28-07-2025, 07:33 PM
Los días en Korossasu tras tantas aventuras se le habían hecho agobiantemente largos, ya no encontraba diversión en su bosque, desde que había tenido ese enfrentamiento con los esclavistas del cual recordaba bastante poco su fuerza había aumentado y quizás sobrepasado lo que en esa isla se consideraba normal. Berry era consciente de que aquello no era bueno, no quería atraer problemas a esa gente y ya en el pasado habían intentado dar con ella para capturarla. Todavía recordaba el rostro vagamente de uno de los cazadores que se había reformado y tomado como maestra, de lo mucho que hablaba sobre que su hermano quizás intentase volver cuando recuperase los hombres y la fuerza para atacar. La mink al principio lo había tomado como algo divertido, pero mientras más golpeaba con sus piernas, mientras más avanzaba su poder era evidente que si alguien de su competencia pisaba esa isla muchos podrían ser heridos. Las patadas de la mink ahora bastaban para derribar árboles sin esfuerzo, se había atado rocas a las piernas y brazos para aumentar su resistencia al dolor, para tener lo que muchas veces le había faltado. Odiaba sentir que se quedaba paralizada en momentos claves, que cualquiera podía interrumpirle con un golpe bien dado, siempre se había basado en su fuerza, en confiar en su agilidad o sus reflejos pero esta vez buscaba no repetir los errores que le habían llevado a situaciones indeseadas. Día tras día esperó el momento ideal para abandonar el lugar, trabajó en la tienda de Rick como guardia por última vez, cenó con sus conocidos en el poblado de llamitas donde le habían concedido su espada y se despidió con una gran fiesta de esas personitas que poco a poco habían llegado a ser parte de su camino. La revolución le comunicó que su estancia en ese lugar había finalizado, que llevarían un barco a por ella y le trasladarían a un lugar más adecuado para su aprendizaje, le ofrecieron saltarse todo eso pero ella pensó que si bien quería seguir adelante no deseaba convertirse en una carga para otros y que si debía trabajar un tiempo en solitario no le sería problema. Ella sabía que esos meses de soledad le ayudarían a sentar cabeza, a prepararse más para una causa por la que ella luchaba pero que no veía como una misión de momento, simplemente había seguido las enseñanzas de su tribu. — Adiós bosque, has sido una gran parte de mi existencia, me has forjado como zorra y también me brindaste tus recursos. Ahora debo seguir adelante, pero siempre llevaré una parte de ti en mi pelaje... — masculló para sus adentros mirando el nuevo anillo dorado que recorría su muñeca, subiendo al barco y dando un vistazo final a esa isla que quedaba atrás, no quiso hacer mucho pamento, si algún día regresaba sería una sorpresa aunque dudaba de como le recibirían si finalmente se volvía más fuerte.
El viento salado le azotaba el rostro mientras la proa cortaba el oleaje, ella permanecía de pie sobre la cubierta del pequeño velero que había conseguido tras su último contacto con la revolución. Su chaqueta de cuero ondeaba tras ella, y sus ojos rasgados, brillaban con una determinación nueva. Había sobrevivido a mercenarios, esclavistas, había visto como sueños se extinguían frente a sus ojos y patadas pero también como su figura mantenía vivos diferentes sueños gracias a su increíble carisma. Mientras caminaba mirando el camino, uno de los revolucionarios comenzó a gritar que se acercaban al destino, uno que la mink no hubiera creído que existía.
Long Ring Long Land apareció en el horizonte como una pincelada absurda, un lugar donde todo parecía alargado y retorcido por algún capricho de la naturaleza. Los árboles eran altos y esbeltos, los animales corrían con patas estiradas hasta lo ridículo, y el mismo suelo parecía estirarse como chicle bajo sus pies. Era un lugar ridículo, fue su primer pensamiento, pero también ideal para ella quien nunca temía de hacer algún chiste o alguna referencia absurda. La revolución a veces era caprichosa y creía que ese lugar lo habían elegido adrede, una prueba y aunque todo pareciera absurdo podía ver la fuerza de esas criaturas que tan alargadas debían tener mucha energía para moverse sin desfallecer y también para cazar. Suspiró preguntándose si podría medirse con alguna, el barco le dejó en el puerto, mientras se estiraba le dejaron las instrucciones anotadas al percatarse lo olvidadiza que era durante el viaje. Varias veces se había despertado y preguntado a todos quienes eran, donde le llevaban y hasta había tenido pequeños altercados cuando se despertaba un poco molesta por algún resfriado.
