11-06-2025, 12:02 AM
Leyenda
Día 30.
Primavera del Año 8
Isla del cielo desconocida cerca de Neur.
Las llamas de la fogata danzaban en los ojos de Artur, reflejando tonos rojizos que parecían cobrar vida con cada chispa que ascendía. Su abuelo, con el rostro marcado por la experiencia y la historia, observaba el fuego en silencio antes de hablar.
— Artur… hay cosas sobre nuestra sangre que debes conocer antes de emprender tu viaje — Dijo con voz profunda.
Con un leve gesto levante la vista, expectante. Siempre había sentido que mi herencia lunarian era un misterio, una historia incompleta que los ancianos en la isla nunca terminaban de contarme.
— Desde tiempos antiguos, los lunarians éramos considerados casi dioses por los hombres del Mar Azul — Continuó el anciano. — Nuestro dominio sobre el fuego, nuestra resistencia y nuestra capacidad de vivir en lugares donde otros perecerían nos hicieron legendarios. -
Fruncí el ceño. Había escuchado rumores, historias incompletas de viajeros que hablaban de su gente como seres extintos, como sombras de una época olvidada.
— Si somos tan poderosos, ¿por qué hay tan pocos de nosotros? — Pregunté con sinceridad.
El abuelo suspiró, removiendo las brasas con una rama.
— Porque nos temieron — Respondió con un deje de tristeza. — Hubo tiempos de persecución, tiempos en los que nuestros cielos fueron invadidos y nuestras tierras arrasadas. Ahora, la existencia de los lunarians es apenas un susurro en la historia del mundo. -
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. ¿Era ese el destino que me esperaba? ¿Vivir como un vestigio de una raza olvidada?
— Tus padres creían que el mundo aún tenía respuestas para nosotros — Prosiguió el abuelo, girando la mirada hacia mi. — No eran guerreros, no eran piratas. Eran eruditos, buscadores de la verdad. Salieron al mar cuando tú apenas tenías dos años… pero su destino aún está escrito en el viento. -
Sentí algo profundo en esas palabras. Un llamado, una promesa, una historia que aún debía escribirse.
— Si nunca volvieron, es porque todavía están allá afuera… o hay algo que debo descubrir — Respondí con la determinación ardiendo en mi voz. — No quiero quedarme aquí toda la vida preguntándome qué les pasó. -
El abuelo entrecerró los ojos, observando el fuego.
— Entiendo tu espíritu. Eres joven, fuerte, tienes el fuego de nuestra gente en ti. Pero si partes, lo harás solo. No recibirás nuestra bendición. - Exclamó con un tono triste en su voz y sin levantar la vista del fuego.
El aire se llenó de tensión. La abuela, que hasta ese momento había permanecido en silencio, suspiró y tomó mi mano con suavidad.
— No queremos perderte como perdimos a tus padres, hijo. Ellos pensaron que podrían encontrar respuestas… pero nunca volvieron. -
Apreté los dientes. Cada vez que mencionaban a mis padres, un grueso nudo se me formaba en la garganta. Pero rendirme no estaba en mi naturaleza.
Con una determinación renovada, levante la mirada hacia el cielo nocturno.
— Entonces, buscaré la verdad. No solo sobre mis padres, sino sobre los lunarians y el lugar que ocupamos en el mundo. - Exclamé sin dejar de mirar las estrellas que brillaban en aquel amplio cielo azul oscuro.
El abuelo asintió lentamente, con un brillo de orgullo y preocupación en los ojos.
— Así debe ser… aunque deseo que nunca tengas que conocer el verdadero peligro del mundo. -
El silencio se extendió entre ellos, solo roto por el crepitar de las llamas. Sentí el peso de sus palabras en el pecho. Mi viaje no solo sería una aventura… sería una búsqueda.
