[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
Las presentaciones de los marines se sucedieron con calma, uno tras otro presentándose cada uno a su manera dejando ver su propia personalidad y su forma de ser. La división 80 parece ser la más desinhibida y menos seria por su forma de actuar y presentarse, todos y cada uno de ellos parece encajar perfectamente unos con otros por su forma totalmente despreocupada y ajenos por completo al protocolo de la marina y las formalidades propias de la organización. Ciertamente ese grupo no sería de los que ´hubieran sido ascendidos si todo dependiera de la forma de ver del marine a cargo el como debía ser un marine y la decisión cayera en manos de alguien como Stroud, una persona totalmente recta, seria y muy formal en lo que se refería a la marina.  Bertram en cambio es más flexible en esas cuestiones, aunque es del tipo de personas que observa el entorno y se adapta al momento, exhibiendo siempre un comportamiento adecuado a cada circunstancia.

El arquero observa el ángel que tienen en frente, no sabe bien las consecuencias de molestar a ese sujeto, que a todas luces parece ser un enviado del gobernante de la isla y organizador de los juegos de los que escucharon hablar. El ángel esperó paciente a que todos se presentaran, manteniendo siempre una postura firme y formal, seguramente interiorizada después de muchos años realizando la misma tarea una y otra vez, y también después de años y años de aprendizaje para llevar a cabo su labor de la manera más impoluta y perfecta posible, algo que muchos deberían aprender a hacer. Una vez terminadas las presentaciones es que el ángel empieza a actuar, empezando por lanzar un golpe que el arquero es totalmente incapaz de ver, solo sabe qué es al escuchar el impacto en el rostro del capitán Enji, seguido de la advertencia de que cuiden sus palabras. En cuanto a Masami y sus palabras también se lleva su advertencia, siendo que el sujeto es bastante serio y está limitándose a su papel como mensajero y representante del organizador de todo el evento.

El capitán de la división 80, y al parecer descendiente de uno de los tenryubitos, mantiene su forma de ser espontánea, aunque se controla para no escalar más las cosas y al mismo tiempo parece ver lo que desencadenaría el golpe que recibió, por lo que en un momento trata de controlar a su compañero tortuga, quien agradece a Kibai cuando le ajusta mejor la gorra en su cabeza. El arquero mantiene una postura recta, tranquila y formal, con los ojos atentos a todo lo que les rodea y busca cada detalle del entorno para estar al tanto de los posibles peligros naturales de la zona, así como rutas por las que escapar o por donde podrían ser emboscados, una costumbre de cazador que aún no muere.

Tras las advertencias el ángel indica que no esperaban la presencia de la marina, pero  al ser aliados del emperador son bienvenidos, dirigiéndose directamente al comandante Stroud, al ostentar de los cargos más elevados y mostrar una actitud más propia de alguien al mando que los otros que ostentaban el mismo cargo o superior, al menos a ojos del ángel. El ángel se presenta como Navur, uno de los custodios del emperador y los invita a pasar y unirse a la celebración, indicando que el emperador se alegrará de ver marines uniéndose a los juegos. Termina la invitación indicando que la seguridad del lugar está en su mano, con lo cual está dejando en claro que los marines no tienen motivos para meterse en problemas y a ojos del arquero lo que en realidad quiere decir es que será mejor que no se involucren en las disputas y las dejen en manos de ellos.

El joven contramaestre observa el entorno y sigue a Juan mientras carga a Enji a espaldas hacia las gradas colocándose a su lado caminando con calma, siguiendo su mismo paso hasta llegar a las gradas, donde el cangrejo tortuga pregunta si allí está bien y pregunta si van a participar a lo que Bertram, rascándose tras la cabeza, dice

-Puede que nos hayan enviado aquí para explicar de forma general los juegos, y luego los que vayan a participar salen de las mismas gradas o serán dirigidos a una zona de preparación sir. No sería descabellado pensar que entre los que se encuentran ya presentes en las gradas estén potenciales participantes.-

El joven echa un vistazo a la zona y se percata de algo peculiar, los lunarian, seres con alas negras y de gran tamaño visten con ropas finas y claras, de una tela de aspecto elegante y un solo color y adornos dorados, mientras que otros que poseían alas de menor tamaño vestía distintos tipos de telas de diversos colores, carentes de adornos, y luego otro grupo con alas a medio camino de tamaño también parece estar presente, solo que son menos comunes que los otros dos grupos.


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Como Stroud empezaba a sospechar, los Marines de las demás divisiones no habían tardado en empezar a dar la nota a su modo particular. Al joven no le pasó desapercibida la forma en que la angélica entidad se tocó aquella suerte de casco que recubría la mitad superior de su cabeza, de la nariz hacia arriba, antes de plantarle el cetro en la cara al capitán Enji, golpeándole en la misma. Sin embargo, antes de que el Nanashi se pusiese en guardia ante lo que podría haber resultado en una confirmación de la condición amenazadora de la criatura, se volvió evidente que había aplicado aquello más como un correctivo que cualquier otra cosa, instándoles a corregir su comportamiento antes de golpear el suelo con aquel mismo cetro que ostentaba. Stroud permaneció cruzado de brazos, contemplando la situación con el ceño ligeramente fruncido. Era innegable que Enji se había comportado como un impresentable, intolerable para un representante de la Justicia, pero no dejaba de ser uno de lo más destacados miembros de la actual jerarquía de la Marina. Tampoco le pasó desapercibida aquella indicación sobre el origen de Masami, sobre la que parecía pesar alguna clase de desprecio que el joven no alcanzó a comprender.

Para su sorpresa, la criatura se dirigió a él, saltándose la cadena de mando de forma evidente. No resultaba difícil entender la razón de aquello, puesto que la actuación de Enji parecía haber sido lo suficientemente disruptora para que el ángel prefiriese pasar por alto su condición de capitán y Dragón Celestial (y no al revés, como hubiese ocurrido en otras situaciones) y se dirigiese a él en condición de portavoz de aquel grupo, o tal vez, aunque fuese una posibilidad remota, hubiese reconocido su apellido de alguna parte, aunque Stroud dudaba que aquella criatura estuviese al día de los más recientes acontecimientos en la Marina. Le sorprendió, sin embargo, la reverencia con que se dirigió a él, dándoles a él y a los demás Marines la bienvenida a Skypiea y a los Juegos en nombre del Emperador a la vez que hacía un ademán hacia las gradas que parecían esperarlos, quitándoles de encima la preocupación por la seguridad durante el transcurso de los mismos. "La máxima autoridad aquí es el capitán Enji, yo solo soy comandante," dijo, haciendo evidente que la jerarquía de la Marina primaba por sobre todas las cosas cuando se trataba de asuntos oficiales, incluso en aquel lugar, "gracias, Navur de los Custodios del Emperador," respondió Stroud protocolariamente, sin pajolera idea de qué implicaba aquello de Custodios del Emperador, haciendo un gesto a los demás Marines indicándoles que lo mejor sería no hacer el memo más de la cuenta y dirigirse hacia el lugar que la isla de los cielos había preparado para la ocasión.

Antes de ponerse en movimiento, sin embargo, se percató de que Akira, apoyado sobre el enorme caparazón del enigmático y encantador Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián, se había puesto excesivamente cómodo delante del tal Navur, tomándose unas confianzas que quedaban completamente fuera de lugar. Por un lado, no le competía a él determinar cómo se debía comportaba el miembro de otra división, y mucho menos, estando su capitán presente. Por otro lado, se había vuelto más que claro que las acciones de uno podían embarrar la imagen de los representantes de la Marina al completo en aquella situación; desde que habían escogido tomar todos aquel mismo camino, eran, a efectos prácticos, un mismo grupo. Con un profundo hastío que se empezaba a reflejar incluso en lo habitualmente impertérrito de sus ojos, dio un palmetazo sobre la mano izquierda de Akira, pretendiendo sacarlo de su exorbitante comodidad frente al Custodio. "Soldado Raito, compórtese," musitó con un suspiro, dirigiéndole una mirada al joven al mismo tiempo que dejaba claro que era hora de ponerse en marcha. "Espabila," parecía decirle. Recorrió con la mirada a los demás, antes de volver a cruzarse de brazos y echar a andar hacia las gradas.