La mink se dirigió a la dirección asignada por el confiable papelito, una casa a las afueras de un pueblo, una que se alargaba y estiraba como un firulete mal construido. Fue allí donde conoció a él. No le dijo su nombre, sólo que alguna vez fue llamado "pirata, mercenario y revolucionario", pero que ya no tenía tiempo para títulos solo para relajarse en una isla donde pocos le buscaban dado lo complicado que era llegar en ciertas épocas del año. Era un hombre de piel cobriza y ojos que parecían haber mirado demasiado al mar. Lo encontró pescando con una lanza de bambú mientras tarareaba una canción olvidada, algo sobre una morocha que se moría de ganas por bailar, la mink le observó incrédula pero se acercó y este inició una charla sobre una isla en los cielos de la que había descendido hace unos años. Y una pregunta "¿Has oído hablar del haki?", una que se quedó en su mente por mucho tiempo, ya que el pobre hombre no tenía idea de que Berry era una mink sin mucha memoria y lo que pudo finalizar en dos segundos tardó al menos tres horas hasta que el mismo individuo debió detener a la zorra de pensar antes de que le explotase alguna neurona.
Durante días, bajo cielos limpios y soles despiadados, Berry se entrenó. El hombre le enseñó a escuchar con los ojos cerrados, a sentir los movimientos en el aire, a prever sin ver. Le hizo atrapar hojas antes de que tocaran el suelo. Le lanzó piedras a traición mientras dormía, hasta que pudo despertarse justo antes del impacto. Le hablaba del "color de la percepción", del hilo invisible que conecta toda voluntad viva. Aunque lo único que Berry sentía era el dolor de las piedras al impactar con su cabeza o la voz de su consciencia en forma de angelito diciéndole que ese hombre le estaba intentando matar pero otra más sexy de diablita que le instaba a seguir. Sí, Berry solo seguía por mero instinto más que por lo que estaba aprendiendo, porque tanto dolor le servía para mejorar su voluntad y donde en el pasado se hubiera rendido y tirado la toalla ahora demostraba que seguiría sin importar las consecuencias.
Berry fracasó. Una y otra y otra y otra vez... pero sorprendentemente no se rindió. Y un día, mientras se desplazaba entre los árboles, lo sintió. No lo vio, no lo oyó. Pudo percibirlo casi sin enfocarse en ello, como si un nuevo reflejo hubiera despertado en ese momento. Se trataba de una presencia leve, como el roce del filo de una navaja que se preparaba para impactar en su cuerpo. Se giró justo a tiempo para esquivar un golpe que nunca llegó. Él sonreía, satisfecho, como si todo aquel entrenamiento hubiese sido todo un éxito, de una mink que no podía esquivar una simple piedra a una zorra que le había sentido y no por su sentido del olfato como tantas veces le había engañado, si no por algo más profundo que esta apenas estaba empezando a comprender.
—Ya no necesitas mirar para ver —dijo el aventurero— Ahora puedes caminar incluso entre sombras, sin perder el camino. —
Berry no respondió, el viento volvió a soplar, cálido y libre. Su viaje no había hecho más que empezar, este solo era el primer viaje de muchos que le aguardaban según los revolucionarios. Pero por primera vez, tenía algo más que garras y velocidad: tenía ese poder que se llamaba caki, o raki, ¡Haki! eso era. Aplaudió contenta mientras cerraba los ojos y comenzaba a caminar hacia la casa del aventurero, lastima que no vio el pozo que había delante pese a los gritos del hombre. — Diablos señorita, usted es demasiado literal a veces, ¡Claro que necesitas usar tus ojos! Ya uno no puede hacerse el guay en estos días, la juventud... — gruñó el hombre desde arriba mientras le alcanzaba una cuerda a su "alumna" otra vez, parecía que un largo día les aguardaba.
El viento salado le azotaba el rostro mientras la proa cortaba el oleaje, ella permanecía de pie sobre la cubierta del pequeño velero que había conseguido tras su último contacto con la revolución. Su chaqueta de cuero ondeaba tras ella, y sus ojos rasgados, brillaban con una determinación nueva. Había sobrevivido a mercenarios, esclavistas, había visto como sueños se extinguían frente a sus ojos y patadas pero también como su figura mantenía vivos diferentes sueños gracias a su increíble carisma. Mientras caminaba mirando el camino, uno de los revolucionarios comenzó a gritar que se acercaban al destino, uno que la mink no hubiera creído que existía.
