[Presente Relativo] País de Kano, El rugido bajo el templo.
#1
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Día 40 de Verano, Año 15.
País de Kano.




El rugido bajo el templo.


Nunca me gustaron los amaneceres silenciosos. Me hacen pensar que el mundo está conteniendo el aliento por algo que aún no ha pasado.

Allí estaba otra vez. A cuatro patas sobre la arena, con Pin frente a mí, apenas iluminado por el primer reflejo pálido del mar. Sus ojos parecían entender algo que yo todavía no conseguía.


—No se trata de cambiar tu cuerpo. Me dijo. 

—Se trata de recordar quién eres.


Me lancé hacia delante. Corrí. Zigzagueé. Dejé que el fuego subiera por mi espalda como tantas veces antes... pero no bastó. Lo sentía todo cerca, muy cerca, pero nunca completo. Como si algo dentro de mí no terminara de despertar.


Caí al suelo, jadeando.

—Tú no eres una bestia que está por domar. Eres una bestia que ha olvidado rugir.

Pin se sentó cerca, en silencio. No dijo nada más.


Entrenamos hasta que el cielo se tiñó de un azul muy suave. El fuego en mi espalda titilaba como una antorcha insegura. Nos marchamos juntos al taller, donde Suiro ya había preparado el desayuno.


—Tienes la cara de un gato que ha perdido contra un ratón. Dijo Suiro a la vez que soltó una carcajada mientras dejaba una bandeja con pan y sopa sobre la mesa.


Comimos los tres al aire libre, como siempre. Pin no hablaba mucho cuando estaba cansado. Suiro contaba historias medio reales, medio inventadas. Yo... yo escuchaba. Me dejaba llevar.

Pero el aire cambió de repente.

Desde lo alto de la colina que descendía a la aldea, cinco figuras bajaban tambaleándose. Bandidos. Los reconocí enseguida por su andar torpe, sus ojos inyectados en sangre y la forma en que sus armas colgaban sin disciplina. Yonquis con machetes.


Uno de ellos gritó:

—¡Eh, Lunarian! El jefe quiere una charla contigo. Si no vienes con nosotros, la aldea paga las consecuencias.


Me puse en pie de inmediato. Pin también. El fuego en mi espalda se intensificó, pero no por furia. Por miedo. No por mí. Por ellos.


—No pelees, Pin. Le dije bajito.

—Hay civiles. No sabemos qué pueden hacer. Si yo me voy, esto termina aquí.

—Pero…

—Tú llévate mi mochila. Que no la toquen.

Uno de los bandidos se acercó más, me quitó a Kurimuzon del cinturón con una sonrisa podrida.

—Esto nos lo quedamos.

—Haced lo que tengáis que hacer. Pero no volvais aquí o os arranco la cabeza.


Me ataron con sogas, las manos a la espalda. Pin me miraba sin saber si gritar o llorar. Yo solo le devolví una mirada que decía: "confío en ti".

El camino al templo fue silencioso. Pasamos entre los bambús como sombras extrañas. El mismo templo donde había rescatado a la niña. El mismo. Ahora en ruinas, con los pilares cubiertos de moho y el suelo resbaladizo por la humedad.

Dentro nos esperaba él: el jefe.

Un tipo flaco, de mirada enferma y sonrisa vacía. Parecía más un cadáver reanimado que un líder. Pero en sus ojos había veneno. Del que envenena aldeas, del que quema sin fuego.


—¡Bienvenido, Lunarian! No sabes cuánto deseaba esto. Estás aquí por meterte donde no te llaman.

Me senté en silencio, atado. Esperando. Aguantando.



Y el destino hizo lo suyo.



Mientras exploraba el borde del bosque de bambús en mi búsqueda, Pin se topó con una pequeña unidad de marines de reconocimiento. Apenas cinco soldados, todos rasos, pero uniformados. El oficial al mando había recibido un aviso raro el día anterior: una llamada perdida que exigía una recompensa por una niña desde la zona.

Pin les explicó todo.

Y los marines decidieron investigar.



Dentro del templo, uno de los bandidos que me custodiaba comenzó a burlarse, jugando con Kurimuzon.


—¡Qué clase de espadachín deja que le quiten su arma tan fácil!

—Uno que está esperando a que llegue su momento.

—¡¿Qué dijiste?!


Antes de que pudiera acercarse, la puerta se abrió de golpe.


—¡Marines! ¡Al suelo todos!


Los bandidos comenzaron a gritar y correr. El jefe intentó huir por la parte trasera. En medio del caos, uno de los bandidos se abalanzó por la espalda sobre un joven marine que no lo vio venir.

Y entonces ocurrió.

El tiempo se ralentizó.

Vi la escena clara. El cuchillo alzado. La espalda descubierta del marine. Mi corazón latiendo como un tambor salvaje.

Recordé las palabras de Pin:


"Tú no eres una bestia que está por domar. Eres una bestia que ha olvidado rugir."


Y rugí. El mundo estalló en humo blanco.Un rugido interno desgarró mi pecho. El suelo crujió.

Y de esa nube salí yo.

En forma híbrida.

Con la cola de pantera extendida, la usé como un latigazo.

El bandido voló por los aires, impactando contra una columna. El marine se giró, sin entender qué le había salvado.

Aproveché la confusión. Y con mis nuevas garras me liberé de las sogas. Estaba libre.

El fuego en mi espalda ardía como nunca. Mi cuerpo era más rápido, más fuerte. No era una pantera. No era un humano. Era algo nuevo.

Uno a uno, los bandidos cayeron. Los marines colaboraron. Pin irrumpió desde una ventana lateral con mi mochila, y Kurimuzon volvió a mi mano como si nunca se hubiera ido.

El jefe fue capturado. Sin gloria. Sin pelea. Cayó de rodillas cuando vio que su gente ya no podía protegerlo.



Ya en calma, cuando los marines recogían pruebas y se preparaban para marcharse, el marine al que había salvado la vida se acercó a mí.

No dijo nada. Solo me lanzó una pequeña bolsa de tela. La atrapé en el aire.

Dentro: 800 berries. La misma bolsa que había estado en posesión del líder de los bandidos.

El gesto era claro. No reconocimiento oficial. Pero sí gratitud.

Le asentí. Él también.

Y luego se fue.



Esa noche, como siempre, nos sentamos fuera del taller. Pin, Suiro y yo. El fuego en mi espalda ya era cálido, no rabioso.

Contamos historias. Suiro habló de una mujer que amó una vez en una isla donde el cielo tenía tres lunas. Pin se río como siempre. Yo sonreí, con la mirada perdida en el bambú.

Y al final, cuando las palabras se acabaron, solo quedamos los tres en silencio.

No dije nada más esa noche.Ni ellos tampoco.Solo nos quedamos ahí, bajo las estrellas, tres amigos fumando y compartiendo humo, con el fuego bailando suavemente en mi espalda...

...y el corazón latiendo como un tambor que aún no sabe el ritmo,pero se niega a dejar de sonar.




Belico

Aclaraciones

akuma
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