Organ.
Una isla tranquila. Un destino que te permite disfruta de, al menos, una buena copa de vino y una comida reconfortante. A menos que algo perturbe la paz de la que tanto se nutre esta isla. Algo como lo que a mí me había traído a la villa.
Me alojaba en el distrito residencial, hacía varios días me hospedaba en una de las más modestas posadas de la villa con la intención de pasar todo lo desapercibido que un hombre como yo podía. A fin de cuenta, un tipo enorme que apenas entra por la puerta es… difícil de camuflar.
Mi objetivo era simple y tenía nombre y apellido: Shikegatsu Toguri. Pirata y saqueador que llevaba meses asaltando de manera sistemática las bodegas de las posadas y bares de la villa y, por alguna razón, no eran capaces de atraparlo. Era escurridizo y cuando lo acorralaban, era capaz de noquear a los guardias sin mucho problema. Esto le ha labrado una mínima reputación.
- Cabrón escurridizo… - murmuraba tirado en la cama de la habitación de la posada, que apenas tenía una cama, una mesa y, clavado en la puerta con un pequeño cuchillo de cocina, el cartel de se busca de Toguri. La cara del hombre era delgada. Tenía los pómulos muy marcados y las mejillas ligeramente consumidas, además de una barbilla partida muy característica. Su pelo era negro y alborotado, con una longitud media.
Los robos se dan a la noche, habitualmente en las horas más oscuras, arropado por la noche y oculto de miradas indiscretas. Cada noche tras la cena, me quedaba cerca de la ventana abierta, intentando escuchar cualquier tipo de ruido. Esta noche había decidido patrullar un poco.
Eran las 11 de la noche, el cielo estaba cubierto y la poca luz que las estrellas y la luna arrojaban sobre las calles de la villa quedaban opacadas por negras nubes que auguraban cambios en el tiempo. Apenas había un alma en las calles, un par de guardias que, aunque solo sea por haberme visto varios días por la villa, simplemente saludaban con un gesto de su cabeza asintiendo.
Me senté en un banco de una calle cercana y descansé la vista sin desconcentrarme de la tarea que me ocupa mientras repasaba mentalmente los datos que tenía.
- Apenas nadie lo ve. Quizás pueda ocultarse. Puede noquear a varios hombres. Debe ser físicamente fuerte. O muy hábil. Debo sacar ventaja de mi fuerza física y mi tamaño. Si no es extremadamente rápido, podré alcanzarlo… - pensaba hasta que, de repente, escuché quejido suave seguido de un golpe seco.
Reaccioné de inmediato.
Me levanté como un rayo y me dirigí hacia el ruido, debían ser un par de calles al lado. Cuando llegué al lugar encontré a un guardia tirado en el suelo. No parecía haber nadie cerca. Me acerqué despacio y, colocando mi mano bajo su nariz, comprobé que el hombre respiraba. Fuera lo que fuera, lo había dejado fuera de combate sin un solo ruido y sin oportunidad de contraatacar. Parece que el pirata era no solo hábil sino inteligente. Miré a mi alrededor intentando escudriñar de donde vino y, no encontré más que puntos de ataque. Balcones, terrazas, tejados… sin embargo, mi mirada se paró en un punto al lado del cuerpo del hombre. Un bar, cerrado por las horas. Era tan probable que, no pude resistirme. Volví sobre mis pasos y esperé sin hacer nada, rezando porque el ladrón, si estaba ahí dentro, no hubiera oído nada. Tras unos minutos, observé al hombre salir por la misma puerta, cargado con dos barriles de licor bajo los brazos.
Era un hombre de buen tamaño, debía medir dos metros sin problema, pero era delgado y atlético. Vestía unos bombachos oscuros y un chaleco junto a una espada que portaba del cinturón. Quise salir con cuidado, pero, como ya he dicho… es difícil ser discreto cuando mides lo que yo. Toguri se percató de mi presencia. Ambos cruzamos miradas durante una fracción de segundo y, casi como si fuera una reacción instintiva, el ratero soltó los barriles y echó a correr. Y yo, tras él.
La persecución comenzó por las calles, pero, por alguna razón, no me pareció muy rápido. No tanto como para despistar a los guardias siempre que lo pillaban. De hecho, estaba acercándome metro a metro y él lo notaba. Mirando hacia atrás en cada calle. Fue al darse cuenta de que lo iba a alcanzar que el pirata se dirigió derecho a una línea de casas de unos 5 metros de alto. Pensé que intentaría entrar para despistarme, pero, lejos de ello, cogió impulso y con un salto, alcanzó un balcón con la mano derecha y tras otro impulso se escabulló por encima de los edificios.
- Vamos, no me… - pensé. - Así que así es como te escaqueas. Mala suerte. - murmuré mientras yo mismo repetía sus movimientos, saltando el edificio sin ningún problema.
Toguri había aflojado su marcha, quizás pensando que se había escapado de mi, pero, al verme aterrizar y comenzar la carrera de nuevo, su cara se tornó de pánico y comenzó a acelerar de nuevo. Supongo que no pensó que para mí, esa casa era una pequeña valla que evitaría sin problema.
Para evitarme, comenzó a callejear con más velocidad y finalmente, torció a la izquierda donde, hasta yo mismo, sabía que no había salida. Una calle pequeña sin salida y con enormes casas de cara vista que no permitían escalada alguna. Pero, por alguna razón, una calle completamente a oscuras.
