30-07-2025, 01:31 PM
Día 58 de Primavera // Año 16
El viento soplaba más fresco ahora que había caído el sol. La temperatura descendía aún más al subir a aquella parte del reino. Ballywood Hills era el lugar perfecto para que los nobles del pasado hubiesen situado sus residencias; un lugar apartado de las fabricas y fundiciones, donde los pobres y desdichados ubicaban sus viviendas. Las calles, aunque bien iluminadas por los faroles, estaban llenas abundantes decoraciones compuestas por árboles y arbustos florales. Unas decoraciones que Varo amaba. No por el colorido que aportaban a las calles durante el día, sino por la cantidad de zonas a la sombra que creaban durante la noche. Avanzó saltando del pie de un árbol al siguiente, procurando que su figura no fuese distinguible por ninguno de los guardias que hacían sus rondas por las puertas de los edificios.
Al fin llegó al muro que rodeaba la residencia Reinmar. Un muro de ladrillo rojo coronado por piedra blanca caliza que le daba un aspecto elegante. Comenzó a intentar escalar por los ladrillos, haciendo uso de sus garras. Clavó sus uñas en las ranuras y fue subiendo con calma, despacio, y sin hacer ruido. Había subido tan solo dos metros cuando un ruido lo sobresaltó.
—¿Quién anda ahí? —gritó uno de los guardias.
Varo saltó del muro y se giró, para ver un hombre corpulento con cara de pocos amigos esperando una respuesta.
—Solo soy un mink con problemas de juego.
—¿Problemas de juego? ¿Eso que tiene que ver?
—Afecta a todo. Por ejemplo. Me apuesto 10 berries contigo a que no eres capaz de alcanzarme antes de que suba este muro.
Varo se giró he hizo ademán de comenzar a escalar. El guardia se lanzó a la carrera tan rápido como pudo en dirección al mink. Era rápido teniendo en cuenta su envergadura, pero cuanto más aceleras una gran masa, más inercia adquiere. Varo esperó su momento, hasta que el guardia estuviese a solo un par de pasos de él y saltó hacia un lado, tan solo un metro. Cuando se hubo apartado de la trayectoria del enfurecido guardia, golpeó su nuca y la cara del guardia se estampó de frente contra la pared con toda la fuerza del golpe de Varo y la inercia de su carrera. El guardia cayó inconsciente, su cara resbalando contra la pared. Varo dio un paso hacia él con la mano en su bolsillo.
—Eres más rápido de lo que pareces. Al final si que me alcanzaste antes de que trepase el muro.
Sacó su mano del bolsillo y puso 10 berries en el morral del guardia. Entonces trepó la pared con cuidado de no resbalar, asegurándose de que sus garras se asían con fuerza a los ladrillos. Asomó la cabeza por encima del muro para divisar lo que había en los jardines. Los perros dormían acostados por la hierba. Perros de patas anchas, hocicos cuadrados y una gran cabeza.
—Maldito Reinmar. Sabía que me estaba engañando. Si que eran Rotweilers.
Avanzó con cautela de no despertar a los animales. Un paso. Luego otro. Se deslizó agachado para no declarar su posición, en el caso de que algún otro guardia estuviese vigilando. Avanzó hasta una de las ventanas y comenzó a intentar forzarla introduciendo una de sus uñas por el medio en busca del pestillo. Forcejeó un par de veces hasta que tuvo un mal presentimiento. Esa clase de sensación que se tiene cuando alguien tiene sus ojos clavados en tu nuca. Un escalofrío recorrió su espalda hacia abajo mientras se giraba poco a poco, sin movimientos bruscos. Sus músculos se tensaron al ver tras de él una sombra robusta, con una cabeza que parecía capaz de opacar la luna y una sonrisa llena de afilados dientes. La saliva goteaba desde su lengua como el ácido que se desborda de su matriz. Tras unos instantes paralizado, Varo decidió dar un par de pasos hacia el perro.
