25-07-2026, 07:17 PM
Año 17
Invierno
Día 85
Invierno
Día 85
El desierto no perdona a nadie, pero a un mink de pelaje oscuro parece que le guarda un rencor personal.
A veinte millas de la costa, donde la brisa del mar ya no era más que un recuerdo inventado, el calor de Arabasta se convertía en una losa física. No era solo que hiciera sol; era que el aire pesaba, abrasaba al respirar y te metía un polvillo rojizo por cada poro de la piel. Para Moja, la caminata por el mar de dunas se había transformado en un ejercicio brutal de resistencia. Llevaba la gorra blanca encajada hasta las cejas, la capa de lino gris bastante mugrienta por el sudor y la arena, y los pantalones azules del uniforme arremangados un par de vueltas para no arrastrar los bajos por la grava hirviente.
¿Qué demonios hacía allí en mitad de la nada? La respuesta era bien sencilla: agua. Bueno, no solo agua, sino la confirmación de una vieja ruta de abastecimiento que figuraba en los mapas oficiales del puesto de la Marina en Nanohana. Las cartas decían que entre las dunas del norte y el curso del río Sandora existía un antiguo depósito subterráneo, una especie de aljibe abandonado que las caravanas de mercaderes usaban hace décadas antes de que las rutas comerciales cambiaran. Con el barco parado y la tripulación ocupada en sus propios asuntos en la costa, a Moja le tocó la tarea de avanzadilla. Inspeccionar, verificar si el pozo seguía teniendo agua dulce no estancada y volver. Una misión simple, rutinaria, de esas que no requerían hablar con nadie ni dar explicaciones a superiores. Justo el tipo de trabajo que a él le gustaba.
El problema era que el mapa mentía. O, mejor dicho, el desierto cambia más rápido que los mapas.
Moja caminaba con el paso rítmico que le habían grabado a fuego en la academia del East Blue. Un-dos, un-dos. Las botas militares, con las suelas ya bastante desgastadas por el roce de la piedra, se hundían un par de centímetros en cada zancada. Sus ojos amarillos, achinados por culpa del reflejo cegador del sol, no dejaban de escanear la línea del horizonte. El paisaje era de una monotonía desquiciante. Una duna amarilla, otra duna amarilla, una formación de rocas calizas que parecía la carcasa de un animal gigante y más duna.
De pronto, sus orejas puntiagudas se movieron bajo la tela de la capa. No fue un sonido muy fuerte. Apenas el silbido del viento rozando las crestas de la arena, pero mezclado con un chasquido seco, metálico. Moja se detuvo en seco. Asentó los pies en la falda de una duna de unos diez metros de alto y apoyó la mano derecha en el costado, muy cerca de la empuñadura del cuchillo de dotación que llevaba al cinturón. Se quedó inmóvil como una estatua durante casi un minuto completo, sintiendo cómo las gotas de sudor le bajaban por la nuca, abriéndose paso por entre el pelaje negro hasta perderse por la espalda.
Nada. Solo el calor temblando en el horizonte, creando esa ilusión pastosa de agua que engaña a los idiotas.
Siguió caminando. Pero ahora sus sentidos estaban alerta de verdad. La experiencia en Zou cuando era un crío, sumada a la brutalidad de los años de servidumbre en el East Blue, le habían dejado un instinto de supervivencia que no se enseñaba en los manuales de la Marina. Sabía cuando el ambiente se ponía raro. Y ese tramo del desierto olía a raro. Olía a hierro caliente, a cuero viejo y al rastro rancio de gente que no se ha lavado en semanas.
Bajó la ladera de la duna y se adentró en una amplia cuenca de piedra seca. Era la cama de un antiguo río que llevaba seco quizás un siglo. Las paredes de roca rojiza a ambos lados ofrecían un par de metros de sombra miserable, y Moja aprovechó para pegarse a la pared izquierda y caminar por la franja oscura. Agradeció el alivio relativo; el termómetro imaginario de su cabeza bajó quizás un par de grados, aunque la piedra irradiaba un calor seco que parecía salir directamente de un horno.