Con pesadez, Stroud se sentó en una zona de las gradas tranquila y muy cercana al preciso lugar desde el que habían emergido del bosque, dejando que sus botas se clavasen en el suelo debajo del asiento con una considerable distancia entre sí, sus piernas ligeramente flexionadas, sus fríos ojos yendo de un espectador a otro y buscando caras conocidas con las que se hubiese cruzado anteriormente en el Mar Azul. No tardó en ver, en la distancia, algunos rasgos que, en efecto, reconoció, ya fuera de haberse cruzado con ellos en alguna instancia o en alguna fotografía de los periódicos. Era difícil de recordar a simple vista, pero no era algo que preocupase en demasía al Marine. En cierta forma, había quedado claro para él que estaban jugando en un terreno que, en pocas palabras, no era el suyo, el de la Marina, el Mar Azul. Allí, por mucho que la jerarquía interna de la Marina permaneciese intacta —o todo lo intacta que podía permanecer—, los uniformados no eran los encargados de la seguridad. Eso no implicaba nada de excesiva profundidad para Stroud, claro: el deber continuaba siendo el deber, allí y en la Luna. Sin embargo, con aquello el ángel había dejado claro que, bajo el sistema de Skypiea, no contaban con la legitimidad para actuar con la que contaban en su mar, y aquello limitaba significativamente las posibilidades. Era consciente de que, en un lugar como aquel, se cruzaría con más de un indeseable. Para su disgusto, quedaba a la elección de las circunstancias el qué hacer.

Allí, sentado, extrajo su pipa Saltfin de su bolsillo, comenzando a prensar en su interior, una vez más, el preciado tabaco que llevaba consigo desde su paso por Whisky Peak. No era algo que le gustase particularmente, pero sí formaba parte de una suerte de ritual, que se había convertido en una parte más de su indumentaria cuando se enfrentaba a una situación oficial, desafiante o desconcertante en modo alguno. En silencio, limitándose a contemplar el graderío y la muchedumbre que sobre él se asentaba en anticipación a los juegos, prendió el interior de la pipa con una cerilla que apagó al instante, agitándola en el aire, y dio algunas caladas breves, exhalando varias volutas de humo consecutivas antes de que la llama se asentase definitivamente y sujetando la pipa entre sus dientes, entrelazando sus dedos frente así, entre sus piernas. Se preguntó qué vendría a continuación; realmente, toda Skypiea parecía estar absolutamente involucrada, sin excepción, en la organización de aquellos Juegos y todo lo que los rodeaba. No parecía únicamente una cuestión organizada por algún magnate excéntrico, sino que implicaba a la totalidad de los habitantes del lugar, y, como tal, parecía ser todo un acontecimiento también para ellos. No tenía ni idea de en qué consistirían aquellas pruebas, pero, con un poco de suerte, tal vez lograse ver algo interesante, además de su propia participación.



Off

En cuanto el ángel se hizo a un lado, y mucho después de la pequeña escena que acababa de protagonizar—justo en cuanto todos terminaron de presentarse y el ángel de hablar—, Bai clavó la mirada en Zhang. Y es que estaba confundida, pues al principio había creído que se presentaba como Zarutsuki y ahora en cambio, le parecía haber oído un nombre diferente: ¿Navor? Necesitaba aclarar la duda, así que, interrogativa, giró los ojos hacia el burro preguntándole si podía darle algo más de información.

—Zhang, disculpa, pero... Yo pensé que él... —Se llevó una mano al cuello y se lo rascó de forma nerviosa—. ¿Qué está pasando? ¿Quién es realmente él?

Con la mano ahora en la cabeza, haciéndo un suave gesto de negación, Bai suspiró agotada por el esfuerzo mental que significaba el no saber el idioma común y estar en medio de tanta gente.

—En fin... —murmuró, llevándose la misma mano a la cadera y tratando de recomponerse con rapidez —¿Vamos?

No obstante, antes de marcharse, se aproximó a Maki y, tan bien como sus limitaciones se lo permitieron, usando únicamente el nombre de la otra pirata y el suyo propio, se despidió de ella. Luego, añadiéndo lalguidos gestos a lo que decía, intentó transmitirle que le gustaría volver a encontrarse con ella para devolverle el favor que le había hecho en Drum.

A continuación, regresó con sus dos compañeros y el grupo se adentró finalmente en la ciudad.

—¿Habéis visto? —les preguntó mientras señalaba uno de los puestos del mercado—. ¿Qué creéis que son?

Sabiendo que Mahou era una experta tanto en flora como en fauna, le señaló unas frutas extrañas que, dispuestas en el improvisado mostrador y partidas por la mitad para exhibir su frescura, revelaban una llamativa pulpa rosada moteada con pipas negruzcas y diminutas.

—¿Os apetece algo de comer? —preguntó, llevándose una mano al estómago para que la macaca sobreentendiera el mensaje—. Llevamos horas de travesía y todavía no hemos probado bocado —continuó, al tiempo que se señalaba a los tres, luego a sus propias piernas y, por último, a la boca y la barriga.

Acto seguido, hundió la mano en el bolsillo y le ofreció unas monedas a su compañera más joven para que fuera ella quien decidiera qué comprar pues, al fin y al cabo, sabía perfectamente que su propia raza no era la más idónea para transitar por la ciudad y quería evitar a toda costa causar cualquier tipo de altercado.

—Oye, Zhang. ¿Te has fijado en eso? —preguntó, señalando los ropajes del lunarian para después hacer lo mismo con el skypieano—. La mayoría de literatura sobre Skypiea ya documentaba que en esta ciudad la estratificación social es extrema, pero presenciarlo es sobrecogedor...

Bai negó con la cabeza y se acercó a Mahou mientras continuaba hablando con el mink.

—Me parece increíble —dijo, al tiempo que se cruzaba de brazos – cómo la opulencia de unos pocos se yergue de forma tan obscena sobre la humildad de mayoría cuando en realidad, estos últimos, pura estadística son los que tienen el verdadero poder.

Al llegar, y sin dejar de observar a su alrededor, el bullicio de la multitud abrumó sus sentidos hasta reducirla a un simple observador de injusticia estructural. Lo cual, a su vez, la obligó a dejar de lado sus pensamientos para comenzar a avanzar hacia las gradas.

Una vez allí, recorrió los pasillos estrechos tratando de encoger su colosal envergadura y replegar sus alas para no incomodar a nadie. Y, mientras lo hacía, en medio de aquel gentío, su mirada se detuvo en un pequeño grupo donde un muchacho destacó de inmediato gracias a un distintivo mechón blanco en su cabello. ¿Era ese Uker? Bai esperó un momento sin despegar la vista de él, tratando de adivinar si realmente lo era y, en cuento lo vió, sonrió.

Claro, le habría gustado acercarse y  saludarlo, pero, al verlo acompañado, prefirió no resultar un estorbo y se dispuso a contiar. Sin embargo, en cuanto miró alrededor del grupo, descubrió entre la misma comitiva al erudito de Whisky Peak. ¿Acaso se conocerían?

—En fin —murmuró, mientras se se dirigía a un hueco vacío cerca de un grupo de birkinianos —. ¿Aquí os va bien?

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Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
Tras la presentación de todos los integrantes de nuestro grupo, el ángel se movió. No fue un saludo, tampoco una reverencia. Agitó su cetro en dirección a la cara de Kiyoshi, como reprimenda por sus formas, anteriormente mostradas. También corrigió la falta de decoro de la pirata llamada Runin. Eso fue algo que agradecí, pues siempre he pensado que los modales son de gran importancia. Además, cualquier correctivo a gente que cree que pueden conseguir cualquier cosa gracias a su atractivo siempre será bienvenido.

