Será mejor que corras más rápido que mis balas [Presente Relativo - T4] [Merlot]
#1
Día 37 de verano
10:10 a.m.
Isla Chika
Zona "Rosa"



***“Cuartos de la gente pobre
con sus chiquillos descalzos.
Cuartos donde no entra el sol,
porque el sol es aristocrático.”

No hay belleza en el paisaje cuando la contaminación reina.

El agua pura es poca, el aire impuro.

Pensar en vivir en la parte superior de la isla Chika es inimaginable para sus habitantes, Yana lo sabe mejor que nadie.

El sol nunca ha llegado tan abajo, no cuando los tragaluces, naturales o artificiales, serían una sentencia de muerte si llegaran a realizarse por el capricho de ver unos cuantos rayos de luminosidad dentro de los laberínticos túneles…húmedos, oscuros. Así ha sido desde que tiene memoria.

¿Por qué la trajeron a este mundo?

Su sonrisa, casi eterna, se desvaneció por un segundo en una mueca que arrastraba hacia abajo la comisura de sus labios mientras agachaba su cabeza y miraba la punta, cubierta de lodo, de sus botas.

¿Acaso sus padres no se dieron cuenta de que este es el peor sitio para crear vida?

Sus pasitos, quedos, se detuvieron en seco cuando sus manos, que sostenían una bandeja de cuello dividida en varias casillas, empezaron a temblar. Tenía que calmarse eso no es bueno para el negocio.

¿Y dónde estaban sus padres ahora de todos modos?

Yana inhaló todo el aire que pudo, ignoró los silbidos libidinosos de un borracho que pasaba al lado de ella y alzó la cabeza antes de que sus ojos pudieran humedecerse por culpa de preguntas cuyas respuestas, en su presente, ya no importaban.

Dejó a un lado esa mueca que gritaba “tristeza” y soltando solo un lado de la bandeja, se dio una palmadita en el rostro antes de ensanchar sus labios de lado a lado, mostrando sus dientes que, aunque blancos, estaban algo chuecos, una característica que no era extraña en una niña de 14 años que ha tenido una pobre salud bucal en lo poco que lleva de vida.

—¡Jugos! ¡Jugos de arándano rojo y manzana verde! ¡Compren, compren! —Con el aire que había tomado antes, empezó a gritar. Con la sonrisa que fingía, se dirigía a sus posibles clientes. —¡Tienen un secreto de la casa! Ya lo saben, el mejor pub de Chika: ¡La Gruta del Coral!

¿Coral?

Mientras avanzaba por las “aceras” estrechas, llenas de puestos de venta ambulante, con productos de dudosa procedencia y con personas de distintas razas acostadas, sobre cartones viejos, a un lado de precarios comercios que parecían estar a punto de venirse abajo, Yana no pudo evitar preguntarse ¿Cómo lucirían los corales?

Ladeó su cabeza y sus hombros, cubiertos con la blanca tela fina de una blusa que desencajaba con el resto de la atmósfera viciada, tocaron la piel cartilaginosa de sus orejas de gyojin…Una de las pocas herencias de su madre, además de las agallas que adornaban cada lado de su pálido cuello.

Mitad gyojin y aún así, nunca había nadado en un río, mucho menos en el mar, la idea, al igual que la visión de la luz del sol, no era más que un anhelo con el que solo podría soñar en las noches tranquilas que, poco a poco, le estaban siendo arrebatadas desde que “él” decidió que debía trabajar con clientes de manera más frecuente.

—¡Compren! El primero es de cortesía, además, si compra media docena, recibirá media hora a mitad de precio en los tratamientos especiales que brindamos las chicas en La Gruta del Coral ¡Yo podría ser su anfitriona! —Volvió a vociferar mientras avanzaba, ganándose miradas cansadas de mujeres más viejas que, desde sus esquinas, solo rodaban los ojos o dejaban escapar el humo del cigarro en dirección hacia Yana, haciendo que este se colara, no solo en su nariz si no también en sus agallas y cuando eso ocurría, su rostro se ponía rojo al intentar contener la tos que la sensación le provocaba. —¡Compren…cof cof!

Se detuvo, su rostro, de por si pálido adquirió un tono mucho más blanco y sus manos volvieron a temblar alrededor de la bandeja de madera que esta vez sostuvo con más fuerza. Sus ojos, azules, como el mar limpio que ella nunca había contemplado, se movieron de un lado a otro en movimientos rápidos, buscando con la mirada a cualquiera de sus chaperonas o a “él” mismo, quien, seguramente, no estaría contento si escuchara ese dejo de imperfección en su voz.

Algunas de las mujeres mayores, demacradas por su estilo de vida y por el ambiente tóxico en el que habitaban, sonrieron de madera disimulada y otras soltaron risas que se dejaron escuchar con más evidencia. Yana buscó tranquilizar el temblor de sus manos al respirar lento repetidas veces y, como había hecho antes, recompuso la sonrisa fingida que debía adornar su rostro. Nadie iba a humillarla.

Miró al frente, con la cabeza bien en alto.

Si su destino estaba en pasar sus días en ese asqueroso prostíbulo, disfrazado de bar, como lo era La Gruta del Coral, lo abrazaría con la frente bien en alto, a fin de cuentas, aunque sus padres la hubieran vendido por un boleto de salida de aquella isla, la vendieron al mejor postor, a fin de cuentas, era la favorita de Randall y se aseguraría de que eso no cambiara ni ahora ni nunca.

Sus pasos, de nuevo, cautos, siguieron su camino por la “acera” que estaba a un lado de un canal de agua verdosa, insalubre tal vez, que recorría el medio de la “Zona Rosa” de Chika. Esta vez decidió colocar en su aniñado rostro una sonrisa más altiva. Funcionó…Eso le trajo algunos clientes a los que, luego de entregarles un cupón de descuento del “bar”, dirigió con señas hasta el único local de esa zona que no parecía estar por caerse: La Gruta del Coral.

Para la hora de la mañana que era, el negocio iba bien, había logrado vender varios de los “jugos” que llevaba en su bandeja, pensó en tomar un descanso, pero antes de ello, miró hacia el final de la calle, un sitio más iluminado que colindaba con zonas más agradables, incluso en esa maraña de túneles, pero en los que no solía vender sus productos tan seguidos. Los buenos clientes no solían estar allá; sin embargo, tuvo una corazonada y rompiendo su rutina, caminó hacia la “luz”. No pudo haber decidido mejor.

Ahí la vio por primera vez.

Debía ser una diosa, pues ni en la tierra ni en el mar podría existir una mujer tan bella y llena de vida.

Yana enmudeció, ya no por aquel halo divino que esa mujer desprendía con su sola presencia, si no por esa aura celeste, tan libre como el viento, que la rodeaba…Sí, desde hace un tiempo había aprendido a ver los “colores” de las personas, estos le hablaban, le contaban las intenciones de la gente y en la mujer frente a ella, no detectó maldad.

¿Cómo tan puro ser estaba en una isla tan desgraciada?

La mente de Yana, así como sus acciones, se detuvieron por un segundo antes de unir cabos: Ella nunca iba a esa zona de la calle a vender y decidió ir porque presintió que le iría bien y… ¿Si era una señal? ¿Si un ser divino escuchó sus oraciones y decidió sacarla de aquel infierno, enviando un ángel a las profundidades? Podría ser.

Como nunca antes, los ojos de Yana brillaron con una esperanza que creía perdida y casi enseguida buscó en donde apoyar su bandeja con jugos en un sitio plano para poder tomar uno de los cupones de descuento del pub y un bolígrafo que siempre llevaba consigo para anotar un mensaje en un papel, antes de acercarse al ángel que había ido a su rescate.

