03-05-2025, 06:35 AM
Día 75, Verano, Año 15. Isla Korossasu
La mañana era lluviosa, de esas en las que provoca tirarse en la cama y no levantarse por nada del mundo. O eso era lo que otros pensaban, pues para mi los días lluviosos eran de mis favoritos para salir afuera. El ruido que las gotas hacían al chocar contra el suelo o contra cualquier cosa era lo más cercano a “ver” que existía según mi punto de oído.
— ¡Venga ya! Alístense rápido para que salgamos a buscar provisiones —gritó Ken desde dentro de mi cabaña.
Yo me encontraba parado fuera de la cabaña, de pie junto a la puerta, con mis ojos cerrados y mi rostro hacia el cielo. Placer, eso era lo que me producía el sentir las minúsculas gotas acariciándome el cuerpo. Quizá eran caricias del cielo, un milagro de Dios para su hijo ciego y desdichado desde el nacimiento.
Pude escuchar a mis compañeros salir de la cabaña uno por uno, eran 4, de todos los que habíamos llegado originalmente ya solo quedábamos 5 en Korossasu. El resto ya se había ido luego de reclutar algunos aldeanos. Ahora solo quedaban el soldado Ken y tres iniciados, sin contarme a mí mismo, viviendo en mi hogar. Me hacía feliz el no vivir solo, el tener compañía, aunque fuese algo temporal.
— Al parecer lloverá el día entero. Y yo que pensaba ir a buscar algunos peces al río —escuché decir a Betty.
Betty era una Humink conejo de cabello blanco, producto del extraño fetiche de un hombre humano con una mujer mink. Betty era alguien enérgica y con amplios conocimientos en exploración. Todo su cuerpo era humano excepto por su nariz y por las dos largas orejas sobre su cabeza. Aunque debido a mi ceguera no podía conocer su particular apariencia.
— ¡Achúúús! Lo siento, estoy enfermo, no puedo salir, volveré a la cama —escuché al anciano Ludwig quien claramente había fingido su estornudo para no salir.
No era primera vez que Ludwig inventaba cosas para no hacer lo que Ken decía y quedarse en la cabaña trabajando en el taller improvisado que había construido. Era un anciano sabio, creativo pero mentiroso. Se me hacía de lo más gracioso. Y aunque sacara de quicio a Ken de vez en cuando, era un valioso cerebro de la revolución.
— Sal rápido Ludwig, no me hagas enojar —respondió Ken con voz seria.
A pesar de que yo era un gigante, la voz de Ken definitivamente era más temible que la mía a pesar de ser un humano corriente. Era alguien que con solo hablar inspiraba disciplina y sobre todo, orden. Si no fuese por él, yo no hubiese aprendido a usar mi látigo como herramienta para andar ni como arma. Para mí, era un estratega, profesor y guerrero nato.
— Por favor… no… no se enoje —dijo con su típica voz tímida e insegura la última en salir de la cabaña, Zoe.
Su voz era increíblemente dulce y era la única a la que Ken no regañaba jamás, era como la mimada del grupo o algo así. Al igual que yo, ella evitaba cualquier pelea innecesaria incluso si era para entrenar. Su conocimiento en medicina y hierbas medicinales era sorprendente, hasta el punto de que me ayudó mucho a mejorar algunos aspectos de mi cocina.
Todos vestían impermeables blancos, aunque yo no podría notarlo. Solo podía disfrutar de sus voces, muy distintas, pero que a la vez guardaban historias profundas y unidas por una sola causa, la causa de la revolución.
— Kukukuku. Parece que hoy están muy activos. Eso es bueno —les dije a todos sonriendoles—. No hace falta que salgan en busca de provisiones con esta tormenta. Yo me encargo.
