Me despido [Pasado - División 80]
#1
Día 90 de Otoño Año 17

¿Sabían que la Marina hace llegar las cartas a sus soldados sin importar en qué rincón del mundo se encuentren? Es una de esas cosas pequeñas que mantienen unidos a quienes pasan meses o años lejos de casa. Gracias a ello, Sigrid solía recibir noticias de Isla Swallow cada cierto tiempo. Siempre esperaba aquellas cartas con una sonrisa enorme, porque casi todas venían de la misma persona, su madre Ingrid. La mayor parte del salario que ganaba como marine terminaba viajando de regreso a Swallow. No le molestaba en absoluto. De hecho, le hacía feliz pensar que Ingrid podía vivir cómoda mientras ella perseguía sus sueños por el mundo.
 
Por eso, cuando aquella carta llegó a sus manos, la vikinga se encerró en su camarote con la misma ilusión de siempre, esperaba buenas noticias. Esperaba una anécdota. Esperaba una reprimenda cariñosa por no escribir lo suficiente. Esperaba cualquier cosa menos aquello. Apenas tomó el sobre, algo llamó su atención, la letra no era la de su madre. La sonrisa que llevaba dibujada desde que recibió la carta desapareció lentamente. Sigrid se quedó inmóvil unos segundos observando aquellas palabras escritas sobre el papel. Sus enormes manos, acostumbradas a empuñar armas, cargar personas heridas o detener criminales, comenzaron a temblar sin que pudiera entender por qué y un mal presentimiento se instaló en su pecho, uno tan fuerte que incluso respirar parecía más difícil. —No— murmuró para sí misma, con cuidado abrió la carta y comenzó a leer.
 
Cita:"Querida Chichi, seguramente ya te habrás dado cuenta de que esta no es la letra de Ingrid."
 
Algo dentro de ella se rompió, no de forma violenta ni como una explosión, fue peor, como una cuerda tensada durante años que finalmente cedía, sus ojos permanecieron clavados en las siguientes líneas mientras sus dedos apretaban el papel.
 
Cita:"Desconozco cuándo llegará esta carta hasta donde estés, pero hemos leído que junto a tu división llegaste al Grand Line. Créeme, Chichi, no quisiera darte una mala noticia a través de una carta, pero es la única opción que nos queda."
 
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que terminara de leer. Sigrid ni siquiera intentó secarlas, simplemente continuó, porque necesitaba saberlo, porque ya lo sabía, porque su corazón había comprendido la verdad mucho antes que su mente.
 
Cita:"Ingrid enfermó hace meses, pero insistía en no decirte nada porque querrías volver a Swallow y no tenía el corazón para arrebatarte tu sueño y tu oportunidad de viajar por el mundo."
 
La carta tembló entre sus manos, su madre, su única familia. La mujer que había abandonado su hogar, a su esposo, a su pueblo y a toda una vida para darle un futuro distinto, la mujer que siempre sonreía, la mujer que siempre le decía que siguiera adelante, la mujer que jamás quiso ser una carga. Sigrid bajó la cabeza sus lágrimas caían sobre el papel formando pequeñas manchas húmedas sobre la tinta, pero la vikinga intentó sonreír como siempre hacía, como su madre habría querido, pero aquella vez no pudo, en ese momento la enorme vikinga de cinco metros de altura se sintió pequeña, muy pequeña y completamente sola.
 
Cita:"Hoy hemos vuelto a tu casa para verificar el estado de Ingrid, pero desafortunadamente lo único que hemos encontrado ha sido su cuerpo tendido en la cama, con una sonrisa de paz. Estoy segura de que Ingrid murió pensando en ti, en su hija querida y su único orgullo."
 
La carta se deslizó entre los dedos de Sigrid y por un instante el mundo entero se detuvo, no escuchó el mar, no escuchó los pasos de sus compañeros marines recorriendo el barco, no escuchó absolutamente nada, solo sintió aquel vacío. Ese dolor insoportable que le atravesó el pecho como una alabarda. —No, mami— Fue apenas un susurro que salió de su boca, una palabra tan pequeña que parecía incapaz de contener todo el sufrimiento que llevaba dentro. —No, mamita. —Las lágrimas ya no corrían silenciosas por sus mejillas, ahora caían a raudales, su respiración comenzó a romperse, su cuerpo temblaba y sus enormes manos se aferraron al papel como si pudiera arrancar esas palabras de la realidad como si apretándolo con suficiente fuerza pudiera cambiar lo que ya había ocurrido. —No mamita linda no. — y fue justo en ese momento donde se quebró, por completo.
 