—Señorita —. Yana sonrió, sus dientes algo chuecos salieron a relucir, pero para la vista de cualquier ser humano decente, eso solo sería parte de la ternura que suele proyectar un niño. Sus ojos azules brillaron y su cabello verde, liso y que llegaba por sus hombros, se meció hacia los lados. —¿Puede ayudarme comprando un jugo? Tome, el primero es de cortesía por ser tan bonita —. Mintió, no en lo de bonita, si no en que el primero siempre era de cortesía, aunque la persona frente a ella fuera un esperpento. —Es de arándano rojo y manzana verde… ¡Sí! Combinados, no se arrepentirá, los preparo yo misma, además, tienen una receta de la casa que los hace mejores —. Afrodisíacos y alcohol.

Yana extendió su mano, sujetando bien el jugo al pasárselo, esperando que la chica lo recibiera en sus manos con igual cuidado, pues la etiqueta se notaba medio removida y algo sobresalía de esta de forma poco natural para ser parte de la presentación del producto.



Envase de Jugo
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#2
Narrador / María Merlot



Una idea rondaba su cabeza.
Una idea idealista.
Una utopía.

Sentada en el mascarón con forma de Cara Melo del Flush Royal la mestiza barajaba sus opciones. ¿Qué opciones? Sanear a esa desdichada isla. Limpiarla y volverla habitable, en la superficie, no bajo tierra. ¡Las personas no eran lombrices, topos o cualquier otro animal que tuviera como su hábitat el subsuelo! A María Merlot le gustaba sentir el sol en su piel, el agua abrazarla, la luz de las estrellas guiándola y la luna siempre acompañándola… y justamente eso quería para esos desdichados habitantes de un mundo sin… color o alegría. No entendía como termino siendo un basurero, sanearla le llevaría muchísimo tiempo sin los recursos necesarios… pero ¿Acaso intentarlo estaba prohibido? Claro que no, llevaría al mundo esa historia de marginados, conseguiría inversionistas, lograría un cambio en ese sitio. Su corazón le decía que era lo justo y correcto.

Vistiéndose con un lindo vestido de dos piezas, sus infaltables zapatos sin tacón, un moño alto y su bolso de medio lado con insumos varios, decidió salir a investigar. La información era poder, y el poder era necesario para destruir sistemas, en este caso, uno lleno de basura. Dando dos pasos hacia la puerta, se detuvo, pensando en que quizás debería ir equipada… después de todo, en la oscuridad siempre acechaba el mal… que lo sabría ella muy bien. Así que cambio los zapatos por sus botas reforzadas, se coloco sus siempre bonitos guantes a medida, en su muslo derecho oculto una de sus armas, a la espalda la otra, por suerte su larga cabellera la ocultaba de ojos curiosos.

“Estaré buscando información de Basuropolis. No puedo salvarla si no sé qué le paso. Regreso para la cena. Los quiero mucho.”

Escribió en una de las hojas de su libreta de notas, con su preciosa caligrafía. La arranco y la dejo clavada en la puerta del camarote para que sus nakamas la vieran y no se preocuparan por su ausencia en esas horas. Así fue como comenzó su travesía por aquellos túneles. De cuando en cuando se encontraba a algún habitante, cuyo gentilicio para ella era topeño. Con su bolígrafo iba escribiendo lo que le decían de la isla. Si, estaba entrevistando a las personas, su simpatia y belleza ayudaban mucho a conseguir información: superficie inhabitable, lluvias acidas, aprovechamiento de materiales, milicia local.

Luego de un rato de investigación, y considerando su terrible sentido de la orientación termino acercándose a los linderos de la “vida aceptable” y la “vida despreciable”. Lo cierto, es que ella no se dio cuenta hasta que una voz, muy juvenil la hizo prestar atención.

Señorita

Una niña, muy bonita, de grandes ojos azules como el oceano, como los de Vivi. Y una cabellera tan verde y preciosa como la de su Unnie. Inmediatamente María Merlot esbozo una sonrisa cariñosa, aquella personita le recordaba a dos de sus nakamas, y más aun cuando sus dientes imperfectos la correspondieron. ¡Y miren esas orejitas de pez! ¿Era como ella? ¡Era como ella! Los orbes de la mestiza brillaron sintiéndose identificada con la joven — ¿Grátis? — repitió tomando el envase con cuidado y mirándolo con curiosidad mientras escuchaba la explicación de la niña — ¿Los haces tú? Wow — se sorprendió porque vio que no había uno sino varios de esos brebajes, y para ser alguien tan joven comerciando... la hizo sentir llena de orgullo, después de todo era un negocio propio y si se esforzaba seguro crecería, tal vez cuando tuviera su edad, ya sería una empresaria rica. ¡A María Merlot le gustaba la ambición de esa niña! — Gracias, por supuesto que lo probaré, y te comprare algunos más… tengo 4 amigos que seguro estarán encantados de tomar una fusión de jugos especiales. ¿Cuánto cuestan? — comento metiendo su diestra al bolsillo para sacar algunas monedas y pagar los otros que se llevaría. En una mano el dinero, en la otra el jugo, eso retraso que ella lo abriera y lo bebiera — … tal vez debería llevarme 10 para las comidas… — empezó a sacar cuentas mentales, entonces al levantar la vista más allá de la niña, vio con más detalle la zona… una que le trajo un pequeño destello de desagrado y un escalofrío en su cuello por lo vivido en su pasado. ¿Qué hacia esa pequeña niña ahí? ¿Y sus padres? — … me llamo María pero mis amigos me dicen MM… ¿Cómo te llamas? ¿Dónde están tus padres? Quizás no deberías estar por esta zona… ¿quieres que te acompañe a hacia un lugar… menos… más seguro? — se presento con su encanto natural, luego le pregunto por sus representantes, y por último se ofreció a llevarla hasta dónde estuviera más segura. Lo cierto es que esa área en particular, la ponía un poco nerviosa, y jamás dejaría a una pequeña niña a merced de esa... oscuridad.



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#3
“¿Gratis?”

La esperanzas de Yana quedaron ahogadas con las acciones que secundaron a esa simple pregunta.

Sus grandes ojos azules perdieron parte del brillo que habían recuperado y por un instante, su sonrisa se borró de su boca al ver que, aunque la muchacha frente a ella tomó el frasco que le ofrecía con una delicadeza digna de la realeza, el papelillo que logró insertar a un lado de la etiqueta se resbaló de entre sus dedos y terminó flotando en el aire con una lentitud tortuosa, pero que la semi sirena más adulta no fue capaz de detectar, pues en ese momento, una ráfaga de viento, de esas que de manera repentina azotaban los túneles, terminó por sacar el papel de su vista, aunque no de la vista de la más pequeña quien, en todo momento, siguió de manera disimulada la trayectoria del papel con su mensaje de “ayuda”, hasta que este terminó cayendo en el canal de aguas verdosas. Se había perdido para siempre.

Quiso abrir la boca y advertirle a la muchacha, quiso decirle la razón real de su acercamiento, pero en ese momento las palabras de la pelirrosa empezaron a salir como una metralleta que Yana sintió como una puñalada en su pecho una y otra vez. Perdió la oportunidad de escapar de manera discreta, perdió la oportunidad de que alguien la ayudara sin que ella tuviera que decir nada… ¿Qué haría ahora?

Miró a la chica, pero para cuando sus ojos azules se posaron sobre ella de nuevo, ya había recuperado la sonrisa de antes, aunque sus irises carecieran del brillo con que la había recibido. Tal vez parecía un ángel y su aura se veía como la de uno, pero…se equivocó. Si fuera un ángel, la habría ayudado, habría entendido el mensaje de inmediato. Debió suponerlo, a la gente como ella nadie la va a rescatar. Tenía que ser fuerte…Tenía que aprender a vivir con su destino, a no ilusionarse.

