[Fic-Sulong] Libertad Berrylosa
#1
Cuando el mar calla y el cielo se abre como un párpado antiguo sobre la noche, hay quienes miran la luna con deleite. Otros, con temor. Esa era una de aquellas frases tontas de su tribu, tontas porque siempre que alguien miraba la luna dentro de su tribu se volvía una bestia indomable. Algunos llegaban a decir que aquel despertar era la forma verdadera de un mink, la forma que todos deberían tener como forma habitual pero que dado los prejuicios de los minks más civilizados lo habían vuelto un tabú al que pocos Minks llegaban a acceder. Era peligroso, Berry había sido testigo de como minks mucho más fuertes que ella habían sucumbido cuando su corazón dejaba de latir, como el Sulong podía consumir incluso al guerrero más hábil, por eso mientras todos observaban a la luna con cierto respeto, ella no había confrontado su forma desde hacía muchos años.

Berry la observaba con deseo, sentía que se había vuelto lo suficientemente fuerte para intentarlo, para transformarse intencionalmente e intentar luchar con la bestia interior que tanto tiempo había atado a un rincón de su mente. Había progresado mucho desde que sentía con el haki, desde que la voz del mundo comenzó a hablarle, pero estaba claro que ella deseaba mucho más. Su mente reaccionaba ante combates que podían llegar, enemigos imaginarios que podrían suponer una amenaza a su vida incluso con el electro. Pero este ritual, esta técnica, era muy limitada. La luna llena no era cosa de todos los días, si la batalla le sorprendía un día que no hubiera luna sería algo inútil en su repertorio. Aunque, la emoción de soltar a su bestia interior, de sentir el viento rasgando las cadenas de su propia naturaleza, era algo que le aceleraba el corazón y que pese a todos los contras le instaban a entrenar aquel estado donde muchos morían embriagados por la adrenalina. Era una noche sin nubes en la costa rocosa de Long Ring Long Land, azotada por las corrientes del Paraiso. Lejos de las rutas comerciales y de los imperios del mar, allí la revolución tenía sus planes pero esa noche ella tenía otros en mente. Un objetivo, un ritual que su tribu reservaba siempre para los más aptos y que su corazón delataba. La brisa marina golpeaba su pelaje, su olfato detectaba que pronto la luna llena pintaría el cielo y como si pudiera tocarlo visualizaba su transformación bajo ese cielo estrellado.

El Sulong, finalmente esa noche se volvería parte de ella, tras tantos intentos fallidos y tantas noches donde despertaba agotada casi sin recordar lo que había pasado pero que sus ojos nunca dejaban de admirar el inmenso poder destructivo que se encontraba tras caminar unos pasos. Por suerte, una isla tan larga era sinónimo de vastas tierras desiertas donde un cambio o dos del paisaje apenas afectaba y era más seguro que terminar la vida de inocentes presa de la ira incontrolable.

Entre los suyos, esa palabra se pronunciaba con reverencia ya que no era una simple transformación para presumir, era la culminación de años de una religión intrincada entre los minks salvajes que muchos habían decidido dar la espalda, era la libertad en estado puro fluyendo por sus cuerpos. Era también una bendición, una herencia sagrada que sacaba a la bestia interna, pero no siempre perdonaba al alma. Aquellos que no eran lo bastante fuertes se perdían en la transformación: dientes goteando espuma, ojos enloquecidos, y manos que ya no distinguían amigo de enemigo, una bestia salvaje que luchaba hasta la muerte e incluso al morir no descansaban y seguían golpeando hasta que solo dejaban una cáscara vacía que debía incinerarse para tatuar en las nuevas generaciones. Ella misma llevaba en su pelaje las cenizas de varios, quienes tras morir habían pasado a ser parte de su cuerpo y le recordaban en cada anillo la longevidad que había logrado.

Berry había visto el Sulong antes. Lo había sentido escalar por su columna en la batalla, abrirle los huesos desde adentro como raíces espinosas sin compasión. Su cuerpo se volvía luz, sombra y trueno, una criatura envuelta en una energía blanca que chispeaba como tormenta de invierno. Pero nunca había sido ella la que mandaba si no esa bestia que difuminaba el paisaje y le inducía a un sueño involuntario.