A los quinientos metros, el lecho del río seco hacía una curva pronunciada a la derecha. Y ahí fue donde encontró lo que buscaba... y lo que no buscaba.
El aljibe subterráneo estaba allí. Una estructura de piedra sillar bastante bien conservada, con una cúpula derruida por la que se colaba la luz del sol. Pero no estaba abandonado.
Alrededor del brocal de piedra había instalados tres toldos de arpillera mugrienta, sostenidos por lanzas clavadas en la arena. Y tirados a la sombra de esos toldos había al menos una docena de hombres. No eran soldados de Arabasta. Tampoco parecían piratas de los gordos. Tenían la facha inconfundible de los desertores, de los forajidos de medio pelo que se dedican a asaltar a los viajeros desorientados que se pierden al salir de las rutas oficiales. Iban armados con sables torcidos, algunos mosquetes oxidados que probablemente reventarían al primer disparo y cuchillos de caza.
Pero lo que hizo que a Moja se le apretara la mandíbula no fueron los bandidos. Fue lo que había atado a uno de los postes del cobertizo.
Una familia de nómadas. Un anciano con la túnica rota, una mujer joven que intentaba cubrir a un crío de no más de seis o siete años con sus propios brazos, y un par de camellos demacrados que yacían sobre la arena con las patas atadas. Los bandidos estaban bebiéndose el agua de los pellejos de los nómadas, riéndose a carcajadas mientras jugaban a los dados sobre una manta sucia.
Moja se detuvo justo en la esquina de la pared de roca, a unos quince metros del campamento improvisado. La sombra de la pared lo tapaba casi por completo, pero su enorme envergadura de mink pantera no era precisamente fácil de ocultar si alguien miraba con atención.
No dijo nada. No soltó un "¡Alto en nombre de la Marina!" ni se puso a recitar artículos del código penal militar. Esas tonterías las dejaba para los oficiales teóricos como los que abundaban en los cuarteles del Blue occidental. Moja analizó la escena en dos segundos planos. Doce hombres. Ocho tirados en el suelo descansando, dos jugando a los dados cerca del aljibe, uno vigilando con un mosquete al hombro pero durmiéndose de pie por el calor, y otro, el que parecía el líder, un tipo gordo con un chaleco de cuero sin mangas y un hacha pequeña al cinto, que estaba entretenido cortando tiras de carne seca con un cuchillo bastante limpio.
El mink contuvo la respiración. Podría haber dado media vuelta. Su misión era inspeccionar el pozo, no liarse a tortas con un nido de alimañas en mitad del desierto. Además, la instrucción de la Marina era clara: reportar avistamientos de grupos armados no identificados a la guarnición más cercana.
Pero Moja miró al niño. El crío tenía la cara cubierta de polvo y mugre, y los ojos desorbitados de puro terror, mirando al tipo del hacha. La imagen se le clavó a Moja en el pecho como una bayoneta oxidada. Recordó las cadenas. Recordó las manos sucias del mercader corrupto del East Blue cuando lo arrastraba a él y a sus padres por la bodega de un barco de carga. Recordó los gritos de su madre antes de morir por el agotamiento bajo los latigazos.
El fuego interno, ese que nunca se había apagado desde los cinco años, pegó una chispazada brutal.
Moja no dio ni un paso ruidoso. Se quitó la capa gris con un movimiento fluido de la mano izquierda y la dejó caer sobre la arena seca. Desabrochó el botón del cuello de su camisa blanca de la Marina para tener más movilidad, comprobó que el cinturón azul estuviera bien ajustado y echó a andar directamente hacia el campamento.
El tipo del mosquete fue el primero en darse cuenta. Escuchó el crujido de las botas contra las chinas de la pared y giró la cabeza con torpeza, parpadeando con sorpresa al ver aparecer de la nada a una pantera negra de tres metros vistiendo el uniforme blanco del Gobierno.