—¿Diez? Eso es muy generoso de su parte señorita —. Como la profesional que era recuperó el habla y el buen porte de manera casi inmediata, pero había algo distinto en ella, una lejanía que no mostró al presentarse. Tragó saliva, ya no quería venderle ningún jugo a la señorita, más que nada porque bien sabía ella lo que contenían y no deseaba hacerle daño a la muchacha con esos brebajes del demonio, capaces de emborrachar a un caballo. —Pero sería muy exagerado de mi parte venderle tantos, no quisiera abusar de su buena fe, sé que el dinero es muy importante para sobrevivir en esta isla ¿Es usted visitante? Es raro ver turistas por estas regiones, aunque siempre hay algunos extremistas del mar limpio —. Indagó un poco más, aunque solo con hacer esa pregunta quiso darse una palmada en la frente. No debió preguntar nada, pues en el fondo, muy en el fondo, sabía que de recibir una respuesta positiva la ilusión de escapar de las garras de Randall volvería a apoderarse de ella y ¡No! Debía aceptar que ella no tendría un rescate de cuento de hadas ni un final feliz.

Yana dejó escapar un suspiro corto, uno que quedaba bastante bien disimulado con la mueca de cansancio de alguien que se la ha pasado trabajando; sin embargo, en medio de eso, se escondía algo peor. La niña, tan perspicaz como ella sola, percibió un aura conocida y le bastó mirar un poco hacia un lado, a una esquina cercana, para darse cuenta de la presencia de una mujer pelirroja que, sentada con las piernas cruzadas sobre un barril, fingía leer el periódico.

Yana tragó saliva y se apresuró a responderle a la hermosa muchacha frente a ella. —¡Ah! Disculpe, no tiene que responder a ello, he sido grosera, no crea que intento averiguar cosas de usted para aprovecharme, yo no soy así —. Movió su cabeza de lado a lado, incluso se había sonrojado un poco por la vergüenza. Supo que debía cambiar de tema de inmediato. —Perdón, creo que no le dije mi nombre, señorita M.M., yo soy Yana y no tiene que preocuparse por mis padres, están cerca, vigilando que no me pase nada mientras vendo…Esta es mi idea, ellos dejan que fluya para que pueda desenvolverme mejor en el mundo —. Fingió orgullo, pues alzó su cabeza con algo de soberbia. —Dicen que es necesario y a mi me gusta y no, tampoco es necesario que me acompañe a mi casa, yo…

Antes de que Yana pudiera terminar de hablar, el sonido de unos tacones resonando por los adoquines hizo eco en el espacio en que Yana intentaba excusarse con Merlot y pronto, la dueña de aquel sonido se dejó ver, llegándole a Merlot desde la espalda y colocando un brazo sobre su hombro con suma confianza.

Olía a perfume barato y un poco de alcohol, pero aquel aroma empalagoso era recompensado por la belleza que la pelirroja exhibía sin reparo: Unas largas piernas cubiertas con botas que llegaban un poco más arriba de sus rodillas, medias aun más largas, un vestido corto lleno de holanes y encajes, un escote que dejaba poco a la imaginación y un sombrero negro, que complementaba sus ropajes de colores similares y que terminaba en una enorme pluma que era imposible de ignorar.

—Wurururururururu —. Mientras se abanicaba con su periódico, rio de forma extraña, pero que en ella se escuchaba agradable. —Veo que Yana ha hecho una nueva amiga. Pido disculpa si la ha incomodado, señorita —. La voz de la pelirroja era en demasía amable, podía ser humana, pero su tono sonaba casi como el canto de una sirena. —Es mi hija, sé que no lo parece porque no ha sacado mis orejas, pero las heredó de su padre —. Mintió con habilidad y con ese mismo tono grácil con el que había llegado. Era imposible no creerle. —¡Oh! Veo que la ha ayudado en su pequeño emprendimiento ¡Bien Yana! Sigue así y tendrás muchos clientes en un futuro —. La pelirroja levantó su pulgar hacia la niña quien, aunque la miraba con una sonrisa, apretaba con fuerza los bordes de la bandeja de madera en la que llevaba los jugos.

—Gracias por eso, señorita, aunque…por favor, permítame invitarla a comer algo por ayudar a mi hija…Le he dicho que no me gusta que parezca una niña a la que obligan a trabajar, pero tampoco quiero cortar sus alas ¿Me entiende? —En ese momento, la mujer se soltó de Merlot y se colocó a un lado de la niña, acarició su cabeza con ternura y le sonrió a la semi sirena adulta. —Ahora, por favor, acompáñeme…prometo que no será molestia, trabajo en un restaurante cercano, pero ya ve el uniforme, imaginará que tipo de clientes atraigo —. Suspiró intentando generar lástima. —No es malo tener más presencia femenina en el lugar, así que, por favor…insisto…además, es casi medio día, bueno…eso dicen los relojes, es difícil decirlo sin luz del sol, wurururu —. Volvió a reír mientras se acercaba a Merlot para tomarla del brazo, como si fuera su amiga de toda la vida y, con su otra mano, seguía abanicándose con el periódico. —¡Vamos, vamos! Soy mesera y estoy en mi tiempo de descanso, pero el chef seguro nos prepara comida a ambas…la primera va por mi parte, ya sabe, por ayudar a Yana… ¡Oh! No me he presentado, mi nombre es Olena.

La mujer no esperó más y se puso en marcha, en cambio, Yana, se quedó paralizada por un momento antes de empezar a caminar. Sus manos habían vuelto a temblar.



El camino hacia el restaurante en el que trabajaba Olena no fue el más tranquilo, pues más de un hombre e incluso, algunas mujeres, se detenían para admirar la belleza de las tres que caminaban como reinas por ese lugar, claro, algunos no se quedaban en observar, preferían gritar cosas repugnantes, Olena y Yana los ignoraban; sin embargo, lo que no podían ignorar eran los intentos de toques, los que Olena detenía con el abanico negro que llevaba en la misma mano en la que sostenía el periódico del 29 de verano, pero, al final, el esfuerzo rindió frutos.

Al final de la calle un edificio distinto a los demás, más lujoso, con forma de una cueva decorada con corales blancos y brillantes a su alrededor, recibió a las dos mujeres y a la niña. Yana quiso quedarse fuera, pero una mirada de Olena bastó para que la niña prefiera entrar con ellas.

En el interior las cosas no eran distintas a la estructura exterior, había lujo, demasiado lujo para un restaurante en una calle que lucía tan desatendida y mucho más para el tipo de clientes que parecían estar ahí a esas horas, aunque lo que más llamaba la atención era la barra al final de la pared, que era rodeada por dos escaleras en forma de caracol que llevaban a un segundo piso cuyos vidrios rojizos impedían ver las actividades realizadas del otro lado, pero…por algún motivo, el primer piso no se veía sospechoso, era solo un restaurante bar, con mesas circulares, manteles de telas finas, cubiertos de plata y comensales que desentonaban con ese ambiente.

—¡Olena! —La saludó alguien detrás de la barra cuando la mujer apareció, era un hombre, mitad humano, mitad gyojin, joven, pero sin nada en especial, pero que aun así hizo que la pelirroja se relamiera los labios, aunque él, en cambio, no evitó desviar la vista hacia la pelirrosa que estaba a su lado… ¿Dónde? ¿Dónde la había visto antes? —Veo que vienes bien acompañada… ¡Bienvenida a la Gruta del Coral, señorita! —Disimuló, mientras buscaba en su mente en donde había visto su rostro —¿Van a beber algo?

