[FIC-Pasado] País de Kano, El Jabalí y la Cazuela.
#1
Video 
Día 47 de Verano, Año 15.
País de Kano, 21:30.




El Jabalí y la Cazuela.



Aquel jabalí era inmenso, y casi me parte la columna. Pero lo atrapé. No por hambre, ni por entrenamiento. Lo hice por respeto.

Suiro, Pin y yo habíamos compartido más que días, compartimos silencio, fuego, heridas, historias y una cazuela con alma propia. Si algo merecían… era una cena de despedida a mi manera.

Lo dejé caer frente al taller. Pin apareció en la puerta con una ceja alzada y una expresión entre sorpresa y burla.

—¿Desde cuándo cazas tú?

—Desde hoy. —Me estiré la espalda, que me crujía.
—Consideradlo mi forma de decir gracias… sin tener que decirlo.

Suiro salió unos segundos después, con las manos llenas de herramientas que claramente no iba a usar para cocinar.

—¿Lo has chamuscado con tu fuego, o de verdad lo has cazado?

—Ambas. —respondí con una sonrisa torcida.

—Mangante. —murmuró, pero sonreía también.

El jabalí crujía sobre el fuego cuando el sol terminó de hundirse en el horizonte. El aire empezaba a enfriar, así que Suiro sacó una botella de licor con olor a madera vieja y recuerdos quemados. Pin trajo unas hojas con arroz cocido envuelto, bien hecho, sin que se le pasara ni un grano. Había aprendido a cocinar hace poco, y se notaba que quería demostrarlo.

Nos sentamos los tres frente al fuego, en silencio al principio. El crepitar de la carne y el ulular del viento eran lo único que hablaba. Me gustaba eso. El tipo de silencio que solo los que han compartido batalla pueden soportar sin sentirse incómodos.

Fui yo quien rompió el hielo.

—¿Siempre ha sido así aquí?

Pin se giró.

—¿Así cómo?

—Tan tranquilo. Tan real. Como si todo en este sitio te obligara a bajar la guardia… aunque no debas.

Suiro bebió un trago largo antes de responder.

—El País de Kano es tierra de artesanos y sobrevivientes. Aquí no nos peleamos por oro, nos peleamos por no olvidar por qué empezamos a trabajar con las manos. Por eso la gente aquí es más directa. A veces duele. A veces cura.

—Lo noté. —dije.

Pin cruzó los brazos detrás de la cabeza y miró el cielo.

—A mí me gusta pensar que cada lugar tiene su forma de hablar. Este habla lento. Pero no miente.

Se hizo un nuevo silencio, pero uno distinto. De esos que te obligan a pensar. A recordar.

—Cuando era niño —dijo Suiro de repente.
—me rompí el brazo intentando volar. Me até unas alas de papel y me tiré desde el tejado del dojo. Pensaba que el mundo era más pequeño si podías mirarlo desde arriba.

Pin soltó una risa nasal.

—¿Y qué pasó?

—Me rompí el brazo. Y un diente.

—¿Y qué aprendiste?

Suiro sonrió.

—Que el mundo sigue siendo grande aunque estés en el suelo. Pero cuando tienes una razón para volver a levantarte… te da igual cuán alto esté el cielo.

Me giré hacia él. No lo miré mucho tiempo, pero en sus ojos había algo que no era solo sabiduría. Era experiencia. Era derrota convertida en leña.

—¿Y tú, Pin? ¿Alguna vez quisiste largarte de aquí?

Él se encogió de hombros.

—A veces. Sobre todo cuando sentía que no encajaba. Pero luego encontré a Suiro. Y aunque parezca un viejo insoportable, tiene la mala costumbre de hacerte sentir útil.

—Mangante tú también. —gruñó el maestro, pero sonrió con el vaso en alto.

—Pero… si algún día me voy,—añadió Pin— quiero que sea por algo que arda. Por una promesa. Por una amistad. No por querer escapar.

—Me gusta eso. —dije.

—Es tuyo si quieres. No tengo derechos de autor.

Reímos. El jabalí estaba listo. El aroma llenaba el aire. Lo corté con cuidado y serví los trozos sobre hojas calientes. Comimos como hermanos de armas. Sin protocolo, sin prisas, con la boca llena y el alma liviana.

—¿Sabes? —dije mientras masticaba.
—Nunca pensé que alguien como yo terminaría cenando en paz. Me acostumbré tanto a correr, a no fiarme, a no parar… que esto me parece hasta peligroso.

Pin me miró serio.

—¿Y qué harás con eso?

—No lo sé. Pero prometo recordar cómo se sentía.

Suiro bebió el último trago y dejó la botella vacía sobre el suelo. Su mirada estaba clavada en el fuego.

—Todos los grandes viajes empiezan con una cena decente. Así lo hacían los carpinteros en el astillero donde aprendí. Una buena comida antes de zarpar… te recuerda que no estás solo, incluso cuando lo estás.

—¿Eso te lo dijo alguien?

—Sí. Pero ya no está para recordarlo.

Nos quedamos en silencio.

—Kelo...—dijo Pin, bajando el tono.
—No importa lo que encuentres ahí fuera. Solo prométeme que no te olvidarás de quién eres cuando las cosas se pongan feas.

Le respondí sin dudar:

—No pienso cambiar por el mar. Pero sí quiero que el mar me muestre lo que aún no soy.

Pin sonrió. Suiro me lanzó una cazuela envuelta en tela.

—Toma. Tiene historia, así que no la pierdas.

—Y víveres para dos días. —añadió Pin
—No más. Si te pasas, tendrás que cazar peces.

—Peces y yo… no nos llevamos bien. —dije.

—Bueno, no te caigas al agua entonces. Ya sabes lo que pasa con los de tu especie.

—Hundirme como un martillo. Lo tengo claro.

La luna estaba alta ya. Las brasas bajaban, pero mi espalda seguía encendida. No solo por el fuego. Por algo más.

Me puse en pie, con la cazuela bajo el brazo. Me quedé mirándolos. Suiro sentado, con la manta a medias. Pin de pie, con los brazos cruzados, ocultando emoción con sarcasmo.

—Os veré de nuevo. —dije.

—Claro. —respondió Pin.
—A menos que el mar te coma primero.

—O una de esas crías de pantera te explote en la cara. —añadió Suiro.

Reímos una vez más.

Y entonces… ya no dije nada más.

Ni ellos tampoco.

Solo nos quedamos ahí, bajo las estrellas, con el fuego bailando suavemente en mi espalda…

...y el corazón latiendo como un tambor que va reconociendo el ritmo.
Y se niega a dejar de sonar.



Este tema viene de aquí:
https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=1661&pid=15493#pid15493
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)