Destensé mis músculos al ver qué Kiyoshi no iba a tomar una actitud beligerante ante el golpe. No había sido consciente de cuando mi cuerpo se había preparado. No si quiera sabía para qué estaba listo. Tal vez para huir o quizá para luchar. Habría sido el miedo quien activó mi cuerpo? Acaso fue la agresión a un amigo? Como sea, es algo que quedaría como anécdota, pues la tensión del momento se diluyó antes si quiera de haberse forjado. El ángel continuó hablando. Parecía pertenecer a la misma raza que la señorita que nos acompañaba. Birka. Algo que había leído en las leyendas. Algo que me resultaba desconocido, y que por lo tanto, también me parecía atractivo. Un buen historiador siempre va en busca de más conocimiento, o algo parecido decía mi madre.

La explicación de Navar, el ángel, continuó. Aquel caballero alado resultó ser un Custodio, algo que llamó mi atención. También lo hizo la confusión de que creyera que éramos los invitados de la pelirrosa. Y más aún que hubiese pasado por alto la mentira que había vertido Eros instantes antes. De cualquier manera, Navar nos dió paso a los juegos. Aunque por el momento, deberíamos permanecer en las gradas. Está estructura se levantaba imponente ante nosotros. De ellas provenían vítores y griterío. Sin duda, la expectación por el comienzo de los juegos era grande. Tanto como la mía, aunque yo lo hiciese de una manera más contenida. Deseaba subir allá arriba, pero había algo que ansiaba aún más; conocimiento. Por ello, me acerqué a ella con cuidado, manteniendo las distancias y con cordialidad.

—Disculpe, señorita... Yuuki, verdad? —dije en tono cortés, mis palmas extendidas hacia ella—. Me permitiría hacerle una pregunta? Vi que aquel hombre se refirió a usted como miembro de la raza de Birka. Es eso cierto? Proviene usted de este lugar? Y qué hay de Navar? Se trata también de un birkaniano?

Permanecí atento a su respuesta, sin perder de vista a mis compañeros. Avancé entre el gentío, analizando todo a mí alrededor. Había leído en ocasiones acerca de esta legendaria civilización. Cómo dividían su sociedad en estratos según distintas razas, pero siempre pensé que eso sería algo perdido en la historia. Estaba viviendo el sueño de cualquier historiador, explorador o arqueólogo; deambulaba por las calles de una ciudad que se creía desaparecida, sino era un mito. Pude confirmar la existencia de los lunarian, los skypiean y los birkanianos. De la ciudad de oro y del reino de Skypiea. Si en lugar de pirata, hubiese sido explorador, mis escritos sobre este viaje me habrían catapultado a la fama. Pero ahora mi camino hacia el reconocimiento mundial seguía otra ruta.

—Nunca imaginé que las leyendas fuesen ciertas. El reino de Skypiea... Y su segregación social parecen estar sin vivos —continué mi explicación para mis compañeros, sin saber si ellos estarían atentos a la clase de historia o se encontrarían abrumados por el entorno como yo—. Aquellos de tez más oscura, los que visten delicados ropajes adornados con oro, son lunarian, o como aquí los denominan, Mord. Según las leyendas, ocupaban la posición de nobleza dentro de este reino y a juzgar por sus vestimentas, deben seguir siendo gente de mucho poder. Y riqueza.

Subí junto a mis compañeros a la gradas. Noté la decepción de Kiyoshi en sus ojos. Yo también era participe de aquella sensación, pues me emocionaba formar parte de los juegos del soberano como participantes y no solo como un mero espectador. Sin embargo, a diferencia de mi compañero, yo prefería ser más cauto. Si íbamos a participar en aquello, debíamos obtener toda la información posible de antemano. Por el momento, no sabíamos que tipo de pruebas, juegos o enfrentamientos se iban a dar en aquel evento. Y ahora, desde las gradas, al menos podríamos analizar algo del terreno, aunque aquello no nos aportase demasiadas pistas.

—Me gusta tu ambición, Kiyoshi. Pero creo que debemos andarnos con cuidado —continué hablando solo para mis compañeros—. Ese hombre de antes, Navar, dijo que era un Custodio. Se trata de la guardia de élite de Skypiea. Además, si lo que dijo antes era cierto, estamos en un reino bajo el control de Zarutsuki, el miembro más antiguo del Oula Shichibukai. No podemos dar pasos en falso. Se trata de gente poderosa.

No quería ser el freno para la determinación de mis compañeros, pero debíamos ser cautos. Menos aún pretendía ser un estorbo para nuestro desempeño en estos juegos. Habíamos venido con una clara convicción; ganar los Juegos del Soberano. Y yo estaba decidido a ser una pieza importante de nuestra victoria.



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Emme's Codes

Outfit ---- Sigurd de Los Juegos

No me gusta la respuesta de mis compañeros. Mientras que yo me he presentado con orgullo y honor, estos parecen florecillas de campo. Ni la energía explosiva que emite Ubbe ni el vigor que se espera de un miembro de la tripulación, más aún cuando has sobrevivido a lo imposible. Incluso Kiba se presenta con más talante que mis hombres. Para mí gusto, con exceso de formalidad, pero mostrando una sonrisa y sorprendiéndome de que fuera a participar a los juegos. Punto positivo.
Estoy a punto de girarme, de partirme la cara con los míos hasta que recuperen su verdadera forma de ser, su naturaleza agresiva. Pero me quedo inmóvil. No por la voz del ángel, sino por un rugido de guerra que tan solo siento yo y me revuelve las tripas. ¿Acaso tengo una batalla campal en el estómago? Suelo la pierna humana, que cae al suelo, y coloco la mano ensangrentada sobre mi abdomen, poniendo cara amarga y emitiendo un quejido mudo de molestia. Pese a todo, mantengo la compostura tan bien como puedo y me quedo atento a las palabras de nuestro azafato con alas.
Lo primero que hace es lamentarse por la perdida muerte de mis hombres. Que si necesitamos rituales o mierdas del estilo. Bajo mi punto de vista, ya no vale la pena nada del estilo. Lo intentaron y fracasaron, ya beben y luchan en un lugar mejor. Decido ignorar esa parte y, si eso, ya se encargará Odiseo de darle un entierro a sus hermanos. Si que me intereso por su nombre y por su cargo. "Custodios del Emperador"... Me gusta ese título, suena poderoso. Con suerte algún día podré enfrentarme a alguno. Aunque espero que no con esta indigestión. Si sigue hablando mucho rato más, me lo haré encima. Nos señala a las gradas y nos invita a marchar para allá y esperar instrucciones. -Gracias, maestro- saludo de forma amable y honestamente agradecida, intentando simular de mejor forma la indigestión que cabalgo.

