizás no.

Quién sabe.

En medio de su actividad, imposible es que sus ojos no se desvíen hacia los costados, observando los restos de barcos que hay sobre el mar de nubes. — Seguramente, nosotros hace un año habríamos terminado en esa situación. Hemos mejorado. — Y no solo ellos, sino que obviamente también el Black Widow, MVP total de esta primera parte del viaje. Sin ese navío tan espectacular que poseen, probablemente no habrían soportado un ascenso tan rudo como el que vivieron hace tan poco. La subida hasta la isla duró minutos, pero en sus mentes, y, sobre todo, en sus recuerdos, quedará como si hubiese sido la eternidad misma.

Una vez la primera tarea está terminada, desciende del barco. Querría lanzarse sobre las nubes para ver si se ahogaría, caería, o qué sucedería. Pero decide mantenerse como un adulto responsable y solo camina por la arena. — No nos queda de otra. Ese tonto dijo que debemos seguir la ruta para llegar a esos juegos. ¿Serán divertidos o solo será una tontería? Espero que esté todo perfectamente higienizado o me enfadaré. — “Juegos” es una palabra muy amplia, y ya vemos cómo es Kiyoshi, no parece que su concepto de diversión sea similar al del resto de personas. — ¿Qué opinas, Varo? A ti te encanta apostar. Quizás puedas ganar algo de los que nos quedó debiendo el tonto de Pegasus en Drum.

El camino escogido por Eros, el primero, ubicado a la izquierda de todas las antorchas —aunque Kiyoshi solo ve una—, es el que decide seguir. Bien vestido aunque algo húmedo producto del agua, y el rifle en su espalda, avanza a paso tranquilo desde la retaguardia del hombre topo, ahora en forma humana. Un francotirador siempre debe estar detrás, cuidando al resto, sobre todo si es un médico como nuestro apático amigo. Aun así, la distancia con Eris es de únicamente dos metros. — Me pregunto si los tontos del Gobierno también vendrán hasta acá. — O quién sabe con quiénes podrán encontrarse en esta nueva aventura, una que recién comienza.

Lávense las manos
[Imagen: u2oxCl9.png]

Hablo | Pienso
#46

Tensaba todos los músculos de su cuerpo en un momento de vida o muerte ¿su misión? mantener estirada la vela principal del barco y que este saliera disparado por la corriente ascendente que los llevaría hasta este nuevo destino, Skypeia, la isla del cielo. A duras penas podía mantenerla firme por la velocidad a la que el Aloha Kai surcaba los cielos impulsados por un fenómeno natural de tal magnitud ¿tan poderoso era el poder de la naturaleza? a ojos de un mortal más de esta nuestra historia, sin duda alguna. Se cuenta por ahí que la Knock up Stream podría ser tan poderosa que podría mandar una parte de la propia isla de Jaya hasta la isla del cielo, el pana Barald jamás escuchó algo así, pero bien pudiera ser cierto viviendo lo que estaba viviendo en estos precisos instantes. - Dahahahahahaha, el barco aguantara- En su situación actual no tenía tiempo para pensar mucho, todo su interes era sobrevivir. Aferrado a la cuerda como quien intenta agarrarse a su propia vida ahora miraba hacia arriba de la corriente, intentando ver mas allá de las nubes de tormenta que pasaban de largo una y otra vez, por más que intentara ver a través de  ellas, con un nada más que un paisaje de  nubes tormentosas podía deleitarse la vista, tampoco podía librarse de la melodía celestial infernal del  ascenso al inframundo que cada vez, parecía sonar con más potencia. Para sobrevivir al trayecto de Skypeia había que tener un barco fuerte y que la suerte estuviera de tu parte, y no tener controlado ese par de minutos de viaje contra la gravedad le provocaba una excitación mayor de lo que creía.

En el trayecto, se había acostumbrado a la presión y a la velocidad de ascender a tal velocidad por el aire, y el Aloha Kai a pesar de todo se mantenía estable. No era un barco, era EL BARCO. - Nooo aaguaantoooooo mmmmaaaasss - Y el azabache su humilde siervo dedicado a mantener esa cuerda tensa con todas sus fuerzas indicando con palabras que estaba al límite de quedarse sin fuerzas. Las nubes de tormenta habían pasado a ser blancas para su suerte y cuando quiso dar cuenta, el Aloha Kai salió del camino hasta ser iluminado por la luz del sol de Skypeia. Ahora a 10.000 metros de altura; la tripulación de la bandera chingona había llegado hasta esta, la playa de bienvenida de la isla del cielo. El barco aterrizó sobre las nubes blancas esponjosas que caracterizaban la isla y poco a poco, cesó su movimiento hasta quedar atracado. Barald en aquel instante se soltó de la cuerda que durante todo el viaje había estado sujetando con fuerza y apoyó sus pies en la proa del barco, mirando el tremendo paisaje que tenía delante. - Ahhhhhh, casi la palmo gente. - Colocó su diestra sobre la frente para taparse el sol y intentó grabar aquello en su mente haciendo una panorámica del lugar. Los restos de barcos destruidos en la costa les insinuaban que habían tenido suerte, mucha suerte.


