El Rey de la Selva [Auto T3, Presente Absoluto]
#1
"El Rey de la Selva"

23 de Otoño, Año 16, Noche

Durante el escaso tiempo que había pasado en la isla había confirmado que el aire de Samba era distinto al de Briss. No tenía ese peso a carbón, ni el rumor constante de los hornos o las forjas oxidadas. Aquí, el aire parecía respirar por sí mismo. Era húmedo, vibrante, lleno de vida en todas sus formas, desde el zumbido de los insectos hasta el rugido distante de algún depredador nocturno. Krysser lo notó en cuanto puso pie firme en tierra, el bosque lo llamaba.

Habían pasado apenas algo menos de un par de semanas desde su llegada junto a Fyodor, pero el tigre sentía el hormigueo en la espalda. Demasiada gente, demasiadas voces, demasiadas estructuras. Aunque le había venido bien para comprar algunas cosas, medicinas, un nuevo den den mushi y demás enseres, sentía que ahora necesitaba aire, espacio, y sobre todo silencio. El cazador no se lo pensó demasiado. Con el primer amanecer, dejó una nota breve sobre un trozo de madera en el puerto y se internó solo, con apenas lo justo. Sus amadas armas, algo de cuerda, una cantimplora medio llena y un trozo de carne seca. No más. Lo demás lo proveería la selva, o no valdría la pena vivirlo.

La jungla lo recibió sin ceremonia, sin miramientos ni florituras, como a uno más. Las raíces sobresalían del suelo como venas vivas, húmedas y resbaladizas, y los troncos se alzaban como columnas antiguas cubiertas de musgo. Cada paso era un recordatorio de que allí no mandaba él, sino la tierra. La humedad se pegaba a su pelaje, empapando los mechones más cercanos al cuello. Pero Krysser no se quejó. A cada bocanada de aire sentía su cuerpo adaptarse, soltando la tensión que le había acompañado durante meses. Respiró hondo. El olor a madera, a hojas podridas, a agua estancada y savia nueva se mezclaban con el leve aroma metálico de sus armas. Eso era su hogar, eso era su vida. Estaba en lo que podía llamar hogar.

24 de Otoño, Año 16, Mañana

A media mañana ya había avanzado lo suficiente para no oír el rumor del río. Las aves se volvían más escasas, reemplazadas por insectos de colores imposibles y pequeños reptiles que trepaban los troncos. Encontró un claro, lo bastante amplio para descansar, y marcó los alrededores con arañazos en la corteza. No por miedo, pues pocos animales de la selva podían sorprender a alguien con su olfato y oído; y menos aún se atreverían a hacerlo. Sino por costumbre. El tigre siempre que se adentraba en una selva nueva acostumbraba a dejar huellas de su presencia, no por orgullo, sino por una suerte de respeto. Un verdadero cazador debe avisar al bosque de que ha llegado, eso pone en alerta a sus presas y hace más divertida la caza. Más justa, si acaso pudiera serlo en aquella diferencia de capacidad.

El primer día lo dedicó casi por completo a escuchar el latido de la inmensa selva, mayor que las que había conocido, y a mimetizarse con el ambiente. No cazó, no durmió mucho, y apenas comió. Simplemente, se sentó bajo un árbol caído y dejó que la selva hablara. Las hojas, el viento, las ramas, el murmullo constante de la vida. A veces, el silencio era tan denso que casi podía tocarlo. Otras, un coro de insectos y graznidos lo llenaba todo. Krysser cerró los ojos y recordó lo que una vez le dijo un anciano de su tribu, antes de dejar la isla natal.

"Si escuchas bien, la tierra te dice cuándo moverte. Si no la escuchas, te aplasta."

Al anochecer, la humedad se volvió insoportable. Se quitó la parte superior del atuendo, dejando que su pelaje respirara. Volvía, poco a poco y después de tanto tiempo fingiendo modales, a ser más salvaje. Encendió una fogata pequeña, casi simbólica, solo para mantener alejados a los mosquitos y a las sombras más curiosas. Mientras el fuego crepitaba, comenzó a afilar una rama con sus propias zarpas, relajándose totalmente. El sonido del metal raspando contra piedra se mezcló con el canto de las cigarras. Era un sonido antiguo, uno familiar y tranquilizador.

