[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
#71
OST

De un momento a otro nos reunimos un grupo lo más variopinto de marines, todos aliados de la justicia, figuras heroicas que velan por el bienestar del ciudadano. El bueno de Kael, tan correcto como de costumbre, tuvo la buena idea de intercambiar números. —¡Buena idea! —dije mientras le enseñaba el número de mi Den Den Mushi. Tras ello, me acerqué poco más a mi camarada, con quien intercambié golpes en el pasado, y le di una fuerte palmada en la espalda —¡No hace falta ser tan formal, hombre! Jajajaja! Hay confianza.

Todos reunidos emprendimos camino por el sendero… Todos juntos… Todos… —¿Dónde está Masami? Maldita sea… ¡Se nos ha adelantado! —No era de extrañar; después de tanto tiempo en Kodaina, uno se siente unido a la jungla, pero hay que esperar a los compañeros. —Tiene que ser más cuidadosa… No sabemos qué tipos de peligro puede encontrarse uno por aquí —mencioné mientras cruzaba mis rugosos brazos y agitaba mi cabeza con un relajado aire de indignación.

Dando por hecho que mi amiga estaría bien, comencé la ruta junto al resto de marines. Era una imagen tan pintoresca como intimidante: Una decena de soldados de la justicia sumergiéndose en la penumbra, arropados por la irregular oscuridad que bailaba con el movimiento de las hojas más altas de los árboles. —De bosque en bosque y tiro cuando me toca… ¡Enjiiiiii! ¿Cuándo nos vas a llevar a un sitio que sea más que bosque? —le cuestioné, hastiado de tanta vegetación. —Quiero ir a un restaurante… Y comer lechuga cocida… Llevamos comiendo cosas del bosque durante meses. Y la vegetación de aquí no es comestible encima.

El camino fue tranquilo; la selva parecía ser bastante más tranquila que la de Kyodaina por el momento, aunque la sensación de intranquilidad que transmitían los sonidos de la fauna me traían recuerdos agridulces. —Lo que sea menos murciélagos, por favor… —Supliqué mientras me mantenía atento a los bordes de la senda que recorríamos. —Chicos ¿De qué islas habéis llegado vosotros? —pregunté con genuina curiosidad. —Los de la ochenta venimos de Kyodaina, bichos muy grandes, mucho bosque… Lo típico. —El Grand Line me había sorprendido en gran medida; las maravillas que se veían y los peligros a los que nos enfrentamos me habían dejado atónito, cuanto menos.

Las horas de viaje se antojaron minutos al estar tan gratamente acompañado, por lo que fue una sorpresa ver la maravilla que de un momento a otro se presentó frente a nuestros ojos. Mi boca se quedó completamente abierta mientras observaba la construcción más increíble que había visto en mi vida. Intenté hablar, pero mi mandíbula se quedó encajada y no era capaz de moverla para articular palabras —AAaaaAAaaaA ¿Aaaaa? Aaaaa —comenté, sumamente impresionado. Para facilitar la comunicación, decidí volver a colocarme la mandíbula correctamente. —¡¿Eso es oro?! ¡¿TODO ESO ES ORO?!. —Me quedé completamente atónito; era una información que mi mente no podía procesar. No era solo un palacio de oro increíble, era toda una civilización que brillaba bajo la luz radiante del sol, así como una especie de muro de madera que encerraba algo como un recinto. No me impresionó ver a tanta gente alada; después de todo, ya conocí a aquel moreno tiempo atrás y a la misma Masami ¿Sería ella de aquí?

Solo un río nos separaba de aquel portento para la vista; no era muy ancho, por lo que no habría problemas para cruzarlo. —Una… Dos… —Flexioné mis rodillas y salté, propulsado por el balanceo de mis brazos. No fue mi mejor impulso, pero logré llegar al otro lado, aterrizando con pesadez en la tierra, que se hundía bajo mis pesados pies. —¡Tadaaaaa!—.

Una vez mis compañeros llegaron al otro lado, caminé junto a ellos hacia la lustrosa ciudad. —Mientras más nos acercamos, más impresiona —dije mientras ponía las manos sobre mi nuca de forma despreocupada. Por fin estábamos en el lugar indicado, era algo obvio para cualquiera con dos ojos en su rostro.

Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
#72
La estruendosa melodía me impedía siquiera concentrarme, no quería salir del barco en absoluto y no sabia a ciencia cierta que pasaba fuera tesoro, parecía más bien un hetero en un bar homosexual honey, asustado, sin saber a donde mirar. Ciertamente escuché una voz con algo de nervio y prisa, escuché atentamente, pero había algo importante que hacer antes de salir del barco. Me encontraba frente al espejo que por cosas del destino al menos si sobrevivió tesoro, arreglando mi cabello para salir al encuentro con mis compañeros, acomodé mi cabello con bastante afán debajo de la gorra solamente dejando dos mechones por fuera, i wanted to look really sexy for the king of heaven.
 
Sin embargo, en cuanto ya estaba preparado con mi revolver en su funda, balas en la bolsa, mis hermosas botas perfectamente ajustadas y aquellos guantes que Juan había logrado hacer para mi con todo el esfuerzo que pinza podía trabajar, me percaté de que ya no había nadie abordo honey, me encontraba totalmente sola como una almeja en un inmenso y solitario mar. — ¿Sweets? — Solo Ford fiesta estaba conmigo en ese barco, casi quedo paralizado en ese momento, pero no mi amor, esta vez no. —Oh no, no, no, no, no me voy a quedar solo en este sitio, no, no. — Miré hacia todos lados y en realidad parecía que me habían dejado solo y no pensaba esperar a que regresen, yo iba a salir a buscarlos.
 
Yo no tenia demasiada idea de por donde se habían ido tesoro, pero ya he salido con Aki-chan antes y tiene tendencias de ir por los bosques así que no dude demasiado y me fui por exactamente esa dirección, tenia en mente la voz del señor Zarutsuki, el rey del cielo o el dios del cielo, ay tesoro quien sabe lo que realmente era ese hombre, pero seguro seguro que Aki-chan se había ido por ahí para buscarlo, sino, terminaría perdido como un ejecutivo en mercado público.
 
Pero honey, he went from big things to even bigger things, la fauna de este lugar era realmente absurda Tesoro, era casi igual que en Kyodania, nos perseguía la desgracia de los lugares con fauna y flora, grande, alta, y que tapaba toda luz del sol y me complicaba un poco el caminar,claro si a eso se le podía llamar camino porque cada dos por tres terminaba tropezando con alguna raíz sobresalida que era tan grande como un tronco caido, y aun así no veía ningún rastro de los chicos pero tenia que seguir avanzando porque ese pequeño camino parecía exactamente por donde alguien había pasado, el bosque entero se sentía como si estuviera vivito y coleando honey, es mas estoy seguro que una rama me tocó las nalgas a propósito y me voltee de inmediato, pero no culpo al bosque, es que tengo demasiado de donde agarrar.

—AKI-CHWAAAAAAAAN— Grité con todas mis fuerzas en un momento ya un poco desesperado, porque camine por como dos horas y aun no encontraba a nadie y menos veía el final del camino entonces volví a llenar mis pulmones de aire para gritar de nuevo —JUAAAAANSEEEEE— quería medio llorar porque ahora mismo quisiera comerme algún estofado de los que hace mi cangrejotortuganeitor favorito, ya tenía mezclado el cansancio de caminar y el hambre —PERVERTIDOOOOOOO— Incluso la voz de Enji seria reconfortante para mi ahora, que me mande a cualquier cosa, a izar las velas, a cuidar a Ford, lo que sea, solo su voz para estar tranquilo porque sinceramente honey estaba cansado de caminar, una diva no debería tener que caminar como lo estoy haciendo yo, debería dedicarme a cantar y verme hermoso, claro, lo tomare en cuenta cuando vuelva al barco.

Sensual y Bella Caja de Off
[Imagen: xFGuWOj.jpeg]
#73
—”¿Por qué de nuevo una selva? Quiero decir, es bonita y hay muchas cosas, pero que agotamiento… Aunque aquí el tamaño de las cosas no es tan exagerado, ¿no?” ¡EY, CHICOS, MENOS MAL QUE COGÍ LA ANTORCHA! —grite a mis compañeros una vez analizado el terreno y empezábamos a coger marcha camino a través. Llevaba el tronco con la llama al hombro, asegurándome de no quemarme el pelo de la cabeza ni a nadie más, y encabezando un poquito la marcha pero sin ir el primero, ya que entendía que ese lugar le corresponde al capitán o a los comandantes, pero así podía iluminar un poco el camino que estaba envuelto en la penumbra.

Skypiea era como Kyodaina pero sin ser exagerada y con agua en vez de nubes, hasta los senderos se parecían, aunque por el que íbamos no estaba tan plagado de matojos y helechos, sino que era un camino bastante ancho en el que podían andar todos en fila sin tocar los bordes de la selva. Pero era oscuro, y por eso la antorchita, ya que con tanta planta apenas se podían diferenciar los rayos del sol… Pero espera—. ”¿Para qué quiero la antorcha?” ¡Shinchan, comandante! ¿Sería usted tan amable de iluminarnos el camino con su culito de luciérnaga? Así no sería necesario que cargue con esta antorcha, comandante. Por favor, gracias comandante. —ante todo, formalidad y respeto a mis superiores en jerarquía.