[Imagen: DADADADADADA.jpg]

- Si a alguno de vosotros os faltan las piernas que ande haciendo el pino, tenemos unos juegos que ganar. -

A su manera, mostraba la seguridad de que la tripulación había sobrevivido al viaje y que todos estaban de una pieza, igual que el Aloha Kai. El espadachín de ojos rojos continuó su andar por la proa del barco hasta tener una vista más clara de la playa, no sin antes desviar la mirada hasta los diales gigantes, causantes de la melodía del infierno. - ¿Que son esas cosas Yuuki - Le preguntaba a su amiga porque quizá ella si supiera de que se trataban. Desvió la vista de nuevo para observar la playa desde el barco y la grabación empezó a sonar por los diales gigantes. La voz retransmitida a través de los diales le provocó algo diferente a lo que estaba costumbrado ¿esa era la voz de un gobernante? no sabía como interpretarlo pero aquel tono de voz, sin duda alguna era el de un gobernante pues no pudo evitar poner alerta sus 5 sentidos al escucharlo. Hasta el día de hoy jamás había escuchado hablar a un Rey, le impresionó la fuerza que podía transmitir tan solo con sus palabras. Lo puso alerta con tan solo su voz. Sin llegar a verlo; tan solo escuchándolo, sabía que era fuerte, tan fuerte que su propia voz daba lugar a efecto intimidación. - El gobernador supremo de Skypeia tiene voz de tipo duro, si no fuera yo, me hubiera cagado en los pantalones. - Desde su posición actual en el barco, tenía una vista completa de la playa. Teniendo claros los cinco caminos que decía Zaratsuki en la grabación. Una y tan solo una de las antorchas esperaba a esta nuestra tripulación. Barald en aquel momento se giró para dirigirse a sus compañeros. - Bueno, tenemos 5 caminos que nos llevaran hasta los juegos. -En aquel momento sacó uno de sus cigarrillos de nuevo con intención de debatir con su tripulación el sendero que recorrerían sus piratescos pies, no obstante recordó algo cuando los vio a todos juntos en la cubierta. - Ha llegado el momento gente - De uno de sus bolsillos saco una moneda y se la enseño al resto. - ¿Lo habían olvidado? - Había una ley dentro de la tripulación escrita en el manuscrito interno legendario escondido dentro de otro escondite para nunca ser encontrado que decía lo siguiente: Cualquier decisión sobre un nuevo destino ha de ser imparcial, y para ello, dejamos que el azar sea quien decida por nosotros, pues un pirata afronta cualquiera de sus destinos. - Voy a lanzar la moneda dahahahahahha ¿vinimos aquí a jugar no? que el primer juego empiece aquí y ahora. - 

[Imagen: Moneda-MAHANA.jpg]

- Se admiten apuestas -

Una vez se realizaron las apuestas y los preparativos, el azabache lanzó la moneda al aire y su resultado no fue otro que la primera antorcha. Y si, así fue como los Hanu Mahana escogieron uno de los caminos jugando con el azar de una moneda así como dictaba su manuscrito legendario. Barald haría sus preparativos para llevarse sus cosas sin olvidar un par de zanahorias para Tocho Morocho. Con todo listo, saldría del barco para dirigirse a la primera antorcha.

Cofre del tesoro
[Imagen: FIRMA.jpg]
#47
El cielo se alzaba con la voluntad de aquellos que habían logrado sobrevivir al momento, los barcos caían por los laterales mientras la música casi como una especie de concierto celestial resonaba entre la presión del ascenso y la fuerza de la bestia que teníamos por barco por mantenerse intacto, miraba a mi compañera mientras sentía la misma soga casi cortarme la piel, por suerte, la misma resistencia de las propiedades de mi ser no daba a lugar a heridas, la música lograba casi aturdirme, me sentía casi ciego y sordo ante la estimulación alrededor, casi aferrándome a la consciencia. —¡¿CUÁNTO MÁS?! VAMOOOOOOS EL BARCO AGUANTA ¡ASÍ QUE NOSOTROS TAMBIEN! — Ese grito fue tanto para el resto de mis compañeros como para mí, intento escuchar mi propia voz, en la eternidad donde los lentes parecían entorpecer aún más la visión hasta que las nubes comenzaban a dejar de parecer tan tormentosas a un color mucho más blanquecino, casi pacifico.
 
