¡Hijo de tu cangreja...! | PR
#1
38 de Otoño, Año 18.
12:35.
En las costas de Long Ring Long Land

La playa, antaño alfombrada por un manto de fina arena blanca paradisíaca, sufría bajo los cientos, miles y, quién sabe, quizá millones de pisadas de cangrejos rojos que la habían invadido. La rebelión crustácea había llegado de imprevisto. En un abrir y cerrar de ojos, sigilosos, reclamaron las costas de la isla y sus alrededores, alzando sus pinzas en alto en una especie de seña de conquista. ¿A qué se debía? ¿Quién era el culpable? ¿Acaso Juan Sebastián, marine nacido cangrejo pero hibridado en tortuga, había convocado esa rebelión? ¿Su presencia en la isla estaba causando algún efecto que la división desconocía? La postura desafiante del... ¿cardumen? invitaba a teorizar al respecto. Era un comportamiento extraño cuanto menos, difícil de explicar incluso para el mayor erudito e imposible de justificar para los humildes pueblerinos que viajaban entre las islas de Long Ring Long Land.

Enji regresaba del bosque cuando se encontró por primera vez a los cangrejos. Se detuvo, naturalmente, en la frontera, frente a la alfombra roja que cubría la playa, y parpadeó dos veces de manera discontinua y asimétrica mientras su cerebro procesaba lo que sus ojos atestiguaron en ese momento. ¿Cuántos eran? ¿Miles? ¿Cientos de miles? Nunca había visto nada parecido. Sus pupilas se veían rojas al reflejar la marabunta animal que tenía enfrente y el cigarrillo que venía fumando cayó de sus labios.

—Puta madre... —murmuró al salir del estupor de la sorpresa. Un nombre llegó de inmediato a su cabeza— ¡JUAN!¡ —llamó—, ¡¿Qué significa todo esto, cara de raba?!

¿Quién sino iba a tener respuestas para ese fenómeno? Enji lo vio claro. Juan Sebastián era el único posible culpable de esa invasión. La vena de su frente se inflamó sobremanera, palpitando como un segundo corazón que quería escapar de debajo de su piel e ir a buscar a la coraza ( y alma ) de su división.

Saltó a la marea roja y cayó sobre arena blanca, pues los cangrejos se apartaron antes de que los aplastara. De todas formas, con los ojos cerrados movió los brazos y las piernas como si estuviera nadando. Empujó arena y tierra a su alrededor, girando la cabeza hacia arriba por momentos para respirar, pero no avanzó un centímetro. Al cabo de dos minutos enteros dando ese espectáculo, volvió a ponerse de pie, sucio, en calzones ( por algún motivo ) y todavía más enojado.

—¡Ni te creas que voy a aceptar esto! —exclamó mientras se cacheteaba los brazos para quitarse arena que se le había pegado—. ¡Padres abandónicos en mi división no, eh! ¡Ya mucho tenemos con uno! —Levantó del suelo a uno de los cangrejos más pequeños y, aguantándose el dolor de su pinza apresándole el meñique, lo levantó sobre su cabeza—. ¡Le vas a dar tu apellido a cada uno!

off
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#2
OST
La mañana había progresado de forma idílica hasta el momento. Me había levantado extremadamente temprano, a las diez y media de la mañana, había realizado mis clásicos estiramientos para entrar en calor y en estos momentos me encontraba desayunando un buen tazón de leche con cereales. Era importante poner primero la leche, solo un pervertido lo haría al contrario.

Mientras tenía la boca llena de crujientes cereales, pude escuchar la voz de Enji llamándome fuera del barco. Él siempre era así, me llamaba a gritos desde su posición para cualquier asunto de relativa importancia, no podía decir que me molestase.

—Pero en medio del desayuno… —Musité perezoso mientras me levantaba antes de salir por la puerta, detectando la presencia de Enji fuera con la habilidad que él mismo me enseñó meses atrás.

Ya en la cubierta del barco, me quedé perplejo ante la visión que tenía frente a mis ojos. Con la mandíbula desencajada ante la visión de cientos y cientos de cangrejos ocupando la arena de la playa. Enji, con su indumentaria habitual, me pidió explicaciones, pensando que esto era algo que yo mismo había maquinado.

—Yo no… Esto… —Era difícil encontrar una explicación que me librase de la culpa de lo sucedido. —Yo no he hecho nada, ¿verdad? —dije justo antes de dar un salto a la arena, siendo esquivado por los cangrejos al igual que mi comodoro. —Son unos muchachos muy elegantes. —Mientras hablaba, trataba de rascar la coraza de alguno de ellos con mi dedo índice, como quien acaricia a un hámster.

Mis ojos se abrieron como platos cuando escuché a Enji hablar de padres abandonadores. —¡Tengo bastante con buscar a mi única hija por estos mares! No puedo hacerme responsable de cientos… ¿Miles? Por todas las pinzas, ¿cuántos hay? Espera, ¿yo tengo apellido? —No sabía explicar por qué, pero era algo que alegraba la vista, verlos tan saludables y llenos de vigor era incluso contagioso.