—Tranquilo, chico. No soy ninguna amenaza —dijo mientras acercaba una mano de forma muy serena a su hocico.
El animal acercó su nariz a la mano y olisqueó repetidamente. Después produjo un leve gruñido. No uno agresivo. Más bien uno de esos de confusión, tal vez provocada por la similitud del olor del pelaje o porque detectaba que Varo no era ninguna amenaza para él. Dejó caer su enorme lengua y la pasó por el brazo del mink, que comenzó a rascarle detrás de la oreja.
—Eso es. Ahora ve a dormir otro rato. Es tarde.
El perro se resistió a marcharse ante el placer que le producía las caricias y rascadas de las uñas fuertes del mink. Tras insistir varias veces, al fin el animal se volvió y marchó. Varo entonces continuó con su tarea y comenzó a forcejear de nuevo con la ventana hasta que esta se abrió. Subió una pierna hasta el alfeizar y cuando se dispuso a subir la otra notó un tirón desde la pernera de su pantalón. Se giró para revisar si se había enganchado en alguna rama pero se sorprendió al ver que lo que evitaba que entrase por la ventana no era otra cosa que la mandíbula del perro sujetando su pantalón. Con especial delicadeza, eso sí. Como si el perro no tratase de dañar a Varo, y tan solo se limitase a frenar su avance. Varo intentó zafarse para no perder más tiempo allí, en una posición tan a la vista de cualquier guardia, pero el agarre del perro era tan delicado como insistente. Tras varios intentos, el mink desistió y volvió a bajar su pie del alfeizar.
—¿Qué es lo que quieres, chico? —dijo agachándose para ponerse a la altura del animal y lejos de la vista de algún vigilante.
El perro soltó un pequeño gemido y bajó su morro para golpear una rama que, a juzgar por su aspecto pringoso y húmedo, había traído él mismo. Varo negó con la cabeza, su cara con expresión de asco. El rottweiler volvió a insistir y amagó con ladrar, lo que hizo que la actitud del mink cambiase por completo. Sujetó la rama con dos de sus dedos y miró de nuevo al perro guardián, el cual abrió la boca y se cuadró tensando sus músculos, expectante al lanzamiento. Varo lanzó la rama a tan solo unos metros. No quería levantar sospechas ni con su lanzamiento ni con la carrera del perro. La distancia a la que lanzó el palo no satisfizo las expectativas del animal que dejó salir un quejido lastimero. Caminó hasta la rama y la trajo de vuelta, soltándola de nuevo a los pies de Varo. Entonces, hizo un gesto con la cabeza indicando que la lanzase más lejos. El saqueador cogió el palo de nuevo, con el mismo asco de antes, pues las babas habían sido renovadas, y lo lanzó a unos 5 o 6 metros de donde estaban. El perro se quedó inmóvil mirando en la dirección de dónde había caído y ladeó la cabeza. Trajo de nuevo su juguete, esta vez con un paso que indicaba que la paciencia comenzaba a escasearle. Puso el palo a los pies de Varo y gruñó ligeramente, y acto seguido sacudió su cabeza un par de veces con la intención de señalar que enviara el palo bien lejos.
—Está bien. Pero solo una vez, ¿de acuerdo?
El perro ladeó la cabeza. Tal vez intentando aparentar que no entendía lo que se le decía y que traería de nuevo el palo, por lo que Varo lo agarró con firmeza y lo lanzó tan lejos como pudo, para acto seguido girarse y colarse por la ventana tan rápido como el perro echó a correr. Dio un último vistazo a la carrera del perro y pensó que el animal cumpliría con su trabajo más por su pinta amenazadora que por su velocidad. Terminó de pasar su cuerpo a la habitación y se aseguró de dejar la ventana lista para su huida.