Cerca de mí había una cesta de mimbre, la que siempre me acompaña a recoger cuanta cosa me encuentre. Tomé la cesta y me arrodillé en la tierra húmeda y mojada. Por la voluntad de Dios había nacido ciego, eso era cierto, pero así como Dios quita, también da. El ser que estaba por encima de todo me había dado suficientes dones a cambio de mis ojos. Olfato, oído y tacto. No necesitaba más.
Me puse a tocar la tierra y a escarbar un poco en el barro. La imagen de un gigante jugando con tierra mojada seguro era graciosa. Estaba buscando rocas, no muy grandes pero tampoco chicas. Encontré algunas y las puse en la cesta.
— Ken por favor. ¿Podrías tomar la carretilla y llevar estas piedras para dentro? —le pregunté al soldado, que más que mi superior ahora era un amigo.
— Así que harás otra vez esa clase de magia tuya. A este paso se nos oxidaran las rodillas de no hacer nada —me respondió Ken.
— Jojojojo. Pues yo no me opongo a no hacer nada —escuche que decía Ludwig celebrando.
— Kukukuku. No lo llames truco de magia. A eso se le llama milagro-Amen —le respondí.
Todos volvieron a entrar. Y el sonido de las piedras y de la carretilla me decía que Ken ya había llevado todo adentro. Así que aprovechando que me encontraba de nuevo solo dentro de la cabaña junte mis manos y mire al cielo nuevamente.
— Gracias por permitirme proveer de alimento a mis amigos. Gracias por presentarme a la revolución. Prometo que en tu nombre llevaré saciedad al mundo hambriento y no habrá corrupción alguna capaz de detener la llama de la liberación. Nadie puede ir en contra de tu voluntad. Dios bueno. Amen.
Tras esa plegaria, fue mi turno de entrar a mi cabaña, no sin antes tomar un gran barril que recogía el agua de lluvia que caía del techo. Ahora venía la parte interesante de lo que Ken llamaba truco de magia pero yo llamaba milagro.
Metí uno de mis dedos en el agua de lluvia, y lo convertí casi inmediatamente en jugo de manzana. Pude convertirlo en vino pero yo no soy muy buen bebedor que digamos, así que para evitar malos ratos, con jugo de manzana estamos mejor. Además tomé 8 rocas y las puse sobre mi mano izquierda.
— La voluntad de Dios es que sus hijos nunca pasen hambre. No lo olviden nunca —les dije a mis compañeros al mismo tiempo que con mi derecha tapaba las rocas que estaban en mi otra mano.
Tras un instante, levanté mi diestra para mostrar como las que antes eran 8 piedras ahora eran 8 seductoras hamburguesas.
— Tomen y disfruten —agregué.
— Esto es increíble Beto. Con esa habilidad tuya podrías alimentar a un pueblo entero que carezca de recursos —me dijo Betty.
— Es una habilidad interesante. Si le pones algo de creatividad hasta tendría sus usos en el combate —comentó Ken.
Era cierto, que convertir las cosas en alimentos era algo demasiado versátil para lo simple que suena. Sin embargo, mi deseo era estar detrás, ayudando y sirviendo. Aunque gracias a Ken aprendí a defenderme medianamente, no era algo que deseaba hacer. Además, aún no comprendía mucho el poder que Dios me había otorgado. O quizá era que no había tenido la oportunidad o la obligación de explorar sus límites.
Lo cierto es que casi me quedo sin un techo sobre el cual dormir el día que mordí aquella fruta, hace dos años ya. Ese día todo fue un desastre. La leña, cubiertos, una mesa, incluso algunas paredes de la cabaña; todo se convertía en comida involuntariamente. Recordar eso me hizo reir.
— El que se ríe sólo de su picardía se acuerda muchacho. Jojojojojo —me dijo burlonamente el anciano Ludwig.
— El único pícaro aquí eres tú, viejo de malas mañas —le respondió Ken—. Pero ahora tengo que hablarles de algo importante. Como bien saben solo quedamos nosotros 5 en Korossasu. Recibimos la orden de quedarnos en la isla. Seremos una pequeña división de apoyo logístico, y debemos asentarnos por tiempo indefinido en esta isla. ¿Qué opinas acerca de eso Beto?