—No ahora, Francis —. Olena se acercó al mostrador, jugando con un mechón de su cabello, pero asegurándose de quedar de espaldas a Merlot para que esta no pudiera ni ver el movimiento de su boca ni escuchar lo que le susurraría al chico. —Mira el cartel de recompensa…es ella...la que él mencionó la otra vez ¿Me entiendes? —Abrió el periódico justo en la página en donde estaba el rostro de Merlot, su “nuevo” nombre y su recompensa. —¡Vamos a comer! No podemos beber sin el estómago vacío, así que por favor sírvele bien a esta chica, lo que ella desee, por favor y también algo a Yana, fue gracias a mi hermosa hija que tenemos a tan linda invitada —. La voz de Olena se volvió a oír en alto mientras que retiraba el periódico del mostrador y se apartaba del chico mestizo quien alzó una ceja ante la mención de la palabra “hija” de parte de la pelirroja, pero se adaptó rápido a la mentira, así que asintió y le sonrió a la divina pelirrosa.

—Por favor, linda, no seas tímida y pídele a Francis lo que desees, yo subiré a buscar algo en mi casillero y luego bajaré enseguida ¡Ah! Pero antes…

Tomó uno de los frascos de jugo que ahora Yana había colocado en una silla alta que estaba frente a la barra. La niña seguía sin pronunciar palabra…sentía que había condenado a MM, así que ni siquiera fue capaz de reaccionar cuando la “dulce” Olena tomó uno de los frascos y sirvió el “jugo” en una copa de cristal que Francis le ofreció.

—Toma, por favor…no puedes probar bocado sin haber degustado la maravilla que prepara mi Yana —. La mujer dejó la copa frente a Merlot y sin más que decir, subió por las escaleras que estaban a un lado de la barra, justo hacia donde estaban “los vidrios rojos”.




Envase de Jugo
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#4
Narrador / María Merlot



¿Diez? Eso es muy generoso de su parte señorita.

¿Lo era? La mestiza pensaba que no, porque lo sería si comprará todos. ¿Debía comprarle todo a la pequeña niña? Se lo estaba pensando, así seguro lograría llegar a su meta diaria e iría a jugar o a pensar más formas de hacer dinero, le gustaba eso... de que fuera una comerciante ambiciosa desde tan joven. ¿Serían rasgos de las semisirenas? Sonrió para si misma, al atribuirse una habilidad por el mero hecho de compartir ADN y un lejano ancestro. María no solía juzgar a las personas, solo a aquellas que le recordaban “algo” que asociaba con individuos malos, y la vendedora parecía, sin dudas, una mini versión de ella.

¿Es usted visitante?

La conversación fluyo. ¿Sería una nueva amiga? ¡Esperaba que sí! María la escuchó con atención riendo cuando se golpeo la cara con la palma de la mano. ¡Qué monada! Le recordó por un momento a la tierna Vanessa de Skypiea. Quiso revolverle el cabello con la mano para calmarla, o más bien, para indicarle que no había nada de malo en su curiosidad. No pudo, las tenia ocupada. La pelirrosada era curiosa por naturaleza, muy cotilla la verdad, por eso ansiaba poder acceder al conocimiento del mundo, en su cabeza el conocimiento era poder, y ella necesitaba mucho poder para proteger a sus nakamas.

— Si, lo soy. Estoy con mis nakamas de paso. Nos sorprendió mucho este lugar. ¿Sabes por qué esta tan sucio? Antes intenté convencer al MACHO y a la Quesadilla de unirse a mi Organización Sin Fines de Lucro para sanear este lugar. Aun no tiene nombre, esta en fase beta. Justo estoy recabando información para lograr idear la mejor manera de limpiar este lugar. ¿Alguien debe comenzar, no? — se inclinó hacia ella y le susurró como si le contará un importante secreto mientras la emoción se reflejaba en sus orbes ámbar. Buscaba que aquel suspiro, uno raro si le preguntan, de la niña fuera reemplazado por un objetivo mas altruista. Y una comerciante tan joven, sería una buena adquisición para la ONG Sin Nombre.

yo soy Yana y no tiene que preocuparse por mis padres…

— ¡Que nombre tan bonito, Yana! — le respondió con alegría colocando las monedas sobre su bandejita, esa cantidad valía más que diez botellas de jugo. Ahora si, con la mano libre, procedió a quitar la tapa del frasquito sin dejar de escuchar a la niña. ¡Quería muchísimo probar su mercancía! Se llevó la botellita a la boca pero se detuvo cando la escuchó hablar de que sus padres la apoyaban, eso hizo a María recordar un lejano pasado. Su padre, un enorme cangrejo rojo tan feo como de grande era su corazón. ¿Él la hubiera apoyado en un emprendimiento como los padres de Yana hacían con ella? ¡Claro que si! Una sonrisa nostálgica se apoderó de sus labios mientras su mirada se perdía en el agua verde que fluía más allá de ellas. Sujetando ahora el frasco con ambas manos pensó en un negocio de tartas de manzanas, no sabia hacer tartas pero le gustaban las manzanas y tenían un buen proveedor de estas en aquella isla idílica “… seguro si no lograba vender ninguna tu me comprarías todos ¿verdad? Tal vez fingiendo ser otra persona con un raro bigote para pasar desapercibido o un sombrero de mimbre” se dijo internamente, aquel gyojin que la cuido por pocos meses le demostró el significado del amor verdadero, un amor que dio la vida para salvarla… justo como después el médico rosado dio todos sus esfuerzos para mantenerla en este plano. Los amaba, tanto, a ambos.

Tan ensimismada estaba, que cuando sintió una mano en su hombro se exalto dando un brinquito y aflojando el agarre del envase que termino por deslizarse de sus manos y romperse contra el suelo con un sonoro “CLAN” superpuesto con una risa extravagante “Wurururururururu” — ¡No! — musito María primero volteando a ver a quién la había asustado por la espalda, una preciosa mujer de cabellos rojos a la que no presto mucha atención, luego miro el frasco en el piso y posteriormente a la niña con muchísima culpa — Lo siento, lo siento… me he asustado, y lo he soltado. ¡Qué tonta he sido! Voy a comprarte todos por mi error. De verdad quiero probar tus jugos, Yana, seguro son deliciosos — se disculpó inclinándose para intentar recoger algo pero era inútil... el liquido se esparció y los trozos de vidrio más bien le harían daño.

Al mismo tiempo la dama pelirroja hablaba de fondo, atrayendo a María a escucharla. La mestiza mordió su labio inferior, la mujer era la madre de Yana. Lo que la tranquilizo un poco, no estaba sola en ese sitio tan… “desagradable”, aunque le hacia sentir un deja vu su atuendo, sus gestos seductores, esa voz amable y la belleza por encima del promedio — … me alivia mucho saber que la pequeña Yana esta a buen resguardo de la vista de sus seres queridos, por un momento pensé que se había extraviado vendiendo sus jugos. Disculpa por dudar de ti como madre, debí imaginar que un padre nunca quitaría un ojo de sus retoños. Mi padre no lo hacía conmigo, aunque parecía que no me estaba vigilando si lo estaba y siempre aparecía para evitar que me cayera, cortará o hiciera alguna tontería en el fragor de mi valentia... — bromeo sonriéndole a la madre de su nueva amiguita — … mi padre siempre hacia la misma aclaratoria, no me parezco en nada a él. Él era un Cangrejo, imagino que mi madre tuvo la sangre más fuerte — comentó como si fuera verdad, y en su corazón lo era, el cangrejo muerto era su padre y punto — Encantada Ole, soy María Merlot pero puedes decirme MM. ¿Comida? Bueno, necesito comer, Algodón de Azúcar dijo que debo ganar peso así que acepto, y les voy contando sobre mi ONG para sanear este lugar. ¿Te interesaría unirte también? ¿Puede unirse Yana? — le pregunto siguiéndola como si fuera su amiga de toda la vida, y lo cierto es que María no solía desconfiar de las personas ni juzgarlas por cosas vanales como su apariencia, su vestimenta o el lugar de dónde provenían. Además, los pelirrojos hasta ahora nunca le habían hecho daño —  Ole, ese periódico… ¿de cuando es? ¿Podría leerlo? — su vena cotilla informativa necesitaba saber si ya tenia esa edición, sino debía buscar la suya.