Avanzamos hacia el estadio, en busca de las gradas, dejando atrás al bueno de Navir. Sin embargo, tengo algo pendiente, algo que se sobrepone a los juegos y a mi malestar. Liderando al grupo, me doy la vuelta lentamente, firme como un árbol centenario. Mi cara refleja un malestar evidente, pero no de dolor, sino de enfado. Encaro a Ubbe y a Odiseo, serio, con el rostro medio ensombrecido frente a la hemos brillo de Shandora. -Kiba, adelántate un momento.- le pido, con contundencia pero sin sonar como una orden amenazadoram. Más como una propuesta. -Necesito un minuto a solas, porfavor.-
La gente va y viene, pero para la multitud, solo somos un grupo más entre la marea de personas. -Seguidme- aún así propongo alejarnos del camino un segundo, para tener algo más de privacidad y no liarla antes de participar. Ya solos, doy un par de pasos al frente, quedado a escasos centímetros del Kaiju. Si me lo propusiera, le podría meter un cabezazo y romperle la nariz. Ganas no me faltan. Pero sé lo que necesita en este momento. Un capitán. Un referente. -¡Eh escuchame bien, pedazo de basura dinosaurica! -si es que esa palabra existe. Le apunto con el dedo como si fuera el cañón de una pistola , sobre el pecho. -Eres un Buccaner de los pies a la cabeza. Has matado y has visto morir a cientos. Y muchos más que te quedan. No me hagas sentir vergüenza ni a mí ni a nuestros ancestros, por el amor de los dioses.- entonces cambio mi tono efusivo y crudo a uno más comprensivo y empático, sin dejar de ser directo. -Recuerda hermano. El débil cae, y el fuerte prevalece. Es ley de vida. Ven aquí - y le doy un abrazo. Capaz y no le he dado un abrazo a nadie en décadas. Pero recuerdo que me reconfortaba cuando apenas podía blandir una espada de madera. Si hay un momento, es ahora. Ha de recordar que no está solo. 
-Y tú.- señalo a Odiseo. Esto aún no ha terminado. Recupero la postura y la determinación de antes. -Has desafiado a la muerte y has renacido como un Hijo del Ragnarok. Ten un poco más de amor propio y deja de ser un lastimero.- le casi ordeno, con algo de amargura en mi voz. No por frustración, sino por lo contrario. Espero mucho de este hombre y no me gustaría que se perdiera en el trauma tras lo sucedido. Cojo a al buccaner sureño del hombro y trato de buscar un circulo cerrado, más íntimo entre los tres. Con valor, suelto mi mensaje final. -Somos orgullosos Piratas del Ragnarok. Esto es y será nuestro pan de cada día. Vamos a por ello familia. Por nosotros.- suelto su hombro para darnos un poco de espacio y extender mi brazo hacie el frente con el puño cerrado, apuntando bajo para que alcance Odiseo y el de Ubbe, que vuelve a ser más Buccaneer que nunca con su forma base. -Por ver el mundo arder- nos fuionamos en un choque de hermandad sin parangón. Un momento glorioso que nos ensalza el ánimo hasta límites insospechados. Pero sé cuela un intruso en escena para romper el momento.
-...PpffFFfpPFff...-
-Mierda de la mierda...- maldigo, entrecerrando los ojos y cagandome, nunca mejor dicho, en todo lo cagable. Intento no reírme al ver cómo a estos dos cabrones se les empieza a escapar una risilla malévola por el gas que se me acaba de escapar. Me doy prisa entonces en dar órdenes. -Coged un buen sitio. Dadme un minuto largo...- y salgo corriendo, dejando a Yggdrasil ahí, en busca del baño del estadio más cercano, rezando por que la fuerza de mis glúteos sea lo suficientemente fuerte como para contener al enemigo que asoma.



-Madre mía... ¡¡Sal de mi cuerpo, criatura!!-
-Por todos los Custodios, han debido de encarcelar a un Ñordiki ahí dentro- 

Salgo con varios kilos menos de peso encima, abriendo de un portazo. Miro al siguiente que está esperando. Apunto para atrás con el dedo con más honestidad que nunca, le advierto. -Yo de tí no entraría en un mes, por lo menos...-



Llego a las gradas deprisa, pasando entre la gente con torpeza. Intento no atropellar a nadie, aunque todavía se están llenando. En su mayoría se dejan ver lunarias, ángeles negros con descomunales alas negras. También hay diminutos skipians y birkanianos, difíciles de diferenciar más que por sus antenas en la cabeza. Los primeros, aquellos con piel obsidiana, se mostraban con artesanías y opulencias en sus ropas, mientras que el resto vestía de forma más vulgar. Sin embargo, el ambiente se mantiene animado para todos, independiente del nivel adquisitivo que demuestran.
A mí me llama la atención la diversidad entre facciones y personas llegadas de diferentes partes del mundo, que destacan ligeramente entre tanto autóctono alado. Me abstengo de entrar en detalles, para alcanzar a Ubbe y no llegar tarde. No me cuesta verlo, tan grande como yo y sosteniendo a Yggdrasil como un banderín para encontrarlo entre la multitud. -Parece que llego a tiempo, ¿no? ¿O me he perdido algo?- pregunto preocupado. Parece que no. Y también parece que mis chicos han recuperado la ilusión y esa chispa. Los juegos están por comenzar... Si este malestar me deja participar en ellos...

En efecto, cajita feliz
Ubbe escuchó en silencio las palabras del custodio, sin apartar la vista de aquel extraño hombre alado, tal y como le había pasado con Kiba, ese hombre le provocaba una tensión en el cuerpo que era difícil de esconder. Aun así, dada su situación actual, no le afectaba tanto como debería. Su voz era serena y contrastaba de una forma extraña con el caos que aún reposaba a escasos metros de ellos. Cuando mencionó la posibilidad de ofrecer un rito funerario a los caídos, el gigantesco buccaneer desvió la mirada hacia la montaña de cuerpos. Permaneció inmóvil apenas un instante antes de asentir muy levemente con la cabeza.
-...Thank you, baby.
No sabía si aquello era algo importante para los habitantes del cielo o si simplemente formaba parte de sus costumbres. Él nunca había pensado demasiado en funerales; en el mar, los muertos solían quedarse donde caían y el océano terminaba reclamándolos tarde o temprano. Aun así, la idea de que alguien tratara a aquellos hombres con el respeto que merecían hizo que una pequeña parte del peso que sentía sobre los hombros se aligerara. Cuando Navir les indicó el camino hacia las gradas, Ubbe comenzó a avanzar junto al resto. Sus enormes botas resonaban sobre el suelo de Shandora mientras recorría con la mirada todo cuanto les rodeaba. Lunarian, skypianos y birkanianos caminaban de un lado para otro con absoluta normalidad, ajenos por completo a la tragedia que acababa de suceder junto al risco. Algunos montaban puestos de comida, otros exhibían artesanías, juguetes o telas de colores vivos, y el murmullo constante de la multitud iba sustituyendo poco a poco el silencio que había dejado la caída.
Era... extraño, pues el mundo seguía girando, como si tantas vidas no acabaran de apagarse unos metros más atrás. Ubbe respiró hondo, y entonces escuchó la voz de Sigurd llamando a Kiba. El buccaneer se detuvo y giró sobre sus pasos, comprendiendo al instante por el tono de su capitán que aquello no era una simple conversación cualquiera. Miró un segundo a Odiseo, todavía cubierto de sangre y completamente desorientado, antes de volver a fijar sus ojos en Sigurd. Sabía perfectamente lo que venía ahora. Y, por primera vez desde que ambos se conocían, no estaba seguro de querer escuchar aquellas palabras.

Ubbe obedeció sin decir una sola palabra. Esperó a que Kiba se alejara unos pasos y siguió a Sigurd hasta apartarse ligeramente del camino principal. A su alrededor continuaban pasando habitantes de Shandora y participantes llegados de todos los rincones del mundo, completamente ajenos a la conversación que estaba a punto de tener lugar. Por un instante, el bullicio de la ciudad se convirtió en un murmullo lejano. Ubbe se detuvo frente a su capitán, sin hacer ninguna broma, sin sonreir como hacía siempre, simplemente esperó. Fue entonces cuando reparó de verdad en él. La piel de Sigurd estaba más pálida de lo habitual y, aunque intentaba disimularlo manteniendo la misma postura firme de siempre, había algo extraño en su expresión. Una ligera tensión en el rostro. Un gesto contenido. Como si estuviera librando una batalla silenciosa contra su propio cuerpo. Ubbe frunció ligeramente el ceño, por un instante estuvo a punto de preguntarle si se encontraba bien, pero las primeras palabras de su capitán llegaron antes de que pudiera abrir la boca.
Las primeras palabras de Sigurd le golpearon como un puñetazo en el estomago. Cualquier otra persona habría pensado que aquello era un reproche demasiado duro para un momento como aquel. Ubbe, en cambio, conocía demasiado bien a su hermano. Sabía que detrás de cada insulto y de cada palabra nunca había desprecio, sino exigencia absoluta. Sigurd jamás pediría a nadie algo que no estuviera dispuesto a exigirse a sí mismo, y por eso no respondió, se limitó a escuchar. Cuando el capitán terminó de hablar, el gigantesco buccaneer permaneció inmóvil unos segundos más. Sus ojos se desviaron, casi sin querer, hacia el risco del que acababan de lanzarse. Desde allí ya no podía distinguir los rostros de los caídos, solo una mancha oscura sobre el suelo dorado de Shandora.
Todavía le costaba aceptarlo, no porque dudara de las palabras de Sigurd, al contrario, precisamente porque sabía que tenía razón. Aquellos hombres habían demostrado un valor que muy pocos en el mundo habrían sido capaces de reunir, pero el valor no había sido suficiente, y aquello era una verdad que dolía más que cualquier herida. Bajó la cabeza unos instantes, dejando escapar lentamente el aire por la nariz antes de levantar de nuevo la vista hacia su capitán; las palabras de Sigurd no borraron el peso que llevaba sobre los hombros, pero sí ordenaron el caos que tenía dentro. Ubbe comprendió que su capitán no intentaba convencerlo de olvidar a aquellos hombres. Intentaba recordarle por qué habían muerto, no había sido por por falta de valor, de eso les había sobrado, habían caído porque aquel mundo no recompensaba el coraje, sino la fuerza.
Aquella idea seguía revolviéndole el estómago, y sin embargo le dolía… Era precisamente por eso por lo que Sigurd era el capitán, porque era capaz de aceptar una verdad que a él todavía le costaba asimilar. Su mirada volvió a perderse durante un instante hacia la ciudad y el lugar donde descansaban los Hijos del Ragnarök.