-¿Pero qué demonios...?- alcanzó a balbucear el guardia, intentando armar el percutor del mosquete con manos temblorosas.
Moja no esperó a que terminara la frase. Cortó la distancia en un pestañeo. Su velocidad natural de mink se activó con la precisión de un muelle de acero. En un segundo estaba a quince metros y al siguiente estaba a medio metro del guardia. Extendió la mano derecha, le agarró el cañón del mosquete con las garras, lo desvió hacia arriba con un tironazo seco y, con la mano izquierda abierta, le propinó un golpe con la palma directamente en la garganta.
El guardia no pudo ni gritar. Soltó un ahogo ahogado, se le pusieron los ojos en blanco y cayó hacia atrás como un saco de patatas, soltando el arma. Moja agarró el mosquete antes de que tocara el suelo, apoyó la culata en el muslo y le pegó una patada a la parte posterior del arma, partiéndola en dos contra una piedra limpia.
El ruido del chasquido de la madera al romperse hizo que el resto del grupo se pusiera en pie de golpe.
-¡Un marine!- gritó uno de los que jugaban a los dados, sacando un sable mellado de la vaina.
-¡Maten a ese maldito perro!- bramó el líder del chaleco, soltando la carne seca y empuñando el hacha con ambas manos.
Moja ni se inmutó. No pronunció una sola palabra. Sus ojos amarillos, ahora reducidos a dos rendijas de puro odio contenido, pasaron de un objetivo a otro.
Tres de los hombres se lanzaron a la vez. Dos venían por la izquierda con cuchillos largos y uno por el frente con un garrote pesado reforzado con clavos. Moja esperó hasta el último momento. El tipo del garrote lanzó un golpe descendente buscando aplastarle el cráneo. El mink ladeó el torso apenas lo justo para que la madera pasara rozándole la manga blanca, metió el pie derecho por detrás del tobillo del atacante y le metió un codazo seco en pleno pómulo. El hombre salió volando de lado, chocando contra los dos de los cuchillos y derribando a uno de ellos en la caída.
El otro del cuchillo intentó clavarle la hoja en las costillas. Moja bloqueó la muñeca con su antebrazo cubierto por el parche de la gaviota, hizo palanca hacia adentro y escuchó el crujido limpio del hueso de la muñeca al dislocarse. El tipo soltó un alarido de dolor, pero Moja le cerró la boca inmediatamente con un rodillazo al estómago que lo dejó sin aire en los pulmones, doblado sobre la arena como una navaja.
-¡Es un bicho! ¡Es un mink!- chilló otro desde el fondo, intentando apuntar con una pistola de un solo tiro.
Moja no le dio tiempo. Se impulsó contra el suelo, levantando una nube de polvo rojizo, y recorrió los cinco metros que los separaban en una línea recta impecable. Antes de que el tipo pudiera apretar el gatillo, las garras de la mano derecha de Moja se cerraron alrededor del tambor de la pistola, desviando el disparo hacia el suelo. La bala se incrustó en la arena con un impacto sordo. El mink apretó la mano con todas sus fuerzas, usando la potencia física bruta de su raza, y dobló el cañón de hierro de la pistola como si fuera de plastilina antes de soltar un puñetazo frontal que le hundió la nariz al disparador, mandándolo a dormir de golpe.
El campamento se volvió un caos de gritos, maldiciones y polvo que volaba por todas partes. Pero en mitad de ese remolino de violencia torpe, Moja se movía como una máquina perfecta. Sin dudas, sin vacilaciones, sin aspavientos. Cada golpe que daba tenía un propósito táctico: incapacitar, romper, desarmar. La disciplina marcial de la academia del East Blue se combinaba con la rabia salvaje de la pantera, creando un estilo de combate silencioso y devastador.