25 de Otoño, Año 16, Mañana

El segundo día despertó con el cuerpo rígido pero alerta. El amanecer pintaba el cielo de un naranja denso, y el rocío cubría todo. Se agachó junto a un charco y bebió con las manos. El sabor tal vez era algo terroso, pero el agua estaba limpia.

Decidió avanzar hacia el corazón de la selva. La vegetación se hacía más espesa, casi impenetrable en algunos puntos. A cada metro, el aire se volvía más pesado, como si el propio bosque quisiera ponerlo a prueba. Encontró rastros de vida, huellas pequeñas en el barro, restos de frutas mordidas, excrementos frescos. Pero no buscaba presas, no aún al menos. Primero necesitaba recordar un poco más sus instintos.

A mitad del día, encontró un arroyo delgado que serpenteaba entre piedras cubiertas de musgo. Allí decidió establecer un pequeño refugio. No sería más que un hueco entre raíces, cubierto con hojas y ramas gruesas, pero bastaría. Le tomó poco más de una hora tenerlo listo. Tras tantos años viviendo en la selva, las manos del tigre se movían por instinto, atando, ajustando, tensando cuerdas, verificando que cada nudo resistiera el peso de un cuerpo. Cada movimiento era una danza aprendida en silencio, en soledad, con prueba y erorr. El mismo ritmo que seguían sus ancestros cuando aún cazaban bajo lunas sin nombre.

Con el refugio preparado, se dedicó a practicar. Sacó la cuerda de su bolsa y comenzó a preparar trampas y diferentes tipos de nudos y mecanismos. Una de caída, entre dos árboles; otra de tensión, con ramas elásticas; y una última, de lazo corredizo, a la entrada del arroyo. Cada una diseñada para animales de distinto tamaño, cada una construida con la precisión fría de quien entiende la diferencia entre capturar y matar. Krysser no las colocó al azar. Las probó, las corrigió, las ajustó. El sonido del mecanismo al activarse, el chasquido seco del nudo al cerrarse, eran música. Eficiencia sin espectáculo, se dijo mentalmente. El mismo principio que guiaba sus combates, y toda su vida en general.

Al caer la tarde, la selva comenzó a cambiar de tono. El calor se disipó, dando paso a una brisa cargada de olor a lluvia.
Los sonidos también mutaron, los insectos dieron paso a anfibios, los pájaros callaron, y algo, en lo profundo, dejó escapar un rugido grave. Krysser lo escuchó sin miedo. Reconocía el tono, sin duda era un aviso territorial. La selva lo aceptaba como uno más, y lo ponía a prueba. El enorme tigre sonrió entonces, con cierta alegría y orgullo. Eso era suficiente.

25 de Otoño, Año 16, Noche

Aquella noche fue larga. El fuego apenas resistió la humedad, y las gotas comenzaron a caer antes de la medianoche. El tigre permaneció inmóvil dentro del refugio, observando cómo la lluvia convertía el suelo en barro y apagaba todo rastro de calor. El olor a tierra mojada era intenso, casi embriagador. Pero no podía salir, no debía. La luna estaba llena, era demasiado peligroso. 

Entre la monotonía del aguacero y su reclusión, su mente comenzó a vagar. Recordó Briss, y aquel disparo de Fyodor. El cuerpo de aquel "Onyx" cayendo, la sensación de aquel ataque que lanzó, clavando ambas garras, desgarrando su cuerpo, y sacándolas solo para clavarlas nuevamente. Y luego de aquella violencia salvaje, el silencio. Una vez más, el ciclo del cazador completado. Pero en ese recuerdo había algo más, un cansancio profundo, una sensación de distancia. Quizá por eso estaba allí. Para sentirse vivo, no solo eficiente. Para volver a ser instinto, sentir esa emoción. 

Cerró los ojos, escuchando cómo el agua golpeaba las hojas. Su respiración se acompasó con el ritmo del bosque. Y finalmente, al menos por un momento, se durmió en calma.