-Just… - Calló unos segundos - Ojalá hubieran sido lo bastante fuertes, baby…
Fue entonces cuando, para sorpresa del propio Ubbe, los brazos de Sigurd lo rodearon. Los ojos del gigantesco buccaneer se abrieron ligeramente. Durante un instante se quedó completamente inmóvil, incapaz de recordar la última vez que alguien lo había abrazado de aquella manera. Después, casi por instinto, devolvió el gesto abrazandole tambien, con una enorme sonrisa que, aunque seguía teñida por la tristeza, recuperaba una pequeña parte del calor que siempre lo caracterizaba. Bajó la guardia al punto de deshacer su transformación, volviendo a su forma humanoide más habitual.
-Thanks... brother.
No hacía falta decir nada más. Ubbe escuchó también las palabras que Sigurd dedicó a Odiseo. Permaneció en silencio mientras el muchacho seguía intentando asimilar todo lo ocurrido, hasta que el capitán los reunió a los tres formando un pequeño círculo. El gigantesco buccaneer observó el puño que su hermano extendía hacia delante y, sin dudarlo un instante, sonrió.
- For us, baby.
Cerró el suyo y lo hizo chocar con el de Sigurd. Después buscó el de Odiseo, obligándolo prácticamente a unirse al gesto y durante un instante, el peso que había caído sobre los tres pareció hacerse un poco más ligero.
Entonces… un sonido curiosamente organico rompió la solemnidad del momento. 
Ubbe permaneció completamente inmóvil, parpadeó una vez, después otra, y terminó girando muy despacio la cabeza hacia Sigurd, hubo apenas un segundo de absoluto silencio. Hasta que una carcajada grave escapó de su pecho.
-...GAHAHAHAHAHAHA.
Negó varias veces con la cabeza mientras veía a su hermano desaparecer prácticamente a la carrera en dirección a los baños; este le había entregado su arma mientras luchaba su propia batalla. 
- You fucking idiot...
La risa todavía seguía escapándosele cuando el capitán terminó perdiéndose entre la multitud, poco a poco fue apagándose. Respiró hondo y volvió a girarse hacia Odiseo. El muchacho seguía completamente cubierto de sangre; la mirada perdida, los hombros hundidos, parecía no saber muy bien qué hacer ahora que el silencio había regresado.
Ubbe se acercó despacio. Le dio una palmada firme en el hombro, esta vez con el cuidado suficiente para no tirarlo al suelo.
- Hey - Esperó a que levantara la vista - No mires hacia abajo tanto tiempo, baby.
Con un dedo señaló la inmensa ciudad dorada que se extendía frente a ellos.
-Look arround! - Una pequeña sonrisa volvió a dibujarse en su rostro - Ellos habrían querido verlo también - entonces guardó unos segundos de silencio antes de continuar.
-Así que míralo por ellos - Y le revolvió el pelo con una enorme mano - ¡Lucha por ellos, vive por ellos! Igual que voy a hacer yo... Ahora deja esa cara de funeral... que Sigurd se va a enfadar si vuelve y sigues pareciendo un sad puppy. 

Odiseo intentó recomponerse a duras penas y avanzó junto a su general hacia las gradas. 
Mientras ascendían por los escalones, los ojos del gigantesco buccaneer parecían incapaces de detenerse en un solo lugar. Shandora era un mundo completamente distinto a cualquier cosa que hubiera imaginado. El graderío rebosaba de vida: habitantes del cielo, comerciantes, curiosos y guerreros llegados desde todos los rincones del mar azul compartían espacio como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Lo primero que llamó su atención fueron los marines, había muchos, muchísimos más de los que esperaba encontrar reunidos en un mismo lugar, y no parecían esconderse lo más mínimo. Algunos conversaban entre ellos mientras otros observaban la arena con expresión seria, como si ya estuvieran analizando a sus futuros rivales. Pero entonces...Ubbe se quedó completamente inmóvil: Había una tortuga con uniforme de marine.
Parpadeó una vez, después otra, se inclinó ligeramente hacia delante para asegurarse de que no estaba imaginándoselo.
-...Holy shit…¡That's cool as fuck baby!...

No tardó en seguir caminando, aunque cada pocos pasos encontraba algo nuevo que llamaba su atención. Una de las personas que mas llamó la atención del Buccaner fue una joven de brillante cabello anaranjado que destacaba entre la multitud con la misma facilidad que una antorcha en mitad de la noche. Muy cerca de ella caminaba una mujer completamente calva cuya seguridad al moverse hizo que Ubbe arquease una ceja con evidente admiración. Aquello era bastante cool. incluso le pareció ver a lo que podría ser un Buccaner igual o mas alto que el. Ubbe estaba en su salsa. Siempre le habia gustado conocer gente, se lo iba a pasar en grande. 
Más allá distinguió varios minks repartidos entre los asistentes. Parecían ser un hurón, un burro, y en la marina habia algunos mas como un leopardo o una pantera, cerca de ellos, una mujer de rasgos vulpinos también perteneciente a la Marina les acompañaba como una mas. Por la zona tambien pudo distinguir a una muchacha humana con rasgos animales, quizá de simio. 
Ubbe no podía dejar de sonreír, cada pocos metros descubría una raza distinta, un rostro nuevo o alguien con un aspecto tan extravagante que parecía imposible que existiera en el mismo mundo que él. Incluso entre los recién llegados había hombres y mujeres realmente atractivos, personas con una presencia capaz de atraer miradas sin necesidad de hacer absolutamente nada. El gigantesco buccaneer tampoco era inmune a aquello; más de una vez terminó girando la cabeza mientras alguno de aquellos desconocidos pasaba cerca de él., habia muchos hombres y mujeres que en otra situación Ubbe no habria dudado ni un seguindo en intentar conquistar, de hecho varias muchachas estaban cerca de saltar las alarmas del buccaner pero “Not big enough, baby…” Pensó para sí. 

Continuó caminando unos pasos más hasta que un aroma irresistible invadió el ambiente.
Ubbe levantó la cabeza casi al instante, y su estómago rugió con más fuerza que cualquier discurso que hubiera pronunciado aquel día; los puestos de comida.
Sus ojos comenzaron a recorrerlos con la misma intensidad con la que antes habían inspeccionado a los participantes. Pinchos, dulces, frutas, carnes, bebidas... todo olía increíble.
- ¡Baby! ¡Espera aquí un segundo! ¡No te muevas! ¡Voy a por comida!
Y, sin esperar respuesta, el gigantesco buccaneer le dejó la hacha de Sigurd al muchacho, y cambió de rumbo, comenzando a abrirse paso entre la multitud en dirección a los puestos, completamente decidido a hacerse con una buena ración antes de que dieran comienzo los juegos. El estómago podía esperar durante una guerra, pero no durante un festival. 