Por eso entrenaba, día tras día, sin dejarse afectar por sus errores pero siempre buscando resistir más su transformación siempre intentando que la locura se durmiese un tiempo más. Buscando disfrutarlo, buscando sentir con sus propias piernas ese poder que tanto le embriagaba, no buscaba mucho ni pedía nada solo el placer de ser libre y estar consciente de serlo por primera vez en tantos intentos.

Su maestro no era un mink. Era un hombre. Uno viejo, de rostro marcado por el tiempo, el loco que le había hablado del Haki y se había convertido poco a poco en alguien conocido para ella. Nadie sabía su nombre, pero Berry lo llamaba “Rye”, solo porque una vez cuando había fallado en dominar el haki el viejo se la pasó repitiendo que quien reía último reía mejor.

— ¿Tienes miedo esta vez? —le preguntó él, sentado en una roca, mientras tallaba una rama con su navaja de hueso. — ¿Miedo? Nunca tuve miedo del Sulong, quizás respeto a lo mejor un poco de emoción, pero ahora solo quiero disfrutarlo… a lo mejor es lo que estaba haciendo mal, buscar dominarlo pero ir en contra de las enseñanzas de mi tribu debo sonreír y disfrutarlo esta vez así sea la última vez que pueda moverme. De algo se debe morir y yo no pienso morir esta noche viejito. — bromeó la mink guiñando el ojo. Rye dejó de tallar, riendo ante lo sorprendente que podía ser la zorra cuando algo le captaba la atención, era arriesgado pero en su interior también quería ser testigo de ese momento. Ver si su alumna cabeza hueca perecía en esa locura o de lo contrario superaba todas sus predicciones y se convertía en una tormenta capaz de sembrar el terror en los peligros más desafiantes. De cierta manera, el viejo tenía esperanzas en que la mink era alguien complicada de extinguir, incluso para su propia naturaleza animal.

Berry no hizo más que suspirar, ya que sabía que esta noche sería distinta. No solo quería invocar el Sulong, quería resistirlo, no domarlo si no volverlo suyo. Ya no ser una criatura poseída por el poder ancestral, sino una guerrera que cabalgara la tormenta con la mirada firme y poder disfrutar de la sensación de romper una montaña con una patada si en verdad su cuerpo estaba destinado a ese poder. Extendió los brazos al viento y sintió cómo el aire salado le acariciaba el pelaje nuevamente. El manto negro que cubría su cuerpo se agitó con un temblor casi imperceptible, sus músculos vibraban con una energía ya conocida, como un tambor al borde de estallar. Abrió los ojos y se entregó a la luz de la luna, al poder de todos los minks en su tribu que podía sentirlos compartiendo ese momento. En su tribu había noches de luna donde los más veteranos se convertían voluntariamente para montar una fiesta y ahora ella se sentía cerca de ellos pese a estar quizás a miles de millas de distancia.

La luna la miraba y entonces un susurro sordo en su nuca, como si su alma se estuviera desprendiendo del cuerpo. Luego el relámpago interno, tal como una descarga eléctrica que le erizó hasta la última hebra del pelaje. Sus uñas se alargaron y sus colmillos se afilaron. La oscuridad alrededor pareció retroceder cuando su cuerpo empezó a brillar con una luminiscencia plateada, pálida contrastando con aquel negro que tanto disfrutaba, sus anillos dorados se habían aclarado en un tono azul y cada uno centellaba con cierto ritmo propio como si estuvieran preparados para ese momento.

Berry abrió los ojos, y el mundo se quebró. La visión del Sulong no es como la humana, ni siquiera como la de una mink común. Era más bien la percepción de una bestia primordial. Quizás lo más cercano a la libertad de las cosas, ya que todo vibraba, todo latía, cada átomo parecía cantar su propia canción. Incluso los arbolitos parecían temblar ante su figura, los animales alargados ya habían huido y su haki se había desbordado con las voces alteradas casi como si hubiese fumado antes de intentarlo. Lo había hecho a la mañana, pero este viaje era mucho más intenso y la mink comprendía que no era un viaje que no estaba “volando” si no que ese ensueño era lo que tanto estaba buscando.