Long Ring Long Land apareció en el horizonte como una pincelada absurda, un lugar donde todo parecía alargado y retorcido por algún capricho de la naturaleza. Los árboles eran altos y esbeltos, los animales corrían con patas estiradas hasta lo ridículo, y el mismo suelo parecía estirarse como chicle bajo sus pies. Era un lugar ridículo, fue su primer pensamiento, pero también ideal para ella quien nunca temía de hacer algún chiste o alguna referencia absurda. La revolución a veces era caprichosa y creía que ese lugar lo habían elegido adrede, una prueba y aunque todo pareciera absurdo podía ver la fuerza de esas criaturas que tan alargadas debían tener mucha energía para moverse sin desfallecer y también para cazar. Suspiró preguntándose si podría medirse con alguna, el barco le dejó en el puerto, mientras se estiraba le dejaron las instrucciones anotadas al percatarse lo olvidadiza que era durante el viaje. Varias veces se había despertado y preguntado a todos quienes eran, donde le llevaban y hasta había tenido pequeños altercados cuando se despertaba un poco molesta por algún resfriado.
La mink se dirigió a la dirección asignada por el confiable papelito, una casa a las afueras de un pueblo, una que se alargaba y estiraba como un firulete mal construido. Fue allí donde conoció a él. No le dijo su nombre, sólo que alguna vez fue llamado "pirata, mercenario y revolucionario", pero que ya no tenía tiempo para títulos solo para relajarse en una isla donde pocos le buscaban dado lo complicado que era llegar en ciertas épocas del año. Era un hombre de piel cobriza y ojos que parecían haber mirado demasiado al mar. Lo encontró pescando con una lanza de bambú mientras tarareaba una canción olvidada, algo sobre una morocha que se moría de ganas por bailar, la mink le observó incrédula pero se acercó y este inició una charla sobre una isla en los cielos de la que había descendido hace unos años. Y una pregunta "¿Has oído hablar del haki?", una que se quedó en su mente por mucho tiempo, ya que el pobre hombre no tenía idea de que Berry era una mink sin mucha memoria y lo que pudo finalizar en dos segundos tardó al menos tres horas hasta que el mismo individuo debió detener a la zorra de pensar antes de que le explotase alguna neurona.
Durante días, bajo cielos limpios y soles despiadados, Berry se entrenó. El hombre le enseñó a escuchar con los ojos cerrados, a sentir los movimientos en el aire, a prever sin ver. Le hizo atrapar hojas antes de que tocaran el suelo. Le lanzó piedras a traición mientras dormía, hasta que pudo despertarse justo antes del impacto. Le hablaba del "color de la percepción", del hilo invisible que conecta toda voluntad viva. Aunque lo único que Berry sentía era el dolor de las piedras al impactar con su cabeza o la voz de su consciencia en forma de angelito diciéndole que ese hombre le estaba intentando matar pero otra más sexy de diablita que le instaba a seguir. Sí, Berry solo seguía por mero instinto más que por lo que estaba aprendiendo, porque tanto dolor le servía para mejorar su voluntad y donde en el pasado se hubiera rendido y tirado la toalla ahora demostraba que seguiría sin importar las consecuencias.
Berry fracasó. Una y otra y otra y otra vez... pero sorprendentemente no se rindió. Y un día, mientras se desplazaba entre los árboles, lo sintió. No lo vio, no lo oyó. Pudo percibirlo casi sin enfocarse en ello, como si un nuevo reflejo hubiera despertado en ese momento. Se trataba de una presencia leve, como el roce del filo de una navaja que se preparaba para impactar en su cuerpo. Se giró justo a tiempo para esquivar un golpe que nunca llegó. Él sonreía, satisfecho, como si todo aquel entrenamiento hubiese sido todo un éxito, de una mink que no podía esquivar una simple piedra a una zorra que le había sentido y no por su sentido del olfato como tantas veces le había engañado, si no por algo más profundo que esta apenas estaba empezando a comprender.
—Ya no necesitas mirar para ver —dijo el aventurero— Ahora puedes caminar incluso entre sombras, sin perder el camino. —
Berry no respondió, el viento volvió a soplar, cálido y libre. Su viaje no había hecho más que empezar, este solo era el primer viaje de muchos que le aguardaban según los revolucionarios. Pero por primera vez, tenía algo más que garras y velocidad: tenía ese poder que se llamaba caki, o raki, ¡Haki! eso era. Aplaudió contenta mientras cerraba los ojos y comenzaba a caminar hacia la casa del aventurero, lastima que no vio el pozo que había delante pese a los gritos del hombre. — Diablos señorita, usted es demasiado literal a veces, ¡Claro que necesitas usar tus ojos! Ya uno no puede hacerse el guay en estos días, la juventud... — gruñó el hombre desde arriba mientras le alcanzaba una cuerda a su "alumna" otra vez, parecía que un largo día les aguardaba.
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