Un grito desgarrador salió de lo más profundo de su alma, un grito tan fuerte que recorrió cada rincón del barco. tan doloroso que incluso quienes no conocían a Sigrid podrían sentir que algo terrible acababa de suceder. —¡¡¡¡MAMAAAAAAAAAAAAAAÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!!— Su voz se rompió a mitad del grito, las piernas dejaron de sostenerla, la gigantesca buccaneer cayó de rodillas contra el suelo del camarote mientras el llanto escapaba de ella sin control alguno, lloró como nunca antes por la mujer que la había criado sola, por la mujer que abandonó toda una vida para darle una mejor, por aquella madre que siempre encontraba una forma de sonreír, por aquella madre que ocultó su enfermedad para que ella pudiera perseguir sus sueños, por aquella madre que murió sola y eso era lo que más le dolía, el no haber estado allí, no haber tomado su mano, ni haber podido decirle una última vez cuánto la quería. —¿Por qué? — sollozó entre lágrimas mientras su frente terminó apoyada contra el suelo, la carta quedó arrugada entre sus dedos, esta vez desde que se había unido a la Marina, desde que había dejado Swallow atrás para perseguir la justicia, Sigrid sintió que toda su fuerza no servía para nada.
 
Podía derribar piratas, podía salvar heridos, podía cargar barcos enteros si era necesario, pero no había podido salvar a la persona más importante de su vida y eso era una herida que ninguna medicina del mundo podría curar. —Lo siento, mamá— susurró entre lágrimas. —Lo siento tanto—
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
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#2
Me encontraba cocinando una sopa de almejas en la playa, cerca del barco. Me gustaría poder hacerlo en el barco, pero, por algún motivo, no disponía de cocina. —Tenemos que hablar de esto los cinco… ¡No puedo cocinar siempre en una hoguera!— dije frustrado intentando controlar la temperatura de la olla. ¿Qué clase de barco no tenía cocina? Era un sin sentido, para comer en alta mar tendríamos que recurrir a comida precocinada de la isla, un despropósito…

Tras revisar que la comida se estuviera haciendo bien, saqué el último periódico que tenía guardado de hace tiempo con la intención de revisar las recompensas de los criminales que surcaban estas aguas. Como era normal, empecé con los carteles de menor recompensa. —Ni idea… No me importas… Bonito cabello…— dije con una insoportable parsimonia. Como era de esperar, los menos buscados no eran nada relevante, al menos por el momento…

Al oír el burbujear de la sopa, me acerqué para probar cómo estaba de sabor, agarré el cucharón de madera y lo deslicé con una precisión quirúrgica por la superficie del caldo, llevándomelo al momento al borde de mi boca. Soplé con delicadeza antes de probarlo para rebajar la temperatura y, tras probarla, continué leyendo los carteles de búsqueda. Al pasar a la siguiente imagen, no pude evitar escupir con fuerza la comida que tenía en la boca. —*Cough* *Cough* ¡¿MIYOOO?!— dije tremendamente sobresaltado.

Había vuelto a pasar… Primero fue Dharma, aquel siniestro pero bondadoso muchacho, cuando le conocí, podría haber jurado que era una persona de buen corazón. Luego María y Maki, cuyas circunstancias la verdad es que desconocía, no podían ser malvadas piratas, debía llegar a la verdad del asunto. Y en esta ocasión le tocó a la alegre y bondadosa Miyori, era incapaz de verla como una asesina de sangre fría. —¿El problema seré yo?— pensé por un momento —Toda la gente que conozco se acaba volviendo pirata…—

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un enorme grito que provenía del barco. Su voz era inconfundible para mí. —¡¿Sigrid?!— dije preocupado antes de levantarme y salir corriendo, tirando por el camino el caldero de la sopa a la arena. Mis pies se hundieron en la arena antes de dar un poderoso salto que me llevó a la cubierta del barco, haciendo rechinar la madera con el peso de mi cuerpo. Me dirigí sin dudar al camarote de mi querida compañera y, tras abrir la puerta de una patada, pude ver cómo se encontraba de rodillas dando su espalda a la puerta.

Al ver que no estaba siendo atacada, me paré por un momento, me acerqué lentamente y pude observar una carta arrugada entre sus dedos, no era difícil suponer que no eran buenas noticias. Impotente y sin saber muy bien qué hacer, terminé de acercarme a ella y le acaricié el hombro con cuidado. Seguramente no era consuelo para ella, pero personalmente era algo que me reconfortaba cuando mis padres me lo hacían.
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
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#3
Se acercaba la hora del almuerzo y, como todos los días, Juan estaba abajo, en la playa, guisando la comida sobre la llama de una fogata. Un día tendrían el dinero necesario para acondicionar una buena cocina en el barco. Hasta entonces, el bueno de Juan Sebastian tendría que seguir batiéndose a duelo contra la leña y lo irregular de su calor para conseguir un punto de cocción adecuado. Se trataba de un entrenamiento sumamente eficaz para pulir sus habilidades gastronómicas, y, además, una buena forma de jugar con su paciencia.

Enji lo observaba desde la comodidad del mascarón de proa, sentado. El cabezón que decoraba el frente del barco tenía espacio de sobra para aguantarlo. Entre los dientes sostenía un cigarro recién encendido y sobre su regazo yacía el gran culpable de todo: el gato, el mismísimo Ford “Fiesta”, la razón por la que su barco se veía como se veía y se llamaba de la forma en que se llamaba.