—Que recuerdos chicos, parece que fue ayer cuando estábamos en Kyodaina recolectando cuero —suspiré con una sonrisa mientras le tocaba el hombro a mis compañeros para susurrarle esa frase de uno en uno, empezando por Enji, pasando Juan y acabando en la oreja Masami… Espera—. ¡ES VERDAD, MASAMI! —tanto yo como Juan pegamos un grito al darnos cuenta que nuestra compañera no estaba con nosotros, ¿se habría quedado dormida? Tocaba esperarla, así que solté un suspiro y sonreí al frente, con la oreja puesta en los sonidos de la naturaleza y atento por si tenía que lanzar un grito de advertencia a mis compañeros a la mínima que algún ruido fuera de lo común llegara a mis oídos, y en efecto, pude diferenciar la palabra pervertido a lo lejos, o algo así seguramente quería decir.

¡MASAMIIIIII, SIGUE EL CAMINOOOO, EEEEL CAMINOOOO, CAMINOOOO, MASAMIIIIII, CAMINOOOOO!

Grité con todas mis fuerzas haciendo la forma de un altavoz con mis manos, estaba por ahí, hacía bastante ruido al andar con esos tacones y el espesor de la selva hacía que cada pisada creará un eco fácil de diferenciar, al menos para mi—. ¡Seguro que en realidad está cerca, transformada en su forma de culebrilla y quiere darnos un susto, tchakikikiyah! Ay espera, que puedo llamarla...

—Bere-bere-bere, bere-bere-bere —dando tono mi den den que estaba.

—Oye, Nyra, ¿por qué evitas mirarme? ¿He hecho algo malo? ¿Ha sido por las preguntas que le he hecho a tu marido Sinosuke? —me acerqué a la chica mink con cuidado y algo de vergüenza. Nunca antes me había pasado que me apartaran la mirada, y se la veía una muchacha agradable—. Lo que sea dímelo con total confianza, aquí todos somos compañeros, ¿vale? —le dije mientras le guiñaba un ojo y le mostraba mis dientes con una amplia sonrisa.

—Y vosotros chicos, los de la 60, nunca nos habíamos cruzado antes, ¿de qué corriente venís? Nosotros de Akai... Nos hubieran informado de que estabais por la zona, así que imagino que de ahí no, ¿verdad? —lancé la pregunta al aire a mis compañeros de la división 60, esperando también hacer más migas con ellos, en especial con los mink, me causaba demasiada curiosidad que se vieran humanos bien peludos y con cabezas de gato. Y sí, lo admito, no pude dejar de mirarlos de reojo todo el camino. Uno de mis mejores amigos era un cangrejo, pero un cangrejo no era un gato, y estos encima eran DOS GATOS.

Y tras tres largas horas de camino que dieron para hablar de todo un poco y conocernos mejor, llegamos al final del camino, o bueno, eso parecía. Ya que entre lo que parecía ser una ciudad, a lo lejos, y nosotros, se encontraba un gran río más ancho que largo. Un río bastante parecido al que se encontró en aquella isla donde me reté a muerte con un caimán shiny gigante. Miré mis guantes, hechos por Juan, testigos de la proeza, y cuyo material eran las escamas del pobre animal que en qué momento decidió enfrentarse a mi. Y tras eso, agarré con fuerza de nuevo la antorcha y la mojé en el agua cristalina del río y agité la madera con fuerza para ver qué pasaba con los peces. El agua era tan clara y había tantos tipos de peces de todos los tamaños y colores, que sentía curiosidad por saber de qué manera se comportarían en la isla del cielo—. Vamos a probar qué pasa con esto… ¿Qué apostáis? ¿Se acercarán? ¿Huirán? ¿Serán agresivos? ¿Estarán buenos? Buah como se puedan comer… Me encantan los nigiris… Juan, ¿se pueden comer? ¡Mira, mira, que se acercan, mira!

Pero mi compañero y los demás, y con razón, tenían la vista más puesta en lo que teníamos delante que en el propio río en sí, y es que frente a nuestras narices estaba una civilización que parecía que se conservaba en el tiempo, una civilización de entre la cual destacaba un enorme palacio, junto con numerosas casas, todas brillantes, de un color dorado asombroso, limpias, valiosas. Dinero y gente pudiente, eso fue lo primero que se me pasó por la cabeza. ¿Qué habíamos venido a hacer aquí? ¿Necesitaban a la Marina para proteger tanta cantidad de oro de los ladrones? ¿Nos darían un poquito? Siempre íbamos un poco al cuello en la 80 con el tema de los berries—. ”Nos vendría bastante bien…”

—Wow… Sí que es oro sí… Shinchan, mira… Brilla más que tú… —estaba flipando, era una ciudad majestuosa, enorme y con un palacio que el triple que todo lo demás y unas gradas en todo el centro que serían, seguramente, el lugar en el que se llevarían a cabo los juegos Nazamon—. ¿Quién mandará aquí? ¿Esta isla es del dueño de Zonamon este de las cajas? —pregunté al aire mientras seguía embobado con aquella ciudad de la que nos separaba un río. ¡El río!

Había que cruzar aquel río, así que corrí a uno de los árboles próximos a nosotros y trepé como bien sabía, con la agilidad y los movimientos de un macaco, como si estuviera en casa. Y como no, criado en Baterilla, saltando de palmera en palmera y perdiéndome entre bosques de laurisilva, y viniendo de Kyodaina, donde el moverme por los árboles había sido prácticamente el día a día si no quería acabar siendo comida de animal gigante, pues esto para mi era pan comido. Agarré con fuerza una liana y pegué varios tirones para asegurarme que aguantaría mi peso, y tomando carrerilla, saltando de rama en rama en dirección contraria, me lancé al vacío, pasando por encima de mis compañeros y con el suficiente impulso como para llegar al otro extremo de aquel precioso río de aguas cristalinas. Y entonces hice lo que todo el mundo esperaba de mí: gritar como Tarzán.

AHHHHHH, AO-AAAAAAAAAAAAH, AO-AAAAAAAHHHHHH





Info.

—Hablo —. ”Pienso”
#74
El sendero era ancho, y permitía un tránsito cómodo y, hasta cierto punto, despreocupado, pero no para Stroud. Sus ojos grises mantenían fija su mira sobre cuantos elementos afloraban a su alrededor, en su tránsito por el camino que había escogido, danzando de un lugar a otro bajo los cabellos rubios del Marine, ya casi secos pero aún apelmazados y despeinados tras el trastabillado viaje por la Knock Up Stream, al igual que el resto de su uniforme. Los sonidos de la exótica fauna del lugar no se asemejaban a ningún otro que hubiese conocido, a excepción, tal vez, de Little Garden. Como había sospechado, absolutamente nada de toda la abundante vegetación era comestible, y algunas de las setas y los hongos que surgían por los bordes más sombreados del camino eran, en efecto, letalmente tóxicos. Constantemente miraba hacia detrás, de refilón, asegurándose de que la formación continuase por el sendero de forma ininterrumpida, para inmediatamente volver a su frente e intentar atisbar los giros del camino. El sentido de permanente alarma que lo caracterizaba lo mantenía atento a cuanto pudiese ocurrir, incluso en un lugar como aquel, y parecía sobreponerse, incluso, a la extraordinaria perspectiva de estar en la misma cima del mundo, más allá de las nubes, cientos de metros por encima de los mares que tanto tiempo llevaba navegando. El Marine siempre había sido de naturaleza vigilante, prevenida, y, mientras que podía resultar sencillo obnubilarse ante la idea de la legendaria tierra de Skypiea —si es que aquello era, en efecto, la célebre isla a la que los había convocado Zarutsuki a su antojo— y maravillarse ante un lugar tan escasamente conocido, en el joven Marine prevalecía, aun no por mucho, el instinto de no dejar ningún recoveco sin vigilar, ninguna amenaza reptar sobre ellos sin que él lo anticipase. Y, en parte, tal vez aquella fría serenidad fuese una forma de ocultar que, en algún rincón de su ser, aún no había descartado haber perdido la cabeza por completo.