El aroma terminó guiándolo hasta uno de los puestos de comida que rodeaban el estadio. Apenas llegó al mostrador, los ojos de Ubbe se iluminaron al ver una enorme bandeja repleta de takoyaki recién hechos.
-...Holy shit - Aquello tenía una pinta espectacular.
Ya estaba rebuscando entre los bolsillos para sacar unas monedas cuando, casi por casualidad, giró la cabeza hacia la persona que esperaba junto a él. Era la mujer calva.
Ubbe volvió a quedarse completamente inmóvil durante un segundo.
- …¡HEY, BABY!
Sonrió de oreja a oreja, entonces se señaló la cabeza con un dedo y, acto seguido, hizo el mismo gesto hacia ella.
-No hair… -Asintió con absoluta convicción - Eso es awesome, super awesome!.
Una pequeña risa escapó de su garganta mientras levantaba un pulgar.
-You look cool as fuck, baby! 
Entonces recordó dónde estaba, miró un instante hacia las gradas, después otra vez a la mujer, y volvió a señalar los takoyaki.
-Sorry, baby... tengo que volver con mi brother. ¡Los juegos van a empezar!
Recogió la bandeja que acababan de servirle, entregó el dinero pertinente y comenzó a alejarse unos pasos antes de girarse una última vez.
- ¡Good luck! ¡Kick some asses, girl!
Le dedicó una última sonrisa y un gesto con la mano antes de emprender el camino de regreso.
Cuando alcanzó de nuevo las gradas, dejó caer el enorme cuerpo junto a Odiseo y, sin decir palabra, le acercó la bandeja para que cogiera algunos takoyaki antes de empezar a comer él mismo con un apetito descomunal. Todavía estaba terminando el primero cuando distinguió, a lo lejos, una figura gigantesca abriéndose paso entre la multitud.
-¡¡BRO!! ¡OVER HERE, BABY!
Agitó la gigantesca hacha de un lado a otro como si fuera un estandarte de guerra, completamente ajeno a las miradas que aquello pudiera atraer. Resultaba difícil pasar desapercibido cuando uno medía más de cuatro metros... y todavía más si empezaba a ondear un arma del tamaño de una casa. En cuanto su hermano llegó hasta ellos, Ubbe volvió a dejar Yggdrasil apoyada con cuidado junto al asiento, como si no acabara de utilizar una reliquia legendaria para hacer de señalizador, y continuó devorando los takoyaki con absoluta tranquilidad.
Fue entonces cuando una muchacha de intenso cabello anaranjado pasó caminando justo por delante de ellos. Ubbe la reconoció enseguida; era una de las personas que le habían llamado la atención al recorrer las gradas, pero esta vez sus ojos no se fijaron solo en ella, que ya le llamaba bastante la atencion al buccaner, sino que también se fijó en la bolsa que llevaba entre las manos.
Dentro asomaban galletas, chucherías de colores y un pequeño tarro de mermelada de naranja.
El gigantesco buccaneer dejó de masticar, miró lentamente su bandeja de takoyaki, después la bolsa, después otra vez los takoyaki.
-...Holy shit…- Frunció ligeramente el ceño - ¿¡Había fucking chuches también!?

HEY BABY
[Imagen: ksMOGZu.png]
La conversación sería pesada, complicada de llevar con el otro ser alado frente a mi. Mi sobredimensionado cuerpo era muy grande para establecer una charla tranquila con él. Sería incorrecto quedarme de ese tamaño y obligarlo a verme hacia arriba. Seguramente no podría ver mas allá de mi imponente y erguido miembro que aun sube mis mejores ropas no puede pasar desapercibido. Marcando su viril presencia como un acompañante que se niega a disimular. Me gustaría acomodarlo pues la postura en la que está no se siente cómoda, pero los modales importan. Puede que esta sea la última oportunidad que tenga para cerrar este ciclo y solo pienso en actuar como lo haría ella. Elegante, refinado, sereno, imperturbable. Me hice más pequeño, hasta reducirme a la mitad de mi tamaño, hacerme pequeño me costaba ligeramente y eran dimensiones con las que no me sentía especialmente cómodo, era un poco usar ropa que te queda pequeña. 


El ángel es muy astuto, pudo leer que se cubría con una tela translúcida, además de que mentir no era mi fuerte. Aceptar un error siempre es mejor que tratar de hacer la mentira más grande, ya que tarde o temprano cojea. Esperaba que no se desatara un problema y buscando una manera que mi mente fuera lo suficiente ágil para encaminarlo todo de una buena manera. — Señor Custodio, lo menos que deseo es hacer burla de su agudeza y que eso genere un problema. En efecto el apellido no es mio, yo no tengo, lo llevo así en señal de recuerdo de aquella otra persona con la que venía. Ella era igual que yo y por eso lo llevo. Me disculpo si eso creó alguna confusión. — Esperaba haber aclarado lo mejor posible la situación. 


Yo no sabía si ahora mismo esto sería suficiente y me veo en la necesidad de consultar con él. Este tipo a pesar de nuestra diferencia de tamaño se ve más fuerte que yo. La verdad desde el incidente en el joy park había decidido que no quería volver a pelear con nadie, que había alcanzado mi techo antes de venir por estas mareas y haría lo posible por evitar el conflicto que no fuera necesario. No sentía deseo alguno de retarlo en absoluto pero si esperaba que él me pudiera atender. 


Viniendo tan rezagado, la verdad yo no me había enterado de todo lo que habían pasado los demás que venían delante de mí. Ni caracolas, ni voces, ni Beff Jezos. — ¿Disculpe la molestía, pero existe una posibilidad de que yo pudiera ir con esa familia y entregarles el mensaje? Aunque aquí parece que todos tienen alas, yo no soy de aquí. Mejor dicho, no creo que sea de aquí.  Lo que menos quiero son problemas regresaré de donde vine después de eso y de que consiga un bote que aguante. — Estaba más que claro que yo no tengo ni idea de qué está sucediendo y de que no puedo proseguir. No hice el esfuerzo de retarlo, no hice el esfuerzo de avanzar sobre él. No es que estuviera achicopalado, es que no iba a seguir quebrantando la ley si la ley no me quería atacar. Lo mejor hasta ahora es que aquí parece no existir la marina, entonces seguramente nadie vendría a quitarme la cabeza. 


— Antes de movernos de aquí. Quiero aprender un poco sobre este lugar.  — Inmediatamente saqué de entre mis ropas una brújula. Esta no señalaba los puntos cardinales apropiados. — En su momento una mujer Gyojin me dijo que no podría viajar con una brújula común. Se como llegar a la playa de forma segura, pero no se donde estoy, y si no es molestia para usted, antes de cualquier cosa que me explicara un poco sobre la ciudad. Qué hacen aquí, me siento un poco rezagado pues habían barcos en la costa pero quién sabe de quienes son. Nunca he sabido de donde soy y este lugar es lo más parecido ya que aquí hay otros con alas. — De igual forma estoy pidiendo demasiado y mis cualidades que hace que las personas me ayuden no son suficientes. Ya quisiera tener yo el carisma o la belleza o ese factor que me permite agradarle a las personas. 


Aunque él me trataba con respeto y usaba esa palabra Mord. Apostaba a que la honestidad y las inocentes intenciones me permitieran llegar un poco más a fondo en esas cuestiones. Al mismo tiempo sentía cierta desnudez incómoda, no estaba del todo seguro que estuviera haciendo lo correcto, él podría pensar que solo soy un pobre arrastrado y no estaría equivocado. Allá afuera de la ciudad donde no hay otros como yo solo soy visto como una criatura extraña y sin dinero. Me llevé la mano a la cabeza un poco consternado e incluso algo mareado en cuestión. Creo que el viaje fue demasiado turbulento o tal vez el hacerse pequeño había dejado secuelas esta vez. 