— Kukukuku. Admito que me alegra saber que estaremos juntos por más tiempo y que podremos quedarnos en la isla. Aún hay muchas personas que deseo saludar. Después de todo estuve mucho tiempo fuera. Mi cabaña ahora es de todos —le respondí quizá sin poder expresar la totalidad de mi alegria debido a que no me era posible cambiar el tono de mi voz.
— Lo cierto es que el mundo está más que movido últimamente. Hay cosas pasando en todos lados. Nuestro trabajo como revolucionarios es pasar desapercibidos, ser como las hormigas que no descansan nunca bajo tierra, donde nadie las ve hasta que deciden salir a la superficie —siguió hablándonos Ken—. ¿Ya pensaste en el nombre Zoe?
— Si… Si lo hice… Incluso Ludwig me ayudó a hacer un dibujo —respondió Zoe con su voz temblorosa—. “Kogane no ankā” que significa ancla dorada. Es algo que representa lo que usted me pidió. Esperanza y fe.
— ¡Ohhh! ¡Me encanta! Pues entonces, hay que celebrar. Toca brindar aunque sea con jugo de manzana por el nacimiento de la división Kogane no ankā —respondió Ken—. Ese nombre es gracias a ti Beto. Creo que nos has contagiado de tu fe y de tu visión de lo que sería un mundo mejor. Incluso si nos separamos en un futuro, llevemos sustento y esperanza a los lugares más necesitados. Y ahora, acerquen sus vasos para brindar.
No pude evitar no sonrojarme al escuchar las palabras de Ken. Mis lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, mientras el resto de mis compañeros reían a carcajadas igual de alegres que yo. No sabía cómo se veía un ancla, ni lo que era el color dorado, pero esas cosas eran materiales. Importaba el significado. Con mucho o con poco, era la representación de 5 voluntades dispuestas a dejar su aporte en la construcción de un mundo libre.
— Salud.
— Salud.
— Salud.
— Salud.
— ¡Venga ya! Alístense rápido para que salgamos a buscar provisiones —gritó Ken desde dentro de mi cabaña.
Yo me encontraba parado fuera de la cabaña, de pie junto a la puerta, con mis ojos cerrados y mi rostro hacia el cielo. Placer, eso era lo que me producía el sentir las minúsculas gotas acariciándome el cuerpo. Quizá eran caricias del cielo, un milagro de Dios para su hijo ciego y desdichado desde el nacimiento.
Pude escuchar a mis compañeros salir de la cabaña uno por uno, eran 4, de todos los que habíamos llegado originalmente ya solo quedábamos 5 en Korossasu. El resto ya se había ido luego de reclutar algunos aldeanos. Ahora solo quedaban el soldado Ken y tres iniciados, sin contarme a mí mismo, viviendo en mi hogar. Me hacía feliz el no vivir solo, el tener compañía, aunque fuese algo temporal.
— Al parecer lloverá el día entero. Y yo que pensaba ir a buscar algunos peces al río —escuché decir a Betty.
Betty era una Humink conejo de cabello blanco, producto del extraño fetiche de un hombre humano con una mujer mink. Betty era alguien enérgica y con amplios conocimientos en exploración. Todo su cuerpo era humano excepto por su nariz y por las dos largas orejas sobre su cabeza. Aunque debido a mi ceguera no podía conocer su particular apariencia.
betty
— ¡Achúúús! Lo siento, estoy enfermo, no puedo salir, volveré a la cama —escuché al anciano Ludwig quien claramente había fingido su estornudo para no salir.