El sol saludaba a su pirata favorito y yo le correspondía con una sonrisa, frente a nosotros, como quien después de la tormenta viene la calma se abría el brillante mar de nubes y la victoria más allá de las nubes, de los restos anclados y desperdiciados de barcos, en aquel momento, la paz había llegado a las manos de los Hanu Mahana, el arrullo del mar de nubes parecía relajar el momento hasta que terminamos por asentarnos en la orilla de arena ante el gran pedazo de tierra frente a nosotros. —Eso… eso fue intenso ¿Cuándo lo repetimos? Que buen barco eres, Aloha, el mejor ¿Me entiendes? — Le di un par de palmadas a la resistente madera, soltándome de la vida de línea con el suspiro de quien acaba de bajarse de una montaña rusa.
 
 
Mis pesados pasos comenzaron a avanzar, acomodándome el cabello mientras la pedrería del vestuario brillaba radiante contra el sol, en un reflejo que daba a relucir no solo que era una tela de alta calidad pero un constante intento de llamar la atención: aquí es donde deberían estar sus ojos, solamente aquí. Ya si se queman, que se pongan lentes. —Tranquilo, Barald, deja primero bajamos del barco. — Cuando le hizo aquella pregunta a Yuuki dejé de estar ensimismado en quitarle los restos de polvo al traje para voltear al frente, observando las caracolas gigantes delante de nosotros junto con el resto del paradisiaco lugar.  
 
Hasta que una nerviosa voz comenzó a escucharse de estos aparatos gigantes, Me mantuve cerca, sobre el barco para escucharlo ¿Puntos de ruta establecidos? Probablemente se refería a las antorchas, había 5 de estas. La voz de Barald se hacía presente mientras reconocía el brillo de un berry adelante del frondoso bosque que nos esperaba, me crucé de brazos, observando esta con atención, hasta que algo, desde la lejanía, llamó mi atención: Un simple pensamiento. “Haced el favor de descargar las provisiones en la costa”
Oh. Eso olvidaba.
 
Aprovechando que estaba en un punto no tan visible regresé al barco para ir por mis cosas, de todas formas, no iba a tardar, comencé a cargar mi inventario, deteniéndome al notar el espejo frente a mi habitación, comenzando a acomodar los lentes, retocarme la piel, el cabello e incluso revisar mis impolutas uñas. Todo estaba perfecto para los juegos.
 
Estaba, estaba era la mejor descripción pues el Aloha Kai, ahora se encontraba vacío y sin señal de los Hanu Mahana. Maldita sea. Por supuesto ni siquiera me lo pensé mucho. Me bajé de un salto a la arena para acercarme a los caminos decisivos, observándolos ligeramente. —Dama suerte, he de llamar tu bondadosa ayuda una vez más ¿Qué me dices? ¿Se fueron por la segunda antorcha? Si tu lo dices, My lady. — No es como que realmente la fortuna pudiera hablarme pero confiaba en mi instinto así que decidí caminar a la antorcha número dos, bastante seguro que me encontraría con mi tripulación.
 
¿Cuándo me había fallado?
 
 
 
Contrato confidencial: Tezca Norova
#48
Además de aquella extraña melodía que parecía percibir ahora, era terrible no poder escuchar nada más ni mucho menos ver nada más allá de lo que podía ver a Kajimoto, las nubes solo parecían acumular más y más vapor a medida que se iban acercando más y más arriba. ¿Lograrían salir de allí? Todavía no se creía que el barco estuviera subiendo ante semejante fenómeno, pero su equilibrio parecía mantenerse lo suficientemente bien para no caerse. Cerró los ojos, esquivando algún que otro objeto que parecía volar por los alrededores, todo estaba siendo caótico, tanto como recordó en aquel primer viaje. Se sostenía todavía en el mástil, manteniendo uno de sus ojos abiertos, solo para evitar cualquier daño. Tampoco es que pudiera impactarle ahora nada directamente, o así lo asumía. No lo sabía del todo, pero bueno, era mejor prevenir que curar. Elevó la voz, ahora en dirección a su Timonel.

—¡Kajimoto! ¡Ten cuidado de no hacerte daño!

El hombre deforme solo parecía tener ojos brillosos al escuchar al yakuza, lleno de una amabilidad y emoción que... quién sabe. Estaba claramente contento por el gesto del hombre de tez pálida, sintiéndose valorado en semejante gesto. Sus manos sostenían el timón con firmeza y más seguridad. El vapor se elevaba cada vez más y más. —No se preocupe. Nuestra amada Jackpot, usted y yo saldremos de esta. — ¿Qué tanto más tenían que soportar hasta llegar? El tiempo parecía ser cada vez más y más difícil de distinguir. Solo veía que se dirigían más a esos nubarrones. Cada vez viendo y escuchando menos su entorno. 