Jackson cantando a-b-c

Barald se encontraba parado con el cuello hacia arriba observando al que segundos más tarde se presentaría  como Navar, el custodio del emperador. Un espadachín sin miedo a la muerte dispuesto a ganar en los juegos fuera de la manera que fuera. Con el cuello aun girado, siendo el más cercano al Ángel, vio de buena mano como sutilmente tocaba su casco con su mano derecha antes de realizar un movimiento fugaz que pudo ver con claridad, así como si fuera en cámara lenta. Sin pestañear, el calculador y frio pirata del mar del sur ya tenía como 5 maneras de matarlo teniéndolo tan próximo, pero aun no era el momento de usar el acero de su arma, que reposaba tranquila en su hombro. - Demasiado lento ... - Pensó para si mismo cuando vio a Navar en una posición de combate marcial tras haber golpeado a Kiyoshi, a pesar de que le había parecido gracioso que el que anteriormente apuntaba con un rifle a Yuuki no hiciera nada al respecto más que tocarse el lugar del impacto, el no cambiaba su expresión facial, afilada y sería, con la misma cara que le había dicho que había venido a ganar los juegos. Barald tenía dos misiones principales en esta isla. La primera de todas era mantener a su tripulación viva en cualquiera de sus aventuras, y la segunda, ganar los juegos. Pero siempre tenía misiones secundarias por las que ausentarse  un par de semanas, o quizás meses y esas misiones nunca las dejaba de lado ¿por qué? bueno, un mago nunca desvela sus trucos. Almacenar en su mente toda clase de información que fuera capaz de obtener a cerca de la isla del cielo era sin lugar a dudas una de sus misiones secundarias en su actual estancia. Un pirata soñador siempre será un candidato a ser un rey pirata, solo aquel que sueña con hacer realidad cualquiera de sus ambiciones será capaz de gobernarlos a todos. Así como un gato negro callejero, mantuvo los ojos en el que ahora, consideraba su presa.

El sub-capitán de los Hanu Mahana hubiera intervenido en el trayecto del bastón de oro en caso de que hubiera usado la violencia contra Runin y tan solo por eso, quien sabe que hubiera pasado por haber provocado un claro desacato a la autoridad, fue una suerte  increíble que su advertencia tan solo fueran palabras. En lo que Navar terminaba de hablar directamente con Yuuki, Barald guardaba su arma en su vaina visible en su espalda sin quitarle el ojo de encima y sobretodo sin decir palabra alguna por su boca. En cuanto el Custodio del emperador terminó su discurso de bienvenida y se echo a un lado invitándolos a pasar Barald dio dos pasos al frente, acortando los dos metros que les separaban con anterioridad para quedar justamente al lado de el, sin quitarle la mirada fija intentando ver mas allá de su casco, siguiéndolo con la mirada en cada momento sin cortarse ni un pelo. Su rostro inexpresivo y serio lo acompañaba en todo momento. Navar no se había ni inmutado por su presencia, quizás no fuera tan afín a las energías como el se pensaba. La voluntad de Barald era grande, más que el mismo, le dominaba poco a poco, y cada vez más. Así como podía haber visto Navar en caso de mirarlo bien anteriormente. Un emperador tiene que ser capaz de dar ordenes, ser capaz de dominar con tan solo palabras y eso es exactamente lo que iba a suceder aquí y ahora.

Como bien dije antes, Barald lo acababa de considerar su nueva presa y como el depredador sutil que era, jugaría a ser un mago de la oportunidad dispuesto a arriesgarse para manejar la situación. - Disculpe Navar, perdone mi atrevimiento, me  gustaría ayudarle con algo. - Y tras aquellas palabras esperaría a captar bien la  atención del Custodio para proseguir con su plan genial. De buena mano, usaría su habilidad para la oratoria de la mentira para embaucarle y llevarle a su terreno, aunque solo fuera por un instante. - Tienes algo en la cara, déjame quitártelo. -  Y si, ese era su plan genial. - Agachate - Y esta su última palabra. Antes de seguir su camino, Barald le dio una orden clara mientras le mentía acerca de que tenía algo en la cara, usando su haki innato del conquistador que usaba sin conocimiento alguno de el mismo y así hacer que Navar estuviera a su alcance para poder hacer su magia de oportunista bendecido por el diablo para ser un cabronazo, sumándole su nueva capacidad para dominarlos a todos, como el anillo de poder de Sauron. Gracias a  su mentira y al poder innato del Haki del conquistador, haría que Navar, acabara obedeciendo sus palabras, haciendo que se agachara para ponerse a su altura y se dejara tocar por Barald con su mano derecha amablemente para quitarle aquella mancha inexistente de su rostro, usando el poder de su fruta para copiarle el aspecto. - Arreglado, sentí que si no te decía nada nadie lo haría, siento haber sido tan directo, nos vemos en los juegos, un placer conocerte.  -    Ahora, tras pronunciárse amablemente, seguiría su camino hasta las gradas acercándose a su capitán en el camino para decirle algo que seguramente no entendiera. 

[Imagen: IMGBBBB.jpg]
-Win is win bro -

El destino era sabio y así como quien no quiere la cosa, la travesia del camino que habían recorrido anteriormente sin el gran Tezca, suplantado por el gordo del bigote que en cierta parte, le hizo gracia acabó en aquel momento. Durante el camino hasta las gradas que tenian más adelante, Barald pudo ver al bro de oro, acompañado de ... espera - Oye bro, yo a ese tipo le conozco - Y si, allí lo tenía, pudo verlos avanzando hacia las gradas. Ese tipo de ahi de pelo largo que veía era el verdadero Tezca Norova, el único e inigualable acompañando por ese tipo, como olvidar el día en el que Barald amputó un brazo por defenderlo; Onizuka Jin. Barald era un tipo que jamás elevaba su tono de voz, nunca gritaba. No le hacía falta. Llevo su dedo pulgar y anular hasta sus labios haciendo un arco con ellos y de inmediato tomo una gran cantidad de aire para con un soplido inmenso, llamar su atención.

- FIIIIIIIIIIIIIIIIUUUUUUUIIIIIII - 

[Imagen: IMGGBBNB.jpg]
- ¿Tu como puedes ser tan idiota de confundirlo así? solo míralos. -

Barald en ese momento, ladeaba su cabeza de lado a lado, primero mirando a Tezca y luego mirando al Tezca falso, negando con la cabeza lo que ya sabía. Barald no creía que Ryota hubiera creido que ese que tanto tiempo los había acompañado durante el viaje era Tezca. Una vez siguió avanzando a la que se encontrara con Tezca, extendería su puño derecho para darle un choque de puños en señal de hermanos. - ¿Vas por libre en esta ocasión rubio? dahahahhahahahhaha ¿o es que te perdiste? -   Tras tener una interacción con Tezca debido a la proximidad de las rutas hacia la parte izquierda de la grada, Barald avanzaría con el resto de la tripulación y se sentaría más o menos en la mitad, una fila por encima de la que lo harían sus acompañantes de la ruta 1, los Sepulturas, escuchando lo que Kiyoshi le decía a su capitán Eros. Ya sentado en su butaca, encendería un cigarrillo esperando a que todo empezara. 

Cofre del tesoro
[Imagen: FIRMA.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3272 + 0 = 3272
Energia: 2827 + 0 = 2827
Espiritu: 1144 - 30 = 1114
El trallazo del báculo dorado hacia el rostro del comandante Enji no se hizo esperar tras la sarta de improperios que el peliblanco había dirigido hacia el ángel. A pesar de que Kibai percibió perfectamente como el brazo de aquel ser se tensaba listo para golpear, decidió no desenvainar a Raimei para interceptar el golpe. Estaba claro que en aquella situación, aunque aparentemente los marines superaban ampliamente en número a su posible rival, no dejaban de estar en un terreno totalmente desconocido y bajo el poder de un ente muy superior, dada la forma en la que el ángel había hablado de su Soberano.

Por suerte, el capitán marine optó por no continuar las hostilidades y recibir con cierta deportividad el toque de atención, antes de proseguir su camino montado en el lomo del comandante Juan Sebastián, al cual tuvo que tapar la boca para impedirle que soltase una ristra de lo que seguro eran palabras bastante poco agradables hacia el Custodio Navur. Acto seguido, y tras despachar con bastantes buenas maneras los futiles intentos de Masami de ganarse su interés, el ser se dirigió hacia Stroud, y las cosas que dijo le resultaron al mink de lo más interesantes.