Instantes atrás, varios de los demás Marines que habían arribado a aquella misteriosa playa y su mar de mullidas nubes, con la densidad suficiente como para sostener los navíos que los habían transportado hasta allí, se habían presentado entre sí, presentando distintos grados de formalidad —como habían hecho los miembros de su propia división—, no todos ellos del gusto de Stroud. La extraña humana-mink ni siquiera se había dignado a presentarse formalmente. El inconfundible Saint Vangelis Enji, sobre cuyas hazañas ya había tenido la oportunidad de leer en algún periódico pasado, se presentó con menos rigor del que hubiese esperado. "En el periódico parecía más serio," había pensado para sí, intentando ocultar su perplejidad, mientras le había tendido la mano con educación y observado lo excepcionalmente poco ortodoxo e indecoroso de su —no— vestimenta, si bien se abstuvo de efectuar comentario alguno. En su lugar, se cuadró con particular formalidad ante él, lo cual consideraba absolutamente fundamental. Otro, enorme y que debía de tratarse de una suerte de Gyojin, se había presentado como Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián (lo cual había provocado la rígida subida de una de las cejas de Stroud, así como una excepcional sonrisa esbozada en el rostro del joven comandante, que no había tenido del todo claro dónde terminaba su título y dónde empezaba su nombre en aquel trabalenguas) y le había tendido inicialmente una pinza, pareciendo haberlo reconocido de algún periódico, algo que lo pilló más bien desprevenido. Era la primera vez, que recordase, que tal cosa había ocurrido, si bien también era cierto que únicamente había empezado a salir en las páginas del World Economy News Paper muy recientemente, y le había causado cierto rubor. El comandante Hasegawa Shin, como se había presentado, había actuado con relativa formalidad, si bien de forma algo patosa, tal y como había presentado al resto de sus hombres. Stroud esperaba un protocolo más adecuado del líder de una división. Su exaltación de sí mismo como futuro mejor Marine de la historia había provocado un segundo y más pronunciado alzamiento de ceja del joven Nanashi, aunque, en toda honestidad, le sonaba haber leído algo sobre él en los mismos periódicos, por lo que el peliblanco podía resultar más prometedor de lo que sus modales daban a entender, aunque tenía mucho que aprender. El muchacho rubio aparentemente a las órdenes de Enji ni siquiera se dignó a presentarse al principio, algo que Stroud atribuyó a la edad —irónicamente—, hasta que se reveló como Akira Raito, además de definirse como soldadito marinero que conoció a una sirena, para incredulidad del joven. Abundaban la juerga, las risas desenfadadas, el buen humor y las bromas fuera de lugar: todo lo que estaba mal en el mundo. Así imaginaba Stroud que debía de ser una reunión de Revolucionarios. Empezaba a preguntarse si aquellos tipos eran realmente Marines y no estaba frente a algún tipo de estafa. El que se presentó como Kael Omuyaga, y que daba la impresión de ser, tal vez, el único taciturno y con cierto sentido de la etiqueta de aquel grupúsculo, avaló las cualidades del comandante Hasegawa, algo que apaciguó las inquietudes de Stroud frente a aquel panorama.

[Imagen: RdmmMXC.png]
El shock ha sido lo suficientemente potente como para ameritar la primera, y probablemente única, imagen de reacción de Stroud.

El camino fue largo, y dio tiempo suficiente de charlar y de, más aún, escuchar cómo charlaban los demás. Sin disimulo alguno, mientras los demás charlaban, y apresurándose para no retrasar al grupo, llegado cierto punto se agachó junto a una de las setas más tóxicas —en caso de ingestión— que pudo identificar, empleando una hoja a modo de guante para arrancarla con sumo cuidado, envolverla y guardarla en una pequeña bolsita, entre sus pertenencias. Mientras proseguían la caminata, y sin cesar del todo su constante vigilancia, se decidió a hablar un poco, rompiendo su habitual silencio. "Nosotros... ya nos hemos presentado. Bertram, Moja, Kibai y yo mismo, Stroud," dijo, señalando con el dedo pulgar hacia cada uno de ellos a medida que mencionaba sus nombres, para finalizar señalándose a sí mismo. Consideraba que era adecuado recordar los nombres, en tal marabunta de uniformados. A medida que todos caminaban, fue sacando de su bolsillo pequeñas tarjetas de presentación, entregándolas a cada uno de los Marines de aquella comitiva, como un acto meramente profesional. Eran similares a las que, en su día, él mismo había intentado manufacturar y había entregado a los agentes del Gobierno Mundial que había conocido en Samba a modo de presentación, algo más de dos años atrás. Resultaba extraño, pero sentía que había pasado una eternidad desde aquellos acontecimientos, antes siquiera de haber comenzado a navegar las aguas del Grand Line. Esta vez, las tarjetas eran ligeramente distintas, pero las mismas en esencia, mas respondían a una necesidad más urgente: la de entrelazar una pequeña red de contactos estratégicos entre todos sus colegas uniformados. Cada uno de los Marines de aquel sendero recibió una de ellas durante su avance, pudiendo percibir lo trabajado de su textura y lo elaborado de sus colores. Cada tarjeta mostraba el estilizado nombre —con su apellido correctamente actualizado, eso sí—, su cargo y, en la parte trasera, su número de Den Den Mushi. Cualquiera que aceptase aquella tarjeta tendría la posibilidad de hablar con el comandante para lo que dispusiese (algo de lo que, estaba seguro, no se arrepentiría).

Parte frontal de la tarjeta


Durante la caminata, Juan Sebastián mencionó Kyodaina, un lugar que a Stroud prácticamente no le sonaba de nada. Akira también, claro, y les preguntó de dónde venían. Las sospechas de Stroud se cumplieron cuando el joven Raito mencionó la corriente Akai. "Somos la 60, llevamos ya...," detuvo su habla por un instante, haciendo algunas cuentas para sí, "un par de años en el Grand Line, tal vez algo más," estimó, rascándose ligeramente la sien. Hablaba en aquel tono de voz inquebrantable, de mármol, que lo caracterizaba, en que ninguna palabra parecía desentonar con ninguna otra. "Venimos desde Arabasta, en la corriente Rakusei, aunque creo que ninguno de vosotros ha estado por allí, ¿me equivoco?," inquirió, girándose a observar las reacciones de los demás mientras continuaba su caminata. "Es un placer coincidir con todos vosotros aquí," indicó finalmente. No era poca cosa que Stroud dijese aquello. Y era cierto: había cierto alivio en comprobar que no estaban solos en aquel mar de nubes, y que tampoco lo habían estado allí abajo, en el Mar Azul. El joven era consciente de la enorme cantidad de efectivos de que disponía la Marina, pero, durante sus años de viaje, apenas habían tenido oportunidad de encontrarse con otras divisiones, más allá de los fortuitos hallazgos en los cuarteles y en las zonas más fortificadas de las islas que habían visitado. En un lugar como aquel, que más bien parecía otro planeta, alejado del mundo, en la cima de los mismos cielos, era reconfortante ver más de aquellos uniformes y aquellas insignias, por pintorescos que pudieran llegar a ser sus portadores.


Sin embargo, sus pensamientos se detuvieron en seco en el momento en que pudo vislumbrar el final del camino. Comenzaron a oírse comentarios, pero Stroud no los escuchó. Todo lo demás, incluidos el cansancio tras la caminata, sus compañeros de la Marina y la propia jungla, se desvaneció por un momento, y quedó frente a frente con lo que aguardaba. Frente a ellos, aquella densa masa boscosa tocaba a su fin, y, separada de ellos por un pequeño río, se extendía una civilización que refulgía bajo el sol con el color del oro. Por primera vez en su vida, Stroud, simplemente, no creyó lo que veía. Se frotó los ojos —con la mano que no había empleado para arrancar la seta, pese a sus precauciones, solo por si acaso—, convencido de que, en efecto, había perdido la cabeza. Ni siquiera fue consciente de cómo continuó caminando y, dando un salto veloz con una naturalidad inexplicable, saltó aquel río, cuyo ancho no debía de abarcar más de diez metros entre una orilla y otra. Tampoco prestó atención a los otros grupos que, simultáneamente, emergían desde otros lugares, llegando al mismo lugar que ellos, aun separados por cierta distancia entre sí. Sus ojos grises fueron de tejado en tejado, observando las magníficas construcciones de oro que abundaban frente a sí, para luego viajar hasta aquella suerte de estadio que parecía ocupar el centro de todo y, más allá, hacia su derecha, aquella gran pirámida dorada que lo coronaba todo, y que se alzaba como la cima de la cima del cielo. Todos los habitantes de aquella isla eran seres alados de una u otra condición, y, en cierto modo, era como estar rodeado de ángeles. Como por instinto, sin siquiera pensar qué hacía, continuó caminando, aproximándose hacia los bordes de la gran planicie ovalada de tierra. Ni siquiera pronunció palabra, y permaneció allí, embelesado, contemplando el lugar al que Zarutsuki los había convocado. Su cordura debía de haberse quedado allí abajo, junto al mismo lugar en que había emergido la Knock Up Stream.




Off

#75
El camino que habían elegido recorrer los tres grupos de marines, por fortuna, resultó ser lo suficentemente ancho como para poder transitarlo sin problemas. Kibai, siguiendo el paso de Stroud con un caminar ligero y cómodo, se acomodó mejor el morral con sus provisiones a su espalda y las dos vainas de Arashi y Raimei. Aunque mantenía un sentido de alerta constante como siempre que se encontraba en un lugar nuevo, lo cierto era que volver a encontrarse en un lugar tan rebosante de vida salvaje le hacía sentirse cómodo de nuevo.

Cuando el soldado de pelo azabache se le acercó, presentándose como Kael Omuyaga se le acercó para inercambiar los números de Den Den Mushi y así mantener la comunicación mientras estuviesen en la isla, el mink sonrió y le estrechó vigorosamente la mano.