“Corre... Caza… Destruye ”

Berry cayó de rodillas, la bestia intentaba llegar a ella pero su cabeza golpeó el suelo con fuerza suficiente para hacerla temblar levemente, debía mantenerse enfocada si en verdad deseaba dominarlo.

—¡No! —rugió— ¡ Soy yo quien va a divertirse ahora ! — Entonces recordó las palabras del chamán anciano de su tribu, de esa noche donde encontraron a un mink perdido en su naturaleza.

"Dominar al Sulong no es como transformarte, no es solo un grito y poder gratis, si no lo disfrutas si no sientes la libertad terminarás así. Todo debe fluir, incluso nuestra naturaleza, porque un mink no es un simple mortal. Somos, libres de una manera que nadie podría entender y este es el resultado de una libertad encadenada."

Con ese pensamiento, Berry hizo lo impensado. En vez de resistir se entregó, abrazando lo que para ella era la libertad de su tribu, sus costumbres y tradiciones, dejando que ahora el Sulong tomase su carne para volverse uno con ella. Cerró los ojos dentro del fuego eléctrico y buscó algo más profundo que el instinto, algo que respondiese a su misión por un momento las dudas quisieron invadir su mente pero ella estaba convencida de que lo encontraría. Y allí estaba, no se había equivocado, había abrazado la libertad que tanto tiempo persiguió. Con esfuerzo sobrehumano, Berry respiró. Una vez tras otra, respiros agitados que lentamente se canalizaban, parte del entrenamiento del haki se reflejaron en ese latido y su pecho comenzó a latir en un ritmo propio, el ritmo de esa electricidad.

El cielo estalló en un rayo lejano, el mar se agitó como si aplaudiera. Y en la cima del acantilado, Rye sonrió apenas, con la rama ya convertida en una figura tosca: la silueta de una zorra en postura de ataque, con la luna detrás. Berry danzó sobre la hierba, dejando estelas de luz en sus movimientos. Sus zancadas eran firmes, sus sentidos afilados, finalmente podía correr y divertirse, no había bestia ni amenaza de dormirse y con una patada voluntaria pudo probar su nueva fuerza un movimiento devastador que pocas veces había sentido en su piel. Un nuevo poder, algo que finalmente podía comprender y no solo perderse en la locura. Cuando la luna descendió ligeramente, Berry dejó que el cuerpo volviera a su forma habitual. Cayó de rodillas, jadeando. Su pelaje negro aún chispeaba en algunos lugares, sus garras regresaban a sus medidas normales. Estaba cubierta de sudor, sangre seca, y sobretodo libertad porque finalmente había hecho todo lo que quiso mientras la luna y su cuerpo seguían enfocados en no desfallecer. No había hecho un destrozo, e incluso su poder parecía haberse focalizado mucho mejor, todavía le impresionaba el enorme agujero que su patada había realizado.

Rye se acercó, le ofreció agua. — Lo lograste — ella lo miró con los ojos aún brillantes. — ¿Lo dudabas? Tengo la sensación de que sabías que terminaría por conseguirlo y solo querías ver si se me rompía la ropa… bueno lo poco que llevo. — él asintió, sabía que tenía razón en parte ya que como su maestro improvisado había aprendido a confiar en ella.

Porque dominar el Sulong no era una meta, era un camino natural en su tribu, uno que tarde o temprano debería haber tomado y del cual ninguno escapaba por mucho que lo intentase. Había encontrado en su interior algo más fuerte que la furia: la verdadera forma de la libertad, la dulce fragancia de dejarse llevar y poder disfrutar de ese momento breve pero brutal. Cuando se puso de pie, con el cuerpo adolorido, el mundo parecía diferente, seguía vibrando pero ya no tenía esa sensación de incomodidad si no que incluso se permitió reír al ver todo lo que había hecho. La bestia ya no era un monstruo encerrado, encadenado o temido para su cuerpo, era una parte de ella lista para ayudarle cuando tuviera problemas y hubiese oportunidad de salir a jugar una vez más. Una espada que solo ella podía desenvainar y con la que ahora se divertiría más que nunca, apretó sus puños crujiendo sus nudillos lista para lo que podía ser una siguiente noche de luna llena, ahora que no perdería la consciencia solo quedaba disfrutar por unos días la libertad.
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