Al parecer Zarutsuki habia hecho mucho más que ser simplemente un miembro del Ouka Sichibukai, sino que se las hbaía arreglado para gobernar por completo aquella isla del cielo, por lo menos. Además, aunque Kibai desconocía totalmente los entresijos de la tripulación, de acuerdo a las palabras del ángel, había otros con el mismo rango que él, los Custodios. También era curioso el hecho de que no estuviesen esperando a nadie de la Marina.

— Cuando anunciaron los juegos en el periódico, se escribía que el anuncio iba directamente dirigido a la Marina, y sin embargo no nos esperaban? — pensó para si el mink mientras caminaba hacia la zona de los puestos antes de subir a las gradas de madera.

El Custodio Navur también había dejado caer otra sutil, aunque clara advertencia: la seguridad de aquella isla, la ciudad y sus habitantes era cosa de ellos. Eso, a poco que se leyese entre líneas, dejaba caer un mensaje muy claro: nadie de la Marina debía siquiera ocurrírsele empezar a tirar de galones en aquellos juegos, o las consecuencias serían graves. Al mink no le había hecho ninguna gracia la mención que había hecho el Custodio acerca de ese lugar conocido como Los Lamentos y sin lugar a dudas no tenía absolutamente ninguna prisa por conocer en qué consistía ese castigo.

A medida que se acercaba a la zona de los puestos, Kibai comprobó que, a pesar de las diferencias obvias, algo parecía ser común a todos los habitantes de la isla. Todos, hombres, mujeres y niños lucían alas a sus espaldas, blancas en el caso de los Birkanianos y Skypieans, y negras para los Lunarian. Asimismo, estos últimos parecían conducirse por alguna razón de manera más altanera, y sus ropajes parecían de mejores calidades, aunque Kibai no supo discernir la razón de ello.

Sin embargo, el momento en el que se detuvo frente a un puesto de comida que ofrecía unas cuencos de dátiles rellenos de frutos secos y cubiertos con algo que olía curiosamente a una mezcla a la vez dulce y picante de miel y pimienta, el mink tragó saliva. A su izquierda, alzándose hasta alcanzar tranquilamente los cuatro metros y medio, una Lunarian estaba inclinada sobre el mostrador. El corazón de Kibai dio un pequeño vuelco, con algunos recuerdos volando raudos hacia el East Blue. Sacudiendo la cabeza, el mink cerró la pequeña rendija que su memoria había abierto, antes de interesarse de nuevo por los alimentos que veía delante de si.

— Quisiera llevarme dos cuencos de estos, por favor. — solicitó educadamente el mink antes de echar mano de su cartera, aguardando que los berries del mar azul sierviesen como pago en aquella tierra que tenía edificios construidos con lo que parecía oro.

Tras su breve parada, Kibai accedió por fin al recinto, quedando asombrado ante la enorme cantidad de gente que las gradas parecían poder albergar. A buen seguro el Soberano Zarutsuki no se pensaba cortar en cuanto a la pompa y boato de sus juegos, ni tampoco en cuanto al número de asistentes a los mismos. Lo único que seguía preocupando al mink eran las palabras del Custodio hacia Stroud.

Pegando una fuerte inspiración de aire, no tardó en detectar el revelador olfato del tabaco de pipa de Stroud, así que siguiendo su olfato no tardó en localizar al marine en un sector de las gradas bastante desocupado por el momento. Resistiendo la tentación de saltar hacia allí, Kibai se encaminó a pie, echando un ojo hacia las gradas a medida que avanzaba hacia la posición del comandante. De un pequeño salto, superó la última línea de gradas para dejarse caer al lado de Stroud, alargándole uno de los cuencos de dátiles.

— El tabaco le matará, señor. Por cierto, lo poco que he logrado ver de esto, parece que lo escrito en el periódico parecía más una advertencia para nosotros más que una invitación. Visto lo visto, esos Custodios no se tomarán demasiado bien el hecho que decidamos intervenir.

El mink observó a su alrededor. Muchos rostros le resultaban familiares, incluso algunos eran piratas con recompensas bastante notorias.

— Los invitados a los juegos parecen ser criminales en su mayoría. Me encantaría detenerlos a todos, pero aquí estamos en franca inferioridad, y no me gustaría que el Soberano de esta ciudad decidiese que le estamos tratando de arruinar los juegos. No obstante, recomendaría mantener los ojos y oídos bien abiertos.
Cuencos de comida

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cuando el ángel, Navur, según se presentó, le soltó aquel viaje con el bastón al Capitán Enji en mitad de la jeta, Moja ni pestañeó, pero por dentro sintió un alivio tremendo. Ya era hora de que alguien le bajara los humos a ese exhibicionista. El sonido del impacto resonó seco, un plack que a Moja le supo a gloria bendita. El mink pantera se quedó inmóvil, observando de reojo cómo Enji se quejaba y terminaba sentándose de mala gana sobre el caparazón de Juan Sebastián, mientras le tapaba la boca al gyojin para que no soltara más barbaridades. Al menos el golpe sirvió para que se callaran un rato.

Navur se giró entonces hacia Stroud, ignorando por completo el desastre de las otras divisiones, y le habló con un respeto que Moja consideró de lo más justo. El Comandante Stroud era el único que mantenía la compostura de un verdadero oficial allí. Moja escuchó con atención las palabras del custodio. Eso de que "la seguridad de este reino es nuestro trabajo" no era una cortesía; era una línea roja pintada en el suelo. Nos estaban diciendo, con muy buenas palabras, que en Skypiea los galones del mar azul no valían una mierda y que mejor no metiéramos las narices donde no nos llamaban.

Stroud respondió con su rigidez habitual, aclarando que Enji seguía siendo el de mayor rango, por desgracia, y luego le dio un guantazo en la mano a Akira para que espabilara y dejara de hacer el vago. Moja asintió para sus adentros, se acomodó la correa de los odres vacíos que aún llevaba cruzados y siguió los pasos de Stroud hacia el graderío, cruzando por fin la frontera de Shandora.

El camino hacia las gradas fue un dolor de cabeza. Aquello era un hervidero de gente con alas. Lunarians estirados cubiertos de oro y telas finas, skypieanos con ropas hechas de retales y birkanianos mezclados por todas partes. Moja caminaba con la vista fija en la nuca de Stroud, intentando ignorar el olor a comida especidada que subía de los puestos callejeros y que a Kibai pareció volverle loco, porque el muy condenado se desvió a comprar unos dátiles con pimienta o vete a saber qué invento celestial.

Llegaron a una zona de las gradas de madera que estaba bastante despejada, cerca de por donde habían entrado. Stroud se sentó con esa pose suya de estatua y sacó la pipa Saltfin para empezar a prensar el tabaco. Moja se sentó a su lado, a una distancia prudencial, dejando las cajas de provisiones entre sus piernas. Sus grandes botas militares de la Marina se hundieron un poco en la madera vieja del asiento, que crujió levemente bajo su peso robusto.

Kibai llegó al rato dando un brinco y ofreciéndole los dátiles a Stroud mientras soltaba que el tabaco le iba a matar. Moja miró el cuenco de comida con desconfianza, soltó un bufido por la nariz y desvió la mirada hacia abajo, hacia la pista de tierra batida. El contramaestre Moja no tenía ganas de charlas ni de dátiles. Sus ojos amarillos empezaron a escanear a la multitud que llenaba el estadio. Kibai tenía razón en algo: aquello estaba plagado de caras sospechosas, tipos con pintas de piratas y criminales que en el mar azul ya estarían entre rejas en Impel Down.

Moja apretó los puños sobre sus rodillas, sintiendo el tacto áspero de su propio pelaje. La impotencia de estar allí sentado, rodeado de escoria y sin poder actuar bajo la ley de la Marina, le revolvía las tripas. Pero la disciplina que se había forjado a fuego en la academia del East Blue era lo que lo mantenía clavado al asiento. Miró de reojo a Stroud, que ya soltaba las primeras volutas de humo gris, y luego volvió a fijar la vista al frente, con las orejas tiesas y atento a cualquier vibración extraña. Los juegos estaban a punto de empezar, y él no pensaba perder el detalle de lo que ese maldito Zarutsuki tenía preparado para ellos.

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]


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