26 de Otoño, Año 16, Mañana

El tercer día amaneció con un cielo limpio. El aire olía a verde, a savia y a renovación. Krysser salió del refugio y comprobó las trampas tendidas previamente. Una de ellas había atrapado algo. Era un pequeño jabalí joven, aún vivo, forcejeando con el lazo. El tigre se acercó con calma. Lo observó durante un momento, viendo la desesperación en sus ojos, el temblor en su cuerpo. Luego, con un movimiento rápido, desató el nudo y lo dejó libre. No era una presa digna. El animal huyó, pero no sin mirar atrás.

-Quizá se haya ofendido. -Bromeó Krysser, con una sonrisa de lado. -Supongo que todos tenemos nuestro orgullo... -Añadió, pensando seriamente en sus palabras. ¿Valía la pena vivir sin orgullo? 

El resto del día lo dedicó a moverse en silencio. Seguía huellas, rastreaba sonidos, olía el aire. A veces, trepaba a los árboles solo para observar desde arriba la vastedad de la selva. Desde allí, el mundo parecía respirar bajo un mismo latido. Las copas verdes se mecían con el viento, los ríos relucían como serpientes líquidas, y el sol dibujaba patrones dorados sobre las hojas. Con portentosos saltos, que destrozaban las ramas en su impulso, viajaba de árbol en árbol velozmente, como una sombra acechante. El bosque a sus pies era hermoso, pero también implacable.

A media tarde, se topó con una manada de pequeños felinos selváticos. Lo observaron desde la distancia, con la misma mezcla de curiosidad y respeto. Krysser se agachó, bajando el cuerpo al nivel del suelo. No buscaba imponerse, solo compartir su presencia, presentarse ante aquellos pequeños cazadores. Durante unos segundos, las miradas se cruzaron. Bestia y mink, reflejos del mismo origen.

Luego de un rato, con su curiosidad satisfecha, los animales se dispersaron entre los arbustos. Krysser quedó solo otra vez, pero con una sensación distinta. La soledad, en aquel lugar, no era un peso, pues sabía que ya no era algo impuesto y permanente. Aquello ahora era solo un recordatorio de que ya no estaba solo, había conocido a un amigo, alguien de su propia manada. Probablemente el ruidoso cuervo negro estornudaría por pensar en él. 

26 de Otoño, Año 16, Noche

Al anochecer, el tigre encendió una nueva fogata. El cielo estaba despejado, y la luna, una media blanca y suave, iluminaba el campamento. Comió poco, apenas unas raíces cocidas y un pez pequeño que había atrapado en el arroyo con una lanza improvisada. Nada espectacular, pero suficiente para un estómago acostumbrado. No tanto como el de Fyodor, pero lo suficiente para comer sin remilgos. Mientras masticaba lentamente, observó el fuego y dejó que su mente divagara.

Pensó en el lunarian de nuevo. En cómo su alado compañero, con su humor extravagante y su manera caótica de entender el mundo, parecía todo lo contrario a él. Y sin embargo, lo entendía. Quizá porque ambos habían visto demasiado, y demasiado malo. Quizá porque, al final, el ruido del mundo solo podía equilibrarse con alguien que supiera reírse de él en silencio.

Krysser soltó un leve gruñido que parecía una risa, pero el eco se perdió entre los árboles.

Después de cenar, se recostó contra un tronco. El fuego crepitaba, proyectando sombras que danzaban como espíritus antiguos sobre la corteza. Cerró los ojos y escuchó, una vez más, al bosque. El zumbido de los insectos, el crujir de las ramas, el rumor distante del agua. Cada sonido encajaba en un patrón invisible, una melodía sin partitura, que ya había memorizado por completo.

-Mañana. -El pensamiento cruzó su mente como un suspiro. Finalmente se había decidido a cazar, una vez estuvo en paz consigo mismo tras tanto tiempo fuera del hogar. Recordaba perfectamente que era un cazador, sí. Pero también un ser vivo entre millones, respirando al mismo ritmo que la tierra.

27 de Otoño, Año 16, Mañana

El cuarto día amaneció con bruma. Una neblina espesa cubría el suelo, difuminando los contornos del bosque. Krysser se movía en silencio, cada paso hundiéndose ligeramente en el barro. La luz filtrada del sol daba a todo un tono dorado y onírico. Parecía otro mundo.