El recorrido estuvo lleno de miradas, miradas que María Merlot ignoró porque estaba muy acostumbrada a ser el centro de atención. Aunque sería egocéntrico decir que solo era por ella, porque la pelirroja y la peliverde eran hermosas. ¿Por qué intentaron tocarla? Eso si que no le gusto, estuvo a punto de golpear más de una mano pero el abanico de Olena fue más rápido.  Minutos después llegaron a un sitio diferente, los ojos comerciantes de María apreciaron el cambio económico, parece que alguien de esta calle si invertía en su negocio. Por un breve instante, al recorrer con la vista el sitio exterior… un escalofrió nació de la parte de atrás de su cuello y exploto en su cuerpo, tan rápido como vino se fue… ¿Qué había sido? Nada, tonterías suyas.

Veo que vienes bien acompañada… ¡Bienvenida a la Gruta del Coral, señorita!

María miro al joven — Gracias, Señor Francis. Bonito lugar tienen aquí —  respondió con su habitual sonrisa encantadora halagando el sitio en el proceso. Uso el nombre del muchacho porque lo escucho. Olena se inclinó contra barra, seguro anuciandola para un trato "especial" mientras la mestiza aprovechaba para dar una vuelta sobre su propio eje admirando el lugar — … me gusta que a pesar de la ubicación han logrado crear un ambiente agradable aquí. Su dueño debe ser una persona muy visionaria. ¿Crees que quiera ayudarme a limpiar la isla, Yana? — pregunto a la niña, su voz sonaba llena de vida y entusiasmo.

La invitación para comer.
María se sentó en la barra.
Una copa con el tan deseado jugo de Yana.

— ¿Linda? Linda son ustedes por su hospitalidad. Claro, te esperamos Ole — le respondió a la mujer para lugar posar su mirada en la pequeña, parecía un poco tensa — … ven Yana, siéntate a mi lado. ¿Qué deberíamos comer? ¿Qué te gusta comer a ti? Trae otra copa, Señorito Francis, quiero brindar con mi nueva amiga — le pidió con una sonrisa al mestizo detrás de la barra mientras señalaba el taburete a su lado para que Yana le hiciera compañía — … ¿Sabes, Yany? ¿Puedo decirte Yany, verdad? — tomó la copa por el filamento levantándola para ver el colorido brebaje — … soy comerciante también, me gusta mucho vender y comprar de casi todo un poco pero últimamente estoy muy obsesionada con la artesanía. ¿Mira? —  llevó sus labios al borde de la copa mientras hablaba pero se detuvo para mostrarle sus diseños —  … este anillo fue mi primera fabricación, le tengo especial cariño porque además lo comparto con mi esposo de mentiras. Es un recordatorio de que ambos compartimos un pasado en común que nos cambió para siempre… es un perfecto hombre pelirrojo —  bajo la mirada recordando el foso, luego señalo la pulsera azul celeste de siete nudos — … esta la hice para mis nakamas, son seis en total, cada una de un color distinto, la mía, por supuesto es celeste. Hice una diferente, una que regale a alguien… que significa mucho para mi... —  esta vez la mirada se desvió a la derecha, y un leve sonrojo apareció en sus pómulos, por un momento el sonrojo la hizo ver aún más preciosa, tan radiante como una estrella —  … él, bueno… —  se acercó a la niña para susurrarle algo —  … me gusta mucho pero no le digas a nadie — llevó el dedo índice a sus propios labios para sellar su leve secreto, pensar en Beltegeuse hizo latir su corazón, de una manera impropia de este — … entonces, cual es la especialidad de la casa, Señor Francis — su voz volvió a sonar normal: viva, colorida, agradable y tan embriagadora como la estampa de belleza irreal que siempre irradiaba la fémina.



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#5
Conversaciones, chismes, periódicos.

Poco pudo sacar Merlot en su camino hacia La Gruta del Coral.

Olena era hablantina, sí, pero sus palabras divagaban entre asuntos  tan banales como el clima hasta los diferentes tipos de maquillaje que se había probado para encontrar la combinación que más le favoreciera a su rostro; sin embargo, nada de eso respondía a las dudas de la sirena sobre la basura de la isla, la creación de una ONG o el tipo de crianza que Olena le brindaba a Yana, pues, a final de cuentas, la pelirroja era bastante hábil para desviar las conversaciones que podían significar un problema para su persona.

Por supuesto, el periódico tampoco fue un tema de discusión, ya que la pelirroja no lo soltó ni un momento, además, en lugar de usar su abanico negro para que cumpliera la función para la que fue creado, prefirió usar el diario para abanicarse durante todo el camino, incluso cuando Merlot le preguntó directamente por aquellas arrugadas hojas de papel, pues la chica habría mirado hacia otros lado con la excusa de que alguien había intentado tocarla, a pesar de que el hombre que había pasado a su lado en ese momento, aunque las miró, no intentó nada más.

Menos mal, para Olena, que todo pareció ser olvidado en cuanto pusieron un pie en el interior de aquel restaurante que desentonaba en un ambiente tan pobre como el de aquella mugrienta calle, pues notó cierta alegría en el rostro de la muchacha de cabellos rosas que la hizo sonreír…aunque no fue el caso de Yana.

Silencio.

Desde el momento en que Olena apareció hasta que llegaron al bar, Yana permaneció en un silencio que solo era roto por su propia respiración o por el sonido de las suelas de sus botas arrastrándose por las maderas lujosas del restaurante, pero ahora que el bullicio de las voces de los comensales, el tintinar de las copas y los cubiertos y la voz cantarina de MM, incluso su respiración pasaba a segundo plano, aunque, eso sí, aun podía “escuchar” como su corazón martillaba en su cerebro como un tambor de guerra que amenaza con un ataque inminente.

“… ven Yana, siéntate a mi lado. ¿Qué deberíamos comer? ¿Qué te gusta comer a ti? Trae otra copa, Señorito Francis, quiero brindar con mi nueva amiga.”

Su nombre pronunciado por esa voz fue lo único que la pudo sacar de su trance.

Yana parpadeó, aún con su vista al frente, lo que la hizo ser consciente de lo metida que estaba en la boca del lobo. Sus ojos, que primero observaron el manchón borroso que era Francis, en ese momento, para ella, poco a poco fueron aclarándose cuando escuchó el sonido de una copa de cristal que chocaba contra la superficie de ébano de la barra en el momento exacto en que aquel artefacto fue colocado frente a ella. Estaba lleno de un jugo más rojizo que verde; se veía distinto al que Merlot tenía en su copa.

—Señorita —. La palabra salió de su boca como un suspiro bajo que se perdió en el ruido del ambiente y fue arrastrado por el viento, así como el papel en donde pedía ayuda. ¡Era inútil! Merlot no la escucharía, nadie lo haría y ahora…ahora había metido a esa chica también en un problema…No sabía en cuál exactamente, pero así lo sentía desde que Olena apareció en su camino. Habría querido advertirle que no se fiara, pero su voz pendía de un hilo y, además, ¡MERLOT HABLABA MUCHO! No podía seguirle la conversación por más que lo intentara.

Comercio, artesanías, pelirrojos… ¿Cómo confiaba en los pelirrojos? Esos eran seres sin alma… ¡No! Se estaba distrayendo, ella la estaba distrayendo. Debía concentrarse, debía ser fuerte, debía darle una señal a Merlot sin que Francis lo notara y…

De repente, cuando reunió el valor para alzar su mirada, se encontró con una bonita pulsera casi frente a su cara.