Hasta que hubo una nueva y última sacudida, algo que parecía que, tras todo ese caos, hizo abrir los ojos del yakuza poco a poco. Todo ese brusco movimiento, incluso esos nubarrones tan oscuros ahora parecían sustituidos por algo distinto. El barco se movía más natural, calmado. Por un momento dudó, todavía con la mano sujeta en el mástil, luego sencillamente lo soltó, viendo que el equilibrio era incluso mejor, sin tener que esforzarse en mantenerlo. ¿Acaso...?

—¡Lo logramos, señor! ¡Lo logramos! — La voz de júbilo y felicidad de Kajimoto logró calmarlo, pasando su brazo por el rostro, todavía húmedo por la tormenta por la que acababan de ascender. Se atrevió a ir hasta el lateral del barco viendo que el mar era... Espera, eso no era mar... ¿Nubes? ¿Era un mar de nubes? Se encontraba perplejo, no pensó que pudiera llegar a ver algo así... Sin contar los pedazos de los barcos que no lo habían logrado del todo, y algunos víveres. Volteó la mirada hacia el hombre con el timón, quien reía felizmente por el éxito, con rostro exageradamente amable. Jin, al fin, sintió un suspiro de alivio escapar de entre sus labios, dejando caer sus hombros lentamente pero de forma segura, volviendo la mirada hacia Kajimoto, acercándose, ahora más tranquilo, hacia donde estaba. Le sonrió de medio lado, dejando que el cigarrillo apagado de entre sus labios se volviera visible, pero lo retiró. Ya no servía para nada, no tenía prisa con fumarse otro. Tenía de sobra por suerte. ¿Ahora mismo? Había algo más importante.

—Hiciste muy buen trabajo, Kajimoto.

El hombre tuvo un brillo en la mirada una vez más, con una sonrisa que se ampliaba, viéndose de oreja a oreja. —No, no, usted me dio mucho ánimo, señor Onizuka y...

—Oye. — Interrumpió, ahora en aire más amable. —Todo es mérito tuyo. Y puedes llamarme Señor Jin. — Ese hombre comenzaba a caerle bien después de ese tiempo en alta mar, y más con una demostración de sus capacidades tan elevada. —Te has ganado un muy merecido descanso. — Sus ojos volvieron al frente, apartando la mano del hombro del hombre, quien parecía temblar de emoción y felicidad en conjunto con una lluvia de agradecimientos que no parecían tener un cese. Jin le restó importancia, mientras rescataba de su bolsillo la cajetilla de metal, ahora que ya no había agua encima, podía tomarse la debida calma.

Contempló su entorno, ahora más calmado, con el cigarrillo nuevo colocándose entre sus labios, sacando el mechero que parecía comenzar a fallar una y otra vez. ¿Quizás el agua lo habría dañado? Chasqueó la lengua, mirando el objeto por algunos segundos, solo hasta ver la arena blanquecina que se extendía ahora frente a él. El paisaje era cuanto menos peculiar. Incluso ese bosque... Qué curioso. Volteó la mirada, ahora observando mejor al Jackpot. Impecable, sin un solo rasguño... Tan perfecto... Estaba más que satisfecho con eso. Y, aún si tuviera daños, se encargaría de cuidar ese regalo como a un tesoro.

A medida que Kajimoto llevaba Jackpot hasta la costa, Jin regresó a su camarote una última vez en ese corto trayecto, revisando que lo tenía todo. Tomó lo necesario que pudiera necesitar, las debidas provisiones necesarias. Entre ellas comidas, algún que otro cambio de ropa... cosas que pudieran requerir. No sabía qué tanto tiempo iba a pasar allí. Por si acaso, prefería estar prevenido de cualquier imprevisto. Aseguró, por último, sus armas en el cinturón que tenía para las mismas. Especialmente sus armas.

Una vez Kajimoto llegó al destino, Jin salió del interior, preparado para bajarse. —Señor Oni-... Quiero decir... Señor Jin. — Interrumpió su paso, ahora algo más nervioso. Su rostro se veía amable y preocupado, observando al hombre que acababa de nombrar. —¿Seguro que no necesita que vaya con usted? No quisiera parecer un inútil...— Jin hizo una pausa, parándose a observar el hombre en silencio, tomándose el tiempo necesario, ya estaba perdiendo demasiado. Aún así, se volcó en él, brindándole el protagonismo que consideraba que merecía.

—Tú tienes otro trabajo, y es vigilar a Jackpot, Kajimoto. Sé que puedo contar contigo para eso. — Los ojos del hombre volvieron a brillar en conjunto a su expresión amable, inclinando su deforme torso en la medida que le fue posible.

—¡Lo haré! ¡Lo cuidaré como nunca nadie!