— Es un placer compañero. Coincido totalmente, no sé exactamente como de grande es este lugar, pero sin duda es un amuy buena idea que todos podamos localizarnos en caso de que haya algún tipo de problema, o que simplemente nos necesitemos para algo.

Tras decirle la combinación que permitía establecer comunicación con su propio caracol transistor, Kibai le dio una calurosa palmada en la espalda a Kael, mientras continuaban andando.

— Bueno, cuéntame de vosotros. Lo poco que he leído de vuestra División es que vuestro líder fue ascendido tras un incidente en los Cabos Gemelos. Desde luego, ese lugar siempre por un motivo u otro resulta ser peliagudo de cruzar. Nosotros casi perdemos el barco en un choque múltiple, pero es una larga historia que prefiero contar alrededor de un hoguera. Estoy seguro que vosotros también tendréis vuestra ración.

Mientras la jungla los envolvía y la blancura del mar de nubes iba quedando atrás, Kibai retomó su hábito de filtrar los aromas del aire para tratar de discernir si algo podía estar acechándolos, aunque muy desesperado o hambriento tenía que estar cualquier animal para atreverse a atacar una comitiva tan numerosa.

— Eso, o ser un bicho muy grande...— pensó para si el mink, recordando que en algunas islas, especialmente las más aisladas, no era muy difícil encontrarse con especies enormes que habían persistido en ellas durante un número inconmensurable de años.

Poco a poco, la jungla fue haciéndose cada vez más tupida, al punto de cubrir incluso sus cabezas, sumiendo el camino y a los marines en un agradable penumbra al bloquear la luz del sol. O al menos, así era para el mink, y de seguro para su compañero Moja, ya que ambos veían perfectamente en la oscuridad.

Adelantándose brevemente hasta alcanzar el paso de Stroud, el mink observó a su alrededor, captando pequeños destellos de ojos que lso observaban desde los laterales del sendero.

— Comandante, si la jungla se va haciendo aún más tupida, y dado la gran cantidad de cosas que al parecer están muy atentos a nuestro paso, sugiero que al menos Moja y yo nos pongamos al principio y al final, así podremos controlar los alrededores sin problema. Y al menos la humink también es posible que pueda echarnos una mano, si ha sacado la parte buena de nosotros.

Acto seguido, el mink retrasó sus pasos hasta colcarse al lado de la joven humink, haciendo un gesto informal de saludo con la mano.

— Buenas! Disculpa, como estás? Mi nombre es Kibai, es un placer.

Estudiando sus rasgos con atención, el mink supuso que uno de sus padres habría sido algún tipo de mink zorro o alguna especie similar. Aquello era una pista bastante prometedora. Bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro, Kibai apartó la vista de los alrededores para fijarlo en el frente.

— Qué tal se te da manejarte en situaciones de poca visibilidad? Tenemos un montón de observadores a ambos lados, y no me gustaría que algún bicho con ganas de llenar el buche le apeteciese intentar asaltar el buffet libre. Mi compañero Moja y yo podemos distribuirnos para cubrir la mayoría del área, pero nos vendría muy bien tu ayuda.

Antes de poder añadir algo más, Kibai alzó las orejas cuando el gyojin cangrejo y el humano rubio (Comandante Toruga Juan Sebastián y Akira habían dicho?) les preguntó de qué correinte e isla venían.

— Arabasta, corriente Rakusei, aunque no hemos estado allí demasiado tiempo, y antes en Drum, un páramo helado del que no guardo especial cariño, la verdad. — contestó con una pequeña risa. — Bichos grandes y bosques eh? No notaréis mucho el cambio, a buen seguro...

Mientras contiuaban avanzando y la espesura de la jungla no parecía disminuir, Kibai fue consciente de que aquel entorno también podía contribuir a la desorientación de uno, siempre y cuando no tuviesen otros medios a su alcance para distiguir en qué dirección se estaban moviendo. Por suerte, el camino parecía lo suficentemente practicable como para recorrerlo sin problemas, aunque se le asemejaba más bien un sendero forestal que una vía de tránsito propiamente dicha.

No obstante, sus pensamientos en aquel sentido se vieron interrumpidos cuando las fosas nasales del mink, que trataban de separar continuamente todos los olores entremezclados que llegaban a su percepción, comenzaron a distinguir de entre todo aquel miasma algunos aromas demasiado intensos, lo cual inmediatamente encendió sus alertas. Con mucha frecuencia, las plantas con aromas muy fuertes de manera natural eran venenosas, y tras un examen rápido de su entorno, y localizar varios hongos de colores brillantes y flores demasiado coloridas, el mink comprobó que su olfato, una vez más, no le había engañado.

— Mucho ojo! — dijo alzando la voz para que los miembros de las tres divisiones le oyeran. — No toquéis nada de lo que está creciendo en los bordes del camino. Por lo que puedo oler, hay una gran cantidad de especies venenosas creciendo en esta zona. Si en algún momento el camino se estrecha, tened cuidado de que nada os roce la piel desnuda u os manche la ropa.

Kibai sabía que en general con aquel aviso debería bastar, pero aún así, seguramente influenciado por su propia mala experiencia en Little Garden, procuró echar la vista atrás de vez en cuando para asegurarse de que todo el mundo era consciente de su aviso.

Varias horas más tarde, los ojos de Kibai se abrieron como platos cuando el camino desembocó en la vereda de un río, de al menos unos diez metros de ancho que fluía con una corriente blanca constante y, curiosamente para tratarse de nubes, caudalosa. Sin embargo, lo que de verdad impresionó al mink era lo que había al otro lado del río.

Una enorme pirámide dorada se alzaba a su derecha, una construcción pantagruélica que se alzaba como un gigantesco monumento hacia el despejado cielo. Aquel mamotreto era de planta rectangular, construido en forma de zigurat, cuya cima se alzaba cientos de metros sobre sus cabezas. Cada trozo de la pirámide refulgía brillantemente a la luz del sol, lanzando destellos que le hacían parecer una estrella en medio de la jungla. Colocando una mano sobre los ojos para atenuar el resplandor, el mink se percató de que aquellos brillos eran producto de los vidrios de múltiples ventanales que horadaban la fachada como si fuesen las celdas de una colmena.

Frente a la pirámide, se podían ver una gran cantidad de edificaciones, que con tan solo una planta de alto, eran totalmente empequeñecidas por la pirámide, la cual, tras una breve comparación, Kibai pudo calcular que tranquilamente era cien veces más alta que los edificios que se acumulaban a sus pies como piedrecillas ante una montaña. Al igual que esta, el resto de edificios parecían hechos de oro y su arquitectura era idéntica en su mayoría, salvo algunas contadas excepciones dónde el tamaño variaba ligeramente, pero nunca de alguna manera que osase siquiera compararse al primer piso de la pirámide.

Justo enfrente de sus ojos, una estructura de madera, más alta que las casas circundantes, se alzaba en un segmento curvado. Dado lo poco que podían ver desde su posición, Kibai supuso que eran algún tipo de gradas, dado que mostraban un escalonado inverso en su construcción, algo desgastada y con pequeñas grietas aquí y allá, aunque nada que aparentemente comprometiese la estructura. Más a su izquierda, varias plataformas de arena

Agachándose apoyando una rodilla en tierra cerca del río, el mink examinó la superficie del río, sin poder calcular exactamente la profundidad en un inicio. Simplemente para asegurarse, Kibai extendió ambas manos, generando un enjambre de cincuenta avispas desde ambas palmas, las cuales se desplegaron en cinco grupos de diez, que recorrieron el caudal de la corriente a lo largo de los diez metros de anchura del río y en un abanico de veinte metros a su alrededor. Los insectos zumbaron ligeramente mientras volaban por encima de las nubes, examinando la superficie en el caso de que hubiese algo al acecho, antes de regresar a comunicarle los resultados de sus pesquisas a su dueño.

Echando la vista atrás y a ambos lados para intercambiar miradas con el resto de marines, calculó que él podría saltar sin problema aquella superficie, aunque puede que algunos de sus compañeros no. Mirando hacia Moja, Kibai se levantó y se acercó hacia el mink pantera.

— Que opinas, si alguno no es capaz de saltar, podrías echarle una mano con tu fruta? 

Habiendo visto las capacidades de la Akuma no Mi de su compañero en primera persona varias veces (y también las había sentido en su carne) de modo que en el caso de que alguno de los marines no fuese capaz de sortear aquel obstáculo natural, los poderes de Moja eran una buena opción.

—¡Tadaaaaa!—

Kibai se giró hacia el otro lado de la orilla, a dónde Juan Sebastián y Akira habían saltado, el primero con bastante menos gracias que el segundo, balanceando los brazos para estabillizar el aterrizaje. Notando como las garras delanteras le surgían de golpe, el mink dirigió una fugaz mirada hacia Stroud.

— Aunque, pensándolo bien, no hay razones para no llegar al lugar con un poco de estilo, no? — añadió esbozando una sonrisa. No era por fardar, pero ya que estaban tres divisiones de la Marina, que menos que llegar con un mínimo de empaque.