Escuchó la palabra “nakama” y algo dentro de ella se removió. En su corazón sintió calidez, en sus ojos sintió ardor… ¿Qué se sentiría poder confiar en alguien de ese modo para llamarlo “nakama”? Y más aún, para fabricar algo de cero para cada persona distinta…Seis…Seis era mucho, además, uno de ellos era alguien que ¿Le gustaba? ¿Eso significaba que se había ganado su corazón? Eso sonaba bonito. ¿Cómo sería esa persona? ¿Cómo ella podía confiar en él? Se quedó viendo la pulsera un rato más y al final concluyó que si ella tuviera que fabricar una pulsera para alguien de confianza…no podría hacerse una ni a sí misma.

Sus ojos se aguaron y estuvo a punto de tomar el brazo de la chica cuando esta se volteó de manera repentina para hablar con Francis. Su mano quedó en el aire, algo que el bartender pareció notar, pues la miró extrañado, incluso alzó una ceja, como si en silencio quisiera preguntarle “¿Estas bien?” Pero no lo hizo, tal vez porque la pregunta de su invitada estaba primero.

—La especialidad de la casa depende del cliente, señorita, pero para una tan valiosa como usted, podría ofrecerle unas ostras gratinadas con champagne, para empezar y luego quizá un risotto de…

“Puru puru puru puru…”

“Puru puru puru puru…”

“Puru puru puru puru…”

—¡Ah! Mil disculpas, deme un minuto, señorita —. Antes de poder finalizar el menú, el sonido del caracol que estaba en una mesita tras la barra se robó la atención del mestizo, quien se giró sobre su eje para quedar de espalda a Yana y a Merlot. Respondió la llamada y del otro lado solo se escuchó una voz femenina dándole una orden que ninguna de las dos chicas de la barra podría haber escuchado; sin embargo, a lo que si tuvieron “acceso” fue a la contestación del muchacho.

—¿Eh? ¿Al cuarto rojo? Pero… —Pausó su habladuría, volvió a escucharse el murmullo femenino del otro lado y entonces el chico del bar soltó un suspiro y miró con pesadez al caracolito. —Está bien, las llevaré… ¿Por qué me haces subir esas escaleras? Quiero evitar la fatiga —. El chico colgó y recompuso su expresión en una más alegre antes de girarse y quedar, nuevamente, de frente a la niña y a la mujer.

—¡Señorita! Olena me ha dicho que comerán en el salón V.I.P, lo llaman “El Cuarto Rojo” —. Yana, quien ya había escuchado el nombre durante la llamada, palideció en cuanto entendió lo que el mestizo quería decir, pero su garganta se cerró antes de que pudiera quejarse. —Comer en ese sitio es toda una experiencia para los sentidos ¡Jeje! Creo que Olena está entusiasmada de que haya más chicas en este lugar ¿Sabe? —El chico caminó hasta salir de la barra y quedar frente a Merlot, para luego extender su mano y ayudar a la chica a bajar de su silla. —Tu también puedes venir Yana…Olena dice que no sería buena idea que te quedes aquí sola.

Con eso dicho, el muchacho silbó para que alguien más viniera a atender la barra y luego caminó hacia la escalera del lado derecho de la barra. Empezó a subir por el lugar, esperando a que tanto Yana como Merlot lo estuvieran siguiendo, de hecho, cada tanto miraba hacia atrás para comprobar la presencia de las chicas, hasta que, finalmente, los tres estuvieron frente a una puerta de vidrio rojizo, la cual Francis abrió utilizando una tarjeta blanca que luego metió en su bolsillo.

—Por aquí, por favor.

El espacio dentro de la zona “V.I.P” no era una sala de discoteca o un restaurante con varias mesas, era más bien un lobby, de 10 x 10 metros, en el que había una mesa con bebidas, agua, además de dos sillas con recubrimiento aterciopelado en cada lado y una mesita en medio de esta.

—Pueden sentarse mientras llega Olena, pero yo me despido, de aquí en adelante otro de mis compañeros las atenderá…Yana debe suponerlo, conoce los protocolos del restaurante, además, debo volver a la barra —. Suspiró con el pesar de alguien quien habría querido pasar más tiempo junto a la linda mestiza. —¡Ah, pero antes! Lo olvidaba, soy un grosero…

El chico se giró y buscó una botella de vidrio en el estante en donde estaban las bebidas. —Agua, agua…solo quiero agua… ¡Aquí está! —Apenas tuvo la botella en sus manos, las sirvió en dos vasos de vidrio transparentes.
Contenido Oculto

—Es agua…aquí no puedo servir bebidas y aún les debo la especialidad de la casa —. Le entregó un vaso a Yana y otro a Merlot. En la bebida no había nada extraño, era agua común y corriente, tampoco se veía nada raro en ella, además, el chico, tan servicial como era, solo quería quedar bien con una chica linda…Yana lo notó, así que apenas recibió su vaso de agua lo bebió hasta el fondo, la niña estaba nerviosa por el sitio en que las habían citado. —¡Wow! Mejor te dejo la botella, Yana…solo por si quieres más agua —. Con una leve reverencia, el chico dejó la botella de vidrio sobre la mesa en medio de ambas sillas y se retiró del lugar, no sin antes cerrar la puerta del “Cuarto Rojo”, el cual se llamaba así, no solo por el vidrio rojo desde el que se podía ver hacia abajo, sino porque las luces del lugar eran también rojas.

—Necesito más agua —. Comentó Yana mientras se sentaba y se servía más agua en su vaso. —Es un día caluroso —. Mintió y se maldijo a si misma, pues cuando por fin era capaz de decir algo, decidió mentir…Sí, definitivamente, ella era una persona poco confiable.

Yana se acomodó mejor en su silla y se quedó mirando hacia el fondo del lobby, en el cual había un largo pasillo que debía recorrer al menos unos 40 metros hacia el fondo y que medía, de ancho, unos 4 metros. En cada lado había 4 puertas. La más cercana estaba a cinco metros del inicio del pasillo y las que seguían se separaban entre ellas por 10 metros, a excepción de la última que, al igual que la primera, estaba separada del final de la pared por unos 5 metros, además, al fondo se veía una puerta distinta al resto, que medía al menos 2 metros de ancho y estaba justo en medio de la pared, dejando de cada lado 1 metro de pared sobrante. Parecía más un hotel que un restaurante.

Fue de esa última puerta que Olena salió.

Con paso calmo, jugando con un mechón de su cabello y con una sonrisa angelical en su rostro, la pelirroja caminó hacia Merlot y Yana y cuando estuvo frente a ellas, quedó parada justo frente a un espejo de cuerpo completo que estaba en el lado izquierdo de la pared.

—¡Linda! Viniste… ¡Ven conmigo! —Tomó a Merlot de la mano para incitarla a caminar con ella hasta el final de la habitación. —Convencí al jefe de cocineros que nos dejara comer acá arriba, es un restaurante, que no te engañen las luces…Es que ¿Sabes? No me gusta hablar mal de nadie, pero a cierta hora los clientes del restaurante se ponen algo pesados y no nos dejan comer en paz a las chicas, así que preferí que mejor pudiéramos tener algo de privacidad, así podemos tener charla de chicas ¿No sería genial? ¡Ah! La mayoría de mis compañeras son muy mayores o muy jóvenes para eso —. Habló con dramatismo mientras empezaba a jalar a Merlot hasta llevarla al inicio del pasillo; sin embargo, algo o, mejor dicho, alguien, la detuvo.

