07-10-2025, 02:20 AM
Mar abierto - Reino de Samba
South Blue, Año 16
Dia 12 de otoño
No se qué hora era en realidad. en el fondo del océano el tiempo se vuelve una herida sin reloj, sólo sabía que llevaba nadando demasiado, con la sal ardiendo en los ojos y la sangre de los cazadores disolviéndose en el agua como tinta negra, los escuchaba aún, detrás de mí, el eco metálico de los arpones cortando las corrientes. Sentía cómo vibraba el agua cada vez que disparaban, cazadores de esclavos. Hombres que me habían seguido desde el archipiélago de Conomi, decían que mi piel valía oro, que mi fuerza serviría para mover los cañones de un Dragón Celestial, no querían a un hombre, querían carne.
Krakatua nadaba a mi lado, su silueta plateada deslizándose como un rayo. Le había ordenado que se mantuviera atrás, pero ella era más terca que el mismo mar, su voz aguda atravesaba las corrientes, un reclamo que me mantenía despierto.
—Más rápido, pequeña—murmuré entre burbujas —No dejes que te alcancen.—
El olor del metal se mezclaba con el del miedo. Me giré un instante y vi los destellos de las linternas subacuáticas. Eran tres barcos en superficie, pero enviaban redes cargadas de plomo, una me rozó la pierna izquierda y el dolor fue seco, incluso eléctrico podría decir, pero no me importó demasiado y me impulsé hacia abajo. El abismo me recibió con su oscuridad conocida. Sentí el pulso de la presión envolver mis huesos, no había lugar más seguro que las profundidades, pero esta vez no buscaba seguridad, sólo distancia.
Mi cuerpo me pesaba como una piedra, llevaba ya tres días huyendo sin probar bocado, cada brazada era un esfuerzo, cada trago de agua un recordatorio de que el hambre también puede doler. No sé cuánto tiempo nadé, lo único que recuerdo es el silencio y luego el ruido de los barcos desapareció, las luces se extinguieron y entonces vi algo flotando en la distancia.
Un contenedor, era grande, metálico, cubierto de algas, la madera del marco crujía con el vaivén de las olas y tenía marcas del Gobierno Mundial, pero las letras estaban borrosas, era una mercancía que flotaba a la deriva, medio abierto. Me acerqué con cautela, impulsándome con las aletas de los codos y Krakatua giró a mi alrededor, emitiendo un sonido bajo, nervioso.
—Tranquila —le dije —Si huele mal, no lo comeremos.— Metí la mano dentro del contenedor, sentí cajas rotas, botellas, restos de cuerda y algo blando, era una fruta, no había duda de ello. Redonda, cubierta de espirales como si el mar la hubiera esculpido en remolinos, su piel era violeta, con vetas plateadas, me recordó al color del amanecer bajo el agua, tenía un olor fuerte, extraño, entre dulce y podrido.
—Esto no pertenece aquí—susurré mientras krakatua se alejó un poco, siempre ha sido más sensata que yo, pero el hambre no entiende de presentimientos, tomé la fruta y la guardé bajo el brazo. Decidí seguir nadando hasta tierra firme, no estaba lejos; había leído en un mapa que a medio día de corriente se encontraba la Isla Samba, una franja tropical llena de cuevas y manglares, sii lograba llegar, podría descansar, quizá vender el contenedor si valía algo.
El mar comenzó a cambiar de color, la corriente del norte arrastraba espuma y restos de basura humana, mientras la superficie se agitaba con violencia, no era un buen augurio en absoluto y entonces fue cuando sentí el cansancio abrirse paso en mis musculos, cada brazada dolía como si mis brazos se partieran, el aire me faltaba, la visión se me nublaba, y aún así seguí, no podía detenerme, si lo hacía, volverían a encontrarme y eso no era una opción, tenia que seguir huyendo, tenia que seguir yendome tan lejos como fuese posible.
Las sombras del fondo desaparecieron y, por fin, vi la costa, arena blanca, palmeras, una hilera de rocas negras que parecían dientes, llegué arrastrándome, jadeando, el cuerpo me temblaba y Krakatua emergió detrás, silbando su alivio.