El líder del chaleco de cuero, viendo cómo la mitad de sus hombres yacían inconscientes o gimiendo en el suelo en menos de dos minutos, se puso furioso. Corrió hacia el mink soltando un rugido de animal herido, levantando el hacha por encima de su cabeza con intención de partir a Moja en dos.
El mink se giró despacio para encararlo. Sus bigotes temblaron levemente. El líder tiró el hachazo con fuerza brutal. Moja no esquivó hacia atrás; dio un paso hacia adelante, adentrándose en la distancia corta del atacante, por debajo de la trayectoria del arma. La hoja del hacha cortó el aire por encima de su gorra blanca, rozando la copa de tela. En ese mismo instante, Moja clavó ambas botas en la tierra, flexionó las rodillas y le metió un golpe doble con las palmas de las manos abiertas en el centro del pecho al tipo del chaleco.
El impacto sonó como una explosión sorda. La masa muscular del mink, concentrada en un golpe seco de percusión, atravesó el chaleco de cuero desgastado. El líder salió despedido hacia atrás como si lo hubiera embestido un toro de lidia, volando tres metros por el aire hasta chocar de espaldas contra la cúpula de piedra del aljibe. El impacto levantó una costra de yeso viejo y el hombre cayó al suelo de bruces, soltando el hacha y quedándose completamente inmóvil.
Los tres bandidos que quedaban en pie se congelaron. Miraron a su jefe tendido en la arena, miraron los cuerpos de sus compañeros esparcidos por el campamento y luego miraron al mink.
Moja no se movió del sitio. Estaba de pie en mitad del recinto, con la camisa blanca manchada de polvo y un par de gotas de sangre ajena en el antebrazo izquierdo. Tenía el pecho levantándose y bajando a un ritmo pausado, controlado. Los ojos amarillos, fríos como la muerte misma, se clavaron en los tres supervivientes. No les dijo nada. No les ordenó que se rindieran. Solo dio un paso lento hacia ellos, haciendo crujir las chinas bajo el talón de su bota militar.
Fue suficiente. Los tres tipos dejaron caer sus armas al suelo con un tintineo metálico desordenado, levantaron las manos temblorosas hacia el cielo y se tiraron de rodillas sobre la arena, sollozando y pidiendo piedad como chiquillos asustados.
Moja los contempló un par de segundos con absoluto desprecio. Luego, sin decir una sola palabra, caminó hacia el cobertizo donde estaba atada la familia de nómadas.
El anciano y la mujer lo miraban con una mezcla de pánico y veneración. El niño, en cambio, tenía los ojos abiertos como platos, fascinado por la mole de pelaje negro y uniforme blanco que acababa de aplastar a sus captores sin sudar casi. Moja se agachó junto al poste. Sacó su cuchillo de dotación de la funda del cinturón y, de tres tajos precisos y limpios, cortó las cuerdas de arpillera que sujetaban las muñecas del viejo, de la mujer y de las patas de los camellos.
El anciano comenzó a balbucear agradecimientos en un dialecto extraño del desierto, llevándose las manos a la cabeza y haciendo reverencias repetidas contra la arena. La mujer se abrazó al crío, llorando en silencio.
Moja guardó el cuchillo en la funda con un chasquido seco. No respondió a las bendiciones del anciano. Se limitó a asentir con la cabeza una sola vez, un gesto breve y severo, y caminó hacia los suministros de los bandidos. Agarró dos odres de cuero llenos de agua limpia que los forajidos habían sacado del aljibe, comprobó que los cierres de madera estuvieran bien ajustados y se los tendió al anciano.
El viejo los cogió con manos temblorosas, mirándolo con asombro. Moja señaló con el índice derecho hacia el sur, en dirección a la ruta principal de caravanas donde la vigilancia de los guardias del rey de Arabasta era más frecuente, y luego hizo un gesto con la mano abierta hacia los camellos, indicándoles que se dieran prisa en marchar.