—¡Espera! —Yana se había puesto de pie y en un acto de valentía, tomó la otra mano libre de Merlot. —No quiero…no vayas a ese restaurante, comamos abajo…es mejor...me gusta más la comida de Francis que del otro chef…

—¿Qué dices? Francis es genial, pero nuestro jefe de cocineros es aún mejor —. Olena le sonrió a la niña, pero su mirada no fue tan dulce como antes; sin embargo, al mirar a Merlot, si que había un dejo de dulzura en su expresión. —Lo siento, Yana ve a Francis como un hermano mayor, pero ya tendremos tiempo de hablar con él cuando el restaurante esté más vacío, por ahora, valoro más la privacidad…no quiero tanto…acoso...Lo siento...no debería hablar de eso —. Olena bajó la mirada, como si se avergonzara de sus palabras, mostrando una incomodidad clara ante el ambiente lleno de testosterona que había en aquel restaurante a esas horas, según ella.

¡Ah! Decisiones.

¿Qué haría Merlot?

¿Iría con Olena a su conversación privada o preferiría el ambiente común y corriente que le proponía Yana?



Envase de jugo
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#6
Narrador / María Merlot



¿Se la estaba pasando bien?
Si, aunque al principio…
Esa zona de Basuropolis…
Le causará Deja Vu…

María Merlot no era una persona ajena a los sentimientos e incomodidades de otros, más bien todo lo contrario. Se preocupaba genuinamente porque todos a sus alrededor estuvieran bien, su corazón, tan grande como el océano, solo deseaba el bienestar de quienes se cruzaban en su camino: adoptó a setenta niños, ayudó a los dos viejos locos del Blue, perdonó al gigantes YO por hacerle daño a sin querer a la lagartija, y así muchas cosas más. Por eso, aunque el ambiente y los adultos la estuvieran distrayendo, no podía evitar dejar de sentir cierto cambió en la actitud de la niña. Una jovencita que le recordaba tanto a ella, que si su padre estuviera vivo seguro diría: “Es igualita a ti cuando eras pequeña, Piraña”. Pensar en el cangrejo la hizo sonreír, y antes de agregar algo más el barman le respondió.

La especialidad de la casa depende del cliente…

Una llamada lo interrumpió, ella miro su copa. No tomaría hasta que su pequeña amiga lo hiciera. El sujeto regreso su atención a la barra. Comentando varias cosas. ¿Salón V.I.P.? No lo esperaba, la verdad, ahí abajo le gustaba aunque siempre conseguía cosas así gratis. ¡Que fuera rojo! La hizo pensar en su padre, en las manzanas, en el perfecto marine — Me gusta mucho el rojo pero mi color favorito es el rosado como mi cabello. El de Algodón de Azúcar y Vivi también son de este color y el de mi Unnie lo fue pero se lo rapó… hace unos meses, quedo sin un pelo en su cabeza… ahora ya tiene, es verde oscuro, casi negro… como el de Yany — sonrió recordando el tiempo vivido con sus queridos nakamas, desde que se lo tiño a la Valkiria Besada por El Sol hasta que volvió a hacer lo mismo a la violinista y navegante del Flush Royal — Vamos, Yany. Se me esta abriendo el apetito. ¿Qué te gustaría comer a ti? Te recomiendo no comer frutas con formas extrañas, están malditas y luego necesitaras de un primo mono gyojin para hacerte el exorcismo — la mestiza iba hablando mientras seguía al buen hombre.

Al llegar a la sala V.I.P. la pelirrosada fisgoneo la misma, nada relevante la verdad, es más le gustaba más abajo, se sentía más… social; aquí en cambio, parecía ser intimo… para una cita clandestina con un marine de ojos cerúleos, tal vez. Mientras ella pensaba en la estrella inalcanzable, el barman ofreció agua y Yena la bebió como si muriera de sed — … estoy bien, gracias — dijo para dejarle todo el liquido a la niña, quien parecía realmente deshidratada. Claro, no le sorprendía, siendo una mestiza como ella y no poder nadar en esas toxicas aguas era… a lo mucho, frustrante, tal vez por eso añoraba tanto el agua que se la bebía sin respirar.

Es un día caluroso

María inclinó la cabeza algunos grados a la derecha. No sentía particularmente calor. ¿Por qué dijo eso? Antes de analizarlo más a profundidad, u ocurrírsele activar su haki para conocer las sensaciones de la niña, llego Olena. Saliendo de una de las puertas. La mujer le comentó que el mismísimo jefe de cocina les iba a preparar la comida… ¿sería buen momento para indicarles que era vegana? Supuso que cuando le dieran el menú ella escogería la opción sin “cadáveres”. Así que no lo informó. Cuando la pelirroja comentó que no tenia amigas, fue directo al corazón de María. ¡Le gustaban las charlas de chicas! Las tenia con su Unnie, y ahora también con Miyori — Si, suena genial entiendo a lo que te refieres… adoro a mis amigos hombres pero hay cosas que ellos jamás entenderían, que nos pasan a nosotras las mujeres o la diferencia entre morado, violeta o purpura… ellos piensan que es lo mismo — empezó a comentar negando con la cabeza como si hubiera intentando explicarle alguna vez la diferencia de cada color a un hombre y hubiera fallado estrepitosamente. Sus pasos la llevaron por el pasillo.

¡Espera!

La voz de Yena la hizo detenerse y girar para buscarla con la vista. Ahí estaba de nuevo, la sensación de que la niña estaba… ¿incomoda?  La intervención de Olena le resto importancia a las palabras de la muchacha peliverde. Eso no le gustó a María, odiaba que la personas hicieran de menos a otros, eso incluía sus sentimientos. Tal vez la chica solo quería comer tranquila con su nueva amiga, o sea, ella. ¿Estaba celosa por qué se enfoco en su madre? ¡Como fue tan tonta! Quien quería ser su amiga primero, fue Yena, con ella debía estar  — Francis parece una gran persona... entiendo perfectamente a Yany por quererlo tanto... — comentó María alejándose de Olena para acercarse a Yena, se puso a su altura  — … entonces, probemos la comida de Francis. Confió en el buen paladar de mi nakamita — le sonrió con alegría a la niña alborotando su cabello con la diestra al tiempo que se levantaba y la empujaba con suavidad a la salida  — … gracias por todo esto pero también me gustaba más abajo. Y sobre el chef, ese favor, no lo uses en mí, no lo merezco. Seguro te sirve para más adelante para granjearte amigos importantes. Soy más bien una simple nómada musical con mis amigos — explicó siendo ahora ella quien con sutileza agradecida a la madre y se encaminaba con la niña a la salida. La parte musical, es lo que siempre escuchaba a Maki D. Zennin decir sobre su tripulación pirata  — … quizás sea buen momento para decirles que soy vegana. No como nada que estuviera vivo o pudiera estar vivo….  — fue comentando, cuando llego a la puerta se giró por completo, dejando la mano sobre la cabeza de la niña , luego miró a Olena  — ¿Vienes? Aun no he podido probar la bebida, deje mi copa abajo. Ojala no se dañara  — explicó con su habitual sonrisa encantadora, a escasos 50 cm de la puerta, viendo directamente a la hermosa mujer de hebras escarlatas.



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#7
A veces, nuestras pequeñas acciones, esas que parecen inofensivas, pueden terminar afectando a otros de maneras inesperadas.
 
Fue justo en el momento en que llegó Olena y llamó la atención de Merlot, que Yana sintió más pavor. Su garganta se secó y sus manos volvieron a temblar. No podía dejar que la bonita muchacha, que parecía tan inocente a sus ojos, cayera en las garras de seres despreciables, debía ayudarla, pero… ¿Cómo?
 
Pensó rápido y muy poco.
 
Primero, lo más importante era calmar la sequedad de su garganta.
 
