20-10-2025, 09:22 PM
(Última modificación: 20-10-2025, 09:40 PM por Runin D. Kitay.)
¿La grandeza del norte de Sorbet se medía en geometría, escalinatas, caminos y necedad? ¿En las coloridas viviendas, exuberantes mercados y algunos pocos edificios altos? La mirada chocolate examinaba cada casa, esquina y caminar de los habitantes quienes sonreían ante el agradable clima veraniego que acontecía. Los niños corrían emocionados en trajes de baño esperando que sus madres se apresuraran para llevarlos a la única alberca de la isla. El viento corría estampándose contra los edificios mientras las plataformas doradas de la fémina resonaban contra el pavimento.
El largo cabello se movía ligeramente ante cada paso y movimiento de hombros, de cadera, de cabeza, de todo. Llevaba ya un par de días en la isla y, aún así, nada conseguía terminar de impresionarla debido a la cantidad de propaganda regionalista que los habitantes pregonaban con exagerada soberbia. ¿El lugar era bonito? Ciertamente. ¿Tenía su encanto? Imposible ponerlo en duda. ¿Le parecía una de las maravillas del mundo? En lo más mínimo. Ni siquiera el vino le parecía tan impresionante aunque ya hubiera tomado una copa por la mañana.
¿Algo que realmente llamase su atención? La cantidad absurda de fruta que podía comer, la misma que llevaba en una bolsa de papel entre sus brazos. Había encontrado algo que últimamente le fascinaba aunque no terminaba de agradarle el hecho de terminar sucia: El mango. Una fruta que escondía en un costado para cuando tuviera la oportunidad de comerla sin estar a la vista de todos. ¿Qué tal si algo se le quedaba entre los dientes? Repugnante. Lo que sí hizo fue tomar asiento en una banca solitaria y sacar de la funda un achotillo que sacó de la cáscara para empezar a chupar. No era refrescante en un clima tibio pero si mantenía su mente y boca ocupada.
Cierto movimiento provocó que la atención dispersa de la fémina volviera a centrarse. ¿Aquello era una entrada hacia algún local? Se encontraba demasiado escondido para notarlo pero no lo suficiente como para que las personas más observadoras notaran los pliegues desiguales en medio de la oscuridad. Un hombre salió seguido de otro, el primero sonreía con autosuficiencia, el segundo caminaba atrás de él, como si de un guardaespaldas se tratase.
Mientras más pasaban los minutos más cosas notaba. Algunos entraban nerviosos pero no volvían a salir, otros salían desalineados y uno que otro parecía no saber bien ni cómo poner un pie sobre otro. ¿Cuánto tiempo había pasado? Runin no podía estar completamente segura pero los achotillos se habían terminado y los mangos y guineos reposaban en el interior de la bolsa de papel, a la espera de ser tomados.
Dicen que la curiosidad mató al gato pero no es más que una metáfora estúpida. No solo los gatos mueren al dejarse llevar por la curiosidad. Tantos animales, tantos seres, tantas personas. Los gráciles pasos volvieron a hacer mella contra el pavimento, con el pasar del tiempo el sol dejó de ser incandescente para disminuir sus estragos, el viento al fin corría entre algunos edificios y la oscuridad la consumió cuando al fin entró al callejón.
El largo cabello se movía ligeramente ante cada paso y movimiento de hombros, de cadera, de cabeza, de todo. Llevaba ya un par de días en la isla y, aún así, nada conseguía terminar de impresionarla debido a la cantidad de propaganda regionalista que los habitantes pregonaban con exagerada soberbia. ¿El lugar era bonito? Ciertamente. ¿Tenía su encanto? Imposible ponerlo en duda. ¿Le parecía una de las maravillas del mundo? En lo más mínimo. Ni siquiera el vino le parecía tan impresionante aunque ya hubiera tomado una copa por la mañana.
¿Algo que realmente llamase su atención? La cantidad absurda de fruta que podía comer, la misma que llevaba en una bolsa de papel entre sus brazos. Había encontrado algo que últimamente le fascinaba aunque no terminaba de agradarle el hecho de terminar sucia: El mango. Una fruta que escondía en un costado para cuando tuviera la oportunidad de comerla sin estar a la vista de todos. ¿Qué tal si algo se le quedaba entre los dientes? Repugnante. Lo que sí hizo fue tomar asiento en una banca solitaria y sacar de la funda un achotillo que sacó de la cáscara para empezar a chupar. No era refrescante en un clima tibio pero si mantenía su mente y boca ocupada.
Cierto movimiento provocó que la atención dispersa de la fémina volviera a centrarse. ¿Aquello era una entrada hacia algún local? Se encontraba demasiado escondido para notarlo pero no lo suficiente como para que las personas más observadoras notaran los pliegues desiguales en medio de la oscuridad. Un hombre salió seguido de otro, el primero sonreía con autosuficiencia, el segundo caminaba atrás de él, como si de un guardaespaldas se tratase.