Al otro lado de la habitación, ante él, cerraban la estancia dos amplias puertas dobles de madera robusta, custodiadas por relieves de viñas, leones y máscaras de teatro. El aire se sentía más denso nada más entrar, con un claro olor a tabaco y whiskey. Las paredes estaban decoradas con tapices de seda oliva verde, bordados con hilos dorados formando ornamentos en forma de cálices, ramas y flores. El centro de la sala estaba presidido por un conjunto de sillones de terciopelo carmesí, acompañados por una mesa de patas curvas y superficie nacarada. Todo ello daba la impresión de estar dispuesto más para exhibirlo que para ser usado.
Atravesó las grandes puertas de madera con sigilo, procurando observar el pasillo por la pequeña rendija que crearon al abrirse. Por suerte, no apreció la presencia de nadie y se escurrió por el corredor pegado a la pared. Su capacidad, casi innata, para el sigilo le permitió avanzar por los pasillos con la fluidez de quien aparenta no tocar el suelo, con la delicadeza con la que avanza un pez por la corriente de un río, sin apenas alterarla.
Continuó su marcha hasta que encontró una habitación custodiada por un solo guardia. Eran buenas señales, puesto que eso solo podía significar que se trataba de una habitación que contenía algo que proteger; o bien algo valioso, o bien el señor Reinmar. En cualquier caso, habría algo preciado que llevarse al bolsillo.
Se acercó a unos 6 metros del guardia: lo suficiente para poder atacar con certeza, no tan cerca como para ser detectado. Sacó sus Hari de su cinturón, los sujetó entre sus dedos y apuntó al cuello del guardia. Lanzó con fuerza. Diana. Corrió tan rápido hacia el guardia como la necesidad de sigilo se lo permitía y lo golpeó de nuevo en la mandíbula. Tenía que asegurarse. Evitó como pudo que el formido hombre no cayera desplomado al suelo, generando así un ruido que pudiese despertar a alguien, y tomó los Haris para guardarlos de nuevo. Abrió la puerta con cuidado y entró dando pasos aún más suaves. Entornó la puerta tras de sí, no quería que algo se interpusiese en su huida si tenía que darse, y tampoco quería que los pasos de algún otro guardia quedasen bloqueados por la gruesa madera. Se giró y vio como el señor Reinmar dormía plácidamente tras el dosel de su cama.
Revisó la mesilla junto a su cama y tomó una bolsa, que, a juzgar por la forma de su contenido, estaba repleta de berries y puede que alguna joya. Siguió inspeccionando la habitación, abarrotada de objetos de gran valor que estaban tirados como si se tratase de simples baratijas. Tomó un par de anillos más que encontró sobre la cómoda y entonces alzó la vista. Ante él, un precioso bodegón. Un cuenco dorado con todo lujo de detalles contenía unas frutas que parecían recién recogidas del árbol, alguna tenía una gota de rocío sobre ella en la que le pareció a Varo verse reflejado. Los trazos eran irregulares y algo erráticos. Algo que muchos señalarían propio de un autor poco experimentado, pero que bajo su mirada reflejaba también la pasión del mismo a la hora de realizar un encargo, aunque no le hubiese reportado más que unos cientos de berries.
Su concentración en el cuadro era tal que apenas pudo distinguir unos pasos que se acercaban por el pasillo. Era demasiado tarde para volver por donde había venido así que se acercó a la ventana, la abrió y saltó por ella. Atravesó el jardín a toda prisa, escuchando los gritos de alarma de los guardias. Estaba comenzando a llegar al muro cuando los ladridos se amontonaban tras de él. Se tomó un segundo para mirar. Allí estaba el que hasta hacía un rato parecía su amigo perruno. Trepó con prisa pero seguro, sabedor de la falta de velocidad del animal y se despidió de este desde lo alto del muro, antes de saltar hacia la calle.
Se alejó a toda prisa de Ballywood Hills, pues aquellas calles, llenas de sombras, eran el mejor camino para él.
Se alejó a toda prisa de Ballywood Hills, pues aquellas calles, llenas de sombras, eran el mejor camino para él.
OFF