Yana miró a sus alrededores y lo único que encontró fue el vaso de agua que Francis le sirvió a Merlot. No dudó ni un poco y se lo bebió de golpe y, de repente, una oleada de vitalidad vino a ella.
 
El frescor del agua la impulsó a levantarse, a sujetar la mano de Merlot, atraerla hacia ella y atreverse a hablar.
 
Sus palabras salieron entrecortadas, pero poseían la fuerza suficiente para que Olena y Merlot la escucharan con claridad, aunque no sabía si su pequeño acto de rebeldía funcionaría, mucho más considerando la mirada frívola que le dedicó Olena.
 
La pequeña mestiza tragó saliva y se aferró aún más a Merlot, mientras que su rostro se inclinaba hacia atrás para poder ver hacia arriba, al rostro de la chica que, a su parecer, se veía algo contrariada… ¿La había puesto a dudar? Esperaba que si, que estuviera considerando su propuesta de regresar junto a Francis, pero con cada segundo de silencio, la muchachita se desesperaba más, lo que demostraba apretando con más fuerza la muñeca de Merlot hasta que empezó a sentir un sudor frío recorrer su espalda.
 
¿Por qué?
 
Hace un rato sus emociones la hacía sentir su sangre hervir, entonces… ¿Por qué de repente esa oleada de frío?
 
Tembló, pero intentó ignorar su ahora piel de gallina solo porque la voz de Merlot empezó a llenar el lugar y con ella venía una respuesta positiva a su propuesta. Los ojos azules de Yana brillaron como dos zafiros.
 
—¿En serio? —La niña, aunque seguía temblando, logró separar a Merlot de Olena, quien se quedó quieta por un par de segundos, escuchando la explicación de la semi sirena y aquella mentira enorme solo ser una nómada musical.
 
—Y una mierda…
 
La pelirroja podía dejar de fingir.
 
Sacó de su bolsillo una botellita pequeña y dio un largo trago antes de sacudir su cabello hacia un lado y volver a guardar la botellita… ¿Qué contenía? Ron, simple ron.
 
Ya no necesitaba aparentar ser una posible amiga o una buena persona, simplemente, no iba a dejar que Yana se llevara aquello que podía llevarla, de nuevo, a ser la favorita de Randall. ¡No!, ¡No!, ¡No!, ¡No de nuevo!
 
 —¿Qué si voy? Wurururu —. La risa de Olena coincidió con la llegada de Yana a la puerta y con su rostro de incertidumbre al darse cuenta de que su salida estaba cerrada por fuera. Intentó girar la perilla una y dos y tres veces, pero no importa cuanta fuerza aplicara, alguien, por no decir Francis, las había atrapado en el salón rojo.
 
—¡Olena, por favor, déjanos salir! ¡Ella no ha hecho nada! —gritó Yana con la voz entrecortada y un leve temblor que se hizo más evidente cuando intentó abalanzarse sobre la pelirroja para abrazarla y rogarle que las dejara ir; sin embargo, su acción quedó a medias en cuanto sus piernas temblaron, haciéndola fallar y caer de rodillas al suelo. Entonces la pequeña se abrazó a sí misma mientras sus extremidades temblaban y sus dientes castañeaban. Se sentía como estar en el invernadero cuidando plantas de climas fríos.
 
No pudo levantar la cabeza ni advertirle a Merlot lo que estaba pasando porque pronto, sus labios empezaron a tomar una tonalidad azulada, la misma que empezó a aparecer también en sus uñas.
 
—¿Q…qué me…pasa? —Olena rio por lo bajo ante la pregunta de la niña ¡Vaya criatura inocente! Seguro que se había tomado la bebida que era para la mestiza que, si le interesaba, es decir, Merlot…La pobre debía estar envenenada… ¿Qué causaba el veneno? No tenía idea, pero parece que hipotermia era uno de los síntomas. ¡Qué buen trabajo hizo Francis!
 
—Eso pasa cuando intentas salirte por la tangente —. Al mismo tiempo que habló, la pelirroja, que estaba a unos tres metros frente a Merlot, cerró la distancia casi de inmediato y una de sus manos fue directo al cuello de la pelirrosa antes de estamparla con violencia contra el vidrio rojo que los separaba de la planta baja del establecimiento.
 
—¿Así que una nómada musical? —El aliento a ron de la pelirroja pegó directo en la cara de Merlot. —¿Y por qué una artista tendría una recompensa de 140 millones por su cabeza? ¿Por qué una simple nómada haría que mi señor esté tan obsesionado contigo? —Apretó mucho más el agarre a la garganta de la muchacha, imposibilitando que el aire pasara de manera regular por esta. —Voy a descubrirlo…tu me vas a ayudar a descubrirlo…si te llevo con él tal vez recupere mi estatus en este manicomio de mierda, así que vendrás conmigo por las buenas o por las malas ¿Entiendes, linda?
 

 
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#8
Narrador / María Merlot

Una buena comida.
Excelente compañía.
Amigas para siempre.

La mente de la mestiza ya estaba pensando que cosas deliciosas tendría el menú. Seguro, y tan amables como habían sido hasta ese momento, le ofrecerían un festín vegano. Y dependiendo de cuan rico estuviera, porque podría estar horrible, llevaría a sus nakamas. Mucha carne para Hyákinthos, cosas vegetarianas para Maki D. Zennin y de todo un poco para Miyori Hoshino. Los grillos en su cabeza gritaron algo adicional “Mucho para ti”. Eso la hizo tragar saliva y recordar que el médico le había dicho “flachuca” y le recomendó comer más para engordar algunos kilogramos. Eso la hizo fruncir el ceño, comería hasta casi vomitar, ya lo había estado haciendo, cumpliría con el mandamiento de “Engordarás en Isla Chika” de su querido masculino de hebras rosados.

¿En serio?

La voz de Yana la hizo volver al aquí y al ahora, le hizo sonreírle. Parecía emocionada con comer con Francis. ¿Sería que no lo veía como un hermano?  ¿Sus hormonitas estaban despertando y sintiendo los aleteos del primer y tierno amor? ¡Tenía que preguntárselo! — Si, en serio. Vamos a comer con Francis. Y así me cuentas que hay en ese corazoncito mestizo tuyo. Quizás pueda darte un par de consejos. Creo que sé lo que se siente… estar medio crusheada por alguien — le comento con travesura y alegría, imaginando el escenario dónde le daría tips de amor a la muchachita.

Pero todo se fue al carajo, o más bien, la puesta en escena montado por todos en ese lugar llego a su fin. Yana y Olena empezaron a discutir. Eso confundió a María, quien veía de la niña a la mujer y viceversa. La voz de la hija sonaba desesperaba, la de su madre cortante. La puerta no abrió, la desesperación de la pequeña aumento. Las palabras murieron en la boca de la pirata, sin entender bien que pasaba. Hasta que vio sus labios morados, la voz asustada, el abrazo que buscaba protegerse así misma, el temblor involuntario — ¿Yany? — balbuceó María lista para lanzarse al suelo a ayudarla pero la mujer pelirroja fue más rápida, tan rápida que apenas sintió su mano en la garganta, el golpe contra el vidro reforzado y la respiración entre cortada. ¡Estaba atrapada y la estaban asfixiando!

La bruja pelirroja la apresaba con la mano derecha. ¿Primera reacción de María? Patearla con su pie derecho entre la tibia y el tarso, luego lanzar un puñetazo con su mano izquierda en diagonal al ojo derecho de la atacante. Después, la pelirrosada con su mano derecha tomo el tanto oculto en su muslo derecho, la apertura de la falda le permitía meter la mano sin problemas, y aprovechando que el brazo derecho de Olena daba un punto ciego al lado derecho de la mestiza, clavó el arma en el ojo derecho de la malvada mujer, y repitió eso una vez más. ¡Ojala la soltará para darle su merecido!



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