—Enji, hace tiempo que no nos damos de leches, ¿verdad? —dije con una sonrisa pícara mientras observaba cómo mis hermanos alzaban sus pinzas con ganas de guerra. —Tengo que darles ejemplo a los chicos. —Mientras terminaba de hablar, mi cuerpo empezaba a aumentar de tamaño, mostrando los rasgos de mi forma híbrida, con la piel cubierta por escamas verdosas, mis extremidades superiores cortas adornadas con unas gruesas garras y un imponente caparazón que se erguía sobre mi espalda.—Hagamos una apuesta, ¡el que pierda les pone apellido a los adorables cangrejos! —dije mientras me colocaba mis guantes y, por algún motivo, los pequeños crustáceos se empezaban a apartar de la zona, corriendo de forma lateral. Me apunté con el dedo pulgar en el pecho y con un rostro rebosante de confianza dije: 

—¡Dame con todo lo que tengas!—

Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
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#3
El pie de Enji tamborileaba en el suelo, impaciente. Pedía una explicación, y una muy buena, para haberse encontrado a toda una dinastía de cangrejos ocupando las costas frente a su barco, o obligaría a Juan Sebastian a pasar por el registro civil y poner su apellido a cada pequeño crustáceo bastardo. ¿Tenía prueba de que fueran hijos suyos? No, pero tampoco tenía dudas al respecto.

—Ah, claro, el único cangrejo humanoide gigante de la isla no tiene nada que ver con esta repentina rebelión roja —dijo, escéptico, mientras el pequeño cangrejo que había levantado del suelo insistía en tratar de cercenarle el meñique con su tenaza—. ¿Y cómo es eso de que tienes una hija?

Las sorpresas no paraban de llegar, una detrás de otra. Primero Akira se convertía en mujer. Después, Juan era padre ( ¡Multitudinariamente! ). ¿Qué sería lo siguiente? ¿Kael y Shin admitiendo ser novios? ¿Acaso Nyra usaba prótesis para fingir ser una humink queriendo unirse a los extintos The Rians? ¿Stroud tenía otro apellido además de ReNanashi? Ya no se podía fiar uno de nadie, ni siquiera de los calzones que tenía puestos.

Enji había empezado a amenazar al pequeño cangrejo en su mano, señalandole con el índice para que cesara en su intento de lastimarte el meñique, cuando Juan mencionó su larga tregua desde la última vez que habían entrenado juntos. En esa ocasión, en las costas de Kyodaina, Juan había salido vencedor después de obligarlo a drenar todas las opciones y hasta la última gota de su energía tratando de hacerle caer. No había sido suficiente. Eso golpeaba en el orgullo al capitán de la división, que, aunque no lo tuviera presente todo el tiempo, sí que recordaba ese día y la deuda que había quedado por saldar. Un entrenamiento lo había ganado él, el otro Juan. Quedaba uno por desempatar.

Sus manos empezaron a exudar veneno cuando decidió calzarse los guantes, poco después de escuchar la apuesta. Juan estaba haciendo exactamente lo mismo, preparándose. El aire se cargó de la emoción que los embargaba a los dos. Siempre era emocionante ver una lanza estamparse contra un escudo.

—Yo tampoco tengo apellido, Juan —murmuró entre dientes. Su sonrisa, ancha, enseñaba una hilera de dientes blancos y afilados—. ¡Voy a ir con todo, gordito! ¡A ver si me aguantas esta vez! ¡Fauces!

El aire, convertido en cristal, se quebró al atravesarlo y abalanzarse contra su compañero. Las botas dejaron su huella en la arena cuando se propulsó hacia adelante, cortó la distancia en un parpadeó y su puño derecho, apretado como la tenaza del pequeño cangrejo que había dejado libre un segundo antes, se envolvió en una gruesa capa de veneno antes de estamparse contra el pecho del gyojin.

—¡Garra! —exclamó al impactar.

La explosión desprendió al enorme crustáceo del suelo, arrastrándolo tres metros hacia atrás. Un retroceso que fue seguido de cerca por Enji, quien, preso de la velocidad de su propio desplazamiento, se detuvo a dos metros del punto de choque, justo delante de Juan. Sus puños continuaban envueltos en la sustancia de su akuma y su sonrisa, ancha, parecía afilarse más con el correr de los segundos.

—¡Shihaha! ¿Y quién es esa otra hija de la que hablas, gordito? —interrogó mientras le soltaba dos golpes más, rápidos y precisos, dirigidos a su estómago—. ¿Estás seguro de que no está por aquí?

Terminado el combo de golpes, Enji retrocedió de un salto hasta ubicarse a quince metros de Juan. Sus pies volvieron a arrastrarse por la arena, sintiendo la emoción en la garganta y las ganas de explotar como hacía tiempo no lo hacía.

Shihahaha
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