No era primera vez que Ludwig inventaba cosas para no hacer lo que Ken decía y quedarse en la cabaña trabajando en el taller improvisado que había construido. Era un anciano sabio, creativo pero mentiroso. Se me hacía de lo más gracioso. Y aunque sacara de quicio a Ken de vez en cuando, era un valioso cerebro de la revolución.
ludwig
— Sal rápido Ludwig, no me hagas enojar —respondió Ken con voz seria.
A pesar de que yo era un gigante, la voz de Ken definitivamente era más temible que la mía a pesar de ser un humano corriente. Era alguien que con solo hablar inspiraba disciplina y sobre todo, orden. Si no fuese por él, yo no hubiese aprendido a usar mi látigo como herramienta para andar ni como arma. Para mí, era un estratega, profesor y guerrero nato.
ken
— Por favor… no… no se enoje —dijo con su típica voz tímida e insegura la última en salir de la cabaña, Zoe.
Su voz era increíblemente dulce y era la única a la que Ken no regañaba jamás, era como la mimada del grupo o algo así. Al igual que yo, ella evitaba cualquier pelea innecesaria incluso si era para entrenar. Su conocimiento en medicina y hierbas medicinales era sorprendente, hasta el punto de que me ayudó mucho a mejorar algunos aspectos de mi cocina.
Zoe
Todos vestían impermeables blancos, aunque yo no podría notarlo. Solo podía disfrutar de sus voces, muy distintas, pero que a la vez guardaban historias profundas y unidas por una sola causa, la causa de la revolución.
— Kukukuku. Parece que hoy están muy activos. Eso es bueno —les dije a todos sonriendoles—. No hace falta que salgan en busca de provisiones con esta tormenta. Yo me encargo.
Cerca de mí había una cesta de mimbre, la que siempre me acompaña a recoger cuanta cosa me encuentre. Tomé la cesta y me arrodillé en la tierra húmeda y mojada. Por la voluntad de Dios había nacido ciego, eso era cierto, pero así como Dios quita, también da. El ser que estaba por encima de todo me había dado suficientes dones a cambio de mis ojos. Olfato, oído y tacto. No necesitaba más.
Me puse a tocar la tierra y a escarbar un poco en el barro. La imagen de un gigante jugando con tierra mojada seguro era graciosa. Estaba buscando rocas, no muy grandes pero tampoco chicas. Encontré algunas y las puse en la cesta.
— Ken por favor. ¿Podrías tomar la carretilla y llevar estas piedras para dentro? —le pregunté al soldado, que más que mi superior ahora era un amigo.
— Así que harás otra vez esa clase de magia tuya. A este paso se nos oxidaran las rodillas de no hacer nada —me respondió Ken.
— Jojojojo. Pues yo no me opongo a no hacer nada —escuche que decía Ludwig celebrando.
— Kukukuku. No lo llames truco de magia. A eso se le llama milagro-Amen —le respondí.
Todos volvieron a entrar. Y el sonido de las piedras y de la carretilla me decía que Ken ya había llevado todo adentro. Así que aprovechando que me encontraba de nuevo solo dentro de la cabaña junte mis manos y mire al cielo nuevamente.
— Gracias por permitirme proveer de alimento a mis amigos. Gracias por presentarme a la revolución. Prometo que en tu nombre llevaré saciedad al mundo hambriento y no habrá corrupción alguna capaz de detener la llama de la liberación. Nadie puede ir en contra de tu voluntad. Dios bueno. Amen.
Tras esa plegaria, fue mi turno de entrar a mi cabaña, no sin antes tomar un gran barril que recogía el agua de lluvia que caía del techo. Ahora venía la parte interesante de lo que Ken llamaba truco de magia pero yo llamaba milagro.
Metí uno de mis dedos en el agua de lluvia, y lo convertí casi inmediatamente en jugo de manzana. Pude convertirlo en vino pero yo no soy muy buen bebedor que digamos, así que para evitar malos ratos, con jugo de manzana estamos mejor. Además tomé 8 rocas y las puse sobre mi mano izquierda.