Encontró un árbol caído con marcas recientes de garras, grandes, profundas. Sonrió apenas. Otro depredador. No uno que cazara por hambre, sino por territorio. Era una advertencia. La entendió y decidió respetar a su igual, de modo que siguió su camino, desviándose ligeramente hacia el norte.

A media mañana, halló una zona donde la vegetación se abría para dejar paso a una cascada pequeña. El agua caía desde una altura de unos seis metros, formando una poza clara. Allí decidió detenerse. Dejó las armas a un lado, se quitó el chaleco y entró al agua, mojando únicamente sus pies, pues desde hacía tiempo había perdido la capacidad de nadar y el agua en abundancia podía debilitarle levemente. El frío lo sacudió por completo, pero no retrocedió, tenía cierta tolerancia al mismo. Tomó agua en sus manos y dejó que el líquido corriera sobre su cuerpo, arrastrando el sudor, el cansancio y el olor del bosque. Cerró los ojos y, por un momento, dejó de ser cazador. Solo respiró. El rugido del agua cubría todo pensamiento, aunque solo durante un instante. Había cosas que hacer. 

Miró al interior del bosque, y sus ojos se afilaron. Era el momento. Desapareció de la vista, se desvaneció en el aire con la endiablada velocidad a la que se movió, y sólo unas chispas quedaron atrás. Finalmente fue con todo, y cazó como nunca lo había hecho antes. Si le hubieran visto, si alguna de sus presas hubiera sido capaz de seguirle con la mirada, habría entendido la magnitud de la bestia que allí había. Pero ni una sola de ellas fue capaz.

Cuando acabó, el sol ya estaba alto. El pelaje le goteaba sudor, y sus zarpas, sangre. Sentía el cuerpo pesado, estaba completamente agotado, pero su mente estaba limpia. Volvió a ponerse la ropa, recogió sus cosas y emprendió el camino de regreso. No porque quisiera irse, sino porque sabía que el bosque ya le había dado lo que necesitaba. Seguir más allá sería profanar el equilibrio. Un cazador debe saber cuándo detenerse.

28 de Otoño, Año 16, Mañana


El regreso fue más rápido. El tigre conocía ahora los sonidos, los olores, los ritmos del terreno. Sabía qué ramas evitar, dónde pisar sin hacer ruido, qué arbustos escondían espinas y cuáles frutos comestibles. Cada paso era ligero, calculado, pero no forzado. Había recuperado el pulso natural del movimiento.

Al acercarse al borde de la selva, el aire comenzó a cambiar de nuevo. El olor del río, las voces humanas, el eco lejano de tambores y música. Samba lo llamaba de vuelta al mundo civilizado.

Antes de salir del todo, se detuvo y miró atrás. El bosque se extendía infinito, respirando en silencio bajo la luz del mediodía.
Krysser inclinó ligeramente la cabeza, como despidiéndose. No de un lugar, sino de una parte de sí mismo que volvía a dormirse. Una que sabía que siempre estaría ahí, esperándolo cuando el ruido del mundo fuera demasiado.

-Hasta pronto. -Murmuró, y dio el primer paso hacia el claro.

El sol lo recibió de lleno, cálido y brillante. Su silueta cruzó la frontera entre sombra y luz, dejando atrás la espesura. Y mientras descendía por el camino que lo llevaría de nuevo al puerto, el tigre sintió una calma que hacía mucho no conocía. No era euforia ni orgullo, era sencillamente paz. La que solo se encuentra cuando uno recuerda cómo escuchar a la tierra.

28 de Otoño, Año 16, Noche

Esa noche, en la posada del puerto, Fyodor hablaba a gritos con unos marineros sobre insectos gigantes y rifles imposibles. Krysser lo observó desde la barra, con una copa en la mano y una leve sonrisa. El ruido, la luz, el caos… Todo volvía a su sitio. Y él también. Porque, aquello, aquel amigo, también era su hogar.



Off
#2
✓
Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 7

— Reputación: 20

— Berries: 15.000

STAFF DE NAKAMA NO MI


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)