Con ello, terminó de despedirse del hombre. Se sentía extraño ver a alguien tan amable en su barco, pero no le molestaba en lo absoluto. A veces no venía nada mal poder tener una persona algo más distinta a lo que habituaba a ver. Vio las antorchas, además de entender ahora de dónde provenía esa música... Si no fuera porque de repente, hubo un cambio. Una voz toser y hablar por allí. Decidió, por si acaso, prestar atención a estas palabras. ¿Los estarían viendo...? La idea fue descartada en el momento que escuchó que aquello no se trataba de nada más que una grabación. Arqueó una ceja, ahora extrañado. Agradeció haber preparado sus provisiones antes de escucharlo, de todos modos, contaba con que Kajimoto se iba a encargar de todo lo necesario en caso de que pasara algo.

Vio esas enormes antorchas, divididas en tan grandes espacios. No es que quisiera pensar mucho, tampoco podía ver qué había más allá de ello además de solo bosque. Respiró hondo. ¿Cuál podía ser el mejor número para elegir? Qué lástima que no fueran siete o habría elegido ese, por la fortuna que había tenido gracias al último encuentro con su jefe. Sus ojos, afilados, fríos y calculadores, solo observaron su entorno. No, por supuesto no podía saber cuál podía ser un buen camino. En su cabeza solo hubo una lógica: El número 1 podía ser un problema o la elección de muchos, y el cinco... bueno, lo mismo que el primero, era el último. Terminó decidiéndose por encaminarse por la segunda antorcha. ¿Qué era lo peor que le podía pasar de todos modos? Por ahora, era mejor tomárselo con calma y ver si volvía a sonreírle la fortuna.

Cajita de Tabaco
[Imagen: bTjgVIr.png]
#49

Y así, en medio de la caótica tempestad, el Aloha Kai se elevó victorioso, domando los vientos con la ayuda de cada uno de sus tripulantes. Las manos fuertes y decididas de todos los Hanu Mahana permitieron al navío surcar el imponente fenómeno natural, hasta adentrarse en medio de la tempestuosa atmósfera dominada por un espeso manto de nubes grises.

Ryota, aferrado al timón y prácticamente suspendido en el aire, mantuvo el curso para evitar que la embarcación sufriera el mismo destino que los barcos aledaños, que, ocultos bajo la eléctrica niebla oscura, se quebraban opacados por la imponente música que resonaba más allá de la tempestad. “¡Aguanteeeeeeeeennnn!” Pidió a sus compañeros, sabiendo que de ceder alguno de ellos, la corbeta se descarrilaría cayendo al final de su aventura con los Hanu Mahana.



“¡Aguaaannnteeeeennnnn!”

La furia del viento arrebataba la composición facial de su rostro, mostrando la verdadera cara de un navegante entrenado, cuyos conocimientos le otorgaban la sabiduría para saber el peligro real de la situación. Y es que por más adicto a la adrenalina que fueras, existía un punto en el que en serio debías preguntarte. “¿Qué tan bien pensado estuvo este plan?” porque el puto trayecto parecía no tener fin y la constante realidad de una caída agónica era cada vez más cercana.

Por suerte… la temible espera tuvo su recompensa cuando las capas de oscuridad se tiñeron de blanco y una luz llena de esperanza acarició los rostros de quienes estaban a bordo.

El Aloha Kai terminó de atravesar las nubes para ser bañado en su totalidad por el astro solar, el casco del navío se despegó del nivel de las nubes, ascendiendo por escasos metros más y sorprendiendo a todos los tripulantes ante la hermosa vista frente a sus ojos. El sol jamás estuvo tan cerca, el cielo nunca se vio tan azul y el mismo aire no se había sentido tan puro en sus vidas.

Lo que antes fue un ascenso en perfecta vertical, ahora volvía a situarse en horizontal cuando el casco de madera reforzada volvía a caer sobre un hermoso mar de nubes blancas. “¿Estamos vivos?” Se preguntó el de cabellos castaños escuchando cómo uno a uno, sus amigos reaccionaban a la situación. “¡Claro que estamos vivos!” Gritó en celebración, elevando su mirada para observar aquel extenso mar de nubes.



“Es… es… impresionante…”

Nunca en su vida llegó a pensar, ni siquiera a imaginar que un lugar como ese existiera. Skypiea, la isla sobre el cielo de la que tan solo había escuchado en cuentos, se mostraba ante sus ojos sobre lo que parecían hermosas nubes de algodón que permitían flotar al Aloha Kai.

Era irrisorio, inimaginable y, aun así, con la única intención de no volver a trabajar en su vida, consiguió llegar a un lugar como ese. Fue uno de esos momentos en los que Ryota tan solo pudo agradecer al dios del mar por permanecer vivo y disfrutar de una satisfacción que ni siquiera opacó la brutal realidad, al ver los restos de embarcaciones que no lo consiguieron aledaño a ellos. 