—¡Shihahaha! ¿Falta mucho, Juan?

El capitán de la división no se deleitaba precisamente con el sufrimiento de sus compañeros. No, para nada. Solo era un jugón, le divertía verlos y escucharlos renegar por tonterías, pero cada una de esas “tonterías” se quedaba guardada en su cabeza en una lista de cosas por resolver. La cocina estaba en alta prioridad junto a la enfermería.

Todo costaba dinero, demasiado dinero y, aunque el sueldo de marine aumentaba con los rangos, seguían yendo justos tras invertir sus ahorros conjuntos en sacar al Ford’s Transit del aserradero. Hacía tiempo que venía pensando en una forma alternativa de conseguir dinero. Nadie se volvía rico trabajando para el gobierno; a menos, claro, que fueras el gobierno, y francamente no se le daban bien esas cosas. Algún día tendría que hacer las paces con tener un apellido que empezaba por “Saint”, pero no era ese el día ni lo sentía particularmente cerca.

El pensamiento se cortó por el repentino grito de Sigrid, un chillido desgarrador y desesperado que no vaticinaba nada bueno. Ford se levantó de su falda y saltó a la cubierta, alerta. Enji se puso de pie, vio a Juan saltar desde la playa y se dirigió, detrás de él, hacia el origen del lamento. Había reconocido la palabra “mamá”. Un mal presentimiento se instaló de inmediato en su pecho y cuando llegaron a la habitación de la vikinga, una carta abierta frente a una desolada Sigrid confirmó la peor de las sospechas.

Juan se acercó y con su toque en el hombro trató de consolarla. Él, por su parte, no sabía exactamente qué hacer para tratar de ayudar, parado junto a la puerta mientras Sigrid sollozaba. Su mano derecha era probablemente mucho mejor a la hora de tratar temas tan delicados, pero el capitán era él.

—¿Qué sucedió, Sigrid?

Alguien tenía que hacer la pregunta.

—¿Qué dice esa carta?
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#4
Con la llegada a Kyodaina y todo el embrollo de explorar la isla, sabotear planes de traficantes y recolectar cuero para mejorar nuestros cachivaches, todavía no me había parado a revisar el barco. Qué cabeza más mala… Y es que aunque no hubiera sufrido daños visibles y no le entrara agua por ningún roto en la madera, todo barco necesitaba una revisión periódica para prevenir futuros posibles problemas.

Martillo en el cinturón, clavos en el bolsillo, lapicero en la oreja y libreta en mano, pues obviamente no me iba a chafar mi pelazo con un casco naranja fosforito, revisaba tanto el interior del barco como su estructura interna. Lo primero que hice fue colgarme de una cuerda y empezar a revisar los mástiles y las velas, cosiendo algún desperfecto provocado por la corriente de los cabos gemelos, y dándole alguna mano de pintura tonta al caso. La quilla estaba perfecta, Juan seguía comiéndose los percebes a pesar del cansancio que le suponía y el que tuviéramos que tirar de él porque sino se ahogaba al haberse comido una fruta del diablo.

Yo, por mi parte y sin saber muy bien por qué, pues también me pasaba algo parecido y tuve que hacer la revisión más rápido y peor de lo que me hubiera gustado, también enganchado a una cuerda, flotando sobre tablas y utilizando los juncos como tubo para poder respirar—. ”A ver si también me comí alguna ciruela de esas sin querer… Mierda... Pues si es así, ¿qué poder tengo? Esta gente se transforma en animales, tira veneno y pintura por las manos… ¿Y yo qué hago? Bueno… Sigamos con esto…”

Las habitaciones y la bodega estaban todo el perfecto orden, y cuando digo orden es orden, porque si fuera por esta gente estaría todo tan escampado y tirado por ahí que me daría bastante nervio. Pero continuando con la revisión, ahora del interior del barco, y respetando la intimidad de Sigrid ya que se encontraba en su camarote, me bajé a lo más profundo del Ford Transit para poner bien el ojo en los lugares en los que el barco recibió golpes, para ver si la amortiguación externa había provocado algún desperfecto en el interior.

—Todo correcto —otro tick que dibujé con el lapicero en la lista de zonas que revisar y fin de la lista—. ¡HOSTIA, QUÉ SUSTO! ¡SIGRID, ¿QUÉ HA PASADO?! —todo me salió volando por los aires, la libreta, el lápiz, el martillo y hasta los clavos que tenía en el bolsillo del salto que pegué. Y entonces me acerqué corriendo a su camarote, viendo como Juan y Enji habían llegado primero a pesar de yo encontrarme ya en el barco.

Tras llegar y analizar la escena, pude ver una carta arrugada tirada en el suelo y Sigrid de rodillas sollozando y murmurando una palabra que a ninguno le gustaría escuchar en aquel momento—. ”¿Mamá…? Ay, no…”
—Hablo —. ”Pienso”
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