Tras aquellas palabras, el mink flexionó levemente las piernas, agitando de lado a lado la cola para equilibrarse, antes de dar un fuerte salto, arqueando su cuerpo en un grácil mortal inverso a la vez que realizaba una torsión en le punto más alto de la parábola, aterrizando de manera perfectamente calculada enfrente del gyojin cangrejo.

—¡Tadaaaaa!— 


Soltando una sonora carcajada, el mink esperó a que el resto de sus compañeros cruzasen el río antes de dirigirse hacia la entrada de la ciudad.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3496 + 0 = 3496
Energia: 3460 - 10 = 3450
Espiritu: 970 + 0 = 970
#76
La misteriosa voz continuó dispersándose por el aire mientras la birkiniana avanzaba por la cubierta en dirección a los camarotes. No obstante, y pese a haber captado en medio del soliloquio el nombre del emperador, su prioridad no era otra que el despojarse de aquella ropa y vestir algo más acorde a lo que merecía aquel idílico páramo.

—Lo dejo en vuestras manos —indicó, deteniéndose un instante en el umbral antes de desaparecer en la penumbra del mamparo—. No tardo.

Y así fue, pues apenas necesitó diez minutos para engalanarse con los últimos vestigios de su civilización.

De esta forma, cuando reapareció, vestía una capa roja honoraria con intrincados bordados dorados, sujeta al hombro izquierdo por una fíbula de bronce redonda que hasta entonces no había tenido opción a usar. También portaba su pechera habitual, pulida hasta el destello durante la travesía, que resguardaba su torso y poco o nada dejaba a la imaginación. Esta misma, a su vez, iba combinada con una toga ligera y brumosa que se ceñía a su cintura mediante un cinturón de cuero con una dorada hebilla en medio.
En sus pies, cuyo tono era ligeramente menos bronceado que el de sus piernas y torso, calzaba unas krepis bien ajustadas.

—¿Me he perdido algo? —preguntó saliendo de entre las sombras mientras se aseguraba el zurrón —. ¿Necesitais ayuda? —añadió acomodando el guantelete.

***

La arena bañaba sus pies al tiempo que ella, apostada al final del puente de desembarco, observaba el resto de los navíos que habían ido a desembarcar en aquella costa. Mientras tanto, en sus manos portaba una caja de gran envergadura; un bulto que, pese a su aspecto gigantesco, resultaba más que pesado un gran estorbo debido a su volumen. 

¡Plaf!

Una suave ráfaga de granos de arena salió disparada en todas direcciones cuando la estructura de madera impactó contra el suelo.

—Una menos... —murmuró la birkiniana para sí misma, disponiéndose a regresar a la cubierta para continuar con la faena hasta terminar.

Minutos después, Bai se encontraba apoyada contra uno de los cajones, sacudiéndose la fina arenilla que se le había filtrado en las krepis y que ahora, inevitablemente, hacía que aquella costa lejos quedara de parecerle idílica.

—¡Chort! – Bai golpeó el talón contra la caja intentando que salieran los últimos granos —Vamos, maldita... —añadió. Y, mientras repetía el gesto, levantó la mirada para escudriñar mejor a los alrededores.

Finalmente, tras lograr sacudirse la arena que se le clavaba en el talón, tomó la espada que había dejado descansando a su lado, la aseguró firmemente al cinturón e hizo una seña con la cabeza a sus compañeros para que iniciaran la marcha por el sendero. Desde luego, habría podido acercarse al resto de tripulaciones  para ofrecerles una mano, pero ¿por qué? Si aquella gente había logrado el Knock Up por sus propios medios, bien podían continuar valiéndose por sí mismos sin necesidad de que ella les ayudara.

Sin embargo, tras pasar por delante de los Valar, por un breve instante, Bai creyó reconocer a uno de sus integrantes; sus dedos se fueron hasta su propio rostro, justo al lado contrario de donde recordaba haber visto el fuego deborando la piel de sus compañeros de juventud. Esa sensación ya la había tenido antes.

—¿Maki? — su mano soltó su propia carne para elevarse en forma de un tímido saludo.

Y aunque no quiso quedarse a saludar —más que nada porque sabía de buena mano que la otra no le entendería–, se giró un momento para informar a sus compañeros de que conocía a aquella mujer y que tenía una gran curiosidad por saber qué hacía allí.

Tras esa breve pausa, Bai siguió su camino hasta dar con el río de agua cristalina. ¿Y qué mejor forma que seguir el cauce de un río para llegar a la civilización? Era un concepto básico de la supervivencia, de modo que, sin vacilar, se dispuso a seguirlo.

Y así fue durante las siguientes tres horas en las que, sin cruzar demasiadas palabras, caminó embelesada por el paraje natural. Sin embargo, al salir de la frondosidad del bosque, la mandíbula de Bai pareció caer y desencajarse. Y es que, frente a sus ojos, se alzaba colosal e imponente un majestuoso palacio tallado en oro puro.

—No puede ser... —murmuró, llevándose la diestra al rostro para frotarse los ojos, incrédula ante la magnitud de lo que contemplaba—. No puede ser... Zhang, ¿estás viendo exactamente lo mismo que yo?

Entonces, de pronto, rompiendo con su característica solemnidad y rectitud, una risa desquiciada y febril brotó de su garganta.

—No me lo puedo creer... ¡Es Shandora, Mahou! ¡Es Shandora! ¡Los libros tenian razón, existe, sobrevivieron!

Por un instante, Bai sintió cómo un escalofrío erizaba el vello de su cuerpo tan fuerte y veloz como una descarga eléctrica. Queria echar a correr. Estaba febril, casi poseída por un fervor que pronto sus alas tradujeron en un gesto de agitación  violenta. No solo era prisa; era el deseo ardiente de fundirse con el misterio que tan celosamente se habían guardado de aquel lugar, de cruzar al otro lado sin demora para poseer y desenterrar la verdadera historia de aquel páramo legendario.

De repente, su fíbula de bronce y la toga ligera se agitaron contra su piel dorada. ¿Acaso estaba temblando? Claro que sí, era la tensión qie sentía ante la majestuosidad de la ciudad.

—¡Jalla, Jalla! Apuraos.

Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
#77
Después de saludar a mis conocidos: Maki "la guerrera peli verde" aunque ahora con su nuevo look sería más bien "la guerrera calva". Hyakintos "Elle medique peli rosa" puesto que nunca he llegado a saber, si es hombre y se siente mujer o es mujer y se siente hombre. Y a Maria Merlot "La bellísima Mestiza". Me puse a observar a los demás integrantes del pequeño grupo que habíamos formado alrededor de la estaca con el número cuatro.

En la primera que me fije fue en una mujer un poco más bajita que yo, de cabello lacio y fino, el cual lo tenía bicolor, una parte de color blanca y la otra castaño. Pero el color de pelo, aunque parezca raro, no es lo que más llamaba la atención de esa chica. Eran sus ojos, de un color azul centelleante, los cuales resaltaban un montón con su tono de piel, bruñida como el latón, exhibiendo un bronceado uniforme por todo el cuerpo, el cual también parecía estar cubierto por diferentes tatuajes. Realmente la mujer parecía haber trabajado muy bien su cuerpo, puesto que se le veía musculosa.

Cerca de la mujer, habían dos seres bastante más bajitos que ella, uno que era el más alto de los dos y me dio la sensación que era un Mink, pese a que llevaba un sombrero de bambú que le cubría un poco la cara, lo justo para no distinguir más allá de un hocico, gris oscuro con toques blancos, de un burro o un caballo. Este portaba un kimono desgastado con espirales dibujadas cubriendo parte de su cuerpo, pero dejando el pelo al descubierto, donde se podía ver un pelaje de color gris oscuro. Por otra parte, en los brazos llevaba atadas unas cadenas.

El otro ser que acompañaba a los dos anteriores, y el más pequeño de los tres, parecía ser una chica de piel clara, un rostro redondo con grandes ojos de color café oscuro, un cabello lacio de color castaño oscuro y un cuerpo de complexión menuda sin rasgos de músculos marcados. Su vestimenta en este caso era un vestido corto de color rojo decorado con detalles dorados y sin mangas.

Un poco más alejado del grupo de tres, se encontraba un tipo el cual mediría más o menos la mitad que yo. Su complexión era musculosa pero no muy voluptuosa. Vamos un tipo que parecía normal, si no fuese por esa mirada de ojos verde oscuro, que parecía penetrarte y amenazarte con solo mirarte. Los cuales puede ser que a cualquier otro hubiesen intimidado, pero yo lo miré sin más con una mirada inexpresiva.

Por último, y no menos importante, había una joven, la cual era la más bajita allí presente. Esta tiene la tez clara y unos ojos grises con cierto reflejo azul, pero lo que más destacaba en ella era su larga cabellera anaranjada, la cual llevaba suelta por detrás y por la frente se deslizaban varios mechones sueltos junto aun pasador de cabello que llevaba de lado a lado, el cual era de color turquesa con flores de seis pétalos.