“¡Este es el mejor barco del océano Tezca! ¡tienes toda la razón Kekekeke!” Las palabras del rubio potenciaron la felicidad de Ryota que no se vio eclipsada ante los fragmentos. El mundo no era un lugar feliz o en el cual todos cumplieran sus sueños, por eso, el celebrar era necesario para que el día que fracasaras, no quedara ningún arrepentimiento.

Entonces, al son de las palabras de Barald por ir directo a los juegos, o las indicaciones de Yuuki sobre lo que se habría paso mas adelante en la costa. Ryota recordó aquello que le daba felicidad, la única razón que le otorgaba fuerza para mantenerse ante cualquier duelo, quien le cobijaba, ayudaba y siempre estaba allí para él en cualquier momento sin importar qué… justo allí, tras descender del tercer nivel con un salto, la vio, la hermosa morena de ojos marrones junto a la puerta del casco inferior…



“Estas… estas bien…”

La felicidad en el rostro de Ryota reflejó su preocupación, su pánico porque algo llegara a pasarle, su agradecimiento porque el dios del mar le permitiera estar junto a ello una vez más… y tras dar un par de pasos lentos se lanzó de lleno en un fuerte abrazo.

“¡Tocho Morocho! ¡Cardan están bien!” El castaño esquivó a Runin para pasar junto a ella y abrazar al corcel negro junto con la serpiente rosa al mismo tiempo. Ambos sobrevivieron al incidente y al sentir que todo se calmaba, ascendieron a la cubierta juntos.

Unos cuantos golpes de Runin después, los piratas fueron interrumpidos por la imponente voz que resonó al término de la majestuosa melodía…

Ryota se escapó de las garras de la muerte mientras Tocho Morocho lo ayudaba a levantarse con su hocico, agarrándolo del cuello de su camisa para que pudiera dirigirse a sus nakamas.




“Tienes razón, bro, suena a un tipo duro.”

Hablo con naturalidad pese a los hematomas en su rostro, tras peinarse el cabello hacia atrás. No era la primera y tampoco la última vez que Runin llegaría a reaccionar de esa manera.

Ya de pie por sí mismo, los ámbarinos ojos observaron escasos metros más allá de la costa, aquello de lo que su mano derecha hablaba. El humo de cinco antorchas se alzaba por el cielo, permitiendo a las miradas identificarlas fácilmente. Las mismas parecían servir como puntos de logística para el desembarco de mercancía impuesto por el líder. “¿En serio de esas caracolas es donde salía la música?” Se quedó pensando en ellos cuando su mirada llegó a ubicarlas, eran varios y rodeaban la costa con suma precisión. “Interesante…” reflexiono sobre ello… hasta que la proposición del peli negro llegó a sus oídos, obligándolo a girarse en su dirección.



“Cien mil berrys al número cinco.”

Perdió.

Al final vino a ganar la muergana antorcha número 1.

El juego impuesto por Barald fue sencillo, primero tiraría la moneda para ver que antorchas quedaban descalificadas entre sello y cara, al final solo la antorcha numero 4 y la 1 ganaron la lanzada y se eligió entre ellas dos por cara y sello, quedando como selección la antorcha número 1.

¿Quién ganó la apuesta? Ryota no prestó atención, pues tras perder la cinco se fue hacia el tercer nivel para tomar de nuevo el timon y dirigir el barco cerca a la antorcha ganadora. “¡Runin!” Grito de mala forma, recordando la golpiza de antes. “Coff...coff” Aclaro la garganta. “Quiero decir… Belleza radiante, caramelito de sol, ¿podrías por favor tirar el ancla?” El tono usado fue de quien teme por su integridad y sabe lo peligrosas que son las mujeres enojadas. 

Por su parte, él fue a ayudar a izar las velas tras dejar el timón asegurado para que el rumbo no cambiara y, en cuestión de minutos, el Aloha Kai ya se encontraba anclado cerca de la costa, próximo a la antorcha número uno.

Ya con sus cosas encima, su fiel Keytar a espalda y un pequeño morral. Ryota descendió del barco junto a sus compañeros y un par de las enormes cajas sobre sus hombros, las cuales llevaban en el agujero de la piscina. Solo eran parte de la fachada, sin embargo, para no despertar sospechas, el de mirada ambarina las cargaría para dejarlas en el punto indicado. A continuación, siguió junto con sus compañeros hacia el único punto de ruta establecido y así avanzar por el camino más allá de la costa.

A espaldas de Ryota, se encontraba Tocho Morocho vistiendo su particular outfit de vacaciones acompañando a la tripulación de los Hanu Mahana.