—Quédate cerca del agua —le pedí —Si no regreso en un rato, vuelve al mar profundo y no me busques.— Ella me miró con sus ojos redondos, húmedos, y respondió con un sonido que parecía un lamento, caminé hasta un trozo de sombra bajo las palmeras. El sol me golpeaba como un hierro ardiente y la sal se me secaba en la piel malva, y el tatuaje del marlín en mi espalda ardía como si me recordara que seguía vivo a pesar de todo.
Saqué la fruta y la observé durante un largo rato. El hambre me había vuelto torpe, pero no ciego, aquello no era una fruta común, había oído historias sobre las Akuma no Mi, los frutos del diablo, decían que otorgaban poder a cambio de la maldición del mar, pero nunca creí en cuentos de piratas, aún así, nunca había visto una fruta como esta, eso deja dos cosas posibles, o yo no tenía conocimiento suficiente sobre las frutas de la superficie, o esta fruta si era una de esas malditas akuma no mi.
Aun así, sin importar cuanto pensara mi estómago seguía rugiendo y pensé en mi hija, en cómo solía cocinarme con esa vieja sartén, riendo mientras la grasa chispeaba, en cómo su voz se apagó con un disparo y no pude evitar sentir el vacío devorándome por dentro, no sólo de hambre, sino de todo. —Si esto me mata, al menos lo hará la naturaleza y no un maldito cazador —dije, y di un mordisco.
El sabor fue peor que la muerte, amargo, ácido, como tragar agua oxidada mezclada con ceniza, casi vomito, pero seguí masticando, el cuerpo me pedía detenerme, pero la necesidad fue más fuerte, terminé de tragar y arrojé el corazón de la fruta al suelo, el silencio se hizo pesado y por un momento creí que nada había pasado, luego, un extraño dolor, comenzó en el pecho, como si una mano invisible me estrujara el corazón, las venas se me encendieron bajo la piel, y el aire se volvió fuego en mis pulmones, caí de rodillas, escupiendo espuma, la arena se movía bajo mí, ondulante, como si respirara.
Krakatua emitió un chillido. Intenté calmarla, pero la voz no me salía y entonces todo ese dolor se esfumó y lo sentí, aquella sensación bajo de mi, el suelo se abría bajo mis pies o más bien, yo me deslizaba dentro de él, la arena me tragó hasta la cintura sin resistencia, era como nadar, pero no en agua, en tierra. Mi cuerpo se movía con naturalidad, sin peso, sin fricción, intenté salir, y lo logré, emergiendo unos metros más allá.
Me quedé quieto, respirando y mirando mis manos cubiertas de granos dorados. —¿Qué demonios? —murmuré y volví a intentarlo poco después, esta vez me impulsé hacia adelante, el cuerpo se hundió en el suelo y me deslicé como si la tierra fuera líquida, sentía cada piedra, cada raíz, como si fueran corrientes submarinas, me movía más rápido de lo que jamás había corrido.
Emergí frente al mar, riendo sin querer pero entonces, por costumbre, di un paso hacia el agua, apenas la planta de mi pie tocó el borde de la espuma mi cuerpo se apagó, fue inmediato, la fuerza me abandonó, como si toda mi vida se drenara de golpe, caí de rodillas, sin poder respirar, la piel me ardía, los músculos se endurecieron, intenté retroceder, pero el agua me retenía, como si me odiara.
Krakatua gritó, saltando frente a mí, su cuerpo golpeó las olas intentando empujarme hacia atrás y lo logró, apenas. Logré arrastrarme unos metros tierra adentro y cuando pude respirar otra vez, me tumbé en la arena, jadeando, el mar seguía allí, indiferente, como si me observara desde lejos. —Me has rechazado—susurré, era eso, lo comprendí al instante, el mar, que había sido mi hogar, mi refugio, mi único aliado, ahora me negaba y lo peor es que lo merecía.
La fruta, esa maldita fruta, la Akuma no Mi, no necesitaba libros para saberlo, había vendido mi alma al poder sin saberlo del todo, me quedé allí largo rato, viendo cómo el sol descendía y Krakatua no se alejó, nadaba en círculos, como esperando que el agua me perdonara.