Después de echarles una vistazo a todos y saludarlos con la cabeza a todos aquellos que me mirasen, me volví a girar hacía Maki, Hyakintos, Maria y la chica de cabellera anaranjada que estaba al lado de Maria. Contesté a sus saludos y les sonreí demostrando mi alegría de verles. -Supongo que estáis aquí por lo mismo que yo, para el torneo-don- Empecé a decirles mientras miraba hacía el camino que se adentraba en el bosque. -Cuando venía pude ver lo que parecía un edificio dorado o de un color que reflejaba bastante la luz del sol-don.- Proseguí informándoles de lo que había podido ver mientras venía en el barco. -La voz que hemos escuchado antes indicaba que debíamos seguir el camino, entiendo que se refería a ese-don- Dije señalando el camino mientras caminaba hacía él y dejaba a los demás a mi espalda, los cuales en ese momento podrían ver en mi camisa la bandera de los piratas Mushoku ocupando toda mi espalda.

-¡Maria, recuerdo que eras muy perezosa, si quieres puedo llevarte a caballito-don!- Le dije mientras la miraba con una amplia sonrisa y le hacía un gesto a la mestiza para que me siguiese. -¡Espero que este torneo sea divertido-don! ¡Vavavava!- Exclamé con una carcajada al llegar al inició del camino y me adentraba en él.

Con Maria en mis hombros, empecé a recorrer el camino, al principio todo era bosque, pero a los pocos minutos, un rio bastante ancho y precioso, con el agua cristalina, fluidez depurada y peces preciosos de múltiples formas y colores. Mis ojos se iluminaron al ver tales maravillas, la verdad que aquel agua tan cristalina permitía verlos en toda su esplendor. Por otro lado, a nuestra izquierda teníamos aun ese espeso y denso bosque, el cual no dejaba ver a través de él, provocando una incertidumbre continua, de que pudiera aparecer alguien o algo de él, durante todo el trayecto.

Trayecto, el cual llego ha hacerseme eterno, no porque portase en hombros a Maria, la cual no pesaba absolutamente nada, más bien por que se estaba haciendo eterno. -Se que había visto lejos ese edificio... pero no esperaba que fuera tan lejos-don.- Exclamé haciéndole saber de cierta forma a mis compañeros de ese viaje, que también se me estaba haciendo eterno.

No sé cuanto tiempo más paso, pero al final del camino pude divisar un edificio dorado. "Aleluya... parece que ya estamos llegando-don..." Pensé mientras empezaba a acelerar el paso, señal de que estaba ya ansioso por llegar lo antes posible, en pocos minutos acabe de recorrer los metros que nos faltaban para llegar al final del camino. Al llegar a este, mi sorpresa fue cuando delante, un poco a la izquierda, aparecieron unas gradas de madera las cuales bordeaban lo que parecía un suelo de arena batida. Justo enfrente nuestro algo más lejos, habían unos edificios dorados, los que había podido ver antes de acabar el camino, los cuales eran más o menos de mi estatura y algo bastante más al fondo también como detrás de las gradas de madera que rodeaban el campo de arena batida, había un enorme edificio el cual casi multiplicaba por 100, mas o menos, a los edificios de delante de este. "Seguro que ese es el edificio que vi desde la costa-don" Pensé mientras observaba impactado la majestuosidad y elegancia del edificio.

-No sé donde narices estamos, pero creo que hemos llegado al lugar donde se hará el torneo-don- Exclamé con una sonrisa de oreja a oreja, mirando la tierra batida, donde intuía que se realizaría el torneo, o al menos, era lo más lógico en mi cabeza.

MushokuOFF
#78
¿Qué le pasaba a Tezca? ¿Cómo que cansado? La pelirrosa giró los ojos y tironeó. Estaba tan pesado y lento que parecía que se hubiera enfermado. Y juraba que el bigote falso se lo había puesto Ryota... aunque con sus amigos matatas era difícil de saber qué pensaba el otro si no era para hacerse bromas o molestarse entre ellos.

—¡Vamos, Tezca! ¡O ciertamente te dejamos atrás! ¡Apúrate! ¡Apuuuuuuraaaaateeeee! —Yuuki instaba a Tezca, mirando siempre adelante, tirando de su mano y adelantándose al grupo junto con el pesado niño de oro.

La birkaniana se sentía bastante entusiasmada. Era el lugar que la había visto nacer. ¿Y si ese lugar era la isla en la que podría ser tan libre como ningún otro? Con la mano derecha tironeaba de un pesado y lento Tezca mientras que con la otra se aferraba a su camafeo, como si quisiera que su hermano viera a través de sus ojos lo que Skypiea había guardado durante años para que ellos lo vieran luego de aquél regreso. La selva se imponía frente a sus ojos; pero esto, lejos de asustarla o intimidarla, la invitaba más y más a avanzar. Hasta sentía cierta picazón en las alas, que movía de manera inquieta y hasta daba saltitos al ritmo que caminaba.

Los recuerdos se volvían más nítidos y aquellas selvas se le hacían familiares de un momento a otro. No había estado allí en toda su vida práctica, pero Yuuki sentía que ese sitio era su entorno natural. Sin decir más, se soltó de las manos de Tezca y dio un salto adelante y muy alto, extendiendo las alas y planeando con alegría. Normalmente se perdería en el bosque. Pero el camino era tan sencillo de seguir que solo tenía que ir por donde estaba más descubierto... era un camino, vamos.

—¡Yo me adelanto! ¡Les grito por si cualquier cosa!



Dijo cuando ya se había alejado de ellos unos diez metros a unos seis metros de altura. La selva se haría también más espesa y lo que Yuuki esperaba que fuera un vuelo ligero se volvió una pista de saltos en las que pudo disfrutar y sentir que todo lo que había entrenado no había sido solo capricho. Se balanceaba y saltaba usando lianas sueltas y las ramas de los árboles. Los ojos se le llenaban de lágrimas...

Estaba en su tierra natal. Estaba en Skypiea... y a lo mejor las razones que la llevaron allí podian cuestionarse. Pero estaba allí. El aire era familiar. Los sonidos. Yuuki entendía porqué Baterilla nunca se sintió como casa. Su mente procesaba muy rápidamente que los sitios amplios, con ramas y puntos de agarre por aquí y por allá eran en donde alguien como ella realmente podía sentirse propia. Subió entre los árboles e iba relativamente rápido para lo que acostumbraba... y fue entonces cuando los vio.

Los reconocía. A los cuatro de ellos. Eran la tripulación de la Sepultura. Los había visto en el periódico varias veces. Y por lo que se habla de ellos en los bares y sitios de las islas por las que estuvo... Yuuki no tuvo problema en reconocerlos. El periódico los trató de nefastos. De terribles. Para todos, incluídos piratas, eso significaba que era mejor no tratarlos a la ligera. Y ahora que hacía memoria con un poco más de esmero, a Kiyoshi lo vio una vez en persona. Incluso lo guio de manera magistral y muy atenta en Baterilla... ¿No? Sonrió de manera confiada y luego hizo lo mejor que se le ocurrió.

—¡KIYOSHI MAEDA! ¡SEPULTURA! ¡PARLAY! ¡DICHOSOS LOS OJOS QUE LOS VEN! —Gritó ella mientras se aproximó y conservó distancias a unos quince metros de ellos—. Me presento. Yuuki. De la Hanu Mahana.

Y luego de presentarse, hizo una pose coqueta. El tono de su voz era suave y amable, como era usual. Y aunque se había ido meciendo y saltando, el sudor del calentamiento no se le acumulaba de mala manera, al contrario, le daba un brillo que acompañaba el aura angelical que portaba la tiradora de la tripulación que había partido al Grand Line desde Baterilla. Posó un poco, sacando su cadera hacia la izquierda y guiñando un ojo a los piratas de la Sepultura... y es que en su mente, no estaban mal... al fin y al cabo eran cuatro piratas muy machos, muy bravos y muy libres.

Al burbijitas, Kiyoshi, lo conocía de antes, aunque brevemente. Al elegante capitán, Eros Focalor, era imposible no reconocerlo luego de verlo en el periódico. VaroGanchin, la Epidemia, era ya alguien sobre quien la gente inventaba historias... y luego estaba Rackham Uker. ¿O era Rackham Ucker? Difícil saberlo... aunque era, de lejos, el de la mirada más guapa entre los cuatro. Eso y que sus docientos cincuenta millones de recompensa solo eran igualados por su capitán.

—¿Les parece si unimos fuerza en el camino? Había marines entre los barcos de Nozama, y aunque no me atrevo a poner en duda sus habilidades... podemos divertirnos todos juntos. Mis amigos vienen justo detrás. Mirenlos. Ellos son: Slam Sun, el flamante colab- Capitán...Miyamoto Ryota. A su lado, la kuja más letal y hermosa: Runin. Junto a ellos, y aunque sus axilas apesten, es el mejor espadachín a bordo del Aloha Kai: Barald Kane. Y por supuesto. El dorado. Con su cabello trenzado en oro. Con ese bigote. Con... esa... panza... con... ¡¿QUEEEEEEEEE?!