“Un momento… ¿estamos todos?” Preguntó deteniendo su andar, para girar su cabeza y mirar a los presentes. “Barald, Runin, Yuuki… ¿Tezca?” No diviso al rubio, por lo que elevo la mirada viendo si venía rezagado y allí lo vio. Un encorvado Tezca, quizás debido al cansancio de la caminata, entre un pequeño grupo de trabajadores de nozama que también habían conseguido llegar con vida a la isla. “¡Apresúrate rubiales o te dejaremos Kekeke!” Se rió sintiéndose tranquilo porque estaban todos y el aparente Tezca le levantó la mano en saludo.

Una lástima que Ryota no supiera que tan solo era un trabajador similar en apariencia al Rubio, que al estar entre un grupo, no fue tan bien determinado por el capitán, que estaba lo suficientemente lejos para no poder verlo con fidelidad. (Click para ver la imagen del npc parecido a Tezca.)


INFO
[Imagen: ELRAliP.png]
#50

La áspera sensación en la palma de sus manos contrasta con la necedad del agua que se filtra entre sus dedos, deseosa de hacerle soltar el agarre, de verla desprenderse de las cuerdas, de perder el ímpetu y la fuerza hasta provocar que el rumbo del navío colapse, siendo la causante de un prematuro hundimiento y haciendo de los Hanu Mahana un cúmulo de nombres que pronto dormirían en el fondo del mar.

¡No!

Aún si los ojos arden, si la mirada se afila para evitar la tempestad contra ellos, si los oídos palpitan y lo único distinguible es el grito de sus compañeros; aún si las manos arden y los músculos se tensan, si la respiración se agita hasta cortarse del todo o si la presión crea vórtices en su estómago, Runin mantiene los pies firmes contra la madera, el corazón palpitando hasta sentir que está a punto de estallar y una estúpida sonrisa que se ensancha hasta perder la forma en risas inconexas que le recuerdan que está vida.

En medio de la tormenta, a la espera de la calma del ojo del huracán, con las imágenes recorriendo una tras otra su mente logra preguntarse. ”¿Cómo llegué aquí?” ”¿Cuándo cambió mi vida por completo?” y ”¿Qué sería de mi vida de no haberlos conocido?”

En medio de la tormenta, a la espera de la calma del ojo del huracán, con las imágenes recorriendo, una tras otra, su mente logra preguntarse: ¿Cómo llegué aquí? ¿Cuándo cambió mi vida por completo? y ¿Qué sería de mi vida de no haberlos conocido?

”¡Jamás me sentí tan libre!”

No como ese día, en el que las leyes de la física se rompen al notar los cálidos rayos rozar sus pómulos. ¿Alguna vez había sentido el sol tan cerca? Nunca. Al igual que nunca había visto un mar de nubes alzarse frente a sus oscuros orbes hasta llegado ese día.

¿Los naufragios? ¿El lecho de barcos reducidos a astillas y rotos maderos? ¿La cantidad de personas fallecidas al intentar cumplir un sueño o un trabajo bien remunerado? Su mente se desprende de las bienaventuranzas cuando el aire regresa a sus pulmones, la sonrisa toma forma de nueva cuenta y el brillo en su mirada se esparce, tan anonadado como encandilado.

—Tenía razón cuando te vi, Aloha Kai. ¡Si eres capaz de llevarnos al cielo, también serás capaz de llevarme a Amazon Lily! —Respira con fuerza, suelta el aire de golpe y una carcajada escapa al escuchar a Barald. —¿Desapareces unas semanas y vuelves más chistoso que antes, cariño? Fufufufu. —Por un momento las manos se sienten ligeras contra las cuerdas, incluso la ropa empapada deja de ser relevante.

—¿No les da ganas de lanzarse a comerse una de esas nubes? —Inconciente es la frase infantil que escapa de sus labios al estirar la cabeza para ver un poco más allá  del mar blanco, aquella playa, el bosque queriendo engullir todo. La amazona nunca ha visto algo tan hermoso en su vida, algo que extraiga esa parte infantil que quedó rezagada en lo más profundo de su ser desde que la vida le obligó a crecer demasiado rápido.

Sus manos sueltan la responsabilidad para deleitarse con el escenario, con los vocablos de sus amigos, con la llegada de Ryota hacia la cubierta, quien se acerca a paso seguro, con esa mirada brillante que termina por desprender lágrimas. ¿Está llorando por ella?

Las dulces palabras provocan que la respiración de la amazona se entrecorte. Siempre se han preocupado uno del otro; lo han demostrado a su manera, en la forma en que confían ciegamente, en las veladas donde se vuelven uno y en los días en los que luchan hombro con hombro. Aun así, algo en ella se estremece; incluso voltea a ver a sus demás compañeros, entre incrédula y… ¿Avergonzada? Esa palabra le sabe a pasto mas no puede evitar el sonrojo en sus mejillas.



—Claro que lo estoy, cariño… Deberías confiar más en mi fuerza.