—No puedo volver contigo, pequeña —le dije —El mar ya no me acepta.— Ella emitió un silbido triste, entonces me levanté, probando mis nuevas habilidades. La arena respondía a mis movimientos, se deslizaba bajo mis pies como un río. Intenté correr, y en cuestión de segundos me moví como si nadara bajo tierra, no podia negar que la sensación era extraña, casi hermosa, no había resistencia, no había peso y podía sentir la vibración de los pasos, los insectos moviéndose, el pulso de las raíces, era como si la tierra respirara conmigo.
Pero cada vez que miraba el mar, sentía la punzada, una traición, una pérdida tan grande como la de mi hija, el sol cayó, y el cielo se tiñó de rojo y me senté frente a la orilla, con la sartén a mi lado, pensé en cocinar algo, pero no tenía fuego ni pescado y aunque lo tuviera, no soportaría el olor.
—¿Qué sentido tiene un pez que no puede nadar? —dije en voz alta, el viento no respondió y por supuesto que el mar tampoco, entonces no pude hacer mas que cerrar los ojos y recordar cuando era niño, cuando mi padre me enseñó a escuchar las corrientes. Decía que el océano habla, pero sólo a los que tienen paciencia. Que si sabes oírlo, el mar te dice hacia dónde nadar, ahora, el mar me hablaba distinto. Me decía “Ya no eres mío.”
Me reí sin alegría, quizá eso era justo, había querido venganza, había querido fuerza, había querido sobrevivir y el mar me había dado una lección, nada se obtiene sin perder algo, pasé la noche allí, escribiendo estas líneas con un trozo de carbón sobre un pergamino húmedo, cada palabra me cuesta, el cuerpo aún se siente extraño, como si el suelo me llamara a hundirme en él.
He probado mis límites. Puedo moverme bajo tierra, bajo piedra, incluso bajo el tronco hueco de los árboles, no puedo respirar bajo ellos, pero sí desplazarme como si el mundo fuera agua sólida. Soy un nadador de tierra, un pez condenado al polvo y Krakatua sigue aquí, no se ha ido. Se acerca a la orilla, me mira, y vuelve al mar, a veces creo que espera que cambie, que vuelva a ser el de antes, pero no hay vuelta atrás.
He intentado meter un dedo en el agua, sólo para comprobarlo, cada vez el resultado es el mismo, debilidad, mareo, el cuerpo cayendo como piedra, el mar me expulsa, supongo que así es como se siente el exilio verdadero, cuando el propio hogar te rechaza, he pasado el día explorando la isla Samba. No hay humanos a la vista, sólo cangrejos y aves. He encontrado un arroyo dulce; al menos puedo beber, he usado la sartén para recoger agua y reflejar el cielo, la miro, y por un instante veo el rostro de mi hija.
—Mira, pequeña —le hablo, como siempre —tu padre puede nadar bajo tierra ahora, ¿Te hace gracia? A mí no.— Quizá esto sea una especie de justicia. El mar me quitó a mi hija, y ahora me quita a mí la posibilidad de nadar, tal vez no quiera que lo vengue, tal vez sólo quiera que desaparezca, pero no pienso hacerlo, no mientras quede un gyojin que sufra lo mismo que yo sufrí, no mientras los Dragones Celestiales sigan respirando.
Si no puedo moverme por el mar, me moveré por debajo de sus ciudades, por debajo de sus templos, si no puedo nadar en sus aguas, me hundiré en su tierra, que el mar me niegue, yo encontraré otra forma de volver a él, esta noche dormiré bajo el suelo. He probado antes: puedo sumergirme bajo la arena sin asfixiarme por unos minutos, lo suficiente para ocultarme. Es cálido, silencioso, como si la tierra me abrazara, no es el mar, pero se siente como un eco de él.
Mañana intentaré llegar al otro lado de la isla, tal vez encuentre un puerto abandonado o una comunidad, un pueblo, una ciudad, lo que sea donde pueda me pueda asentar mientras Krakatua me espera, si logro robar un mapa, sabré hacia dónde ir y quizá, con tiempo, aprenda a usar este poder incluso quizá, si el destino es generoso, el mar me perdone algún día