Los ojos de Yuuki se salieron y su boca se abrió como si la mandíbula se le hubiera caído. No podía creer lo que que veía.

—TEZCA. SE TE HA ROTO LA FAJA, CARIÑO. Y QUITATE EL BIGOTE.

Y bueno.

Podríamos decir que Yuuki dejaría todo allí y continuaría en una conversación con ellos. Pero la nostalgia de estar en casa no iba a pasar solo por ver a un montón de piratas muy famosos. Justo adelante de ellos estaba Shandora. ¡Shandora! ¡La ciudad de oro! ¡Allí todos eran como ella! Olvidando todo, corrió hasta donde pudiera ver mejor con sus dos ojos la magnificencia de la ciudad. El corazón le latía con todo.

—¡SHANDORA!

Combo de pollito frito con papas
[Imagen: o32YH2T.png]

✎ (❁ᴗ͈ˬᴗ͈) ༉‧ ♡*.✧ Cronología ༺♥༻❀༺♥༻
#79
 
¿Debía explicar que no me encantaban los lugares selváticos? No era para malinterpretarse, ciudad o territorio inexplorado, Tezca Norova siempre resaltará como una estrella y sin embargo resulta un poco más difícil negociar con las plantas que con los humanos. El ancho camino parecía una carretera, al menos por encima, formado por menos vegetación que el frondoso paisaje que había visto antes que la dama fortuna me guiara ¿Podría significar que había más civilización por la zona? Al menos por este camino no podía asegurarlo, aunque resultara obvio: ver para creer.
 
El camino andaba sin ver un fin exacto ¿Se trataba de un camino hecho para carretas? Tal vez debimos traer algo parecido, siempre podría contar con mis súbditos para cargarme si llegaba a cansarme pero no pensaba mostrar mis cartas tan pronto, espera ¿Mis cartas a qué? Si parecía que venía so-, aunque… En ese momento me pareció ver una figura un poco, solo un poco, más adelantada ¿Barald? No. Barald no era tan alto, no era ningún miembro de mi tripulación. El mundo parecía ir cada vez más lento en ese preciso instante y por una fracción de segundo, solo una, creí que podría tratarse de una alucinación.
 

Oh, amada fortuna ¿Qué hiciste? ¿Eres tan cruel para engañar mi vista así? Avancé un par de pasos con rapidez, había sido tan poco cuidadoso que probablemente aquel hombre tan reconocible como hace dos años podría escuchar. —…Jin. — La voz había sido tan suave como la seda y expectante, haciendo detener mis pasos mientras sentía como mi propio corazón parecía salirse del pecho, la respiración era difícil. Claro, habíamos hablado hace no tanto pero… de eso a verlo. Mis pasos, pesados como si la arcilla en mis pies se hubiera hecho mucho más pesada de lo normal, avanzaban para intentar alcanzar su rostro y poder observar este con los ojos del hombre moribundo cuando finalmente ha visto su salvación.
 
Se parecía tanto al hombre de hace dos años, con la presión en el pecho ni siquiera pude abrazarlo: Demasiado sorprendido, encantando, con las ansias de mirar al pelinegro por una eternidad más y grabar su recuerdo en mi cerebro, el silencio a nuestro alrededor lograba sellar el momento en lo más cercano a un sueño, pero sabía que no lo era porque ni siquiera en mis sueños pude visualizar a aquel hombre de forma tan vívida, toda comparación, toda imaginación apenas lograba ser un burlesco dibujo del presente. —Te ves diferente: Tus ojos se ven cansado, tu cabello es más largo… creciste. — Tuve que tomar un largo respiro para encontrar una vez más la voz que parecía irse entre el anhelo y en este una sonrisa parecía tomar forma. Ver para creer. Me había tardado en la segunda, aunque lo estuviera viendo, por supuesto, sigo siendo el hombre más afortunado.
 
 
—Me parece que no es necesario decirte mi nombre… ¿Me entiendes? — Recordé esas palabras como si fuera la primera vez, soltando una pequeña carcajada. Por supuesto que ahora en esas palabras no había mucha picardía, pero una calma que pocas veces creí lograr en la vida, los pasos lentos volvieron a hacerse presentes para intentar acercarme al hombre como si su presencia fuera necesaria.
 
 
 
Cuando estuve a punto de hablar, un extraño sonido, como el agua pasando con rapidez “gruñó” si es que podía llamarlo gruñido a nuestras espaldas, donde volteé con cierta urgencia y un rubor en el rostro como si hubiera sido atrapado con las manos en la masa. Un ave, al menos lo que parecía una especie de ave gigante y gorda nos observaba como si ya le cayéramos mal sin conocernos.
 
 
¿Y esta cosa que es? ¿Quiere comida? Miré a Jin como si supiera más que yo o si pudiera leer mis pensamientos, pero finalmente saqué mi mejor sonrisa de comerciante, al cual era increíble y admirada por todo el south blue, obvio. —Buenas ¿También elegiste este camino? — No creía que me fuera a responder pero al menos esperaba que quitara esa cara, algo en su acusación visual hizo que retrocediera un par de pasos, manteniendo unos justos y a disgusto centímetros del pelinegro y así, volver a caminar a la par del yakuza.
 
La suerte da lo que necesitas, no lo que quieres, pero como esta señora me ama demasiado y no es celosa como el mar: me había dado ambos, aunque no estaba tan seguro de que podría pintar este pajarote por la zona. El camino continuaba extendiéndose mientras soltaba alguna que otra palabra conversacional para el yakuza y nuestro pájaro enorme si es que en algún momento decidía meterse a la conversación. —Venga, Sé que es un camino recto pero te juro que ya vi el mismo árbol tres veces, o sea, tal vez la rama un poco jodida al costado pero vamos, misma madera, esto me recuerda cuando fui a explorar esa isla con un montón de hierbas medicinales: tuve que pedirle ayuda a un herbolario ¿Cómo se llamaba? Bueno, la cosa es que me dijo “mira esta es buena y esta te va a matar” Las dos se veían exactamente igual… Yo creo que care´malo me entiende ¿Me entiendes? — Dije haciendo referencia al pájaro que venía detrás de nosotros.
 
Tiempo después logramos ver algo más que camino: En la cúspide de nuestro andar y frente a nosotros una civilización se presentaba en magnificencia, la ciudad parecía hecha para mí; brillaba en dorado que contrastaba con el azul de mi traje y combinaba con las joyas doradas incrustadas a los hombros de este, la sonrisa de mis labios en ensanchó terminando en una sonora carcajada. —¡JAJAJAJA! Amor ¿Lo ves? La arquitectura frente a nosotros, entre tanta selva ¡Parece un tesoro perdido! ¿Quién dijo que habría tal majestuosidad entre las hojas y piedras? — Me incliné ligeramente, entrecerrando los ojos para intentar ver más allá, pero estaba bastante lejos. Las estructuras miraban a una estructura mucho más grande. —¡A andar! Tal vez mi tripulación ya haya llegado: Voy a presentarte a los impacientes, care´malo, vámonos. — Volteé para saber si el pájaro enorme seguía con nosotros, avanzando en recto hacía la civilización si eso era posible.
 
 
Contrato confidencial: Tezca Norova
#80
El camino central pronto comenzó a alejarse de la playa: la arena desapareció bajo sus pies para dar paso a una pendiente de roca gris, cada vez más pronunciada, donde la vegetación iba perdiendo protagonismo a cada metro que avanzaban. El aire era distinto allí arriba; más limpio, más ligero, y el silencio del bosque solo se rompía por las botas de los Hijos del Ragnarök, que avanzaban en una larga columna siguiendo a sus dos gigantes lideres. Ubbe mantenía su forma híbrida desde que habían abandonado el Veðrfölnir y se habia encarado con Sigurd, y asi iba a seguir por ahora, al ganar cierta altura podía ver mejor el camino y el paisaje. Sus mas de siete metros de músculo y escamas encabezaban la marcha junto a Sigurd, apartando con una mano las enormes piedras que obstaculizaban el sendero como si fueran simples guijarros. El resto de la banda caminaba detrás, todavía comentando con entusiasmo que realmente habían conquistado el cielo.Fue entonces cuando aquellos ojos ocultos tras las gafas de sol se desviaron hacia un extraño que recorría el mismo camino. Un hombre tiburón. Con traje.
Ubbe frunció ligeramente el ceño.

-...Baby - Le dio un codazo a Sigurd sin apartar la vista del desconocido - ¿Estoy viendo un fucking shark... with a suit?
Lo observó unos segundos más de arriba abajo, completamente desconcertado.
- ¡¡UN FUCKING SHARK CON TRAJE, BABY!!
Sin esperar ni un segundo más, Ubbe acortó la distancia con el hombre tiburón a zancadas enormes. Al llegar frente a él, sonrió de oreja a oreja y le tendió una mano tan grande que prácticamente podía cubrirle medio torso.
- ¡¡HEY, BABY!! I'm Ubbe!
Dejando que el individuo se presentase, Ube continuó con su monólogo
- You're cool as fuck. Nunca había visto un shark caminando con traje. ¡Me mola un egg!