Ahí está, su cercanía, a un palmo de ella, a nada para encontrarse; Runin decide mirarlo con franqueza, con emoción, con fijeza, relame los labios a punto de emitir vocablos. Ryota… Ryota… Oh Ryo… El hijo de puta pasa de largo ignorando por completo a la morena, nombrando a las mascotas que suben a la cubierta como dueños del pesebre, provocando que una vena brote en la frente de la amazona, una más en el cuello, otra más en su brazo y otra en el puño que le encaja al capitán en todo lo que se llama cara.

—¡RUEGA POR PIEDAD, CABRÓN! —¿Dos? ¿Tres? Quizá cuatro o cinco son los golpes que la morena ejecuta contra el hombre que le gusta antes de alejarse en molestos bufidos. —Malditos hombres de mierda, por eso dicen que el mejor amigo de una mujer es su serpiente. —Refunfuña ignorando a Tocho Morocho y a Cardan. ¿Culpables de algo? ”De existir”, piensa la kuja.

Ignorando el momento que más pena propia le ha generado la vida, se centra en la imagen de las antorchas antes de menear el rostro observando las caracolas musicales.  —Un par de esas no nos vendrían mal. —Asiente, curiosa, entretenida; no entiende mucho acerca de música mas no puede evitar observar de reojo a Ryota, quien parece más allegado a ese aspecto artístico de un tiempo al presente.

La voz que retumba ha dejado de ser musical para mostrarse ¿Tímida? ¿Cordial?  —¿Tan rápido con miedo, Bary? Fufu, suena amable. —Sentencia al tiempo que aprieta las hebras de su cabello para eliminar el exceso de agua, colocándose correctamente la bandana sobre su frente.  —Cien mil berries a que gana cualquier número menos el cinco. —Si, solo quiere fastidiar al desgraciado de su capitán, el resultado le es irrelevante; lo único que desea es desembarcar y sentir la playa del Skypiea bajo sus zapatillas.



—¡¿AHHHH?!

El nombre a gritos provoca que el coraje de la fémina se encienda enseguida. ¡Él mismo se ha ganado esos golpes! ¡¿Quién le manda a ser tan, tan… tan Ryota?! Por suerte los dulces apodos provocan que el humor de la fémina mejore, aún si arrastran sonidos temerosos. El mal humor que fácil llega, fácil se va. —¡Mucho mejor, cariño! Por un momento creí que me estabas gritando. —Menciona estirándose un poco antes de acercarse hacia la proa, lista para tirar el ancla.

—¡No olviden bajar la “mercancía”! —Eleva la voz esperando ser escuchada por todos. Parecen preparase para descender con total esmero así que hace lo propio, buscando su propio morral, enganchándolo a su cuerpo; uno que otro implemento lo tiene más a mano, claro. —¿Tocho y Cardan deberían quedarse en el barco, no lo creen? —Cuestiona con obvia malicia mientras agarra una de las cajas, descendiendo de la embarcación y llevando el cargamento hacia el punto designado, siguiendo a sus amigos hacia una nueva aventura.

—Hey. ¿Ustedes intentaban sobrevivir allá abajo o solo pasaron el tiempo confeccionando trajes? —Arquea una de sus cejas al mirar la playera presentación de las mascotas de la tripulación. —Te ves tan extraño sin tu corbata, Cardan, pero está bien, te ves lindo. —La emocionada serpiente se lanza a las piernas de su dueña en evidente alegría por el halago.


—Presente, cariño. —Niega con una sonrisa. ¿Acaso son niñatos de preescolar? Cada quién sabe cuidarse por su cuenta, no es como si alguno se alejara del grupo perdiéndose entre los diferentes caminos. ¿No? ¡¿No?! Una mirada hacia atrás para constatar que no se trata de un grupo de niños cuando Ryota apresura a Tezca. El entrecejo de Runin se frunce con ligereza.



—¿Hmm?

¿No se ve algo subido de peso? ¿El traje que ha elegido no le favorece lo suficiente? ”Eso de fingir ser otra persona le apasiona a niveles desproporcionados.” Piensa la fémina intentando continuar el paso, se detiene otra vez solo para darse cuenta que el rubio, de repente, tiene mostacho.



—¿Eh?

Rezagada, por algunos cuantos pasos, intenta encontrar algún tipo de factor lógico, si, debe existir alguno. ¿La presión? ¿La atmósfera?



—Ese viaje tuvo que removerme el cerebro…

La preocupación dura poco antes de negar de repente, corre tras los demás. ¡Si! ¡Debe ser eso! Un viaje agitado y una vista no tan afilada como la de su capitán. —¡Muévete, Tezca! ¡O al menos cámbiate de ropa! ¡Te sienta fatal! —Al final del día no se sabe qué es peor, si el que no puede ver o el que no quiere hacerlo.



BOLSA DE ESTRELLITAS
[Imagen: MQT49Lq.png]


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