Me quedé escudriñando la oscuridad, frunciendo el ceño intentando distinguir alguna figura. Era inviable. Y tampoco escuché ningún ruido. Desde la entrada de la calle, donde dos únicas antorchas iluminaban esa zona, pensé en retirarme, pero… agarré una de las antorchas y la lancé al suelo en medio de la calle, tratando de iluminar la zona. Apenas aumentó la luz, pero, lo suficiente para quedarme perplejo y asegurarme de que no había nadie allí.
- Imposible… - dije entre dientes, bastante molesto.
Fue entonces cuando me giré, decepcionado por mi ineptitud, escuché claramente un suspiro de alivio. Paré en seco. Giré la cabeza bruscamente y miré de nuevo, pero no había nadie. Quizás mis ojos me engañen pero… ¿mis oídos también? Pensaba revisar el callejón por completo, así que cogí la segunda antorcha y la lancé al fondo de la calle, golpeando sobre la fachada y cayendo al suelo justo en el punto donde el suelo y la casa se unían. Y me maravillé con mi hallazgo. Ahora sí podía verle. Toguri estaba en el fondo, fundiéndose con las sombras. Apenas era una silueta pero, lo tenía muy claro.
- No tiene caso que te escondas, puedo verte. - Sentencié, entre solemne y burlón. - Así que… ¿puedes camuflarte? - cuestioné.
- Utilizo ropas negras y mi pelo para camuflarme en las sombras. A no ser… - trataba de explicar el ladrón.
- A no ser que haya una fuente de luz tan cerca. - corté su explicación – es una lástima. Me parece que te vienes conmigo. Vales dinero y, al contrario que tú, cuando quiero algo, lo pago. - anuncié mientras me acercaba poco a poco chasqueando mis nudillos con la mano contraria.
- Yo creo que no. - Dijo lanzándose sobre mí con su espada en la mano y asestando un corte sobre mi cuello.
El dolor fue enorme. Pero, por alguna razón, no había sangre, aunque el impacto sí que me desoriento. El pirata dio un paso atrás en guardia y espero a que cayera, como estaba acostumbrado a que hicieran sus víctimas. Ese golpe podría noquear a cualquier hombre, pero… yo soy un poquito más fuerte y resistente. Apoyé mi pie izquierdo un poco adelantado.
- No sé por qué sigo vivo, pero… la próxima vez, si intentas algo, hazlo bien. Ven, enano. - me burlé provocando al pirata con mi mano izquierda, haciendo gestos de que viniera hacia mí. Toguri lanzó un grito al aire. Estaba frustrado y eso le iba a costar la pelea. Comenzó a cargar de nuevo, portando su arma en la mano derecha. Es diestro, y su golpe estrella es desde ese mismo lado, porque es donde me ha golpeado antes.
- Eres rápido y fuerte pero… ¿Aguantarás? - pensé mientras inflaba mis pulmones y cargaba mi brazo izquierdo para bloquear su espada. - ¡Baria no kiniku!
El impacto de la espada sobre mi brazo dolió pero, mucho menos que antes. Mi antebrazo había absorbido el impacto y ahora sí podía ver con claridad que su espada no estaba afilada. Era mi momento.
- ¡Motto chikara o! - exclamé mientras disparaba un puñetazo con mi diestra al estómago de Toguri, lanzándolo hasta el final de la calle y haciéndole impactar contra el edificio de atrás. - La próxima vez que robes algo… - dije mientras me acercaba a él lento y prudente – roba una piedra para afilar tu espada. -
Agarré de la pierna al inconsciente ladrón y lo arrastré dirección el cuartel de la guardia de la ciudad. No me hizo falta llegar, ya que los golpes y gritos habían alertado a los guardias que llegaban a la escena en ese mismo instante.
- ¿Qué está pasando aquí? - preguntó el que parecía a cargo, puesto que portaba un uniforme ligeramente distinto al resto.
- Tengo un paquete para la marina, - contesté señalando con la cabeza a Toguri – ¿sabes dónde puedo entregarlo?
- Mañana al amanecer llegará un barco marine a abastecerse de camino a su base, entrégaselo a ellos.
Continué mi camino con el pirata a rastras hasta la posada, donde subí a mi habitación y lo maniaté y amordacé. Lo senté en una esquina y lo observé dormir toda la noche, presa del impacto que recibió. No me extrañaría que tuviera algo roto, pero parecía sano. No paraba de pensar que si esa espada hubiera estado afilada, en su primer ataque, estaría muerto. Un error que no volvería a cometer. Tendría que volverme intocable para paliar lo fácil que es golpear una diana tan grande como yo.
A la mañana siguiente, cargué al hombre ya despierto y que no paraba de revolverse intentando gritar por su vida. Cuando llegué a puerto, efectivamente, estaban los marines cargando cajas de suministros. Me acerqué al que daba las órdenes, un hombre recio y de voz imponente.
- Tengo algo para ti. - Dije soltando al pirata a sus pies, que lo miró con absoluto temor – Creo que te sonará su cara. - proseguí mientras enseñaba su cartel al marine.
Este lo cogió y lo observó unos segundos – Desde luego es él. No sé si tiene aún recompensa vigente, pero, a mí me sirve. Ven con nosotros, comprobaremos si hay pago y te dejaremos en la siguiente isla. - concluyó el marine.
- Me parece un buen plan. Ya no tengo nada que hacer aquí. - Añadí mientras cargaba a Toguri y lo subía al barco.
A fin de cuentas, sin presas, no hay negocio.