Mientras más pasaban los minutos más cosas notaba. Algunos entraban nerviosos pero no volvían a salir, otros salían desalineados y uno que otro parecía no saber bien ni cómo poner un pie sobre otro. ¿Cuánto tiempo había pasado? Runin no podía estar completamente segura pero los achotillos se habían terminado y los mangos y guineos reposaban en el interior de la bolsa de papel, a la espera de ser tomados.
Dicen que la curiosidad mató al gato pero no es más que una metáfora estúpida. No solo los gatos mueren al dejarse llevar por la curiosidad. Tantos animales, tantos seres, tantas personas. Los gráciles pasos volvieron a hacer mella contra el pavimento, con el pasar del tiempo el sol dejó de ser incandescente para disminuir sus estragos, el viento al fin corría entre algunos edificios y la oscuridad la consumió cuando al fin entró al callejón.
“Siete Velas”
Decía el letrero en un sublimado que fuera de mostrarse corriente, daba un aire elegante. Un hombre apareció tras una puerta que parecía más bien un pasadizo, considerando que no se notaba ninguna división con el exterior. —¿Estás dispuesta a entrar? —Preguntó el hombre con una profunda voz. La fémina sonrió de medio lado, inclinando el rostro con ligereza. Inconscientemente relamió sus labios.
—Siempre estoy lista y dispuesta si de aventuras se trata, cariño. ¿Alguna advertencia que deba conocer? —Cuestionó. ¿Qué secretos guarda Sorbet? El desconocido hombre le devolvió la sonrisa. —¿Algo que deba pagar? —Susurró, íntimo, a secretos.
—El precio para entrar es tu cordura, los servicios en el interior depende de quién los ofrezca. —Respondió el ajeno, moviéndose hacia un costado. —Y si de advertencia hablamos… Cuidado caes embelesada en los encantos de la siete velas. —Tomó la bolsa de papel con las frutas de las manos de la fémina. —Permite que las guarde para ti.
El interior se expandió ante la mirada oscura de la fémina. El ambiente pintaba colores negros, rojizos y, en ciertos lugares, dorados. Muebles rojos acolchados, candelabros, velas, humo que no pertenecía a ellas, habitaciones cubiertas por largas cortinas rojizas y cuerpos de hombres y mujeres deambulando, sirviendo botellas de ron, bebiendo de boca en boca y riendo entre dientes. Un escenario principal y dos entradas oscuras hacia plantas inferiores.
—¿Un burdel? —Se preguntó a sí misma. Suspirando con fastidio, claro, nada en aquella isla podía ser más llamativo que la fruta, a esas alturas estaba más que segura. Tentativamente caminó por los alrededores, ignorando miradas y palabras, su aroma a perfume era demasiado fuerte, los pasos martillaban haciendo notoria su llegada, su incapacidad de esconderse o de actuar son reversa siempre explotaban, especialmente en lugares tan íntimos. —Decepcionante. —Masculló. En un lugar donde la diversión se sirve en bandeja de plata, alguien como ella que vivía para ganársela, no podía encontrar aparente diversión.
![[Imagen: 05lKP0Y.png]](https://i.imgur.com/05lKP0Y.png)
—Siempre estoy lista y dispuesta si de aventuras se trata, cariño. ¿Alguna advertencia que deba conocer? —Cuestionó. ¿Qué secretos guarda Sorbet? El desconocido hombre le devolvió la sonrisa. —¿Algo que deba pagar? —Susurró, íntimo, a secretos.
—El precio para entrar es tu cordura, los servicios en el interior depende de quién los ofrezca. —Respondió el ajeno, moviéndose hacia un costado. —Y si de advertencia hablamos… Cuidado caes embelesada en los encantos de la siete velas. —Tomó la bolsa de papel con las frutas de las manos de la fémina. —Permite que las guarde para ti.
![[Imagen: s5dn3j2.jpeg]](https://i.imgur.com/s5dn3j2.jpeg)
El interior se expandió ante la mirada oscura de la fémina. El ambiente pintaba colores negros, rojizos y, en ciertos lugares, dorados. Muebles rojos acolchados, candelabros, velas, humo que no pertenecía a ellas, habitaciones cubiertas por largas cortinas rojizas y cuerpos de hombres y mujeres deambulando, sirviendo botellas de ron, bebiendo de boca en boca y riendo entre dientes. Un escenario principal y dos entradas oscuras hacia plantas inferiores.
—¿Un burdel? —Se preguntó a sí misma. Suspirando con fastidio, claro, nada en aquella isla podía ser más llamativo que la fruta, a esas alturas estaba más que segura. Tentativamente caminó por los alrededores, ignorando miradas y palabras, su aroma a perfume era demasiado fuerte, los pasos martillaban haciendo notoria su llegada, su incapacidad de esconderse o de actuar son reversa siempre explotaban, especialmente en lugares tan íntimos. —Decepcionante. —Masculló. En un lugar donde la diversión se sirve en bandeja de plata, alguien como ella que vivía para ganársela, no podía encontrar aparente diversión.

![[Imagen: 11gi01D.jpg]](https://i.imgur.com/11gi01D.jpg)
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