— La voluntad de Dios es que sus hijos nunca pasen hambre. No lo olviden nunca —les dije a mis compañeros al mismo tiempo que con mi derecha tapaba las rocas que estaban en mi otra mano.
Tras un instante, levanté mi diestra para mostrar como las que antes eran 8 piedras ahora eran 8 seductoras hamburguesas.
— Tomen y disfruten —agregué.
— Esto es increíble Beto. Con esa habilidad tuya podrías alimentar a un pueblo entero que carezca de recursos —me dijo Betty.
— Es una habilidad interesante. Si le pones algo de creatividad hasta tendría sus usos en el combate —comentó Ken.
Era cierto, que convertir las cosas en alimentos era algo demasiado versátil para lo simple que suena. Sin embargo, mi deseo era estar detrás, ayudando y sirviendo. Aunque gracias a Ken aprendí a defenderme medianamente, no era algo que deseaba hacer. Además, aún no comprendía mucho el poder que Dios me había otorgado. O quizá era que no había tenido la oportunidad o la obligación de explorar sus límites.
Lo cierto es que casi me quedo sin un techo sobre el cual dormir el día que mordí aquella fruta, hace dos años ya. Ese día todo fue un desastre. La leña, cubiertos, una mesa, incluso algunas paredes de la cabaña; todo se convertía en comida involuntariamente. Recordar eso me hizo reir.
— El que se ríe sólo de su picardía se acuerda muchacho. Jojojojojo —me dijo burlonamente el anciano Ludwig.
— El único pícaro aquí eres tú, viejo de malas mañas —le respondió Ken—. Pero ahora tengo que hablarles de algo importante. Como bien saben solo quedamos nosotros 5 en Korossasu. Recibimos la orden de quedarnos en la isla. Seremos una pequeña división de apoyo logístico, y debemos asentarnos por tiempo indefinido en esta isla. ¿Qué opinas acerca de eso Beto?
— Kukukuku. Admito que me alegra saber que estaremos juntos por más tiempo y que podremos quedarnos en la isla. Aún hay muchas personas que deseo saludar. Después de todo estuve mucho tiempo fuera. Mi cabaña ahora es de todos —le respondí quizá sin poder expresar la totalidad de mi alegria debido a que no me era posible cambiar el tono de mi voz.
— Lo cierto es que el mundo está más que movido últimamente. Hay cosas pasando en todos lados. Nuestro trabajo como revolucionarios es pasar desapercibidos, ser como las hormigas que no descansan nunca bajo tierra, donde nadie las ve hasta que deciden salir a la superficie —siguió hablándonos Ken—. ¿Ya pensaste en el nombre Zoe?
— Si… Si lo hice… Incluso Ludwig me ayudó a hacer un dibujo —respondió Zoe con su voz temblorosa—. “Kogane no ankā” que significa ancla dorada. Es algo que representa lo que usted me pidió. Esperanza y fe.
el dibujo
— ¡Ohhh! ¡Me encanta! Pues entonces, hay que celebrar. Toca brindar aunque sea con jugo de manzana por el nacimiento de la división Kogane no ankā —respondió Ken—. Ese nombre es gracias a ti Beto. Creo que nos has contagiado de tu fe y de tu visión de lo que sería un mundo mejor. Incluso si nos separamos en un futuro, llevemos sustento y esperanza a los lugares más necesitados. Y ahora, acerquen sus vasos para brindar.
No pude evitar no sonrojarme al escuchar las palabras de Ken. Mis lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, mientras el resto de mis compañeros reían a carcajadas igual de alegres que yo. No sabía cómo se veía un ancla, ni lo que era el color dorado, pero esas cosas eran materiales. Importaba el significado. Con mucho o con poco, era la representación de 5 voluntades dispuestas a dejar su aporte en la construcción de un mundo libre.
— Salud.
— Salud.
— Salud.
— Salud.
— Amén.

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