Se inclinó un poco hacia delante para mirarlo con más detalle. Le parecía espectacular no solo por que alguien más estuviera con ellos, sino por el hecho de que fuera un tiburón y encima llevase traje; era increíble. Una vez ya tan cerca de su compañero de ruta Ubbe se percató de algo; 
El tipo era condenadamente guapo.
Ubbe permaneció unos segundos completamente inmóvil, con una expresión extrañamente seria, antes de carraspear y recolocarse las gafas de sol con un dedo, intentando recuperar la compostura. Esperaba, con toda su alma, que nadie hubiera notado lo nervioso que acababa de ponerse. Tras conocer al extraño hombre tiburón, Ubbe dejó que la conversación siguiera su curso, si Sigurd quería presentarse o aquel tipo tenía algo que contar, ya tendrían tiempo de sobra durante las largas horas de ascensión. El buccaneer de gafas de sol, por su parte, volvió sobre sus pasos en dirección a la larga ristra de Hijos del Ragnarök, recorriéndola con tranquilidad mientras observaba a los hombres y mujeres que avanzaban montaña arriba.

-¿Todo bien, babies? ¡No quiero ver a ningún motherfucker muriéndose ahora! ¡Si vais a caer redondos, hacedlo cuando empiecen los juegos, que ahí al menos será divertido!
Algunas risas resonaron por la muchedumbre, y Ubbe respondió con un par de palmadas en hombros y espaldas, preguntando aquí y allá, aunque sabía perfectamente cuál sería la respuesta. Eran Hijos del Ragnarök. Si alguno estaba cansado, se lo guardaría para sí antes que admitirlo delante de los demás. Y así tenía que ser. Con una sonrisa satisfecha, el buccaneer volvió a colocarse en cabeza de la marcha mientras la banda continuaba ascendiendo entre las rocas.
Al volver con su hermano y la inesperada compañía del señor tiburón, Ubbe, quizá algo mas energico de costumbre, y eso ya era decir mucho, se unió a la conversación. 

- Pues yo normalmente no soy medio dinosaur, pero este me ha cabreado antes y ya me he quedado así, que soy más alto que él - GAHAHAHAHA
Le explicó un poco sobre su poder, aunque tampoco tenía demasiada idea de cómo iba; él pensaba las cosas y su cuerpo respondía, ya se había acostumbrado. 
- Creo que soy una especie de Dinosaurio mega awesome. Me sale hasta cola, baby! - Volvió a mirar a la cara al señor shark y se volvió a poner nervioso, de hecho hasta se le cayó un poco la baba - Tú también tienes cola, E- Eso es super awesome también! -
Hacía mucho tiempo que no le pasaba esto con nadie, y se estaba poniendo mas nervioso de la cuenta, y la cola de anquilosaurio se movia a derecha e izquierda con mas velocidad de la habitual. 
Perfirió dejar de hablar con el tiburón por el bien de su estabilidad, ya que si queria ligar ya encontraria el momento mas adelante.
-…Anyway! - Intentando huir de esa situación, le comentó a Sigurd una cosa sobre sus hombres.
-Bro, esta gente nos seguiría al fin del fucking mundo, son una buena incorporación al barco man, ¡thank you!

Entre alguna que otra charla, risas y el constante sonido de las botas golpeando la roca, las horas terminaron por pasar casi sin que nadie fuera realmente consciente del tiempo que había pasado. El camino continuó ascendiendo sin dar ningún descanso, dejando atrás los últimos árboles hasta convertirse en una larga ladera de piedra que parecía conducir directamente hacia el sol. Incluso los Hijos del Ragnarök, curtidos en las montañas y selvas de Jaya, dudaron de su propia integridad, y entonces... el camino terminó.
La estrecha senda desembocó de golpe en un enorme risco natural que se alzaba por encima del inmenso bosque de Skypiea. Uno tras otro, los miembros del Ragnarök fueron abandonando el sendero para quedarse completamente inmóviles, incapaces de apartar la vista del espectáculo que se extendía frente a ellos.
A sus pies descansaba una ciudad imposible.
El sol arrancaba destellos cegadores a centenares de edificios completamente dorados. Un río atravesaba la ciudad como una cicatriz de cristal en medio de todo aquel espectáculo dorado, mientras enormes gradas rodeaban un gigantesco recinto ovalado de arena que parecía construido para albergar combates dignos de leyenda. Ubbe se estremeció al ver esa arena donde podría quizá pelear por ser el mas fuerte. Más allá de todo aquello, dominándolo absolutamente todo, se alzaba una colosal pirámide de oro. Sus metros de altura hacían que incluso desde aquella distancia parecia desafiar al propio cielo. 
Durante unos largos segundos nadie dijo absolutamente nada, ni los más veteranos, ni los más jóvenes, todos contemplaban la ciudad con una mezcla de incredulidad, admiración y una extraña sensación de pequeñez ante la magnificencia de aquella ciudad legendaria entre las nubes.
Ubbe tampoco habló.
Por primera vez desde que había puesto un pie en Skypiea, permaneció completamente inmóvil. Lentamente levantó una mano y, con un gesto poco habitual en él, se quitó las gafas de sol para contemplar el paisaje con sus propios ojos. Una sonrisa fue apareciendo poco a poco en su rostro mientras recorría con la mirada el estadio, las calles, el inmenso palacio y el horizonte de nubes que envolvía toda aquella tierra legendaria. Desde aquella altura también podían distinguir el final de las demás rutas, y si se fijaba, de cuando en cuando, alguna figura aparecía entre el follaje o sobre los senderos de piedra, tan diminuta por la distancia que resultaba imposible reconocerla. Los futuros rivales comenzaban a reunirse en la ciudad legendaria. 



-...Holy shit...
No necesitó decir nada más, Aquello era, sencillamente, increíble, fue entonces cuando dio un par de pasos hacia delante y dirigió la vista al borde del risco; habia decenas de metros de caída, no habia escaleras, ni cuerdas, ni siquiera un sendero que descendiera hasta la ciudad, entonces una sonrisa regresó inmediatamente a su rostro.
Ya había encontrado la única forma de continuar.
Ubbe dio un paso al frente de sus hombres, y con ambas manos agarró la ropa de Nozama que había ocultado su identidad para subir hasta aqui y de un tirón brutal la arrancó de su cuerpo. La tela salió despedida por los aires, dejando al descubierto la verdadera imagen del general del Ragnarök. El negro, el rojo y el dorado cubrían su gigantesco cuerpo como una declaración de guerra. Ya no quedaba rastro del mercader. Solo permanecía la bestia.

-LOOK AROUND... BABIES.
Abrió los brazos señalando Shandora.

-¡¡Look!! ¡¡El cielo!! ¡¡Los dioses!! ¡¡La ciudad de oro!! ¡Toda nuestra vida nos dijeron que este lugar era imposible! ¡Que solo los chosen ones podían llegar hasta aquí! ¡Pues abrid bien los ojos!
Se golpeó el pecho con el puño.

-¡¡Porque los elegidos... somos nosotros!!
Su voz retumbó sobre el risco.

-¡No hemos llegado hasta aquí porque el destino nos sonría! ¡Hemos llegado porque cada uno de vosotros decidió levantarse una vez más cuando el mundo intentó tumbarlo! ¡Porque cuando todos veían el final del camino... vosotros seguisteis avanzando! ¡Porque cuando el mar rugió, rugisteis más fuerte!
Señaló a los Hijos del Ragnarök uno por uno.

-¡No sois hombres y mujeres corrientes! ¡No sois simples piratas! ¡Sois los hijos de una banda que todavía no ha escrito su leyenda! ¡Y cuando este mundo hable del Ragnarök... no rememberá nuestro oro! ¡No rememberá nuestros barcos ni la sangre derramada! ¡Rememberá que hubo un puñado de locos que jamás retrocedieron!
La sonrisa de Ubbe se ensanchó todavía más.

-¡Si alguno de vosotros ha llegado hasta aquí esperando un camino fácil... que se dé la vuelta now! ¡Porque solo los verdaderos Hijos del Ragnarök caminarán con nosotros hasta el final! ¡No importa si ese final está en esta ciudad... en el mar... o en las puertas del mismísimo Valhalla!
Continuó con su solemne discurso mirando a todos los hombres que podía a los ojos. 

¡Muchos esperan que les llegue una oportunidad!

¡Y NOSOTROS LA TENEMOS AQUÍ DELANTE, ASÍ QUE...

¡¡DON'T THROW AWAY YOUR SHOT!!
Dió un par de pasos hacia atrás quedando al borde del risco
Muchos luchan para seguir viviendo…
¡NOSOTROS VIVIMOS PARA SEGUIR LUCHANDO! 
Alzó el brazo hacia el cielo y respiró hondo, miró durante un instante a Sigurd, después a Kiba, y no hizo falta decir una sola palabra. Solo les regaló una sonrisa enorme.
Y, sin girarse para mirar el vacío...
...se dejó caer de espaldas.

HEY BABY
[Imagen: ksMOGZu.png]


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