El anciano entendió el mensaje al vuelo. Ayudó a la mujer y al niño a subir a uno de los animales, desató al otro y comenzó a guiar a la pequeña caravana fuera de la cuenca del río seco, mirando hacia atrás un par de veces para comprobar que la pantera gigante no decidía cambiar de opinión.
Una vez que los nómadas se perdieron de vista tras la cresta de las dunas, Moja se quedó solo en el campamento improvisado.
Miró a los tres bandidos que seguían tirados de rodillas sobre la arena, sin atreverse a mover ni un dedo por miedo a llamar su atención. Moja caminó hacia el rincón donde había dejado su capa gris al empezar el lío. La recogió del suelo, le dio un par de sacudidas fuertes para quitarle la arena rojiza y se la volvió a colocar sobre los hombros, abrochando el enganche metálico del cuello.
Se acercó al brocal del aljibe y se asomó. El agua del fondo estaba limpia, fría y clara, protegida de la luz directa del sol por las paredes de piedra caliza. Sacó su propia cantimplora de la Marina del cinturón, la bajó con la cuerda pequeña que llevaba guardada en el macuto, la llenó hasta arriba y se la volvió a ajustar al costado.
Misión cumplida. El pozo de la ruta norte seguía operativo y utilizable para la Marina.
Caminó hacia los tres supervivientes. Los hombres se encogieron, esperando lo peor. Moja no los tocó. Agarró la cuerda gorda con la que los bandidos habían tenido atados a los nómadas y, con la agilidad y precisión de quien repite un nudo de la academia militar, los ató entre sí por las muñecas, uno detrás de otro, dejando un cabo largo al final.
Enganchó el cabo largo a la montura de uno de los camellos de los bandidos que había quedado suelto por allí cerca, arreó al animal con un toque seco en el anca y comenzó a caminar de vuelta hacia la costa, arrastrando a los tres prisioneros a remolque por el desierto.
El viaje de regreso fue largo, silencioso y asfixiante. El sol ya empezaba a declinar hacia el oeste, tiñendo el cielo de Arabasta con unos tonos violetas y anaranjados que hacían que las dunas parecieran olas de fuego helado. Los tres bandidos protestaban entre dientes, quejándose del cansancio y de la sed, pero cada vez que uno de ellos intentaba frenar el paso o quejarse más de la cuenta, Moja se limitaba a girar la cabeza medio centímetro, clavándole una mirada amarilla tan severa desde el fondo de su capucha gris que el tipo cerraba la boca al instante y apretaba el paso para no quedarse atrás.
No hubo más incidentes. Ni ataques de monstruos del desierto, ni patrullas piratas, ni nada. Solo el crujido constante de las botas de Moja contra la arena y el resoplido monótono del camello a su espalda.
A eso de las seis de la tarde, cuando la sombra del Royal Quiver ya se proyectaba larguísima sobre la arena de la costa, Moja dobló el último recodo de roca caliza. El barco seguía allí, amarrado serenamente en la cala natural, con la madera de la cubierta brillando bajo los últimos rayos del sol gracias al trabajo de calafateado que él mismo había terminado esa misma mañana.
Moja se detuvo a la entrada de la rampa de desembarco. Ató la cuerda de los tres prisioneros al poste de amarre de la orilla, para que la patrulla de la Marina local los recogiera cuando pasaran a hacer la ronda de la noche, y se limpió el polvo del uniforme con tres golpes secos de la mano sobre el parche de la gaviota.
Subió a la cubierta con el paso cansado pero firme. La cantimplora iba llena de agua dulce y fría, la capa oliendo a arena seca y la mente limpia de pensamientos molestos. Se quitó la gorra blanca, dejando que la brisa marina del atardecer le refrescara el pelaje negro de las orejas, y caminó hacia la bodega para guardar sus cosas. No tenía nada que contar a nadie. No había nada que explicar. El pozo estaba bien, los bandidos estaban atados en la orilla y la Marina seguía haciendo su trabajo en mitad del desierto. Eso era todo lo que importaba.
*Pienso* -Hablo- Narro
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